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Full text of "Historia de Cataluña .."

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J^arbartí  College  l^ibrars. 

FftOM    THE 

SALES   FUND. 


Kstablishcd  under  the  wiU  of  Frangís  Sales,  Instructor 
íq  Harvard  CoUege,  iSió-iSSi.    This  will  reqnires 
the  inoome  tobe  expended  for  books  "  in  the 
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lostrative  of  Spanish  hístory 
and  literature." 


Receivcd     3    (Oc^     .  t^Ol. 


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OBRAS 


DE  VÍCTOR  BALAGUER 


TOMO  XI  DE  LA  COLECCIÓN 
Y   TERCERO   DE   LA   HISTORIA   DE   CATALUÑA 


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71 


OBRAS  DEL  AUTOR 

PUBLICADAS    EN    ESTA    COLECCIÓN. 

Poesías  catalanas.  {El  libro  del  amor. — El  libro  de  la  fe. 
— El  libro  de  la  patria, — Eridanias, — Lejos  de  mi  tierra. — Ul- 
timas poesías.) — Un  tomo,  que  forma  el  I  de  la  colección,  6 
pesetas. 

Tragedias.  Original  catalán  y  traducción  castellana. 
(La  muerte  de  Aníbal. — Coriolano. — La  sombra  de  César. — La 
fiesta  de  Tibulo. — La  muerte  de  Nerón. — Safo. — La  tragedia  de 
Llivia. — La  última  hora  de  Cristóbal  Colón. — Los  esponsales 
de  la  muerta. — El  guante  del  degollado, — El  conde  de  Foix. — 
Rayo  de  luna.) — Un  tomo  (II  de  la  colección),  8  pesetas. 

Los  Trovadores.  Su  historia  literaria  y  política.  — Cuatro 
tomos  (III,  IV,  V  y  VI  de  la  colección),  30  pesetas. 

Discursos  académicos  y  memorias  literarias.  (Discursos 
y  dictámenes  leídos  en  las  Academias  y  en  los  Juegos  Florales.^' 
La  corte  literaria  de  Alfonso  de  Aragótu — Un  ministerio  de  Ins- 
trucción pública. — Fundación  de  la  Biblioteca  de  Villanueva  y 
Geltrú. — Cartas  literarias. — El  poeta  Cabanyes. — Ideas  y  apun- 
tes, etc.,  etc.) — Un  tomo  (VII  de  la  colección),  7  pesetas  50 
céntimos. 

El  Monasterio  de  Piedra. — Las  leyendas  del  Mont- 
serrat.— Las  cuevas  de  Montserrat.— Un  tomo  (el  VIII 
d£  la  colección),  7  pesetas  50  céntimos. 

Historia  de  Cataluña. — Primer  tomo  de  esta  obra  y 
IX  de  la  colección,  10  pesetas. 

Segundo  tomo  de  esta  obra  y  X  de  la  colección,  10  pe- 
setas. 

(Esta  colección  es  propiedad  del  autor,) 


V 


VÍCTOR  BALAGUER 


DB  LAS  RbALBS  ACADEMIAS  BsPAfiOLA  Y  DB  LA  HISTORIA 


m^m^t0*0^0*^*^*0*0*0*^^ 


HISTORIA 


D£ 


CATALUÑA 


TOMO    TERCERO 


MADRID 

IMPRENTA  Y  FUNDICIÓN  DE  MANUEL  TELLO 

IMPRESOR  DB   CÁMARA  DB  8.  M. 

iMbol  la  Cst&Iics,  23 

1886 


(.3V^  .  /O. lo 


,pfi,lj'L--f-w-^iA. 


LIBRO  QUINTO. 


CAPÍTULO    PRIMERO. 


Dofia  Petronila  hace  tomar  á  su  hijo  el  nombre  de  Alfonso. — Cortes 
generales  en  Huesca. — El  conde  de  Provenza  gobernador  de  Catalu- 
ña.— Viaje  de  Alfonso  á  Agreda. — Embajada  al  rey  de  Inglaterra, — 
De  uno  que  se  fingió  el  emperador  D.  Alfonso. — D.  Alfonso  el  Cas^ 
to  es  reconocido  por  rey. — Primeras  Cortes  celebradas  en  Zaragoza. 
— £1  conde  de  Provenza  parte  á  sus  Estados. — Da  asilo  á  los  geno- 
veses  y  firma  con  ellos  un  tratado. — Tratado  de  alianza  entre  los  con- 
des de  Provenza  y  de  Tolosa. — Entrada  de  catalanes  en  Murcia. 

(EjB  1 162  k  1 165.) 

Terminada  queda  ya  la  crónica  de  la  casa  condal, 
pero  no  la  historia  de  los  descendientes  de  los  Beren* 
guers,  cuya  linea  masculina  quedó  subsistiendo  en  el  tro- 
no de  Aragón  9  constantemente  iluminada,  como  por  un 
sol  de  gloria,  por  el  astro  brillante  que  había  regido  los 
destinos  de  la  dinastía  catalana.  El  hijo  de  Ramón  Be- 
renguer  d  Sanio,  empuñando  el  doble  cetro  de  Cataluña 
y  de  Aragón,  comienza  una  época  histórica  general  á  to- 
dos los  Estados  de  aquella  corona.  No  fué  menos  glo* 
riosa  y  menos  brillante  que  la  primera,  la  segunda 
época  que  con  este  capítulo  entramos  á  narrar*  En  aqué- 
lla vemos  á  nuestros  ínclitos,  condes  llevar  á  cabo  la 
empresa  de  restauración  y  reconquista  sin  más  auxilios 


6  VÍCTOR  BALAGUER 

que  los  que  supieron  crearse  con  su  constancia,  su  vo- 
luntad y  su  valor;  y  fuertes  en  su  derecho,  en  su  con- 
ciencia y  en  su  espada,  arraigar  en  la  Marca  la  cepa  de 
donde  más  tarde  debía  brotar  la  dinastía  española.  En 
ésta  veremos  á  los  reyes-héroes  de  Aragón  completar  la 
adquisición  de  lo  que  debía  pertenecerles  en  la  Penín- 
sula, según  tratados  y  convenios  con  los  reyes  de  Cas- 
tilla, y  pasar  luego  á  tremolar  sus  banderas  en  aparta- 
das regiones  y  en  remotos  climas.  Don  Ramón  6  Al- 
fonso I  de  Cataluña  y  II  de  Aragón,  fué  el  monarca 
destinado  á  inaugurar  esta  nueva  época,  y  no  es  extra- 
ño que  un  cronista,  al  ocuparse  de  su  nacimiento  acae- 
cido  en  el  palacio  de  Barcelona  el  4  de  Abril  de  11 52, 
diga  que  Alfonso  apareció  en  aquella  época  de  crisis, 
como  una  estrella  de  unión  sobre  el  obscuro  horizonte, 
siendo  brillantes  y  Rimados  los  festejos  que  se  celebra- 
ron, y  concurriendo  gozosa  al  acto  de  su  bautizo  la  no- 
bleza  de  uno  y  de  otro  reino,  considerándose  desde 
aquel  momento  hermanos  los  vasallos  de  los  antes  dis- 
tintos Estados.  Debe,  empero,  tenerse  entendido  que 
«por  esta  feliz  unión  de  coronas,  ni  Cataluña  se  unió 
accesoriamente  á  Aragón,  ni  Aragón  á  Cataluña;  antes 
bien  quedaron  en  su  ser  de  reino  y  principado  (zque 
principaliter  unidos,  gobernándose  cada  cual  por  sus 
propias  leyes,  como  de  antes,  sin  que  el  uno  pasase  á 
ser  provincia  del  otro  1 . » 

Habiendo  cumplido  Doña  Petronila  la  postrera  dispo- 
sición de  su  difunto  esposo,  dando  á  éste  honrosa  sepul- 
tura en  el  monasterio  de  Ripoll,  empuñó  con  ánimo 
varonil  las  riendas  del  Estado,  y  una  de  sus  primeras 
disposiciones  fué  variar  en  el  de  Alfonso  el  nombre  de 
Ramón  que  llevaba  su  hijo,   cpara  que  los  aragoneses 

• 

1  Domingo  de  Aguirre,  en  su  obra  sobre  el  Real  palacio  de  Barce- 
lona, cap.  I,  párrafo  II. 


}SL- 


HISTORIA  DB  CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.   I.  ^ 

no  le  mirasen  extraño,»  según  la  expresión  de  un  ana* 
lista. 

En  seguida  pasó  á  reunir  cortes  generales  de  arago- 
neses y  catalanes  en  Huesca,  para  que  en  ellas  se  de- 
clarase lo  que  el  principe  de  Aragón,  su  esposo,  dejara 
ordenado.  Asistieron  á  estas  Cortes ,  según  Zurita:  por 
parte  de  Aragón,  los  obispos  de  Tarazona  y  Zaragoza, 
el  conde  de  Pallars,  Pelegrín  de  Castellzuelo,  Palazin 
de  Alagón,  Sancho  Iñiguez  de  Daroca ,  Galín  Jiménez 
de  Belchite,  Fortún  Aznárez  de  Tarazona,  Pedro  Ló- 
pez de  Luesia,  Marco  Ferriz  de  Lizana,  Pedro  López 
de  Luna,  Jimeno  de  Urrea,  Fortún  de  Estada,  Blasco 
Maza  y  Arpa;  y  por  Cataluña,  el  arzobispo  de  Tarra- 
gona, los  obispos  de  Barcelona ,  Ausona,  Gerona,  Elna, 
Lérida  y  Tortosa,  Ramón  de  Pujalt,  Guillen  de  Cerve- 
ra,  Geraldo  de  Jorba ,  Guillen  de  Castellvell ,  Ramón 
Folch  vizconde  de  Cardona,  Beltrán  de  Castellet,  Ar- 
naldo  de  Llers,  Guillen  de  Castelvell ,  Otón  Bernardo 
de  Rocafort,  Ramón  de  Torreja  y  Guillen  de  Montpe- 
11er.  Presentáronse  ante  estas  Cortes  los  albaceas  testa- 
mentarios del  conde,  ya  citados,  y  refirieron,  mediante 
juramento,  la  última  voluntad  de  Ramón  Berenguer  el 
Santo. 

A  consecuencia  de  esto,  y  previo  acuerdo  de  las  Cor- 
tes, quedó  regente  del  reino  Doña  Petronila,  ínterin 
llegaba  la  mayor  edad  del  principe  Alfonso,  guardando 
para  sí  el  gobierno  de  Aragón ,  y  encargando  á  Ramón 
Berenguer,  conde  de  Provenza,  el  de  Cataluña,  pruden- 
te y  acertada  medida  que  contentaba  por  de  pronto  á 
catalanes  y  aragoneses. 

Reñere  un  cronista  i,  sin  que  yo  lo  haya  visto  con- 
firmado por  otro  alguno,  que  Doña  Petronila  envió  en- 
tonces á  su  hijo,  niño  aún,  á  Castilla,  llegando  á  Agre- 

1     Feliu  de  la  Pefia,  lib.  XI,  cap.  I. 


VÍCTOR   BALAGUER 

sn  donde  firmaron  el  rey  de  Castilla  y  él  un  trata- 
e  alianza  ofensiva  y  defensiva  contra  los  enemigos 
ntrambas  coronas. 

ambién  por  aquel  entonces  envió  Doña  Petronila  un 
ajador  á  Inglaterra.  Fué  el  arzobispo  de  Tarragona 
Bernardo  Tort,  y  llevó  el  encargo  de  participar  á 
:1  rey  la  muerte  del  conde  de  Barcelona  y  su  pos- 
i  voluntad,  coa  plenos  poderes  para  renovar  y  con- 
Eir  la  alianza  que  existia  entre  ambas  coronas.  Es- 
nedidas  y  la  de  la  renovación,  llevada  á  cabo  con 
ha  prudencia,  de  una  tregua  con  Navarra  por  ss- 
0  de  trece  años  i,  prueban  el  tacto  y  cordura  de 
a  Petronila  y  de  sus  consejeros  en  las  difíciles  cir- 
itancias  que  por  la  minoría  de  Alfonso  estaba  atra- 
ndo  el  reino. 

n  acontecimiento  verdaderamente  extraordinario 
>  por  aquellos  tiempos  á  poner  en  Evitación  el  país. 
;ul6  la  voz  de  que  el  rey  Alfonso  el  Batallador  no 
Í3  muerto  en  la  batalla  de  Fraga,  según  al  principio 
reyera,  sino  que  habiendo  escapado  milagrosamen- 
e  aquel  desastre,  pasó  como  peregrino  á  las  aparta- 
comarcas  del  Asia,  donde  había  suñido  grandes 
iranios  y  corrido  portentosas  aventuras.  Presentóse 
tivamente  un  anciano  que  dijo  ser  el  verdadero  AI- 
o,  y  el  vulgo,  en  todas  épocas  añcionado  á  lo  ma- 
Udbo  y  extraordinario,  comenzó  á  seguirle  y  á  creer- 
íl  impostor  nombraba  á  muchas  personas  de  Ara- 
y  de  Castilla  que  habían  estado  en  tratos  con  él,  y 
rdaba  cosas  que  particular  y  secretamente  con  ellas 
a  pactado.  Con  esta  farsa,  que  parece  supo  condu- 
lábilmente,  llegó  á  ganar  tanto  crédito,  que  fueron 
:ho6  ios  que,  fiados  en  cierta  semejanza,  ó  seducidos 
su  aplomo,  llegaron  á  creerle  el  verdadero  empera- 

ZuriU.  lib.  II,  cap.  XX. 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.    V.    CAP.    I.  9 

dor  Alfonso,  á  cuya  memoria  tenían  grande  respeto  las 
gentes.  Pero  el  impostor,  creyéndose  ya  seguro  y  fian- 
do en  su  osadía,  que  tan  buenos  resultados  le  daba,  se 
atrevió  á  presentarse  en  Zaragoza,  donde  á  la  sazón  se 
hallaba  la  reina  regente  Doña  Petronila.  Esta  averiguó 
la  falsedad  del  caso,  y  aconsejada  por  los  barones  más 
allegados  á  su  trono,  mandó  prender  al  que  se  fingía 
Rey,  y  después  de  procesado,  se  le  ahorcó  públicamen- 
te en  la  ciudad  de  Zaragoza  i. 

Al  año  siguiente,  hallándose  la  reina  en  Barcelona, 
hizo  donación  del  reino  á  su  hijo  D.  Alfonso,  que  había 
ya  cumplido  los  doce  años.  Hízolo,  á  tenor  de  lo  que 
dicen  las  crónicas,  por  consejo  de  los  prelados  y  baro- 
nes, que  fueron  Hugo  de  Cervelló,  arzobispo  de  Tarra- 
gona, los  obispos  de  Zaragoza  y  Barcelona,  el  conde  de 
Pallars,  Pedro  de  Castellezuelo,  Pedro  Ortiz,  Blasco 
Romeu,  Jimeno  de  Artosello,  Dodón  de  Alcalá,  Fortún 
Maza,  Guillen  Ramón  de  Moneada  y  Guillen  de  Cas- 
tellvell.  Tuvo  lugar  esta  donación  del  reino  á  D.  Al- 
fonso el  14  de  Junio  de  1164,  comprendiendo  las  ciu- 
dades, villas  y  castillos,  iglesias  y  monasterios  y  cuan- 
to perteneda  á  la  Corona,  con  todo  lo  que  se  había  ad- 
quirido y  á  su  conquista  perteneciese.  De  aquel  día 
en  adelante  D.  Alfonso,  niño  de  doce  años,  se  tituló 
rey  de  Aragón.  Por  lo  que  toca  á  Doña  Petronila,  se 
quedó  en  la  ciudad  de  Barcelona,  en  la  cual,  y  en  el 
condado  de  Besalú,  pasó  casi  lo  restante  de  su  vida. 

El  conde  de  Provenza  y  los  barones  del  reino  debían 
ser  para  el  joven  monarca  una  especie  de  consejo  de 
Estado.  Alfonso  se  dirigió  en  seguida  á  Zaragoza  y 
reunió  Cortes,  á  las  que  asistieron  con  el  alto  clero  y  la 

1  Zurita,  lib.  II,  cap.  XXü.— Briz  Martínez,  üb.  V,  cap.  XXVII. 
Este  asunto  ha  prestado  argumentación  á  varios  poetas.  Yo  conozco  dos 
dramas  que  se  apoyan  en  este  hecho:  El  crisol  de  la  lealtad^  del  duque 
de  Rivas,  y  Odio  á  muerte,  de  D.  Gregorio  Amado  Larrosa. 


lO  VÍCTOR  BALAGUER 

m 

nobleza,  quince  procuradores, — 6  adelantados  como 
entonces  se  llamaban, — de  Zaragoza,  y  otros  tantos  de 
Calatayud,  Daroca,  Huesca,  Jaca,  Tarazona  y  otras 
poblaciones.  Se  conjetura  que  el  alto  clero  y  el  brazo 
real  ó  estado  llano,  votaron  unánimemente  para  obli- 
gar á  los  nobles  á  entregar  á  la  Corona  lo  que  le  perte- 
necía en  castillos  y  heredades,  so  pena  de  ser  declara- 
dos reos  de  lesa  majestad,  y  el  rey  juró  que  lo  haría 
cumplir  como  se  le  proponía  i. 

Los  asuntos  de  Provenza  exigieron  en  esto  la  presen- 
cia del  conde  en  sus  estados.  Entregó  al  joven  monar- 
ca de  Aragón  el  gobierno  de  Cataluña  y  partió  á  sus 
tierras.  Durante  la  primavera  de  ii65  se  hallaba  en 
Arles,  según  nos  lo  da  á  conocer  un  hecho  que  relatan 
las  crónicas  provenzales.  Genoveses  y  pisanos  se  halla- 
ban en  abierta  lucha  y  las  circunstancias  les  habían 
hecho  escojer  por  teatro  de  sus  contiendas  el  mediodía 
de  la  Galia.  Los  genoveses,  haciendo  vía  militar  el  Ró- 
dano, habían  ido  en  busca  de  los  pisanos ,  y  desembar- 
cando cerca  de  San  Gilíes,  tuvieron  con  ellos  un  san- 
griento combate,  siéndoles  contraria  la  suerte.  Volvie- 
ron, pues,  á  embarcarse  en  sus  galeras,  abandonando 
su  campo  á  los  pisanos,  que  lo  incendiaron;  subieron  el 
Ródano  hasta  Arles,  y  quedáronse  muy  sorprendidos  al 
hallarse  con  que,  desde  dicha  ciudad  hasta  el  arrabal  de 
Trínquetaille,  se  había  arrojado  un  puente  que  les  impe- 
día el  paso,  y  que  estaba  guardado  por  un  cuerpo  de 
tropas.  El  cónsul  Grille,  jefe  de  la  flota  genovesa ,  en- 
vió entonces  una  embajada  al  conde  de  Melgueü,  es  de- 
cir, á  Ramón  Berenguer,  conde  de  Provenza,  que  to- 
maba también  el  título  de  conde  de  Melgueil,  por  ser 
hijo  de  Beatriz,  heredera  de  este  condado.  Los  emba- 
jadores llevaban  el  encargo  de  preguntarle  si  había  él 

1     Ortiz  de  la  Vega,  Hb.  VU.  cap.  IV. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.   I.  II 

mandado  echar  aquel  puente  para  impedirles  el  tránsi- 
to^ en  cuyo  caso  afirmativo  debían  d^eclararle  la  guerra, 
amenazándole  con  poner  sitio  á  Arles.  El  conde  no  dio 
á  los  diputados  tiempo  para  hablarle;  previno  sus  deseos 
y  les  dijo:  «Id  á  decir  ^1  cónsul  de  Genova  y  á  los  ca- 
pitanes de  las  galeras^  que  yo  estaba  ausente  cuando  se 
ha  arrojado  ese  puente  sobre  el  rio,  y  que  siento  mu- 
cho que  haya  sobrevenido  este  incidente.  Voy  á  hacer 
que  se  derribe  el  puente  en  el  acto,  y  los  vuestros  halla- 
rán en  Arles  un  asilo  seguro.  Quiero  honrar  y  servir  á 
los  genoveses,  como  lo  hizo  siempre  mi  tío  el  conde  de 
Barcelona. » 

La  hueste  genovesa  fué,  en  efecto,  recibida  en  Arles, 
y  permaneció  veinte  días  entre  esta  ciudad  y  Trínque- 
taiUe.  Durante  este  tiempo,  los  genoveses  hicieron  gran- 
des esfuerzos  cerca  del  conde  de  Provenza  para  com- 
prometerle á  unirse  con  ellos  y  combatir  juntos  á  los 
písanos.  Llegaron  á  ofrecerle  una  suma  considerable; 
pero  el  conde  se  negó  abiertamente  á  complacerles, 
diciéndoles  que  estaba  unido  con  el  conde  de  Tolosa,  y 
que  no  debía  ir  á  hacer  la  guerra  en  sus  tierras.  No  pu- 
diendo  vencer  su  resolución,  lo  único  que  consiguieron 
de  él  fué  que  accediese  á  un  tratado  por  el  cual  se  com- 
prometió, mediante  la  suma  de  4.000  sueldos  melga- 
ríenses,  á  no  permitir  que,  durante  cierto  tiempo  pre- 
fijado, ningún  buque  pisano  abordase  á  las  costas  de  sus 
dominios. 

Este  hecho  que  nos  cuentan  las  historias  del  Langue- 
doc  y  de  Provenza,  en  las  cuales  he  ido  á  buscarle, 
nos  revela  dos  cosas:  1/  Que  el  conde  de  Provenza  se 
hallaba  en  sus  estados  poco  después  de  haber  sido  re- 
conocido Alfonso  por  rey  de  Aragón.  Ya.*  Que  estaba 
en  intimas  y  estrechas  relaciones  con  el  conde  de  Tolo- 
sa  en  Agosto  de  11 65. 

No  es  extraño ,  pues ,  que  estos  dos  principes,  para 


Kf'í 


5>>  • 


12  *  VÍCTOR  BALAGUBR 

aumentar  más  su  amistad^  tuviesen  una  entrevista  en 

Beaucaire  6  Bellcaire  en  el  mes  de  Octubre  siguiente, 

í¿        .  y  formasen  juntos  una  liga  contra  el  conde  de  Folcal- 

quier,  á  quien  el  conde  de  Provenza  había  resuelto  so- 
meter, conforme  al  tratado  que  hiciera  con  el  empera- 
dor Federico.  JLos  condes  de  Tolosa  y  de  Provenza 
convinieron,  por  el  mismo  tratado,  en  ayudarse  mutua 
mente  contra  todos,  excepto  el  rey  de  Francia;  partirse 
entre  ellos  el  condado  de  Folcalquier,  cuando  lo  hubie- 
sen conquistado,  asi  como  todo  lo  que  adquiriese  el 
conde  de  Tolosa;  y  acordaron  el  casamiento  del  hijo 
mayor  de  este  último,  que  sólo  tenia  entonces  nueve 
años,  con  Dulce,  hija  única  del  conde  de  Provenza,  á 
quien  éste  aseguró  por  dote  la  mitad  de  los  condados  de 
Folcalquier  y  de  Melgueil,  con  la  parte  de  la  ciudad  de 
Aviñón  que  pertenecía  á  los  condes  de  Folcalquier.  Los 
Maurínos,  historiadores  del  Languedoc,  deducen  de  esto 
que  el  conde  de  Provenza  pretendía  que  la  mitad  del 
condado  de  Melgueil  le  pertenecía,  sin  embargo  de  vivir 
aún  la  condesa  Beatriz,  su  madre,  que  era  la  heredera, 
y  sospechan  que  esta  mitad  le  había  sido  quizá  cedida 
por  el  contrato  de  matrimonio  entre  el  conde  Berenguer 
Ramón,  su  padre,  y  esta  condesa  i.  Estuvieron  presen- 
tes á  este  tratado  entre  ambos  condes,  el  arzobispo  de 
Tarragona  y  los  obispos  de  Vich  y  de  Gerona. 

La  unión  que  se  formó  entre  el  conde  de  Provenza  y 
el  de  Tolosa,  condujo  á  este  último  á  abrazar  el  partido 
del  anti-papa  Pascual  III ,  que  había  sido  elegido  en 
1 164,  después  de  la  muerte  de  Víctor. 

Respecto  á  lo  sucedido  en  Cataluña  y  Aragón,  duran- 
te este  año  de  ii65,  las  crónicas  sólo  hablan,  y  muy 
imperfectamente  por  cierto,  de  haber  sido  muerto  un 


1     Aríe  de  comprobar  las  fechas» — JÜstoria  del  Languedoc, — Nostra- 
damus :  Historia  de  J^cvetua. — ^Zurita. — ^Bouche. 


IL.. 


HISTORIA   DE   CATALUÑA, — LIB.  V.    CAP.    II,  I3 

capitán  catalán  de  los  más  principales,  y  muchos  caba- 
lleros con  él,  por  los  moros,  en  una  entrada  que  hicie- 
ron por  el  reino  de  Murcia.  Llamábase  Guillermo  Des- 
pugnolo,  y  filé  la  batalla  el  1 5  de  Octubre  i. 


CAPÍTULO  IL 

Shio  de  Niza  y  muerte  del  conde  de  Provenza. — El  conde  de  Tolosa  se 
apodera  de  la  Provenza. — El  rey  de  Aragón  le  declara  la  guerra. — 
Entra  en  Provenza. — Se  apodera  del  castillo  de  Albarón. — Corre  gra- 
ve peligro  y  es  salvado  por  el  señor  de  Baucio. — Guillermo  de  Mont- 
peller  y  otros  sefiores  se  declaran  en  favor  de  Alfonso. — Prosigue  la 
guerra  entre  el  rey  de  Aragón  y  el  conde  de  Tolosa. — Ventajas  con- 
seguidas por  el  rey  de  Aragón. — Le  reconoce  Gualtero  de  Millars. — 
Le  proclama  el  conde  de  Ródez. — Consejos  del  rey. — Asesinato  del 
vizconde  Trenca  vello. — Sitio  de  Beziers  por  Alfonso. — Alfonso  con- 
fia el  condado  de  Provenza  á  su  hermano. — Quién  era  el  Ramón  Be- 
renguer  á  quien  cedió  Alfonso  la  Provenza. 

(De  ii66  á  ii68.) 

No  perdamos  de  vista  al  conde  Ramón  Berenguer  de 
Provenza,  pues  que  vamos  á  ver  bien  pronto  al  joven 
rey  de  Aragón  complicado  en  sus  asuntos. 

Después  de  su  tratado  con  el  conde  de  Tolosa,  Ra- 
món Berenguer  resolvió  emprender  la  guerra  contra  el 
conde  de  Polcalquier,  hizo  sus  preparativos,  y  hasta  se 
sabe  que  efectuó  un  viaje  á  Rouergue.  No  tardó  en  re- 
gresar á  Provenza,  y  abriendo  la  campaña,  puso  sitio  á 
la  ciudad  de  Niza,  que  estaba  por  el  conde  de  Folcal- 
quier,  según  los  benedictinos  de  la  Historia  dd  Langue^ 
doc,  ó  que  se  había  erigido  en  república,  según  los  del 
Arte  de  comprobar  las  fecJuis.  Fatal  le  fué  este  sitio  al 

1     ZuriU.  üb.  II.  cap.  XXV. 


14  VÍCTOR  BALAGÜER 

conde  de  Provenza.  Habiéndose  adelantado  un  dia  de- 
masiado cerca  de  las  murallas  para  presenciar  los  traba- 
jos, fué  herido  de  un  flechazo  y  quedó  muerto  en  el  acto. 

La  muerte  del  conde  tuvo  lugar  en  1166,  en  el  mes 
de  Marzo  según  unos,  más  adelante  según  otros.  No 
dejó  de  su  mujer  la  emperatriz  Riquilda  más  que  una 
hija  de  corta  edad,  llamada  Dulce,  que  fué  la  que  estaba 
prometida  en  matrimonio  á  Raimundo,  hijo  mayor  del 
conde  deTolosa,  y  que  debía  ser  heredera  de  todos  sus 
estados.  La  historia  no  ha  podido  aclarar  todavía  si  el 
conde  de  Tolosa  unió  sus  armas  á  las  del  conde  de  Pro- 
venza  contra  el  conde  de  FolcaJquier,  conforme  estaba 
tratado  y  convenido,  y  si  aquél  se  halló  en  el  sitio  de 
Niza. 

Lo  que  hay  de  cierto  es  que  el  conde  de  Tolosa,  in- 
mediatamente después  de  la  muerte  de  Ramón  Beren- 
guer,  se  apoderó  de  la  Provenza,  en  virtud  del  tratado 
firmado  con  éste,  según  el  cual  ya  sabemos  que  su  hijo 
debía  casarse  con  Dulce,  heredera  del  condado.  El  de 
Tolosa,  para  asegurar  más  su  presa,  concibió  el  plan, 
que  acabó  por  llevar  á  cabo,  de  repudiar  solemnemente 
á  Constanza,  su  mujer,  hermana  del  rey  de  Francia, 
para  enlazarse  con  Riquilda,  la  emperatriz  viuda  de  Al- 
fonso de  Castilla,  la  condesa  viuda  de  Ramón  Beren- 
guer,  la  madre  de  Dulce  y  la  sobrina  del  emperador 
Federico  1 .  Pero  con  haberse  apoderado  de  los  estados 
de  Provenza  en  virtud  del  tratado  de  Bellcaire,  y  con 
idear  el  modo  de  afirmarse  en  su  posesión  por  medio  de 
su  repudio  y  nuevo  enlace,  no  consiguió  nada  el  conde 
de  Tolosa.  Debía  hallar  un  terrible  competidor  en  la 
persona  del  joven  rey  Alfonso  de  Aragón,  conde  de  Bar- 
celona, que  le  disputó  la  posesión  de  Provenza,  y  que 
acabó  por  despojarle  de  ella. 

1     IBstoria  del  Langtudoc,  tomo  III,  pág.  I4. 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.  V.   CAP.   II.  I5 

En  Gerona  se  hallaba  el  rey.  Alfonso  cuando  tuvo  no- 
ticia de  la  muerte  de  su  primo  Ramón  Berenguer.  Reu- 
nióse inmediatamente  la  especie  de  consejo  de  estado 
formado  de  los  prelados  y  barones  que  le  acompañaban. 
Asistieron  los  obispos  de  Zaragoza,  Barcelona  y  Tara- 
zona  y  varios  nobles  aragoneses  y  catalanes.  Convinie- 
ron todos  en  que  Alfonso  tenía  derecho  al  condado  de 
Provenza,  en  virtud  de  la  infeudación  que  el  empera- 
dor Federico  había  hecho  en  1162,  tanto  en  favor  de 
este  conde  como  del  difunto  conde  de  Barcelona,  su  pa- 
dre 1.  En  su  consecuencia,  Alfonso  tomó  el  título  de 
marqués  de  Provenza,  como  su  padre,  y  trató  de  hacer 
valer  sus  derechos  apoderándose  de  aquellas  tierras. 

Pero  antes  de  recurrir  á  la  guerra,  apeló  á  la  diplo- 
macia. Envió  á  decir  al  conde  de  Tolosa  que  consentía 
en  el  matrimonio  del  joven  Raimundo,  su  hijo,  con  Dul- 
ce, y  le  hizo  esperar  que  daría  también  su  consenti- 
miento á  su  enlace  con  Riquilda.  Sin  embargo,  todo 
esto  era  para  ganar  tiempo  y  adormecerle,  ínterin  hacia 
sus  preparativos.  Bien  pronto,  al  frente  de  una  nume- 
rosa hueste,  pasó  los  Pirineos  y  se  adelantó  hacia  el  Ró- 
dano. Advertido  de  su  marcha  el  conde  de  Tolosa,  se 
preparó  para  disputarle  la  entrada  de  la  Provenza.  Si 
hemos  de  dar  crédito  al  historiador  Perreras,  el  conde 
salió  al  encuentro  de  Alfonso,  teniendo  lugar  una  san- 
grienta batalla,  de  la  que  se  ignora  quién  salió  vence- 
dor. Nada  hay  empero  de  positivo  en  esto. 

Lo  que  hay  de  verdadero,  es  que,  á  pesar  de  todos 
los  cuidados  del  conde  de  Tolosa  para  impedir  que  Al- 
fonso penetrara  en  Provenza,  este  último  se  apoderó  del 
castillo  de  Albarón,  situado  en  la  isla  de  Comergue, 
sobre  el  brazo  del  Ródano  que  está  al  lado  del  Langue- 
doc,  y  entró  en  él  con  Hugo  arzobispo  de  Tarragona,  Pe- 

1     Zurita,  lib.  n,  cap.  XXV. 


^-^  -Jt  í  "-aa  -cr  e.  cescc  ¡rr  asaita.  AlivtD- 

"cés  ízrrola  dicha  de 
:-:>  de  Behrán  de 


._»«--     .    ,.        **—•»  y  cae  cac:<i>i>x  montará 

dd  p«b.o.  Esta  es  la  «naón  de  los  Maminos».  Los 
cronistas  calalacesvaiaon^-c-.^  •.     .™"  •  "* 

^^^I-^dose  levemente  del  país  en  alas  de  la  vk- 

AII«rA„  ^  ^^°*'  '^  *«*••'«■  del  castfllo  de 

cliSí  di.  aT""  ^"'  ^  "^  ^°°«>  ^  I»«"tó  ante  la 

cío.  que  la  mantenían  por  el  conde  de  Tolosa 

^  d  X"!  ,"i."^^*'°  '  ^™^^'-  antes  ríenninar- 
-  It  .Í  '¿^;:!r  !--/«-  -  carta  en  qne 

^«/.«.,;  porír  derruí  ¿^-:¿^:t¿ 

Uno  de  los  primeros  se«o«s  de  aquellas  tie„Í.  q„e 

Sir pít;- ^"'^"'^«- «^- 

3  TrtUdo  de  lo.  GW«  A /».^,«„ 

4  Puede  leerie  en  Bouche.  tomo  U,  pág.  ,.056. 


1 

2 


r 


HISTORIA   DE  CATALUÑA. — LIB.    V.    CAP.    II.  1 7 

se  declaró  en  favor  de  Alfonso,  fué  Guillermo  de  Nf  ont- 
peller,  constante  amigo  de  la  casa  de  Barcelona.  Guí« 
UermOy  no  contento  con  facilitarle  el  libre  paso  por  sus 
tierras,  unióse  á  él  y  le  acompañó  en  su  expedición  de 
Provenza  contra  el  conde  de  Tolosa  *.  La  mayor  parte 
de  los  que  habian  sido  grandes  vasallos  del  conde  de 
Provenza,  abrazaron  también  el  partido  que  representa- 
ba el  monarca  aragonés,  el  cual,  después  de  haberse 
asegurado  la  posesión  de  aquel  país,  se  tituló  de  él  in- 
distintamente duque,  marqués  ó  conde.  Desde  aquél  mo- 
mento, Alfonso  ya  no  se  portó  como  protector  de  la  ni- 
ña Dulce,  sino  como  propietario  de  la  Provenza. 

Raimundo  de  Tolosa,  viéndose  arrojado  de  este  paiSi 
hizo  cuantos  esfuerzos  pudo  para  recobrarle,  y  no  cesó 
ni  un  instante  en  su  guerra  con  el  rey  de  Aragón;  pero 
las  diferencias  que  tenía  al  mismo  tiempo  con  el  rey  de 
Inglaterra,  desbarataron  en  parte  sus  planes.  Tenía  que 

:::'^f  acudir  contra  dos  poderosísimos  enemigos  á  la  vez,  y 

esto  le  obligaba  á  largas  treguas,  de  las  que  Alfonso  se 
aprovechaba  hábilmente  para  afirmarse  y  robustecerse 

^\  en  el  país.  A  mediados  de  1167,  ^^^  ^^  ^^  Tolosa  una 

nueva  entrada  en  tierras  de  Provenza,  y  si  bien  parece 
que,  gracias  á  un  supremo  esfuerzo,  consiguió  algimas 
ventajas  que  las  crónicas  no  particularizan,  no  tardó  Al- 
fonso en  recobrar  lo  perdido,  y  el  tolosano  se  vio  de 
nuevo  arrojado  de  la  comarca. 

£1  joven  rey  aragonés  residía  aún  en  Arles  en  Agosto 
de  1 167  2,  y  se  ve  bien  claramente  que  él  y  sus  conse- 
jeros se  valían  de  la  diplomacia  y  de  la  política,  al  mis- 
mo tiempo  que  de  la  guerra,  para  asegurar  sus  nuevas 
posesiones.  Con  amenazas  á  los  unos,  con  halagos  á  los 
otros,  con  promesas,  con  haciendas,  con  oro  y  con  ma- 


1  ISstífria  del  Ixmguedoc. 

2  ZuiiU,  Ub.  n,  cap.  XXV. 

TOMO  XI 


r  s 


l8  VÍCTOR  BALAGÜER 

nejos  diplomáticos,  iban  poco  á  poco  robando  al  conde 
de  Tolosa  sus  simpatías  y  sus  alianzas. 

Gualtero  de  Millars  fué  el  primero  que  cedió  á  esta 
nueva  táctica  del  partido  aragonés.  Reconoció  á  Alfon- 
so por  señor  de  la  Provenza  en  Agosto  de  1167,  y  le 
entregó  el  castillo  y  fuerza  de  Millars  prestándole  ho- 
menaje 1. 

Hugo,  conde  de  Ródez,  fué  el  segundo,  y  puede  de- 
cirse que  la  decisión  de  éste  inclinó  el  peso  de  la  balan- 
za. Hugo  do  Ródez,  por  su  alta  posición,  era  quizá  el 
que  podía  decidir  de  la  suerte  de  la  Provenza,  según  el 
bando  á  que  se  inclinase.  Habíase  decidido  primero  en 
favor  del  conde  de  Tolosa;  pero  Alfonso  halló  medio  de 
atraerle  á  su  partido  por  intervención  de  Hugo,  obispo 
de  Ródez,  y  de  Guillermo  VII,  señor  de  Montpeller. 
Estipulóse  y  firmóse  un  tratado  entre  ambos  2,  del 
cual  se  desprende  que  el  rey  de  Aragón  se  atrajo  al 
conde  de  Ródez  y  á  otros  señores  de  Rouergue  que  se 
hallaban  en  estado  de  favorecerle  en  su  empresa  y  que 
abandonaron  entonces  los  intereses  del  conde  de  Tolo- 
sa para  abrazar  los  suyos;  así  como  también  que  le  eran 
ya  adictos  y  aliados  los  señores  de  la  casa  de  Baucio, 
que  tan  unidos  habían  estado  antes  con  el  conde  de  To- 
losa, y  que  éste  había  constantemente  sostenido  en  sus 
guerras  contra  la  casa  de  Barcelona.  El  tratado  entre 
el  rey  de  Aragón  y  el  conde  de  Ródez  está  suscrito 
por  Alfonso,  que  se  titula  rey  de  Aragón ^  conde  de  Bar- 
celona  y  dtiqiie  de  Provenza;  por  Hugo,  conde  de  Ródez; 
por  Hugo,  obispo  de  esta  ciudad,  su  hermano;  Guillermo 
de  Montpeller,  el  arzobispo  de  Tarragona,  los  obispos 
de  Ausona,  Zaragoza  y  Barcelona;  Hugo  de  Baucio,  su 
hermano  Beltrán,  etc.,  etc. 

1  ZuriU,  lib.  11,  cap.  XXV.— Feliu  de  la  Pefla.  lib.  XI,  cap.  L 

2  historia  del  Languedoc^  tomo  III,  pág.  16. 


r 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.   V.    CAP.   II.  I9 

Se  deduce  también  naturalmente  de  este  tratado,  que 
Guillermo  de  Montpeller — cuya  casa  fué  siempre  cons- 
tante amiga  y  aliada  de  la  de  Barcelona,  por  más  que  las- 
timosamente haya  cronistas  de  tan  buen  talento,  como 
Piferrer,  que  crean  lo  contrario, — sirvió  mucho  en  esta 
ocasión  al  monarca  aragonés.  A  él,  á  su  autoridad,  á 
su  mediación,  á  sus  esfuerzos,  á  sus  manejos,  debió  el 
que  se  declarasen  en  favor  suyo  tantos  y  tan  altos  se- 
ñores. Se  ve  también  que  el  arzobispo  de  Tarragona, 
los  obispos  de  Barcelona,  Zaragoza,  Vich  y  Gerona,  con 
otros  señores  aragoneses  y  catalanes,  formaban  una  es- 
pecie de  consejo  de  Estado  junto  al  joven  monarca  ara- 
gonés. 

La  política,  hábilmente  dirigida,  de  este  consejo,  no 
se  contentó  con  debilitar  al  conde  de  Tolosa  enajenán- 
dole las  simpatías  de  sus  grandes  feudatarios,  sino  que 
parece  le  suscitó  un  poderoso  enemigo  en  la  persona 
del  conde  de  Saboya,  el  cual,  por  la  parte  del  Delfinado, 
se  arrojó  sobre  sus  tierras,  promoviéndole  una  quere- 
lla que  fué  larga  y  sangrienta  i. 

También  se  unieron  al  rey  de  Aragón,  Bernardo 
Atón,  vizconde  de  Nimes,  y  Raimundo  Trencavellp, 
vizconde  de  Beziers  y  de  Carcasona.  Este  último  fué 
en  aquel  mismo  año  de  1167  asesinado  por  sus  subdi- 
tos, que  se  sublevaron  contra  él,  á  causa  de  ima  con- 
tienda entre  nobles  y  ciudadanos.  Sucedióle  su  hijo 
Roger,  que  tenía  á  la  sazón  diez  y  ocho  años,  y  des- 
pués de  haber  reconocido  á  Alfonso  de  Aragón  por  su 
señor,  le  pidió  auxilio  para  vengar  la  muerte  de  su 
padre. 

Diósele  Alfonso,  quien,  á  principios  del  1168,  se  en- 
caminó al  frente  de  su  ejército,  hacia  los  estados  de 
Roger.  Juntóse  con  éste,  y  entrambos  pusieron  sitio  á 

1     ISsiorianUl  LanpudoCy  tomo  III,  pág.  17. 


20  VÍCTOR  BALAGUBR 

la  ciudad  de  Beziers.  Los  ciudadanos  se  habían  suble- 
vado  y  se  mantenían  ñrmes.  Supieron  oponer  una  vi- 
gorosa resistencia.  £1  rey  de  Aragón  y  el  vizconde  Ro- 
ger,  que  comenzaban  á  desesperar  de  apoderarse  de  la 
plaza^  viéronse  obligados  á  entrar  en  tratos  con  los  ciu- 
dadanos. Según  este  tratado^  el  vizconde  les  perdonó 
el  asesinato  de  su  padre,  mediante  ciertas  condiciones 
que  les  impuso.  Concluido  esto,  el  rey  de  Aragón  le- 
vantó el  sitio  y  se  retiró. 

Asegurada  ya  la  Provenza,  y  llamándole  los  asuntos 
del  reino  á  Cataluña  y  Aragón,  quiso  el  monarca,  antes 
de  partir,  nombrar  gobernador  para  su  nuevo  estado. 
Aquí  es  cuando  dicen  Bouche  y  las  historias  del  Lan- 
guedoc  y  de  Provenza,  que  Alfonso,  en  el  mes  de  Di- 
ciembre de  1 1 68,  conñó  el  gobierno  de  Provenza  á  su 
hermano  Ramón  Berenguer,  á  quien  dio  el  condado  de 
este  país  en  encomienda  para  gobernarle  bajo  sus  órde- 
nes, á  su  servicio  y  bajo  su  fidelidad,  devolviéndoselo 
siempre  y  cuando  fuese  para  ello  requerido.  Añaden 
dichas  crónicas  é  historias  que  Alfonso  se  reservó  al 
mismo  tiempo  el  dominio  directo  de  los  castillos  de  Ta- 
rascón y  de  Albarón  y  la  mitad  de  la  moneda  que  se 
batiese  en  la  Provenza,  con  el  poder  y  autoridad,  cuan- 
do se  hallase  personalmente  en  el  país,  de  mandar  ab- 
solutamente como  señar.  Dióle,  con  las  mismas  condi- 
ciones, los  condados  de  Ródez  y  de  Gevaudán.  El  re- 
sultado fué  que  la  joven  condesa  Dulce,  verdadera  y 
legítima  heredera,  quedó  despojada  de  su  herencia,  y 
hubo  de  retirarse  al  lado  de  su  abuela  Beatriz,  murien- 
do en  1 172  con  su  título  de  condesa,  del  cual  no  hizo 
ningún  uso  1. 

Al  llegar  á  este  punto,  ocurre  una  duda  histórica 
que  es  preciso  aclarar,  en  todo  lo  que  sea  buenamente 

1     Arte  de  comprobar  las  fechas:  tratado  de  los  condes  de  Provenza. 


r 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — UB.  V.    CAP.   II.  21 

posible  á  mis  fuerzas  escasas,  antes  de  pasar  adelante. 
Es  un  hecho  indudable  que  el  condado  de  Provenza  fué 
dado  por  D.  Alfonso  á  ese  su  hermano  Ramón  Beren- 
guer,  pero  ¿quién  era  este  Ramón  Berenguer,  si  D.  Al- 
fonso no  tenía. ningún  hermano  de  este  nombre?  Efec- 
tivamente, el  conde  de  Barcelona,  príncipe  de  Aragón, 
Ramón  Berenguer  IV,  no  tuvo  más  que  tres  hijos  le- 
gítimos: Alfonso,  que  fué  rey  de  Aragón;  Fedro,  á 
quien  dejó  el  condado  de  Cerdaña  y  el  señorío  de  Car- 
casona,  y  al  cual  todos  los  cronistas,  desde.  Zurita  hasta 
Bofarull,  suponen  muerto  muy  joven;  y  Sancho,  á 
quien  dan  el  título  de  conde  de  Provenza. 

Los  Maurinos  previeron  ya  que  podía  ocurrir  esta 
duda,  y  la  solventaron  diciendo  i  que  el  Ramón  Be- 
renguer, hermano  de  D.  Alfonso,  á  quien  éste  traspasó 
el  condado  de  Provenza,  no  pudo  ser  otro  que  su  her- 
mano Pedro,  el  cual  cambió  su  nombre  por  el  de  Ramón 
Berenguer,  á  ejemplo  del  mismo  Alfonso,  que  tomó 
este  nombre  .dejando  el  de  Ramón.  A  los  Maurinos  no 
les  queda  duda  alguna  de  que  fué  este  Pedro  el  Ramón 
Berenguer  de  Provenza,  pues  que  en  el  acto  de  recibir 
la  investidura  de  este  condado  en  1168,  le  ven  ceder  en 
cambio  al  rey  Alfonso,  su  hermano,  los  de  Cerdaña  y 
Carcasona,  y  los  otros  dominios  del  Languedoc  que  el 
conde  su  padre  había  dado  á  Pedro.  La  razón  me  pa- 
rece que  es  lógica  y  concluyente,  en  buena  crítica. 

Esta  variación  del  nombre  de  Pedro  en  el  de  Ramón 
Berenguer,  no  debe  por  lo  demás  parecer  extraña,  y  sin 
escrúpulo  puede  aceptarse,  como  ha  sido  aceptada  por 
los  Maurinos.  Si  hubo  razones  políticas  que  hiciesen 
mudar  al  rey  de  Aragón  su  nombre  por  el  de  Alfonso 
para  que  pudiese  ser  más  grato  y  aceptable  á  los  arago- 
neses, idénticas  y  aun  más  superioreá  razones  políticas 

1     Tomo  III,  pág.  21. 


22  VÍCTOR  BALAGUER 

debió  de  haber  en  Pedro  para  mudar  su  nombre  en  el 
de  Ramón  Berenguer,  que  seguramente  había  de  so- 
nar más  grato  á  los  provenzales  que  el  de  Pedro. 

Zurita  y  otros  cronistas  que  le  siguen^  dan  por  muer- 
to á  Pedro  en  su  niñez;  pero  por  muy  respetable  que 
sea  su  opinión,  no  debe  valer  «i  no  está  justificada. 

También  le  supone  muerto  muy  joven  D.  Próspero 
de  Bofarull  i ;  pero,  sea  dicho  con  todo  el  profundo  res- 
peto que  merece  un  hombre  de  su  talla  y  de  su  critica, 
este  punto  ha  quedado  sin  ser  resuelto  por  el  sabio  cro- 
nista. ¿En  qué  se  apoya  para  creer  en  la  muerte  de 
Pedro?  En  que  tuvo  lugar  la  sustitución  á  favor  del 
tercer  hijo  Sancho,  hecha  por  el  padre  común  Ramón 
Berenguer  IV  en  su  testamento.  Pero  esta  sustitución 
no  tuvo  lugar  hasta  1181,  época  en  que  murió  el  Pedro- 
Ramón  Berenguer,  conde  de  Provenza.  Realmente,  5^ 
veremos  eü  1181,  al  morir  el  conde  de  Provenza,  suce- 
derle  en  este  condado  su  hermano  Sancho. 

Si  el  Ramón  Berenguer  de  Provenza,  hermano  de 
D,  Alfonso,  no  es  el  Pedro  que  se  supone  muerto,  ¿quién 
es  entonces?  No  puede  ser  el  Sancho,  porque  éste  no 
fué  conde  de  Provenza  hasta  1181,  ni  puede  ser  el  otro 
hermano  natural  del  rey,  que  se  llamaba  realmente 
Ramón  Berenguer,  porque  éste  fué  eclesiástico  y  abad 
de  Monte-Aragón.  O  tenemos  que  admitir  que  es  el 
Pedro,  que  mudó  su  nombre  en  el  de  Ramón  Berenguer 
para  hacerse  más  grato  á  los  provenzales,  ó  tenemos 
que  dar  al  conde  de  Barcelona,  Ramón  Berenguer  IV, 
un  hijo  de  su  mismo  nombre  que  no  tuvo  y  que  no  figu- 
ra ni  en  su  testamento  ni  en  ninguna  de  las  escrituras 
coetáneas. 

1      Cméis  vmdkodos^  tomoll,  pig.  189. 


HISTORU  DE   CATALUÑA. — LIB.   V.    CAP.   IH.         23 


CAPÍTULO  III . 


Regresa  D.  Alfonso. — Tratado  de  paz  y  armonía  con  Castilla. — Confir- 
mación de  fueros  y  continuación  de  la  guerra  contra  moros. — Ven- 
tajas alcanzadas  sobre  los  moros.  —Sorpresa  de  Beziers  por  las  tro- 
pas de  Aragón  y  asesinato  de  sus  habitantes. — Guerra  entre  Aragón 
y  Castilla. — Sitio  de  Calahorra  por  los  aragoneses. — Se  hacen  las  pa- 
ces. Tratado  de  Sahagún. — Renuévase  la  guerra  contra  moros. — Sos- 
pechas de  que  Tarragona  había  caído  otra  vez  en  poder  de  moros. — 
Origen  de  Reus  y  lugares  vecinos. — Contiendas  entre  el  príncipe  y 
el  arzobispo  de  Tarragona.— Media  el  rey. — Asesinato  del  arzobispo 
Hugo  de  Cervelló. — Fundación  de  Teruel. 

(De  I168  Á   I171.) 

Dejando,  pues,  la  Provenza  encomendada  á  su  herma- 
no Pedro,  á  quien  desde  este  momento  llamaremos  Ra- 
món Berenguer,  Alfonso  se  vino  á  Cataluña  y  pasó  á 
Aragón  antes  de  terminarse  el  año  1168;  pero  es  preci- 
so dejar  consignado,  por  lo  que  hemos  de  ver  más  ade- 
lante, que  antes  de  partir  de  Provenza,  quedó  estrecha- 
mente unido  con  Roger  el  nuevo  vizconde  de  Beziers 
y  de  Carcasona,  quien  bajo  su  protección  y  señorío,  dis- 
frutó paciñcamente  de  los  dominios  que  habían  perte- 
necido á  su  padre  Raimundo  Trencavello  1 . 

Sin  detenerse  apenas  en  Barcelona,  pasó  Alfonso  á 
¿Taragoza  coh  el  ejército  de  Cataluña  .2.  Llamábale  pre- 
cipitadamente un  asunto  de  importancia,  pues  que  á  la 
sazón,  por  efecto  de  algunas  hostilidades,  la  sana  po- 
lítica aconsejaba  que  Aragón  y  Castilla  viviesen  en 
buena  paz  y  concordia.  Fueron  y  vinieron  mensajes  de 

1  ISstoria  del  Languedoc,  tomo  III,  pág.  21. 

2  FeHu  de  la  Pefia,  lib.  XI,  cap.  I. 


24  VÍCTOR  BALAGUER 

un  rey  á  otro,  hubo  embajadas  de  una  á  otra  corte,  y 
se  consiguió  la  buena  armonía  de  sacar  á  plaza  el  cas- 
tellano las  injustificables  pretensiones  del  emperador 
Alfonso  respecto  al  vasallaje  de  los  aragoneses  i . 

Hallándose  en  Zaragoza,  Alfonso  confirmó  los  fueros 
y  privilegios  concedidos  antes  al  clero,  á  la  nobleza  y 
á  las  poblaciones,  y  en  seguida  dio  comienzo  á  la  gue- 
rra con  los  moros;  pues  lleno  de  juvenil  ardor  guerrero, 
ansiaba  recobrar  de  los  enemigos  de  Cristo  las  plazas 
que  aún  retenían  en  su  territorio,  terminando  la  restau- 
ración de  Aragón,  como  su  padre,  de  buena  y  santa 
memoria,  había  terminado  la  de  Cataluña. 

No  habían  permanecido,  sin  embargo,  dormidais  las 
armas  de  los  catalanes  y  aragoneses  durante  la  ausen- 
cia de  su  rey,  pero  á  la  llegada  de  éste,  hizose  la  guerra 
en  mayor  escala.  Alfonso  tremoló  al  aire  el  pendón  de 
las  barras,  y  al  son  de  sus  trompas  bélicas  congregó  á 
la  flor  de  la  caballería  aragonesa  y  catalana.  Arrojados 
los  moros  de  la  ribera  occidental  del  Ebro,  fueron  en- 
tonces desalojados  de  las  riberas  del  Algas  y  del  Mata- 
rraña,  se  les  ganaron  muchos  pueblos,  y  se  acabó  por 
poner  cerco  á  la  agarena  Caspe,  que  era  un  lugar  muy 
principal,  cuya  fuerza  había  tal  vez  retardado  durante 
medio  siglo  el  progreso  de  las  armas  aragonesas  acan- 
tonadas en  la  vecina  Alcañiz.  Los  hospitalarios,  los 
templarios  y  algunos  caballeros  de  Santiago  sirvieron 
mucho  y  muy  bien  en  esta  guerra,  que  ocupó  á  las  ar- 
mas del  rey  durante  el  año  Ii6g.  Caspe  fué  después 
cedida  á  los  caballeros  hospitalarios,  y  Alcañiz  fué  dada 
en  encomienda  á  los  de  Calatrava  2. 

Pero  mientras  las  armas  del  rey  de  Aragón  se  cubrían 
de  gloria  y  conquistaban  inmarcesibles  lauros  en  estas 

1  Lftfuente. — Ortiz  de  la  Vega. — Cortada. 

2  Zurita. — ^Feliu  de  la  Pefia. — Ortiz  de  la  Vega. — Cuadrado. 


HISTORIA   DE  CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.    III.  2¡ 

tierras,  los  muros  de  Beziers  las  vieron  penetrar  trai- 
doramente  en  su  recinto  para  cubrirse  de  ignominia  en 
una  noche  de  horrores,  de  luto  y  de  sangre.  Ninguna 
de  nuestras  crónicas,  que  yo  sepa,  reñere  el  hecho  de 
que  voy  á  dar  cuenta,  pero  nárranlo  minuciosamente,  y 
con  sombríos  colores,  las  del  Languedoc  y  Proveaza,  y 
particularmente  las  memorias  de  Beziers.  Si  nuestros 
cronistas,  adrede  6  por  olvido,  lo  han  ocultado,  no  es 
bien  que  yo  les  siga  en  este  punto;  que  no  es  cordura 
faltar  á  la  verdad  por  el  vano  placer  de  disfrazar  un 
hecho  que  puede  no  sernos  favorable.  La  verdad  debe 
decirse  siempre  en  historia.  Y  no  importa  que  en  la 
nuestra  haya  algunos  lunares,  y  se  digan;  yo  prometo 
decir  por  lo  menos  los  que  encuentre,  que  asi  han  de  re- 
saltar más  y  más  los  muchos  nobilísimos  y  muy  altos 
ejemplos  de  virtud  y  de  patriotismo  que  brillan  en  nues- 
tros anales,  y  de  los  que  guardamos  un  tesoro  como  pue- 
dan tenerlo  pocas  naciones. 

He  aquí  el  hecho,  tal  como  lo  cuenta  un  antiguo  his- 
toriador, y  lo  refieren ,  con  ligeras  variaciones  de  deta- 
lles, las  crónicas  del  Languedoc  i  • 

Ya  sabemos  que,  á  consecuencia  de  discordias  entre 
nobles  y  ciudadanos  de  Beziers,  estos  últimos  habían 
penetrado  un  dia  sublevados  en  la  iglesia  de  Santa  Mag- 
dalena, donde  se  hallaba  el  vizconde  Trencavello,  á 
quien  asesinaron,  lo  propio  que  á  algunos  nobles  que 
acertaban  á  estar  con  él  en  aquellos  momentos,  sin  res- 
peto á  la  santidad  del  lugar  y  á  la  presencia  del  obispo. 
Ya  sabemos  también  que  Roger,  el  hijo  de  la  victima, 
pidió  apoyo  al  rey  de  Aragón,  y  unido  con  él,  sitió  la 
ciudad,  que  se  resistió  valerosamente  ,  entrando  enton- 
ces en  tratos  Roger  con  los  sublevados,  y  perdonando- 

1  Guillermo  Nebrija,  Ub.  11,  cap.  U.^-^íana  del  Languedoc^  to- 
mo m,  pág.  24. 


26  VÍCTOR  BALAGUER 

les  la  muerte  de  su  padre,  bajo  condición  de  volver  á 
su  dominio  y  reconocerle  por  su  señor.  Por  este  conve- 
nio^ las  puertas  de  Beziers  fueron  abiertas  á  Roger;  el 
rey  de  Aragón  se  retiró,  y  el  hijo  de  Trencavello  fué 
reconoddo  como  su  vizconde  y  señor  inmediato  por  los 
habitantes  de  la  ciudad. 

Había  ya  pasado  de  esto  un  año,  ó  cerca  de  él, 
cuando  uno  de  sus  cortesanos  echó  cierto  dia  en  cara  á 
Roger  el  haber  vendido  la  sangre  de  su  padre  á  los  ciu- 
dadanos de  Beziers .  Este  pérfido  recuerdo  encendió  en 
ira  á  Roger,  que  juró  castigar  á  los  habitantes  de  una 
manera  estrepitosa ,  aun  cuando  ya  les  hubiese  perdo- 
nado .  Al  efecto,  recurrió  á  su  protector  el  rey  de  Ara- 
gón ,  que  le  envió  un  cuerpo  considerable  de  tropas, 
bajo  pretexto  de  la  guerra  que  tenía  que  sostener  el  vizcon- 
de contra  el  conde  de  Tolosa,  quien,  en  efecto,  acababa 
de  declarársela. 

Para  no  despertar  sospechas  en  los  habitantes  de  Be- 
ziers, Roger  difundió  la  voz  de  que,  habiendo  sabido  que 
el  conde  de  Tolosa  meditaba  una  próxima  irrupción  en 
sus  dominios,  pidiera  auxilios  al  rey  de  Aragón.  Diri- 
gióse en  seguida  á  Beziers,  donde  se  presentó  en  perso- 
na á  fines  del  1169,  y  suplicó  á  los  habitantes  que  alo- 
jasen á  su  paso  á  las  tropas  aragonesas,  facilitándolas 
víveres,  y  recibiéndolas  como  amigas  y  auxiliares.  Las 
tropas  de  Aragón ,  por  su  parte ,  para  evitar  toda  sos- 
pecha, se  dividieron  en  partidas,  y  fueron  entrando  su- 
cesivamente en  Beziers,  siendo  alojadas  en  las  casas  de 
los  ciudadanos,  que  sin  el  menor  recelo  las  admi- 
tieron . 

Así  que  los  soldados  aragoneses  se  vieron  por  este 
medio  dueños  de  la  ciudad,  tomaron  repentinamente  las 
armas,  á  cierta  señal  convenida  de  antemano;  arrojá- 
ronse sobre  los  indefensos  y  desprevenidos  ciudadanos, 
y  prendieron  á  unos,  acuchillaron  á  otros  y  ahorcaron  á 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — UB.   V.    CAP.    III.  27 

los  más,  haciéndoles  así  pagar  la  justa  pena  de  su  crimen, 
dice  con  horrible  candidez  la  crónica.  Solo  se  dio  cuar- 
tel á  los  judíos,  que  al  parecer  no  habían  manchado  sus 
manos  con  la  sangre  de  Trencavello,  á  las  mujeres  y  á 
las  jóvenes,  con  las  que  los  soldados  del  rey  de  Aragón 
se  casaron  en  seguida  para  repoblar  la  ciudad. 

Tal  es  el  hecho,  por  cierto  terrible  y  desconsolador 
en  alto  grado.  Lo  consigno  con  pena;  y  aun  cuando 
veo  que  debe  dársele  crédito,  pues  lo  admiten  autores 
de  nota,  y  hasta  los  Maurinos  lo  refieren  con  relación 
á  una  escritura  privada  de  Beziers ,  es  muy  probable 
que  esté  algo  exagerado  en  los  detalles,  ya  que  no  en  el 
fondo. 

A  principios  del  1170,  las  crónicas  nos  presentan  al 
rey  de  Aragón  ocupado  en  recorrer  parte  de  sus  esta- 
dos. Estuvo  primero  en  Ribagorza,  residiendo  por  al- 
gún tiempo  en  Roda,  de  donde  pasó  á  Huesca  y  luego 
á  Jaca,  á  cuya  ciudad  dice  Zurita  que  llegó  el  último 
día  de  Abril.  Parece  que  los  empeños  que  hubo  en  cor- 
tar las  desavenencias  eQtre  Aragón  y  Castilla  ^  acaba- 
ron por  no  obtener  resultado.  No  tardó  en  encenderse 
la  guerra  entre  ambos  estados,  y  por  cierto  que  en 
esta  ocasión  la  victoria  se  divorció  de  los  pendones 
aragoneses. 

Entró  D .  Alfonso  en  Castilla,  y  fué  á  poner  cerco  á 
la  ciudad  de  Calahorra;  pero  se  lo  hizo  levantar,  desas- 
trosamente para  los  nuestros,  D.  Gutierre  Fernández 
de  Castro,  capitán  castellano,  de  quien  se  dice  que  lle- 
gó á  ganar  las  banderas  de  Aragón ,  las  cuales  fueron 
puestas  á  su  muerte  sobre  su  tumba,  como  militar 
trofeo  1. 

La  guerra,  parece  que  no  continuó.  Pudo  la  política 


1   .  Zaiita,  Ub»  II,  cap.  XXVIII.— Blancas,  en  la  vida  de  D.  Alfon- 
so II. 


.( 


tS  tíctor  balaguer 

volver  á  recobrar  su  imperio,  y  se  convino  en  que  am- 
bos reyes,  el  de  Aragón  y  de  Castilla,  tuviesen  una  en- 
trevista en  Sahagún,  á  cayo  punto  acudieron  entiam- 
bos  con  lucido  cortejo.  Entre  los  que  acompañaban  al 
aragonés,  se  cita  á  los  obispos  de  Barcelona  y  Zarago- 
za, á  Ramón  de  Moneada,  al  vizconde  de  Cardona  Ra- 
món Poich  y  á  Guillermo  de  San  Martin .  Con  el  rey 
de  Castilla  iba  el  conde  Armengol  de  Urgel,  que  por  lo 
visto  pertenecía  entonces  á  su  bando.  Concertáronse 
paces  y  concordia  entre  ambos  monarcas;  diéronse  mu- 
tuamente en  garantía  algunas  fortalezas,  y  tan  amigos 
quedaron,  que  el  castellano  se  vino  con  el  aragonés  á 
Zaragoza,  de  donde  entrambos  pasaron  lu^o  á  Tara- 
zona,  para  recibir  á  Leonor,  hija  del  rey  de  Inglaterra, 
destinada  para  esposa  del  de  Castilla. 

Las  bodas  de  éste  se  celebraron  en  Tarazona,  siendo 
testigo  D.  Alfonso,  y  teniendo  lugar  grandes  y  extraor- 
dinarios festejos.  Separáronse  entrambos  monarcas  muy 
amigos,  y  en  pago  de  la  espléndida  hospitalidad  que  dio 
el  aragonés  al  castellano,  éste  le  salió  garante  de  que 
el  rey  moro  de  Murcia,  que  le  retardaba  el  pago  de  las 
parias,  le  satisfaría  las  acostumbradas  y  las  que  le  de- 
biese de  los  años  anteriores. 

D.  Alfonso  movió  entonces  sus  armas  contra  los 
moros,  y  continuó  la  guerra  de  la  reconquista  por  la 
parte  de  Sierra  Ibubeda,  tomando  las  fortalezas  y  luga- 
res que  tenían  los  enemigos  en  las  márgenes  de  los  ríos 
Guadalaviar  y  Alhambra  i.  También  hizo  la  guerra  á 
algunos  moros  que  se  habían  hecho  fuertes  en  las  mon- 
tañas de  Prades  y  de  Ciurana,  y  aún  hay  quien  afirma 
que  un  jeque  enemigo,  por  nombre  Entenza,  viéndose 
reducido  á  la  última  extremidad,  se  dio  á  partido  y  se 
hizo  cristiano,  si  bien  Zurita  opina  que  esto  es  una 

1     Feliu  de  la  Peña,  lib.  XI,  cap.  I. 


HISTORU   DE  CATALUÑA.— LIB.   V.   CAP.   III.  29 

imaginación  de  las  muchas  de  que  andan  llenas  ciertas 
historias,  y  refiere  cómo  los  Entenza  son  una  muy  an- 
tigua, muy  noble  y  muy  cristiana  casa  de  Aragón,  que 
tuvo  su  solaren  Ribagorza  i. 

Por  este  mismo  tiempo,  y  corriendo  el  año  árabe  de 
1170  á  1 171,  los  historiadores  muslimes,  ya  que  no  los 
aragoneses  ni  los  catalanes,  nos  dicen  que  Tarragona 
estaba  sitiada  por  los  cristianos.  Cuándo  y  cómo  había 
caído  esta  ciudad  en  poder  de  los  moros,  calíanlo  los 
historiadores  árabes,  y  nada  de  ello  rezan  los  nuestros. 
Es  otro  de  los  puntos  oscuros  de  nuestros  anales,  tanto 
más,  cuanto  ninguna  luz  nos  dan  los  cronistas  sobre  los 
hechos  que  voy  á  referir,  extractándolos  de  los  árabes, 
únicos  que  hablan  de  ellos,  por  lo  que  á  mi  noticia  ha 
ll^;ado  2. 

El  rey  ó  emir  almoravide  Ebn  Sad,  gobernaba  en  la 
parte  oriental  de  España.  Pasaba  lo  más  del  tiempo  en 
Valencia,  y  desde  allí  recorría  sus  estados  y  las  ciuda- 
des de  su  señorío,  que  eran  todas  las  de  la  costa  del 
mar  Mediterráneo,  desde  Tarragona  hasta  Cartagena, 
apellidada  por  los  árabes  El  Halfah.  Los  almohades 
por  un  lado,  y  la  rebeldía  de  algunos  de  sus  gobernado- 
res por  otro,  pusieron  á  Ebn  Sad  en  grave  aprieto. 
Parece  que  entonces  abandonó  Valencia  y  se  retiró  á 
Tarragona.  Así  se  desprende  de  la  narración,  bastante 
confusa  y  demasiado  circunscrita,  de  las  historias  ára- 
bes* El  hijo  de  Ebn  Sad,  llamado  Abu  El  Hedjaj,  fué 
enviado  con  numerosas  tropas  contra  Valencia,  que  se 
había  levantado  en  favor  de  los  almohades,  y  púsola 
cerco  por  mar  y  tierra.  Ocupado  estaba  en  ello,  cuando 
recibió  un  mensaje  de  su  padre,  ordenándole  que  fuera 
á  socorrerle  en  Tarragona,  donde  le  estaban  acosando 

1  Zurita,  lib.  II,  cap.  XXX. 

2  Conde,  cap.  XLVIU  de  la  parte  3.*  —  Romey,  cap.  m  de  la 
parte  3,* 


Va  cratían  '.<-  Ac3.ie  Abi  El  Hcdf  ^  per  éorau  al  frente 
de  an  «c/i^-jO  v  :::::rLíTCíSO  cacrpc  le  cabalLeria,  y  acu- 
de por  mar  el  aínirartc  Ahr  Bca  Kasseai.  Entre  Tor- 
tosa  y  Tarragona  tzrrkxoa  logar  Tarios  encaectros  coo 
roerte  favorable  anas  vocees  á  les  moras  j  otras  i  los 
ntiestrcs;  pero  el  cauiiüo  A!y  Ben  Kassem  resció  en  el 
mar  á  los  cristianos  en  horrible  combate,  tonió  algunas 
naves  y  les  quemo  muchas  con  extraordinaria  matanza 
de  gentes.  Sin  embargo  de  esto,  se  desprende  claramen- 
te de  las  relaciones  árabes,  que  Tarragona  sucumbió 
cayendo  en  poder  de  los  soldados  de  Cristo. 

Pero  ¿quién  fué  el  héroe  de  los  nuestros  que  llevó  á 
cabo  esta  empresa?  Se  ignora.  Ya  he  dicho  que  ni  una 
palabra  consagran  á  estos  acontecimientos  las  crónicas 
catalanas  y  aragonesas.  Para  ellas  Tarragona  no  volvió 
á  ver  tremolar  en  sus  torres  las  muslímicas  enseñas 
desde  que  fué  dada  á  San  Olegario.  Y  no  obstante, 
aparece  claro  y  patente  este  recobro  de  Tarragona  por 
los  cristianos  en  1171,  como  también  hay  indicios  para 
sospechar  que  fué  nuevamente  reconquistada  por  los 
moros  en  1174  ^ 

De  todos  modos,  si  Tarragona  cayó  en  poder  de  los 
moros  antes  del  1171,  debió  ser  por  muy  corto  tiempo, 
y  hemos  de  aceptar  el  dato  que  nos  dan  sus  mismos 
historiadores  de  haber  sido  reconquistada  en  dicho  año 
por  los  cristianos. 

Tarragona  y  su  campo  proseguían  siendo  posesión 
del  arzobispado.  Ya  sabemos  que  San  Olaguer  ú  Olega- 
rio había  dado  en  feudo,  y  con  el  título  de  príncipe,  dicha 
ciudad  á  Roberto  Aguiló,  llamado  también  Burdet. 
Este  y  sus  capitanes,  y  luego  sus  sucesores,  fueron  ex- 
tendiendo sus  conquistas,  y  bien  pudieron  ser  ellos  los 
que  perdieran  y  luego  recobraran  la  ciudad. 

I     Conde,  cap.  XLIX. 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.    V.    CAP.    III.  3 1 

Estas  conquistas  de  aquellos  bravos  defensores  y  man- 
tenedores de  la  patria  independencia,  se  habían  ido  pau- 
latinamente extendiendo  por  todo  lo  que  después  se  lla- 
mó campo  de  Tarragona.  La  bellísima  y  pintoresca  ve- 
ga, jardín  de  Cataluña,  que  hoy  se  ve  al  pie  de  los  ve- 
tustos paredones  de  la  capital  romana,  consistía  en 
aquellos  tiempos  en  una  serie  de  bosques  de  seculares 
encinas,  por  entre  los  cuales  discurrían  el  ciervo  y  el 
jabalí.  Teatro  de  sangrientas  batallas  fueron  estas  sel- 
vas, de  las  que  paso  á  paso  se  iban  apoderando  los  cris- 
tianos, quienes  comenzaron  á  poblar  el  sitio  pintoresco 
en  que  hoy  se  alza  la  esforzada  Reus  y  los  terrenos  y , 
lugares  vecinos  como  Riudomps,  Salou,  Cambrils,  Vi- 
lavert,  Albiol  y  Constantí. 

Surgieron  en  esto  graves  desavenencias  con  motivo 
de  la  posesión  de  Tarragona,  las  cuales  acabaron  por 
dar  un  funestísimo  resultado.  A  San  Olegario  había  su- 
cedido el  arzobispo  Bernardo  Tort.  Éste  halló  medio 
de  que  Roberto  Aguiló  le  hiciera  cesión  del  derecho  que 
tenia  en  Tarragona  y  renunciara  el  Principado,  Todo 
induce  á  creer  que  esta  cesión  le  fué  arrancada  á  la  fuer- 
za á  Roberto,  ya  porque  se  hallase  ó  creyese  hallarse 
en  los  últimos  momentos  de  su  vida,  ya  porque  fuese 
amenazado.  De  todos  modos,  se  suscitaron  muchas  y 
gravísimas  contiendas  entre  el  arzobispo  Bernardo  y  el 
príncipe  Roberto  sobre  nulidad  de  la  renuncia  hecha 
por  éste;  contiendas  y  altercados  que  luego  se  renova- 
ron entre  el  arzobispo  Hugo  de  Cervelló,  sucesor  de 
Bernardo  Tort,  y  la  viuda  y  los  hijos  de  Roberto. 

La  familia  de  Aguiló  ó  Burdet,  convencida  de  que 
por  vía  judicial  nada  conseguiría,  trató  de  alcanzarlo 
por  vías  de  hecho,  para  lo  que,  valiéndose  de  sus  deu- 
dos y  amigos,  que  eran  muchos  y  poderosos,  y  en  es- 
pecial de  Guillermo  de  Claramunt,  uno  de  los  principa- 
les señores  de  la  épocs^,  puso  gente  en  campaña  y  se 


32  VÍCTOR  BALAGUER 

apoderó  del  castillo  de  Constanti^  exigiendo  de  los  ha- 
bitantes de  los  contornos  los  tributos  y  gabelas  que  de- 
bían satisfacer  al  arzobispo.  Viéndose  éste  imposibili- 
tado para  defenderse  contra  gente  tan  poderosa,  acu- 
dió al  rey  Alfonso,  quien  envió  un  severo  mensaje  á  Gui- 
llermo de  Aguiló^  hijo  mayor  de  Roberto,  disponiendo 
que  tanto  él  como  el  arzobispo  fueran  á  encontrarle  en 
Tortosa^  donde  se  hallaba,  á  ñn  de  alegar  sus  derechos. 
Acudieron  en  efecto,  y  Alfonso  se  declaró  en  favor  del 
arzobispo,  mandando  que  los  hijos  de  Roberto  le  rein- 
tegrasen de  todos  los  perjuicios  ocasionados. 

La  cólera  de  la  familia  Aguiló  llegó  á  su  colmo  con 
esta  sentencia;  enconáronse  más  los  ánimos;  encendióse 
el  odio,  y  el  22  de  Abril  de  1171  el  arzobispo  Hugo  mo- 
ría asesinado  á  puñaladas  por  Guillen  Aguiló,  el  hijo  de 
Roberto,  á  quien  parece  que  auxiliaron  sus  hermanos. 
Grave  escándalo  movió  este  crimen:  envió  el  Papa  lega- 
dos al  rey  de  Aragón;  excomulgóse  á  los  matadores,  y 
se  procedió  contra  ellos  tomándoles  sus  bienes;  pero, 
sin  embargo,  debe  observarse  que  el  Guillen  Aguiló, 
causador  de  todo,  se  quedó  con  la  tercera  parte  de  la 
villa  de  Valls  y  su  tierra,  lo  cual  hace  creer  que  se  tra- 
tó de  componer  y  arreglar  el  negocio,  y  hasta  se  con- 
tinuó llamando  Guillen  de  Tarragona.  Por  lo  que  toca 
á  esta  ciudad,  desde  entonces  quedó  dividida  la  juris- 
dicción temporal  entre  el  rey  de  Aragón  y  el  arzobispo, 
habiendo  conseguido  éste  que  en  1173  se  le  confirmara 
la  donación  que  Ramón  Berenguer  hiciera  á  San  Ole- 
gario 1. 

Concluyó  gloriosamente  el  año  1171,  adelantando  los 
aragoneses  su  frontera  hasta  las  márgenes  mismas  del 


1  Archiespiscopologio  de  Blanch.— Zurita,  lib.  II,  cap.  XXXI. — 
Hernández:  Tarragcna  árabe  (inédita).— Andrés  de  BoílAnill:  Amales 
históricos  ds  Reus  y  Guia  éU  Reus, 


.• 


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HISTORIA   DE   CATALUÑA. — UB.    V.    CAP.    IV.  33 

Guadalayiar,  con  amenaza  ya  á  las  ricas  llanuras  de 
Valencia.  Aquel  sitio  y  aquella  frontera  se  llamaron  Te- 
ruel. Asi  nació  la  famosa  ciudad  de  más  tarde.  Con  la 
sangre  de  sus  bravos  defensores  fueron  amasados  sus  ci- 
mientos: empuñando  á  un  tiempo  el  azadón  y  la  espa- 
da, los  primeros  pobladores  levantaron  y  defendieron 
sus  viviendas,  haciéndose  dignos  de  sus  franquicias  y 
libertades .  Dice  Zurita  que  la  naciente  villa  fué  dada 
entonces  en  feudo  á  Berenguer  de  Entenza,  pero  no 
hallo  que  hablen  de  ello  las  memorias  de  Teruel  escri- 
tas por  Quadrado. 


CAPITULO  IV. 

Expedición  á  Valencia. — Vasallaje  de  los  moros  y  sitio  de  Játiva.*** 
Guerra  con  Navarra. — ^Alianza  de  los  reyes  de  Castilla  y  Aragón  con- 
tra el  de  Navarra  y  el  señor  de  Azagra. — Alfonso  en  Montpeller. — 
El  rey  de  Aragón  sucede  en  el  condado  de  Rosellón. — Constituciones 
de  paz  y  tregua,  dadas  por  Alfonso  al  Rosellón. — Otras  ]e3ws  dadas 
por  Alfonso. — Casamiento  del  rey  de  Aragón  con  Sancha  de  Casti- 
lla.-* Guillermo  de  Montpeller  casa  con  la  hija  del  emperador  de 
Constantinopla.— Desembarco  de  moros  en  Tarragona.-— Entrevista 
con  el  conde  de  Tolosa. — Asamblea  en  Beaucaire  y  magnificencia  de 
los  nobles. 

(De  i  172  Á  1 174.) 

Con  la  fortificada  Teruel,  cuerpo  avanzado  que  de- 
bía mantener  en  continua  alarma  á  los  moros  de  Valen- 
cia, halló  el  rey  la  puerta  abierta  para  introducirse  en 
este  reino.  Ideó  una  expedición  hasta  llegar  á  los  mu- 
ros de  la  ciudad  gentil  que  se  mira  complacida  en  su 
cristal  del  Tuna,  y  decidió  llevarla  á  cabo,  de  confor- 
midad con  el  parecer  y  consejo  de  sus  más  bravos  ca- 
]»tanes.  Supónese  que  eKmismo  Alfonso  se  puso  al 
frente  de  la  hueste  expedicionaria,  penetrando  en  tie- 

TOMO  XI  3 


V 


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> 


34  VÍCTOR   BALAGÜER 

rras  de  Valencia,  y  llegando  en  efecto  hasta  las  puertas 
de  esta  ciudad,  cuyas  vegas*  mandó  quemar  y  talar. 

El  emir  moro,  viendo  el  grave  daño  que  la  tierra  re- 
cibía, quiso  alejar  la  expedición  aragonesa  ofreciéndose 
á  pagar  los  gastos  de  la  entrada,  á  doblar  las  parías 
que  venía  satisfaciendo  y  á  prestar  auxilio  al  aragonés 
contra  los  moros  del  reino  de  Murcia.  Aceptó  Alfonso 
las  ofertas,  pero,  sin  embargo,  le  vemos  marchar  contra 
Játiva  y  poner  sitio  á  esta  ciudad,  de  la  cual  quizá  se 
hubiera  apoderado,  si  apresuradamente  no  hubiese  te- 
nido que  volverse  á  las  márgenes  del  alto  Ebro  para 
hacer  frente  al  navarro,  que,  aprovechando  lo  fácil  de  la 
ocasión  y  rompiendo  las  treguas,  acababa  de  penetrar 
en  el  territorio  aragonés.  Sabedor  de  ello  Alfonso,  ad- 
mitió las  ofertas  del  rey  de  Valencia,  levantó  el  sitio  de 
Játiva,  aceptó  el  vasallaje  y  tributo  que  por  la  paz  le 
ofrecía  el  rey  de  Murcia,  y  se  volvió  á  reparar  los  daños 
de  su  casa,  para  lo  cual  le  pareció  tener  bastante  con 
los  aragoneses,  despidiendo  á  los  catalanes  i . 

En  seguida  que  hubo  regresado  á  sus  tierras,  deter- 
minó D.  Alfonso  salir  al  encuentro  de  D.  Sancho  de 
Navarra;  pero  excusóse  la  batalla  entre  ambos  monar- 
cas, porque  el  navarro  repartió  sus  gentes  por  sus  fron- 
teras. Alfonso  penetró  con  gran  poder  por  la  parte  de 
Tudela  é  hizo  mucho  daño,  destruyendo  algunos  luga- 
res y  castillos  y  apoderándose  del  fuerte  de  Arguedas. 

Por  aquel  tiempo  mismo  firmó  Alfonso  alianza  con 
el  castellano,  no  sólo  para  rechazar  al  rey  de  Navarra 
en  9US  agresiones,  sino  también  para  hacer  la  guerra 
al  señor  de  Albarracín,  Pedro  Ruiz  de  Azagra,  cristia- 
no aliado  con  los  moros  y  con  el  navarro,  y  muy  ami- 
go de  redondear  sus  tierras  á  expensa  del  aragonés  y  del 

1     fíutoria  eU  Aragán  del  Anónimo,  adicionada  por  Foz,  tomo  11, 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.   IV.         35 

castellano.  No  falta  quien  asegure  que  de  la  repartición 
de  los  despojos  del  señor  de  Albarracín^  antes  de  poder- 
los ganar,  pues  los  Ázagras  se  conservaron  por  mucho 
tiempo  independientes,  origináronse  fuertes  desavenen- 
cias, á  las  que  debió  poner  término  en  todo  caso  el  ca- 
samiento del  aragonés  con  la  infanta  de  Castilla,  efec- 
tuado más  adelante.  De  todos  modos,  el  señor  de 
Albarracin  prosiguió  por  de  pronto  independiente,  titu- 
lándose sólo  vasallo  de  Santa  María,  y  el  aragonés  con- 
tinuó su  guerra  con  el  navarro,  que  fué  larga  y  cruel  i. 

El  último  tercio  del  año  1172,  debió  Alfonso  pasarlo 
en  Montpeller,  según  fundadamente  sospecho,  aun 
cuando  tampoco  nos  digan  nada  de  este  viaje  nuestros 
cronistas,  poco  atentos  por  lo  regular  y  poco  informa- 
dos de  lo  que  acaecía  entonces  á  la  otra  parte  de  los 
Pirineos. 

Acababa  de  morir  Guillermo  VII,  señor  de  Montpe- 
ller. Por  su  testamento  instituyó  heredero  á  su  hijo  Gui- 
llermo VIII,  pero  le  puso  á  él,  á  su  hermano  Guy,  á 
sus  vasallos  y  á  todos  sus  dominios,  bajo  la  protección 
de  Alfonso,  rey  de  Aragón,  su  señor  2.  Entonces  pasó 
nuestro  soberano  á  los  estados  de  Montpeller,  donde 
para  crear  embarazos  á  su  constante  enemigo  el  conde 
de  Tolosa,  se  declaró  protector  de  Beltrán  Pelet,  quien 
le  hizo  donación  del  condado  de  Melgueil.  Sin  embargo, 
este  condado  acababa  de  pasar  á  poder  del  conde  de 
Tolosa,  por  medio  del  matrimonio  del  hijo  de  éste  con 
Ermesinda  de  Pelet,  condesa  de  Melgueil. 

Un  nuevo  pueblo  vino  á  reclamar  la  atención  y  cui- 
dados del  rey-trovador,  como  llaman  las  crónicas  rose- 
Uonesas  á  nuestro  Alfonso  de  Aragón.  Guinardo  II, 
conde  del  Rosellón,  que  no  tenia  hijos,  hizo  su  testa- 

1  Zurita,  lib.  II,  cap.  XXXIL— Cuadrado:  ^rtf/»».— Lafucntc. 

2  Mstoria  del  Lanpudúc^  tomo  III,  pág.  28. 


36  VÍCTOR   BALAGÜBR 

mentOy  fechado  en  4  de  las  nonas  de  Julio  de  1172,  le- 
gando todos  sus  dominios,  á  saber,  el  condado  de  Ro- 
sellón  y  los  derechos  que  tenia  sobre  los  de  Peralada  y 
Ampurías,  al  rey  Alfonso  II  de  Aragón,  su  señor,  hijo 
del  conde  de  Barcelona,  Ramón  Berenguer  IV  1. 

Si  hemos  de  dar  crédito  al  cronista  Bosch  2,  el  con- 
de Guinardo,  que  él  llama  Guirarty  hallándose  afectado 
por  una  grave  dolencia,  y  viéndose  sin  hijos,  convocó  á 
muchos  de  sus  vasallos  y  á  los  síndicos  de  las  villas  y 
lugares  del  Rosellón,  á  quienes  pidió  que  deliberasen  y 
eligiesen  el  rey  y  señor  que  debia  gobernarles,  muerto 
él.  La  asamblea,  dice  Bosch,  se  pronunció  unánime- 
mente por  el  rey  de  Aragón,  yel  conde  dictó  entonces 
su  testamento  en  conformidad  con  lo  deliberado  y  re- 
suelto por  sus  vasallos. 

Muerto  el  conde  Guinardo  (I),  Alfonso  pasó  inmedia- 
mente  á  Rosellón,  y  probablemente  permaneció  en  Per- 
piñán,  la  capital  de  su  nuevo  condado,  todo  el  tiempo 
que  medió  hasta  principios  del  1174,  que  es  cuando  le 
volvemos  á  ver  presentarse  en  nuestras  crónicas  ara- 
gonesas-catalanas. Debió  permanecer  en  el  Rosellón 
durante  todo  el  año  1173. 

A  su  llegada  á  Perpiñán,  Alfonso  confirmó  los  privi- 
legios que  tenían  ya  los  habitantes,  uno  de  los  cuales 
era  el  de  regirse  por  sus  leyes  propias  y  por  el  derecho 
romano,  y  se  ocupó  en  aumentar  las  fortificaciones  de 
la  plaza.  Dueño  del  Rosellón,  dice  Henry,  Alfonso 
puso  toda  su  solicitud  en  purgar  aquella  tierra  de  los 
males  que  la  infestaban.  Inmediatamente  después  de 
haber  tomado  posesión,  convocó  en  Perpiñán  á  los  prin- 
cipales barones  y  señores  del  país  y  les  hizo  jurar  la 
observancia  de  una  ley  que  había  mandado  redactar 

1  Puede  leerse  este  testamento  en  las  proebas  núm.  Vni  del  to- 
mo I  de  la  historia  de  Rosellón^  por  Henry. 

2  TítoU y  h^nors,  pág.  172. 


HISTORIA  DE   CATALUÑA.— UB.    V.   CAP.    IV.         37 

bajo  el  titulo  de  Constitticiones  de  paz  y  tregua,  de  acuer- 
do con  el  arzobispo  de  Tarragona  y  los  obispos  de  Bar- 
celona y  Bina.  Estas  Constituciones,  que  fueron  después 
aplicadas  á  toda  Cataluña^  dan  á  conocer  cuáles  eran 
los  males  á  que  el  monarca  aragonés  creía  deber  aplicar 
pronto  remedio.  El  primer  articulo  era  concerniente  á 
las  iglesias  y  cementerios  á  cada  instante  profanados; 
el  segundo  prescribía  que  aquellos  á  quienes  se  hubiese 
despojado,  y  cuyos  objetos  robados  se  hallaran  en  las 
iglesias,  debían  dirigirse  al  rey  ó  al  obispo  para  obtener 
justicia;  el  cuarto  y  el  quinto  garantizaban  la  seguridad 
de  los  clérigos,  de  los  monjes,  de  las  viudas,  de  los  re- 
ligiosos, de  los  templarios  y  hospitalarios  de  San  Juan 
de  Jerusalem;  el  sexto  ponía  especialmente  bajo  la  pro- 
tección real  á  todos  los  cultivadores  con  sus  capitales 
de  explotación.  El  príncipe  prohibía  muy  en  particular 
por  el  séptimo  artículo,  robar  ó  destruir  los  animales 
de  cualquier  especie,  fuesen  ó  no  consagrados  á  la  agri- 
cultura, así  como  los  instrumentos  áratenos.  Se  conoce 
que  esta  disposición  era  quizá  la  más  principal  para  el 
monarca,  pues  se  le  ve  insistir  en  ella  en  los  otros  ar- 
tículos, encomendando  que  estos  capitales  de  las  gran- 
jas ó  casas  de  labranza  se  hallen  constantemente  bajo 
el  beneficio  y  amparo  de  la  paz  y  tregua.  Las  vías  y 
caminos  públicos  quedaron  también  colocados  bajo  la 
protección  de  la  ley,  y  el  monarca  quiso  que  los  viaje- 
ros pudiesen  discurrir  de  allí  en  adelante  con  toda  tran- 
quilidad, advirtiendo  que  quien  osara  atacarles  fuese 
castigado  por  crimen  de  lesa  majestad  (II). 

Esta  ley  produjo  grandes  beneficios  al  Rosellón, 
cuyo  condado,  al  recibir  el  impulso  que  le  dio  la  mano 
justiciera  del  aragonés  monarca,  comenzó  á  florecer 
progresivamente  en  industria,  en  artes  y  en  ciencias. 
Los  roselloneses  aman  mucho  la  memoria  de  Alfonso  II, 
y  no  es  por  cierto  de  extrañar,  ni  de  loar  tampoco,  pues 


38  VÍCTOR  BALAGUER 

con  ello  cumplen  un  deber  de  justicia  y  de  gratitud  para 
con  un  rey  que  fué  para  ellos  humano,  sabio,  activo» 
buen  padre  y  mejor  legislador. 

Todos  los  años  iba  Alfonso  á  pasar  algún  tiempo  en 
Pcrpiñán,  y  su  presencia  era  siempre  marcada  por  algún 
acto  legislativo  en  beneficio  de  los  habitantes.  Por  uno 
de  estos  actos,  que  tiene  su  fecha  en  el  mismo  1173, 
dio  á  los  acreedores  el  derecho  de  hacer  poner  en  venta 
los  bienes  de  sus  deudores,  excepto  los  bueyes  de  la* 
branza,  que  se  consideraban  como  sagrados.  En  1175 
confirmó  por  segunda  vez  los  privilegios  de  la  ciudad, 
añadiendo  algunas  nuevas  disposiciones.  La  más  im- 
portante fué  que  ningún  perpiñanés  pudiese  ser  juzga- 
do sino  en  su  ciudad,  y  este  precepto,  que  más  tarde  se 
extendió  á  todo  el  Rosellón,  dio  lugar  al  establecimien- 
to de  un  tribunal  soberano  en  la  provincia,  cuando 
ésta  pasó  á  estar  bajo  la  dominación  francesa  ^ .  Alfon- 
so dictó  también  varias  leyes  de  policía  urbana  que 
cambiaron  el  aspecto  de  la  ciudad,  remedió  no  pocos 
males,  atendió  á  las  necesidades  públicas,  y  acabó  por 
hacerse  adorar  de  sus  subditos. 

El  rey  abandonó  por  fin  á  Perpiñán  y  r^resó  á  Za- 
ragoza, en  donde  el  18  de  Enero  de  1174  celebró  sus 
desposorios  con  la  infanta  Doña  Sancha  de  Castilla,  á 
tenor  ya  de  antiguos  conciertos,  según  no  poárán  menos 
de  recordar  los  lectores.  Sin  embargo,  este  matrimonio, 
aunque  de  tan  lejos  venía  pactado,  estuvo  á  punto  de 
no  efectuarse.  El  por  qué  y  cómo,  lo  explica  un  histo- 
riador 2  diciendo  que,  con  motivo  de  su  guerra  con  Na- 
varra, nuestro  D.  Alfonso  se  había  concertado  con  el 
rey  de  Castilla  para  repartirse  entre  los  dos  las  tierras 
de  Navarra,  como  también  las  de  los  moros,  poniendo 

1  Henry.  Kb.  I,  cap.  V. 

2  Historia  de  Aragón  por  el  Anónimo,  adidonada  por  Foz,  tomo  11» 
pág.  24. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB,   V.    CAP.   IV.         39 

para  la  mutua  segundad,  varías  plazas  en  rehenes  por 
una  y  otra  parte. 

En  este  número  entró  Ariza,  que  era  una  de  las  lla- 
ves de  Aragón  para  defenderse  de  Castilla;  pero  con  la 
condición  de  que,  entregándose  su  castillo  al  castellano, 
quedase  la  villa  por  Aragón.  Efectuóse  asi,  mas  el  al- 
caide castellano  tuvo  maña  de  atraerse  el  pueblo  y  ha- 
cerse suya  la  villa.  Pidió  el  aragonés  monarca  la  resti- 
tución, por  ser  semejante  usurpación  contraria  á  los 
tratados;  pero  como  la  prenda  era  tan  apreciable,  sen- 
tía en  extremo  soltarla  el  castellano,  y  daba  pocas  es- 
peranzas de  quererlo  hacer;  por  lo  cual,  dolido  nues- 
tro D.  Alfonso,  quiso  despicarse  desechando  á  la  infan- 
ta de  Castilla,  con  quien  desde  su  niñez  tenia  tratado 
el  casamientp.  Á  este  fin,  envió  á  pedir  la  hija  del  em- 
perador de  Constantinopla,  Manuel  Comeno  I,  y  éste 
admitió  el  partido  con  tanta  priesa,  que  sin  esperar  la 
ratificación,  despachó  luego  á  su  hija  Matilde  i;  pero  al 
llegar  esta  princesa  con  su  comitiva  á  Montpeller,  re- 
cibió la  noticia  de  que  ya  el  rey  de  Aragón  se  había  ca- 
sado con  Doña  Sancha  de  Castilla,  porque  habiéndole 
restituido  el  castellano  á  Ariza,  cesó  con  el  motivo  la 
queja,  y  se  convino  en  cumplir  sus  primeros  empeños. 

Por  lo  que  toca  á  la  desairada  princesa  griega,  no 
pasó  de  Montpeller.  Quería  desde  allí  volverse  á  su  país, 
acompañada  del  obispo  y  de  los  dos  magnates  que  la 
escoltaban;  pero  le  ofreció  su  mano  Guillermo,  señor 
de  Montpeller,  y  por  fuerza  más  que  de  grado  se  re- 
solvió á  aceptarla,  según  se  desprende  de  la  relación 
que  hace  de  este  suceso  el  rey  D.  Jaime  en  la  crónica 
que  escribió  de  su  propia  vida  este  gran  monarca  2.  Los 

1  Según  los  hiitoríadores  de  Languedoc,  tomo  IIT,  pág.  38,  esta 
princesa  se  llamaba  Eudoxia. 

2  Cróaica  del  rey  D.  Jaime,  traducida  y  anotada  por  los  Sres.  Flo- 
táis y  Bofanillt  cap.  I. 


40  VÍCTOR  BALAGUER 

acompañantes  de  la  princesa  hubieron  de  ceder  á  la 
voluntad  de  Guillermo  de  Montpeller,  que  amenazaba 
con  no  dejarles  partir  de  la  dudad  si  no  accedían  á  su 
matrimonio.  Dióles  Guillermo  el  breve  plazo  de  un  dia 
para  resolver,  y  entonces  ellos,  viendo  que  no  tenían 
otro  recurso,  accedieron  á  dar  á  Guillermo  la  mano  de 
la  princesa,  sacando  el  mejor  partido  posible  de  aquella 
boda,  y  estipulando  que  el  hijo  6  hija  que  naciese  de  ella 
tuviese  durante  su  vida  el  señorío  de  Montpeller.  Con- 
formóse Guillermo,  celebróse  aquel  forzado  matrimonio, 
y  de  él  nació  con  el  tiempo  una  bija  que  se  llamó  Ma- 
ría, y  que  ñié,  según  veremos,  la  madre  de  nuestro  gran 
D.  Jaime.  Á  esta  circunstancia  especial  y  extraña,  de- 
bió nuestro  Conquistador  el  descender  por  linea  materna 
de  los  emperadores  de  Constantinopla,  como  si  todo  de- 
biese ser  sobrenatural  y  extraordinario  en  el  hombre  de 
cuya  fama  aun  hoy  mismo  va  lleno  el  mundo  todo. 

El  año  1 1 74  comenzó,  pues,  para  la  Corona  de  Ara- 
gón, con  el  casamiento  de  D.  Alfonso  con  la  infanta 
Doña  Sancha,  hija  del  emperador  Alfonso  de  Castilla 
y  de  aquella  Riquilda  que  al  enviudar  había  casado  con 
el  conde  de  Provenza.  Crrandes  fiestas  tuvieron  lugar 
en  Zaragoza  á  causa  de  este  enlace,  á  las  cuales  asis- 
tieron los  más  renombrados  señores  de  Aragón  y  Ca- 
taluña. 

Poco  después  de  este  matrimonio,  es  cuando  debió 
tener  lugar  aquella  furiosa  embestida  contra  Tarrago- 
na,  de  que  nos  hablan  las  historias  árabes,  y  que  callan 
por  cierto  nuestras  crónicas.  Á  tenor  de  lo  que  dicen 
los  historiadores  recopilados  por  Conde  i,  la  fortuna 
favoreció  tanto  al  emir  llamado  el  Amuminín,  que  se 
vino  sobre  Tarragona  y  la  conquistó,  penetrando  sus 
vencedoras  tropas  en  nuestra  tierra  cotno  espantosa  tem- 

* 

1     Cap.  XLIX  de  la  3.'  parte. 


r 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.    V.    CAP.    IV.         4I 

pesiad  de  truenos  y  relámpagos^  y  talaron  y  arrasaron  á 
sangre  y  fuego^  matando  y  cautivando  á  los  nwradores^  ro" 
bando  stts  ganados  y  estragando  frutos.  Sin  embargo,  si 
hemos  de  dar  crédito  á  los  autores  de  la  misma  nación 
consultados  por  Romey  i,  el  emir  no  consiguió  entrar 
en  Tarragona,  cuya  ciudad  se  defendió  valerosamente. 
Nopudiendo,  pues,  rendirla,  se  desagravió  talando  cam- 
piñas, degollando  á  diestro  y  siniestro,  y  volviéndose  á 
embarcar  después  de  haber  recogido  im  pingüe  botín  de 
cautivos  y  tesorps. 

Antes  de  terminar  este  año,  volvió  el  monarca  arago- 
nés á  su  fiel  y  adicta  ciudad  de  Perpiñán,  donde  sabemos 
que  estaba  en  Noviembre,  gracias  á  una  escritura  que 
ñrmó  y  se  halla  en  las  pruebas  de  la  Historia  del  Lan- 
guedoc  2.  Esta  escritura  nos  descubre  también  precisa- 
mente el  objeto  que  aquella  vez  llevó  al  rey  á  la  otra 
parte  de  los  Pirineos,  pues  se  lee  al  ñnal  la  siguiente 
cláusula:  •Actunt  est  hoc  apud  Perpinianum,  mense  No- 
vembri^  anno  D.  I. — MCLXXIIII.  cum  scilicet  dominm 
rtx  veniens  de  partibus  Aragonice,  ad  colloquium  comitis 
Raimundi  tendebat.  §  Es  decir,  que  Alfonso  había  parti- 
do de  Aragón  para  celebrar  una  conferencia  con  el  conde 
Raimundo  de  Tolosa.  Dónde  tuvo  lugar  esta  conferen- 
cia, y  qué  resultado  dio,  es  lo  que  se  ignora.  Por  lo  que 
dicen  los  historiadores  del  Lang^edoc,  puede  sospechar- 
se, que  la  entrevista  de  ambos  principes  fué  en  Meuillón, 
pero  no  pasa  de  ser  esto  una  conjetura.  Más  ó  menos 
encendida,  y  apelando,  ya  á  las  armas,  ya  á  la  diploma- 
cia, la  guerra  entre  el  rey  de  Aragón  y  el  conde  de  To- 
losa continuó  hasta  1176,  como  veremos. 

También,  aunque  sin  éxito,  había  mediado  entre  am- 
bos principes  el  rey  Enrique  II  de  Inglaterra,  al  objeto 

1  Cap.  III  de  la  3.*  parte  de  su  Historia  de  España, 

2  Tomo  III,  prueba  XIII,  col.  124. 


42  VÍCTOR   BALAGUBR 

de  ponerles  en  paz.  Para  conseguirlo,  provocó  una  gran 
asamblea  en  Beaucaire,  antes  de  terminarse  el  año 
1174.  Ni  el  rey  de  Aragón  ni  el  conde  de  Tolosa  asis- 
tieron por  ciertas  razones^  dice  la  crónica,  de  modo  que 
de  nada  sirvió  todo  aquel  gran  aparato.  Sin  embargo, 
se  presentaron  muchos  señores  y  caballeros  de  Proven- 
za  y  de  otras  provincias  vecinas,  atraídos  por  el  deseo 
de  desplegar  su  galantería  y  magniñcencia.  El  conde 
de  Tolosa  dio  100.000  sueldos  á  Raimundo  de  Ágout, 
señor  provenzal,  que  al  momento  los  distribuyó  entre 
los  diez  mil  caballeros  que  asistieron  á  la  asamblea.  Se 
hicieron  extravagancias  de  lujo.  Beltrán  Raibaut  hizo 
labrar  los  alrededores  de  su  castillo  y  mandó  sembrar 
hasta  30.000  sueldos  en  dineros.  De  Guillermo  Gros  de 
Martell,  que  llevaba  3oo  caballeros  en  su  comitiva,  se 
Cuenta  que  hizo  guisar  todos  los  manjares  en  su  cocina 
con  niego  de  hachas  de  cera.  La  condesa  de  Urgel,  en- 
vió una  corona,  estimada  en  40.000  sueldos,  que  parece 
debía  ser  el  premio  destinado  para  el  rey  de  los  batele- 
ros, en  caso  de  haberse  efectuado  las  fiestas.  Raimundo 
Venous  quiso  sobrepujar  á  los  demás,  y  terminó  la  fiesta 
con  un  espectáculo  que  excedió  á  todas  las  extravagan- 
cias y  excentricidades.  Mandó  traer  treinta  hermosos 
caballos  suyos  y  los  hizo  quemar  en  presencia  de  toda  la 
asamblea  ^. 

Todos  estos  festejos  y  demostraciones  fueron,  sin  em- 
bargo, inútiles.  La  mediación  del  rey  de  Inglaterra  no 
tuvo  resultado;  y  la  guerra  entre  el  rey  de  Aragón  y  el 
conde  de  Tolosa,  continuó  por  el  pronto. 

1  íñstoria  del  Languedoc,  tomo  III,  pág.  37. — Arte  dt  comprobar 
las  fechar,  tratado  de  los  condes  de  Provenza. 


HISTOUA  DE  CATALUÑA.— LIB.   V.    CAP.    V.  43 


CAPÍTULO  V. 

Conquistas  de  los  castillos  de  Milagro  y  Legiñ.— Vuelve  el  rey  á  Pro- 
venza.— Tratado  de  paz  entre  el  rey  de  Aragón  y  el  conde  de  Tolo- 
sa. — Alfonso  marcha  contra  Niza. — Asiste  al  rey  de  Castilla  en  la  to> 
ma  de  Cuenca. — Entra  en  el  reino  de  Murcia.— Proyecto  de  pasar  á 
Mallorca. — Nueva  entrada  de  Alfonso  en  el  reino  de  Murcia. — Nue- 
va entrevista  y  convenio  con  el  castellano. — Embajadas  del  de  Ara- 
gón al  de  Castilla  sobre  pretensión  de  agravios. 

(De  i  174  Á  1179.) 

La  guerra  con  Navarra  prosiguió,  teniendo  ocupado  á 
nuestro  monarca  durante  el  año  1175.  Consiguiéronse 
por  nuestra  parte  algunas  ventajas.  Por  el  mes  de  Julio 
se  tomaron  el  castillo  y  villa  de  Milagro,  situados  en 
muy  alto  cerro  de  la  otra  parte  del  Ebro,  entre  Cala- 
horra y  Alfaro,  mandándose  que  fueran  demolidos  y 
asolados,  porque  desde  allí  se  hacia  mucho  daño  á  las 
fronteras  de  Aragón.  También  se  tomó  más  adelante  á 
los  navarros  el  castillo  de  Legín,  talándoles  y  destru- 
yéndoles la  tierra  vecina  1 . 

Dando  esta  guerra  de  Navarra  alguna  tregua,  dejó  el 
rey  las  plazas  fronterizas  con  fuerte  presidio,  encomen- 
dó el  gobierno  á  su  esposa  Doña  Sancha  que,  según 
parece  de  antiguas  memorias,  era  señora  de  ánimo  va- 
ronil, y  volvióse  al  Rosellón  y  á  Provenza,  donde  exi- 
gían su  presencia  los  asuntos  de  ambos  países,  y  á 
donde  le  llamaba  un  juramento  de  venganza,  ya  que 
aún  le  faltaba  vengar  á  su  deudo  el  Ramón  Berenguer, 
muerto  al  pie  de  los  muros  de  Niza. 

Hallándose  el  aragonés  en  Provenza  terminó  sus  di- 

1     ZuriU*  lib.  U,  caps.  XXXII  y  XXXm. 


44  VÍCTOR  BALAGUBR 

ferencias  con  el  conde  de  Tolosa.  Ambos  principes  tu- 
vieron una  entrevista  en  la  isla  de  Gernica  el  i8  de 
Abril  de  X176,  y  ajustaron  un  tratado  de  paz  y  concor- 
dia entre  ambas  casas,  mediando  el  gran  maestre  de  los 
templarios  Hugo  Vifredo  de  Marsella  ^  Según  parece, 
este  caballero  quedó  encargado  de  estipular  y  redactar 
el  tratado  de  paz,  asistido  de  parte  del  rey  por  Ramón 
de  Moneada,  Guy  Guerrejat  de  Montpeller  y  Arnaldo 
de  Vilademuls,  y  de  p£trte  del  conde  por  Ermengarda» 
vizcondesa  de  Narbona,  Ismidón  de  Paute  y  Guillermo 
de  Sabrán.  A  juicio  de  estos  siete  arbitros,  se  estipuló 
lo  siguiente: 

i.°  Raimundo  cedía  á  Alfonso,  mediante  la  suma 
de  3.100  marcos  de  plata,  todos  los  derechos  que  pre- 
tendía tener  sobre  los  condados  de  Arles  ó  de  Proven- 
za.  2.^  El  rey  y  el  conde  prometían  hacerse  mutua  jus- 
ticia sobre  el  vizcondado  de  Gevaudán,  poseído  por  el 
primero,  y  sobre  el  condado  de  Melgueil  y  el  castillo  de 
Albarón,  poseídos  por  el  otro,  de  suerte  que  sus  dife- 
rencias sobre  estos  dominios  quedasen  indecisas  y  cada 
uno  en  posesión  de  lo  que  tenía.  3.^  £1  rey  empeñaba 
al  conde  el  castillo  de  Albarón  y  sus  dependencias,  la 
isla  de  Camargo  y  algunas  otras  del  Ródano,  hasta 
haberle  pagado  los  3. 100  marcos  de  plata.  4.^  Ambos 
principes  se  perdonaban  el  daño  que  se  habían  hecho 
en  la  guerra  y  prometían  vivir  en  adelante  como  bue- 
nos amigos  y  aliados. 

Aceptaron  entrambos  el  juicio  de  los  arbitros»  y  fir- 
maron este  tratado  en  presencia  de  muchos  prelados  y 
nobles  señores  de  ambas  cortes. 

1  Zurita  y  los  demás  cronistas  aragoneses  y  catalanes  caen  en  gra- 
ves errores  siempre  que  hablan  de  los  sucesos  de  Provenza  y  del  Rose- 
Ilón,  cosa  muy  natural  por  la  falta  de  datos  y  crónicas  en  sus  tiempos. 
£1  autor  sigue  en  todo  lo  que  se  roza  con  aquellas  comarcas^  las  cróni- 
cas é  historias  particulares  del  país,  como  mejor  resefiadas. 


HISTORIA   DE  CATALUÑA. — UB.   V.   CAP.    V.  45 

Concluido  este  asunto,  el  rey  de  Aragón,  seguido  de 
sus  hermanos  Sancho  y  Ramón  Berenguer  (Pedro),  á 
quien  diera  el  condado  de  Provenza  para  poseerle  bajo 
8u  autoridad,  marchó  en  el  siguiente  mes  de  Junio  con- 
tra la  ciudad  de  Niza,  á  fin  de  vengar  en  sus  habitan- 
tes la  muerte  del  Ramón  Berenguer,  conde  de  Proven- 
za,  su  primo.  Con  poderoso  ejército  se  presentó  al  pie 
de  sus  murallas,  pero,  aplacado  al  ver  la  sumisión  que 
los  habitantes  le  mostraron,  enviándole  diputados  que 
intercediesen  por  ellos,  les  perdonó  mediante  cierta 
cantidad  de  dinero  y  el  juramento  de  fidelidad  que  le 
prestaron  i. 

Llevada  á  cabo  esta  empresa,  regresó  Alfonso  á  Ca- 
taluña y  Aragón;  y  por  cierto  que  durante  su  ausencia 
supo  portarse  como  buena  reina  regente  su  esposa«Doña 
Sancha.  Esta  animosa  señora,  al  frente  de  una  escogi- 
da hueste,  había  entrado  en  el  condado  de  Ribagorza, 
recobrando  todas  sus  plazas  y  castillos.  Asi  lo  cuentan 
antiquísimas  memorias,  á  las  que  hace  referencia  el  sa- 
bio analista  de  la  Corona  de  Aragón. 

Al  comienzo  del  año  1177,  hallamos  á  nuestro  Al- 
fonso aliado  estrechamente  con  el  rey  de  Castilla,  el  de 
León  y  el  señor  de  Albarracín.  Parece  que  juntos  pusie- 
ron sitio  á  la  ciudad  de  Cuenca,  en  cuyas  torres  tremo- 
laba aún  el  musulmán  pendón,  y  acabaron  por  rendirla, 
i  pesar  del  valor  de  los  moros  y  del  refuerzo  que  les 
envió  el  emir  de  los  almohades.  En  las  vistas  que  con 
este  motivo  tuvieron  aquellos  reyes,  fué  concertado  que 
cada  uno  de  ellos  quedase  libre  de  todo  reconocimiento, 
homenaje  ó  feudo  que  mutuamente  antes  de  entonces 
se  hubiesen  exigido  ó  reclamado,  y  que  en  adelante  po- 
seyesen sus  respectivos  dominios  con  entera  indepen- 


1     Arte  di  comprobar  ios  fechar,  tratado  de  los  condes  de  Provenza. 
Ni  los  cronistas  del  Languedoc  ni  los  nuestros  hablan  de  este  hecho. 


46 


VÍCTOR  BALAGÜBR 


dencia»  sin  que  en  contra  de  esto  tuviese  fuerza  ni  valor 
ningún  reconocimiento  antiguo.  Fueron  en  esta  jomada 
con  el  rey  de  Aragón,  entre  otros,  el  arzobispo  de  Ta* 
rragona  Berenguer  de  Vilademuls,  Pedro  obispo  de 
Zaragoza,  Sancho  Duerta,  Fernando  Ruiz  de  Azagra, 
Artal  de  Foces,  Hugo  de  Mataplana,  Ponce  de  Guardia 
y  Guillen  de  Beranuy. 

Tomada  Cuenca,  y  sin  dejar  que  se  amortigiiase  el 
ardor  de  sus  gentes,  el  aragonés  pasó  á  hacer  guerra  á 
los  moros  de  Murcia,  llegando  vencedor  hasta  Lorca,  y 
obligando  tal  rey  de  Murcia,  que  era  su  vasallo,  á  que 
le  asegurase  el  tributo  de  su  conquista,  t 

Por  una  circunstancia  que  cuentan  las  crónicas ,  se 
ve  que.  Alfonso  quería  seguir  la  tradición  de  sus  ante- 
pasados, y  tenia  sus  miras  puestas  en  Valencia  y  en 
Mallorca ,  ganoso  de  llevar  á  cabo  el  proyecto  tradicio- 
nal de  su  familia;  proyecto  cuya  realización  reservaba, 
sin  embargo,  el  cielo,  para  aquél  que  había  aún  de  na- 
cer, y  que  desde  niño  estaba  destinado  á  llevar  el  nom- 
bre de  Conquistador, 

Cuentan  que  hallándose  Alfonso  en  Zaragoza  un  día 
del  mes  de  Junio,  se  le  presentó  un  capitán,  que  no  de- 
claran de  qué  casa  fuese,  y  se  llamaba  el  conde  Alfon- 
so, ofreciéndole  venir  con  las  galeras  del  rey  Guillermo 
de  Sicilia,  para  pasar  contra  los  moros  de  las  Baleares, 
y  conquistar  estas  islas.  Dícese  que  entraron  en  pactos 
el  rey  y  el  conde  siciliano,  prometiendo  aquél  á  éste 
que,  ganadas  las  islas,  le  daría  la  mitad  de  la  tierra, 
según  fuero  y  costumbre  de  Barcelona  i .  Aunque  acepta- 
da la  oferta  y  hecho  el  convenio,  la  empresa  no  se  rea- 
lizó. Ignórase  la  causa  que  lo  impidiera. 

Habíannos  las  historias  de  una  nueva  entrada  del  rey 
en  tierras  de  Murcia.  Perezosos  andaban  los  moros  en 


I     Zurita,  lib.  II,  cap.  XXXVI. 


HISrORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.    V.    CAP.    V.  47 

pagar  el  tributo  y  las  parías,  y  Alfonso ,  puesto  al  fren* 
te  de  un  escogido  ejército,  pasó  á  reclamarles  el  vasa- 
llaje con  las  armas  en  la  mano.  Hizoles  tanto  daño,  ta- 
lando sus  campos  y  asolando  sus  vegas,  que,  al  decir  de 
los  autores,  tuvo  el  murciano  harto  motivo  de  arrepen- 
tirse por  su  pereza  en  pagar  el  tríbuto.  Alfonso  llegó  á 
poner  sitio  á  Murviedro,  que  levantó,  sin  embargo^  por 
haberse  hecho  la  avenencia. 

Sin  volver  á  Aragón,  pasó  á  verse  con  el  rey  de  Cas- 
tilla, en  Cazóla,  donde  ambos  reyes  concertaron  la  re- 
partición de  las  conquistas  que  uno  y  otro  hicieran  en 
tierra  de  moros.  Quedó  entonces  convenido  que  todo  el 
reino  de  Valencia,  incluso  el  territorio  de  Játiva ,  y  la 
ciudad  y  reino  de  Denia,  pertenecían  al  aragonés,  y  que 
desde  el  puerto  de  Biar  hacia  el  mediodía  y  el  occiden- 
te, seria  campo  para  las  empresas  del  castellano.  To- 
mado este  acuerdo,  acerca  de  la  división  de  sus  conquis- 
tas, renovaron  las  confederaciones  y  ligas  contra  moros 
y  cristianos,  señaladamente  contra  D .  Sancho  de  Na- 
varra, que  continuaba  siendo  enemigo  de  entrambos. 

A  pesar  de  esta  entrevista  y  de  esta  concordia,  me^ 
diaron  luego  algunas  disensiones  entre  ambos  reyes  por 
usurpaciones  que  uno  á  otro  se  echaban  en  cara ,  por 
enmienda  de  daños  que  mutuamente  se  pedian,  y  por 
quejas  que  se  dirigían  sobre  la  manera  de  continuar  la 
guerra  con  los  navarros.  En  esto,  juntáronse  Cortes  en 
Huesca,  entrado  ya  el  año  1179,  y  acordóse  en  ellas 
que  el  rey  enviase  á  requerir  al  de  Castilla  para  que  le 
devolviese  el  castillo  de  Ariza^  cuyo  señorío  le  tenía 
usurpado ,  para  que  enmendase  ciertos  daños  causados 
en  la  frontera,  y  para  que  desistiese  de  hacer  la  guerra 
al  rey  de  León,  por  ser  contra  derecho.  Los  embajadores 
encargados  de  este  mensaje  fueron  Berenguer,  abad  de 
Monte- Aragón  y  hermano  natural  del  rey ,  el  obispo  de 
Lérida,  y  Ramón  de  Moneada.  Hay  quien  dice  que  núes- 


48  VÍCTOR  BALAGiJER 

tro  Alfonso,  para  hacer  ver  que  la  amenaza  no  era  va- 
na, se  arrimó  con  su  ejército  á  la  frontera  y  esperó  en 
Ariza  la  respuesta,  que  fué  conforme  á  su  deseo ,  que- 
dándole á  nuestro  rey  la  gloria  de  haber  reparado  una 
injusticia  con  el  respeto  de  sus  armas  1. 

Mientras  tanto,  las  cosas  y  asimtos  de  Provenza  vol- 
vían á  reclamar  imperiosamente  la  presencia  del  mo- 
narca aragonés.  Asi  es,  que  desde  Ariza  mismo,  y  sin 
detenerse  en  ningún  punto  del  reino^  se  trasladó  á  la 
otra  parte  de  los  Pirineos,  donde  le  iremos  á  buscar  para 
referir  minuciosamente  lo  que  sólo  por  incidencia  cuen- 
tan nuestros  analistas^ 


1     Zurita,  lib.  11,  cap.  XXVIII. — ^Anónimo  :  reinado  de  Alfonso  el 
Casto, 


HISTORIA  DB   CATALUÑA. — LIB.   V.    CAP*  VI,         49 


CAPÍTULO  VI. 

AUanxa  de  varios  contra  el  conde  de  Tolosa.  — Homenaje  del  vizconde 
de  Nimes  al  rey  de  Aragón. — Declaración  y  homenaje  del  vizconde 
de  Beziers.— Guerra  de  Provenza. — Muerte  del  conde  de  Provenza. 
— Venganza  que  de  su  muerte  tomó  el  rey  de  Aragón. — Sancho  es 
nombrado  conde  de  Provenza. — El  rey  de  Aragón  y  la  vizcondesa  de 
Narbona  se  ligan  con  Enrique  II,  rey  de  Inglaterra,  contra  el  príncipe 
su  hijo. — Sitio  de  Limoges  por  el  rey  de  Aragón  y  el  de  Inglaterra. 
— Sátiras  del  trovador  Beltrán  de  Born  contra  el  rey  Alfonso. — 
Nuevas  paces  entre  el  rey  de  Aragón  y  el  conde  de  Tolosa.— Se  re- 
tira el  condado  de  Provenza  á  Sancho  dándole  en  cambio  el  de  Ro- 
sellón. — Rompen  otra  vez  el  rey  de  Aragón  y  el  conde  de  Tolosa. — 
Adopción  del  infante  de  Aragón  Alfonso  por  el  vizconde  de  Beziers. 
— ^£1  rey  de  Aragón  hace  levantar  al  conde  de  Tolosa  el  sitio  que  ha- 
bía puesto  á  Carcasona. 

(De  i  179  Á  1 186.) 

No  parece  que  las  paces  asentadas  en  1176  con  el 
conde  de  Tolosa^  hubiesen  sido  muy  duraderas,  pues 
apenas  había  tenido  tiempo  de  secarse  la  tinta  con  que 
se  escribió  el  convenio,  cuando  la  misma  Efmengarda, 
vizcondesa  de  Narbona,  que  en  él  había  intervenido,  se 
ligaba  con  los  señores  de  Montpeller  y  los  vizcondes  de 
Nimes  y  de  Carcasona  para  hacer  la  guerra  al  conde  de 
Tolosa,  poniéndose  todos  bajo  la  protección  del  rey  de 
Aragón,  que  en  el  mero  hecho  de  ampararles  y  prote- 
gerles, rompía  su  tratado  con  el  tolosano  i . 

Esta  liga  y  guerra  fueron  conteniéndose  sin  estallar 
hasta  1 179.  No  hay  duda  que  entonces  volvió  á  estre- 

1  Se  lee  esta  alianza  en  el  tomo  II  de  k  Historia  del  Lonpiedoet 
prueba  XXIV,  col.  140. 

TOMO  XI  4 


50  VÍCTOR  B&LAQUBR  . 

mecerse  la  Provenza  con  los  aprestos  de  la  lucha  y  el 
paso  de  los  ejércitos,  pero  se  ignoran  las  circunstancias 
de  la  guerra  que  el  conde  de  Tolosa  se  vio  obligado  á 
sostener  contra  Alfonso  de  Aragón  y  sus  aliados.  Cons* 
ta  sólo  que  este  monarca  y  Ramón  Berenguer,  conde 
de  Provenza,  su  hermano,  estaban  á  últimos  de  1179 
en  Provenza.  £1  segundo  se  hallaba  en  Beziers  por  el 
mes  de  Octubre,  y  en  dicha  ciudad,  el  vizconde  Bernar- 
do Atón,  le  dio  la  ciudad  de  Nimes  con  sus  dependen- 
cias, la  fortaleza  de  las  Arenas,  el  castillo  llamado  de 
la  Tourmagne  y  otros  varios,  y  los  tomó  luego  de  él  en 
feudo,  con  promesa  de  tenerlos  por  los  condes  de  Bar- 
celona y  sus  sucesores,  prestando  á  dichos  condes,  y  á 
los  de  Provenza,  como  representantes  suyos,  juramen- 
to de  fidelidad,  y  haciéndoselo  prestar  por  los  habitan- 
tes de  Nimes  y  de  los  citados  castillos.  Asistieron  á  este 
acto  y  fueron  testigos  Berenguer,  arzobispo  de  Tarra- 
gona, Arnaldo  y  Ramón  de  Vilademuls,  Pons  de  Mata^ 
plana,  Guy  de  Sererac,  y  muchos  otros  barones  de  la  corte 
del  rey  de  Aragón  1  • 

Este  acto  de  sumisión,  por  parte  del  vizconde  de  Ni- 
mes, no  parece  fuese  debido  á  que  el  rey  D.  Alfonso  le 
obligase  á  ello  con  las  armas  en  la  mano,  como  suponen 
Zurita  y  los  demás  autores  que  le  siguen,  sino  á  la  liga 
formada  con  él  y  otros  señores  para  hacer  la  guerra  al 
conde  de  Tolosa. 

De  Beziers,  el  rey  de  Aragón  y  su  hermano  pasaron 
á  Carcasona,  donde  el  vizconde  Roger  hizo  el  2  de 
Noviembre  de  1179^  la  declaración  siguiente  en  favor 
del  primero: 

« Yo  Roger,  vizconde  de  Beziers,  hijo  de  Saura,  re- 
conozco ante  vos,  mi  señor  Alfonso,  por  la  gracia  de 
Dios  rey  de  Aragón,  conde  de  Barcelona  y  marqués  de 

1     Mstoria  del  Languedoc,  tomo  III,  pág.  53. 


HISTORIA  DE.  CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.   VI.        5I 

Provenza,  que,  siendo  aún  niño,  y  seducido  por  el  con- 
sejo de  algunos  de  mis  cortesanos,  me  declaré  vasallo 
del  conde  de  Tolosa  por  Carcasona  y  mis  otros  domi- 
nios, que  debo  tener,  á  ejemplo  de  mis  predecesores,  de 
vos,  á  quien,  á  más,  he  hecho  la  guerra  y  á  quien  he 
irritado  por  esta  conducta.  Reconociéndome  culpable, 
os  pido  perdón  y  me  pongo  en  vuestro  poder,  con  pro- 
mesa de  observar  fielmente,  de  aquí  en  adelante,  todos 
los  tratados  convenidos  entre  nuestros  padres  y  hacer 
jurar  su  observancia  por  los  habitantes  de  Carcasona  y 
los  magnates  de  mis  dominios.  Declaro  asimismo  que, 
si  llego  á  morir  sin  hijos,  Raimundo  Trencavdlo,  mi 
hermano,  al  sucederme,  deberá  guardar  para  con  vos 
las  mismas  obligaciones,  tanto  por  lo  que  toca  al  Car- 
eases, el  Rases  y  el  Lauraguais,  como  por  los  otros 
países  que  tengo  en  feudo;  y  que  en  caso  de  que  el 
mismo  Raimundo  muera  antes  que  yo,  y  yo  fallezca 
sin  posteridad  legítima,  vos  y  vuestros  sucesores  dis- 
pondréis enteramente  de  todos  estos  dominios  en  favor 
de  aquél  de  mis  parientes  que  os  parezca  mejor  i.» 

Existen  varios  otros  actos  celebrados  entre  Alfonso 
de  Aragón  y  el  vizconde  de  Carcasona,  durante  la  per- 
manencia del  primero  en  esta  ciudad  por  Noviembre  de 
1179.  Hay  uno,  en  particular,  por  el  que  el  vizconde 
recibe  en  feudo,  de  manos  de  Alfonso,  todo  el  país  de 
Carcasona,  prestándole  juramento  y  homenaje  de  fide- 
lidad. El  rey  de  Aragón  hace  que  Ramón  de  Vilade- 
muís,  Bernardo  de  Alió,  Dalmao  de  Creixel  y  otros  dos 
nobles,  se  comprojnetan  en  su  nombre  con  el  vizconde, 
á  no  emprender  nada  contra  su  persona  y  á  conservarle 
sus  dominios.  El  rey  ordena  en  seguida  al  que  le  suce- 
diere en  el  condado  de  Barcelona,  sea  varón  ó  hembra, 
que  preste  el  mismo  juramento  al  vizconde  ó  á  sus  su- 

1     Marca  Hispánica,  pág.  1.371. 


55t  VÍCTOR  BALAGUER 

cesores^  «á  menos,  añade,  que  aquél  ó  aquélla  que  me 
suceda  en  el  condado  de  Barcelona  sea  rey  ó  reina  de 
Aragón,  en  cuyo  caso  lo  hará  prestar  por  los  barones 
de  su  corte  i . » 

Aun  cuando  se  ignoren  circunstancias  y  detalles,  es 
positivo  que  ardió  en  guerra  la  Provenza  durante  los 
años  1180  y  ii8i.  Raimundo,  conde  de  Tolosa,  por 
una  parte,  y  Alfonso  de  Aragón  y  sus  aliados,  por  otra, 
dirimieron  en  los  campos  de  batalla  sus  contiendas  y 
ensangrentaron  los  fértiles  campos  de  aquel  país.  Se 
ignora  á  quién  favoreció  privilegiadamente  la  victoria, 
pues  hay  una  falta  completa  de  noticias  de  aquella 
época.  Tanto  es  asi,  que  nuestros  cronistas  ni  siquiera 
hacen  mención  de  esta  guerra:  se  contentan  con  decir 
que  nuestro  monarca  pasó  á  Provenza  á  reducir  con  las 
armas  á  los  vizcondes  de  Beziers  y  de  Nimes  que  se  le 
habían  sublevado,  lo  cual  no  es  exacto,  pues  vemos 
que  ambos  fueron  sus  aliados,  y  no  sus  enemigos,  en 
esta  campaña.  De  ésta  no  dan  las  crónicas  del  Langue- 
doc  más  noticia  que  la  de  haber  puesto  sitio  Alfonso  al 
castillo  de  Fourques,  situado  sobre  el  Ródano,  á  dos 
leguas  de  Beaucaire,  que  pertenecía  al  conde.  También 
hay  sospechas  de  que  el  rey  de  Aragón  y  su  hermano, 
el  conde  de  Provenza,  llevaron  sus  armas  al  Rouergue. 

Esta  guerra  fué  funesta  á  Ramón  Berenguer.  Ade- 
mar, hijo  de  Sicardo,  señor  de  Murviel,  que  al  parecer 
era  del  partido  del  tolosano,  le  tendió  una  emboscada 
en  los  alrededores  de  Montpeller,  y,  sorprendiéndole,  le 
mató  el  día  de  Pascua,  5  de  Abril  de  1181,  junto  con 
Guy  de  Sererac,  que  le  acompañaba. 

El  rey  de  Aragón,  irritado  hasta  el  último  punto  con 
la  muerte  trágica  de  su  hermano  el  conde  Ramón  Be- 
renguer, resolvió  tomar  una  estrepitosa  venganza.  Cuan 

1     Historia  del  LangHtdoc,  tomo  III,  pág.  55. 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.   V,    CAP.   VI.         53 

do  acaeció  este  suceso,  se  hallab?.  en  Montpeller  con  su 
otro  hermano  Sancho,  y  partió  en  seguida  á  sitiar  el 
castillo  de  Murviel,  situado  en  la  diócesis  de  Beziers;  lo 
tomó,  lo  arrasó,  y  pasó  á  cuchillo  á  todos  sus  morado- 
res. Avanzó  inmediatamente  por  el  territorio  de  Tolosa 
á  la  cabeza  de  sus  tropas,  tomó  varios  castillos,  acam« 
pó  bajo  los  muros  de  la  misma  Tolosa,  sin  que  el  con- 
de Raimundo  osara  presentarse,  devastó  y  pasó  á  san- 
gre y  fuego  los  alrededores,  y  se  fué  luego  á  Aquitanía 
á  conferenciar  con  el  rey  de  Inglaterra,  su  aliado  i. 

Ramón  Berenguer  ó  Pedro,  como  ya  sabemos  que  se 
llamaba  antes,  murió  sin  hijos.  Alfonso  le  sustituyó  en 
el  condado  de  Provens^a  por  su  otro  hermano  D.  San- 
cho, bajo  los  mismos  pactos  y  condiciones  que  lo  tenia 
el  difunto.  Sancho  se  tituló  conde  de  Pro  venza,  hasta 
que  más  tarde  le  quitó  el  rey  el  condado  para  dárselo  á 
su  hijo,  indemnizándole  con  la  donación  del  Rosellón  y 
Cerdaña. 

La  entrevista  que,  después  de  su  rápida  y  gloriosa 
campaña,  tuvo  nuestro  Alfonso  con  el  rey  de  Inglate- 
rra, se  celebró  en  Burdeos,  y  sin  duda  fué  entonces  cuan- 
do se  convino  con  él  y  prometió  a}a]darle  en  la  guerra 
que  tenia  contra  su  hijo.  En  efecto,  el  rey  Enrique  II 
estaba  entonces  en  lucha  abierta  con  su  hijo  el  joven 

1  Sigo  en  la  relación  de  estos  sucesos  á  los  Maurínos,  acordes  con 
las  crónicas  más  principales  y  acreditadas  de  Provenza.  £1  Arte  di  cam" 
probar  las  fechas  dice  equivocadamente  que  fué  el  castillo  de  Melgueil 
el  que  tomó  y  arrasó  e!  rey  de  Aragón  en  venganza  de  la  muerte  de  su 
hermano.  Zurita  pretende  que  fué  un  sefior  de  la  casa  de  Baucio  el  muer- 
to junto  á  Montpeller  y  que,  por  ser  vasallo  del  rey  Alfonso,  éste  le  ven- 
gó asaltando  y  arrasando  el  castillo  de  MoruU.  Esta  versión  de  Zurita  y 
de  los  otros  cronistas  que  le  siguen,  no  es  exacta.  Ya  he  dicho  que  para 
.los  sucesos  de  la  otra  parte  de  los  Pirineos,  no  hay  que  fiar  en  nuestros 
analistas,  faltos  de  datos  y  documentos  para  poder  apreciar  los  hechos. 
Hermano  de  D.  Alfonso  era  el  muerto  y  no  el  sefior  de  Baucio,  y  Mur- 
vielera  y  no  Morull  el  castillo  destruido. 


54  VÍCTOR  BALAGUER 

Enrique,  que,  descontento  de  que  su  padre  no  le  diese 
participación  en  el  gobierno,  se  alzó  contra  él.  El  rey 
de  Aragón  y  la  vizcondesa  Ermengarda  de  Narbona  to- 
maron partido  por  el  rey,  mientras  que  el  conde  de  To- 
losa  lo  tomó  por  el  principe.  La  guerra  se  hizo  enton- 
ces general.  Alfonso  de  Aragón  y  Ermengarda  de  Nar- 
bona  fueron  á  la  cabeza  de  sus  tropas  á  unirse  con  el 
rey  de  Inglaterra  y  su  segundo  hijo  Ricardo,  en  Peri- 
gueux,  y  á  últimos  de  Junio  sitiaron  el  Puy  ó  castillo 
de  San  Front,  principal  fortaleza  de  la  comarca. 

La  guerra,  con  varia  y  encontrada  suerte,  fué  siguien- 
do durante  todo  el  año  1182,  á  últimos  del  cual,  elLe- 
mosin  se  declaró  por  el  joven  príncipe  Enrique,  á  quien 
fueron  á  ayudar  en  persona  el  duque  de  Borgoña  y  el 
conde  de  Tolosa,  y  á  quien  el  rey  Felipe  Augusto  man- 
dó un  cuerpo  de  aventureros.  El  rey  de  Inglaterra,  de- 
cidido entonces  á  castigar  la  rebelión  de  su  hijo,  se  alió 
más  estrechamente  aún  con  Alfonso  de  Aragón.  Los 
dos  monarcas,  el  aragonés  y  el  inglés,  pusieron  sitio  al 
castillo  de  Limoges  en  i.^  de  Marzo  de  ii83,  donde  es- 
taba encerrado  el  joven  príncipe  que  quiso  encargarse 
personalmente  de  la  defensa  1.  Después  de  varios  he- 
chos de  armas,  el  castillo  fué  tomado,  pero  como  3^  el 
príncipe  había  salido  de  él,  volvió  con  un  gran  refuerzo 
de  tropas  para  recobrarlo,  sin  que  pudiese  conseguirlo. 

Este  joven  príncipe  no  tardó  en  morir,  victima  de 
una  cruel  enfermedad;  pero  sin  embargo  la  guerra  pro- 
siguió entre  los  reyes  de  Inglaterra  y  de  Aragón  por  un 
lado,  y  el  conde  de  Tolosa  y  los  aliados  del  difunto  prín- 
cipe por  otro. 

Uno  de  los  hombres  más  adictos  al  príncipe  inglés 
habia  sido  Beltrán  de  Bom,  célebre  trovador  y  famoso 
guerrero,  que  así  pulsaba  la  lira  como  empuñaba  la  es- 

t     Hutoria  del  Languedoc^  tomo  III,  pág.  61. 


r 


HISTORU  DE  CATALUÑA. — UB.   V.   CAP.   VI.         55 

pada.  Vizconde  de  Hautefort  y  poderoso  en  la  diócesis  de 
Perígueuxy  reuniendo  cerca  de  mil  hombres  bajo  su  ban- 
dera feudal,  fué,  dice  su  biógrafo  provenzal,  buen  se- 
ductor de  mujeres  (domnejaire),  buen  caballero  y  buen 
trovador  i.  Consejero  y  ardiente  partidario  del  joven 
Enrique,  no  sólo  le  ayudaba  con  el  esfuerzo  poderoso 
de  su  brazo»  sino  con  el  de  mordaces  y  satíricas  can- 
ciones que  escribía  contra  sus  enemigos,  y  que  llegaron 
á  ser  muy  populares  en  la  Provenza.  Una  de  las  vícti- 
mas de  sus  cantos  fué  el  rey  de  Aragón,  á  quien  diri- 
gió terribles  y  crueles  serventesios,  burlándose  de  él  y  ca- 
lumniándole, presentándole  como  mal  caballero,  como 
perjuro,  como  pérfido,  y  atacándole  sobre  todo  por  la 
conducta  qne  siguió  con  la  hija  del  emperador  Comeno. 
No  seria  extraño,  por  lo  que  yo  sospecho  á  causa  de 
ciertos  .indicios  que  la  mucha  lectura  de  las  obras  de 
aquel  tiempo  me  ha  sugerido,  que  al  odio  político  que 
Beltrán  de  Bom  pudiese  tener  contra  el  rey  de  Aragón, 
se  uniera  también  el  odio  producido  por  la  rivalidad  y 
los  celos  en  amores.  Es  fama  que  Beltrán  amaba  apasio- 
nadamente á  Matilde  de  Montagnac,  dama  de  una  rara 
belleza,  y  esposa  de  Talairán  de  Perígord,  y  parece  que 
esta  dama  contaba  en  el  número  de  sus  adoradores  al 
mismo  Alfonso  de  Aragón. 

Este  y  el  rey  de  Inglaterra,  luego  que  el  principe 
hubo  muerto,  fueron  á  sitiar  al  trovador  y  guerrero  Bel- 
trán de  Bom  en  su  propio  castillo  de  Hautefort,  del  que 
se  apoderaron  en  pocos  días.  Beltrán,  hecho  prisionero, 
debió  á  la  agudeza  de  su  ingenio,  el  que  se  le  dejase  en 
libertad  y  se  le  devolviesen  sus  bienes;  pero  aun  esto  le 
sirvió  para  escribir  otro  cruel  serventesio,  que  se  hizo  cé- 
lebre, contra  el  rey  de  Aragón,  de  quien  decía  que  le 
había  vendido,  añadiendo  que  á  una  traición  suya  se 

1     Patria,  col.  1.899. 


56  yfCTOR  BALAGUER 

debía  la  toma  de  Hautefbrt.  En  esta  sátira  estuvo  injixsr 
tisímo  y  calumniador  con  Alfonso.  Le  negaba  el  valor, 
cualidad  que  era  innegable  en  el  monarca  aragonés;  y  le 
reprochaba  el  origen  de  su  nacimiento,  que  bacía  pro- 
venir de  una  pobre  familia  del  castillo  de  Garlad,  en  la 
señoría  de  Ródez. 

Tomado  el  castillo  de  Hautefort,  Alfonso  se  volvió  á 
sus  estados  de  Provenga  ó  de  Rosellón,  y  es  fama  que 
por  aquella  misma  época  hizo  las  paces  con  el  conde  de 
Tolosa,  cuando  más  fuerte  ardía  la  guerra.  Verdad  es 
que  no  consta  que  estas  paces  tuviesen  lugar  hasta 
Ii85,  y  el  tratado  solemne,  por  medio  del  cual  se  con* 
vinieron,  lleva  la  fecha  de  Febrero  de  dicho  año;  pero 
es  tradición  muy  admitida,  y  hasta  consta  que  se  creó 
una  sociedad  de  buenas  gentes  amigas  de  la  paz,  y  que 
los  asociados  provocaron  una  reunión  de  nobles  y  ca- 
balleros en  el  santuario  del  Puy,  el  día  de  la  Virgen 
de  la  Asunción  de  Ii83,  á  la  cual  asistieron  muchos 
grandes  señores  y  juraron  la  observancia  de  la  paz.  Hay 
quien^dice,  que  entre  ellos  se  hallaban  el  rey  de  Aragón 
y  el  conde  de  Tolosa  i. 

La  critica  histórica  no  puede  oponerse  á  que  estas  pa- 
ces se  efectuaran  entonces,  pues  no  consta  ningún  en- 
cuentro ni  rompimiento  de  hostilidades  entre  ambos 
príncipes,  durante  el  1184.  Es  muy  probable  y  muy  de 
suponer  que  convinieran  en  ellas,  no  elevándolas  á  la 
solemnidad  de  tratado  hasta  Febrero  de  ii85. 

El  aragonés  y  el  tolosano  tuvieron  ima  entrevista  en 
la  misma  isla  de  Gemica,  por  lo  que  se  sospecha,  allí 
donde  ya  habían  convenido  en  su  primer  tratado.  Con- 
firmaron  y  renovaron  el  acuerdo  que  habían  concluido 
allí  mismo  nueve  años  antes,  y  pactaron  lo  siguiente: 

I.*    Respetarse  mutuamente  los  derechos  y  las  pre- 

1     Historia  dü  LanguedoCy  tomo  ni,  pág.  65. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.   VI.         57 

tensiones  que  tenia  el  rey  sobre  el  condado  de  Melgueil 
y  el  castillo  de  Albarón  poseídos  por  el  conde,  y  los  que 
di  conde  tenía  sobre  los  dominios  de  Rouergue  y  de  Ge- 
vaudan  poseídos  por  el  rey.  2.^  Vivir  de  allí  en  adelan- 
te en  buena  inteligencia,  y  a}a]darse  mutuamente  con- 
tra sus  enemigos  comunes.  3.^  Obligar  á  aquello^  de  sus 
subditos  que  tuviesen  alguna  diferencia  contra  uno  de 
los  dos,  á  darles  satisfacción.  4.^  Ajrudarse  mutuamen- 
te en  las  pretensiones  que  les  eran  comunes,  tocante  á 
la  ciudad  de  Aviñón.  5.®  Exceptuar  de  la  promesa  recí- 
proca que  se  hicieron  de  ayudarse  contra  todos  cuantos 
les  atacaran,  al  rey  de  Francia,  al  rey  de  Compostela  6 
de  León,  y  al  conde  de  Folcalquier.  6.®  Escoger  por  ar- 
bitros, en  caso  de  que  entre  ellos  se  promoviese  alguna 
diferencia:  á  Berenguer,  arzobispo  de  Tsuragona;  á  Gal- 
cerán  de  Pins  (de  Pinos  acaso);  á  Guillermo  de  Sabrán 
y  á  Raimundo  Agout  i . 

Pero  tampoco  estas  paces  fueron  muy  duraderas,  y 
vamos  á  ver  cómo  bien  pronto  estalló  un  nuevo  rompi- 
miento entre  ambos  príncipes,  representantes  ya  cada 
uno  de  una  especie  de  odio  de  familia  ó  de  ra2a. 

Después  de  terminar  la  paz  con  el  conde  de  Tolosa, 
el  rey  de  Aragón  permaneció  algún  tiempo  en  las  orillas 
del  Ródano.  Se  sabe  por  \m  documento,  que  en  el  mes 
de  Marzo  de  aquel  mismo  año,  se  hallaba  en  el  casti- 
llo de  Albarón  de  la  villa  de  Camargo.  Estando  allí, 
retiró  el  condado  de  Provenza  á  su  hermano  Sancho, 
para  dárselo  á  su  segundo  hijo  Alfonso,  y  según  los  cro- 
nistas principales  del  Lsuiguedoc  y  Provenza,  dio  en 
cambio  á  Sancho  los  condados  de  Rosellón  y  de  Cerda- 
ña,  como  una  especie  de  título  de  honor  ó  de  subgobier- 
no  2.  Parece  que  entonces,  el  gobierno  de  Provenza  se 

1  Marca  hUpámca^  pág.  1 .378. 

2  Don  Próspero  de  BoíaruU  en  sus  CondiSy  tomo  II,  pág.  190,  cree 


58  VÍCTOR  BALAGUBR 

confió  al  conde  Roger  Bernardo  de  Foix^  qne  se  había 
ligado  con  Alfonso  contra  el  conde  de  Tolosa. 

Se  ha  dicho  más  arriba,  que  la  paz  entre  estos  dos 
príncipes  no  fué  de  larga  duración.  En  efecto,  el  rey  de 
Aragón  pasó  durante  el  mes  de  Abril  á  Najac  de  Rouer- 
gue,  en  donde  Ricardo,  duque  de  Aquitania  é  hijo  del 
rey  de  Inglaterra,  le  había  dado  cita,  y  formaron  una 
nueva  liga  contra  el  conde  de  Tolosa.  Por  este  tratado, 
Ricardo  cedió  al  aragonés  los  dominios  que  Roger,  viz- 
conde de  Beziersy  Trencavello,  su  hermano,  hablan  te- 
nido de  él  en  feudo,  y  se  comprometió:  i.^  A  hacer  res- 
tituir á  Alfonso  el  castillo  de  Ariza,  que  le  tenia  usurpa- 
do el  rey  de  Castilla,  con  algunos  otros  fuertes  que  esta- 
ban en  poder  del  rey  de  Navarra.  2.°  En  casó  de  no  eje- 
cutar fielmente  su  promesa,  debía  ir  á  constituirse  en 
persona  como  rehén  en  una  plaza  de  Alfonso,  á  los  cua- 
renta días  de  exigirle  éste  la  ejecución. 

El  rey  de  Aragón,  después  de  este  tratado,  concluyó 
otro  con  el  mismo  Roger  de  Beziers,  que  dice  así:  •  Yo, 
Roger,  vizconde  de  Beziers,  de  Carcasona,  de  Rasez  y 
de  Albi,  confieso  y  reconozco  de  buena  fe  que  vos,  mi 
señor  Alfonso,  por  la  gracia  de  Dios  rey  de  los  arago- 
neses, conde  de  Barcelona  y  marqués  de  Provenza,  me 
habéis  defendido  y  protegido  contra  todos  mis  enemi- 
gos. Reconozco  verdaderamente  que  yo  hubiera  sido 
despojado  de  todos  mis  dominios,  si  no  me  hubieseis  so- 
corrido con  vuestros  vasallos.  Me  habéis  colmado  de 
bienes,  lo  propio  que  á  mis  subditos;  me  habéis  soco- 
rrído  á  mí  y  á  los  míos;  habéis  hecho  la  guerra  por  mi, 
y  habéis  mirado  mis  querellas  como  las  vuestras.  Os 
soy  deudor  de  la  conservación  de  mi  patrimonio,  y  por 
lo  mismo  doy  á  vuestro  hijo  Alfonso,  ó  en  su  defecto  á 

que  esto  no  ocurrió  hasta  121 1,  en  tiempo  de  Nufio  Sánchez,  hijo  de 
este  D.  Sancho,  á  quien  su  consanguíneo  Pedro  I  hizo  donación  del  con- 
dado de  Rosellón,  Cerdafia  y  Conflent. 


I- 

"i* 


I 


HISTORIA   DE  CATALUÑA»— -LIB,   V.    CAP.   VI.         59 

cualquier  otro  de  vuestros  hijos^  que  adopto  yo  por  mío, 
todas  mis  tierras,  ciudades,  villas,  burgos,  castillos, 
lugares,  hombres,  mujeres,  obispados,  abadías,  priora- 
tos y,  en  una  palabra,  todos  mis  bienes  habidos  y  por 
haber,  con  condición  de  que  este  hijo  heredará  lo  que 
tenéis  en  Provenza  y  en  Milhaud,  todo  el  condado  de 
este  nombre  y  todo  lo  que  poseéis  en  el  país  de  Ge- 
vaudán  y  Rouergue  i.»  £1  rey  de  Aragón  por  su  parte 
dio  en  la  misma  escritura  la  tierra  de  Provenza  y  sus 
dependencias  á  su  hijo  Alfonso.  Asistieron  como  testi- 
gos, Berenguer,  arzobispo  de  Tarragona,  y  varios  no- 
bles de  ambas  cortes. 

Bsta  adopción  del  hijo  del  monarca  aragonés  y  con- 
siguiente donación  de  bienes  no  tuvo,  sin  embargo,  lu- 
gar, acaso  porque  más  adelante  le  nació  á  Roger  un 
hijo,  que^e  llamó  Raimundo  Roger  y  que  entró  á  he- 
redar los  dominios  de  su  padre,  sin  que  le  opusiera  obs- 
táculos la  casa  de  Aragón. 

A  principios  del  1186  el  conde  de  Tolosa  fué  con  po- 
derosa hueste  sobre  la  dudad  de  Carcasona  y  le  puso 
estrecho  sitio;  pero  acudió  el  rey  de  Aragón  en  auxilio 
de  Roger,  derrotó  el  ejército  del  tolosano  y  le  obligó  á 
levantar  el  cerco.  Esta  es  la  única  noticia  que  tenemos 
de  este  hecho,  que  fué  sin  duda  el  que  obligó  á  Ricardo 
de  Aquitania,  aliado  del  aragonés,  á  marchar  contra  el 
conde  de  Tolosa,  atacándole  á  su  vez. 

Desde  este  acontecimiento  ya  no  vemos  figurar  más, 
por  el  pronto,  á  nuestro  Alfonso  en  las  cosas  de  Pro- 
venza.  Volvió  aún  á  tomar  más  tarde  una  parte  activa 
en  aquellos  asuntos,  y  le  volveremos  á  hallar  en  este 
país,  pero  entonces  hubo  de  venirse  á  Aragón,  de  donde 
faltaba  mucho  tiempo  hacía.  Tranquilo  pudo  marchar- 


1     Se  baUa  en  el  tomo  III  de  la  Msiaria  del  LanguedoCt  prue- 
ba XXXIX,  col.  168. 


6o  VÍCTOR  BALAGUBR 

se  de  aquella  comarca  sin  temor  al  conde  de  Tolosa, 
pues  bastante  le  daba  entonces  que  hacer  á  éste  el  du- 
que de  Aquitania. 

Sigamos  nosotros  al  rey  Alfonso  á  Cataluña  y  Ara- 
gón, que  hora  es  ya  de  que  nos  ocupemos  de  estos 
paises.    - 


CAPÍTULO  VIL 


Bandos  en  Cataluña. — Luchas  con  los  moros. — Toma  del  castillo  de  Vi- 
llel. — ^Desembarco  de  moros  en  Ampurías. — Armen|*ol  VII  de  Ur- 
gel.— Sirve  al  rey  de  León,  que  le  da  la  villa  de  Alcántara  y  otros  lu- 
gares.-—Su  muerte  en  Requena. — Discordias  entre  el  nuevo  conde  de 
Urgel  y  Pons  de  Cabrera. — Aragón  cambia  de  política. — Aragón  y 
NavaiTa  se  ligan  contra  Castilla. — Confederación  de  los  reyes  de  Ara- 
gón, Navarra,  León  y  Portugal. — Victoria  de  Aragón  sobre  Castilla. 
— Casamiento  de  Guillermo  de  Montpeller  con  una  parienta  del  rey 
de  Aragón. — Repudio  de  Eudoxia  Comeno.— Sumisión  del  barón  át 
Castellane. — Homenaje  prestado  por  la  vizcondesa  de  Beam. — En- 
lace de  la  vizcondesa  de  Beam  con  Guillermo  de  Moneada. — Gas- 
tón de  Moneada,  vizconde  de  Beam,  presta  homenaje  por  sus  domi- 
nios al  rey  de  Aragón,  que  le  da  vinculado  el  condado  de  Bigorra. — 
El  rey  confirma  al  conde  de  Urgel  la  donación  de  Lérida. 

(Db  ii8o  á  i  192.) 

Conviene  que  los  lectores  le  permitan  al  autor  de  es- 
ta obra  retroceder  un  tanto,  3ra  que,  para  no  interrum- 
pir la  ilación  de  los  hechos  acaecidos  en  Provenza,  de- 
jó en  blanco  los  de  Aragón  en  los  últimos  años.  Ha 
sido  necesario  consagrar  un  capitulo,  si  bien  de  me- 
ra narración  de  sucesos,  á  los  notables  acontecimien- 
tos de  Provenza  durante  la  permanencia  allí  de  Alfonso 
de  Aragón:  era  esto  tanto  más  indispensable,  cuanto 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB,   V.   CAP.   VII.         6l 

sólo  muy  por  alto  y  con  perjudiciales  errores  dan  cuen« 
ta  de  aquellas  cosas  nuestras  crónicas.  El  autor  ha  que- 
rido reunir  todo  lo  quCí  conducente  á  su  objeto,  ha  ha- 
llado en  las  crónicas  y  documentos  del  Languedoc  y 
Provenza,  pues  que,  á  su  juicio,  esas  excursiones  de  Al- 
fonso el  Casto  á  aquellos  países,  esas  gloriosas  jornadas 
á  orillas  del  Ródano  y  del  Garona,  esas  luchas  con  el 
conde  de  Tolosa,  esas  alianzas  con  el  rey  de  Inglaterra, 
ese  dominio  que  tenia  sobre  altos  barones  y  señores, 
dan  una  idea  clara  del  grado  de  poder  á  que  había  ya 
llegado  entonces  la  casa  de  Aragón  y  de  la  parte  de 
dominio  que  tenía  en  los  países  de  lo  que  hoy  se  llama 
Francia. 

Poco  nos  cuentan  nuestros  anales  de  lo  que  acaeció 
durante  la  ausencia  del  rey.  En  Cataluña,  por  lo  que 
parece,  había  bandos  poderosos  que  se  hacían  unos  á 
otros  la  guerra;  pero  de  cuyas  luchas,  que  debieron  ser 
sangrientas,  sólo  por  incidente  se  habla  y  con  referen- 
cia siempre  á  memorias  tradicionales.  Se  dice  que  en 
una  de  estas  jornadas  de  sangre  murió  uno  de  los  viz- 
condes de  Cardona. 

Continuó  la  guerra  con  los  moros  en  las  fronteras. 
Un  núcleo  de  héroes  reconquistadores  se  había  estable- 
cido en  Teruel  y  en  su  comarca.  Cuentan  las  memo- 
rías  de  este  país  que,  antes  de  que  el  rey  partiera  á 
Provenza,  se  le  presentaron  dos  capitanes  que  se  lla- 
maban Sancho  Sánchez  Muñoz  y  Blasco  Garcés  de 
Marcilla,  apellido  este  último  que  tan  famoso  y  célebre 
había  de  hacer  más  adelante  una  triste  historia  de  amo- 
res.— i  Dadnos  para  nos  y  los  nuestros  los  fueros  y  li- 
bertades que  nos  vos  demandáremos,  et  con  la  ayuda 
de  Dios  poblaremos  una  villa  en  esta  comarca  i,»  ha- 
Uan  dicho  aquellos  Valientes  al  rey  Alfonso.  Concedió- 

1    Anales  de  Teniel. 


62 


VÍCTOR  BALAGUBR 


selo  éste,  y  empezaron  ellos  á  atrincherarse  y  abrir 
zanjas  con  grande  trabajo,  pues  los  moros  les  comba- 
tían,  levantando  así  los  cimientos  con  piedras  y  tierra 
bañadas  en  su  sangre  misma.  Mientras  unos  ediñcaban, 
otros  lidiaban,  y  muchos  morían  diariamente  sobre  los 
fundamentos  de  los  adarves.  Fué  poco  á  poco  creciendo 
la  villa,  fué  poco  á  poco  manteniéndose  á  raya  á  los  mo- 
ros, y  Teruel  llegó  á  ser  un  admirable  punto  fronterizo 
de  operaciones,  una  ciudad  en  la  cual  se  congregaban 
los  más  decididos  y  valientes,  para  desde  allí  arrojarse 
al  campo  del  moro  á  valerosas  y  temerarias  empresas. 
Estas  expediciones  no  cesaron  un  instante  durante  la 
ausencia  del  rey. 

Por  este  mismo  tiempo,  y  en  Noviembre  de  1181,  se 
ganó  á  los  moros  el  castillo  de  Villel,  importante  for- 
taleza junto  á  las  riberas  del  Guadalaviar,  y  se  acabó 
de  conquistar  de  enemigos  todo  lo  que  luego  fué  el  rei- 
no de  Aragón  hasta  los  limites  del  de  Valencia  1 . 

Pero  mientras  la  victoria  sonreía  á  nuestras  armas 
en  estos  puntos,  las  memorias  particulares  de  Catalu- 
ña nos  hablan  de  un  desembarco  de  los  moros  baleares 
en  nuestras  costas,  cuyas  consecuencias  debieron  ser 
terribles  y  funestísimas,  particularmente  para  el  conda- 
do de  Ámpurias.  Se  ignora  hasta  qué  punto  el  conde 
de  Ámpurias,  que  lo  era  entonces  Hugo  III,  pudo  re- 
sistir á  la  furiosa  embestida  de  aquellos  insulares:  sólo 
se  sabe  que  cometieron  grandes  estragos  en  sus  tierras, 
y  que  volvieron  á  embarcarse  cargados  de  botín  y  de 
cautivos  2, 

Era  por  aquellos  tiempos  conde  de  Urgel  Armen- 
gol  VII,  llamado,  el  de  Valencia;  y  como  ha  llegado  la 
época  de  hablar  de  su  trágica  al  par  que  gloriosa  muer- 


1  Zurite.  lib.  II,  cap.  XXXVIII. 

2  Aríe  dt  comprobar  las  fechas:  tratado  de  los  condes  de  Ámpurias. 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.    V.    CAP.    Vil,         63 

te,  justo  es  consagrar  algunas  lineas  á  este  caudillo  y 
renombrado  capitán^  siquier  su  historia  pertenezca  me- 
jor á  los  anales  de  Castilla. 

Desde  el  año  1154  estaba  al  frente  de  esa  valerosa 
casa  de  Urgel^  cepa  de  batalladores  héroeSi  el  conde 
Armengol  VII.  Ya  le  hemos  visto  ñgurar  en  algunos 
hechos.  Pasó  á  los  reinos  de  Castilla  y  de  León^  y  en 
las  disensiones  que  tuvieron  entre  si  estos  reyes,  se  de- 
claró por  el  último,  sirviéndole  como  vasallo  suyo,  y  lle- 
gando á  ser  uno  de  sus  mejores,  más  bravos  y  más  afor- 
tunados capitanes.  En  la  conquista  de  Extremadura, 
particularmente,  le  prestó  señaladísimos  servicios,  al 
¿rente  de  un  puñado  de  caballeros  catalanes,  algunos 
de  cuyos  nombres  afortunadamente  han  llegado  hasta 
nosotros,  y  eran:  Arnaldo  de  Ponte  (quizá  de  Pons), 
Berenguer  Amal,  Arnaldo  de  Sanahuja,  Beltrán  de 
Tarascum,  Pedro  de  Belvís,  Bernardo  de  Media  y  Ra- 
món de  Villalta  1 .  En  recompensa  de  sus  servicios,  el 
rey  de  León  dio  á  Armengol  la  villa  de  Alcántara  en  1167, 
y  también  más  adelante  los  lugares  de  Almenarilla  y 
Santa  Cruz,  con  todos  sus  términos  y  derechos,  sin  re- 
tención alguna,  según  es  de  ver  por  el  privilegio  que  le 
otorgó,  y  copia  en  su  crónica  Diego  de  Monfar  2. 

Ignoradas  son  muchas  de  las  circunstancias  de  su 
yida,  y  á  xiuras  penas,  y  con  no  poco  trabajo,  pudo  po- 
ner algunas  en  claro  el  celoso  cronista  de  aquella  casa. 
Hasta  el  hecho  mismo  de  su  muerte  permanece  aún  ve- 
lado por  cierta  oscuridad  y  misterio,  pues  de  distintos 
modos  lo  cuentan  los  autores.  Las  memorias  particula- 
res de  Valencia  refieren  que  este  reino  gozaba  entonces 
de  paz,  gracias  á  una  tregua  de  doce  años  conseguida 
por  el  emir,  tregua,  añaden,  que  sólo  fué  rota  por  la 
atrevida  cuanto  fatal^xpedición  del  conde  de  Urgel. 

1      Crónica  de  Alcántara^  citada  por  Monfar.  cap.  Lili. 
^     iHstaria  de  los  condes  de  Ur^el,  tomo  I,  pág.  39B. 


64 


VÍCTOR  BALAGUER 


El  reino  de  Valencia,  poblado  en  extremo,  ofrecía  en 
todas  las  numerosas  cumbres  de  los  montes  que  lo  atra- 
viesan en  varias  direcciones,  diferentes  castillos  que  pre- 
sentaban cuando  menos  un  punto  seguro  á  los  moros  en 
sus  algaradas  contra  los  cristianos.  Penetrar,  pues,  por 
estos  valles  tortuosos,  ásperos  y  quebrados  con  ima  fuer- 
za reducida,  era  una  temeridad  que  sólo  se  podía  perdo- 
nar al  ardor  caballeresco  de  aquellos  siglos,  en  que  el  pe- 
ligro ofrecía  altares  reservados  para  el  más  valiente. 
Armengol,  sin  calcular  el  resultado  de  su  empresa,  se 
empeñó  también  en  una  aventura  que,  si  hacía  honor  á 
su  denuedo,  no  por  eso  dejaba  de  ser  una  falta  de  conoci- 
miento del  país.  Al  frente  de  algunos  caballeros,  entre  los 
que  se  distinguía  Galcerán  Salas,  su  hermano,  paladin 
esforzado,  penetró  en  el  reino  de  Valencia,  hasta  apro- 
ximarse á  Requena;  pero,  á  la  vista  ya  de  esta  pobla- 
ción, le  salieron  los  africanos  al  encuentro,  y  después  de 
una  corta  resistencia  fué  batido  y  muerto  el  conde,  pu- 
diendo  apenas  salvarse  de  esta  funesta  derrota  algunos 
de  los  suyos  i  • 

Así  lo  cuenta  un  estimable  autor  moderno,  con  refe- 
rencia á  memorias  antiguas  del  reino;  pero  Beuter  2  y 
otros  afirman  que  la  expedición  del  conde  Armengol  fué 
pacifica,  y  que  su  misión  se  reducía  únicamente  á  res- 
catar á  los  numerosos  cristianos  que  los  moros  retenían 
cautivos  en  Valencia;  y  por  consiguiente,  atribuyen  la 
muerte  del  conde  y  de  los  suyos  á  la  animosidad  de  al- 
gunos caballeros  castellanos  refugiados  en  Valencia,  los 
cuales  se  vengaron  en  Armengol  y  sus  buenos  compa- 
ñeros de  la  parte  que  éstos  habían  tomado  en  la  guerra 
del  rey  de  León  contra  el  de  Castilla.  Á  esta  última 
opinión  parecen  inclinarse  Monfar  y  Zurita  3. 

1  Vicente  Boix:  Historia  de  Valencia,  tomo  I,  pág.  lio. 

2  Lib.  II,  cap.  XIX  de  su  crónica. 

3  Monfar,  tomo  I,  pág.  415.— Zurita,  lib.  II,  cap.  XL. 


HISTORIA   DB  CATALUÑA. — LIB,    V,    CAP.    Vil.         65 

Sucedió  á  Armengol  VII,  á  quien  se  llamó  el  de  Valen' 
da  por  su  muerte  en  este  reino,  su  hijo  Armengol  VIII, 
quien  al  principio  anduvo  en  luchas  y  contiendas  con 
Ponce  de  Cabrera,  su  cuñado,  según  Monfar.  También 
estas  discordias  se  hallan  todavía  bajo  un  tupido  velo, 
que  aún  no  le  ha  sido  dado  á  la  historia  levantar  por 
completo.  Se  dice  que  Ponce  de  Cabrera  estaba  preso 
en  Castilla  y  que  fué  muy  protegido  de  nuestro  Alfonso 
de  Aragón,  quien,  al  regresar  de  Provenza,  prometió  á 
Pons  6  Ponce  valerle  contra  el  conde  de  Urgel  y  darle 
favor  y  ayuda. 

Es  de  advertir  ahora  que  desde  el  momento  que  Al- 
fonso hubo  regresado  á  Aragón,  se  le  ve  claramente 
mudar  de  politica,  con  respecto  á  la  dirección  de  los 
negocios  públicos  en  España.  Desde  la  muerte  del  Ba- 
tallador, los  reinos  de  Aragón  y  de  Navarra  se  mante- 
nían en  un  estado  casi  continuo  de  lucha,  sólo  inte- 
rrumpido por  algunas  treguas.  Esta  circunstancia  ha- 
bía redundado  en  provecho  del  castellano,  que,  como 
han  dicho  dos  autores  contemporáneos  i,  obtenía  á  su 
placer  alianzas  y  ayuda  de  aquellos  dos  reyes,  con  sólo 
inclinar  sus  sonrisas  á  una  ó  á  otra  parte.  Generalmen- 
te, Castilla  estuvo  al  lado  del  aragonés,  mientras  li- 
dió por  recobrar  las  plazas  de  Briviesca,  Logroño,  Na- 
varrete,  y  las  tierras  y  lugares  que  van  hasta  Montes 
de  Oca;  pero  conseguido  su  objeto,  ya  pensó  solamen- 
te en  conservar  lo  adquirido,  y  de  ninguna  manera  en 
continuar  la  lucha,  conforme  á  los  tratos  hechos  con 
los  aragoneses.  La  sin  razón  de  Castilla  y  su  conduc- 
ta egoísta ,  fueron  causa  de  que  nuestro  Alfonso  y  sus 
consejeros  comprendiesen  que  era  mala  política  el  ir 
unidos  al  castellano,  quien  cuidaba  sólo  de  sus  inte- 
reses y  de  la  desunión  de  los  demás,  con  el  intento  de 

1     Lafaente  y  Ortiz  de  la  Vega. 

TOMO  XI  *> 


66 


VÍCTOR  BALAGUER 


hacerse  cada  día  más  poderoso  y  cada  vez  más  fuerte* 

Aragoneses  y  navarros  se  «convencieron,  por  fin,  de 
que  con  sus  disensiones  no  habían  hecho  más  que  dar 
pujanza  al  castellano,  y  ambos  reyes,  Alfonso  de  Ara- 
gón y  Sancho  de  Navarra,  vinieron  á  un  acomodamien- 
to, avistándose  en  Borja  por  Setiembre  de  1189,  según 
unos,  y  90,  según  otros,  y  se  confederaron  contra  el  de 
Castilla,  dándose  mutuos  rehenes  y  garantías. 

Lanzada  por  semejante  camino  la  política  aragonesa, 
no  se  contentó  ya  sólo  con  esto :  aspiró  á  formar  una 
verdadera  liga  de  reyes  contra  Castilla.  Consiguiólo  al 
año  siguiente ,  en  que  se  confederaron  los  monarcas  de 
Aragón,  de  Navarra,  de  León  y  de  Portugal,  dándo- 
se por  aliados,  y  conviniendo  en  no  hacer  paz  ni  tregua, 
sino  de  voluntad  y  consentimiento  de  todos. 

Cuenta  Zurita  que  á  estas  entrevistas  se  siguió  una 
entrada  de  los  aragoneses  en  tierra  de  Castilla,  con  gran- 
de estrago  de  los  lugares  de  sus  fronteras;  una  arreme- 
tida del  castellano  y  cabalgada  en  los  dominios  del  ara- 
gonés, y  por  último,  una  batalla  en  que  nuestro  Alfonso 
consiguió  una  espléndida  victoria,  derrotando  á  los  cas- 
tellanos, haciéndoles  4.000  prisioneros,  y  cargando  con 
infinidad  de  despojos  1. 

La  política  de  D.  Alfonso ,  aunque  ocupada  en  dar 
este  nuevo  impulso  á  los  negocios  ibéricos,  impulso  su- 
mamente beneficioso  para  el  Aragón,  no  perdía  de  vis- 
ta los  estados  de  Rosellón  y  Provenza,  y  los  intereses 
de  la  nación  en  aquella  comarca  con  relación  á  la  mis- 
ma y  á  sus  estados  circunvecino^. 

Uno  de  los  resortes  de  su  política  le  obligó  á  mediar 
en  el  segundo  matrimonio  de  Guillermo  de  Montpeller. 
Este  señor  repudió  en  11 89  á  su  mujer  Eudoxia  Come- 
no,  para  casarse  con  Inés,  próxima  parienta  del  rey  de 


1     Zurita,  lib.  II,  cap.  XLIV. 


r 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.  V.   CAP.   VII.        6j 

Aragón.  Se  supone  que  éste ,  protector  de  Guillermo, 
fué  quien  le  aconsejó  que  repudiara  á  Eudoxia,  propo- 
niéndole casarse  con  esa  Inés .  de  familia  desconocida 
para  la  historia,  pero  que  se  sabe  era  paríenta  de  Alfon- 
so y  educada  en  su  palacio  i. 

No  puede  caber  duda  de  este  parentesco,  si  es  autén- 
tico, como  no  dudo,  cierto  documento  del  que  se  me 
facilitó  copia,  hallándome  en  la  ciudad  de  Montpeller, 
á  donde  fui  á  recoger  datos  para  esta  obra,  y  que 
dice  así : 

«Ego  Ildefonsus,  rex  Aragonensis,  comes  Barchino- 
nae,  marchio  Provintiae,  dono  tibi  Guill.  Mont.  domino, 
ct  uxore  tuae  Agneti  consaguince  mece,  ninicuique  ex  vo- 
bis,  in  omni  vita  vestra,  totum  illum  honorem  de  Pra- 
tis,.scilicet  castrum  meum,  et  villas,  et  mansos,  et 
térras,  et  vincas  et  sicut  melius  habeo  et  habere  de- 
beo  per  vocem  genitorum  meorum  in  parrochia  S.  S. 
Justinae  et  Rufinae,  ut  post  mortem  vestram  ego  et 
mei  possimus  recuperare,  etc.  —  Mense  April,  anno 
MCLXXXVII. — Ildefonsus  Dei  gratiae  rey  Aragonum. 
— Berengarius  Tarraconensis  archiepiscopus. — Beren- 
garius  Ilerdonensis  episcopus.  t 

Por  esta  donación  del  dominio  del  Prat ,  hecha  por 
Alfonso  á  entrambos  consortes ,  se  ve  que  Inés  era  pa- 
ríenta suya,  y  acaso  esta  donación  fué  como  una  espe- 
cie de  dote  del  rey  para  Inés.  Por  lo  que  toca  á  Eudoxia 
Comeno,  victima  de  la  política  aragonesa,  y  á  quien 
quedaba  de  su  matrimonio  con  el  señor  de  Montpeller 
una  hija  llamada  María,  trató  primero  de  resistir;  pero 
ni  ella  ni  sus  valedores  podían  luchar  con  el  poder  del 
rey  de  Aragón.  Eudoxia,  que  ya  sabemos  había  venido 
á  estas  tierras  para  casarse  con  Alfonso,  se  vio  sacriñ- 

1  Inés  era  uca  dama  de  Castilla,  al  decir  de  D.  Jaime  el  Conquista-' 
d&r  en  su  crónica,  cap.  III.  £sto«  sin  embargo ,  no  excluye  la  idea  del 
parentesco. 


68 


VÍCTOR  BALAGUER 


cada  á  la  politica  de  éste^  despreciada  por  la  infanta  de 
Castilla,  y  obligada  á  dar  su  mano  á  Guillermo  de  Moni* 
peller.  No  contento  con  esto  el  rey  de  Aragón »  que  ha- 
bía de  ser  su  esposo ,  y  que  pareció  convertirse  en  su 
perseguidor,  la  hizo  repudiar  por  el  marido  con  quien 
se  viera  forzada  á  enlazarse.  ¡Extraño  destino  el  de  esta 
noble  señora!  Víctima  de  la  casa  aragonesa ,  ella  fué^ 
sin  embargo,  la  que  engendró  á  la  madre  de  aquel  rey- 
héroe  que  debía  llevar  al  más  alto  esplendor  esa  misma 
monarquía,  perseguidora  de  su  familia  materna.  AI 
verse  repudiada  Eudoxia,  no  tanto  de  seguro  por  incli- 
nación á  su  marido  f  como  por  amor  á  su  tierna  hija 
María,  se  amparó  del  obispo  de  Magalona,  quien  tomó 
á  pecho  su  defensa  y  excomulgó  á  Guillermo  de  Mont- 
peller;  excomunión  que  luego  ratificó  el  arzobispo  de 
Narbona.  Sin  embargo,  el  rey  de  Aragón,  á  quien  in- 
teresaba mucho  por  lo  visto  el  nuevo  matrimonio  del 
señor  de  Montpeller,  acudió  al  Papa,  y  consiguió  que 
se  levantara  el  anatema.  Eudoxia  entonces  se  retiró  á 
un  monasterio  para  llorar  á  solas  y  lamentarse  de  aque- 
llas poderosas  razones  de  Estado ,  que  no  podían  pres- 
cindir del  sacrificio  de  una  pobre  mujer.  | Desconsola- 
dora enseñanza  la  del  estudio  de  la  historia  I 

También  hay  que  mencionar  otro  hecho  referente  á 
los  estados  de  Provenza.  Bonifacio  II,  barón  de  Cas- 
tellane,  tenía  en  sucesión  directa  un  gran  número  de 
feudos  y  pretendía  poseer  su  tierra  en  soberanía.  Re- 
querido por  el  rey  Alfonso  para  que  le  prestase  home- 
naje, ó  más  bien  á  su  hijo,  contestó  que  sus  mayores 
habían  conquistado  su  soberanía  á  los  sarracenos,  y  que 
los  emperadores,  como  reyes  de  Arles,  les  confirmaron 
su  posesión  sin  sujetarles  á  ninguna  otra  dependencia 
que  á  la  suya  inmediata.  Alfonso,  nada  satisfecho  de 
esta  contestación,  empleó  para  refutarla  la  fuerza  de  las 
armas,  contra  la  cual  no  valen  los  derechos.  Sus  capi- 


r» 


í 


HISTORU   DE  CATALUÑA.— *LIB.  V.    CAP.   VII.         69 

tañes  y  su  gobernador  dé  Provehza,  sin  necesidad  de 
que  él  abandonara  el  país  de  Aragón,  arreglaron  el  ne- 
gocio. Bonifacio  tuvo  en  1189  que  prestar  homenaje  de 
todos  sus  dominios  al  rey  de  Aragón,  y  hubo  de  ser 
vasallo  de  aquél  á  quien  antes  trataba  como  igual  1. 

Se  ve,  pues,  claramente  que  la  política  de  Alfonso  no 
abandonaba  ni  un  momento  de  vista  sus  estados  de  la 
otra  parte  de  los  Pirineos.  No  sólo  quería  conservarlos, 
sino  que  por  todos  medios  trataba  de  engrandecerlos. 
Lo  que  no  podía  con  la  diplomacia,  lo  conseguía  con 
las  armas;  y  por  medio  de  victorias,  de  alianzas,  de 
protecciones,  de  promesas,  de  auxilios,  se  iba  haciendo 
fuerte  y  respetado,  tendiendo  á  unir  todos  aquellos  do- 
minios bajo  el  de  la  Corona  aragonesa. 

También  los  estados  de  Bearn  eran  objeto  de  sus  mi- 
ras y  de  su  política.  Ya  sabemos  que  los  beameses  ha-  ^ 
bían  acudido  al  conde  Ramón  Berenguer  de  Barcelona 
poniéndose  bajo  su  protección,  durante  la  menor  edad 
del  joven  vizconde,  que  había  quedado  huérfano  de  pa- 
dre y  madre.  Ya  mayor  de  edad  éste,  que  fué  Gastón  V 
de  Bearn,  tomó  posesión  de  sus  dominios,  siempre  bajo 
la  protección  del  conde  de  Barcelona,  pero  murió  sin 
hijos,  y  le  sucedió  á  la  edad  de  diez  y  ocho  años  su 
hermana  Mariai  que  pasó  á  Jaca  é  hizo  homenaje  de 
sus  dominios  en  aquella  ciudad  al  rey  de  Aragón  el  3o 
de  Abril  de  1170. 

Los  beameses,  al  decir  de  las  historias,  tomaron  á 
mal  este  homenaje  de  la  vizcondesa  María  y  se  eligie- 
ron otro  señor;  pero  lastimados  por  sus  tiranías,  le  ma- 
taron y  acudieron  de  nuevo  á  María,  la  hija  de  sus  an- 
tiguos vizcondes.  Esta,  que  permaneciera  en  Aragón, 
se  había  casado  á  ñnes  del  1170  con  Guillermo  de  Mon- 
cada^  de  cuyo  matrimonio  habían  nacido  en  117X  dos 

l     Ark  de  comprobar  las  fechas:  condes  de  Provenza. 


70 


VÍCTOR  BALAGUBR 


hijos  gemelos,  Gastón  y  Guillermo  Ramón.  Los  bear- 
neses,  al  acudir  de  nuevo  á  María,  aceptaron  por  viz- 
conde á  su  hijo  Gastón. 

Fué  éste  elegido  en  iiyS,  y  la  historia  le  conoce  por 
Gastón  VI  d  Joven  y  el  Bueno.  En  1186,  á  la  muerte 
de  su  madre  María,  Gastón,  ya  mayor  de  edad,  pasó  á 
Aragón  y  prestó  al  rey  Alfonso  homenaje,  como  vasa- 
llo, por  si  y  sus  sucesores  de  toda  la  tierra  de  Bearn  y 
Gascuña,  y  volvióse  á  su  país,  donde  recobró  por  fuerza 
de  armas  la  ciudad  de  Ortez,  que  le  había  quitado  el 
vizconde  de  Tartas.  En  Setiembre  de  1192  volvió  á 
avistarse  con  el  rey  de  Aragón,  quien  le  dio  la  investi- 
dura de)  condado  de  Bigorra  con  la  mano  de  la  joven 
heredera  de  este  condado,  Petronila,  hija  del  conde  de 
Conminges.  Este  estado,  en  defecto  de  varón,  pertene- 
cía al  monarca  aragonés  por  razón  de  feudo.  Dióselo  á 
Gastón  de  Moneada  y  de  Bearn  con  motivo  de  su  enla- 
ce con  Petronila,  pero  bajo  condición  de  que,  en  casb 
de  morir  sin  hijos,  debiese  volver  el  condado  de  Bigo- 
rra al  rey  y  á  sus  sucesores,  reservándose  éste  todo  el 
valle  de  Aran  con  sus  términos,  y  exigiendo  que  se  hi- 
ciese á  los  reyes  de  Aragón  homenaje  por  el  castillo  de 
Lorca.  Es  de  advertir  que  en  esta  acta  de  convenio  se 
ve  claramente  á  Alfonso  disponer  del  condado  de  Bi- 
gorra como  si  fuese  su  soberano.  Se  desprende  también 
de  ella  que  la  joven  Petronila  estaba  bajo  su  tutela  y  se 
educaba  en  su  palacio  i. 

Ya  por  lo  que  toca  á  los  años  que  vamos  recorríendoj 
no  veo  otra  cosa  digna  de  anotarse  sino  que,  hallándo- 
se Alfonso  en  Tarragona  por  el  mes  de  Abril  de  iiga, 
confirmó  al  conde  Armengol  de  Urgel  la  donación  que 


1  £1  acta  está  en  la  Marca  hispánica.  Los  detalles  de  todos  estos 
hechos,  referentes  á  la  casa  de  Bearn,  pueden  verse  en  Zurita.  lib.  II, 
caps.  XXVII.  XLII  y  XLV,  y  en  el  Arte  de  comprobar  las  fechas:  trata- 
dos de  los  condes  de  Bigon^  y  vizcondes  de  Beame. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — UB,   V.   CAP.   VUI.        7I 

el  principe  su  padre  hiciera  al  padre  del  conde,  de  la 
ciudad  de  Lérida  en  feudo  y  de  las  villas  y  castillos  de 
Aytona  y  de  Albesa;  y  en  recompensa  de  la  quinta  par- 
te de  Lérida  que  el  principe  de  Aragón  habia  dado  á 
la  orden  del  Temple,  di6  el  rey  al  conde  de  Urgel  los 
castillos  y  villas  de  Gebut  y  Mequinenza.  Asi  parece 
que  Alfonso  redujo  al  conde  á  su  servicio,  dice  un  cro« 
nista,  y  dejó  de  dar  favor  á  Ponce  de  Cabrera,  su  ad- 
versario. 


CAPITULO  VIH. 

Tratado  con  el  conde  de  Foix. — ^Desastres,  hambre  y  peste  en  Catalu- 
fia. — Muerte  del  arzobispo  de  Tarragona  por  un  Moneada. — Beren* 
guer  d«  Vilademuls. — Viaje  del  rey  á  Perpifián. — Origen  y  aparición 
de  los  albigenses. — Alfonso  decreta  la  expulsión  de  los  herejes. — Con- 
cordia con  Pedro  de  Urrea. — Donaciones  á  la  milicia  del  Temple. — 
Muerte  del  rey  en  l^erpifián. 

(De  i  193  Á  1 196.) 

Alfonso  el  Casto  aspiraba  á  la  dominación  sobre  todos 
los  países  de  la  otra  parte  de  los  Pirineos,  y  se  ve  con 
toda  claridad  que  era  ésta  la  marcha  de  su  política.  Bn 
Junio  de  1193  se  hallaba  en  Huesca,  y  en  la  corte  de 
nuestro  rey,  su  deudo  Raimundo  Roger,  conde  de  Foix, 
que  había  ido  y  regresado  de  Tierra  Santa  con  el  mo* 
narca  francés.  Aparece  de  una  escritura,  que  el  rey  Al- 
fonso confirmó,  en  dicho  mes  y  año  y  hallándose  en  la 
ciudad  de  Huesca,  el  castillo  y  pafs  de  Penouilledes  y 
el  castillo  y  país  de  Perapertusa,  á  Raimundo  Roger  de 
Foix,  bajo  condición  de  serle  fiel,  de  servirle  en  paz  y 
en  guerra,  y  de  ser  enemigo  del  conde  Raimundo  6  de 
cualquiera  que  fuese  señor  de  Tolosa  y  de  San  Gilíes*  Por 
esta  escritura  aprobó  también  el  rey  Alfonso  todos  I0& 


72  VÍCTOR  BALAGUBR 

convenios  hechos  con  el  de  Foix  por  Pedro  de  Lara,  mi« 
cesor  de  la  vizcondesa  Ermengarda  en  Narbona  i . 

De  este  documento  se  desprende:  i.^^  que  Ermen- 
garda,  con  aprobación  de  Alfonso,  había  transmitido  el 
vizcondado  á  su  sobrino  Pedro  de  Lara,  quien  para  sos- 
tenerse contra  el  conde  de  Tolosa,  que  no  aprobó  la 
renuncia  de  la  vizcondesa,  se  unió  estrechamente  con 
el  de  Foix,  y  le  llamó  á  sucederle  caso  de  morir  sin  hi- 
jos; y  2.^9  que  la  guerra  había  vuelto  á  estallar,  ó  por 
mejor  decir,  no  había  cesado  aún  entre  el  rey  de  Ara- 
gón y  el  conde  de  Tolosa,  y  que  el  de  Foix  y  el  de  Nar- 
bona, reconociendo  el  señorío  del  primero,  se  ligaron 
con  él  contra  el  segundo  2. 

Constantemente  se  ven  dirigidas  hacia  aquellos  paí- 
ses la  atención  y  las  miras  de  Alfonso  el  Casto,  Ya  he- 
mos visto  que  había  cedido  el  condado  de  Provenga  á 
su  segundo  hijo,  llamado  Alfonso  como  él.  En  este  año 
mismo  de  iigS,  le  casó  con  Garsenda  de  Sabrán,  á  la 
cual  Gruillermo  IV,  conde  de  Forcalquier,  su  abuelo 
materno,  dio  en  dote  este  condado. 

Las  crónicas  particulares  de  Cataluña  nos  dan  noti- 
cia de  terribles  calamidades  acaecidas  este  año  en  nues- 
tro país.  Gran.des  aguaceros  se  habían  llevado  las  co- 
sechas; los  ríos,  saliendo  de  madre,  habían  inundado 
los  campos;  destruyéronse  muchos  edificios,  perecieron 
muchas  familias,  fueron  generales  las  inundaciones,  y, 
para  colmo  de  males,  sucedieron  á  estos  desastres  los 

1  Se  halla  este  documento  en  la  prueba  LIX  del  tomo  III  de  la  Bu- 
ioria  del  Languedoc^  columna  175. 

2  La  vizcondesa  Ermengarda,  después  de  haber  dimitido  en  favor 
de  su  sobrino*  se  retiró  á  Perpifián,  donde  murió  á  fines  de  1192.  Fué 
una  mujer  resuelta,  de  ánimo  varonil  y  de  grandes  dotes.  Se  puso  en  la 
guerra  al  frente  de  sus  vasallos,  celebró  y  presidió  plaids  de  justicia, 
asistió  á  consejos  de  paz  y  de  guerra,  y  protegió  á  los  trovadores,  te- 
niendo corte  de  amar  en  su  palacio.  V.  cap.  XVII  del  lib.  IV,  al  hablar 
de  la  empresa  contra  Tortosa. 


J 


HISTORIA  DE   CATALUÑA.-i-LIB.   V.    CAP.   Vni.         73 

terribles  azotes  del  hambre  y  de  la  peste.  Supersticioso 
siempre  el  vulgo  y  dado  á  lo  maravilloso ,  comenzó  i 
creer  lo  que  se  contaba  de  haber  llovido  sangre  en  Cer- 
vcra  y  fuego  en  Ampunas,  y  hubo  un  terror  y  pá- 
nico generales,  creyendo  que  era  llegado  el  ñn  del 
mundo  i. 

A  principios  de  1194  sucedió  la  muerte  violenta  del 
arzobispo  de  Tarragona  Berenguer  de  Vilademuls.  Era 
ya  el  segundo  prelado  de  aquella  sede  que  moría  asesi-^ 
nado  á  manos  de  los  nobles.  El  matador  fué  esta  vez 
Guillermo  Ramón  de  Moneada,  apoyado  por  sus  deu- 
dos y  aliados.  Beuter,  que  es  uno  de  los  autores  más 
antiguos  que  de  ello  se  ocupan,  recogió  la  tradición,  y 
cuenta  el  hecho  de  esta  manera  2 : 

i  Dividida  andaba  Cataluña  en  dos  bandos  poderosos» 
promovidos  por  las  familias  de  Castellvi  y  de  Cervelló, 
que  se  hallaban  á  su  frente.  En  un  encuentro  que  tuvie- 
ron los  partidarios  de  ambos  bandos,  quedó  prisionero 
'Guillen  Ramón  de  Moneada,  quien  era  deudo  de  la  fa- 
milia Cervelló,  y  había  tomado  parte,  por  consiguiente, 
en  favor  de  esta  casa.  Preso  el  de  Moneada,  fué  condu- 
cido al  castillo  de  Rosanes  y  encerrado  en  una  mazmo* 
rra,  los  pies  en  un  cepo.  Fuéle  á  visitar  un  día  el  arzo- 
bispo Berenguer  de  Vilademuls,  deudo  y  partidario  de 
los  Castellvi;  y  el  de  Moneada,  dirigiéndosele  con  arro- 
gancia, le  dijo  que  no  era  aquella  prisión  para  hombres 
como  él,  y  que  se  la  aliviase.  Entonces  el  arzobispo  se 
acercó  al  cepo,  cortó  con  un  cuchillo  una  astila  de  ma- 
dera, y  dijo  al  preso: —  «  Servido  estáis,  pues  no  tiene 
tanta  madera  el  cepo,  y  debe  seros  ya  más  liviana  la 
})rísión. »  Moneada  juró  lavar  con  sangre  su  afrenta. 
Salió  por  fin  de  su  cárcel ,  por  rescate  ó  fuga,  y  ya  no 

1  Felhi  de  la  Pefia  7  Carbonell. 

2  Lib.  II,  cap.  XVUI  de  su  cr6nica. 


74  VÍCTOR   BALAGUBR 

se  ocupó  más  que  del  modo  de  vengarse  del  arzobispo, 
á  quien  esperó  un  día  al  paso,  en  un  'camino ,  y  arro- 
jándose sobre  él  le  mató ,  como  había  hecho  otro  Gui- 
llermo con  uno  también  de  sus  antecesores. » 

Este  es  el  resumen  de  lo  que  más  largamente  cuen- 
tan Beuter  y  los  autores  que  le  siguen ,  añadiendo  que 
en  desagravio  de  aquella  muerte,  impelido  por  el  re- 
mordimiento y  obligado  por  el  anatema  que  sobre  A 
lanzó  la  Iglesia,  el  de  Moneada  fundó  el  suntuoso  mo- 
nasterio de  Santas  Creus. 

Beuter  podrá  estar  exacto  en  el  fondo  del  hecho,  pero 
padece  errores  que  es  fuerza  corregir.  Sienrta  en  primer 
lugar,  que  la  muerte  del  arzobispo  fué  en  1149,  cuando 
fué  en  1 1 94,  y  no  puede  ser  yerro  de  imprenta  en  sa 
crónica  esta  fecha,  pues  reñere  el  hecho  como  acaecido 
en  los  primeros  tiempos  del  gobierno  de  Ramón  Be- 
renguer  IV.  También  es  equivocación  lo  de  haber  fun- 
dado Moneada  el  monasterio  de  Santas  Creus.  Feliu  de 
la  Peña,  con  más  crítica,  pone  la  verdad  en  su  lugar  i. 
Dice  primeramente,  que  el  arzobispo  tuvo  disg^tos  con 
el  vizconde  de  Cabrera,  Guillen  Ramón  de  Moneada  y 
Galcerán  de  Pinos  por  defender  el  patrimonio  de  la 
Iglesia;  añade  que  la  muerte  de  aquél  fué  en  11 94,  lle- 
vada á  cabo  por  dichos  señores,  quienes  le  mataron 
junto  al  castillo  de  Moneada,  saliéndole  al  paso  el  16  de 
Febrero,  en  ocasión  en  que  el  arzobispo  iba  á  Roma  de 
embajador  del  Rey;  y  termina  asentando  que  el  viz- 
conde de  Cabrera,  en  desagravio  de  aquel  hecho,  fundó 
el  convento  de  San  Salvador  de  Breda,  y  Moneada  ofre* 
ció  al  monasterio  de  San  Cucufate  el  lugar  en  donde 
luego  se  edificó  la  iglesia  de  Nuestra  Señora  del  Puig 
de  la  Creu,  con  todos  sus  términos  y  honores.  La  ver- 
sión del  analista  catalán  es  más  exacta,  más  ajustada  á 

1     Lib.  XI,  cap.  II  de  sus  Anales, 


HISTORU  DE  CATALUÑA. — UB.    V.   CAP.   VIH.         75 

la  verdad  histórica^  y  más  en  armonía  con  las  noticias 
que  se  tienen.  Asi  lo  cuenta  también  Blanch  i,  de  quien 
sin  duda  lo  tomó  Feliu.  £1  de  Cabrera^  el  de  Moneada 
y  el  de  Pinos  perdieron  un  pleito  muy  ruidoso  que  con 
el  arzobispo  tenían,  y  se  vengaron  matándole  2. 

1  Archiepiscopologio,  cap.  XX,  parte  12. 

2  He  aquí  como  refieren  este  acontecimiento  las  Efemérides  de 
Flotats:  ''Asesinato  del  arzobispo  de  Tarragona,  Berenguer  de  Vilade- 
muls.  Este  prelado»  hijo  de  una  de  las  familias  más  ilustres  de  Catalufia, 
concurrió  con  el  rey  de  Aragón  á  la  toma  de  Cuenca,  y  ftie  muy  bien 
quisto  de  su  soberano,  á  quien  acompafió  constantemente  en  sus  demás 
expediciones  contra  los  moros;  pero  su  mucho  celo  en  defender  los  dere- 
chos y  posesiones  de  la  Iglesia,  fué  causa  de  que  se  enemistase  con  al- 
gunos nobles,  á  quienes  la  preponderancia  de  que  entonces  gozaban  había 
acostumbrado  á  invaditlo  todo,  no  reconociendo  más  ley  ni  otro  derecho 
que  la  fuerza  y  sus  caprichos.  Guillermo  Ramón  de  Moneada,  pariente 
del  mismo  prelado,  y  Galcerán  de  Pinos,  quisieron,  pues,  vengar  los 
agravios  que  de  él  pretendían  haber  recibido;  y  cuando  D.  Berenguer  se 
dirigía  á  Roma,  á  donde  le  enviaba  de  embajador  el  rey  D.  Alfonso, 
asaltáronle  cerca  de  Moneada,  según  unos,  según  otros  cerca  de  Gerona, 
y  le  dieron  alevosa  muerte.  De  la  misma  manera,  y  por  muy  semejan- 
tes causas,  hübia  fallecido  pocos  aflos  antes  uno  de  sus  predecesores  en 
aquella  silla.  Hay,  sin  embargo,  escritores  que  atribuyen  á  otras  muy 
diversas  el  asesinato  de  Berenguer.  Cuentan  algunos,  que  estando  el 
Moneada  detenido  en  la  cárcel  por  Alberto  de  Castellví,  pidió  al  ar- 
zobispo, que  había  ido  á  visitarle,  que  intercediese  para  que  se  le  alivia» 
sen  las  prisiones,  y  que  el  prelado,  haciendo  escarnio  de  sus  ruegos,  se 
contentó  con  arrancarle  una  astilla  del  cepo  que  le  aprisionaba.  Herido 
el  magnate  en  su  orgullo,  guardó  poi  entonces  el  rencor  en  el  pecho; 
mas  luego  que  hubo  recobrado  su  libertad,  quiso  vengar  el  ultraje  con 
la  muerte  del  burlador.  Con  todo,  esta  versión  no  tiene  en  su  abono 
ningún  testimonio  respetable,  y  es  menester  confesar  que  en  su  conjun- 
to tiene  más  visos  de  conseja  que  de  realidad  histórica.  Otros  dan  por 
causa  del  crimen  el  odio  que  goncibieron  contra  el  arzobispo  algunos 
partidarios  de  lo  antiguo,  por  la  parte  muy  principal  que  tuvo  en  que 
los  concilios  de  Tarragona  de  los  años  1180  y  II91,  mandasen  que  en 
todos  los  documentos  se  contasen  los  años  por  los  de  la  Encarnación  del 
Sefioo  dejando  el  cómputo  de  los  de  los  reyes  de  Francia.  Si  así  fué,  y 
si  fuese  cierio»  como  creen  algunos,  que  también  por  haber  contribuido 
con  su  voto  y  su  influencia  á  que  en  1351  se  promulgase  la  pragmática 


76  VÍCTOR  BALAGUER 

Berenguer  de  Vilademuls,  de  noble  familia  catalana, 
había  tomado  posesión  de  la  mitra  el  19  de  Julio  de 
1174.  Fué,  como  muchos  de  aquel  tiempo,  un  arzobis* 
po  guerrero,  y  sólo  empuñaba  el  báculo  con  la  mano 
que  le  dejaba  libre  el  manejo  de  la  espada.  Durante  su 
prelatura,  á  más  de  ser  el  terror  de  los  moros,  tuvo  la 
habilidad  de  hacerse  propicio  al  rey  Alfonso,  de  cuyo 
principe  sacó  y  alcanzó  grandes  cargos  y  favores  en  do- 
nativos  y  otras  cosas,  de  manera  que  logró  aumentar 
considerablemente  las  rentas  de  la  mitra  y  cabildo.  Dio 
á  poblar  varios  terrenos  y  de  este  modo  los  transformó 
en  lugares  y  villas  1 :  acompañó  al  monarca  en  casi 
todas  sus  expediciones  guerreras;  dio  pruebas  de  gran 
valor  en  la  conquista  de  Cuenca,  y  tomó  parte  como 
consejero  y  como  capitán  en  las  empresas  de  Provenza, 

El  Guillermo  Ramón  de  Moneada,  que  estaba  entre 
sus  matadores,  fué  luego  señor  y  vizconde  de  Beam, 
habiendo  sucedido  en  estos  dominios  á  su  hermano 
Gastón  que  murió  sin  hijos  2. 

Es  de  sospechar  que  el  rey  Alfonso  pasó  en  Cátala*- 
ña  gran  parte,  si  no  todo  el  año  11 94,  tomando  provi- 
dencias para  remediar  las  necesidades  y  aflicciones  del 
país,  destrozado  por  el  hambre  y  por  la  peste  3.  De 
Cataluña  fué  á  Perpiñán,  en  donde  estaba  ya  á  prín- 

que  dispuso  que  en  adelante  se  contasen  los  años  desde  la  Natividad  en 
vez  del  cómputo  de  la  Encarnación,  murió  á  manos  de  asesinos  el  con- 
sejero del  rey  D.  Pedro,  y  abad  de  San  Cucufate,  fray  Ramón  de  Biure; 
tendríamos  que  una  reforma,  al  parecer  de  tan  poca  monta,  como  la  del 
método  de  contar  los  afios  en  las  fechas,  habría  costado  en  Catalufla  la 
vida  á  sus  promovedores  en  cada  una  de  las  dos  épocas  en  que  se  ha 
llevado  á  cabo:  prueba  de  cuan  tenaces  enemigos  encuentran  siempre 
las  más  sencillas  innovaciones,  por  justas  y  razonables  que  sean,  cuando 
para  adoptarlas  hay  que  luchar  con  inveteradas  costumbres.. 

1  Andrés  de  BofaruU  en  sus  Anales  históricos  de  Reus^  lib.  I,  cap.  L 

2  Arte  de  comprobar  las  fechas. 

3  Feliu  de  la  Peña,  libro  y  capítulo  citados. 


■=: 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.  VIII.        77 

cipio8  del  iig5  y  á  donde  pasó  para  celebrar  cortes. 

La  antigua  Septimanía  comenzaba  á  verse  asolada 
en  aquel  tiempo  por  las  primeras  guerras  de  religión^ 
más  terribles^  funestas  y  sangríenWs  que  las  políticas. 
Varios  pasajes  del  antiguo  y  nuevo  testamento^  cuyo 
sentido  es  verdaderamente  alegórico,  hicieron  nacer  la 
idea  de  que  toda  la  Escritura  tenia  una  significación 
ocasionada  á  interpretaciones.  Esto  dio  lugar  á  la  secta 
que  más  tarde  se  llamó  de  los  albigenses,  tomando  su 
nombre  del  país  de  Albi,  donde  aparecieron  ó  donde  se 
celebró  un  concilio  para  juzgar  de  sus  doctrinas.  Las 
tierras  de  Tolosa,  en  las  que  ese  furor  de  gnosticismo 
se  esparció,  fueron  más  tarde  el  teatro  de  una  cruzada, 
según  veremos,  y  las  hogueras  cubrieron  bien  pronto 
aquel  país.  Quien  primero  las  encendió,  dando  un  triste 
ejemplo,  que  desgraciadamente  había  de  imitar  nuestra 
Península  en  siglos  posteriores,  fué  el  concilio  de  Or- 
leans  de  1022.  Quiso  estirpar  con  los  tormentos  y  los 
horrores  del  fuego  lo  que  se  dio  en  llamar  la  lepra  de  la 
htregía,  como  si  no  hubiera  sido  más  conforme  al  espí- 
ritu y  máximas  del  Evangelio,  más  propio  de  la  frater» 
nidad  y  caridad  santamente  predicadas  por  Jesucristo, 
el  curar  aquella  Upra  con  el  bálsamo  de  la  persuasión, 
la  dulzura  y  la  enseñanza.  El  concilio  de  Lombers,  en 
Ii65  siguió  las  huellas  del  de  Orleans.  Fué  un  error 
querer  estirpar  con  la  violencia  la  predicación  de  los 
que  se  llamaban  nuevos  apóstoles  y  buenos  hombres.  El 
hierro  despierta  el  hierro. 

La  unión,  bajo  el  cetro  del  monarca  aragonés,  de  dos 
condados  situados  el  uno  más  allá  de  los  Pirineos,  y  el 
otro  en  el  centro  de  estas  montañas,  pero  vecinos  los 
dos  á  los  países  que  comenzaba  á  infestar  la  heregía, 
bastó  para  que  el  legado  del  Papa  cerca  de  Alfonso, 
tratara  de  persuadirle  que  aplicase  á  sus  nuevas  provin- 
cias las  terribles  disposiciones  que  el  concilio  de  Vero-* 


78  VÍCTOR  BALAGUER 

na  acababa  de  decretar  contra  los  albigenses;  á  saber, 
que  fuesen  abandonados  á  la  justicia  secular  todos 
aquellos  que  ios  obispos  hubiesen  declarado  herejes. 
Alfonso  vaciló  por  mucho  tiempo.  Aquel  rey  trovador, 
como  dice  la  moderna  historia  dd  Rosellón  i,  á  quien  el 
cultivo  de  las  letras  inspiraba  más  bien  la  clemencia 
que  el  rigor,  cedió  en  fin  á  las  importunidades  del  car- 
denal, y,  bajo  crimen  de  lesa  majestad,  fué  decretada 
la  expulsión  de  los  valdenses.  Este  nombre  lo  tomaron 
de  su  jefe,  el  mercader  de  Lion,  Pedro  Valdo:  se  llama- 
ron también  sabatatos,  por  las  sandalias  que  usaban 
para  remedar  á  los  apóstoles,  y  pobres  de  Lion,  por  la 
pobreza  de  que  hacían  alarde  para  restablecer,  según 
decían,  las  costumbres  de  la  iglesia  primitiva. 

Alfonso  era  bueno  y  humano.  Mientras  vivió ,  supo 
contener  el  celo,  ya  demasiado  ardiente,  de  los  precur- 
sores de  la  Inquisición;  pero,  después  de  su  muerte,  su 
hijo  no  supo  resistir  como  él  á  la  tendencia  dominado- 
ra de  la  autoridad  espiritual  y  á  las  reiteradas  instancias 
del  arzobispo  de  Tarragona,  y  de  los  obispos  de  Barce- 
lona, Gerona,  Vich  y  Elna;  asi  es  que  el  decreto  del 
concilio  de  Verona  fué  publicado  de  nuevo  en  1197, 
como  veremos,  y  ordenada  su  severa  ejecución  en  toda 
Cataluña. 

Aun  volvió  otra  vez  á  estas  tierras  el  rey  Alfonso. 
Hay  memoria  de  que  por  el  mes  de  Marzo  de  1196  se 
hallaba  en  Zaragoza,  donde  se  reconcilió  con  él  Pedro 
Jiménez  de  Urrea,  que  se  tenía  por  su  agfraviado ,  me- 
diando en  esta  concordia  D.  Artal  de  Alagón,  alférez 
del  rey,  Jimeno  de  Artusella,  á  quien  el  monarca  hicie- 
ra merced  del  puerto  de  Salou ,  y  de  otros  honores  en 
el  campo  de  Tarragona,  y  varios  señores. 

De  Zaragoza  vemos  partir  al  rey  para  Lérida,  en  cu- 

1     Tomo  I,  pág.  85. 


HISTORIA   DE  CATALUÑA, — LIB.    V.    CAP.    IX.  Jg 

yo  punto  consta  que  se  le  presentaron  los  maestres  de 
la  caballería  del  Temple  en  Ultramar,  Francia  y  Pro- 
venza,  Fray  Gilberto  Horal,  Pons  de  Rigalt  y  Amaldo 
de  Claramunt.  Ante  ellos,  y  á  presencia  de  varios  seño- 
res de  su  corte,  dio  Alfonso  á  la  orden  del  Temple  las 
villas  y  castillos  de  la  Alhambra  y  Orrios,  y  el  sitio  lla- 
mado la  Peña  del  Cid. 

Á  primeros  de  Abril  estaba  el  rey  en  Perpiñán,  en 
donde  cayó  enfermo  asi  que  hubo  llegado,  y  á  2S  de 
aquel  mismo  mes  le  robaba  la  muerte  al  amor  de  sus 
pueblos.  Su  pérdida ,  que  era  una  desgracia  pública  en 
aquellas  circunstancias,  fué  muy  llorada,  principalmen- 
te por  los  roselloneses,  de  quienes  parecia  haberse  cons- 
tituido en  tutor,  y  qu^,  probando  á  cada  instante  las 
mejoras  que  su  sabiduria  y  su  firmeza  habian  sabido  im- 
primir en  su  bienestar,  quedaban  huérfanos  de  un  ce- 
loso protector  contra  las  vejaciones  de  sus  señores  feu- 
dales 1. 

CAPÍTULO  IX. 

Hijos  del  rey. — Pedro. — Alfonso. — Fernando. —  Constanza. —Leonor. 
—«Sancha. — ^Dalce. — ^Testamento  del  rey. — Juicio  que  de  este  rey  ha 
formado  la  posteridad. 

Alfonso  II  de  Aragón  y  I  de  Cataluña,  había  casado 
en  1 174,  según  ya  hemos  visto,  con  Sancha  de  Casti- 
lla ^,  en  la  cual  tuvo  tres  hijos  y  cuatro  hijas. 

El  primero  se  llamó  Pedro,  y  fué  el  que  le  sucedió  en 
el  reino  de  Aragón,  principado  de  Cataluña  y  condados 

1  Henry :  Hisioria  del  Rasellón,  tomo  I,  cap.  V. 

2  Capinany  cayó  en  un  error  cuando,  en  el  número  XXVII  de  sus 
apéndices  al  tomo  II  de  las  Memorias  históricas,  sentó  que  este  rey  ha- 
bía casado  primero  con  Mahalta,  hija  de  Alfonso  I  de  Portugal,  de  la 
cual  enviudó  sin  sucesión. 


8o  VÍCTOR  BALAGUER 

de  Ro8ell6n,  de  Pallárs,  de  Besalú  y  de  Cerdaña.  A  te- 
nor de  lo  que  se  lee  en  el  testamento  de  su  padre,  éste 
dispuso  en  su  favor  de  todos  los  derechos  que  tenia  des* 
de  la  ciudad  de  Beziers  hasta  el  puerto  de  Aspe,  es  de- 
cir, que  Alfonso  le  hizo  su  heredero  por  los  condados  de 
Carcasona  y  Rasez. 

Alfonso,  su  hijo  segundo,  tuvo  el  condado  de  Proven- 
za,  del  que  fué  II  conde  de  este  nombre.  El  rey  dispu- 
so también  en  su  favor  de  los  vizcondados  de  Milhaud 
y  Grevaudan  y  del  derecho  que  tenia  en  Montpeller,  cu- 
yo señor  parece  que  le  había  prestado  homenaje.  Este 
Alfonso,  unió  al  condado  de  Provenza  el  de  Forcalquier» 
por  su  enlace  con  Garsenda  de  Sabrán,  á  la  que  su  tío 
materno  di6  en  dote  este  señorío. 

El  tercer  hijo  se  llamó  Femando.  Fué  monje  del  mo- 
nasterio de  Poblet  y  abad  del  de  Monte  Aragón. 

La  mayor  de  las  cuatro  hijas,  fué  Constanza,  que 
casó  con  Emerico,  rey  de  Hungría;  y  habiendo  enviu- 
,  dado,  pasó  á  segundas  nupcias  con  Federico  II,  empe- 
rador de  Alemania. 

La  segunda  se  llamó  Leonor,  y  casó  con  Raimun- 
do VI,  conde  de  Tolosa,  llamado  el  Viejo. 

La  tercera,  Sancha,  dio  su  mano  á  otro  conde  de  To- 
losa, Raimundo  VII,  el  Joven. 

Por  lo  que  toca  á  la  menor,  llamada  Dulce,  entró  de 
religiosa  en  el  monasterio  de  Sijena,  del  cual  fué  fun- 
dadora la  reina  Doña  Sancha,  su  madre,  que  también 
se  retiró  al  claustro  y  profesó  después  de  la  muerte  dd 
rey  en  el  mismo  monasterio,  en  el  que  murió  en  No- 
viembre de  1208,  donde  se  halla  enterrada. 

Ya  se  ha  dicho  que  Alfonso  murió  en  Perpiñán,  el  zS 
de  Abril  de  1196,  pero  su  testamento  ñié  otorgado  en  la 
misma  ciudad  en  Diciembre  de  11 94,  y  publicado  des- 
pués de  su  muerte  en  el  altar  de  Santa  Magdalena  de 
Zaragoza,  por  los  dos  testigos  que  presenciaron  su  otor- 


HISTORIA  DB  CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.    IX.         8l 

^miento  en  Perpiñán,  Alberto  de  Castellvelí  y  B:  de 
Portella,  á  presencia  de  Guíllermoi  obispo  de  Vich»  y 
otros  1. 

Los  albaceas  nombrados  por  el  rey,  fueron!  el  arzo- 
bispo de  Tarragona,  el  obispo  de  Lérida,  el  de  Huesca, 
el  gran  maestre  del  Temple,  y  el  abad  de  Poblet,  en 
cuyo  monasterio  eligió  sepultura,  legándole  su  real  co- 
rona y  la  dominicatura  de  Vinaroz.  Hizo  varios  legados 
á  la  iglesia  y  pontiñce  romano,  á  los  templarios,  hospi- 
talarios y  santo  sepulcro  de  Jerusalen,  á  otras  órdenes 
religiosas  y  á  muchas  iglesias  y  monasterios,  entre  ellos 
al  de  Scala  Dei,  que  hago  edificar  de  nuevo,  dice  el  tes- 
tamento, y  al  de  Santa  María  de  RipoU,  en  remunera- 
ción de  mi  sepultura. 

Nombró  en  seguida  herederos  á  sus  hijos  en  el  modo 
y  forma  citados,  substituyendo  el  uno  al  otro  por  orden 
de  prímogenitura,  y  á  sus  hijas,  que  no  nombra,  á  falta 
de  varones  de  los  hijos;  previniendo,  que  si  llegaba  á 
verificarse  la  sucesión  de  ellas,  se  casasen  con  voluntad 
y  consejo  de  sus  albaceas  y  magnates  del  reino.  Dejó 
finalmente  á  sus  hijos,  bajo  la  tutela  de  su  esposa  Doña 
Sancha;  á  D.  Pedro,  hasta  la  edad  de  veinte  años,  y  á 
D.  Alfonso,  hasta  la  de  diez  y  seis. 

El  cadáver  del  rey  se  trasladó  con  gran  pompa  y  ce- 
remonia desde  Perpíñán  al  real  monasterio  de  Nuestra 
Señora  de  Poblet,  cuya  fábrica,  que  había  empezado 
el  conde  Ramón  Befenguer  IV  en  7  de  Setiembre  de 
Ii53,  se  concluyó  durante  este  reinado.  Fué,  pues,  este 
monarca  el  primero  de  la  casa  de  Aragón  que  se  enterró 
en  aquel  monasterio,  dejando  la  antigua  sepultura  del 
de  San  Juan  de  la  Peña  de  los  antiguos  soberanos  de 
Sobrarbe  y  Aragón,  y  la  de  Nuestra  Señora  de  RipoU, 

1     Se  halla  este  testamento  en  el  archivo  de  la  Corona  de  Aragóa, 
número  70  moderno,  de  la  colecdón  de  D.  Alfonso. 

TOMO  XI  6 


82  VÍCTOR  BALAGUER 

donde  solían  enterrarse  los  primitivos  condes  de  Bar- 
celona. 

El  juicio  de  la  posteridad  ha  sido  favorable  para  nues- 
tro Alfonso.  Los  más  graves,  más  entendidos  y  más 
imparciales  historiadores  no  pueden  menos  de  convenir 
en  que  se  hizo  recomendable  por  sus  hazañas  y  sus  ex- 
celentes cualidades.  Fué,  en  efecto,  su  reinado  uno  de  los 
más  felices  de  Aragón,  y  fué  indudablemente  un  monar- 
ca prudente  al  par  que  valeroso,  activo  al  par  que  sa- 
gaz, guerrero  al  par  que  sabio. 

Tuvo  la  suerte  de  que  en  él  se  reuniesen  gloriosa- 
mente las  dos  soberanías  de  sus  padres,  el  condado  de 
Barcelona  y  la  monarquía  de  Aragón;  y  á  pesar  de  que 
esto  le  imponía  mayor  responsabilidad  á  los  ojos  del 
mundo  y  era  muy  pesada  carga  para  sus  hombros,  supo 
mantener  muy  alta  la  honra  de  su  nombre,  ileso  el  te- 
rritorio de  su  país,  y  respetada  con  gloria  la  bandera  de 
su  casa. 

Su  piedad  quedó  patente  en  la  fundación  de  la  cartu- 
ja de  Scala  Dei,  en  la  terminación  de  Nuestra  Señora 
de  Poblet,  y  en  la  protección  al  monasterio  de  Sijena; 
su  valor  y  ánimo  quedaron  consignados  en  los  campos 
de  Valencia,  de  Castilla,  de  Navarra  y  de  Tolosa,  don- 
de sus  enemigos  tuvieron  que  sentir  la  fuerza  de  su  bra- 
zo y  aprender  á  temblar  ante  el  pendón  de  las  gules  ba- 
rras; sus  altas  miras  en  favor  del  país  y  de  su  engran- 
decimiento, quedan  probadas  con  las  anexiones,  como 
se  diría  ahora,  del  Rosellón  y  de  la  Provenza;  su  amor 
á  la  civilización  y  al  progreso, — palabras  que  no  por  ser 
modernas  deben  ser  desechadas  cuando  expresan  una 
idea  justa, — está  en  la  promulgación  de  las  corntitucio- 
nes  de  paz  y  tregua  que  hizo  jurar  á  sus  barones  en  Per- 
piñán;  su  afecto  al  pueblo  y  al  país  se  halla  vivo  en  el 
reconocimiento  de  sus  libertades;  sus  virtudes  y  exce- 
lentes prendas,  las  atestigua  el  renombre  de  Casto  con 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.    V.    CAP.    IX.  83 

que  la  posteridad  le  ha  reconocido,  renombre  que  no  se 
le  ha  dado  ciertamente  por  la  circunstancia  única  que 
en  sí  expresa,  ya  que,  á  juicio  délos  antiguos,  llamarle 
el  Casto  era  denominarle  el  Virtuoso. 

En  medio  de  las  guerras,  ocupaciones  militares  y  lu- 
chas continuas  de  su  tiempo,  no  se  olvidó  de  las  letras: 
protegió  á  los  que  cultivaron  en  su  época  la  poesía  pro- 
venzal,  y  favoreció  muy  particularmente  á  los  trovado- 
res, no  desdeñándose  de  componer  versos  él  mismo; 
lo  que  ha  hecho  que  se  le  contara  en  el  número  de  los 
poetas  provenzales,  bajo  el  nombre  de  Alfonso  rey  de 
Aragón  el  que  trovó,  para  distinguirle  de  los  otros  Al- 
fonsos. En  uno  de  los  manuscritos  de  la  biblioteca  del 
rey  en  París,  existe  una  canción  compuesta  por  él  i. 

Como  no  todo  es  perfección  en  este  mundo,  hay  real- 
mente algunas  manchas  en  la  vida  de  este  rey.  Los  ase- 
sinatos de  Beziers,  el  sacrificio  por  dos  veces  distintas 
de  la  Eudoxia  Comeno  que  había  de  ser  su  esposa,  cier- 
ta deslealtad  que  se  nota  en  sus  tratados  de  paz  con  el 
conde  de  Tolosa,  son  circunstancias  que  rebajan  algo  su 
valor  y  mérito.  Un  poeta  encontraría  asunto  suficiente 
en  ello  para  largas  tiradas  de  endecasílabos  contra  el 
rey  Alfonso;  pero  un  historiador  hallaría  á  mano  para 
defenderle  la  razón  de  estado,  en  cuyo  nombre  se  han 
cometido  tantos  crímenes. 

De  todos  modos,  Alfonso  él  Casto  no  mereció  ser  pin- 
tado con  los  feos  colores  con  que  lo  hizo  su  contempo- 
ráneo Beltrán  de  Born,  el  trovador  vizconde.  La  pluma 
de  éste  fué  injusta  al  hablar  de  Alfonso,  como  toda  plu- 
ma mojada  en  hiél,  y  á  la  que  sólo  inspiran  el  resenti- 
miento y  la  venganza  2, 


1  Historia  del  Languedoc,  tomo  III,  pág.  I04. 

2  Véase  lo  que  de  D.  Alfonso  digo  en  mis  obras  Los  trovadores  y 
Jjot  rumas  de  Poblet.  , 


84 


VÍCTOR  BALAGUER 


CAPITULO  X, 


LOS  PROGRESOS  DE  LA  QVlLIZAaON. 


(Siglo  xu«) 

Lengua  caUlaDa. — Escritores.-— Prosperidad  y  acrecentamiento  de  Ca- 
talüfla. —  Ensanche  de  Barcelona. —  De  Vich.— De  Manresa. —  De 
Matará. — Origen  de  San  Martin  de  Provenzals.— De  Sabadell. — 
Campo  de  Tarragona. — Keus.— -Instituciones  municipales. — Marina» 
artes,  industria  y  comercio. — Costumbres. — Monumentos. — San  Pa- 
blo del  Campo. — Capilla  de  Marcús. — Santa  Ana. — Palacios. — Santa 
Eulalia. —  Santa  María  de  Tarrasa. —  San  Miguel  de  Marmellar.-— 
Monasterio  de  las  Avellanas. — Monasterio  de  Pons. —  Catedral  de 
Tarragona. — Monasterio  de  Poblet. — Monasterio  de  Santas-Creus.— 
Cartuja  de  Scala  DeL — San  Juan  de  Lérida. — Otros  monumentos  de 
Cataluña. — Iglesia  de  Fraga. — Monasterio  de  Sijena. — Otros  monu- 
mentos de  Aragón. 

LENGUA  CATALANA. 

Ya  en  este  siglo,  la  nacionalidad  catalana-provenzal 
se  presenta  con  fisonomía  propia ,  con  literatura  y  len- 
gua propias.  A  principios  del  siglo  xii  vio  comenzar  su 
rico  periodo,  su  bella  edad  de  oro.  El  idioma  proven2;al 
se  hi20  el  de  los  sabios  y  el  de  los  poetas,  y  el  que  enri- 
queció el  del  Petrarca,  por  confesión  propia  de  los  mis- 
mos escritores  italianos  de  más  nota.  Y  sin  embargo, 
esta  hermosa  lengua  provenzal,  á  la  que  después  se  lla- 
mó lemosina,  no  era  otra  que  la  catalana.  Lleváronla  á 
Provenza  los  condes  de  Barcelona ,  y  allí  se  adornó  y 
pulió  con  la  mezcla  de  algunas  frases  más  dulces,  pro- 
pias de  aquella  provincia. 

Cuando  Ramón  Berenguer  III  casó  con  Dulce  de  Pro- 
venza,  fué  cuando  la  lengua  catalana*provenzal  comen- 
zó á  ser  el  verdadero  idioma  literario  de  la  época,  y  á 
adquirir  tal  grado  de  hermosura  y  belleza,  que  durante 


HISTORIA  DE  CATALUt^A. — LIB.   V.   CAP.   X.  85 

el  espacio  de  tres  siglos  fué  preferida  á  todas  las  demás 
de  Europa,  apresurándose  á  estudiarla  y  á  componer  en 
ella  todos  los  amantes  de  las  letras.  Hizose  particular- 
mente la  lengua  de  la  poesía  y  del  amor. 

Innumerables  dtas  pudieran  aducirse  en  testimonio 
de  ello,  pero  es  cosa  ya  uníversalmente  sabida,  y  bas- 
tará recomendar,  á  los  que  quieran  mayores  datos,  los 
autores  apuntados  al  final  de  este  párrafo. 

Nadie  puede  disputamos  la  gloria  de  haber  sido  el  ca- 
talán— llámesele  provenzal  ó  lemosín — una  de  las  pri- 
meras lenguas,  quizá  la  primera,  que  se  vio  en  uso  li- 
terario después  del  latín.  Nadie  podrá  desconocer  tam- 
poco que  aquella  literatura  catalana-provenzal ,  según 
la  llama  Nostradamus,  y  según  propiamertte  debiera 
llamarse,  tuvo  vida,  belleza  y  fuerza  mientras  la  casa 
condal  de  Barcelona  dominó  en  Provenza,  muriendo,  6 
quedando  agonizante  por  lo  menos,  el  día  que  feneció 
en  aquellas  comarcas  la  estirpe  catalana. 

Cuenta  Nostradamus  que  el  conde  de  Provenza,  Ra- 
món Berenguer  II,  aficionó  al  emperador  Federico  I  á 
la  poesía  provenzal  cuando  pasó  á  Turín ,  después  de 
muerto  su  tío  el  conde  de  Barcelona,  en  el  burgo  de 
San  Dalmacio,  cerca  de  Genova.  Federico  recibió  al 
conde  con  esplendidez  y  galantería,  y  el  conde  quiso 
obsequiar  al  emperador  con  trovas  que  hizo  recitar  y 
cantar  á  su  presencia  por  la  corte  de  trovadores  que  lle- 
vaba consigo.  Tan  maravillado  quedó  el  emperador  con 
aquello,  nuevo  para  él,  que  colmó  de  regalos  á  los  poe- 
tas, y  quiso  aprender  el  arte  de  trovar,  componiendo 
por  si  mismo  el  siguiente  madrigal  en  lengua  catalana: 

Plasmi  cavalier  francez, 
é  la  dona  catalana, 
é  Touvrar  de  Ginoez, 
é  la  cour  de  Castellana; 
ou  cantar  provenzalez 


86  "VÍCTOR   BALAGUER 

é  la  danza  trevisana, 
é  lou  corps  aragonés, 
é  Ja  perla  JuIiaDa, 
las  mans  é  cara  d'anglez 
é  lou  doncel  de  Toscana. 

Como  una  muestra  del  catalán-provenzal  que  se  ha- 
blaba en  los  países  que  hoy  pertenecen  á  la  Francia, 
voy  á  copiar  un  documento  que  he  hallado  en  las  prue- 
bas de  la  Historia  del  Languedoc  (Pr.  DXVII  del  to- 
mo II).,  Es  el  homenaje  y  juramento  de  Elzear  de  Sau- 
ve  á  la  viuda  de  Bernardo  Atón.  Está  fechado  en  iiSg, 
y  dice  así : 

fDe  istahora  in  antea,  ego  Ilisiarus  de  Salve,  fílius 
de  Stephana,  á  te  Guillelma  vicecomitisa  que  fiíisti  wo- 
ller  de  Bernardo  Atón,  tant  qtiant  tenrrds  la  sennoria  del 
castel  de  la  Arena,  é  ad  aquel  eres  qm  auras  £  en  Bemart 
Aton,  de  qual  tu  es  preius,  lo  castel  de  Berniz  non  vos 
iolrai,  ne  vos  en  tolrai  ipsas  fortedias  quae  hodie  ibi  sunt, 
ni  adenant  factas  erunt  per  nomen  de  castel.  Et  si  om  vel 
femina  aquel  castel  supra  scripti  vos  iollia  seu  tollia,  ab 
aquel  ó  ab  aquella,  6  ab  aquels,  ó  ab  aquellas  fínem  ne  so- 
cietatem  cum  illovel  cum  illis  non  auria;  fors  quantper 
lo  castel  d  recobrar:  et  si  recobrar  en  lo  potuero,  per  nu- 
Uum  ingenium,  á  te  vicecomitissa,  ó  a  eres  que  auras  d* 
en  Bemart  á'  Aton  lo  redrai  sine  lucro  et  sine  decepcio- 
ne, etc.! 

La  nacionalidad  catalana-provenzal  vio  florecer  en 
este  siglo  muchos  y  muy  excelentes  trovadores,  de 
quienes  nos  quedan  bellísimas  trovas  y  canciones,  llenas 
de  gracia,  de  frescura,  de  espontaneidad  y  brillantez.  A 
este  siglo  pertenece,  según  Raynouard,  el  famoso  poe- 
ma de  Gerardo  del  Rosellón,  la  obra  más  bella  acaso  de 
nuestra  literatura  en  las  tres  centurias  de  su  esplendor. 

Como  muestra  del  lenguaje  de  los  trovadores  y  de  la 
riqueza  del  idioma,  léanse  las  siguientes: 


rORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.   V.   CM-.   X.  87 

Car  donneis  pretz  é  valors, 
joys  é  griilz  é  cortesía, 
senys  é  saber»  é  honors, 
bels  parlara,  bella  pari»; 
é  larguesa,  é  amors, 
coneysensa  é  cundía; 
ti'Ovant  manleny  é  sucors 
en  Catalunya  á  tria 
entre  'Is  cafalans  valents 

fias  donas  evinenti 

Gerarda  di  RosclUn.  , 

Non  sap  cantar  quil  aoa  no  di 
nil  vers  trovar  quils  molí  no  fá, 
ni  sap  de  rima  com  si  vá 

com  plus  laustrcs  mal  vairá 

Gedofreáa  Rsdtl. 

Cossirós  cant  é  plang  £  plor 
peí  dol  que  m'ha  sazit  é  prés 
al  cer  per  la  mort  mon  marques, 
£n  Pons  lo  pros  de  Mataplana, 
ques  era  francs  lares  é  cortés 
et  ab  totz  bos  captenements, 
é  (engutz  per  un  dea  millors 
que  fos  de  San  Marti  de  Fors 

troCerdai  é  la  térra  plana 

GvilUrmB  dt  Btrgadá. 

nás  ó  menos  detenidamente  de  este  punto, 
nsultarse,  las  obras  siguientes,  entre  muchas 
adamus  en  su  Historia  de  Provmza;  Bastero, 
mzale;  Bembo,  Della  vulgar  lingwx;  Bouche, 
Provema;  los  Maurinos,  Historia  del  Latí- 
jriei,  Historia  de  la  poesía  provenzal;  Ray- 
ección  de  poesías  de  los  trovadores;  Amat  en  su 
1  al  Diccionario  de  escritores  catalanes;  Cap- 
B  apéndices  á  las  Memorias  históricas;  Borao 


88  rieron  balagüer 

en  tu  introducción  al  Diccionario  de  voces  aragonesas; 
Mili,  Observaciones  sobre  la  poesía  popular;  Pers  y  Ra- 
mona, Historia  de  la  lengua  y  literatura  catalanas^  etc.  i 

BSCRITORBS. 

Hubiera  querido  publicar  en  el  diccionario  de  los  per- 
tenecientes á  este  siglo^  todos  los  trovadores  hijos  de  los 
países  dominados  por  los  condes-reyes;  pero  hubiera 
sido  materia  poco  menos  que  imposible  para  mis  fuer- 
zas y  tiempo.  Continúo  sólo  aquéllos  de  que  me  ha  sido 
daUe  encontrar  noticia,  y  pongo  como  catalanes  á  los 
del  Rosellón,  desde  el  momento  en  que  este  país  fué 
agregado  á  la  Corona. 

Alfonso  I  de  Cataluña  y  II  de  Aragón.  Queda  ya  di- 
cho que  se  le  continúa  en  los  catálogos  de  escritores  ca- 
talanes. Sólo  tenemos  de  este  rey  una  canción  de  amo- 
res, pero  generalmente  se  le  cuenta  por  el  primero  de 
los  poetas  españoles  conocidos. 

Abraham,  llamado  el  sabio  por  los  judíos  catalanes. 
En  1 1 19  escribió  unos  comentarios  sobre  la  Sagrada 
Escritura  y  un  poema  sobre  el  juego  de  ajedrez. 

Agoult  (Guillermo)  9  poeta  catalán-provenzal,  de  la 
corte  del  rey  Alfonso,  Escribió  una  obra  sobre  el  amor. 

Ademars  (Guillermo).  Poeta  del  Rosellón  que  floreció 
en  este  siglo. 

Bistors  (Raimundo).  Otro  poeta  rosellonés  de  la 
misma  época. 

Berenguer  (Ramón).  Tercero  de  este  nombre,  conde 
de  Barcelona  y  de  Provenza.  Fué  uno  de  los  poetas 

\  Posteriormente  he  escrito  Zos  Trcvadons^  mis  Discursos  acodé" 
micos  y  otras  obras,  que  forman  parte  de  esta  colección,  y  donde  pueden 
encontrarse  ro¿s  detalles  y  observaciones  sobre  este  asunto,  habiéndome 
hecho  rectificar  algunas  de  mis  ideas  antiguas,  la  experiencia  y  mis 
«studios. 


HISTORIA   DE  CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.    X.  8g 

principales  del  siglo  xii,  según  Amat.  La  real  Acade- 
mia de  Buenas  Letras  de  Barcelona ,  en  el  apéndice  de 
sus  Memorias,  página  585,  dice  que  este  conde,  en  me- 
dio de  sus  repetidas  conquistas,  se  aplicó  con  especia- 
lidad á  la  cultura  del  nativo  idioma  catalán,  comuni- 
cando sus  nuevos  adornos  al  provenzal  que  los  abrazó 
con  general  aplauso. 

Berenguer  (Ramón).  Cuarto  de  este  nombre  entre 
los  condes  de  Barcelona.  Fué  también  insigne  poeta. 
Sus  obras  poéticas,  en  lengua  catalana,  se  conservan 
manuscritas  en  la  Biblioteca  vaticana.  En  la  de  París 
hay  otro  ejemplar.  Al  frente  de  estas  obras  hay  su  re- 
trato ecuestre,  con  varios  elogios. 

Berga  (Guillermo  de).  Otros  le  llaman  Guillermo  de 
Bergadá.  De  noble  familia  catalana,  se  distinguió  por 
8U  talento  é  ingenio  en  el  arte  de  trovar.  Sus  poesías  se 
hallan  manuscritas  en  la  Biblioteca  vaticana.  En  la 
historia  literaria  de  los  trovadores,  se  dice  que  fué  autor 
de  muchas  composiciones  obscenas  y  hombre  de  mala 
conducta. 

Cabestany  (Guillermo  de).  Este  poeta  rosellonés, 
cuyo  nombre  y  algunas  de  cuyas  poesías  han  llegado 
hasta  nosotros  á  través  de  los  siglos,  fué  señor  de  la 
villa  de  Cabestany  {Capestany  dicen  las  antiguas  me- 
morias), cerca  de  Perpiñán.  Se  cuenta  de  él  que,  apa- 
sionado por  la  esposa  de  Raimundo,  señor  de  Castel- 
Rosellón,  le  consagró  su  amor  y  sus  poesías,  y  que  el 
celoso  caballero  le  hizo  matar,  arrancándole  el  corazón 
y  dándoselo  después  á  comer  á  su  esposa.  Otro  noble 
trovador,  Raimundo  de  Miraval,  contemporáneo  de  Ca- 
bestany, es  quien  contó  en  sus  versos  todas  las  circuns- 
tancias de  esta  horrible  aventura,  que  posteriormente, 
sin  embargo,  en  nuestro  siglo  mismo,  se  ha  puesto  en 
duda.  De  todos  modos  es  positivo  que  Guillermo  de 
Cabestany  ñié  uno  de  los  más  excelentes  trovadores  de 


90  VÍCTOR  BALAGUER 

SU  tiempo,  y  parece  que  hubo  de  ser  víctima  de  alguna 
catástrofe  horrorosa  i. 

Formit  de  Perpiñán.  Poeta  provenzal,  de  cuyas  poe- 
sías ha  publicado  una  muestra  Mr.  Raynouard. 

Gaufredo,  obispo  de  Tortosa.  En  la  Biblioteca  real 
se  conservan  algunos  manuscritos  de  este  prelado. 

Kimhi  (David),  hijo  de  Gerona.  Vivía  en  Narbona 
por  los  años  de  1190,  y  se  hizo  muy  célebre  por  su  eru- 
dición y  escritos. 

Mosehf  natural  también  de  Gerona  y  judío  como  el 
anterior.  Es  generalmente  más  conocido  con  su  otro 
nombre  de  Nachnan.  Compuso  muchos  y  muy  impor- 
tantes libros. 

Ortafd  (Pons  de),  caballero  trovador,  natural  del  Ro- 
sellón. 

Palasols  (Berenguer  de),  caballero  trovador,  natural 
del  Ampurdán^  según  parece,  del  condado  de  Ampurías. 
Compuso  muchas  trovas  en  alabanza  de  Ermesínda, 
mujer  de  Arnaldo  de  Avinyó. 

Vase  6  Vace,  Se  habla  de  un  poeta  de  este  nombre 
que  debió  existir  por  los  años  de  ii55. 

Hubo  á  más  algunos  poetas  y  escritores  anónimos,  de 
cuyas  obras,  pero  no  de  cuyos  nombres,  se  tiene  noticia. 

PROSPERIDAD  Y  ACRECENTAMIENTO  DE  CATALUÑA. 

Arrojados  los  moros  del  territorio  catalán,  pudieron 
las  ciudades  y  villas  irse  poblando  y  extendiendo,  al 
propio  tiempo  que  en  todas  partes  nacían  nuevos  cen- 
tros de  población  que  llamaban  á  sí  la  vida  del  comer- 
cio, de  la  agricultura  y  de  la  industria. 

1  Véase  á  Henry  en  su  Historia  del  Rosellón^  pág.  56  de  la  intro- 
ducción, y  nota  3.*  del  tomo  I;  al  mismo  autor  en  su  Guia  por  Rosellón, 
págs.  137  y  13B;  á  Puiggari  en  los  artículos  que  sobreesté  asunto  di6  á 
luz  en  el  periódico  de  Perpifián  Le  J^Ucateur;  y  á  Ra3niouard  en  su 
Colección  de  trovadores. 


HISTORIA   DE   CATALUÑA* — LIB.    V.    CAP.   X.  9I 

£l  cinturón  de  la  fortislma  muralla  romana  ahogaba 
ya  y  oprimía  á  Barcelona,  que  tenía  necesidad  de  más 
espacio  y  vida.  No  es  de  extrañar,  pues,  que  el  mura 
fuese  roto  durante  la  éppca  de  Ramón  Berenguer  IV. 
£1  impulso  y  desarrollo  que  había  tenido  la  marina, 
comenzó  á  atraer  á  la  población  hacia  el  mar.  Infinidad 
de  casas,  levantadas  casi  todas  ellas  por  familias  que 
vivían  del  comercio  y  de  las  artes,  se  apiñaban  junta  á 
la  iglesia  de  Santa  María,  habiendo  tomado  el  nombre 
de  vilanova  (villa  nueva).  El  llano  y  arenales  que  exis- 
tían junto  al  gótico  templo,  fueron  cambiándose  como 
por  encanto  en  una  ciudad  llena  de  animación.  Por  los 
años  de  ii53,  un  Guillermo  de  Moneada,  que  no  pare- 
ce fuese. de  la  casa  de  los  barones  de  este  apellido, 
compró  en  aquel  nuevo  burgo  de  Barcelona  y  en  el 
arenal  antedicho,  un  gran  pedazo  de  tierra  donde  edificó 
unas  grandes  casas,  que  dieron  principio  á  la  calle  que 
aun  hoy  continúa  llamándose  de  Moneada  i. 

Al  par  que  Barcelona,  iban  creciendo,  formándose  y 
desarrollándose  otras  poblaciones.  Vich  tenía  también 
que  ensancharse  por  aquel  tiempo,  y  de  este  siglo  datan 
sus  tres  hospitales  para  los  leprosos,  para  los  pobres  y 
para  los  peregrinos. 

Manresa  debía  ser,  á  fines  de  este  siglo,  una  ciudad 
floreciente,  según  se  desprende  del  diccionario  de  sus 
calles,  plazas  y  monumentos  que  se  halló  entre  los  pa- 
peles del  monasterio  de  Bages  2.  Se  ve  que  los  judíos 
tenían  un  barrio  en  esta  ciudad,  que  había  en  ella  mu- 
chas industrias,  que  disponía  de  dos  cementerios  y  con- 
taba con  trece  iglesias. 

En  el  mismo  siglo  xii  comienza  á  desarrollarse  la 

1     Pujades.  lib.  XVIU,  cap.  XXXVU. 
>    2     Ensayos  kistáricos  sobre  Manresa,  por  Mas  y  Casas,  pág.  42.  Pue- 
de verse,  para  mayores  detalles,  lo  que  digo  en  mi  obra  Manresa  y  Car» 
dona. 


92  VÍCTOR  BALAGUER 

ciudad  de  Mataró^  llamada  aún  entonces  Civiias  frada, 
según  parece;  si  bien  la  verdadera  importancia  de  esta 
población  marítima,  como  todas  las  de  la  costa,  data  de 
la  época  en  que  sus  moradores  se  vieron  libres  de  las 
excursiones  y  piraterías  de  los  moros  baleares  con  la 
conquista  de  estas  islas. 

Junto  á  Barcelona  existe  un  pueblo  que  se  llama  San 
Martin  de  Provenzals,  y  cuyo  origen  remonta  la  tradi- 
ción á  este  siglo  y  á  la  circunstancia  siguiente.  Después 
de  efectuado  el  enlace  de  Ramón  Berenguer  III  con 
Dulce  de  Provenza,  el  conde  quiso  mostrarse  hospita- 
lario y  galante  con  los  señores  proveníales  que  habían 
venido  á  estas  tierras  acompañando  á  su  esposa.  A  este 
efecto,  les  concedió  algunas  tierras  de  los  alrededores  de 
Barcelona,  señalándoles  y  dándoles  las  que  estaban  jun- 
to á  una  capilla  ó  ermita  consagrada  á  San  Martin. 
Estableciéronse  dichos  señores  en  este  territorio,  y  de 
aquí  el  nombre  de  San  Martin  deis  Provenzals,  ó  sea  San 
Martin  de  los  Provenzales.  Ignoro  lo  que  pueda  tener  de 
cierto  esta  tradición,  pero  es  muy  valedera  y  aceptable. 

Data  también  de  este  mismo  siglo  la  villa  de  Saba- 
dell,  que  viene  siendo  célebre  desde  el  xiv  por  su  fabri- 
cación de  paños.  Se  tiene  noticia  de  que  á  últimos  del 
siglo  XI,  sin  saberse  cómo  la  adquirió,  tenía  la  ciudad 
de  Barcelona  la  baronía  y  señorio  del  castillo  de  Rabo- 
na y  su  término.  Junto  á  este  castillo  se  fundó  Saba- 
dell,  que  continuó  perteneciendo  á  Barcelona  hasta 
1236.  Sabadell  comenzó  á  crecer  en  importancia  y  ate- 
ner desarrollo,  gracias  primero  á  ser  un  mercado  famo- 
so en  Cataluña,  y  luego  á  sus  fábricas  de  paños  que  co- 
menzaron en  el  siglo  xin  y  que  en  el  xiv  gozaban  ya 
de  gran  crédito  1. 

a 

1  Anales  de  Sabadell,  de  D.  Antonio  Bosch,  curioso  manuscrito  que 
tt  guarda  en  el  archivo  de  esta  villa.  Véase  también  lo  que  digo  en  mi 
monografía  La  industriosa  SabadelL 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LlB.  V.   CAP.   X.  93 

BI  campo  de  Tarragona  fué  poblándose  en  esta  épo- 
ca.  A  fines  del  siglo  de  que  se  trata^  ya  existían  en  el 
campo  casi  todas  las  poblaciones  actuales,  y  á  más  una 
infinidad  de  fortalezas,  destruidas  en  el  día.  Una  bula 
del  papa  Celestino  III,  dirigida  al  arzobispo  y  cabildo 
de  la  iglesia  de  Tarragona,  aprueba  noventa  iglesias  de 
la  diócesis;  hace  mención  de  las  abadías^  monasterios 
y  fortalezas  que  había  en  el  campo,  y  da  idea  de  los 
muchos  lugares  y  villas  que  existían  en  aquellos  con* 
tomos  1 .  Los  condes  de  Barcelona  por  una  parte,  los 
arzobispos  de  Tarragona  por  otra,  como  señores  del 
campo,  concedían  franquicias  á  los  que  iban  á  poblar 
ciertos  términos,  fundando  núcleos  de  villas  y  lugares, 
algunos  de  los  cuales  debían  hacerse  célebres  con  el 
tiempo.  Asi  tuvieron  origen  Riudoms,  en  ii5o;  la  Bue- 
lia,  en  el  mismo  año;  el  Burga,  en  ii52;  Salou,  en  el 
mismo  año  2;  Cambríls,  en  11 54;  Barenys  y  Vilavert^ 
en  ii55;  Albiol  y  Baurell,  en  ii58;'Constantí  y  Villa- 
seca,  por  lo^  mismos  años,  y  Alforja;  en  iigo  3. 

Al  mismo  tiempo  seguía  Reus  engrandeciendo  su 

1  Copiada  del  archivo  arzobispal,  transcribe  esta  bula  D.  Andrés  de 
Boíanill  en  sus  Anales  de  ^eus,  tomo  I,  documento  de  letra  F. 

2  Ya  sabemos  que  Salou,  Sahuris^  es  pueblo  de  antigdedad  roma- 
na. Sin  embargo,  no  quedan  vestigios.  En  aquella  hermosa  playa  y  fa* 
mosisimo  puerto,  no  existe  un  solo  recuerdo  de  los  dominadores  del 
mundo.  Cuenta  Andrés  de  Bofarull,  en  sus  Anales  de  Rtus  (tomo  I,  pá- 
gina 25),  que  en  24  de  Julio  de  1 152,  Pedro  de  Ragusa  ó  Rasussa  po- 
bló el  término  de  Salou;  pero  en  la  donación,  se  le  impuso  la  obliga- 
ción de  edificar  un  castillo  cerca  del  mar,  y  á  sus  costas  armarlo  y  guar- 
necerlo con  gente  de  guerra,  teniendo  á  más  que  edificar  una  villa  y  bus- 
car gente  para  poblarla.  Pot  lo  que  dice  Zurita  (lib.  II  de  sus  AnaUs^ 
cap.  XLVII),  veo  que  en  1196  el  rey  D.  Alfonso  habla  hecho  merced 
del  puerto  de  Srlou,  y  de  otros  heredamientos  en  el  campo  de  Tarrago- 
na, á  D.  Jimeno  de  Artusella. 

3  En  el  término  de  esta  villa  existía  entonces  una  mina  de  plata,  que 
en  el  acta  de  donación  del  pueblo  y  su  término,  se  reserva  para  sí  la 
reina  Dofia  Sancha,  esposa  de  Alfonso  el  Casto, 


94  VÍCTOR  BALAGUE» 

recinto,  dice  el  cronista  de  esta  ciudad;  y  por  cau 
su  posición  topográfica  inmediata  á  la  sierra,  ur 
los  primeros  objetos  que  llamaron  la  atención  de  si 
ñores  fué  fortificar  en  parte  su  nueva  villa,  portem 
los  imprevistos  ataques  que  no  sin  fundado  moti' 
podían  amagar,  valiéndose  sus  enemigos  de  los  ve 
barrancos  de  que  aún  se  halla  rodeada.  Para  pre 
tamaña  desgracia  y  para  mayor  seguridad  de  sus 
res,  ediñcaron  un  castillo.  A  últimos  del  siglo  x 
villa  pertenecía  á  dos  distintos  señores  y  estaba  d 
da  su  jurisdicción  bajo  el  man^o  de  los  dos  bayli 
presentantes  y  nombrados  cada  uno  por  su  respe 
señor,  que  eran  el  arzobispo  de  Tarragona  y  el  ca 
de  Reus.  Tenía  entonces  esta  última  dignidad  la 
lia  Bell-lloch,  que  había  sucedido  á  la  de  Castelle 
Mientras  Cataluña  iba  poblándose,  ensanchánd 
creciendo,  sucedía  lo  propio  con  el  Rosellón.  Per] 
mejoró  mucho  con  las  medidas  dictadas  por  Alfoi 
Cosío,  que  hasta  intentó  cambiar  el  asiento  de  la  cii 
transportándola  á  la  inmediata  colina  llamada  P 
San  Jaime;  sí  bien  las  reclamaciones  de  los  habit 
que  tenían  ya  sus  intereses  creados,  le  obligaron  á  \ 
de  resolución  > . 

INSTITUCIONES   MUNICIPALES. 

He  aquí  una  de  las  grandes  glorias  y  una  de  lac 
brillantes  páginas  de  nuestro  país.  El  siglo  xii  vi6 
pura  y  hermosa  para  nuestra  Cataluña,  la  auroi 
pléndida  de  las  libertades  municipales,  principio 
mienzo  del  progreso  social,  que  tanto  caminos 
destinado  á  andar  en  estas  tierras. 

Por  todas  partes,  con  el  establecimiento  de  las 
nicipalidades,  las  poblaciones  fueron  ensanchánd 

1     Jaubert-Campagne;  InililtKiimts  luiaticipaUj  dt  Perfüián.  p 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.   V.    CAP.    X.  95 

centros;  es  que  los  pueblos,  como  los  hombres,  necesi- 
tan aire  libre  y  vivificante  para  sus  pulmones.  Por  to- 
das partes  se  modificaron  las  costumbres,  se  remedia* 
ron  las  necesidades,  se  combatieron  las  exigencias  in- 
justas, se  ahogaron  las  obligaciones  despóticas,  se 
hicieron  más  intimas  las  relaciones  de  sociedad  y  fami- 
lia, se  dio  vida  á  las  artes,  impulso  al  comercio,  vigor 
á  la  industria;  por  todas  partes  con  ello  la  civilización 
marchó  en  alas  del  progreso,  y  leyes  más  benéficas,  más 
justas  y  más  propias,  leyes  que  más  de  cerca  remedia- 
ban el  daño,  combatían  el  abuso  ó  laureaban  el  mérito, 
extendieron  sobre  los  hal>ítantes  de  las  municipalidades 
su  égida  protectora.  El  estandarte  de  una  población  li- 
bre, que  el  ciudadano  tuvo  desde  entonces  derecho  de 
ondear  triunfante  en  lo  alto  de  sus  torres ,  llamó  á  su 
seno  al  hombre  que,  aislado  en  la  soledad  de  los  cam- 
pos, vivía  miserablemente  la  vida  de  los  reptiles  bajo 
los  muros  del  castillo  feudal. 

Desde  el  momento  en  que  el  hombre  aprendió  á 
conocer  sus  derechos  y  sus  deberes  con  el  estableci- 
miento de  las  municipalidades;  desde  el  instante  en  que 
se  vio  libre  de  la  servidumbre  y  devuelto  á  sus  derechos 
naturales,  que  la  opresión  y  el  feudalismo  le  hicieran 
desconocer;  desde  el  punto  mismo  en  que  ya  no  fué  cosa 
sino  persona,  acudió  al  centro  y  patria  común  de  los  hom- 
bres libres,  al  seno  de  las  municipalidades,  para  prestar 
á  las  artes,  á  las  ciencias,  á  la  industria,  al  comercio, 
en  una  palabra,  al  progreso  y  á  la  civilización,  el  apoyo 
de  su  brazo,  de  su  talento,  de  sus  recursos,  de  su  vida. 

Nuestra  Cataluña  vio  en  el  siglo  xii  nacer  esa  nueva 
aurora  de  un  nuevo  porvenir.  Cedamos  ahora  por  un 
momento  la  palabra  al  ilustre  Capmany  i.  «El  conde 

1  Mevtorifu  históricas^  tomo  I,  parte  3.*  de  las  antiguas  artes  de 
Barcelona^  pág.  3. 


96  VÍCTOR  BALAGUER 

de  Barcelona,  Ramón  Berenguer  IV ,  empeñado  en 
contrabalancear  el  poder  de  los  barones,  que  oponían 
un  fuerte  antemural  contra  el  ejercicio  soberano  del 
Príncipe,  adoptó  el  pensamiento»  ya  imaginado  enton- 
ces por  otros  soberanos  de  Europa,  de  conceder  nuevos 
privilegios  á  las  ciudades  situadas  en  su  dominio  patri- 
monial... En  virtud  de  estos  privil^os,  llamados  ChaZ' 
Ue  Universitatis,  se  restituyó  la  libertad  á  los  vecinos  de 
muchas  villas  y  lugares,  borrando  toda  señal  de  servi- 
du^nbre,  y  se  erigieron  los  comunes  ó  cuerpos  munici- 
pales en  todas  las  ciudades,  gobernadas  por  un  consejo, 
que  se  componía  de  magistrados  elegidos  de  entre  sus 
mismos  moradores :  en  unos  pueblos  intitulados  Cond- 
liarii;  en  otros.  Cónsules;  en  otros,  Jurati,  y  en  otros 
Paciarii,  Estos  magistrados  gozaban  el  derecho  de  un 
poder  supremo  en  todo  lo  tocante  á  su  gobierno  econó- 
mico; podían  administrar  justicia  privativamente,  en 
ciertos  casos,  dentro  del  pueblo  y  su  comarca;  imponer 
gabelas  y  arbitrios  para  las  necesidades  públicas;  ejer* 
citar  su  milicia  urbana  para  la  defensa  común  6  para  el 
servicio  del  Príncipe,  y  algunos  tuvieron  la  prerrogativa 
de  acuñar  moneda.  En  menos  de  un  siglo  todas  las  ciu- 
dades y  muchas  villas  de  Cataluña,  destituidas  hasta 
entonces  de  fueros  y  jurisdicción  gubernativa,  llegaron 
á  echar  los  cimientos  de  su  libertad  política. » 

Sólo  me  atreveré  á  añadir  á  lo  que  dice  Capmany, 
que  Ramón  Berenguer  IV  no  hizo  en  este  punto  sino 
seguir  el  impulso  que  había  ya  comenzado  á  dar  Ramón 
Berenguer  lU.  Muchas  ñieron,  en  efecto,  las  villas  y 
poblaciones  catalanas  que  en  el  siglo  xii  tuvieron  su 
carta.  La  obtuvieron  Tortosa,  Lérida,  Gerona,  Tarra* 
gona,  Reus;  la  tuvo  Perpiñán,  siendo  de  advertir  que  la 
de  esta  ciudad,  como  tendremos  ocasión  de  hacer  ob- 
servar en  el  próximo  capítulo,  es  la  más  antigua,  bajo 
el  punto  de  vista  de  libertad  municipal,  por  la  forma  en 


HISTORIA    DE   CATALUÑA. — LIB.   V.    CAP.    X.  §7 

que  se  halla  y  por  ser  el  pueblo  quien  se  le  da  á  sí  mis- 
mo, y  no  el  rey  quien  se  la  otorga. 

De  todos  modos  y  pronto  podremos  juzgar  de  los  in- 
mensos beneficios  que  el  régimen .  municipal  reportó  á 
nuestro  país.  Ya  veremos  cómo  este  santo  principio  de 
libertad  civil  y  política  ^  siempre  respetado  por  el  sobe- 
rano, que  no  faltó  jamás  en  sujetar  á  él  las  decisiones 
reales  cuando  eran  contrarias  á  las  leyes,  siempre  tam- 
bién respetado  por  el  pueblo,  que  más  de  una  vez*apeló 
á  las  armas  para  defenderle,  es  á  lo  que  debe  Barcelo- 
na, la  capital  del  Principado,  figurar  algunas  veces 
como  única  en  la  lista  de  las  ciudades  defensoras  y  pro- 
tectoras de  los  derechos  populares.  De  este  principio  es 
también  del  que  salió  una  magistratura  ciudadana,  como 
pocas  ciudades  pueden  contarla  en  sus  anales ;  magis- 
tratura que,  al  perpetuarse  de  edad  en  edad,  y  al  legar- 
se, como  herencia  sagrada,  la  honradez  y  la  justicia, 
empezó,  continuó,  terminó  y  mejoró  un  código  de  leyes 
municipales  que  á  cada  página,  á  cada  párrafo,  á  cada 
linea  prueba,  de  una  manera  irrecusable,  cuánto  era  el 
amor  que  sentían  por  la  patria  nuestros  padres,  cuánta 
la  adhesión  que  á  sus  conciudadanos  y  á  sus  libertades 
profesaban. 

MARINA,   ARTES,    INDUSTRIA  Y  COMERCIO. 

Se  puede  decir  que  el  comercio,  la  industria  y  la  mad- 
rina de  Cataluña  nacieron  con  Ramón  Berenguer  III; 
al  menos,  en  su  época  y  en  su  reinado  comenzaron  á 
brillar  y  arraigarse.  En  su  reinado  y  en  su  época  hay 
que  ir  á  buscar  el  germen  de  prosperidad  en  estos  ramos 
que  tan  grandes  resultados  debía  traer  al  país. 

La  empresa  contra  las  Baleares  llevada  á  cabo  por 
Ramón  Berenguer  el  Grande,  el  viaje  del  conde  á  Ita- 
lia con  una  flota  catalana,  el  tratado  con  el  wali  de  Lé- 

TOMO  XI  7 


gS  vfCTOR   BALAGUER 

rida  de  que  se  ha  hablado  en  el  cap.  VIII  del  libro 
anterior^  el  tratado  con  Genova  y  Montpeller^  de  que  se 
ha  dado  cuenta  en  el  cap.  IX  del  mismo  libro >  la  em- 
presa contra  Almería»  y  otras  y  otras  noticias  que  tene- 
mos de  aquellos  tiempos,  dan  una  idea  clara  y  exacta 
del  poder  de  nuestra  marina  en  el  siglo  xii. 

Nuestro  conde  tenía  ya  una  escuadra  permanente  á  la 
que  vemos  frecuentar  el  puerto  de  Genova,  y  recibir  allí, 
y  á  cuenta  del  soberano ,  socorros  pecuniarios  que  le 
daba  Amaldo  de  Bell-lloch,  agente  consular  6  mercan- 
til, ó  acaso  embajador  del  príncipe  i. 

Suenan  ya  entonces  los  nombres  de  dos  almirantes 
catalanes,  el  de  Galcerán  de  Pinos ,  en  la  conquista  de 
Almería,  y  el  del  Dalmau  de  Plegamans,  más  tarde. 

En  1 149,  al  partir  el  conde  á  Provenza^  un  ciudada- 
no de  Barcelona,  llamado  Ramón  Berenguer  de  Mon- 
eada, hizo  construir  dos  galeras  en  la  playa  de  la  ciudad, 
delante  de  la  actual  bajada  de  Viladecols,  y  dio  su  man- 
do al  marino  barcelonés  Ramón  Durfort  2. 

En  ii5i ,  el  mismo  conde  daba  á  mandar  una  de  sus 
galeras  á  Amaldo  de  Moneada. 

En  1 154,  los  barceloneses  Berenguer  de  Sarria  y  Ra- 
món de  Olset  construían  otras  dos  galeras ,  en  servicio 
del  conde,  y  una  de  ellas,  llamada  la  Sarríana,  era  con- 
fiada después  por  el  príncipe  al  mando  de  otro  barce- 
lonés llamado  Berenguer  Riudeperes. 

Es  el  siglo  XII  la  primera  época  de  la  marina  catalana. 

Aunque  las  islas  Baleares  cayeron  otra  vez  en  manos 
de  los  sarracenos,  las  treguas  que  los  reyes  de  Aragón 
tuvieron  la  política  de  convenir  y  renovar  con  los  de  Ma- 
llorca, dejaban  libres  y  seguros  los  mares  por  largas 
temporadas,  y  de  este  modo  creció  tan  notablemente  la 

1  Pujades,  tomo  VIII,  pág.  448.— Piferrer,  tomo  11  de  Caialuña., 
página  155. 

2  ídem  id. 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.    V,    CAP.    X.  99 

navegación  exterior  de  los  catalanes ,  que  durante  todo 
el  siglo^  y  en  mayor  escala  aún  á  principios  del  xiii ,  se 
hicieron  comunes  los  viajes  desde  Barcelona  á  Egipto, 
Ceuta,  y  otras  partes  de  Berbería  i. 

Por  lo  que  toca  al  comercio,  aceptemos  los  datos  que 
nos  ofrece  Capmany  en  la  obra  que  escribió  á  costa  de 
no  poco  estudio,  vigilias  y  desvelos.  Dice  ,  pues,  este 
autor,  que  Barcelona  empezó  desde  el  siglo  xil  á  ser  un 
puerto  abierto  á  todas  las  naciones  entonces  conocidas. 
Por  esta  sabia  máxima  de  no  excluir  á  ninguna  de  su 
contratación,  sin  tener  grandes  motivos,  vino  á  ser  uno 
de  los  primeros  emporios  del  Mediterráneo.  Bajo  el  go- 
bierno de  Ramón  Berenguer  IV,  cree  Capmany  que 
empezaron  Barcelona  y  los  demás  pueblos  marítimos 
de  Cataluña  á  ser  frecuentados  de  genoveses  y  pisanos, 
porque  es  muy  verosímil  que  antes  de  aquel  tiempo  no 
hubiesen  visitado  las  costas  de  España  ni  tenido  comu- 
nicación con  sus  puertos ,  que  estaban  en  poder  de  los 
sarracenos,  ó  eran  asolados  por  sus  piratas.  Por  lo  que 
respecta  al  siglo  xii^  no  cabe  duda,  pues  se  tienen  noti- 
cias exactas  de  que  los  pisanos  y  los  genoveses  tenían 
con  nosotros  un  continuo  tráfico  2. 

Con  la  conquista  de  las  Baleares,  llevada  á  cabo  por 
Ramón  Berenguer  el  Grande,  aumentó  notablemente  la 
navegación  de  los  extranjeros  hacia  nuestras  costas;  se 
desprende  así  de  un  documento  por  el  cual  el  conde 
hizo  donación  á  la  iglesia  de  Barcelona,  en  ii32,  del 
diezmo  de  las  gabelas  que  se  exigían  á  las  naves  que 
entraban  ó  salían  del  puerto,  ó  pasaban  por  el  mar  de 
su  imperio  3. 

1  Capmany  :  Mgmorias  históricas,  parte  primera  de  la  marina  bar- 
€elontsa^  pág.  12. 

2  Capmany  :  Memorias  históricas^  parte  segunda  del  antiguo  cotner- 
€Ío^  pág.  24. 

3  Id.:  Memorias  históricas,  tomo  ü,  colección  diplomática,  núm.  2. 


lOO 


VÍCTOR  BALAGUER 


Benjamín  de  Tudela  visitó  á  Barcelona  en  ii5o  cuan- 
do pasaba  á  Jerusalén  desde  Toledo,  y  en  el  itinerario 
de  su  viaje  escribe  de  ella  las  siguientes  palabras:  «Bar- 
celona es  ciudad  marítima,  aunque  reducida,  muy  be- 
lla y  hermosa:  es  muy  frecuentada  de  negociantes,  y 
acuden  á  ella  mercaderes  de  todos  los  países,  de  Grecia, 
de  Pisa,  de  Genova,  de  Sicilia,  de  Alejandría,  de  Egip- 
to, de  todas  partes  U 

Capmany  observa  que,  si  Cataluña  no  hubiese  sumi- 
nistrado algunos  renglones  para  la  exportación,  no  hu- 
biera subsistido  largo  tiempo  esa  concurrencia  de  fabri- 
cantes extranjeros,  á  no  ser  que  Barcelona  fuese  enton- 
ces el  depósito  general  de  las  mercaderías  de  Oriente 
para  distribuirlas  á  las  provincias  interiores  de  España; 
y  esto  último  es  tanto  más  verosímil,  cuanto  que  hasta 
mediado  el  siglo  xiii,  en  que  fueron  recobradas  Valen- 
cia y  Sevilla,  ninguna  provincia  tuvo  comercio  propio* 

Caffaro,  en  sus  Anales  de  Genova^  habla  de  un  tratado 
concluido  en  Provenza  entre  aquella  república  por  una 
parte,  y  el  rey  D.  Alfonso  el  Casto  por  otra.  Mediante 
este  convenio,  que  se  firmó  en  1167,  Genova  se  obligó 
á  socorrer  á  Alfonso  para  tomar  el  castillo  de  Albarón 
con  cuatro  galeras;  y  Alfonso  se  comprometió  á  que  los 
pisanos  fuesen  extrañados  de  sus  dominios  sin  poder 
ser  admitidos  en  lo  sucesivo,  con  la  condición  de  que 
cuantos  á  la  sazón  se  encontraran  traficando  en  ellos, 
fuesen,  personas  y  efectos,  entregados  á  los  cónsules  de 
la  nación  genovesa.  Capmany,  que  traslada  lo  que  es- 
cribe Caffaro,  dice  que  el  tráfico  que  los  pisanos  hacían 
en  Barcelona  y  en  los  demás  puertos  de  los  dominios 
del  rey  de  Aragón  D.  Alfonso  el  Casto,  llegó  á  causar 
celos  á  sus  rivales  los  genoveses,  y  que  éstos  tuvieron 


1     Bergerón:  Recudí  de  voyages,  tomo  II:  itínerariwn  Btnjamims  de 
lúdela. 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.   V.    CAP.   X.        101 

influencia  en  la  corte  de  D.  Alfonso  para  ajustar  dicho 
tratado.  Lo  mismo  dicen  los  Sres.  Pí,  siguiendo  á  Cap- 
many,  en  su  capítulo  sobre  el  comercio  de  Catalu- 
ña 1.  Bien  pudiera  ser,  sin  embargo,  que  el  primero  de 
estos  autores,  con  su  mucha  autoridad,  hubiese  hecho 
incurrir  en  cierto  error  á  los  otros,  aunque  también  pu- 
diera ser  que  fuese  yo  quien  anduviese  errado  en  este 
punto. 

El  tratado  de  que  habla  Caffaro,  y  con  referencia  á 
él  Capmany,  se  efectuó  en  1167,  antes  de  la  toma  de 
Albarón,  que  tuvo  lugar  realmente,  según  hemos  visto, 
en  dicho  año,  insiguiendo  el  modo  de  contar  de  ciertos 
escritores,  aun  cuando  para  otros  fué  en  1166.  El  rey 
D.  Alfonso  de  Aragón  acababa  de  llegar  entonces  á  la 
Provenza  titulándose  heredero  de  Ramón  Berenguer, 
conde  de  aquel  país,  que  había  fallecido  bajo  los  muros 
de  Niza.  Como  el  conde  de  Tolosa  le  disputaba  la  po- 
sesión de  la  Provenza,  ambos  príncipes  se  declararon  la 
guerra.  Los  pisanos  eran  partidarios  del  conde  de  To- 
losa, y  recordarán  mis  lectores  que  los  genoveses,  antes 
de  morir  el  conde  de  Provenza,  y  en  el  año  11 65,  fir- 
maron con  él  un  tratado,  mediante  el  cual  el  conde  se 
comprometió  por  4.000  sueldos  melgarienses  á  no  per- 
mitir que  ningún  buque  de  Pisa  abordase  á  las  costas 
de  sus  dominios.  Así,  pues,  el  rey  D.  Alfonso,  sucesor 
de  Ramón  Berenguer  en  el  condado  de  Provenga,  se 
encontró  naturalmente  enemigos  á  los  pisanos,  y  reno- 
vó con  los  genoveses  el  tratado  que  su  antecesor  había 
concluido  con  ellos.  De  esta  manera  me  explico  la  con- 
ducta del  rey  Alfonso,  y  la  hallo  lógica  y  prudente.  No 
fué,  pues,  por  ser  más  afecto  á  la  idealidad  de  la  poesía 
provenzal  que  al  positivismo  del  comercio  patrio,  como 
han  dicho  los  Sres.  Pí,  por  lo  que  el  rey  Alfonso  firmó 

1     Barcelona  antigua  y  moderna^  tomo  11,  pág.  65. 


I02 


VÍCTOR  BALAGUBR 


él  tratado  con  los  genoveses  en  perjuicio  de  los  písanos, 
sino  porque  éstos  eran  sus  contraríos,  y  aquéllos  sus 
aliados,  y  sabido  es  que  todos,  sin  exceptuar  á  los  reyes, 
son  amigos  de  sus  amigos,  y  enemigos  de  sus  enemigos. 

Desde  fines  del  siglo  xii,  posee  Cataluña  artes  y  ofi- 
cios conocidos;  pero  las  principales  memorias  que  tene- 
mos pertenecen  al  xiii,  al  llegar  á  cuya  época  nos  ocu- 
paremos de  ello  detenidamente.  Las  artes  mecánicas, 
lustre,  ser  y  progreso  de  ima  nación,  florecieron  desde 
muy  antiguo  en  Cataluña,  fabricándose  bajeles,  naos  y 
diversas  embarcaciones,  labrándose  el  oro,  hierro,  pla- 
ta, y  los  demás  metales  con  primor,  tejiéndose  paños, 
sedas  y  toda  clase  de  ropas  U 

Hijas  las  artes  de  la  paz  y  de  la  libertad,  no  echaron 
verdaderas  raices  en  el  Principado,  hasta  tanto  que  una 
y  otra  establecieron  allí  su  dominio.  Barcelona,  coma 
madre  amante,  las  acogió  á  todas.  Capital  y  corte  de 
los  condes-reyes,  importante  por  su  comercio,  abierto 
su  puerto  á  mercancías  y  negociantes  de  todo  el  mun- 
do, centro  de  actividad  y  vida,  teniendo  sus  moradores 
el  goce  de  una  libertad  política  envidiable,  y  comenzan* 
do  á  revestirse  su  gobierno  municipal  de  aquella  forma 
democrática  que  la  hizo  tan  célebre  y  le  dio  tanta  im- 
portancia y  fuerza,  Barcelona  dio  hospitalidad  á  la  in- 
dustria desde  el  siglo  de  que  hablamos,  y  atrajo  á  si  á. 
todos  los  artífices.  Próximamente  nos  ocuparemos  de  la 
antigüedad  de  sus  famosos  gremios,  y  veremos  florecer 
sus  artes  é  industria. 

COSTUMBRES. 


Seguían  las  costumbres  ofreciendo  su  deplorable  es- 
pectáculo. Las  Constituciones  de  paz  y  tregtM,  impuestas 
por  nuestro  Alfonso  á  los  señores  feudales  del  Rosellón, 

1     Fénix  de  Cataluña,  cap.  IV. 


HISTORIA  DE   CATALUÑA.-— LIB.   V,    CAP.   X.        IO3 

prueban  bien  claramente  que  fué  preciso  tomar  enérgi- 
cas medidas  para  garantir  el  respeto  á  las  iglesias ,  la 
seguridad  de  las  familias,  la  de  los  viajeros,  etc.,  etc. 

El  fatal  estado  de  las  costumbres  lo  demuestra  tam- 
bién la  sola  lectura  de  este  libro  V.  Las  continuas  lu- 
chas entre  los  señores;  la  incesante  renovación  de  con- 
venios, á  cada  paso  violados;  las  mutuas  ñanzas  que 
debían  darse  las  partes  contratantes,  todo  explica  que 
reinaban  la  mala  fe  y  el  egoísmo.  Nada  era  respetado 
en  esta  época,  lo  mismo  las  casas  religiosas  que  las 
particulares ;  muchos  señores,  al  morir,  ponían  sus  viu- 
das é  hijos  bajo  la  protección  de  otros  señores  en  esta- 
do de  defenderlos;  otros  hacían  pagar  ciertas  sumas  á 
los  establecimientos  religiosos  para  acudir  en  su  auxi- 
lio; los  había  que  se  lanzaban  á  los  caminos  convirtién- 
dose en  bandidos  para  despojar  á  los  viajeros,  y  la  ma- 
yoría de  ellos  disponían  de  los  bienes  de  sus  vasallos 
como  délos  suyos  propios,  atentando  á  lo  más  sagrado, 
á  lo  más  santo  y  á  lo  más  puro. 

La  trágica  aventura  del  trovador  Guillermo  de  Ca- 
bestany,  suponiéndola  cierta — y  cuando  no  lo  fuese  hay 
ejemplos  de  otras  muy  parecidas, — nos  da  una  idea  de  la 
ferocidad  de  costumbres  de  algunos  grandes  señores  del 
siglo  XII,  y  el  testamento  del  último  conde  del  Rose- 
Ilón  nos  demuestra  los  males  que  producían  las  guerras 
privadas  y  la  inmoralidad  de  los  personajes  más  emi- 
nentes: deja  el  encargo  á  sus  ejecutores  testamentarios 
de  hacer  las  restituciones  convenientes  á  aquellos  por  él 
despojados  y  robados ;  á  este  fin ,  es  decir ,  en  clase  de 
restitución,  lega  diferentes  sumas  á  los  habitantes  de 
PoUestres,  de  Candell,  de  Banyuls,  de  Villamolaca ,  de 
Canamals,  de  Maurellas,  de  Peirestortes  y  de  otros  lu- 
gares, pro  malefacto  quod  eis  feci;  manda  restituir  150 
sueldos  melgarienses  á Pedro  Martin,  habitante  de  Per- 
piñán,  pro  dampno  quod  ei  intulit  quídam  lairo ;  y  deja 


I04  VÍCTOR  BALAGUER 

la  manda  de  i  .000  sueldos  melgarienses  para  vestir  á  100 
pobres,  en  restitución  de  la  parte  que  tuvo  en  el  robo 
efectuado  por  cierto  Ponce  de  Navaga  {pro  parte  latro- 
cina Poniii  de  Navaga  quatn  ego  habui). 

MONUMENTOS. 

Fué  el  XII  el  siglo  de  oro  para  las  artes  en  Cataluña. 
Son  muchos,  muy  importantes  y  muy  notables  los  mo- 
numentos que  datan  de  aquella  época. 

El  precioso  monasterio  de  San  Pablo  del  Campo  en 
Barcelona,  de  que  tantas  veces  se  ha  hablado,  se  res- 
tauró en  1 1 17.  Un  piadoso  varón,  Guitardo  óWitardo, 
quizá  de  la  familia  condal  de  Barcelona ,  y  su  esposa 
Rotlanda,  acudieron  á  la  restauración  del  monumen- 
to, levantado  por  el  segundo  de  los  condes  indepen- 
dientes 1. 

Un  monumento  más  sencillo  y  humilde  se  levantaba 
también  á  poco,  extramuros  de  la  ciudad  entonces,  pero 
ya  en  medio  de  los  arrabales  de  la  ciudad  nueva.  Era 
la  capilla  llamada  de  Marcús,  que  existe  aún  hoy  en  la 
plazuela  de  este  nombre.  Fué  consagrada  á  Nuestra 
Señora  de  la  Guía,  pero  tomó  el  nombre  de  su  funda- 
dor Bernardo  Marcús,  ciudadano  opulento,  dueño  de 
muchas  casas  en  la  ciudad  y  de  muchas  fincas  en  el  te- 
rritorio, que  murió  en  1166,  después  de  haber  fundado 
un  hospital,  de  haber  ayudado  con  su  dinero  al  conde 
de  Barcelona  y  de  haber  comenzado  esta  capilla ,  que 
terminaron  sus  hijos  por  legado  suyo  2. 

1  Piferrer :  Cataluíía,  tomo  I,  pág.  75,  y  tomo  II,  pág.  169. 

2  Piferrer:  Cataluña^  tomo  II,  pág.  170. — Guia- cicerone^  de  Bofa- 
rull  (Antonio). — Barcelona  antigua  y  moderna^  de  Pí. — Se  dan  curiosas 
noticias  de  este  comerciante  barcelonés,  Bernardo  Marcús,  en  una  obra 
manuscrita  con  el  titulo  de  Barcelona  antigua  y  moderna  que  escribid 
el  P.  Raimundo  Ferrer,  y  que  se  conserva  en  la  biblioteca  de  San  Juan 
(Sala  de  Manuscritos). 


1 


HISTORIA.  DE  CATALUÑA. — LIB.   V.    CAP,   X,         IO5 

En  1 146  comenzó  á  levantarse  la  iglesia  de  Santa 
Ana  por  solicitud  y  cuidado  de  los  miembros  del  Santo 
Sepulcro  de  Jerusalén,  que,  aceptando  las  proposicio- 
nes del  conde  Ramón  Berenguer  IV,  habían  venido  á 
Barcelona,  extramuros^  y  en  el  terreno  que  se  les  donó 
del  arrabal  que  se  iba  formando  hacia  el  norte  i . 

Existían  á  más  en  Barcelona  varios  edificios  monu- 
mentales, pertenecientes  á  este  siglo,  que  han  ido  des* 
apareciendo.  Los  palacios  ó  sitios  reales  de  Valldauray 
Bellesguart,  fueron  levantados  en  esta  época  ó  en  ella 
restaurados.  Reedificóse  también  parte  del  palacio  prin- 
cipal de  los  condes  de  Barcelona. 

A  una  hora  de  los  muros  de  la  ciudad,  por  la  parte 
del  Llobregat,  y  cerca  del  antiguo  castillo  del  Puerto, 
el  obispo  de  Barcelona  consagraba  al  comenzarse  el  si- 
glo XII,  en  Enero  de  iioi,  la  iglesia  parroquial  de  San- 
ta Eulalia  en  el  lugar  llamado  Villa  provinciana.  Aún 
existe  en  el  llano  de  Barcelona,  más  allá  del  pueblo  de 
Sans,  esta  pequeña  iglesia  romano-bizantina,  parte  de 
cuyo  interior  y  todo  el  exterior  permanecen  íntegros  2. 

Comenzaba  el  año  1112  cuando  se  consagró  la  igle- 
sia de  Santa  María  de  Tarrasa.  Levantado  este  templo 
junto  á  los  de  San  Pedro  y  de  San  Miguel,  sobre  las 
ruinas  de  la  antigua  Egara,  establecióse  en  él  una  con- 
gregación de  canónigos  regulares  de  San  Rufo  M.  Con- 
sagró la  iglesia  el  obispo  de  Barcelona  Ramón. 

También  por  solicitud  de  otro  obispo  de  la  mis- 
ma ciudad,  llamado  Guillermo  de  Torreja,  los  canó- 
nigos de  San  Rufo  tuvieron  en  1148  la  iglesia  y  mo- 
nasterio de  San  Miguel  de  Marmellar  en  el  territorio 
de  Villafranca  del  Panadés.  La  obra  de  este  edificio 


1  Piferrer:  Cataluña,  tomo  II,  pág.  188. 

2  ídem  id.,  tomo  U,  pág.  192. 

3  Efemérides  de  Flotats. 


I06  VÍCTOR  BALAGUER 

se  levantó  con  suntuosidad,  al  decir  de  las  crónicas  i. 

La  fundación  del  monasterio  de  las  Avellanas  6  de 
Santa  María  de  Bellpuig,  de  la  orden  premostratense, 
de  canónigos  regulares  de  San  Agustín,  tuvo  lugar 
en  1x66.  Fundáronle  los  condes  de  Urgel  Armengol  de 
Valencia  y  su  esposa  en  un  sitio  fragoso,  llamado  hasta 
entonces  monte  de  MoUet,  y  fué  uno  de  los  monasterios 
más  ilustres  de  Cataluña  por  tener  sepultura  en  su  igle* 
sia  algunos  de  los  señores  y  muchos  otros  nobles  de 
aquel  condado,  y  por  los  eminentes  varones  que  alber* 
gó  en  su  claustro,  entre  otros  los  sabios  anticuarios  Pas- 
cual y  Caresmar,  á  quienes  tanto  debe  la  historia  de 
nuestro  Principado  2. 

Débese  también  al  mismo  conde  de  Urgel  la  funda-- 
ción  de  la  iglesia  de  San  Pedro  en  la  villa  de  Pons  y 
con  ella  la  de  un  monasterio  de  la  orden  de  San  Benito. 

Por  los  años  de  1128  emprendió  San  Olaguer  la  gi« 
gantesca  idea  de  erigir  en  Tarragona  un  templo  digno 
de  la  metrópoli  de  la  mitad  de  España  con  pretensiones 
al  título  de  primada.  Sus  primeros  constructores  debie- 
ron varías  veces  abandonar  su  tarea  para  correr  á  las 
murallas  á  defender  la  ciudad:  las  luchas  se  sucedían 
entonces  frecuentemente.  |Cuántas  veces  aquellos  cris* 
tianos  artífices  se  verían  interrumpidos  en  sus  trabajos 
por  el  toque  de  alarma,  y  cuántas,  teniendo  que  defen- 
derse entre  las  mismas  piedras  de  la  catedral  que  alza- 
ban, regaron  con  su  sangre  los  cimientos  del  templo!  Es 
fama  que  su  construcción  hubo  de  abandonarse  varias 
veces  sin  que  por  esto  se  desalentara  Olaguer.  La  gue- 
rra con  los  moros  lo  absorvía  todo,  y  faltaban  recursos  y 
brazos.  En  1129  ^^^  menester  un  decreto  del  concilio 
narbonense  para  procurar  medios  con  qué  acudir  á  la 

1  Pujades,  lib.  XVIII,  cap.  XXIV. 

2  Efemérides  de  Flotats. — Monfar  en  su  Crámca  de  los  condes  á*. 
UrgeL 


HISTORIA  DE   CATALUf^A. — LIB.   V.   CAP.   X.        IO7 

fiíbrica  del  templo.  A  pesar  de  esto,  se  adelantaba  muy 
poco,  pero  el  regreso  de  Normandía  del  príncipe  ó  con- 
de Roberto,  de  donde  trajo'  soldados  y  artífices,  reani- 
mó la  naciente  población,  y  la  catedral  comenzó  á  ele- 
varse* Sin  duda  sus  trabajos  se  volvieron  á  interrumpir, 
pues  San  Olaguer  obtuvo  en  ii3i  del  papa  Inocencio  II 
una  bula  para  que  contribuyesen  á  la  obra  las  iglesias 
sufragáneas,  como  lo  efectuaron,  enviando  á  todas  par- 
tes mensajeros  encargados  de  recoger  los  donativos  de 
los  fíeles.  Asi,  con  toda  fatiga,  lentamente,  superando 
obstáculos,  venciendo  dificultades,  fué  elevándose  la  fa- 
mosa catedral  de  Tarragona  para  ser  con  el  tiempo  una 
magnifica  obra  de  arte,  joya  de  Cataluña  y  recuerdo  in- 
morta.1  de  la  fe,  de  la  piedad  y  del  patriotismo  de  nues- 
tros padres  i. 

A  poca  distancia  de  Tarragona,  y  á  mediados  de  aquel 
mismo  siglo,  comenzó  á  elevarse  otra  fábrica  religiosa 
destinada  á  ser  algún  día  una  verdadera  catedral  de  va* 
lies  y  montañas.  El  monasterio  de  Poblet  reconoce  por 
primer  fundador  á  Ramón  Berenguer  IV,  que,  después 
de  haber  arrojado  á  los  moros  de  las  sierras  de  Prades 
y  Ciurana,  puso  la  primera  piedra  de  aquel  monumento, 
célebre  en  el  mundo,  y  cuya  fama  é  importancia  pudie- 
ron acaso  inspiraír  más  tarde  á  un  rey  de  España  la  idea 
de  darle  con  San  Lorenzo  del  Escorial  un  rival  en  tie- 
rras de  Castilla.  Haremos  más  adelante  la  descripción 
de  Poblet:  se  nos  han  de  presentar  muchas  ocasiones 
para  hablar  de  este  monasterio,  que,  por  una  rara  coin- 
cidencia, pareció  levantar  el  último  conde  soberano  de 
Barcelona  para  panteón  de  la  raza  de  reyes  aragone- 
ses por  él  procreada,  como  el  primero  parecía  haber  le- 


1  Se  han  hecho  muchas  descripciones  de  esta  catedral.  Pueden  leer- 
se en  particular  las  de  Piferrer  en  su  tomo  I  de  Cataluña,  pág.  218  y 
siguiente?,  y  de  Pí  y  Margall  en  su  Cataluña,  pág  222  y  siguientes. 


108  VÍCTOR   BALAGÜER 

Yantado  el  de  RipoU  para  sepultura  de  los  condes  i . 
A  cinco  leguas  de  Poblet,  hacia  el  oriente,  está  el 
monasterio  de  Santas  Creus,  situado  en  un  pequeño 
altozano,  al  cual  conduce  una  senda  abierta  á  las  ori- 
llas del  Gaya,  por  en  medio  de  una  frondosísima  y  pin- 
toresca  arboleda.  En  ii5o  se  había  fundado  el  monas- 
terio de  Valldaura,  de  la  orden  del  Císter,  y  éste  fué  el 
que  tomó  el  título  de  Santas  Creus,  cuando  en  1 157  fué 
trasladado  al  sitio  de  este  nombre,  en  el  distrito  del  cas- 
tillo de  Montagut,  y  á  las  frescas  orillas  del  murmurante 
arroyo  que  pasa  lamiendo  sus  plantas.  Guillermo  Ra- 
món de  Moneada  y  sus  hijos  Guillermo,  Berenguer  y 
Ramón ,  donaron  para  esta  fundación  al  monasterio  de 
Grande  Selva,  de  la  diócesis  de  Tolosa,  varias  posesio- 
nes que  tenían  en  el  término  de  Cerdañola;  y  aquel  mo- 
nasterio envió  acá  doce  de  sus  religiosos  y  tres  herma- 
nos, que,  bajo  la  obediencia  del  abad  Guillermo  de 
Montpeller,  dieron  principio  á  la  nueva  casa.  Fué  este 
monasterio,  después  del  de  Poblet,  el  mejor  monumento 
de  la  orden  cisterciense  en  Cataluña:  no  tenía  la  gran- 
diosidad de  aquél,  pero  los  inteligentes  le  encontraban 
más  unidad  artística,  formas  más  sencillas  y  severas,  y 
sobre  todo,  mayor  belleza  intrínseca.  Su  iglesia,  prin- 
cipalmente, aventajaba,  no  sólo  á  la  de  Poblet,  sino  á 
las  creaciones  más  acabadas  del  siglo.  En  Santas  Creus 
estaban  las  sepulturas  de  varios  hombres  ilustres,  la  de 
Pedro  el  Grande,  la  de  Jaime  II  y  su  esposa  Blanca  de 
Ñapóles,  la  del  almirante  Roger  de  Launa,  la  de  los 
dos  Moneada  que  murieron  como  buenos  y  como  hé- 
roes en  el  suelo  mallorquín,  la  de  otros  muchos  bravos 
caballeros.  Poblet  y  Santas  Creus,  ha  dicho  Pí  y  Mar- 
gall,  llevan  impreso  en  sí  el  sello  del  reinado  de  "Beren- 
guer IV  y  el  del  imperio  de  la  Iglesia.  Son  los  trofeos 

1     Puede  leerse  para  más  detalles  mi  obra  Las  rumas  de  IhbUi. 


HISTORIA  PE   CATALUÑA. — LIB."  V,    CAP.    X.        IO9 

levantados  en  el  vasto  campo  de  batalla  en  que  cayeron 
Lérida  y  Tortosai  la  manifestación  del  poder  cristiano 
en  el  siglo  xii,  los  laureles  concedidos  á  la  Iglesia  por 
el  último  conde  de  Barcelona,  y  recogidos  por  los  discí- 
pulos del  patriarca  San  Bernardo  i. 

La  cartuja  de  Scala  Dei,  primera  de  España  y  ma- 
dre de  las  mayores,  como  dicen  las  crónicas,  fué  fun- 
dada también  en  este  siglo  por  Alfonso  el  Casto.  De- 
seando el  monarca  establecer  en  Cataluña  esta  religión, 
eligió  aquel  lugar,  que  ya  llamaban  Monte  Santo,  y  en- 
vió á  buscar  religiosos  á  la  Gran  Cartuja,  para  fundar 
dicho  santuario,  que  llegó  á  ser  célebre  y  famoso. 

Bl  templo  de  San  Juan,  en  Lérida,  es  un  monumen- 
to de  un  género  nada  común,  y  muy  elegante  en  el 
mismo. 

No  son  estos  solos,  sino  muchos  más  los  monumen- 
tos que  en  este  siglo  vio  alzar  Cataluña.  He  citado 
únicamente  los  principales  y  más  importantes.  Olvi- 
dadas en  lo  interior  de  muchos  pueblos,  perdidas  entre 
los  seculares  bosques  de  ciertos  valles  y  montañas,  exis- 
ten aún  iglesias  y  capillas  que  desde  el  siglo  xii  vienen 
desafiando  la  cólera  del  tiempo  y  de  las  tempestades, 
para  demostrar  la  sencilla  piedad  y  la  pura  fe  de  nues- 
tros abuelos.  Cataluña  es  rica  en  monumentos.  Des- 
graciadamente, su  principal  riqueza  consiste  ahora  en 
ruinas;  ruinas  debidas  á  la  mano  del  hombre,  más  des- 
tructora y  terrible  que  la  furia  de  los  elementos. 

No  son  pocos  también  en  Aragón  los  monumentos 
del  siglo  de  que  hablamos;  citaré  algunos  de  los  que 
comenzaron  á  edificarse  después  de  haberse  unido  en- 
trambas coronas  bajo  el  cetro  de  la  familia  catalana. 


1  Acecpa  del  monasterio  de  Santas  Creus,  ha  escrito  un  libro  de  ver- 
adera  importancia  el  Sr«  D.  Teodoro  Creus,  que  se  puede  consultar  con 
ran  provecho. 


lio  VÍCTOR  BALAGÜER 

Bn  la  última  mitad  del  siglo,  empezó  á  levantarse  la 
iglesia  de  Fraga,  puesta  bajo  la  advocación  de  San  Pe- 
dro.  Este  templo,  renovado  en  épocas  posteriores,  con- 
serva aún  bellos  detalles,  fragmentos  y  parte  de  su  pri- 
mera fábrica  1. 

El  monasterio  de  Sijena  es  de  la  misma  época.  Con- 
tribuyeron á  su  fundación  las  liberalidades  de  Alfonso 
el  Casto,  y  en  aquel  templo  profesó  su  hija  Dulce,  y  á 
este  claustro  se  retiró  su  viuda  Doña  Sancha.  Bien 
puede  decirse  que  ésta  fué  la  fundadora  del  monasterio, 
el  cual  fué  creciendo  en  celebridad  é  importancia.  Fué 
poco  á  poco  haciéndose  famoso  por  la  opulencia  de  sus 
rentas  y  la  nobleza  de  sus  moradoras,  llegando  para  él 
un  tiempo  en  que  más  tenía  de  palacio  que  de  claustro, 
más  de  corte  que  de  retiro,  y  las  que  allí  se  refugiaban 
más  de  aristocráticas  damas  de  sociedad  que  de  pobres 
esposas  del  Señor. 

De  este  siglo  tiene  una  iglesia  Monzón,  restaurada 
por  los  templarios  cuando  se  la  dio  Ramón  Berenguer 
en  1 143;  otra,  bajo  la  advocación  de  Santa  Eulalia,  vio 
alzarse  Barbastro,  aunque  en  el  día  no  creo  existan  ni 
restos;  el  mismo  Ramón  Berenguer  fundaba  un  monas- 
terio de  cistercienses  cerca  de  Ejea;  el  célebre  monas- 
terio de  Veruela,  era  consagrado  en  10  de  Agosto 
de  1 17 i;  y  el  no  menos  famoso  de  Piedra,  se  remonta 
al  iigS. 

Tales  son  los  principales  monumentos  que  la  corona 
de  Aragón  recuerda  como  fundados  en  este  siglo. 

La  descripción  se  halla  en  Quadrado:  Aragón,  pág.  78. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.  V.   CAP.   XI.    'III 


CAPÍTULO  XI. 

Hambre  y  peste  en  Cataluña.— Sube  al  trono  Pedro  I.— Cortes  en  Da- 
roca. — £1  rey  junta  tropas  para  auxiliar  al  de  Castilla. — Promulga- 
ción de  la  pragmática  contra  los  valdenses. — Institución  de  los  cónsu- 
les de  Perpifián. — Privilegio  de  la  mano  armada. — Bandos  entre  los 
condes  de  Urgel  y  de  Fofac.— -El  conde  de  Foix  tala  el  Urgel.— De- 
rrota y  muerte  de  Ramón  de  Ceivera  de  Agramunt. — £1  conde  de  Ur- 
gel hace  prisioneros  al  conde  de  Foix  y  al  vizconde  de  Castellbó. 

(De  i  196  Á  1203.) 

Los  anales  catalanes  hacen  notar  que  en  el  año  1196, 
en  que  tuvo  lugar  la  muerte  del  rey  Alfonso,  creció  el 
hambre  en  el  Principado,  siguiéndose  una  desoladora 
peste,  á  la  cual  sucedió  una  guerra  de  bandos  no  menos 
destructora  y  cruel,  según  de  ella  daremos  cuenta  en 
ocasión  oportuna. 

Á  25  de  Abril  de  1196,  habia  fallecido  en  Perpiñán 
el  rey  Alfonso,  de  buena  memoria,  y  en  16  de  Mayo  del 
mismo  afío  juraba  los  fueros  en  Zaragoza  su  primogé- 
nito Pedro,  cuya  edad  era  entonces  de  diez  y  siete  años. 
Fué  éste  D.  Pedro  I  de  Cataluña  y  II  de  Aragón,  á 
quien  la  posteridad  ha  llamado  indistintamente  el  Ca^ 
iólico,  el  Noble  6  el  de  Muret,  por  su  muerte  en  esta  ba- 
talla, como  veremos.  Quieren  algunos  autores  que  la 
reina  Doña  Sancha  quedase  de  tutora  y  regente  del  reino 
hasta  que  D.  Pedro  cumplió  los  veinte  años,  según  tes- 
'amentaria  disposición  del  padre;  pero  la  crónica  del 
Anónimo  nos  dice  que  el  impetuoso  mozo  no  pudo  su- 
Krír  esta  dura  ley  más  que  por  cinco  meses  escasos,  pues 


H2*  VÍCTOK  BALAGUER 

en  Setiembre»  reunidas  Cortes  en  Daroca,  empuñó  las 
riendas  del  Estado. 

Efectivamente,  por  el  mes  de  Setiembre  de  1196  fue- 
ron llamados  á  Cortes  en  Daroca  los  prelados  y  ricos- 
hombres,  mesnaderos  y  caballeros,  y  los  procuradores 
de  las  ciudades  y  villas  del  reino.  Presentóse  á  ellas  la 
reina  Doña  Sancha  con  su-  hijo  el  principe,  quien,  de 
voluntad  y  consentimiento  de  la  reina  y  de  las  Cortes, 
tomó  la  posesión  del  reino,  intitulándose  rey  desde  aquel 
momento,  y  volviendo  á  conñrmar  ante  la  asamblea  los 
fueros,  costumbres  y  privilegios  del  país. 

Mozo,  emprendedor,  impetuoso  y  con  bríos  de  refor- 
mador y  guerrero,  Pedro  I  comenzó  por  quitar  á  los  ri- 
cos-hombres los  feudos  de  las  ciudades  que  de  la  corona 
poseían,  para  distribuirlos  de  nuevo  á  su  arbitrio  entre 
los  mismos.  Otra  de  sus  inmediatas  disposiciones  fué  la 
de  mandar  juntar  sus  huestes  y  gente  de  guerra,  á  fin  de 
ir  en  auxilio  del  rey  de  Castilla,  que  se  hallaba  en  sumo 
conflicto  y  tenía  sus  reinos  en  el  postrer  peligro  por  la 
pérdida  de  la  batalla  de  Alarcos.  Desastrosa  jomada 
había  sido  para  el  poder  castellano  y  para  luto  de  las 
banderas  cristianas.  Fué  esta  victoria  de  Alarcos  la  más 
grande  que  alcanzaron  los  almohades,  quienes  se  em- 
briagaron y  hartaron  de  sangre  cristiana — dicen  las  his- 
torias árabes, — matando  muchos  enemigos  que  no  se 
pudieron  contar,  pues  su  número  cabal  sólo  Dios  lo 
sabe  i. 

Si  hemos  de  dar  crédito  á  autorizados  cronistas,  los 
reyes  de  León  y  de  Navarra,  en  lugar  de  auxiliar  al  de 
Castilla  en  su  quebranto,  comenzaron  á  hacerle  la  gue- 
rra en  su  propio  reino,  dándose  la  mano  con  el  moro 
en  aquella  época  de  exterminio  que  parecía  haber  lle- 
gado para  el  castellano.  Éste  sólo  tuvo  á  su  lado  á  Pe- 

1     Conde,  cap.  LUÍ  de  su  3.*  parte. 


HISTORIA  DE   CATALUÑA.-7LIB.    V.    CAP.    XI.       II3 

dro  de  Aragón.  Yakub  Almanzor,  el  vencedor  de  Alar- 
C0S9  después  de  haber  intentado  en  valde  la  conquista 
de  Toledo^  fué  asolando  su  territorio^  retirándose  por 
fin  á  Andalucía  con  gran  botín  de  riquezas  y  de  cautivos. 

Entonces  el  monarca  castellano,  unido  al  aragonés, 
en  lugar  de  perseguir  á  los  moros,  volvió  sus  armas 
contra  el  rey  de  León,  cuyas  tierras  taló,  ocupándole 
varias  plazas  i .  En  seguida,  ambos  reyes,  el  de  Aragón 
y  el  de  Castilla,  se  concertaron  para  arrojarse  contra  el 
navarro,  si  bien  hubieron  de  suspender  por  el  pronto  su 
proyecto,  que  dejaron  para  ocasión  más  propicia. 

Al  comenzar  el  año  de  1197,  D.  Pedro  había  venido 
á  Cataluña,  y  estaba  en  Gerona,  pues  que  en  dicha 
ciudad  y  á  29  de  Enero  le  vemos  promulgar,  aconseja- 
do por  el  obispo  de  Tarragona  y  otros  prelados,  la  prag- 
mática, ya  mencionada  en  otro  lugar,  contra  los  herejes 
▼aldenses  2.  Perseguidos  estos  sectarios  que,  como  sa- 
bemos, habían  tomado  el  nombre  de  su  jefe  Pedro  Val- 
do,  corriéronse  hacia  las  provincias  meridionales  de 
Francia,  y  en  gran  número  se  introdujeron  en  Rosellón 
y  en  Cataluña.  Por  esto,  D.  Pedro,  que  quiso  conformar- 
se con  las  prescripciones  de  la  Iglesia,  en  cumplimiento 
de  los  decretos  del  concilio  tercero  de  Letrán,  expidió 
su  real  pragmática,  por  la  cual  se  mandó  que  hubiesen 
de  salir  todos  de  estas  provincias  antes  del  próximo  do- 
mingo de  Pasión,  pasado  cuyo  término  se  les  confisca- 
rían los  bienes  y  serian  entregados  á  las  llamas  cuantos 
pudiesen  ser  habidos,  imponiendo  graves  multas  á  los 
que  les  favoreciesen  ú  ocultasen;  y  previniéndose  por 
último  que,  para  conocimiento  de  todos,  fuese  leída  la 
pragmática  todos  los  domingos  en  todas  las  parroquias. 

Todo  lo  que  inhumano  y  de  terrible  tiene  este  decre- 

1  Anónimo:  Remado  de  D.  J^dro  ú  Nobk. 

2  Efemérides  de  FloUts. 

TOlfO  XI  8 


11^  VÍCTOR  ^ALAGUBR 

to,  que  abría  la  puerta  á  los  autos  de  fe,  tiene  de  con- 
solador y  grato  para  la  historia  del  progreso  de  loa  pue- 
blos otro  del  mismo  D.  Pedro,  que  vino  á  ser  la  carta 
6  la  constitución  comunal  de  la  ciudad  de  Perpiñán. 
Desde  el  primer  año  del  reinado  de  D.  Pedro,  el  pueblo 
perpiñanés,  que  hasta  entonces  se  había  regido  por  sus 
usos,  bajo  la  autoridad  de  un  bayle  instituido  por  los 
condes  del  Rosellón,  cambió  el  régimen  de  su  adminis- 
tración, dándose  cinco  cónsules  que  debían  guardar  y 
regir  la  población,  velando  por  la  seguridad  de  la  mis- 
ma, y  por  la  fidelidad  debida  al  rey.  He  aquí  la  carta: 

«Sea  á  todos  notorio,  como  nosotros  todos,  habitan- 
tes de  la  ciudad  de  Perpiñán,  reunidos  en  asamblea,  con 
el  consentimiento  y  orden  del  ínclito  señor  Pedro,  rey 
de  Aragón  y  conde  de  Barcelona,  establecemos  entre 
nosotros  (constituimos  inter  nos)  cinco  cónsules,  que 
velarán  de  buena  fe  por  la  conservación  de  todo  ei 
pueblo  de  la  ciudad  de  Perpiñán,  sea  pequeño,  sea  gran- 
de, de  sus  bienes  muebles  é  inmuebles,  y  de  los  dere- 
chos del  rey;  mantendrán  y  gobernarán  el  dicho  pueblo 
para  procurar  la  fidelidad  debida  al  rey  y  el  acrecenta- 
miento y  seguridad  del  pueblo » 

Se  estatuye  en  seguida  que  los  cónsules  deben  ejer- 
cer el  consulado  durante  un  año,  siendo  renovados  al 
espirar  este  término  por  otros,  «elegidos  por  todo  el 
pueblo,  si  los  que  han  ejercido  el  consulado  no  se  juz- 
gan útiles,  ó  si  el  pueblo  no  quiere  que  prosigan  en  sus 
cargos. » 

A  continuación,  los  habitantes  de  Perpiñán  se  com- 
prometen á  ser  fieles  al  rey,  á  sostener  sus  derechos,  y 
á  ayudarse  mutuamente  contra  los  que  no  sean  de  la 
ciudad. 

Esta  carta,  notable  bajo  muchos  conceptos,  termina 
con  un  privilegio  de  D.  Pedro,  concediendo  á  los  ciuda- 
danos de  Perpiñán  el  derecho  de  armarse  para  su  pro- 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.  V.   CAP.    XI.       II5 

pia  defensa.  Esto  es  lo  que  los  perpiñaneses  llamaron 
el  privilegio  de  la  mano  armada. 

En  virtud  de  esta  concesión,  si  algún  hombre  6  mu- 
jer de  Perpiñán  recibía  dañó,  ofensa  6  injuria,  podía 
acudir  en  queja  á  los  cónsules,  bayle  ó  veguer;  éstos 
debían  exigir  al  ofensor  la  restitución  ó  reparación  que 
creyesen  necesaria,  según  los  usos  de  la  ciudad;  si  se 
negaba  el  agresor  á  reparar  el  daño,  los  cónsules,  bay- 
le y  veguer  quedaban  facultados  para  perseguirle  á  él  y 
á  los  suyos  á  mano  armada,  no  siendo  nadie  responsa- 
ble de  las  muertes  y  desastres  que  tuviesen  lugar  con 
este  motivo.  Por  fin,  el  rey  ordenaba  que  todo  habitan- 
te que  sin  necesidad  evidente  dejase  de  armarse  y  de  se- 
guir á  los  magistrados,  cuando  fuese  para  ello  requerido, 
pagase  diez  sueldos  barceloneses,  que  debían  ser  em- 
pleados en  repmrar  los  muros  de  la  ciudad  i . 

Siempre  podrán  los  perpiñaneses  mostrar  con  noble 
orgullo  esta  carta  comunal,  seguida  del  privilegio  de 
mano  armada.  Es  para  ellos  un  título  de  gloria,  un  no- 
bilísimo blasón.  Es  en  los  estados  catalanes  el  más  an- 
tiguo monumento  de  libertades  municipales. 

Por  lo  demás,  estudíese  bien  esta  carta.  No  es  una 
ley  impuesta  al  pueblo  ni  una  orden  que  se  le  dicta.  Es 
el  pueblo  quien  habla,  y  no  el  rey:  es  el  pueblo  que  se 
reúne  (nos  omnes  insimul),  previo  consentimiento  del 
rey,  para  darse  á  sí  mismo  los  cinco  cónsules  (constituid 
mos  Ínter  nos).  Es  ya  la  forma  democrática  pura  de  la 
corona  de  Aragón.  Esta  carta  y  este  privilegio  son  un 
contrato:  el  pueblo  estipula  por  su  parte  sus  libertades; 
el  rey,  por  la  suya,  los  derechos  de  la  corona;  ambos 
confunden  y  unen  sus  intereses  para  asegurar  el  esplen- 
dor del  estado  y  la  prosperidad  de  la  población.  La  carta 
omunal  de  Perpiñán,  establece  un  principio  (III). 

1     Archivo  de  Perpiñán:  libro  verde  mayor,  pág.  22. 


ii6 


VÍCTOR  BALAGUBR 


AI  comentar  el  año  1197»  comenió  Catalana  á  verse 
desolada  por  las  croeles  guerras  á  que  se  ha  hecho  re- 
íerencia  más  arriba*  Dividiéronse  en  bandos,  muy  en- 
camÍ2ados  por  cierto,  las  casas  de  los  condes  de  Urgel 
y  de  Foix,  y  fueron  muchos  los  nobles  y  señores  que  to- 
marón  parte  por  una  y  otra  de  estas  familias.  Ni  Zuri- 
ta ni  Monfar,  cronista  este  último  de  la  casa  de  Uigelí 
aciertan  á  explicarse  el  motivo  de  esta  guerra;  según  los 
benedictinos  1,  fué  á  consecuencia  de  disensiones  sobre 
los  limites  de  sus  estados.  Lo  cierto  es,  que  sus  discor- 
dias dividieron  la  Cataluña. 

Ya  sabemos  que  se  hallaba  al  frente  de  la  casa  de 
Urgel,  Armengol  VIH,  hijo  y  sucesor  de  Armengol  el 
de  Valencia.  Sin  duda  no  estaba  en  disposición  de  resis- 
tir por  de  pronto  al  de  Foix,  pues  éste  llevó  ventaja  en 
los  primeros  encuentros.  Al  frente  de  un  escogido  cuer- 
po de  tropas,  Ramón  Roger,  conde  de  Foix,  penetr6en 
el  Urgel;  llegó  hasta  la  misma  ciudad,  de  la  que  se  apo* 
deró  á  fuerza  de  armas  2,  la  saqueó,  inclusa  la  catedral, 
hizo  prisioneros  á  los  canónigos,  á  quienes  exigió  un 
fuerte  rescate,  y  desoló  todo  el  país  3.  Hay  quien  dice, 
que  también  tomó  por  asalto  la  ciudad  de  Balaguer  4. 

No  tardó  Armengol  en  tomar  su  desquite,  a}aidado 
de  sus  valedores^  y  entre  ellos,  de  Guillermo,  vizconde 
de  Cardona.  La  guerra  duró  aún  cuatro  ó  cinco  años, 
sin  que  se  sepan  particularidades  de  ella,  porque  todos 
escriben  de  corrida  la  historia  de  este  conde  de  Urgel. 
Parece  que  el  rey  D.  Pedro,  que  según  convenios  anti- 
guos, estaba  obligado  á  valer  al  conde,  no  tomó  parte 
en  su  favor,  excusándose  de  ello,  de  lo  cual  dice  Monfar 
que  se  levantó  escritura  y  auto. 

1  Arí€  de  comprobar  las  fechas:  condes  de  Urgel. 

1  Moníar,  cap.  LDC 

3  ArU  de  comprobar  las  fechas:  condes  de  Urgel. 

4  FeUu  de  la  Pefla,  lib.  XI.  cap.  III. 


HISTORIA  DB  CATALUÑA. — UB.   Y.   CAP.  XI.       IZ7 

En  1200^  Ramón  de  Cervera,  sin  duda  uno  de  los  se- 
ñores aliados  del  de  Foix,  hizo  cuanto  mal  le  fué  posi- 
ble en  el  condado  de  Urgel.  Llevaba  4.000  infantes  y 
buen  número  de  caballería,  armados  todos  con  lorigas, 
y  con  ser  tantos,  800  hombres  bastaron  á  desbaratar- 
les 1.  Otro  autor  añade  que  esta  rota  tuvo  lugar  en  el 
campo  de  Agramunt,  que  los  vencedores  fueron  los  ve- 
cinos de  esta  villa,  y  que  Ramón  de  Cervera  murió  en 
la  jomada  2. 

Las  memorias  de  aquel  tiempo  hablan  de  otro  en- 
cuentro en  26  de  Febrero  de  I203.  Tuvo  lugar  entre 
la  gente  del  conde  y  una  hueste  mandada  por  el  vizcon- 
de de  Castellbó,  compuesta  de  5oo  infantes  y  5o  caba- 
llos. El  vizconde  fué  roto  y  quedó  prisionero  con  mu- 
chos de  los  suyos  3.  Hay  quien  añade  que  con  el  de  Cas- 
tellbó iba  el  mismo  conde  de  Foix  y  que  entrambos  que- 
daron prisioneros  del  de  Urgel  4.  Aun  cuando  de  esta 
última  circunstancia  no  hagan  mención  las  crónicas  de 
esta  última  casa,  debe  tenerse  por  exacta  atendida  la 
fuente  de  que  dimana.  Según  los  benedictinos,  estuvie- 
ron presos  por  espacio  de  cuatro  años.  Monfar,  sin  que 
mencione  para  nada  al  conde  de  Foix,  dice  que  Armen- 
gol  encomendó  lo^  presos  á  Gombaldo  de  Ribelles,  el 
cual  los  tuvo  como  en  tercería  y  con  guarda.  Parece  que 
el  rey  D.  Pedro,  interesándose  por  su  libertad,  medió 
en  su  favor,  sin  que  al  pronto  consiguiera  nada  del  con- 
de de  Urgel. 

Por  fin,  vinieron  á  pactos  y  se  arreglaron  vencedor 

1  Moüfar,  cap.  LDC. 

2  Feliu  de  la  Pefia,  lib.  XI,  cap.  III.T-Este  autor  y  Zurita,  ponen 
este  encuentro  en  12o2. 

3  Monfar,  capitulo  citado. 

4  historia  del  Langiudoc^  tomo  III,  pág.  11 5.  También  afirma  lo 
aismo  el  Arte  de  s&tnprobar  las  fechas.  La  verdadera  fuente  de  esta  no- 
cía puede  ser  muy  bien  Zurita. 


Il8  VÍCTOR  BALAGUBR 

y  vencidos;  pero  no  tuvo  esto  lugar  hasta  1207,  según 
y  conforme  se  dirá  en  lugar  oportuno  ^ 

Lo  cierto  es  que  reina  bastante  oscuridad  acerca  de 
los  pormenores  de  esta  guerra,  desoladora  para  ciertas 
comarcas  de  Cataluña.  Los  mismos  cronistas  particula- 
res de  la  casa  de  Urgel  no  han  logrado  poner  en  claro  la 
historia  de  estos  bandos,  pues  hasta  ignoraban  varios 
de  los  detalles  que  acabo  de  dar,  con  la  brevedad  eidgi- 
da  por  la  historia  general,  imposibilitada  muchas  veces 
de  descender  á  ciertos  pormenores. 


CAPÍTULO  XII. 


Discordia  entre  el  rey  y  la  reina  su  madre. — Cortes  en  Barcelona. — En- 
trevista y  alianza  del  rey  de  Aragón  y  del  conde  de  Tolosa  en  Pcr- 
pifián. — Condes  titulares  del  Rosellón. — Concordia  y  armonia  entre 
el  rey  y  su  madre. — Cortes  en  Barcelona. — Guerra  con  Navarra.— 
Fundación  de  la  orden  de  San  Joi^e. — Cortes  en  Cervera. — Guerra 
entre  los  condes  de  Provenza  y  Forcalquier. — El  rey  de  Aragón  {Msa 
á  Provenza  y  negocia  la  paz. — Arreglo  de  limites  entre  Castilla  y  Ara- 
gón. 

(De  i  198  Á  1202.) 

Tenemos  que  retroceder  ahora  algunos  años,  ya  que 
el  deseo  de  abrazar  todo  el  periodo  de  la  guerra  del  con- 
de de  Urgel  contra  el  de  Foix,  nos  ha  llevado  demasiado 
adelante. 

Desde  el  comienzo  del  reinado  de  D.  Pedro,  habían 
surgido  grandes  discordias  entre  él  y  la  reina  Doña 
Sancha  su  madre,  de  que  se  sucedieron  profundas  alte- 
raciones en  el  reino,  al  decir  de  Zurita.  Ya  fuese  porque 
quisiera  Doña  Sancha  tomar  sobre  si  la  dirección  de  los 

1     Véase  el  cap.  XV. 


HISTORIA  DB  CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.   XII.       IZ9 

« 

negocios,  por  creer  á  D.  Pedro  demasiado  mozo  y  poco 
experto;  ya  porque  el  hijo  anduviera  desabrido  con  su 
madre  y  receloso  de  ella;  lo  cierto  e^  que  se  interrum- 
pió la  buena  armonía  qué  debiera  reinar  entre  ambos. 
La  reina,  no  fiándose  de  su  hijo,  se  apartó  de  la  corte, 
refugiándose  en  ciertas  fortalezas  suyas,  sobre  la  raya 
de  Castilla^  qne  se  habían  alzado  por  ella,  apartándose 
asi  de  la  obediencia  y  señorío  del  rey.  Esta  permanen- 
cia de  Doña  Sancha  en  fortalezas  rayanas  á  Castilla, 
daba  que  sospechar  al  rey  y  á  sus  consejeros,  por  lo  que 
parece.  Mediaron  ya  entonces  varios  prelados  y  señores 
para  la  concordia  entre  madre  é  hijo,  pero  esto  no  se 
efectuó  hasta  más  tarde;  y  continuó  la  desavenencia,  y 
prosiguió  Doña  Sancha  habitando  los  castillos  y  villas 
de  Ariza,  Embite  y  Epila,  que  sólo  á  ella  la  recono- 
cían, y  prosiguió  D.  Pedro  recelándose  de  su  madre, 
como  si  sospechase  que  la  reina  moraba  en  aquellas 
fortalezas  rayanas,  á  fin  de  tener  libre  entrada  y  salida 
para  las  cosas  de  Castilla. 

Un  autor  extranjero  que  ha  escrito  sobre  sucesos  de 
£spaña,  Dunham,  se  esplica  en  este  punto  la  conducta 
del  rey  D.  Pedro  diciendo  que,  por  estar  ^situados  en  la 
frontera  los  lugares  ocupados  por  Doña  Sancha,  y  ex- 
puestos á  ser  tomados  por  los  moros,  el  monarca  no  los 
creyó  seguros  viéndolos  en  manos  de  una  mujer  i.  La 
explicación  del  historiador  inglés  no  satisface  del  todo  á 
quien  ha  profundizado  un  poco  en  nuestras  crónicas. 

En  este  mismo  año  de  1198,  encuentro  que  D.  Pedro 
convocó  Cortes  en  Barcelona  2.  Feliu  de  la  Peña,  con 
referencia  á  noticias  sacadas  por  él  del  archivo,  dice 

1  Dunham  en  su  Historia  de  España,  tomo  II  de  la  traducción  he- 
«l&a  por  Alcalá  Galiano ,  cap.  XX.  Puede  consultarse,  por  lo  tocante  á 
estas  disensiones,  á  los  analistas  Zurita  y  Feliu  de  la  Pefia,  y  á  los  his- 
toriadores Lafuenfe,  Romey  y  Ortiz  de  la  Vega. 

2  Bosch:  Titois  de  honor^  pág.  524. 


I20  yfCTOR  BALAGUER 

• 

que  fueron  celebradas  para  acudir  á  los  daños  ocasio- 
nados por  la  peste  y  hambre^  para  las  asistencias  de  la 
guerra,  y  para  la  concordia  con  su  madre  i ,  que,  sin 
embargo,  no  se  llevó  á  cabo  tan  pronto.  También  se 
celebrarían  para  tratar  de  los  bandos  en  que  entonces 
se  hallaba  dividida  Cataluña,  bandos  que,  como  ya  he- 
mos visto,  ensangrentaban  y  desolaban  el  país. 

Las  memorias  antiguas  del  Rosellón  nos  dicen  que  i 
últimos  de  1199  y  principios  del  1200,  D.  Pedro  estuvo 
por  vez  primera  en  Perpiñán,  á  donde  fué  para  tener  una 
entrevista,  que  realmente  se  efectuó  en  dicha  ciudad, 
con  Raimundo  conde  de  Tolosa.  El  resultado  de  eUa 
fué  establecer  una  alianza  entre  ambos,  cimentada  por 
el  casamiento  del  dicho  conde  de  Tolosa  con  Doña  Leo- 
nor de  Aragón,  hermana  de  D.  Pedro.  El  matrimonio 
quedó  acordado,  pero  no  se  efectuó  hasta  algunos  años 
más  tarde,  á  causa  de  ser  todavía  muy  niña  la  prince- 
sa. Tanto  por  esta  alianza  con  el  conde  dé  Tolosa,  como 
por  la  que  hemos  visto  contratar  con  el  rey  de  Castilla, 
se  ve  que  la  política  de  Aragón  había  cambiado,  y  que 
no  seguía  en  esto  D.  Pedro  el  camino  que  comenzara  á 
trazar  su  padre  D.  Alfonso. 

Aprovechemos  este  momento  para  decir  que,  aunque 
incorporado  al  Aragón  el  Rosellón,  siguió  teniendo  con- 
des titulares  que  fueron  príncipes  descendientes  de  la 
casa  real,  á  quienes  se  dio  este  dominio  con  el  condado 
de  Cerdaña,  de  entonces  más  inseparable  del  Rosellón 
y  formando  con  él  una  sola  provincia.  El  primero  de 
estos  condes  fué  D.  Sancho,  hermano  de  Alfonso  el  Cas' 
to,  que  vino  teniendo  este  título  desde  ii85,  pasándolo 
más  tarde  á  su  hijo  Ñuño  Sancho,  de  quien  sobrada 
ocasión  tendremos  de  hablar. 

Poco  tiempo  debió  permanecer  en  Perpiñán  D.  Pe- 

1     Anales  dt  Cataluña,  lib.  XI,  cap.  m. 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — UB.   V,   CAP.   XII.      líl 

dro^  pues  que  le  vemos  regresar  pronto  para  entablar 
al  fin  avenencias  con  su  madre.  Había  mediado  para 
las  paces  el  rey  de  Castilla ,  y  éste,  el  de  Aragón  y  su 
madre  Doña  Sancha  se  avistaron  en  Añzá,  el  3o  de  Se- 
tiembre de  1200.  El  castellano  logró  persuadir  á  su  tía 
Doña  Sancha,  que  accedió  á  las  pretensiones  de  Don 
Pedro.  Madre  é  hijo  se  convinieron  entonces;  la  prime- 
ra en  ceder  las  plazas  quC/  se  habían  alzado  por  ella,  el 
segundo  en  darla  la  villa  de  Azcon,  el  castillo  y  ciudad 
de  Tortosa  y  otras  villas  y  castillos  de  Cataluña,  que  el 
rey  D.  Alfonso  le  había  señalado.  Sin  embargo,  poco 
tardaron  en  volver  á  la  misma  contienda,  siendo  el  hijo, 
al  decir  de  Zurita,  quien  quebrantó  la  concordia  y  ar- 
monía que  habían  tomado.  Interpusiéronse  entonces 
los  principales  barones  del  reino  para  ponerlos  en  paz, 
y  volvieron  madre  é  hijo  á  tener  otra  entrevista  en  Da- 
roca,  en  el  mes  de  Noviembre  de  I20i,  donde  definiti- 
vamente se  convinieron.  Berenguer  de  Entenza,  Gui- 
llen de  Castellezuelo ,  García  Romeu ,  Guillen  de  Car- 
dona ,  Alberto  de  Castellvell  y  Ramón  de  Vilademuls, 
salieron  garantes  para  con  la  reina  y  le  hicieron  pleito 
homenaje  de  que  el  rey  su  hijo  la  trataría  de  allí  en 
adelante  con  el  acatamiento  y  reverencia  que  se  le  de- 
bía, siendo  amparada  en  la  posesión  de  las  villas  y  cas- 
tillos que  le  había  dejado  su  esposo  D.  Alfonso.  Des- 
pués de  esta  concordia  fué  sin  duda  cuando  Doña  San- 
cha, herida  por  las  ingratitudes  de  su  hijo,  se  retiró  al 
monasterio  de  Sijena,  donde  profesó  solemnemente. 

Antes  de  terminarse  el  año  1200,  hallo  que  D.  Pedro 
volvió  á  celebrar  Cortes  en  Barcelona  1  á  la  nación  ca- 
talana. Parece  que  fué  con  motivo  de  emprender  la 
guerra  contra  Navarra,  ofreciéndole  entonces  Cataluña 
su  asistencia  de  dinero  y  de  soldados. 

1     Bosch:  TUfiis  de  honor ^  pág.  524. 


ia2 


VÍCTOR  BALAGUSR 


Ocupaba  por  aquel  tiempo  el  trono  de  Navarra,  San- 
cho VII  el  Fuerte,  y  las  crónicas  más  autorizadas  de 
dicho  país  suponen  que  en  1199  abandonó  su  reino 
para  pasar  ai  África  en  busca  de  socorros  1 .  Unas  di- 
cen que  permaneció  en  Marruecos  tres  años,  y  le  intro- 
ducen en  ciertos  amores  con  una  princesa  mora,  que 
tienen  todo  el  interés  de  una  novela;  otras  cuentan  que 
pasó  al  África,  con  la  esperanza  de  casar  con  una  hija 
del  rey  de  Marruecos,  quien  se  la  habia  ofrecido  con 
todo  lo  que  el  monarca  africano  poseía  en  España  por 
dote;  otros,  finalmente,  escriben  que  contrajo  alianza 
con  los  moros  y  se  vio  obligado  á  servir  á  los  almoha- 
des en  sus  guerras  por  espacio  de  dos  años.  Todos,  sin 
embargo,  están  contextes  en  afirmar  que  se  valió  de  su 
ausencia  el  rey  de  Aragón  para  entrar  á  sangre  y  fuego 
en  su  reino,  ganándole  á  Roncal  y  su  valle,  la  villa  de 
Aybar,  y  hasta  diez  y  ocho  plazas.  Esta  calumnia  con- 
tra D.  Pedro,  suponiendo  que  para  hacer  entrada  en 
tierras  de  Navarra  aprovechó  la  ausencia  de  su  rey,  ha 
sido  autorizada  por  los  mismos  cronistas  catalanes  y 
aragoneses,  que  candidamente  creyeron  en  el  viaje 
de  D.  Sancho  el  Fuerte  á  Marruecos.  La  modei:na  tra- 
ducción de  las  historias  árabes,  ha  venido  á  demostrar 
que  ese  pretendido  viaje  del  navarro  á  África  en  1199» 
se  reduce  á  una  visita  que  hizo  en  12 11  al  emir  el  Ma- 
menin  El  Nasr  cuando  éste  se  hallaba  en  Sevilla,  para 
obtener  su  alianza  2. 

No  fué,  pues,  en  ausencia  del  rey  y  orfandad  del  rei- 
no, cuando  D.  Pedro  emprendió  su  jornada*  contra  Na- 
varra 3.  Lo  que  si  parece  cierto,  es  que  se  dio  la  mano 
con  el  rey  de  Castilla,  y  que  ambos  llevaron  á  cabo  su 


1  Véase,  por  ejemplo,  á  Moret,  en  sus  Antigüedades  de  Navarra. 

2  Romey,  3.*  parte,  cap.  IV. — Conde,  cap.  LVI  de  la  3.*  parle. 

3  La  carta-puebla  dando  fuero  á  Inzura,  firmada  por  Sancho  ^i 
Jkerie,  es  de  1200.  Se  hallaba,  pues,  el  rey  en  el  país,  y  no  ausente 


HISTORIA  DE   CATALUÑA.— LIB.   V.   CAP.   XII.       I23 

obra  de  destrucción  contra  el  navarro ,  apoderándose  el 
aragonés  de  las  plazas  citadas,  y  el  castellano  de  Vito- 
ria, Guipúzcoa  y  otras.  Muy  distante  estaba,  como  se 
ve,  de  seguir  D.  Pedro  de  Aragón  la  prudente  conducta 
y  sabia  política  de  su  padre.  D.  Alfonso  aglomeraba 
obstáculos  para  el  castellano,  y  buscaba  alianzas  con 
que  contrarrestar  su  poderío;  D.  Pedro,  al  revés,  se 
unía  á  Castilla  contra  León  y  Navarra,  sin  comprender 
que  servia  los  intereses  del  enemigo  más  terrible  de 
su  casa. 

Se  dice  que  entonces  mediaron  tratos  para  casar  á 
nuestro  D.  Pedro  con  una  hermana  del  navarro,  y  que 
hubo  tregua,  y  que  se  entablaron  proposiciones  forma- 
les de  matrimonio.  Esto  quizá  indicaría  en  el  monarca 
aragonés  una  idea  secreta  de  volver  á  la  buena  política 
de  su  padre.  Parece  que  hasta  se  enviaron  embajadores 
á  Roma,  á  fin  de  obtener  del  Sumo  Pontífice  las  dis- 
pensas necesarias  con  motivo  del  parentesco  que  me- 
diaba entre  el  rey  D.  Pedro  y  la  hermana  de  D.  San- 
cho; pero  la  corte  de  Roma  se  opuso  al  enlace,  y  éste 
no  se  efectuó  i. 

En  el  mismo  año  de  que  hablamos,  fundó  D.  Pedro 
la  orden  y  religión  militar  de  San  Jorge  de  Alfama, 
nombre  tomado  de  la  cala  situada  en  las  inmediaciones 
del  collado  de  Balaguer.  El  desierto  de  Alfama,  á  cinco 
leguas  de  Tortosa,  no  podía  ser  escogido  con  más  acier- 
to para  establecer  allí  un  presidio  que  impidiese  los  des- 
embarcos y  correrías  que  continuamente  verificaban  los 
moros  en  aquella  playa,  invadiendo  el  país.  Hizo  el  rey 
donación  del  territorio  á  Juan  de  Almenara  y  á  Martín 
Vidal,  y  á  sus  sucesores  en  la  orden,  para  que  le  pobla- 
sen, levantando  iglesia  y  castillo  al  objeto  de  rechazar 

is  entradas  y  hostilidades  enemigas.  Así  quedó  fundada 

1    F«liu  de  la  Pefia,  lib.  XI,  cap.  lU. 


124  VÍCTOR  BALAGUER 

aquella  gloriosa  y  militar  orden^  que  prestó  grandes  ser- 
vicios y  conquistó  muchos  lauros  ant^  de  incorporar- 
se^ como  lo  hizo  más  tarde  ^  á  la  sagrada  y  real  de 
Nuestra  Señora  de  Montesa  (IV). 

Nuevamente  volvió  D.  Pedro  á  convocar  Cortes. 
Esta  vez  se  celebraron  en  Cervera.  Según  dicen  nues- 
tros anales^  «obligado  de  sus  liberalidades  y  de  los  con* 
tinuados  gastos  de  la  guerra,  acudió  el  rey  á  Cataluña, 
que  siempre  la  halló  madre  para  asistirle  é  hija  para 
respetarle.  >  Estas  Cortes,  á  las  que  también  asistieron 
síndicos  de  las  poblaciones,  trataron  de  poner  el  sello 
á  la  concordia  que  se  había  efectuado  entre  la  madre  y 
el  hijo,  promulgaron  justas  leyes  para  el  gobierno,  me* 
diaron,  aunque  sin  fruto  ^  para  apaciguar  los  bandos 
cada  vez  más  encendidos  en  Cataluña,  y  dieron  al  mo- 
narca los  auxilios  que  pidió. 

Cerradas  las  Cortes,  D.  Pedro  partió  inmediatamente 
para  la  Provenza.  Su  hermano  Alfonso  había  enviado 
á  solicitar  su  auxilio,  pues  se  hallaba  en  un  trance 
apurado.  Ya  sabemos  que  Alfonso,  hijo  segundo  de  Al- 
fonso el  Casto  y  y  hermano  de  D.  Pedro,  sucedió  á  su 
padre  en  el  condado  de  Provenza.  También  sabemos 
que  había  casado  con  Garsenda  de  Sabrán,  nieta  y  he- 
redera de  Guillermo,  último  conde  de  Forcalquier. 
Cuando  Guillermo  la  casó,  hizole  donación  de  su  con- 
dado, reservándose  el  usufructo.  Descontento  después 
de  Alfonso,  sin  que  se  sepa  la  causa,  anuló  parte  de  la 
donación,  en  favor  de  Beatriz,  hermana  de  Garsenda, 
casando  á  ésta  con  Andrés  de  Borgoña,  delfín  del  Vie- 
nesado  i .  De  aquí  provino  el  que  estallase  la  guena 
entre  los  condes  de  Provenza  y  de  Forcalquier. 

No  parece  que  fuera  muy  favorable  para,  el  primero,  el 
cual  estuvo  muy  á  punto  de  perder  su  condado.  Guilleí 

1     ArU  di  comprobar  las  fechas:  tratado  de  los  condes  de  Provenza 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.   Y.   CAP.   XII.       125 

mo  de  Forcalquier  recibió  el  auxilio  del  conde  de  Tolo* 
sa,  y  entonces  Alfonso  II  de  Provenga  llamó  á  su  her- 
mano Pedro  de  Aragón.  Éste  se  dirigió  en  seguida  á 
Provenza,  pero  no  á  encender  más  la  guerra,  sino  á  pro- 
curar la  paz.  Por  lo  que  se  desprende  de  las  crónicas é 
historias  de  aquel  paSs^  parece  ser  que  le  acompañaban 
los  arzobispos  de  Narbona  y  Tarragona  con  otros,  seño- 
res y  caballeros.  Llegó  hasta  el  Ródano,  negoció  la  paz 
entre  los  dos  condes,  y  la  concluyó  en  fin  afortunada- 
mente antes  del  mes  de  Noviembre  de  120^,  por  la  me- 
diación de  diversos  prelados  y  señores  de  la  provincia. 
Se  sospecha  que  el  conde  de  Tolosa  fué  también  uno 
de  los  principales  arbitros  de  la  paz  1.  Entre  los  parti- 
darios del  conde  de  Forcalquier  estaba  el  conde  titular 
del  Rosellón  D.  Sancho,  tio  del  rey  y  de  Alfonso  de 
Provenza,  pero  se  acomodó  entonces  con  ellos,  y  vi- 
vió ya  de  allí  en  adelante  en  buena  armonía  con  sus 
deudos. 

A  juzgar  por  un  dato  que  nos  proporcionan  los  ana- 
les de  Aragón  2,  detúvose  el  rey  en  Aigues  Mortes,  y 
ordenó  que  se  armasen  algunas  galeras  para  pasar  con 
ellas  á  Roma,  como  lo  tenía  deliberado.  En  efecto, 
D.  Pedro  tuvo  el  costoso  antojo  de  queírerse  hacer  co- 
ronar por  el  Papa,  y  fué  resolución  que  acabó  por  lle- 
var á  cabo,  proporcionando  con  su  viaje  á  la  capital  del 
orbe  católico  hartos  disgustos,  y  contrariedades  á  sus 
pueblos. 

En  el  mismo  año  de  1202  hubo  una  nueva  entrevista 
de  los  reyes  de  Castilla  y  Aragón  en  el  castillo  de  Su- 
isano,  entre  Agreda  y  Tarazona.  Fué  para  dirimir  dife- 
rencias nacidas  por  mala  demarcación  de  las  lindes  de 
ambos  reinos.  Nombráronse  dos  ricos  hombres  del  reino 


1  Htstoria  del  Langutdoc^  tomo  III,  pág.  II 6. 

2  Zurita,  Ub.  II,  cap.  L. 


126  VÍCTOR  BALAGUER 

de  Aragón  y  otros  dos  del  de  Castilla,  los  cuales  tuvie: 
ron  varías  conferencias  y  arreglaron  definitivamente  los 
limites  de  ambos  estados. 

Los  amigos  mejores  del  rey  D.  Pedro,  eran  los  que 
habían  sido  mayores  enemigos  de  su  padre.  Pruébanlo 
sus  frecuentes  y  amistosas  entrevistas  con  el  rey  de  Cas- 
tilla y  su  amistad  con  el  conde  de  Tolosa,  amistad  esta 
última  que  hubo  de  comprar  á  buen  precio,  por  lo  que 
vamos  á  ver. 

Y  al  llegar  á  este  punto  de  nuestra  historia,  es  pre- 
ciso que  mis  lectores  me  permitan  entrar  en  algunos 
detalles;  tanto  más,  cuanto  que  el  estudio  que  he  de- 
bido hacer  de  la  época  á  que  hemos  llegado,  me  obliga 
á  presentar  las  cosas  bajo  un  nuevo  punto  de  vista, 
apartándome  por  completo  del  dictado  y  del  espíritu  de 
nuestras  crónicas  particulares. 


CAPÍTULO  XIIL 

El  rey  de  Aragón  en  Montpeller. — Maria  de  Montpeller  casa  en  prime- 
ras nupcias  con  el  vizconde  de  Marsella. — Casa  en  segundas  nupcias 
con  el  conde  de  Comminjes. — Muerte  de  Guillermo  VIII  de  Montpe- 
ller y  su  testamento. — Maquinaciones  del  rey  de  Aragón  y  del  conde 
de  Tolosa  con  respecto  á  Montpeller. — El  rey  de  Aragón  empefia  al 
conde  de  Tolosa  los  vizcondados  de  Milhaud  y  Gevaudán.— María 
casa  en  terceras  nupcias  con  Pedro  de  Aragón. — Contrato  matrimo- 
nial.— Sublevación  en  Montpeller. — Redacción  de  los  usos  y  costum- 
bres de  Montpeller  y  su  confirmación  por  D.  Pedro  de  Aragón  y  su 
esposa. — Embajada  al  rey  ofreciéndole  la  mano  de  la  reina  de  Chi- 
pre. 

(De  1202  Á  1204.) 

A  tenor  de  lo  que  escriben  las  crónicas  de  Provenz" 
y  del  Languedoc,  á  últimos  de  1202  D.  Pedro  de  Atl 
gón,  acampanado  de  su  hermano  Alfonso  de  Provenza 


j 


r 


(   ■ 


HISTORIA  DE   CATALUÑA, — UB.   V.    CAP.   XIII,       12J 

después  de  haber  puesto  en  paz  á  éste  con  el  conde  de 
Forcalquier,  llegó  á  la  ciudad  de  Montpeller,  precisa- 
mente en  ocasión  en  que  Guillermo  VIII,  señor  de  esta 
ciudad,  se  hallaba  en  los  últimos  momentos  de  su  vida. 
De  este  viaje  de  D.  Pedro  á  Montpeller,  de  sus  tra- 
tos con  el  de  Tolosa  para  su  matrimonio,  del  empeño  á 
éste  de  los  vizcondados  de  Milhaud  y  Gevaudán  y  de 
muchas  otras  cosas  de  que  se  va  á  dar  cuenta  en  el  pre- 
sente capitulo  y  que  aclaran  esta  interesante  parte  de 
nuestra  historia,  no  dicen  ni  una  palabra  nuestras  cró- 
nicas aragonesas  y  catalanas,  desde  Zurita  .hasta  Feliu. 
Esto  prueba,  que  nuestra  historia  no  podía  escribirse 
sin  tener  á  la  vista  la  de  Provenza,  y  sin  consultar  la^ 
memorias  de  este  país.  Los  detalles  que  éstas  nos  dan, 
apoyados  en  documentos  irrecusables,  hacen  una  com- 
pleta revolución  en  la  parte  de  nuestra  historia,  que 
abraza  este  capítulo,  y  nos  presentan  las  cosas  y  la  po- 
lítica de  D.  Pedro  bajo  un  nuevo  punto  de  vista.  Tén- 
gase esto  muy  presente,  porque  se  va  á  encontrar  al 
autor  de  esta  obra  en  contradicción  palpable  con  las 
narraciones  de  nuestras  crónicas  y  anales.  Quién  se 
halle  en  mejor  terreno  entre  los  antiguos  analistas  y  el 
cronista  moderno,  lo  dirá  la  verdadera  crítica  históri- 
ca. Yo  no  advertiré  otra  cosa,  por  mi  parte,  sino  que 
he  tratado  de  buscar  la  verdad,  y  que  la  lectura  de  do- 
cumentos desconocidos  á  nuestros  antiguos,  me  ha  he- 
cho opinar  distintamente  de  ellos;  y,  tanto  en  el  terre- 
no conjetural  como  en  el  real,  apreciar  los  hechos  y  las 
cosas  de  una  manera  que  no  podía  ser  apreciada  por 
ellos  á  causa  de  hallarse  faltos  de  ciertas  noticias  y  do- 
cumentos. Puede  que  yo  vaya  errado,  pero  de  fijo  lo 
anduvieron  también  los  antiguos.  Otro  vendrá  quizá  a¿- 
in  día  á  enmendar  mis  yerros,  pero  éste  no  podrá  me- 
os  de  reconocer  mi  buena  voluntad,  y,  á  falta  de  ta- 
nto en  mí,  hallará  lógica  en  mi  narración. 


X28 


VÍCTOR  BALAGUBR 


Volvamos  ahora  á  reanudar  el  hilo  de  la  historia. 

Es  muy  posible  que  lo  que  atrajera  á  Montpeller  á 
D.  Pedro  de  Aragón  fuese  la  enfermedad  del  conde 
Guillermo,  amigo  siempre  y  valedor  de  su  casa.  Es  esto 
tanto  más  probable,  cuanto  que  D.  Pedro  siguió,  á  lo 
menos,  con  respecto  á  Montpeller,  la  política  tradicio- 
nal de  su  casa,  si  quier  en  lo  demás  se  apartara  de  ella. 

Ya  sabemos  por  qué  casual  circunstancia,  éste  Gui- 
llermo VIII  de  Montpeller,  á  quien  ahora  volvemos  á 
hallar  en  los  momentos  de  su  muerte,  había  casado  en 
1 174  con  pudoxia  Comeno,  hija  del  emperador  de 
Constantinopla;  ya  sabemos  también  cómo  se  compro- 
metió á  que  el  hijo  que  naciese  de  este  matrimonio,  fuese 
varón  ó  hembra,  debía  heredar  el  señorío  de  Montpeller; 
cómo  nació  una  niña  de  este  enlace  que  se  llamó  María, 
y  cómo  por  fín,  en  11 87,  Guillermo  repudió  á  su  esposa 
Eudgxia  para  casarse  con  Inés,  de  la  casa  de  Aragón. 

Todos  los  esfuerzos  que  hizo  Guillermo  para  Inti- 
mar á  los  hijos  de  su  segundo  matrimonio,  á  fín  de  le- 
garles su  sucesión,  fueron  siempre  inútiles.  Jamás  quiso 
consentir  el  Papa  en  reconocer  como  verdadero  y  legiti- 
mo su  segundo  matrimonio,  y  á  cuantas  instancias  hizo 
Guillermo,  contestó  siempre  negativamente. 

La  joven  María  había  sido  casada  por  su  padre  en 
una  edad  en  que  apenas  era  nubil,  con  Barral,  vizconde 
de  Marsella,  de  quien  quedó  viuda  en  1192,  poco  des- 
pués de  su  casamiento.  Su  padre,  que  quería  deshere- 
darla para  beneficiar  á  los  hijos  que  había  tenido  en 
Inés,  no  la  dio  por  dote,  al  entregársela  á  Barral,  mas 
que  ICO  marcos  de  plata,  obligándola  á  renunciar  á  su 
sucesión.  El  vizconde  por  su  testamento,  á  más  de  la 
restitución  de  dichos  100  marcos,  legó  á  María  otros 
400  con  sus  ropas,  sortijas,  joyas  y  muebles  i. 


1     IHstoria  tUl  Languidoc^  tomo  III,  pág.  lo6. 


HISTORIA   DE  CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.    XIII.      1 29 

Como  la  muerte  de  este  vizconde  echó  abajo  todos  los 
planes  del  señor  de  Montpeller,  éste  trató  de  volver  á 
casar  á  su  hija  Maria,  comprometiéndola  por  nuevos  la- 
zos á  renunciar  la  sucesión  en  aquél  el  señorío.  Puso  á 
este  efecto  los  ojos  en  Bernardo,  conde  de  Comminjes, 
no  obstante  que  éste  tenia  aún  vivas  dos  mujeres^  á  la 
primera  de  las  cuales  había  repudiado  y  á  la  segunda 
repudió  entonces  para  casarse  con  María.  Al  efectuar 
ésta  su  segundo  enlace,  que  se  realizó  en  1197,  no  po- 
día tener  mucho  más  de  quince  años.  Según  el  contra- 
to de  bodas,  Guillermo  dio  en  dote  á  su  hija  200  marcos 
de  plata  y  los  trajes  de  novia. 

El  mismo  día  del  matrimonio^  Guillermo  hizo  fir- 
mar á  María  un  auto  por  el  cual  ésta,  diciendo  recono- 
cer «que  el  señorío  de  Montpeller  no  debe  pasar  á  ma- 
nos de  mujeres,  lo  renuncia  y  abandona  enteramente 
por  ella  y  sus  sucesores  en  favor  de  Guillermo  su  padre, 
y  de  Guillermo  su  hijo  y  de  Inés,  hermanastro  suyo  i.» 
Bernardo,  conde  de  Comminjes,  su  esposo,  se  compro- 
metió á  lo  mismo  por  su  parte,  y  ofreció  como  garante 
de  su  juramento  al  conde  de  Tolosa  su  primo.  Sin  em- 
bargo, ya  sabemos  que  todas  las  precauciones  de  Gui- 
llermo de  Montpeller  para  asegurar  la  sucesión  á  los  hi- 
jos de  su  segundo  matrimonio,  fueron  completamente 
inútiles. 

Ha  sido  necesario  dar  estos  antecedentes  para  mejor 
aclaración  de  lo  que  va  á  seguir. 

A  fines  del  1202  murió  Guillermo  VIII  de  Montpe- 
ller, y  ya  queda  dicho  que  tuvo  junto  á  su  lecho  de 
muerte  á  Pedro  de  Aragón,  y  acaso  también  al  conde 
de  Tolosa.  En  su  testamento  nombró  herederos  á  los 
hijos  de  su  segundo  matrimonio,  como  si  hubiesen  sido 

1  Copian  por  extenso  este  auto  los  historiadores  del  Languedoc  en 
el  .tomo  m,  pág.  108. 

TOMO  XI  9 


130  VÍCTOR   BALAGUER 

legitimados.  A  su  hijo  mayor,  Guillermo,  le  dejó  la  ciu- 
dad de  Montpeller,  y  es  de  notar  que  á  su  segundo,  To- 
más, le  diese  entre  otras  cosas  los  derechos  que  tenia  so- 
bre la  ciudad  de  Tortosa  en  Cataluña  1 .  Por  una  cláu- 
sula del  testamento  dejó  sus  hijos,  sus  tierras  y  sus  sub- 
ditos bajo  la  protección  y  la  guardia  de  Dios,  déla  Vir- 
gen María,  de  la  reina  Doña  Sancha  de  Aragón,  del 
rey  D.  Pedro  su  hijo  y  del  conde  de  Tblosa. 

Pedro  de  Aragón  se  quedó  en  Montpeller,  y  allí  debió 
permanecer  hasta  1204,  pues  no  suena  que  en  todo  este 
tiempo  volviese  á  su  país.  Todo  da  motivo  á  sospechar 
que  en  cuanto  hubo  exhalado  su  último  suspiro  Guiller- 
mo VIII,  D.  Pedro  concibió  la  idea  de  casarse  con  Ma- 
ría, hija  del  primer  matrimonio  de  Guillermo  y  verda- 
dera  heredera  del  señorío  de  Montpeller,  no  sólo  por  la 
cláusula  estipulada  cuando  el  enlace  de  su  madre,  sino 
porque  jamás  quiso  el  Papa  dar  la  sanción  de  legitimi- 
dad al  segundo  matrimonio  de  Guillermo.  La  política 
del  rey  de  Aragón  se  dirigió  desde  entonces  á  unir  á  su 
dominio  los  muchos  bienes  de  la  casa  de  Montpeller. 
Para  realizar  este  plan  necesitaba  el  auxilio  y  el  apoyo 
del  conde  de  Tolosa,  á  quien  Guillermo  VIII  había  de- 
jado como  uno  de  los  principales  protectores  de  sus  hi- 
jos, que  era  primo  de  Bernardo  de  Comminjes  esposo 
de  María,  y  que  tenía  prestigio  y  autoridad  en  el  país. 

Sin  duda  con  este  objeto  D.  Pedro  entabló  secretas 
relaciones  con  el  conde  de  Tolosa.  Lo  cierto  es,  que  ve- 
mos á  éste  favorecer  por  completo  las  pretensiones  de 
aquél,  y  hasta  se  dice  que  impulsó  á  su  primo  el  conde 
de  Comminjes  para  que  repudiase  á  María,  á  fin  de  que 
casara  ésta  con  el  monarca  aragonés.  El  de  Comminjes 
por  su  parte  se  hallaba  muy  dispuesto  á  ello.  Fuese  por 


1     Puede  verse  en  el  testamento  que  se  hallaní  en  la  Historia  del  Lcm 
guedoc,  tomo  III,  pág.  118. 


J 


E   CATALUÑA, — LIB.    V.   CAP.   XIII.       I3I 

esposa,  fuese  por  ligereza  de  carácter, 
;ra  otra  causa  secreta,  lo  cierto  es  que 

0  repudiar  á  María  aun  en  vida  de  su 
)  conseguir.  Las  crónicas  de  Provenza 
sta  á  maltratarla  para  reducirla  á  pedir 

misma.  Muerto  Guillermo  de  Mont- 
e  Comminjes,  no  teniendo  ya  que  te- 
0,  y  viéndose  apoyado  por  el  rey  de 

1  puestas  sus  miras  en  su  esposa,  y  por 
a  que  las  favorecía,  tomó  tan  acertada* 
s,  que  repudió  por  fin  á  María  en  toda 
to  de  parentesco  en  tercer  grado. 

as  y  manejos  ocupó  el  rey  de  Aragón 
te  del  siguiente.  Tal  era  aquel  siglo  y 

de  costumbres  públicas.  Los  mismos 
no  de  Montpeller  había  nombrado  pro- 
tres  de  sus  hijos,  abandonaban  los  in- 

conspiraban  contra  ellos. 
L  á  nuestro  D.  Pedro,  pagó  sus  serví- 

Tolosa.  Primeramente  le  vemos  no 
stáculo,  y  por  consiguiente  acceder  al 
vizconde  de  Narbona  prestó  al  de  To- 
de  1204  I;  y  sin  embargo,  los  prede- 
zconde  reconocían  á  los  reyes  de  Ara- 
s.  Después  se  le  ve  tener  una  entrevis- 
n  Rouergue,  durante  el  mes  de  Abril 
on  el  conde  de  Tolosa,  entrevista  á  la 
n  Alfonso  II  de  Provenza,  hermano  del 
í  un  acuerdo,  mediante  el  cual  el  rey 
ió  al  de  Tolosa  la  ciudad  de  Milhaud, 
irac.  Grezes,  Monar,  etc.,  es  decir,  los 
intiguos  vizcondados  de  Gevaudán  y 
gnados  en  el  acto  bajo  el  nombre  de 

■gutdee,  tomo  lU,  pág.  125. 


132 


VÍCTOR   BALAGUER 


condado  de  Mühaud y  de  Gevauddn,''por  ciento  cincuenta 
mil  sueldos  melgarienses  6  sean  tres  mil  marcos  de 
plata.  El  rey  de  Aragón  garantizó  este  compromiso 
contra  Sancho  su  tío  paterno,  en  caso  que  este  príncipe 
viniese  á  disputarlo  6  á  quitar  algo,  y  dio  por  caución  el 
conde  de  Provenga  su  hermano,  que  prometió  por  jura- 
mento observar  fielmente  las  condiciones  del  tratado  U 

Los  Maurinos  creen  que  el  principal  motivo  que  mo- 
vió á  Pedro  de  Aragón  á  empeñar  los  vizcondados  de 
Milhaud  y  de  Gevaudán  al  conde  de  Tolosa,  fué  el  de 
poder  acudir  á  los  gastos  de  su  casamiento  con  María 
de  Montpeller  y  al  viaje  que  tenía  proyectado  á  Roma. 

Habiendo  quedado  libre  con  su  divorcio  para  volverse 
á  casar,  no  tardó  en  hacerlo  María  con  nuestro  Pedro 
de  Aragón  2.  Se  ve,  pues,  por  todo  lo  que  hemos  dicho, 
que  Pedro  al  casarse  con  ella  no  podía  ignorar  su  ma- 
trimonio con  el  conde  de  Comminjes.  Lejos  de  igno- 
rarlo, contribuyó  al  divorcio.  Erraron  por  lo  mismo  los 
cronistas  al  decir  que  hasta  después  de  casado  no  supo 
el  rey  que  María  lo  hubiese  sido  clandestinamente,  es- 
criben, con  el  conde  de  Comminjes.  El  anónimo  arago- 
nés llega  á  decir  que,  «ofendido  de  este  engaño  D.  Pe- 
dro, empezó  á  aborrecer  á  su  mujer,  siendo  éste  el  prin- 
cipal motivo  que  le  movió  á  pasar  á  Roma  en  1204, 
con  el  pretexto  de  ser  coronado  de  mano  del  Papa,  pero 
en  realidad  con  el  fin  de  solicitar  la  abolición  de  aquel 
matrimonio  como  fraudulento  y  contrario  al  honor  de 
su  corona.»  Error  visible  todo  esto.  Es  verdad  que 
D.  Pedro  aborreció  á  su  mujer;  pero  fueron  otras  las 


1  Prueba  LXXX  de  la  Mstoria  del  Languedoc,  col.  1 98  del  tomq  IIT. 

2  £i  historiador  aragonés  Gerónimo  Blancas,  asegura  que  antes  que 
este  rey  casase  con  María,  lo  estuvo  de  primeras  nupcias  con  una  so- 
brina del  conde  de  Forcalquier,  y  apiade  que  de  este  matrimonio  tuve 
un  hijo  que  murió  nifio  y  se  llamó  Ramón  Berenguer.  £1  dicho  de  Blan- 
cas no  está  corroborado  por  ningún  documento. 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — UB.    V.    CAP.    XIII.       I33 

causas,  y  la  principal  quizá  la  de  haberse  casado  con 
ella  por  interés,  que  no  por  amor.  Es  verdad  también 
que  solicitó  la  abolición  de  su  matrimonio,  á  pesar  de 
cierta  cláusula  puesta  en  el  contrato,  pero  fué  mucho 
más  adelante. 

El  contrato  matrimonial  se  hizo  en  el  cementerio  de 
la  casa  del  Temple  de  Montpeller  el  5  de  Junio  de 
X204.  En  este  documento  Maria  se  constituye  en  dote 
la  ciudad  de  Montpeller,  los  castillos  de  Lates,  de  Mont- 
ferrier,  de  Órnelas,  etc.,  y  generalmente  todos  los  domi- 
nios que  habían  pertenecido  á  su  difunto  padre  Guiller- 
mo, sustituyéndolos  en  favor  del  primer  hijo  varón  que 
naciera  de  su  matrimonio  con  D.  Pedro.  Éste  por  su 
parte  asignó  á  Maria  todo  el  condado  de  Rosellón,  des- 
de la  fuente  de  Salses  hasta  la  Clusa,  para  que  de  él 
pudiera  gozar  durante  su  vida  si  le  sobrevivía.  Pedro 
prometióle  al  mismo  tiempo  por  juramento  «no  repu- 
diarla jamás,  no  casar  con  ninguna  otra  mientras  vi- 
viera, y  no  enajenar  nada  de  los  dominios  de  Montpe- 
ller que  ella  se  había  constituido  en  dote  i.i 

Por  garantía  de  su  promesa,  dio  á  su  tío  el  conde  San- 
cho, á  su  hermano  Alfonso,  á  Guillermo  y  Hugo  de 
Saucio,  á  Rousselin  vizconde  y  señor  de  Marsella  y  á 
otFOS,  los  cuales  hicieron  igual  juramento  que  él.  Ha- 
lláronse presentes  Guy  preboste  de  Magalona,  y  los  prin- 
cipales habitantes  de  Montpeller,  siendo  muy  de  notar 
que  entre  estos  habitantes,  Pons  de  Vallauguez,  Beltrán 
su  hijo,  y  Pedro  de  Estany,  que  son  calificados  como 
caballeros,  están  en  lugar  inferior  y  vienen  nombra- 
dos después  de  otros,  que  toman  el  título  de  juriscon- 
sultos ó  abogados  (catmdici).  El  rey  de  Aragón  para 
conciliarse  la  benevolencia  de  los  mismos  habitantes, 


1     Marca  hispánica. — Arti  de  comprobar  las  fechas. — ISstoria  del 
Ijmguedoc. 


134  VÍCTOR   BALAGUBR 

prometió  entonces  por  juramento  conservar  sus  usos  y 
costumbres. 

Dos  días  después,  prestó  juramente  de  fidelidad  i 
Guillermo  obispo  de  Magalona,  en  la  iglesia  de  Nuestra 
Señora  de  Montpeller,  y  le  hi^o  homenaje  por  el  señorío 
de  esta  ciudad,  en  presencia  de  una  gran  asamblea  en 
que  se  hallaban  su  tío  el  conde  Sancho,  su  hermano 
Alfonso,  el  conde  de  Tolosa,  Bernardo  de  Andusa,  el 
príncipe  de  Oranje  (Guillermo  de  Baucio),  Hugo  de 
Baucio,  y  los  principales  señores  y  prohombres  de  la 
ciudad. 

Cuéntase  que  entonces  Inés,  viuda  de  Guillermo, 
abandonada  por  los  protectores  que  su  esposo  le  había 
dado,  tuvo  que  salir  de  Montpeller  con  sus  hijos  de- 
clarados bastardos  é  ir  á  buscar  un  asilo  en  otra  parte  i. 
No  tuvo  empero  lugar  esto  sin  que  una  parte  de  los  ha- 
bitantes la  demostrasen  sus  simpatías,  promoviéndose 
una  sublevación  que  fué  sofocada,  y  cuyos  jefes  fueron 
desterrados  por  D  •  Pedro. 

El  rey  de  Aragón  y  María  permanecieron  algún  tiem- 
po en  Montpeller  después  de  su  matrimonio,  y  en  el 
mes  de  Agosto  de  1204  aprobaron  las  costumbres  de  la 
ciudad,  que  hasta  entonces  fueron  yerbales,  aunque  Vi- 
gentes desde  largo  tiempo,  y  que  se  mandaron  redactar 
en  esta  época  para  fijar  su  observancia  en  el  porvenir; 
y  dice  Romey,  para  escudarlas  contra  los  antojos  é  inter- 
pretaciones de  los  reyes.  Estas  admirables  costumbres  fue- 
ron juradas  por  Pedro  de  Aragón,  siguiendo  su  ejemplo 
todos  sus  sucesores  hasta  Luis  XIV,  rey  de  Francia,  se- 
gún puede  verse  en  el  Thalamus  mayor  y  en  el  Thala- 
mus  menor  ^,  donde  están  anotadas  indistintamente  va- 

1  Aríi  de  comprobar  las  fechas:  tratado  de  los  sefíores  de  Mont- 
peller. 

2  Archivo  municipal  de  Montpeller.  £1  Thalaittus  viene  á  ser  como 
nuestro  libro  verde.  Para  muestra  del  lenguaje  de  aquel  tiempo,  transcri- 


J 


K   DE  CATALUÑA.— LIB.    V.    CAP.    XIII.       I35 

O  los  nombres  de  costumbres,  libertades, 
es  municipales  de  la  ciudad,  universidad,  co- 
anta  ó  señorío  de  Montpelter. 
por  esta  constitución  tenía  sus  leyes,  su 
jército.  Los  principales  cargos  y  funcio- 
Ltivas  y  magistrales  eran  conferidos  por 
capitanes  mandaban  una  milicia  ciudada- 
i  por  barrios,  la  cual  no  sólo  estaba  en- 
Fvicio  interior  de  la  ciudad,  sino  que  iba 
uerra  cuando  convenia.  La  ciudad  era  in- 
il  extranjero,  tanto  en  tiempo  de  paz  co- 

era  libre  en  Montpeller,  y  no  tenía  que 
L  homenaje  al  señor.  Los  cónsules  y  los 
n  sólo  el  poder  legislativo;  el  poder  judi- 
;rvado  al  tribunal  de  justicia  del  señor. 
o  injusto  era  nulo  de  derecho.  El  mono- 
imo  y  el  alojamiento  forzados,  lo  mismo 

de  peaje,  estaban  prohibidos.  La  ciudad 
ida  por  doce  ciudadanos,  llamados  cónsu- 
'eelegidos  todos  los  años.  Nada  se  podia 
te  á  la  administración  de  la  ciudad,  sin  la 
e  estos  cónsules.  Todo  esto  consta,  á  más 
as  notables  particularidades,  en  el  archi- 
ler. 

rey  de  Aragón  estas  costumbres,  después 
:cho  examinar,  y  haber  conferenciado  so- 
arios  sabios  1.  La  confirmación  fué  pú- 
e.  Tuvo  lugar  el  i5  de  Agosto  de  1204, 
:  Nuestra  Señora  de  Montpeller.  Alli,  en 
pueblo  congregado,  prometió  solemne- 

nenor  el  primer  articulo,  que  dice  isU  Uiu  solí  es  st- 
'  gui  eitaüsi  ai  vulunlaí  de  Dieu  gevtma  san  fobel  i 
lo  es  seflor  de  MaDtpeller,  que,  por  la  voluntad  de 
pueblo  y  su  sefioria.) 
Languedae,  tomo  III,  pág.  126. 


136 


VÍCTOR  BALAGUBR 


mente,  tanto  por  él  como  por  sus  sucesores,  observar- 
las fielmente,  é  hizo  sellar  con  su  sello  en  plomo  el  acta 
de  esta  confirmación,  en  la  que  se  titula  rey  de  Ara- 
gón ^  conde  de  Barcelona  y  señor  de  Montpeller  1.  Excep- 
tuó, sin  embargo,  en  esta  acta  á  todos  aquéllos  á  quie- 
nes había  desterrado  de  la  ciudad,  que  serian  probable- 
mente los  jefes  de  la  sublevación  de  que  se  ha  hablado 
en  favor  de  los  hijos  de  Guillermo. 

La  confirmación  de  su  esposa  María,  es  posterior  en 
trece  días.  Lleva  la  fecha  de  28  de  Agosto,  en  el  castillo 
de  Montpeller.  María  se  titula  reina  de  Aragón,  condesa 
de  Barcelona  y  señora  de  Montpeller, 

Acababa  apenas  de  efectuarse  el  matrimonio  de  Don 
Pedro  con  María  de  Montpeller,  cuando  llegaron  á  nues- 
tro país  embajadores  de  otra  María,  reina  de  Jerusalén, 
para  ofrecer  al  monarca  aragonés  la  mano  de  ésta,  con 
sólo  la  condición  de  que  tomase  por  su  cuenta  la  recon- 
quista de  Tierra  Santa.  La  embajada  llegó  tarde:  en- 
contró casado  ya  á  D.  Pedro.  A  no  ser  así,  atendido 
su  carácter  emprendedor  y  resuelto,  nuestro  monarca, 
que  tuvo  fama  de  ser  uno  de  los  mejores  adalides  de  su 
tiempo,  hubiera  de  seguro  aceptado  aquella  ocasión  con 
que  le  brindaba  la  suerte^  y  sin  duda  las  armas  y  glo- 
rías de  la  corona  de  Aragón  hubieran  brillado  en  mayor 
y  más  extenso  campo  2, 


1  Asi  como  los  monarcas  aragoneses  jamás  se  titularon  reyes  de 
Barcelona,  sino  condes,  jamás  se  titularon  tampoco  reyes  de  Montpeller, 
sino  señores,  doniini  Montispesulani,  dicen  las  escrituras. 

2  Zurita  cuenta  con  pormenores  todo  lo  referente  á  este  punto  en 
su  lib.  n,  cap.  LIV. 


fr- 


V    ( 


STORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.   V.    CAP.   XIV.       I37 


CAPITULO  XIV. 


Objeto  del  viaje  del  rey  á  Roma. — Hace  su  testamento  antes  de  partii'. 
— Se  embarca  en  Marsella. — Llega  á  Roma  y  es  coronado  por  el  Pa- 
pa.—Se  hace  feudatario  de  la  iglesia.— Parte  de  Roma. — Desconten- 
to y  protesta  de  los  reinos  de  Cataluña  y  Aragón  por  las  concesiones 
hechas  por  el  rey  al  Papa. — Estalla  de  nuevo  la  guerra  entre  los  con- 
des de  Provenía  y  Forcalquier.  —Marcha  D.  Pedro  contra  los  here- 
jes d^  Albi. — Entrevista  con  el  rey  de  Inglaterra  en  Jaca. — ^Tributo 
del  monedaje  y  descontento  que  promueve  en  los  reinos. — Sospechas 
de  haberle  nacido  al  rey  una  hija. — Sublevación  en  Montpeller. — 
Asamblea  en  Magalona  y  tratado  de  paz  entre  el  rey  y  los  ciudadanos 
de  Montpeller. — Demanda  de  divorcio. 

(Db  1204  Á  1206.) 

Ya  se  ha  dicho  que  el  monarca  aragonés  había  for- 
mado entonces  el  designio  de  hacer  un  viaje  á  Roma, 
por  el  vano  deseo  de  que  el  Papa  le  coronase,  y  reca- 
bar de  él  que  en  adelante  los  reyes  y  reinas  de  Aragón 
pudiesen  ser  coronados  en  Zaragoza,  por  manos  del 
metropolitano  de  Tarragona.  D.  Pedro,  dado  á  la  es- 
plendidez y  al  boato,  y  hombre  de  ideas  y  planes  caba- 
llerescos, conceptuó  que  el  ceremonial  de  su  coronación 
y  ungimiento  darla  sumo  realce  á  su  autoridad  real ,  y 
al  efecto  envió  una  embajada  al  papa  Inocencio  III . 
Zurita  quiere  disfrazar  la  parte  de  ostentación  en  el 
monarca,  dando  á  su  yiaje  á  Roma  un  colorido  polí- 
tico. Dice  al  efecto,  que  D.  Pedro  ideaba,  como  sus 
antecesores,  la  conquista  de  las  Baleares,  y  que  su 
objeto  no  fué  sólo  el  de  hacerse  ungir  por  el  Papa,  si 
no  el  conseguir  de  él  que  mediara  para  que  los  ge- 


138  VÍCTOR  BALAGUER 

noveses  y  písanos  le  ayudaran  en  su  empresa  contra 
Mallorca  1. 

Lo  cierto  es,  que  D.  Pedro  emprendió  el  viaje  ha- 
biéndose hecho  para  él  tantos  preparativos  como  pu- 
diera para  una  empresa  contra  enemigos .  Cinco  gale- 
ras y  un  gran  número  de  naves  le  esperaban  á  él  y  á 
su  lujosa  comitiva,  para  transportarlos  á  Italia.  Salió 
de  Montpeller,  dejando  á  su  esposa  bajo  la  protección 
del  conde  de  Proveriza  su  hermano,  á  quien  confió  los 
negocios  del  Estado,  con  una  junta  compuesta  de  ca* 
balleros  y  prohombres  de  Montpeller,  y  se  dirigió  á 
Marsella,  donde  se  hallaba  en  4  de  Octubre  de  1204,  á 
juzgar  por  lo  que  dice  un  antiguo  historiador  de  Pro- 
venza.  Refiere  este  autor  que  en  dicha  ciudad  y  día 
D.  Pedro  hizo  su  testamento,  en  el  cual  declara  que, 
estando  resuelto  á  visitar  la  tumba  de  los  santos  após- 
toles, hace  su  última  disposición,  según  la  cual  insti- 
tuye por  su  heredero  al  hijo  que  le  naciera  del  matrimo- 
nio que  acababa  de  efectuar ,  sustituyendo ,  en  defecto 
de  este  hijo,  á  su  hermano  Alfonso,  conde  de  Proven- 
za,  aun  en  el  caso  de  tener  una  hija,  á  la  cual  se  con- 
tenta con  legar  la  suma  de  6.000  marcos  de  plata  en 
dote  2. 

No  hallo  que  de  este  testamento  hablen  nuestros 
historiadores.  Me  limito,  pues ,  á  citar  el  hecho  y  la 
fuente.  También  dicen  casi  todos  los  autores,  que  se 
embarcó  en  Aigues  Mortes ;  pero  si  la  circunstancia  de 
que  acabo  de  dar  cuenta  es  cierta,  su  embarque  se 
efectuó  en  Marsella.  Acompañóle  en  el  viaje  gran  nú- 
mero de  caballeros  catalanes,  aragoneses  y  provenza- 
les.  Consta  que  se  embarcaron  con  él,  entre  otros,  su 
tío  Sancho,  el  arzobispo  de  Arles,  el  preboste  de  Ma- 

1  Anales  de  Aragón^  lib.  II,  cap.  LL 

2  Bouche,  tomo  II,  págs.  1.060  y  siguientes. 


CATALUÑA UB.   V.    CAP.    XIV.      J39 

Jaticio,  el  vizconde  de  Marsella,  Ar- 

/o  en  Genova,  donde  el  rey  fué  reci- 
í&tejos,  y  partió  en  seguida  para  Os* 

tomó  puerto.  Allí  esperaban  al  mo- 
¡nales  y  potentados  romanos,  quienes 
la  capital  del  orbe  católico. 
:n  el  palacio  de  los  canónigos  de  San 
dias  pasa  el  Papa  á  la  iglesia  de  San 
I  II  de  Noviembre,  día  de  la  presen- 
1,  sele  consagra  y  unge  por  mano  del 

Le  coloca  el  Papa  la  corona  en  las 
1  mismo  con  sus  insignias  reales  de 
mbolos  de  justicia;  jura  fidelidad  y 
xcio  III,  á  sus  legítimos  sucesores  y 
te  mantener  el  culto  romano,  ampa- 
ir  tomando  por  norma  la  paz  entre  los 
ra  contra  los  infieles  y  herejes,  y  pa- 
i6n  solemne  á  la  Basílica  de  San  Pe- 
el  rey  cetro  y  corona  sobre  el  altar 

Papa  la  espada  en  defensa  del  nom- 
irándole  gonfalonero  ó  alférez  mayor 
i  Iglesia  católica. 

agones,  Jerónimo  Blancas,  nos  pre- 
;omo  el  primer  rey  de  Aragón  que 
ace  una  relación  circunstanciada  de 
>e  ocupa  en  pintamos  la  congoja  del 
cuando  tuvo  noticia  de  que  el  Papa, 
1  antiguas  usanzas,  le  ceñirla  la  co- 
'  no  con  las  manos;  y  nos  cuenta  el 
Ji6  D.  Pedro  para  evitar  esta  humi- 

labrar  la  corona  de  pan,  con  lo  cual, 
se  vio  Obligado  á  ceñírsela  con  las 
ido  tratar  la  gracia  de  Dios  con  el 
ue  los  metales  preciosos  y  mundana- 


140  vfCTOR  BAIAGUÉR 

les  pompas  1.  Otros  autores,  sin  embargo,  no  refieren 
este  hecho  ni  dan  cuenta  de  estos  incidentes,  juzgándo- 
los sin  duda  hijos  más  bien  de  la  fantasía  de  Blancas 
que  de  la  verdad  histórica. 

El  rey  no  se  separó  del  Papa  sin  haber  andado  conH 
neciamente  pródigo,  como  ha  dicho  un  historiador  2.  Ofre- 
ció su  reino  á  San  Pedro,  principe  de  los  apóstoles,  y  al 
Papa  y  sus  sucesores  para  que  fiíese  feudatario  de  la 
iglesia,  obligándose  á  pagar  cada  año  el  feudo  de  2S0 
mazmodines,  y  cediendo  al  Papa  el  derecho  de  patro- 
nazgo sobre  todas  las  iglesias  del  reino  de  Aragón  3. 

1  Blancas:  Coronacicms  de  los  reyes  de  Aragón, 

2  El  Anónimo  aragonés  refundido  y  comentada  por  Braulio  Fez, 
tomo  II,  pág.  33. 

3  Zurita,  lib.  II,  cap.  LI. — Ortiz  de  la  Vega  no  tuvo  presente  sin 
duda  este  capitulo  del  analista  aragonés,  cuando,  como  poniendo  en  duda 
que  el  rey  D.  Pedro  se  reconociese  feudatario  del  Papa,  escribe  que  so- 
lo lo  cuenta  algún  italiano.  Lo  dicen  Zurita,  Feliu  de  la  Pefia  y  demás 
analistas  aragoneses.  Por  lo  demás,  las  palabras  con  que  se  obligó  el 
rey,  son  las  siguientes,  según  se  lee  en  el  Bularío  de  los  papas: 

*£go  Petrus,  rex  Aragonum  proíiteor  et  polliceor,  quod  semper  ero 
fídells  et  obediens  Domino  meo  Papse  Inocentio,  ejus  catholicis  suoces- 
soribus,  et  ecclesiae  romanae,  regnumque  meum  in  ipsius  obedientiafi- 
deliter  conservabo,  defendens  fldem  catholicam,  et  persequens  hareti- 
cam  pravitatem.  Libertatem  et  immunitatem  Ecclesiarum  custodiam 
et  earum  jura  defend^m.  In  omni  térra  mese  potestati  subjecta  justitiam 
et  pacem  servare  studebo;  sic  me  Deus  adjuvet  et  haec  Sánela  Evan- 
gelia.„ 

La  obligación  del  pago  en  feudo,  decía: 

"Cum  corde  credam  et  ore  conñtear,  quod  Romanus  Pontifex,  qui  est 
Beati  Petri  successor,  vicarius  sit  illius  per  quem  reges  regnant  et  prin- 
cipes principantur,  qui  dominatur  in  regno  hominum,  et  cui  voluerit 
dabit  illud;  Ego  Petrus,  Dei  gratia  rex  Aragonum,  comes  Barcinons;  et 
Dominus  Montis-Pessulani*  cupiens  principali  post  Deum  Beati  Petri 
et  Apostolicse  sedis  protectione  munirí,  tibi,  reverendissime  pater,  et 
domine  summe  Pontifex  Innocenti,  et  per  te  sacrosanct»  Rpmans 
Apostolicse  sedi  oflero  regnummeum,  illud  que  tibiet  successoribus  tais 
in  perpetum  divini  amorís  intuitu,  et  proremedio  animae  mese,  et  pro- 
genitorum  meonim  constituo  censúale,  ut  annuatim  de  camera  regís 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB,   V.    CAP.  VXI.       I4I 

Después  de  la  pomposa  y  solemne  coronación  de  Don 
Pedro,  mandó  el  Papa  que  fuese  acompañado  de  muchos 
cardenales  y  de  los  señores  romanos  por  la  ciudad,  has- 
ta llevarle  á  la  iglesia  de  San  Pablo,  orillas  del  Tíber, 
donde  estaban  sus  galeras  en  las  cuales  se  embarcó, 
haciéndose  á  la  vela  y  dando  vuelta  á  sus  estados,  sin 
que  hagan  mención  los  autores  ni  se  halle  en  las  me- 
morias de  aquel  tiempo  que  se  tratase  lo  de  la  empre- 
sa y  conquista  de  Mallorca. 

Así  es  como  el  monarca  regresó  á  sus  tierras,  trayen- 
do de  aquel  viaje  lo  que  fué  origen  de  funestos  y  san- 
grientos disturbios.  Las  concesiones  hechas  al  Papa  y 
el  feudo  á  la  iglesia,  promovieron  grandes  muestras  de 
descontento  en  estos  reinos.  «Llegaron  á  Cataluña  y 
Aragón,  dice  el  analista  Feliu,  las  noticias  de  la  devota 
liberalidad  del  rey,  y  protestaron  de  inválidas  las  cesio- 
nes y  reconocimiento  por  no  poderse  ejecutar  sin  el  con- 
sentimiento de  los  vasallos;  formaron  sus  escrituras  y 
las  remitieron  á  Roma  y  al  rey.  Los  originales  de  las 
concesiones  apostólicas  y  de  las  protestaciones,  se  ha- 
llan en  el  archivo  de  Barcelona.» 

Cuando  más  tarde  vino  el  rey  á  nuestro  país,  trató 
de  contentar  á  los  más  quejosos  y  malcontentos,  dicien- 
do que  él  solamente  había  cedido  su  derecho  y  no  el  de 
eUos;  pero  contestáronle  que  lo  cedido  era  lo  suyo  y  lo 
ageno.  Lo  cierto  es,  que  «fué  esto  causa  que  muchos 

ducenta  quinquaginta  massse  mutinse  Apostolicae  sedi  reddantur,  et  ego 
ac  snccessores  mei  specialiter  ei  fídeles,  et  obnoxii  tenearaur.  Hoc  autem 
lege  perpetua  servandum  fore  decemo,  quia  spero  íirniiter,  et  confído, 
quod  tu  et  successores  tui  me  ac  successores  meos,  et  regnum  praedic- 
tom  auctoritate  Apostólica  defendetis,  praesertim  cuín  ex  multo  devo- 
tionís  alTectu  me  ad  sedem  apostolicam  accendentem  tuis  quasi  Beati 
Petri  manibus  in  regem  duxeritis  solemniter  coronandum.  Ut  autem 
base  regelis  concessio,  etc.  Actum  Romee  apud  Sanctum  Petrum  anno 
Domioicse  incarnationis  MCCIV,  quarto  idus  novembris,  anno  regni 
mei  octavo.. 


142  VÍCTOR  BALAGUER 

años  después  puso  en  gran  turbación  y  trabajo  al  rey 
D,  Pedro,  su  nieto,  procediendo  el  Papa  contra  él  á  pri- 
vación de  su  reino,  como  contra  vasallo  y  subdito  de  la 
Iglesia  1.» 

Al  regresar  D.  Pedro  á  Provenga,  á  últiniosdel  1204, 
se  encontró  con  que  Alfonso,  conde  de  Provenza  su  her- 
mano y  el  conde  de  Forcalquier  habían  roto  sus  paces. 
Corta  debió  ser  la  guerra  entre  ambos,  pero  terrible 
para  el  primero,  al  cual  el  rey  de  Aragón  halló  preso 
en  poder  de  Guillermo,  quien  se  había  apoderado  de  to- 
dos sus  estados.  Entonces  el  monarca,  en  una  rápida 
campaña,  obligó  al  de  Forcalquier  á  devolver  la  liber- 
tad y  sus  dominios  á  Alfonso  y  á  renovar  su  tratado  de 
paz  con  él  2. 

No  hay  seguridad,  pero  sí  fundadas  sospechas  de  que 
á  principios  del  i2o5,  y  hallándose  en  armas  aún  por 
lo  de  su  hermano  y  el  conde  de  Forcalquier,  marchó 
D.  Pedro  contra  los  herejes  que  habían  hecho  grandes 
progresos  en  aquel  país.  Tenían  ya  su  bandei*a,  sus 
'ejércitos,  sus  ciudades,  sus  nobles  que  les  protegían,  sus 
obispos,  en  una  palabra,  eran  ya  un  poder.  Se  despren- 
de esta  campaña  del  monarca  aragonés  contra  los  here- 
jes, de  una  epístola  del  papa  Inocencio  III,  en  que  da 
personalmente  en  feudo  á  D.  Pedro  el  castillo  de  Escu- 
ve,  de  la  diócesis  de  Albi,  «castillo  que  dicho  príncipe 
había  tomado  á  los  herejes  3.» 

En  1 3  de  Junio  de  I205  se  hallaba  el  rey  en  Mont- 
peller,  pues  que  en  este  día  hizo  con  su  esposa  nueva 
'confirmación  de  los  usos  y  costumbres  de  la  ciudad, 
que  se  publicaron  el  mismo  día  en  la  casa  de  los  cón- 
sules 4. 

1  Zurita,  lib.  II,  cap.  LI. 

2  ídem  id. 

3  Historia  del  Langutdoc,  tomo  III,  pág.  I40. 

4  Eugenio  Thomas;  Ensayo  histórico  de  Montpeller, 


HISTORIA   DE   CATALUÑA, — LIB.    V.  CAP.    XIV,       I43 

D.  Pedro  vino  después  de  esto  á  Cataluña  y  pasó  en 
seguida  á  Aragón^  dejando  según  parece  á  la  reina  Do- 
ña María  en  Montpeller  ó  en  sus  inmediaciones.  A  prin- 
cipios de  Agosto  estaba  en  Jaca^  donde  desplegó  gran- 
de ostentación  y  magníñcencía  para  recibir  al  rey  de  In- 
glaterra, con  quien  debía  tener  vistas  en  dicho  punto. 
Qué  objeto  tuvo  esta  entrevista,  calíanlo  las  crónicas: 
sólo  Feliu  de  la  Peña  dice  que  el  de  Inglaterra  vino 
para  confirmar  alianzas  antiguas. 

Pródigo,  dadivoso,  amigo  de  ostentación  y  pompa 
como  ninguno  era  D.  Pedro  de  Aragón.  La  magnificen- 
cia desplegada  en  Jaca,  su  aparatoso  viaje  á  Italia,  las 
prodigalidades  á  que  tuvo  que  recurrir  para  tener  con- 
tentos á  los  ricos  hombres  y  los  gastos  que  le  ocasio- 
naron sus  guerras,  habían  agotado  su  tesoro.  Asi  es  que 
hallándose  en  Huesca,  estableció  en  su  reino  un  nuevo 
pecho,  llamado  del  monedaje,  en  virtud  del  cual  todos 
cuantos  poseían  heredades  ó  bienes  muebles,  excepto 
los  que  hubiesen  sido  armados  caballeros,  debían  pagar 
por  su  valor  y  en  cada  libra  12  dineros  si  eran  mue- 
bles, y  á  prorrata  de  las  rentas  si  eran  inmuebles.  «No 
consintieron  los  pueblos  la  carga,  dice  Feliu,  por  no 
poderse  imponer  según  su  consentimiento;  formaron  su 
unión  los  aragoneses,  y  moderaron  el  dictamen  del  rey 
los  catalanes,  que  después  le  admitieron  por  tiempo  de- 
terminado y  con  rebaja  1.» 

Los  disgustos  que  apuntaron  en  Aragón  y  Cataluña, 
pudiendo  ser  contenidos,  estallaron  de  un  modo  san- 
griento en  Montpeller.  Regresó  el  monarca  á  este  país 
antes  de  terminarse  el  año  de  i2o5,  habiéndose  ido  á 
juntar  primero  con  la  reina  Doña  María  que  estaba  en 
Colibre  2^  y  por  cierto  que  al  llegar  á  este  punto  se  me 


1  Feliu  de  la  Pefla,  lib.  XI,  cap.  IV* — Zurita,  lití.  II,  cap.  LII. 

2  Historia  del  Langtudoc^  tomo  III,  pág.  141. 


144  VÍCTOR  BALAGUER 

ofrece  uno  dudoso  de  nuestra  historia,  que  antes  de  pa- 
sar adelante  he  de  apuntar,  ya  que  no  pueda  resolver. 
Los  Maurinos,  al  llegar  á  esta  fecha,  dicen  que  la  rei- 
na dio  á  luz  una  niña  que  se  llamó  Sancha,  la  cual  ca- 
só su  padre  D.  Pedro  en  esponsales  de  futuro  con  el 
hijo  mayor  del  conde  de  Tolosa  (conde  también  más 
adelante),  y  trasladan  los  artículos  del  contrato  matri- 
monial. Ningún  otro  autor,  que  yo  sepa,  habla  de  esta 
hija  habida  por  D.  Pedro  en  María  de  Montpeller.  Por 
el  contrario,  todos  están  acordes  en  decir  que  de  aquel 
matrimonio  no  nació  otro  hijo  que  el  D.  Jaime  el  Con* 
quisiador,  del  cual  larga  y  sobrada  ocasión  tendremos 
para  hablar.  Y  sin  embargo,  los  historiadores  del  Lan- 
guedoc  dan  muchos  pormenores  i ,  y  aducen  muchas 
razones  en  favor  de  su  aserto.  Verdad  es  que  el  matri- 
monio no  llegó  á  consumarse  por  haber  muerto  Sancha 
en  la  infancia,  y  que  entonces  el  hijo  del  conde  de  To- 
losa casó  con  la  otra  Sancha,  hermana  menor  de  Don 
Pedro.  En  sus  Condes  ^indicados  nuestro  D.  Próspero 
de  Bofarull  no  habla  de  esta  niña,  ni  hace  mención  si- 
quiera del  dicho  de  los  historiadores  del  Languedoc, 
que  acaso  le  pasó  por  alto.  Es  punto  este  que  merece 
ser  estudiado  con  más  detención  de  la  que  se  le  puede 
consagrar  en  una  historia  general  como  la  presente.  De 
todos  modos,  me  limitaré  á  esponer  que  en  el  contrato 
matrimonial  estractado  por  los  Maurinos,  hay  dos  cláu- 
sulas ó  artículos  concluyentes:  una  de  ellas,  la  de  que 
el  conde  de  Tolosa  promete  dar  en  matrimonio  su  hijo 
Raimundo  á  Sancha,  hija  de  Pedro  de  Aragón  y  de  Mt^ 
ría  su  esposa;  y  la  otra  la  de  que  D.  Pedro  ofrece  dar  en 
dote  á  su  hija  la  ciudad  y  castillo  de  Montpeller.  De  to- 
dos modos,  aceptando  la  autenticidad  de  este  contrato, 
hemos  de  admitir  el  hecho  de  la  muerte  de  Sancha  en 

1     En  su  tomo  III,  pág.  141  y  en  la  nota  XXXV  del  mismo  tomo 


ir 


HISTORIA  DB   CATALUÑA. — LIB.    V.    CAP.    XIV.       I45 

la  infancia,  pues  luego  se  ve  al  Raimundo  de  Tolosa,  su 
prometido,  casar  con  otra  Sancha,  tía  de  la  niña  en  to- 
do caso,  como  hija  menor  que  era  de  Alfonso  el  Casto  y 
hermana  de  D.  Pedro  el  Católico.  También  era  herma- 
na esta  otra  Sancha  de  la  J>eonor  casada  con  el  conde 
de  Tolosa,  padre  del  joven  Raimundo  de  que  hablamos. 
De  Colibre  debieron  trasladarse  D.  Pedro  y  Doña 
María  á  Montpeller,  cuyos  habitantes  no  tardaron  en  de- 
mostrar de  una  manera  ruidosa  su  disgusto  contra  el  pri- 
mero, que  precisamente  venía  entonces  como  huyendo 
también  del  descontento  de  Aragón  y  Cataluña.  Poco 
antes  de  imponer  el  tributo  del  monedaje  á  estos  dos 
reinos,  había  D.  Pedro  pedido  prestada  á  los  habi- 
tantes de  la  ciudad  y  señorío  de  Montpeller,  la  suma 
de  175.000  sueldos  melgarienses,  por  la  cual  les  empe- 
ñó el  castillo  y  rentas  de  la  ciudad,  el  castillo  de  Lates 
y  varios  otros  dominios  de  los  alrededores  i .  Otro  his- 
toriador afirma  que  la  cantidad  prestada  fué  de  800. ooO 
sueldos,  y  pretende  que  los  habitantes  de  Montpeller  se 
la  prestaron  cuando  él  regresó  de  Roma  para  facilitarle 
recursos  y  medios  de  sostener  la  guerra  en  favor  de  su 
hermano  Alfonso  contra  el  conde  de  Forcalqiiier.  Este 
préstamo,  por  cuya  restitución  no  tenía  el  rey  gran  pri- 
sa, á  lo  que  parece,  y  el  poco  respeto  que  al  propio  tiem- 
po mostraba  guardar  á  las  costumbres  de  la  ciudad,  no 
obstante  haberlas  jurado,  dieron  ocasión  á  que  los  ánimos 
se  exasperasen  y  á  que  tuviese  lugar  un  levantamiento, 
que  comenzó  de  una  manera  sangrienta.  El  pueblo  de 
Montpeller  arrasó  el  castillo  señorial,  y  el  rey  se  vio  obli- 
gado á  huir  de  la  ciudad,  refugiándose  según  parece  en 
el  castillo  de  Lates.  Tampoco  allí  estuvo  seguro.  Persi- 
guiéronle los  de  Montpeller,  asaltaron  el  castillo,  entrá- 
ronlo á  saco,  y  sólo  milagrosamente  pudo  escapar  Don 

1    ISsíoría  del  Langtudcc^  tomo  III,  pág.  144. 

TOMO  XI  10 


146  VÍCTOR  BALAGUER 

Pedro  á  la  ciega  cólera  de  los  amotinados.  El  castillo 
de  Lates  fué  entregado  á  las  llamas,  pereciendo  muchos 
de  sus  habitantes  y  defensores  1. 

Nos  faltan  pormenores  de  la  guerra  que  se  siguió  en- 
tonces, entre  los  ciudadanos  de  Montpeller  y  el  rey  de 
Aragón,  ^ólo  sabemos  que  fué  devastadora  para  el  país. 
Pedro  de  Castelnau,  natural  de  Montpeller,  y  legado 
pontificio  en  la  Provenza,  se  alarmó  con  estos  desór- 
denes, temiendo  que  ellos  diesen  nuevo  pábulo  á  la 
herejía  de  los  de  Albi  ó  albigenses,  ya  por  lo  demás 
en  bastante  progreso;  asi  es,  que  medió  seguidamente 
para  pacificar  aquel  estado,  auxiliándole  en  su  misión 
pacífica  Guillermo  Autignac  obispo  de  Magalona.  Gra- 
cias á  sus  esfuerzos,  tuvo  lugar  una  asamblea  en  el  pa- 
lacio episcopal  de  Magalona,  á  la  que  asistieron  el  rey 
D.  Pedro,  la  reina  Doña  María,  y  muchos  prelados,  se- 
ñores, ciudadanos  y  abogados,  conviniendo  por  fin  en 
un  tratado  de  paz,  que  se  estipuló  bajo  los  principales 
artículos  siguientes: 

i.°  El  rey  D.  Pedro  de  Aragón  y  la  reina  Doña 
María  ofrecían  perdonar  á  los  habitantes  de  Montpeller 
las  injurias  de  ellos  recibidas  y  devolverles  su  amistad. 
2.°  El  empeño  del  castillo  y  de  las  rentas  de  Montpeller 
y  del  castillo  de  Lates^  que  había  sido  hecho  por  la  su- 
ma de  175.000  sueldos  melgarienses,  quedaba  subsis- 
tente hasta  que  se  hubiese  satisfecho  dicha  cantidad.  3.° 
El  rey  prometía  devolver  á  los  habitantes  de  Montpeller 
todo  lo  que  les  había  quitado.  4.°  Los  prisioneros  hechos  ' 
por  ambas  partes  debían  ser  puestos  en  libertad,  parti- 
cularmente los  que  habían  sido  llevados  á  las  tierras  de 
Rostaing  y  de  Sabrán.  5.®  El  rey  y  la  reina,  como  prue- 
ba de  buena  fe,  se  comprometían  á  poner  los  castillos  y 


1     Historia  del  Languedoc, — Arte  de  co^nprébar  leu  fechas^  — Man 
hispánica. — Archivo  de  Montpeller. 


M— T" 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.  V.    CAP.   XIV.       I47 

demás  dominios  empeñados  bajo  la  guarda  del  obispo 
de  Magalona,  hasta  el  completo  reembolso  de  la  dicha 
cantidad.  6.°  Los  habitantes  de  Montpeller  quedaban 
condenados  á  pagar  al  rey  y  á  la  reina,  40.000  sueldos 
por  el  castillo  de  Montpeller  que  habían  destruido  1 . 

Aceptaron  este  tratado  el  rey  y  la  reina  de  Aragón 
por  una  parte,  y  el  sindico  de  la  ciudad  de  Montpeller 
por  otra,  restableciéndose  asi  la  paz . 

Entonces  fué  cuando,  al  decir  de  algunos,  disgusta- 
do D.  Pedro  por  tantos  desórdenes,  é  impelido  también 
por  la  natural  inconstancia  de  su  carácter,  se  disgustó 
de  su  esposa  Doña  Maria,  á  quien  trató  de  repudiar. 
Hay  quien  pretende  que  entonces  hizo  negociar  su  ma- 
trimonio con  la  otra  Maria  reina  de  Jerusalén,  y  que 
hasta  se  llegó  á  redactar  un  borrador  de  contrato  ma- 
trimonial, en  Acre,  el  21  de  Setiembre  de  1206.  Lo  cier- 
to es,  que  se  dirigió  al  papa  Inocencio  III  en  demanda 
de  divorcio,  exponiéndole  que  sentia  grande  escrúpulo 
de  conciencia  por  haberse  casado  con  la  reina,  á  causa 
de  que  el  conde  de  Comminjes  su  primer  marido,  vivia 
aún,  y  á  causa  también  de  que  él,  antes  de  su  matri- 
monio, habia  tenido  relaciones  amorosas  con  una  pró- 
xima parienta  de  la  que  luego  fué  su  mujer.  El  Papa 
nombró  al  obispo  de  Pamplona,  á  Pedro  de  Castelnau 
y  á  otro  religioso;  la  reina  reclamó,  y  fué  dándose  lar- 
gas al  negocio. 

1  Las  mismas  autoridades  citadas.  Por  lo  que  toca  al  tratado  de 
paz  entre  el  rey  y  los  habitantes  de  Montpeller,  se  halla  en  la  Historia 
del  LangiudúCy  prueba  LXXXIII,  col.  204 . 


148 


VÍCTOR  BALAGUBR 


CAPÍTULO  XV. 


Terminan  los  bandos  de  Catalufia.-— Convenio  entre  los  condes  de  Urgel 
y  deFoix. — Cortes  en  Pnigcerdá. — Lo  que  se  cuenta  que  sucedió  al 
rey  con  el  señor  de  Vizcaya. — Sitio  y  toma  de  Montalván. — Naiá- 
miento  del  rey  D.  Jaime. — Muerte  del  conde  Armengol  de  UrgeL 
— Termina  la  línea  varonil  de  esta  casa. — Guerau  de  Cabrera  pretende 
el  condado  y  se  titula  conde  de  Urgel.— El  rey  de  Aragón  protector 
del  condado. — £1  vizconde  de  Cabrera  cae  prisionero  del  rey. 


(De  1207  Á  1208.) 

Preciso  es  confesar  que  las  crónicas  y  las  historias 
andan  muy  revueltas  y  confusas  tocante  á  los  sucesos 
del  rey  D.  Pedro.  La  patente  contradicción  que  á  cada 
paso  se  halla  entre  las  nuestras  y  las  del  Languedoc  y 
Provenza;  la  ignorancia  de  nuestros  analistas  respecto 
á  cosas  de  aquellos  países;  la  ignorancia  de  aquéllos 
respecto  á  las  cosas  de  estos  reinos;  la  diferencia  de  fe- 
chas; la  falta  de  documentos,  todo,  en  una  palabra,  se 
reúne  para  que  reine  en  esta  época  un  embrollo  que  con 
harta  dificultad  y  no  escaso  trabajo  se  puede  poner  en 
claro. 

Conviene  recordar  á  los  lectores  que,  durante  la  épo- 
ca que  acabamos  de  historiar,  es  decir,  desde  el  año  1197 
hasta  el  de  1207,  estuvieron  siempre  vivos  y  más  6  me- 
nos encarnizados  los  bandos  de  Cataluña,  y  también  de 
Aragón,  entre  los  partidarios  del  conde  de  Urgel  y  los 
del  conde  de  Foix^  En  este  año  de  1207  fué  cuando  se 
terminaron,  por  la  mediación  del  monarca,  según  pa- 
rece. El  conde  de  Foix  y  el  vizconde  de  Castellbó,  s" 
aliado,  á  quienes  el  de  Urgel  hiciera  prisioneros  »,  sí 

1     Véase  el  cap.  XI. 


TT^  At^' 


HISTORU  DE  CATALUÑA. — LIB.   V.    CAP.  XV,       I49 

lieron  de  su  encarcelamiento,  no  se  sabe  cómo,  y  con- 
vinieron el  17  de  Marzo  en  un  tratado  de  paz,  basado 
sobre  los  siguientes  artículos: 

1/  Raimundo  Roger  conde  de  Foix,  Roger  Ber- 
nardo su  hijo,  y  Armengol  conde  de  Urgel,  se  perdona- 
ron mutuamente  todo  el  daño  que  se  habían  hecho,  y 
prometieron  con  juramento  ser  amigos  en  adelan- 
te. 2.°  El  conde  de  Urgel  dio  2.000  sueldos  melgarien- 
ses  al  de  Foix.  3.°  Prometió  también  dar  en  matrimo- 
nio» á  Arnaldo  vizconde  de  Castellbó,  su  nieta  Isabel 
de  Cardona,  con  10.000  sueldos  barceloneses  por  dote, 
y  todos  sus  dominios  si  moría  sin  tener  hijos  de  la  con- 
desa Elvira,  su  esposa.  4.°  Prometió  á  más  pagar  40.000 
sueldos  al  vizconde,  como  para  remunerarle  del  perjui- 
cio causado  con  su  encarcelamiento  1 . 

Generoso  anduvo,  por  cierto,  el  conde  de  Urgel; 
pero  así  quedaron  terminados,  al  menos,  aquellos  fu- 
nestísimos bandos  que  regaron  de  sangre  las  campiñas 
del  Principado.  Acaso  contribuyeron  á  la  paz  las  Cor- 
tes que  se  celebraron  á  últimos  del  1206  ó  principios 
del  1207  en  Puigcerdá.  Juntólas  el  rey  para  pedir  nue- 
vos socorros  á  Cataluña,  y  le  asistió  generoso  siem- 
pre el  Principado  2, 

Se  cuenta  que  en  este  año,  y  hay  quien  dice  que  en 
el  anterior,  hubo  junta  de  reyes  en  Alfaro  para  la  paz 
de  España,  asistiendo  los  de  Aragón,  Castilla,  León  y 
Navarra;  y  se  supone  que,  por  no  haber  sido  llamado  á 
esta  junta  el  señor  de  Vizcaya,  hizo  alianza  con  los  mo- 
ros, entrándose  hostilmente  por  Aragón.  A  propósito 
de  esto  se  refíere  una  historia,  que  debe  tener  mucho 
de  cuento,  diciendo  que  D.  Pedro  acudió  contra  él;  que 
le  derrotó,  lo  propio  que  á  los  moros  sus  aliados ;  que 

1  Se  halla  este  contrato  en  la  prueba  LXXXIV,  col.  206  del 
tomo  III  de  la  Historia  del  Languedoe, 

2  Feliu  de  la  Pefia.  Hb.  XI.  cap.  IV. 


150  VÍCTOR  BALAGUER 

les  fué  al  alcance  persiguiéndoles  hasta  Valencia;  que 
atacó  esta  ciudad  con  estrecho  asedio^  y  que  en  un 
asalto  en  que  tomara  parte  personalmente,  habiéndole 
sido  muerto  el  caballo,  fué  salvado  por  el  mismo  señor 
de  Vizcaya  á  quien  perseguía  1. 

El  analista  catalán  nos  dice  luego,  que  prosiguió 
nuestro  monarca  e;n  la  tala  de  los  campos  del  reino  de 
Valencia;  que  conquistó  algunas  fortalezas,  y  que  pasó 
con  el  maestre  de  Santiago,  Gonzalo  Fernández  de  Ma- 
rañón,  al  asedio  de  la  plaza  de  Montalván,  de  la  cual 
se  apoderaron,  no  sin  trabajo,  y  no  sin  haber  tenido 
que  levantar  D.  Pedro  el  sitio  para  acudir  á  desbaratar 
una  hueste  de  moros  que  había  penetrado  en  Aragón. 

En  esto,  y  á  principios  del  1208,  el  i.*^  6  2  de  Fe- 
brero, nacióle  al  monarca  aragonés  su  hijo  D.  Jaime, 
aquel  que  debía  ser  llamado  el  Conquistador,  y  aquel 
que,  por  lo  mismo  que  había  de  ser  en  todo  extraordi- 
nario, por  querer  del  cielo  lo  fué  también  en  el  modo 
de  venir  al  mundo.  Es  una  especie  de  nacimiento  ca- 
sual y  milagroso  el  de  D.  Jaime,  y  se  cuenta  con  refe- 
rencia á  él  una  aventura  que  tiene  todo  el  interés  de 
una  novela,  si  la  hemos  de  creer  tal  como  la  narra  el 
cronista  Ramón  Muntaner,  de  buena  y  gloriosa  memo- 
ria, con  ese  característico  sello  de  candidez  y  ese  buen 
decir  que  no  ha  tenido  después  de  él  cronista  alguno. 
La  mayor  parte  de  los  autores  trasladan  esta  aventura 
con  ligeras  variantes,  tomando  por  guía  la  relación  de 
Muntaner.  Hay,  sin  embargo,  quien  la  rechaza  como  fá- 
bula, y  luego  veremos  de  qué  manera  lo  cuenta  el  mis- 
mo D.  Jaime  en  su  propia  crónica. 

Oigamos  primero  á  Muntaner  2. 

Según  lo  que  éste  refiere,  el  rey  andaba  muy  aparta* 

1  Feliu  de  la  Pefla,  fibro  y  capítulo  citados. — Zurita,  Ub.  II,  capi- 
tulo LIIL 

2  Véanse  los  caps.  III,  IV  y  V  de  su  crónica. 


rr 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.    V.    CAP.    XV.      I5I 

do  de  la  reina,  en  términos  que  siempre  que  iba  á  Mont- 
peller,  jamás  se  acercaba  á  ella.  De  esto  se  hallaban 
muy  resentidos  todos  sus  subditos,  y  en  especial  los 
prohombres  de  la  indicada  ciudad.  Sucedió  una  vez  qué 
el  rey,  joven,  gallardo  y  aficionado  á  galanteos,  se  ena- 
moró de  una  hermosa  dama  de  la  población,  por  la  cual 
públicamente  torneaba  y  hacía  armas.  Tuvieron  de  ello 
noticia  los  cónsules  y  prohombres  de  la  ciudad,  y  su- 
pieron también  que  había  cierto  caballero,  confidente 
del  monarca,  el  cual  mediaba  en  sus  amores  dando  pa- 
sos para  que  consiguiese  D.  Pedro  el  logro  de  sus  de- 
seos. Avistáronse  con  él  los  cónsules,  le  propusieron 
engañar  al  rey,  y  el  caballero,  enterándose  de  los  bue- 
nos deseos  que  les  animaban,  accedió  á  todo. 

Presentóse,  pues,  al  monarca,  y  le  dijo  como  había 
visto  á  la  hermosa  dama  objeto  de  sus  amores,  como 
había  doblegado  su  rebelde  virtud  con  sus  instancias  y 
como  la  había  decidido  á  otorgar  á  D.  Pedro  una  cita 
de  amores.  Sólo  ponía  la  dama  una  condición,  que  exi- 
gía como  un  sacrificio  á  su  recato  y  á  su  honra:  la  de 
entrar  tapada  en  palacio  y  hallar  sin  luz  la  cámara  real. 
A  todo  accedió  D.Pedro, hirviendo  en  el  fuego  del  amor 
y  aguijoneado  por  la  espuela  del  deseo. 

Todo  se  hizo  y  tuvo  lugar  como  habían  combinado 
los  cónsules  y  el  confidente.  La  noche  se  deslizó  rica 
de  amor  y  de  ilusión  para  la  enamorada  pareja,  y  al 
rayar  las  primeras  y  débiles  luces  de  la  aurora,  el  mo- 
narca fué  despertado  en  los  brazos  de  su  compañera  por 
un  extraño  rumor.  Incorporóse  en  la  cama,  y  vio  abrir- 
se la  puerta,  dando  paso  á  una  procesión  de  cortesanos, 
de  prelados,  de  altos  dignatarios  y  de  los  cónsules  y 
prohombres,  que  entraron  solemnemente,  llevando  ca- 
da uno  ana  vela  encendida  en  la  mano.  Extrañado  el 
rey  de  ver  aquello,  saltó  del  lecho  y  empuñó  la  espada, 
pero  cayendo  entonces  de  rodillas  todos  los  que  acaba- 


X52  VÍCTOR  BALAGUER 

ban  de  entrar,  suplicáronle  por  boca  de  uno  de  los  pre- 
lados que  tuviese  á  bien  volver  los  ojos  hacia  la  que  ha- 
bía sido  su  nocturna  compañera.  HÍ20I0  asi  el  rey,  y 
envuelta  entre  la  nieve  de  las  sábanas  y  el  rubor  de  la 
vergüenza,  vi6,  en  lugar  de  la  dama  á  quien  cre3^era  ha- 
ber  tenido  en  sus  brazos,  á  su  amante  esposa  Doña 
María  de  Montpeller. 

Todo  le  fué  explicado  al  monarca.  Se  le  dijo  cómo 
los  cónsules  habían  hecho  entrar  en  su  plan  al  confi- 
dente y  á  la  reina,  cómo  habían  pasado  todos  la  noche 
en  oración,  y  cómo  se  habían  valido  de  aquel  engaño 
para  lograr  un  heredero  y  sucesor  del  trono. 

Tal  es,  en  extracto,  lo  que  mejor  y  más  detenida- 
mente cuenta  Muntaner.  A  aquel  venturoso  lance  é  in- 
genioso ardid,  si  damos  crédito  al  cronista,  debieron  los 
estados  de  la  corona  de  Aragón  el  tener  uno  de  sus  más 
&mosos  reyes  y  mejores  capitanes. 

Por  lo  que  toca  á  D.  Jaime,  cuenta  en  la  crónica  por 
él  mismo  escrita,  su  nacimiento,  pero  es  de  la  manera 
siguiente: 

«Contemos  ahora  de  qué  manera  fuimos  engendrado, 
y  cómo  aconteció  nuestro  nacimiento.  Es  de  saber  pri- 
meramente que  nuestro  padre  En  Pedro  desamaba  á  la 
sazón  á  nuestra  madre  la  reina,  pero  sucedió  una  vez, 
que  hallándose  nuestro  padre  en  Lates  y  la  reina  en 
Mireval,  se  presentó  á  aquel  un  rico  hombre  llamado 
En  Guillermo  de  Alcalá,  el  cual  pudo  conseguir  con 
sus  ruegos  que  el  rey  fuese  á  reunirse  con  la  reina.  La 
noche  aquella  en  que  ambos  estuvieron  juntos,  quiso  el 
Señor  que  Nos  fuésemos  engendrado.  Así  que  nuestra 
madre  se  sintió  embarazada,  trasladóse  á  Montpeller, 
en  donde,  por  voluntad  de  Dios,  se  verificó  nuestro  na- 
cimiento, en  casa  de  los  Tomamira,  la  víspera  de  U 
Purificación  de  Nuestra  Señora.  Luego  de  nacido,  en- 
viónos nuestra  madre  á  la  iglesia  de  Santa  María:  He- 


HISTORIA   DE   CATALUÑA* — LIB,   V.   CAP,   XV.      I53 

váronnos  allá  en  brazos;  y  como  se  estaban  cantando 
los  maytinesy  sucedió  que  al  pasar  Nos  los  umbrales  del 
templo,  acertaron  á  entonar  los  clérigos  el  Te-Deum 
laudamusy  sin  que  tuviesen  ninguna  noticia  de  que  de- 
biésemos estar  allí.  Fuimos  en  seguida  presentado  á 
San  Fermín;  y  aconteció  también,  que  al  entrar  en  la 
iglesia,  se  estaba  cantando  el  Benedictus  Dominus  Deus 
Israel.  De  vuelta  en  casa,  llenaron  de  alegría  á  nuestra 
madre  tan  buenos  pronósticos;  mandó  luego  fabricar 
doce  cirios  de  igual  peso  y  tamaño,  hízoles  encender 
todos  á  la  ve^r,  dio  á  cada  uno  el  nombre  de  un  apóstol, 
é  hizo  voto  á  Dios  Nuestro  Señor  de  que  nos  pondría  el 
nombre  del  que  durase  mayor  tiempo:  fué  éste  el  de  San 
Jaime,  y  por  esto.  Nos,  por  la  gracia  de  Dios,  nos  lla- 
mamos Jaime.  Asi  vinimos  al  mundo  descendiendo  de 
nuestra  madre,  y  del  rey  En  Pedro  nuestro  padre  i.» 

Hasta  aquí  el  mismo  D.  Jaime.  Mucho  ha  dado  que 
hablar  realmente  su  nacimiento.  La  mayoría  de  los  cro- 
nistas adoptan  la  versión  de  Muntaner;  pero  ya  hemos 
dicho  que  hay  autores  muy  graves  que  la  tachan  de  fá- 
bula y  de  novela,  fundándose  en  que,  á  pesar  de  ser 
Muntaner  casi  contemporáneo,  hay  otros  cronistas, 
contemporáneos  también,  como  Guillermo  de  Puilau- 
yens,  que  no  lo  reñeren  así,  y  apelando  al  testimonio 
escrito  del  mismo  D.  Jaime,  que  no  hubiera  dejado  de 
mencionar,  á  ser  cierta,  esta  circunstancia. 

Moreri  en  su  diccionario  va  más  allá  que  Muntaner 
y  cuenta  una  verdadera  novela.  Dice  que  D.  Pedro  es- 
taba en  relaciones  amorosas  con  una  joven  de  Montpe- 
Uer,  llamada  Catalina  Rebusse,  y  que  esta  joven,  al  ver 

1  Crónica  del  rey  D.  Jaime,  traducida  del  catalán  al  castellano  por 
los  Sres.  Flotats  y  BofaruU  (Antonio).  Por  lo  que  toca  al  titulo  JSn, 
téngase  presente  que  los  nobles  de  Catalufia  se  honraban  con  este  titulo, 
y  las  sefioras  con  el  de  £fta  6  Na  equivalentes  al  Don  y  Doña  de  Ara- 
gón y  de  Castilla. 


i54 


VÍCTOR  BALAGUBR 


que  iba  á  extinguirse  la  raza  de  los  condes  de  Montpeller 
por  el  aborrecimiento  en  que  el  rey  tenia  á  la  reina,  se 
valió  de  la  extratagema  de  sustituir  á  Doña  María  en 
su  lugar,  haciéndola  acostar  en  su  cama  una  noche  que 
ella  esperaba  al  rey.  Pedro,  dice,  no  distinguió  á  la  ver- 
dadera esposa  de  la  querida,  y  con  el  tiempo  se  alegró 
de  aquel  engaño  al  que  debió  el  nacimiento  de  un  suce- 
sor legítimo,  que  fué  Jaime  I  i. 

Pero,  la  versión  que  parece  más  acertada,  y  está  al 
mismo  tiempo  más  conforme  con  las  crónicas  de  Gui- 
llermo de  Puilauvens  y  de  D.  Jaime,  es  la  de  un  cro- 
nista moderno  de  Montpeller,  Mr.  Eugenio  Thomás, 
«La  reina,  dice,  más  estimable  que  bella,  no  inspiraba 
todo  el  amor  que  era  de  desear  á  su  joven  é  inconstante 
esposo.  Habitaba  entonces  en  Mireval,  á  dos  leguas  de 
Montpeller.  El  monarca  iba  á  menudo  á  su  castillo  de 
Lates,  ciudad  y  puerto  á  una  legua  de  Montpeller  y  de 
Mireval.  Cierto  día,  durante  una  partida  de  caza,  y  ce- 
diendo á  las  instancias  de  un  cortesano,  se  dirigió  á  Mi- 
reval y  descansó  junto  á  la  sensible  María. » 

Ambos  esposos  hicieron  las  paces,  y  el  monarca  se 
dirigió  á  caballo  á  Montpeller  llevando  á  la  reina  en 
grupa.  El  pueblo ,  admirado  de  la  buena  inteligencia 
que  reinaba  entre  sus  señores,  salió  á  su  encuentro  y 
dio  grandes  muestras  de  contento  y  regocijo  en  tomo 
del  palafrén  que  aquéllos  montaban.  Lo  que  hizo  en- 
tonces el  pueblo  sin  más  designio  que  demostrar  su 
alegría,  dice  el  autor  citado,  se  continuó  en  tiempo 
del  rey  Jaime,  su  hijo,  pues  todo  el  mundo  estaba  per- 
suadido que  debía  su  nacimiento  á  la  noche  que  pre- 
cediera á  la  entrada  del  rey  su  padre  en  Montpeller. 


1  Las  leyendas  que  sobre  el  nadmiento  de  D.  Jaime  publicaroa 
nuestras  crónicas,  dieron  más  tarde  ocasión  y  asunto  al  insigne  poeta 
D.  Pedro  Calderón  de  la  Barca  para  escribir  su  obra  dramática:  Gmiof 
y  disgustos  son  no  más  que  imaginación. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA.— LIB.   V.   CAP.   XV.       I55 

Los  habitantes,  para  demostrarle  cuan  caro  les  era  este 
recuerdo,  llenaron  de  paja  la  piel  de  un  caballo,  que 
llevaron  á  Lates,  donde  estaba  el  rey,  y  repitieron  en  su 
presencia,  en  tomo  de  este  caballo,  los  mismos  juegos 
y  danzas  á  que  se  entregaran  cuando  la  ocasión  citada 
en  el  camino  de  Mireval.  Ya  sea  que  la  fiesta  fuese 
del  agrado  del  Conquistador,  ya  que  los  habitantes  de 
Montpeller  encontraran  gusto  en  ello,  lo  cierto  es  que 
la  danza  del  Chevalet,  como  se  llama,  se  ha  perpetuado 
hasta  nuestros  días.  El  pueblo  de  Montpeller,  en  todas 
sus  grandes  fiestas  tradicionales,  necesita  ver  cómo  re- 
corre sus  calles  el  Chevalet  para  que  la  fiesta  sea  com- 
pleta 1. 

De  todos  modos,  fiíese  el  nacimiento  de  D.  Jaime  de- 
bido á  una  ú  otra  de  las  circunstancias  citadas,  lo  cier- 
to es  que  hay  en  él  algo  de  extraordinario.  Por  lo  que 
toca  á  D.  Pedro,  sólo  se  reconcilió  momentáneamente 
con  su  esposa,  y  partió  en  seguida  de  Montpeller,  enta- 
blando ó  volviendo  á  reanudar  su  demanda  de  divorcio. 

En  aquel  mismo  año  de  1208  hubo  nuevas  turbacio- 
nes en  el  condado  de  Urgel  por  tratarse  de  la  sucesión 
al  mismo;  pero  esta  vez  el  monarca  se  mostró  enérgico 
y  activo.  Poco  después  del  tratado  de  paz  entre  el  con- 

1  £1  autor-de  esta  obra  ha  tenido  más  de  una  ocasión  de  ver  en 
Montpeller  la  danza  del  ChevaieL  Un  hombre  ágil,  elegante  y  capricho- 
samente vestido»  pasa  su  cuerpo  á  través  de  un  -pequeño  caballo  de 
cartón  cubierto  con  una  especie  de  gualdrapa  y  le  hace  dar  saltos,  ca- 
rreras y  cabriolas  al  son  del  tamboril,  en  medio  de  un  círculo  formado 
por  una  cuadrilla  de  danzantes,  vestidos  por  lo  común  de  blanco  y  ador^ 
Dados  sus  sombreros  con  plumas  y  cintas.  Permítaseme  decir,  antes  de  ter- 
minar esta  nota,  que  el  Arte  de  comprobar  las  fechas  (ti  atado  de  los  se* 
ftores  de  Montpeller)  da  otro  origen  á  esta  fiesta.  Dice  que  fué  al  termi- 
narse la  guerra  entre  los  de  Montpeller  y  el  rey  D.  Pedro,  cuando  éste 
entró  en  la  ciudad  montado  á  caballo  y  llevando  á  la  reina  en  grupa, 
consagrándose  la  memoria  de  este  suceso  con  la  fíesta  ó  regocijo  anual 
llamado  el  Chevalet. 


156 


VÍCTOR  BALAGUER 


de  Ármengol  y  el  de  Foix,  murió  aquél,  dejando  de  su 
mujer  Elvira,  que  le  sobrevivió,  una  tierna  hija  llama* 
da  Aurembiaix,  El  cuñado  del  difunto  conde,  Pons  viz- 
conde de  Cabrera  y  su  hijo,  sobrino  de  aquel,  Guerauó 
Geraldo,  pretendieron  entonces  que  el  condado  de  Ur- 
gel  debía  tocarles  como  á  más  próximos  herederos  va^ 
roñes,  con  preferencia  á  su  prima  Aurembiaix,  y  toma* 
ron  las  armas  para  sostener  su  pretensión.  Había  efec- 
tivamente acabado  con  la  muerte  de  Ármengol  la  linea 
masculina  de  los  condes  de  Urgel,  descendientes  de  los 
de  Barcelona. 

Guereau  de  Cabrera,  hombre  muy  bullicioso  y  de  al- 
tos pensamientos,  al  decir  de  Monfar,  que,  por  ser  va- 
rón, pretendió,  excluyendo  las  mujeres,  tener  derecho  al 
condado  de  Urgel  y  ser  preferido  á  Aurembiaix,  tomó  las 
armas  y  se  metió  por  la  tierra  de  aquel  condado,  talan- 
da  el  país  y  apoderándose  de  todas  las  villas  y  lugares 
que  pudo,  sin  reparar  en  el  testamento  del  conde  Ar- 
mengol  que,  en  defecto  de  hijos  varones,  nombraba  he- 
redera á  su  única  hija.  La  ciudad  de  Balaguer  y  los  pue- 
blos  de  Agramut  y  Linyola  se  declararon  por  el  de  Ca- 
brera, que  tomó  entonces  el  título  de  conde  de  Ui^el  y 
mandó  labrar,  para  los  autos  y  privilegios  que  concedía 
ó  firmaba,  un  doble  sello  con  las  armas  de  Urgel  á  un 
lado  y  al  otro  las  de  Cabrera. 

La  condesa  Elvira,  viéndose  amenazada,  en  peligro 
la  herencia  de  su  hija,  y  sin  fuerzas  para  resistir  á  las 
del  de  Cabrera,  acudió  al  rey  D.  Pedro  y  se  puso  bajo 
su  protección,  dándole  el  condado  de  Urgel  y  todo  cuan- 
to en  él  le  podía  pertenecer.  El  rey  le  dio  en  recompen- 
sa, durante  su  vida,  los  castillos  de  Ciurana  y  de  Seros: 
por  medio  de  otro  auto  le  prometió  pagar  el  día  de 
Nuestra  Señora  de  Febrero  5.000  morabatines,  sin  ex- 
presar más;  y  finalmente,  por  medio  de  otro,  declara 
que  todo  aquello  se  entendía  hecho,  quedando  salvoL 


HISTORIA  DE   CATALUÑA, — LIB.    V,    CAP.   XV.       1 57 

los  derechos  competentes  á  Aurembiaix,  á  la  cual  no 
quería  perjudicar  i.  De  esta  manera  quedó  el  condado 
de  Urgel  por  el  rey  y  bajo  la  protección  real. 

No  por  esto  cedió  Guereau  de  Cabrera.  Prosiguió  al- 
zando sus  pendones  y  pretendiendo  apoderarse  de  todo 
el  condado,  parte  del  cual  era  ya  suyo.  D.  Pedro,  to- 
mando ya  por  propia  la  causa  de  la  condesa  Elvira  y 
de  su  hija,  levantó  ejército,  se  dirigió  al  condado  de 
Urgel,  tomó  á  fuerza  de  armas  la  ciudad  y  castillo  de 
Balaguer,  y  cayó  en  seguida  y  de  improviso  sobre  el  de 
Lrlorens,  apartado  poco  más  de  media  legua  por  la  parte 
de  Oriente,  orillas  del  Segre.  Guereau  de  Cabrera  se  ha- 
llaba con  su  mujer  é  hijos  en  este  castillo:  habíase  forti- 
ficado en  él  con  ánimo  de  resistir  y  defenderse,  pero  no 
se  atrevió,  y  al  presentarse  el  monarca  ante  las  mura- 
llas, se  le  rindió  con  su  mujer  é  hijos,  enviándoles  el  rey 
presos  á  ellos  al  castillo  de  Loarre  en  Aragón  y  á  él  á  la 
ciudad  de  Jaca. 

A  fin  de  recobrar  su  libertad,  el  vizconde  hubo  de 
entregar  por  orden  del  rey  á  Hugo  de  Torreja  y  á  Gui- 
llen Ramón  de  Moneada  senescal  de  Cataluña,  los  cas- 
tillos de  Montsoniu,  Montmagastre,  Ager,  Patania  y  Fi- 
nestres,  que  eran  de  su  patrimonio,  para  seguridad  de 
que  estaría  á  lo  que  por  justicia  declarase  el  rey  sobre 
las  demandas  de  la  condesa  de  Urgel  y  su  hija.  D.  Pe- 
dro se  apoderó  del  condado  y  tomó  título  de  conde  de  • 
Urgel,  quedando  de  aquí  tres  títulos  de  condes  de  Urgel, 
uno  en  persona  del  rey  D.  Pedro,  otro  en  la  de  la  niña 
Aurembiaix  y  otro  en  la  del  vizconde  de  Cabrera,  que 
aun  cuando  había  dejado  el  señorío  y  posesión  de  él,  qui^ 
so  quedarse  con  el  título  que  una  vez  había  tomado  2; 

1  Monfar  en  su  Historia  de  los  condes  de  Urgel  y  pág.  440  del  tomo  I. 

2  Autoridades:  Arte  de  comprobar  las  fechas\  tratado  de  los  condes 
de  Urgel. — Marca  hispánica. — Monfar,  cap.  LV. — Zurita,  lib.  II,  ca- 
pítulo LVII. 


158 


VÍCTOR  BALAGUBR 


CAPÍTULO  XVL 


Progresos  de  la  herejía  de  los  albigenses.-^Origen  de  la  Inquisición.— 
Asesinato  de  Pedro  de  Castelnau. — Cruzada  contra  los  albigenses.— 
LfOS  cruzados  eligen  por  generalísimo  al  catalán  Amalrich. — £1  viz- 
conde de  Beziers  prueba  á  hacer  la  paz  con  los  cruzados,  pero  inútil- 
mente.— Sitio,  toma  y  saqueo  de  Beziers. — Sitio  dcCarcasona. — Lle- 
ga Pedro  de  Al^gón  al  campo  de  los  cruzados  y  trata  inútilmente  de 
poner  á  éstos  en  paz  con  el  vizconde  de  Beziers. — Toma  de  Carcaso- 
na. — Se  ofrece  el  vizcondado  de  Beziers  y  de  Carcasona  á  varios  se- 
ñores que  lo  rehusan,  aceptándolo  por  fín  Simón  de  Monfort. 

(1208  Y  1209.) 


Se  hace  ahoVa  preciso  que  para  subsiguiente  aclara- 
ción de  los  grandes  sucesos  que  se  han  de  narrar,  me 
permitan  los  lectores  hacerles  una  fiel  pintura,  siquier 
sea  á  grandes  rasgos ,  de  lo  que  tenía  lugar  á  la  otra 
parte  de  los  Pirineos  con  motivo  de  la  herejía  que  alK 
fijara  sus  reales. 

Queda  ya  dicho  que  los  herejes,  á  quienes  se  comen- 
zó á  dar  el  nombre  de  albigenses,  por  haber  nacido  en 
'  la  ciudad  de  Albi,  eran  ya  en  gran  número,  pudiendo 
disponer  de  verdaderos  ejércitos,  de  grandes  sumas,  de 
buenos  valedores  y  de  no  pocas  poblaciones.  El  Papa, 
para  cortar  los  progresos  crecientes  de  la  herejía,  envió 
allí  á  Pedro  de  Castelnau  como  legado,  no  tardando  en 
darle  por  compañero  á  Arnaldo  de  Amalrich ,  abad  del 
Císter  y  general  de  toda  la  orden.  Arnaldo  de  Amalrich, 
que  debía  hacer  un  gran  papel  en  los  sucesos  que  s 
siguieron,  era  monje  del  monasterio  de  Poblet,  del  qu< 
fué  prior  en  1192  y  en  seguida  abad,  pasando  á  ser  le 


F"' 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — UB.   V.   CAP.   XVI.      I59 

gado  del  Papa  en  Languedoc  y  Provenza  por  los  años 
de  1204  1. 

Ya  por  entonces  el  cuidado  de  extirpar  por  la  violen- 
cía  aquella  llamada  reproducción  del  maniqueismo  ó 
herejía  de  los  albigenses,  se  había  confiado  á  una  cor- 
poración religiosa^  que  se  instituyó  expresamente^  bajo 
el  nombre  de  Predicadores,  conocida  más  tarde  con  el 
de  dominicos,  que  tomó  de  uno  de  sus  más  ardientes  y 
celosos  protectores,  el  español  Santo  Domingo  de 
Guzmán. 

Los  dos  legados  9  Pedro  de  Castelnau  y  Ámaldo  de 
Amalrich,  hicieron  cuantos  esfuerzos  imaginables  pu- 
dieron para  cumplir  con  su  misión ,  apoyados  por  el 
Papa ,  que  exhortaba  sin  cesar  á  los  señores  más  prin- 
cipales á  tomar  las  armas  para  exterminar  á  los  here- 
jes. En  esto,  uno  de  los  legados,  Pedro  de  Castelnau, 
murió  asesinado.  Dicen  unos,  que  le  mandó  asesinar  el 
conde  de  Tolosa,  que  andaba  muy  frío  y  remiso  en  la 
persecución  de  los  herejes;  pero  afirman  otros,  que  mu- 
rió cosido  á  puñaladas  por  un  caballero,  con  el  cual 
había  tenido  una  violenta  disputa.  El  papa  Inocen- 
cio III  escribió  entonces  cartas  apremiantes  á  los  con- 
des, barones  y  caballeros  de  aquellos  países,  conjurán- 
doles para  que  se  armasen,  á  fin  de  vengar  á  su  legado, 
exterminar  á  los  herejes  y  restablecer  la  paz.  También 
envió  nuevos  legados,  viniendo,  por  fin,  á  componerse 
la  legación  pontificia,  de  Amaldo  de  Amalrích,  el  obispo 
de  Riez ,  el  de  Coseranz  y  Milón ,  su  notario  ó  secreta- 
río,  que  envió  expresamente  para  decidir  al  conde  de 
Tolosa,  el  cual  proseguía  con  su  política  fluctuante. 

1  Véase  el  Diccitmario  de  escritores  catalanes  por  Amat,  pág.  15. 
Los  historiadores  del  Languedoc  no  dicen  que  Amalrích  fuese  catalán; 
pero  niegan  que  perteneciese  á  la  familia  de  los  vizcondes  de  Narbona, 
como  han  pretendido  algunos.  De  todos  modos,  en  las  actas  de  Poblet, 
á  las  que  el  obispo  Amat  hace  referencia,  aparece  como  catalán. 


1 6o  VÍCTOR  BALAGUBR 

Milón  predicó  la  cruzada  contra  los  albigenses,  y 
consiguió  que  el  conde  de  Tolosa  y  sus  barones,  aliados 
y  feudatario,  tomasen  la  cruz.  El  ejército  de  los  cruza- 
dos estaba  reunido  en  Lión ,  el  día  de  San  Juan  Bau- 
tista del  i2og.  Refiérese  que  era  uno  de  los  más  nume- 
rosos cuerpos  de  ejército  que  se  hayan  visto  jamás  en 
Francia  y  aun  en  Europa.  Dicen  unos  que  se  compo- 
nía de  300.000  hombres,  mientras  que  otros  elevan  d 
número  á  Soo.ooo.  Lo  formaban  principalmente  fla- 
mencos, normandos,  aquitanos  y  borgoñones,  manda- 
dos por  varios  obispos  y  prelados  y  por  algunos  nobles 
señores. 

Cuéntase  que  todos  los  cruzados  llevaban  bordones 
de  peregrino  en  la  mano,  para  manifestar  que  era  una 
empresa  santa  la  que  acometían.  Reunido  el  ejército 
todo  en  Lión,  se  trató  de  darle  un  jefe  superior,  y  en 
asamblea  de  capitanes  y  jefes  se  eligió  por  generalísimo 
á  nuestro  Arnaldo  de  Amalrich ,  abad  del  Císter,  que 
así  parece  que  sabia  empuñar  su  espada  de  batalla  como 
su  báculo  abacial. 

Amalrich  pasó  el  Ródano  con  su  ejército,  y  se  dirigió 
á  Montpeller,  donde  se  detuvo  algunos  días,  acampando 
la  hueste  en  los  alrededores.  Raimundo  Roger,  vizconde 
de  Beziers,  á  quien  se  tachaba  de  proteger  á  los  here« 
jes,  voló  á  la  citada  ciudad  para  hacer  sus  paces  con 
los  legados,  como  las  había  hecho  el  conde  de  Tolosa 
su  deudo.  Trató  de  justificar  su  conducta,  y  protestó 
que  era  enteramente  adicto  á  la  Iglesia:  confesó  que 
sus  oficiales  habían  realmente  favorecido  á  los  herejes, 
pero  contra  su  intención,  y  que  él  por  su  parte  detes- 
taba los  errores  de  aquellos  sectarios.  Todas  sus  pro- 
testas fueron,  sin  embargo,  inútiles,  y  Milón  y  Amal- 
rich se  negaron  á  recibir  sus  excusas;  de  manera  qr 
hubo  de  retirarse  desairado. 

A  su  regreso  á  Beziers,  reunió  á  sus  principales  vi. 


HISTORIA   DE  CATALUÑA. — ^LIB.   V.    CAP.   XVI.       l6l 

salios,  les  dio  parte  de  la  inutilidad  de  su  demanda,  y, 
de  acuerdo  con  ellos,  resolvió  defender  sus  dominios 
hasta  el  último  extremo.  Trató  en  seguida  de  asegurar 
sus  plazas»  y  después  de  haber  dejado  una  fuerte  guar- 
nición en  Beziers,  se  encerró  en  Carcasona  con  lo  más 
selecto  de  sus  tropas.  Dicese  que  imploró  entonces  el 
auxilio  del  rey  de  Aragón,  á  quien  reconocía  por  su  se- 
ñor feudal;  pero  este  principe,  según  cuenta  el  mismo 
papa  Inocencio  en  una  de  sus  epístolas,  no  tuvo  á  bien 
ni  juzgó  á  propósito  dárselo,  por  temor  de  malquistarse 
con  la  Santa  Sede. 

Los  cruzados,  después  de  haber  descansado  algún 
tiempo  en  Montpeller,  se  pusieron  en  marcha,  al  man- 
do siempre  del  abad  del  Císter;  y  después  de  haber  ta- 
lado el  país  que  sin  escrúpulo  pasaron  á  sangre  y  fue- 
go, como  mensajeros  de  venganza  más  bien  que  como 
enviados  de  Dios,  según  se  titulaban,  acamparon  ante 
las  murallas  de  Beziers.  Como  había  en  esta  ciudad  ha- 
bitantes católicos,  el  abad  del  Císter  y  los  demás  jefes 
del  ejército  sitiador  les  enviaron  á  Reginaldo  de  Mont- 
peyroux,  su  obispo,  quien,  bajo  pena  de  excomunión, 
les  intimó  que  entregasen  á  los  cruzados  todos  los  he- 
rejes de  la  ciudad,  ó  que,  si  no  eran  bastante  fuertes 
para  ello,  la  abandonasen  y  saliesen  á  reunirse  con  los 
sitiadores.  Entonces  tuvo  lugar  por  parte  de  los  reque- 
ridos una  gran  prueba  de  patriotismo,  que  con  orgullo 
y  placer  debe  consignar  la  historia.  Los  católicos  con- 
testaron resueltamente  que  antes  que  todo  eran  ciuda- 
danos de  Beziers,  y  que  no  sólo  no  accedían  á  lo  que 
el  obispo  les  intimaba,  sino  que  se  unían  estrechamen»' 
te  con  los  herejes  para  defender  la  ciudad,  su  patria 
común,  hasta  derramar  la  última  gota  de  su  sangre, 
[ion  esta  respuesta,  tuvo  que  volverse  el  obispo  de  Be- 
ziers al  campo  de  los  cruzados. 

No  tardaron  éstos  en  dar  el  asalto.  Los  sitiados  se 

TOMO  XI  II 


1 62  VÍCTOR    BALAGUER 

defendieron  bizarramente  por  espacio  de  algunas  horas, 
pero  viéronse  obligados  á  ceder,  y  los  cruzados  enton- 
ces, penetrando  en  la  ciudad,  pasaron  á  cuchillo  todos 
cuantos  encontraron,  sin  distinguir  de  religión,  clase, 
edad  ni  sexo.  Los  infelices  habitantes  se  refugiaron 
atropelladamente  en  las  iglesias,  pero  esto^  santos  lu- 
gares no  les  libraron  de  la  cólera  de  sus  feroces  enemi- 
gos. Sin  respetar  la  santidad  del  sitio,  los  cruzados,  in- 
vocando siempre  el  nombre  de  Dios,  hicieron  particu- 
larmente una  horrible  carnicería  en  todos  cuantos  ha- 
llaron  en  la  iglesia  de  la  Magdalena.  Se  cuenta  que 
sólo  en  este  templo  perecieron  7.000  personas  pasadas 
á  cuchillo.  Hay  cronistas  que  pretenden  disculpar  el 
hecho,  diciendo  que  fué  un  castigo  de  Dios  por  el  ase- 
sinato del   vizconde  Trencavello,   cometido  cuarenta 
y  dos  años  antes  en  aquel  mismo  templo.  Finalmente, 
los  cruzados,  después  de  haber  satisfecho  su  furia  en  el 
pueblo  de  Beziers,  á  cuyos  habitantes  pasaron  sin  pie- 
dad á  degüello,  y  después  de  haberse  enriquecido  con  el 
saqueo,  completaron  su  obra  de  destrucción  poniendo 
fuego  á  la  ciudad.  Beziers  fué  devorada  por  las  llamas 
el  22  de  Julio  de  1209. 

No  hay  conformidad  acerca  del  número  de  víctínlas 
que  hubo  en  aquella  ocasión.  Arnaldo,  abad  del  Cister, 
en  la  reseña  que  envió  al  Papa,  dice  que  fueron  iS.ooo, 
pero  otros  hacen  subir  el  número  á  60.000.  Se  cuenta 
que,  antes  del  saqueo  y  de  la  matanza,  los  cruzados 
preguntaron  al  abad  del  Císter  cómo  lo  harían  para 
distinguir  á  los  católicos  de  los  herejes,  temiendo  que 
alguno  de  éstos  se  escapase  confundiéndose  con  los 
primeros. — «Matadlos  á  todos,  contestó  Arnaldo  de 
Amalrich,  que  ya  Dios  conocerá  á  los  suyos  1.» 


1     No  hay  por  cierto  exageración  en  la  referencia  de  estos  horri 
bles  hechos,  ni  tampoco  en  las  palabras  atribuidas  á  nuestro  Amalrich 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.   V.    CAP,    XVI.       163 

Terminados  la  matanza,  saqueo  é  incendio  de  Be- 
ziers,  la  hueste  de  la  cru2  se  adelantó  hacia  Carcasoná, 
llegando  ante  los  muros  de  esta  ciudad  el  i.°  de  Agos- 
to, después  de  haberse  apoderado  de  cuantos  castillos  y 
lugares  halló  ásu  paso.  El  vizconde  Raimundo  Roger, 
que  se  había  encerrado  en  la  ciudad,  como  ya  sabemos, 
con  la  flor  de  sus  tropas,  se  dispuso  á  hacer  la  más  obs- 
tinada resistencia.  Los  cruzados  marcharon  en  seguida 
al  asalto  de  los  arrabales,  que  fueron  defendidos  heroi- 
camente por  el  vizconde  Roger,  quien  hizo  en  persona 
actos  de  increible  valor.  También  hablan  las  crónicas 
de  un  caballero  cruzado,  por  nombre  Simón  de  Mont- 
fort,  que  comenzó,  puede  decirse,  á  figurar  en  aquel 
asalto,  y  á  quien  estaba  reservado  un  grande  é  impor- 
tante papel  en  la  historia  de  las  crueles  guerras  que  se 
habían  de  seguir. 

Durante  el  sitio  de  la  ciudad,  y  en  ocasión  en  que  ya 
habían  sido  tomados  los  arrabales,  quedando  los  bravos 
defensores  de  Carcasona  encerrados  en  la  plaza,  se  pre- 
sentó el  rey  Pedro  de  Aragón  en  el  campo  de  los  cru- 
zados, al  objeto,  según  parece,  de  intervenir  en  favor 
del  vizconde  Raimundo  Roger,  de  quien  era  amigo, 
aliado  y  señor  feudal.  Cuentan  los  historiadores  del 

Al  contrarío,  he  rebajado  aún  los  colores  sombríos  del  cuadro.  Véan- 
se sinOy  las  Memorias  de  BezUrs  y  las  crónicas  de  Provenza;  léanse  la 
Mshria  tUl  Languedoc,  tomo  III,  págs.  168  y  siguientes,  y  el  tratado 
de  los  condes  de  Carcasona  en  el  Arte  de  comprobar  las  fechas.  Óigase, 
por  fín,  lo  que  dice  el  mismo  obispo  Torres  Amat,  hablando  de  Amal- 
rich:  'Como  legado  del  Papa,  mandó  la  cruzada  que  se  envió  contra  los 
albigenses.  Sus  fervorosas  exhortaciones  fueron  causa  de  que  en  el 
asalto  de  una  ciudad,  llevados  los  cruzados  de  un  celo  mal  entendido, 
cometiesen  las  mayores  atrocidades,  pasando  á  cuchillo  millares  de  ha- 
bitantes sin  distinción  de  sexo,  de  edad  ni  religión,  entre  ellos  7.000  re- 
fugiados en  la  iglesia  de  la  Magdalena.  „  [Diccionario  de  escritores  catar- 
^^^^>  pág-  15»  col.  !.•)  La  ciudad  que  Amat  no  nombra,  ya  sabemos 
que  fué  la  de  Beziers. 


I 

i 


^ 


164  VÍCTOR  BALAGUER 

Languedoc  1,  que  el  monarca  aragonés  se  apeó  con  sq 
comitiva  en  la  tienda  del  conde  de  Tolosa,  su  cuñado. 
Fué  en  seguida  á  encontrar  al  abad  del  Císter  y  á  los 
jefes  del  ejército,  quienes  le  acogieron  con  agrado,  y  les 
pidió  gracia  en  favor  del  vizconde,  suplicándoles  que 
tuviesen  compasión  de  su  juventud  y  entrasen  con  él  en 
negociaciones,  contentándose  con  los  daños  inmensos 
que  habian  hecho  en  sus  dominios.  El  legado  y  los  je- 
fes preguntaron  al  rey  de  Aragón  si  estaba  encargado 
por  el  vizconde  de  .hacer  proposiciones  de  paz. — «No 
en  verdad,  respondió  D.  Pedro;  pero  si  queréis  permi- 
tírmelo, iré  á  encontrarle  y  estoy  seguro  de  que  no  re- 
husará mi  mediación.  > 

Se  permitió  entonces  al  monarca  entrar  en  la  ciudad, 
y  habiéndolo  hecho,  y  habiendo  tenido  una  entrevista 
con  el  vizconde,  consiguió  de  éste  que  depositara  en  él 
su  confianza.  Volvió  en  seguida  al  campo;  se  presentó 
de  nuevo  en  la  tienda  del  legado,  donde  los  principales 
jefes  se  habian  reunido,  y  dióles  cuenta  de  su  misión. 
Empezó  por  decirles  y  asegurarles  que  jamás  el  viz- 
conde había  sido  hereje;  convino,  si,  en  que  sus  oficia- 
les habían  favorecido  á  los  albigenses,  durante  su  menor 
edad  ó  su  juventud;  pero  protestó  deque  era  sin  su  parti- 
cipación, mereciendo  ser  excusado  por  ello.  Añadió  que, 
después  de  todo,  si  Raimundo  Roger  se  había  hecho 
culpable  de  algo,  bastante  castigado  quedaba  por  la 
destrucción  de  su  ciudad  de  Beziers  y  de  los  arrabales 
de  Carcasona,  y  que,  por  lo  demás,  se  ofrecía  á  some- 
terse á  las  órdenes  del  legado  y  á  reparar  todos  los  da- 
ños que  pudiera  haber  ocasionado  con  su  conducta. 
Según  se  desprende  de  lo  que  dicen  los  Maurinos,  nues- 
tro D.  Pedro  en  esta  ocasión  defendió  calurosamente 

1  Pág.  171  del  tomo  III.  Los  Maurinos  han  tomado  estos  detalle 
de  una  crónica  6  historia  de  las  guerras  de  los  albigenses,  escrita  en  ci- 
talán-provenzal  por  un  autor  anónimo. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.  XVI.       165 

al  vizconde  con  su  elocuencia.  Bien  es  verdad  que  mejor 
que  ésta  le  hubieran  servido  al  vizconde  $us  armas. 

Amalrich  y  los  jefes  sitiadores  pidieron  deliberar  en 
secreto  sobre  la  proposición,  y  después  de  haber  confe- 
renciado entre  si,  el  primero  tomó  la  palabra  y  contes- 
tó á  D.  Pedro  de  Aragón  el  Católico^  que  toda  la  gracia 
que  se  podía  hacer  al  vizconde  era  permitirle  salir  de 
Carcasona  á  él  y  á  otros  doce  compañeros  suyos,  con 
armas,  caballos  y  bagajes,  pero  bajo  la  condición  de 
que  entregaría  á  todos  los  habitantes  y  defensores  de  la 
ciudad  á  discreción  de  los  cruzados.  Se  ignora  la  con- 
testación que  pudo  dar  el  rey  á  aquel  subdito  suyo  que 
de  tal  modo  le  hablaba.  Sólo  se  sabe  que  volvió  inme- 
diatamente á  Carcasona  para  dar  parte  de  aquella  res- 
puesta al  vizconde,  y  que  éste  replicó  que  preferiría  ser 
despellejado  vivo  antes  que  cometer  la  infamia  de  aban- 
donar al  menor  de  los  habitantes  de  la  ciudad.  Cuando 
en  la  historia  se  tropieza  con  hombres  crueles  y  san- 
guinarios como  Amalrich,  consuela  al  menos  el  encon- 
trarse con  almas  nobles,  generosas  y  dignas  como  la 
de  Raimundo  Roger.  El  rey  de  Ai'agón,  resentido  por 
no  haber  triunfado  en  sus  negociaciones,  se  despidió  del 
vizconde,  del  legado  y  de  sus  generales,  y  regresó  pre- 
cipitadamente á  sus  estados.  Algo  mejor  hubiera  sido 
para  el  vizconde  que,  en  lugar  de  palabras  y  de  buenos 
deseos,  le  hubiese  traído  su  aliado  algunas  compañías 
de  aquellos  bravos  que  con  tanta  gloría  habían  comba- 
tido en  Cataluña  y  Aragón  contra  los  moros. 

Después  de  la  partida  de  D.  Pedro,  los  cruzados, 
que  habían  interrumpido  los  trabajos  del  sitio,  los  con- 
tinuaron con  nuevo  vigor,  y  bien  pronto  cayó  Carca- 
sona en  sus  manos,  por  traición  según  unos,  por  capi- 
tulación según  otros.  Lo  más  probable  es  esto  último» 
Los  habitantes,  después  de  una  resistencia  verdadera- 
mente heroica,  se  sometieron,  salvando  sus  vidas  y  li- 


Z66  VÍCTOR  BALAGUER 

bertad,  movidos  por  los  rigores  del  hambre,  y  el  viz- 
conde Raimundo  Roger,  contra  la  fe  de  la  capitulación» 
fué  preso  y  entregado  á  Simón  de  Montfort,  que  le  hizo 
encerrar  en  un  estrecho  calabozo^  donde  murió  á  la 
edad  de  veinticuatro  años,  el  lo  de  Noviembre  del  mis- 
mo 1209,  no  sin  sospechas,  dice  Vaissette,  de  haber  sido 
envenenado.  También  se  dice  que  se  obligó  á  todos  ios 
habitantes  de  Carcasona  á  abrazar  la  fe  católica.  Cua- 
trocientos cincuenta  se  negaron,  y  entonces  Amalrích 
hizo  quemar  vivos  á  los  400  y  ahorcar  á  los  restantes. 
Entrada  Carcasona,  este  mismo  Amalrích  reunió  á 
los  principales  cruzados,  á  fin  de  escoger  entre  ellos  uno 
para  señor  y  gobernador  de  los  dominios  que  acababan 
de  conquistarse.  Lo  propuso  primero  al  duque  de  Bor- 
goña,  pero  este  príncipe  respondió  generosamente  que 
ya  tenia  bastantes  dominios  sin  necesidad  de  usurpar 
los  de  Raimundo  Roger,  y  que  harto  daño  se  había  ya 
causado  á  e^te  vizconde  para  que  hubiese  necesidad  de 
apoderarse  de  su  patrímonio.  El  legado  se  dirigió  en 
seguida  al  conde  de  Nevers,  que  dio  una  respuesta  pare- 
cida. Se  ofreció  luego  el  país  al  conde  de  San  Pablo» 
que,  tan  indignado  como  los  otros  de  la  traición  que 
acababa  de  cometerse  con  el  vizconde,  declaró  que  no  lo 
aceptaba.  Finalmente,  Simón  de  Montfort,  menos  es- 
crupuloso que  los  citados  señores,  no  vaciló  en  admitir 
el  señorío  de  Beziers  y  Carcasona,  y  esto  explica  el 
cómo  es  fácil  creer  que  muriese  envenenado  el  vizconde 
Roger,  hallándose  en  manos  del  ambicioso  Simón  de 
Montfort.  Sin  embargo,  al  vizconde  le  quedó  un  hijo, 
de  dos  años  entonces,  y  ya  veremos  más  adelante  como 
se  lanzó  al  campo  tratando  de  vengar  la  muerte  de  su 
padre  1. 

1     Para  casi  todos  los  hechos  que  se  acaban  de  contar,  he  tomado 
por  guía  una  crónica  del  autor  anónimo,  y  al  parecer  contemporáneo.  En 


F' 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.    V.    CAP,    XVI.       1 67 

Por  de  pronto,  el  de  Montfort,  á  quien  vamos  á  ver 
figurar  mucho  en  nuestra  historia,  se  quedó  vizconde  de 
Beziers  y  Carcasona,  y  como  tal  dispuso  de  los  bienes, 
patrimonio  y  prerrogativas  de  dichos  señores. 

Luego  que  se  hubo  tomado  á  Carcasona,  el  ejército 
de  los  cruzados  se  disolvió  en  gran  parte.  Se  retiró  el 
primero  el  conde  de  Nevers  con  sus  tropas,  siguiendo 
su  ejemplo  muchos  otros  nobles,  entre  ellos  el  conde  de 
Tolosa,  que  no  tardó  en  romper  con  Simón  de  Montfort 
y  con  los  legados  por  nuevas  exigencias  de  éstos. 

Ocasión  tendremos  de  reanudar  la  historia  de  estos 
señores  y  de  hablar  otra  vez  de  aquellas  famosas  cru- 
zadas contra  los  albigenses,  que  más  que  cruzadas  de 
religión,  lo  fueron  de  sangre  y  exterminio,  y  volvamos 
ahora  á  nuestro  Pedro  de  Aragón. 

esta  crónica,  que  aún  tendré  que  citar  más  de  una  vez,  se  dice  ]o  si- 
guiente  respecto  al  punto  de  que  se  ocupa  este  último  párrafo: 

*A  donch  lo  dit  leguat  a  dressada  sa  paraula  al  duc  de  Borgona,  per 
veser  se  ne  voldria  prendre  la  dite  charge  (es  decir  la  señoría  de  Carca- 
sona y  Beziers);  lo  qual  duc  a  rufusat  disen  qu'  el  avia  pro  térra  e  sen- 
horia,  sens  prendre  aquela,  ny  deshererar  lo  dit  visconte:  car  ly  sembla- 
va  que  pro  ly  avian  faich  de  mal,  sans  ly  ostar  son  hereditat.  A  donch 
lo  dit  leguat  s'  es  adressat  al  conté  de  Nevers,  et  ainsin  que  al  duc  avian 
presentada  et  oferta,  ly  preguan  que  aquela  vela  prendre  e  aceptar;  lo 
qual  conté  de  Nevers  ly  a  faita  la  responsa  mesma  que  avia  dic  le  duc 
de  Borgona;  ly  disen  qu'  el  avia  assés  térras  e  senhoria,  san  occupar  ri 
prendre  las  des  autres.  Et  adonc  la  presentada  al  conté  de  S.  Pol,  quand 
los  dits  de  dessús  1'  agüeren  refusada;  lo  qual  conté  de  S.  Pol  ly  feo 
semblaba  responsa,  qu  els  avian  fayta  dessús;  desquals  responsa  e  refus 

fonch  lo  dit  leguat  mal  conten  contra  los  dits  senhors A  done  la 

presentada  á  ung  qu'  era  senhor,  dit  conté  Montfort,  lo  qual  avia  estat 
d'  autres  vegadas  contra  los  Tures,  et  au  aquel  la  presentet  á  la  fín;  lo 
qual  conté  de  Montfort  V  appetet  e  prenguet;  lo  cual  se  nomenava  per 
son  nom  Simón  etc.. 


i68 


VÍCTOR  BALAGUBR 


CAPÍTULO  XVII. 


Entrevista  de  los  reyes  de  Aragón  y  Navarra  en  Mallén,  y  su  concordia. 
— Casamiento  de  la  reina  Constanza  con  el  ley  de  Sicilia  y  muerte  del 
conde  de  Provenza. —  Muerte  del  vizconde  de  Beziers. — El  rey  de 
Aragón  se  niega  á  recibir  el  homenaje  de  Montfort  por  el  vizcondado 
de  Beziers  y  Carcasona. — Levantamiento  de  barones  contra  MoDtfort. 
— Cortes  en  Barcelona  y  en  Lérida. — Entra  D.  Pedro  en  tierras  de 
Valencia  y  se  apodera  de  varias  plazas. — Procura,  pero  sin  éxito,  h 
reconciliación  de  los  condes  de  Montfoit  y  Foix. — Conferencia  de 
Narbona. — El  rey  de  Aragón  se  presta  á  recibir  el  homenaje  de 
Montfort. — Conferencia  6  concilio  de  Montpeller.  El  rey  de  Aragón 
confía  su  hijo  Jaime  á  Simón  de  Montfort. — Casamiento  de  Sandu 
de  Aragón  con  el  hijo  del  conde  de  Tolosa. — Concilio  de  Arles.— El 
rey  de  Aragón  y  el  conde  de  Tolosa  son  llamados  por  el  concilio.— 
Condiciones  impuestas  al  conde  de  Tolosa  para  su  reconciliación  con 
la  Iglesia. — Partida  del  rey  de  Aragón  y  del  conde  de  Tolosa. — El 
conde  de  Tolosa  excomi  Igado.    . 

(De  1209  Á  1211.) 


Antes  de  pasar  el  rey  D.  Pedro  al  campo  de  los  cru- 
zados, había  tenido  una  entrevista  con'  el  rey  de  Na- 
varra. £1  de  Castilla  tenía  hechas  treguas  con  el  na- 
varro, y  procuró  que  éste  y  el  aragonés  las  firmasen 
también ,  á  fin  de  que  ambos  pudiesen  auxiliarle  en  la 
guerra  que  proyectaba  contra  los  moros.  Viéronse,pues, 
en  Mallén  los  monarcas  de  Aragón  y  Navarra  el  día  4 
de  Junio  de  1209.  Dice  la  crónica  que  en  aquella  oca- 
sión el  último  prestó  áD.  Pedro  i. 000  maravedises  de 
oro,  poniéndose  en  prenda  los  castillos  de  Pina,  Escó, 
Pitilla  y  Gallur  con  sus  villas.  Si  por  Navidad  no  había 
sido  devuelta  aquella  suma,  el  rey  de  Navarra  podía 
apoderarse  de  dichas  plazas  y  fortalezas  para  tenerk 
libremente  hasta  ser  pagado,  y  entonces  se  habían  i 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.   XVH.      I69 

devolver  al  rey  de  Aragón  6  á  cualquiera  de  sus  herma- 
nos que  le  sucediesen  en  el  reino,  que  eran  D.  Alfonso, 
conde  de  la  Provenza,  y  D.  Femando.  Zurita ,  que  es 
quien  esto  refiere,  observa  que  en  el  contrato  no  se  hi- 
zo  mención  del  príncipe  D.  Jaime,  que  era  ya  nacido 
por  aquel  tiempo  i. 

La  observación  del  analista  aragonés  debe  ser  tanto 
más  exacta,  en  cuanto  D.  Pedro,  que  había  entablado 
demanda  de  divorcio,  para  no  dar  contra  sí  pretexto, 
parece  que  no  quiso  reconocer  por  hijo  á  D.  Jaime, 
tratando  á  sus  hermanos  como  herederos  de  la  corona. 

En  el  mismo  año  el  papa  Inocencio  III  combinó  el 
enlace  de  la  hermana  de  nuestro  D.  Pedro,  Doña  Cons- 
tanza, reina  viuda  de  Hungría,  con  Federico,  rey  de 
Sicilia,  quien  envió  sus  embajadores  á  Aragón  con  am- 
plios poderes.  El  contrato  se  redactó  en  Zaragoza;  lue- 
go D.  Pedro  se  llevó  á  su  hermana  Constanza  á  Barce- 
lona, á  donde  acudió  su  hermano  Alfonso,  conde  de 
Provenza,  con  varías  galeras  para  trasladarla  y  acom- 
pañarla á  Sicilia,  dejándola  en  brazos  de  su  nuevo  es- 
poso. Permanecieron  juntos  los  hermanos  algunos  días 
en  Barcelona  hasta  que  se  embarcó  la  reina  y  pasó  con 
el  conde  de  Provenza  á  Palermo,  donde  Federico  les 
estaba  esperando,  y  los  agasajó  espléndidamente.  Poco, 
sin  embargo,  disfrutó  el  conde  de  estos  obsequios,  pues 
murió  á  poco  de  haber  llegado  á  Sicilia,  de  contagio, 
dicen  algunos  2.  De  su  esposa  Garsenda  de  Sabrán, 
condesa  de  Forcalquier,  dejó  un  hijo  y  una  hija:  el  pri- 
mero, llamado  Ramón  Berenguer,  de  edad  solamente 
de  cuatro  años,  poco  más  ó  menos,  le  sucedió  en  los 
condados  de  Provenza  y  Forcalquier,  bajo  la  tutela  de 

1  Zurita,  lib.  II,  cap.  LIX. 

2  Zurita,  lib.  II,  cap.  LVIIL— Romey,  cap.  V  de  la  3.*  parte. 
Téngase  presente  que  este  último  autor  adelanta  equivocadamente  de 
un  afio  la  muerte  del  conde. 


170 


VÍCTOR   BALAGUBR 


SU  tío,  Pedro  de  Aragón,  que  se  lo  llevó  á  su  corte.  La 
hija,  llamada  Garsenda  como  su  madre,  casó,  andando 
el  tiempo,  con  el  conde  de  Saboya. 

La  muerte  del  conde  de  Beziers  y  Carcasona,  que 
acaeció  por  aquel  entonces ,  irritó  sin  duda  á  Pedro  de 
Aragón.  El  infeliz  Raimundo  Roger  falleció,  ya  se  ha 
dicho  que  con  violentas  sospechas  de  haber  sido  enve- 
nenado, en  el  fondo  del  oscuro  calabozo  donde  le  tenia 
aherrojado  su  carcelero  y  usurpador  de  sus  dominios, 
Simón  de  Montfort.  De  Inés  de  Montpeller,  su  esposa» 
que  le  sobrevivió,  dejó  un  hijo  único  llamado  Raimun- 
do Trencavello,  que  estaba  aún  entonces  poco  menos 
que  en  la  cuna,  y  que  se  había  confiado  á  la  guarda  del 
conde  de  Foix,  su  próximo  pariente,  quien  tomó  á  su 
cargo  su  educación. 

Muerto  el  vizconde,  Simón  de  Montfort,  que  habia 
ya  pedido  al  rey  de  Aragón  que  le  recibiera  su  homenaje 
por  el  vizcondado  de  Carcasona,  á  causa  del  señorío 
feudal  que  en  él  tenía,  voWió  á  insistir  en  lo  mismo; 
pero  Pedro  se  excusó  primero ,  hasta  que  por  fin ,  can- 
sado de  sus  solicitudes,  dióle  cita  en  Narbona,  reunién- 
dose ambos  en  esta  ciudad ,  de  donde  pasaron  á  Mont- 
peller, en  cuyo  punto  estuvieron  quince  días.  Durante 
este  tiempo,  el  rey  de  Aragón  entretuvo  á  Simón  y  se 
negó  finalmente  á  recibir  su  homenaje  bajo  diversos 
pretextos.  Al  mismo  tiempo  envió  secretamente  á  todos 
los  nobles  de  los  vizcondados  de  Beziers  y  Carcasona 
un  mensaje  instándoles  á  que  no  reconociesen  el  seño- 
rio  del  de  Montfort,  antes  bien  sacudiesen  el  joigo  de 
su  dominación,  prometiéndoles  él  por  su  parte  soste* 
nerles  y  marchar  en  su  auxilio. 

Aun  cuando  no  parece  que  cumpliese  esta  promesa, 
sus  escitaciones  tuvieron  efecto,  y  no  tardaron  muchos 
caballeros  de  las  diócesis  de  Beziers,  Carcasona  y  Albi 
á  declararse  con  sus  castillos  contra  su  nuevo  señor.  De 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.   V.    CAP.    XVII.       171 

aquí  provino  una  guerra  encarnizada  en  que  por  una  y 
otra  parte  se  cometieron  horrores.  Simón  de  Montfort 
filé  particularmente  cruel  hasta  la  ferocidad  y  la  barba- 
rie. Se  cuenta  de  él  que  una  vez^  habiéndose  apoderada 
del  castillo  de  Brom  en  el  Lauraguais,  hizo  un  cente- 
nar de  prisioneros,  á  los  cuales  mandó  sacar  los  ojos  y 
cortar  la  nariz,  dejándoles  luego  en  libertad  y  dándoles 
por  guia  á  uno  de  ellos  mismos  á  quien  sólo  se  había 
sacado  un  ojo  para  que  pudiera  conducir  á  sus  compa- 
ñeros 1. 

De  Montpeller  se  vino  sin  duda  D.  Pedro  á  tierras 
catalanas,  pues  le  vemos  convocar  Cortes  en  Barcelona 
á  principios  de  1210  2,  y  celebrar  otras  en  Lérida  en 
Marzo  del  mismo  año.  Como  entonces  habían  entrado 
en  Cataluña  algunos  herejes  albigenses,  y  se  temía  que 
formasen  partido,  D.  Pedro,  con  el  dictamen  de  las 
Cortes,  publicó  un  edicto  contra  los  excomulgados  reha- 
cios  en  volver  al  seno  de  la  Iglesia  en  el  término  de  un 
año,  reconociendo  al  mismo  tiempo  la  disposición  del 
Papa  que  se  apropiaba  terminantemente  la  facultad  de 
absolverlos:  á  los  que  no  se  arrepintiesen  antes  del  pla- 
zo prescrito,  les  imponía  el  rey  la  pena  de  quedar  afren- 
tados, con  multa  pecuniaria,  declarándoles  inhábiles 
para  heredar  y  testar.  A  pesar  de  este  edicto,  que  sin 
duda  fué  para  concillarse  el  favor  del  Papa,  se  ve  á  las 
claras  que  el  rey  comenzaba  á  inclinarse  hacia  los  al- 
bigenses.  En  las  mismas  Cortes  de  Lérida  se  acordó  que 
D.  Pedro  embestiría  algunas  plazas  que  paraban  en 
poder  de  los  moros,  y  se  comprometió  Cataluña  á  ser- 
vir al  rey  con  25. 000  hombres,  mantenidos'  á  su 
costa  3. 

1  Bisioria  del  Languedoc,  tomo  III,  pág.  191. 

2  FeKn  de  la  Peña,  lib.  XI.  cap.  V. 

3  Marca  hispánica^  págs.  1.297  y  siguientes. — Anales  de  Cataluña^ 
Hb.  XI,  cap.  V. 


172  VÍCTOR  BALAGUBR 

A  consecuencia  de  este  acuerdo  de  las  Cortes,  mandó 
el  monarca  juntar  sus  ejércitos  en  Mondón,  y  se  entró 
por  tierras  de  Valencia,  apoderándose  en  una  corta  y 
feliz  expedición  de  las  tres  importantes  plazas  de  Ada* 
muz,  Castelljavib  y  Sertella.  Fueron  con  él  muy  nobles 
caballeros  aragoneses  y  catalanes,  y  los  obispos  de  Za- 
ragoza, de  Huesca  y  de  Tarazona,  señalándose  muy 
particularmente  en  el  asalto  y  combate  de  las  citadas 
plazas  los  caballeros  templarios  al  mando  de  su  maes- 
tre Pedro  Montagut.  Por  lo  bien  que  esa  brava  milicia 
del  Temple  le  sirvió  en  esta  guerra,  fué  sin  duda  por  lo 
que  luego  le  dio  la  ciudad  de  Tortosa,  reteniéndose  sólo 
el  supremo  dominio  i. 

Pero  bien  pronto  los  asuntos  de  la  otra  parte  de  los 
*  Pirineos  le  distrajeron  de  su  guerra  con  los  moros.  Si- 
món de  Montfort  proseguía  su  lucha  de  exterminio 
contra  los  barones  que  no  querían  reconocerle  como 
señor  de  Beziers  y  Carcasona,  señorío  en  que  le  acaba- 
ba de  confirmar  el  Papa.  El  conde  de  Foix  era  uno  de 
los  barones  que  entonces  estaba  en  guerra  con  el  cau- 
dillo de  los  cruzados.  Nuestro  D.  Pedro  quiso  reconci- 
liarles y  pasó  á  aquellos  lugares,  invitando  al  de  Mont- 
fort á  una  entrevista  en  Pamiers,  á  la  cual  asistió  tam- 
bién el  conde  de  Tolosa.  Otros  dicen  que  no  fué  don 
Pedro  el  iniciador  de  esta  conferencia,  sino  que  fué  in- 
vitado á  ella  por  los  de  Foix  y  de  Tolosa.  De  todos 
modos,  la  entrevista  se  efectuó,  pero  inútilmente.  No 
pudo  haber  avenencia  entre  Montfort  y  el  de  Foix,  y 
mientras  que  D.  Pedro  y  el  conde  de  Tolosa  se  dirigían 
á  este*último  punto,  Montfort  marchó  contra  el  castillo 
de  Foix,  talando  y  saqueando  sus  alrededores,  pero  sin 
conseguir  apoderarse  de  aquella  plaza,  de  la  que  hubo 
de  apartarse  con  grave  descalabro  de  sus  tropas. 

1     /'«urita,  lib.  II,  cap.  LX. 


raSTORlA   DE   CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.    XVII.       1 73 

Por  lo  que  toca  á  D.  Pedro,  permaneció  neutral  en 
aquella  primera  lucha  y  parece  que  estuvo  en  Tolosa  y 
comarcas  inmediatas  durante  todo  lo  restante  de  año,^ 
pues  no  veo  aparecer  su  nombre  por  nuestras  crónicas 
en  todo  aquel  periodo.  A  principios  de  Enero  de  1211, 
consta  que  asistió  en  Narbona  á  una  conferencia,  de  la 
que  formaron  parte  también  el  conde  de  Tolosa,  Simón 
de  Montfort,  el  obispo  de  Usez  y  el  abad  del  Cister,  le- 
gados del  Papa,  con  algún  otro  eclesiástico.  En  esta 
conferencia  se  ofreció  al  conde  de  Tolosa  reconciliarle 
con  la  Iglesia,  si  arrojaba  de  su  territorio  á  los  herejes 
albigenses,  pero  se  negó  resueltamente  á  ello. 

Se  trató  también  en  la  misma  junta  de  la  reconci- 
liación del  conde  de  Foix.  Nuestro  D.  Pedro  pidió  gra- 
cia para  él  á  los  legados,  que  se  la  concedieron  bajo 
condición  de  que  el  conde  prestaría  juramento  de  obe- 
decer las  órdenes  del  Papa  y  no  volver  á  hacer  armas 
contra  los  cruzados  ni  contra  Simón  de  Montfort,  el 
cual  prometió  devolverle,  mediante  juramento  también» 
todas  las  tierras  suyas  de  que  se  había  apoderado ,  ex- 
cepto el  castillo  de  Pamiers.  El  rey  de  Aragón,  á  su  vez, 
como  señor  feudal  de  una  parte  del  condado  de  *Foix, 
puso  guarnición  en  el  castillo  de  este  nombre,  y  prome- 
tió al  obispo  de  Usez  y  al  abad  del  Císter  que  los  cru- 
zados no  tendrían  que  sufrir  nada  en  el  país.  Más  aún; 
ofreció  que  si  el  conde  de  Foix  se  separaba  de  la  comu- 
nión de  la  Iglesia  y  de  la  amistad  de  Simón  de  Mont- 
fort, él  pondría  el  castillo  de  Foix  en  manos  de  los 
legados  y  de  Simón. 

El  obispo  de  Usez  y  el  abad  del  Císter,  desp*ués  de 
haber  acordado  esta  gracia  al  rey  de  Aragón,  pidiéronle 
otra  á  su  vez.  Fué  la  de  que  recibiese,  en  calidad  de 
conde  ó  señor  feudal  de  Carcasona,  el  homenaje  de  Si- 
món de  Montfort  por  esta  ciudad;  pero  D.  Pedro  se  negó 
abiertamente.  Al  día  siguiente  los  dos  legados  y  Simón 


174  VÍCTOR   BALAGÜBR 

renovaron  para  con  el  monarca  sus  instancias,  y  tanto 
le  estrecharon,  que  accedió  por  fin  á  recibir  aquel  ho- 
menaje 1 .  Su  política  le  Obligó  á  ello,  y  dado  el  primer 
paso,  vióse  precisado  á  dar  otro  bien  pronto. 

Pasado  algún  tiempo,  y  hay  quien  dice  que  á  últimos 
de  aquel  mismo  mes  de  Enero,  el  rey  de  Aragón,  el  con- 
de de  Tolosa,  Simón  de  Montfort,  el  obispo  de  Use2  y  el 
abad  del  Císter,  se  volvieron  á  reunir  en  Montpeller, 
junto  con  varios  prelados  y  altas  dignidades  de  la  Igle- 
sia, lo  que  dio  cierto  carácter  de  concilio  á  la  asamblea. 
Los  dos  legados  repitieron  al  conde  de  Tolosa  sus  ante- 
riores ofertas,  y  él  prometió  esta  vez  aceptarlas  y  arreglar 
al  día  siguiente  las  condiciones;  pero  desde  poir  la  ma- 
ñana'se  ausentó  de  Montpeller,  sin  despedirse  de  nadie  2. 

Simón  de  Montfort,  que  deseaba  vivamente  enlazarse 
con  Pedro  de  Aragón,  bajo  cuyo  apoyo  esperaba  man- 
tenerse en  posesión  de  los  dominios  de  la  casa  de  Be- 
2iers,  ofreció  entonces  dar  su  hija  en  matrimonio  al  jo- 
ven príncipe  Jaime,  hijo  único  de  nuestro  rey.  Aceptó 
éste,  y  se  comprometieron  por  juramento  recíproco  á 
llevar  á  cabo  este  enlace  cuando  sus  hijos  hubiesen  lle- 
gado á  edad  competente.  En  el  ínterin,  el  rey  D.  Pedro 
confió  su  hijo  Jaime,  que  apenas  tenía  tres  años,  á  Si- 
món de  Montfort,  el  cual,  satisfecho  de  tener  en  su  po- 
der un  rehén  de  tanta  importancia,  se  encargó  de  la 
educación  del  joven  príncipe,  que  llevó  á  Carcasona, 
donde  le  guardó  cuidadosamente. 

Á  pesar  de  este  otro  paso,  que  le  obligó  á  dar  su  po- 
lítica fluctuante  y  su  necesidad  de  no  enemistarse  con 
el  favorito  del  Papa,  el  rey  de  Aragón  continuó  por  esto 
estrechamente  enlazado  con  el  conde  de  Tolosa,  que  era 
ya  su  cuñado,  y  cuya  alianza  se  cimentó  aún  más,  poco 

1  historia  del  Languedoc,  tomo  III,  pág.  203. 

2  Marca  hispánica.— Crónicdi  de  Puilaurens,  cap.  XVI. — Historia, 
dil  LanguedoCy  tomo  III,  nota  1 6. 


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•»■»•■  "T       .,• 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.   V.    CAP.    XVII.      I75 

tiempo  después  4  con  el  matrimonio  de  Sancha  su  her- 
mana con  el  joven  Raimundo,  hijo  primogénito  de  aquel 
conde  9  alianza  que  disgustó  mucho  al  de  Montfort.  De 
este  modo  procuraba  D.  Pedro  estar  bien  con  unos  y 
con  otros;  pero  era  situación  insostenible  la  suya,  y 
veremos  cómo  hubo  de  romper  bien  pronto  y  tomar  re* 
sueltamente  un  partido. 

Asi  como  después  de  la  conferencia  de  Narbona  ha- 
bía venido  la  de  Montpeller,  asi  después  de  la  de  Mont- 
peller  vino  la  de  Arles.  Ya  más  que  conferencia  fué  con- 
cilio. Se  efectuó  poco  tiempo  después  de  los  sucesos  que 
se  acaban  de  narrar,  y  los  legados  del  Papa  convocaron 
á  varios  prelados,  celebrándose  una  asamblea  solemne. 
De  este  concilio  no  dan  noticia  los  autores  antiguos, 
pero  si  el  Anónimo,  que  escribió  en  idioma  catalán- 
provenzal  la  historia  de  la  guerra  contra  los  albigen- 
ses  1.  No  hay  por  qué  rechazar  su  autoridad,  y  puede 
muy  bien  prestarse  fe  á  lo  que  cuenta  detalladamente, 
pues  sus  citas  se  hallan  confirmadas  con  el  testimonio 
de  los'  hechos  2 .  Sigamos,  pues,  la  curiosa  relación  de 
esta  tan  importante  como  bella  crónica. 

Los  legados  {)ontifícios,  al  convocar  á  los  prelados 
para  la  ciudad  de  Arles,  citaron  al  conde  de  Tolosa  ante 
el  concilio,  y  suplicaron  al  rey  de  Aragón  que  asistiese 
á  él.  Llegaron  el  rey  y  el  conde  á  Arles,  pero  pocos 
momentos  después  de  su  arribo,  recibieron  por  parte  de 
los  legados  la  orden  de  no  poder  salir  de  la  ciudad  sin 
su  especial  permiso,  viniendo  á  quedar  por  lo  mismo  en 
clase  de  arrestados.  Aquel  era  el  tiempo  en  que  los  re- 
yes obedecian  las  menores  órdenes  y  hasta  los  caprichos 
de  un  legado. 

1  Cois.  30  y  siguientes  de  esta  crónica,  que  trasladan  original  ¿ín- 
tegra en  sus  pruebas  los  historiadores  del  Languedoc. 

2  Puede  verse,  en  prueba  de  esto,  la  nota  1 6  del  tomo  III  de  la  His- 
toria del  Languedoc^  en  su  párrafo  6.° 


176  VÍCTOR  BALAGUER 

Enviáronse  también  inmediatamente  al  conde  de  To- 
losa  las  cláusulas  6  artículos^  de  cuya  ejecución  se  ha- 
cía depender  su  paz  con  la  Iglesia.  Dice  el  autor  ano* 
nimo  al  cual  seguimos,  que  los  legados  no  dieron  lec- 
tura al  conde  de  este  documento  en  sesión  pública, 
sino  que  se  lo  enviaron  por  un  mensajero,  pues  bien 
sabían  que  era  contra  Dios  y  contra  conciencia  ^  Te- 
rribles eran,  en  efecto,  los  artículos,  y  duras  condicio- 
nes las  que  se  imponían  al  de  Tolosa.  Se  le  quería  com- 
prometer y  obligar:  á  licenciar  en  el  acto  todas  sus  tro- 
pas; á  obedecer  á  la  Iglesia  durante  todo  el  tiempo  de 
su  vida,  reparando  los  perjuicios  que  le  hubiese  cau- 
sado; á  que  en  todos  sus  dominios  no  se  comiese  más 
que  de  dos  clases  de  vianda  ^;  á  arrojar  á  los  herejes  y 
á  sus  fautores  de  todos  sus  estados;  á  poner  en  manos 
de  los  legados  y  de  Simón  de  Montfort  á  todos  cuantos 
le  indicarían,  pudiendo  ellos  disponer  de  los  presos 
como  mejos  les  conviniera;  á  que  todos  los  habitantes 
de  sus  dominios  no  llevasen  vestidos  de  lujo,  sino  sola- 
mente capas  negras  y  de  tela  ordinaria,  entendiéndose 
esto  tanto  para  los  nobles  como  para  los  villanos  3;  á 
dejar  arrasadas  las  fortiñcaciones  de  sus  estados;  á  que 
ningún  noble  ó  barón  de  sus  vasallos  pudiese  habitar 
en  las  ciudades,  sino  sólo  en  el  campo;  á  no  imponer 
ningún  nuevo  tributo;  á  que  cada  jefe  de  familia  pagase 
todos  los  años  cuatro  dineros  tolosanos  al  legado  ó  asa 
recaudador;  á  restituir  todos  los  provechos  que  había 
sacado  de  ciertas  rentas  de  sus  dominios;  á  que  el  conde 
de  Montfort  y  sus  gentes  pudiesen  viajar  por  todos  sus 
dominios  sin  que  se  les  exigiese  nada  de  lo  que  tomaran; 
á  que,  cumplido  todo  esto,  pasase  él  á  Ultramar,  ha- 


1  Car  vesian  ben  que  le  dit  apontanten  ara  contra  Ditu  et  condensa, 

2  Que  an  touta  ¿a  térra  no  se  mmjaria  que  de  docts  cars, 

3  Que  an  toutas  sas  térras  home  que  sia^  iant  nobU  que  vilá,  nt 
portará  degún  abilhanien  de  pres^  sino  que  capas  negras  e  maissentas. 


II 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.    V.    CAP,    XVII.       1 77 

ciéndose  hospitalario  de  San  Juan  de  Jerusalem^  sin 
que  pudiese  volver  á  sus  estados  hasta  que  el  legado  se 
lo  permitiera.  «Después  que  todo  lo  arriba  dicho  se  ha- 
ya  cumplido  y  llevado  á  cabo,  terminaba  diciendo  el 
documento,  se  devolverán  al  conde  de  Tolosa  sus  tierras 
y  señoríos  por  los  legados  y  el  conde  de  Montfort,  cuan- 
do d,  éstos  plazca  i . » 

No  le  inspiró  al  conde  ira»  sino  risa,  la  lectura  de  los 
artículos  y  condiciones  que  ^  enviaban,  y  fué  en  se- 
guida á  mostrárselo  todo  á  su  cuñado  el  rey  de  Aragón, 
que  le  contestó: — Pía  votis  V  an  paguat  2.  El  de  Tolosa 
sin  dignarse  dar  contestación  alguna  á  los  legados,  y 
sin  tener  en  cuenta  la  orden  que  se  le  diera  de  no  salir 
de  Arles,  abandonó  repentinamente  la  ciudad  y  se  mar- 
chó á  Tolosa,  donde  llamó  á  las  armas  á  todos  sus  va- 
sallos, poniéndose  ya  defsde  aquel  momento  frente  á 
frente  de  la  Iglesia.  Por  lo  que  toca  á  nuestro  D.  Pedro, 
indignado,  se  marchó  también  á  sus  tierras,  sin  dar 
aviso  de  su  partida  á  los  legados  pontificios. 

Ya  desde  aquel  momento  no  tuvieron  éstos  ninguna 
consideración  con  el  conde  de  Tolosa,  al  cual  excomul- 
garon, declarándole  públicamente  enemigo  de  la  Iglesia 
y  apóstata  de  la  fe,  y  disponiendo  de  sus  dominios  en 
favor  del  primero  que  los  ocupase.  Así  comenzó  entre 
el  tolosano,  por  una  parte,  y  los  cruzados  y  Simón  de 
Montfort,  por  otra,  aquella  guerra  cruel  é  implacable, 
en  la  cual  hemos  dé  ver  figurar  y  ser  víctima  á  nuestro 
D.  Pedro. 

1  T&ulas  sos  térras  y  senhoras  ly  serán  rendadas  et  delhradas,  per 
^  dits  leguats  et  eonii  de  Mont/brt,  quan  lor  plairá. 

2  Quand  lo  dit  conté  Ramón  agut  vist  ¿  entendut  lo  dit  apontamen^ 
'/''  'sprés  á  rire  de  grandjoe  que  ti  aguet,  é  á  son  cunhat  lo  dit  rey  ct 
'    ^6  la  monstrat,  louqual  rey  á  dit  al'dit  conté  Ramón:  Pía  vous  t  an 

TOMO  XI  12 


178 


VÍCTOR  BALAGUER 


CAPÍTULO  XVIII. 


LA  BATALLA  DE  LAS  NAVAS  DE  TOLOSA. 


Desembarco  de  Mohamed  en  Tarifa. — Cruzada  contra  los  infiel».— 
Viaje  de  D.  Pedro  á  Tolosa.— El  abad  del  Císter,  consagrado  ario- 
bispo  de  Narbona,  reúne  tropas  y  viene  á  Espafia  contra  los  infieles. 
— Llega  el  rey  de  Aragón  á  Toledo. — Se  reúne  gente  de  todas  partes 
en  Toledo.-— Parten  de  Toledo  los  cruzados. — Asaltos  de  Magallóny 
Calatrava. — Abandono  de  los  extranjeros  y  llegada  del  rey  de  Nava- 
rra al  campo. — Llegan  los  ci-uzados  al  Muradal  y  cómo  se  verificó  el 
paso  de  la  sierra. — El  triunfo  de  la  Cruz.— Muerte  gloriosa  de  Dal- 
mau  de  Creixell. 

(1212.) 

Grandes  acontecimientos  se  preparaban  en  la  Penín- 
sula, y  hora  es  ya  de  que  en  ellos  fijemos  nuestra  aten- 
ción. La  guerra  nacional  contra  los  moros  iba  á  tener 
una  de  sus  más  brillantes  y  gloriosas  páginas. 

Mohamed,  hijo  de  Jacub,  reinaba  entonces  en  Ma- 
rruecos. Este  joven  monarca  almohade,  á  pesar  de  al- 
gunas bellas  circunstancias  que  le  adornaban  se  había 
entregado  por  completo  á  su  visir  Ebn  Gamea,  hombre 
inepto,  falso,  cruel  y  generalmente  detestado,  que,  or- 
gulloso por  haber  recientemente  conquistado  las  islas 
Baleares,  último  refugio  de  los  almorávides,  y  presun- 
tuoso como  todos  los  favoritos  de  los  reyes,  juró  la  des- 
trucción de  la  pujanza  española.  Fué  publicada  la  gue- 
rra santa  en  todo  el  imperio  musulmán,  y  Mohamed 
pasó  el  estrecho  á  la  cabeza  del  más  formidable  ejército 
que  hubiese  el  África  enviado  hasta  entonces  contra 
Europa.  Los  historiadores  árabes  aseguran  que  asce^ 
dian,  después  de  habérsele  reunido  los  guerreros  de  A 
dalucia,  á  más  de  450.000  combatientes.  Mohamed  d< 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — UB.  V,  CAP.  XVIII.      I79 

embarcó  en  Tarifa  por  Mayo  de  121 1,  y  la  noticia  de 
su  desembarco  y  de  la  terrible  cruzada  que  capitanea- 
ba, sembró  el  espanto  entre  los  reyes  cristianos.  Alfon- 
so de  Castilla  se  dirigió  desde  luego  al  Papa,  mientras 
que  el  arzobispo  de  Toledo  D.  Rodrigo,  célebre  como 
historiador,  iba  de  corte  en  corte  implorando  el  auxilio 
de  los  príncipes  cristianos  y  llamándolos  á  la  guerra 
contra  los  infieles. 

El  Papa  dispuso  un  ayuno  general  de  tres  días  y  una 
solemne  procesión  para  llamar  la  protección  del  cielo 
sobre  la  cristiandad  amenazada,  y,  deseando  ser  útil 
á  los  intereses  de  España,  recomendó  la  causa  á  todos 
los  príncipes  de  Europa  y  dio  al  alzamiento  de  los  rei- 
nos iberos  el  carácter  de  cruzada .  Pedro  de  Aragón,  lle- 
gado de  la  otra  parte  de  los  Pirineos,  fué  uno  de  los  pri- 
meros en  ponerse  en  guardia,  prometiendo  acudir  al  rey 
de  Castilla.  El  de  Navarra,  que,  aterrado,  había  ido  á 
solicitar  la  alianza  del  moro,  se  repuso  á  favor  de  la 
reacción  que  después  de  los  primeros  momentos  de  te- 
nror  se  experimentó  en  la  cristiandad,  y  se  preparó  á 
acudir  también. 

Mientras  se  estaban  haciendo  los  preparativos  de  la 
cnizada,  hallo  que  D.  Pedro  de  Aragón,  á  principios 
de  1 212,  efectuó  un  viaje  á  Tolosa,  donde  estableció  por 
su  vicario,  es  decir,  sin  duda  por  su  embajador  cerca  del 
conde  su  cuñado,  á  un  caballero  que  se  llamaba  Gui- 
llermo de  TEchelle  1.  No  tardó,  sin  embargo,  envolver 
á  pasar  los  Pirineos,  yendo  á  ponerse  al  frente  de  sus 
tropas  para  dirigirse  á  Toledo,  punto  de  cita  de  los  cris- 
tianos aliados. . 

Arnaldo  de  Amalrích,  el  legado  pontificio  en  Langue- 
doc  y  Provenza,  el  abad  del  Císter,  el  caudillo  de  las 


l    Instaría  del  Lanpudoc^  tomo  III,  pág.  225.  Guillermo  de  la  Es^ 
cala  quizá. 


1 8o  VÍCTOR  BALAGUBR 

cruzadas  contra  los  albigenses,  acababa  de  ser  nombra- 
do entonces  arzobispo  de  Narbona,  y  se  dispuso  también 
á  ir  á  Toledo,  al  frente  de  las  tropas  que  se  habían  alis- 
tado para  la  cruzada  contra  los  infieles  en  las  diócesis 
de  Lión,  de  Viejia  y  de  Valencia  de  Francia.  Al  decir 
de  los  historiadores  del  Languedoc^  la  hueste  á  cuyo 
frente  se  puso  Amaldo  y  que  llevó  á  Toledo,  constaba 
de  2.000  caballeros  cada  uno  con  su  escudero,  lo.ooo 
sargentos  de  á  caballo  y  5o.ooo  de  á  pie.  Este  cuerpo 
de  ejército  fué  á  reunirse  con  el  que  mandaban  los  reyes 
de  Castilla  y  de  Aragón. 

El  rey  de  Aragón  llegó  á  Toledo  en  la  octava  de  Pen- 
tecostés del  I2I2,  siendo  recibido  por  el  arzobispo  y 
clero  con  procesión,  y  aposentándose  en  la  huerta  del 
rey,  en  donde  estuvo  aguardando  sus  gentes,  que  no  tar- 
daron en  llegarle.  El  ejército  catalán-aragonés  se  com- 
ponía, según  Tomich,  de  3.5oo  caballos  y  20.000  in- 
fantes, siendo  aragoneses  los  5oo  jinetes  y  los  10.000 
peones;  pero,  según  el  Anónimo,  lo  formaban  3o.ooo 
infantes  y  16.000  caballos,  conducidos  por  señores  muy 
esclarecidos,  entre  los  cuales  se  contaban  el  arzobispo 
de  Tarragona,  el  obispo  de  Barcelona,  los  condes  del 
Rosellón,  padre  é  hijo  (tío  y  primo  del  rey).  García  Ro- 
meu,  Jimeno  Cornel,  Guillen  de  Peralta,  Miguel  deLue- 
sia,  Aznar  Pardo,  Lope  Ferench  de  Luna,  Artal  de  Po- 
ces, Pedro  Maza,  el  conde  de  Ampurías,  el  vizconde  de 
Cardona,  Guerau  de  Cabrera,  Guillen  de  Cervera,  Beren- 
guer  de  Peramola,  Dalmau  de  Creixell,  y  otros  muchos 
representantes  de  nobles  casas  aragonesas  y  catalanas. 

A  más  de  la  gente  que  había  traído  el  arzobispo  de 
Narbona  1,  de  la  que  estaba  al  mando  del  rey  de  Ara- 

1     Se  dice  que  éste  fué  quien  persuadió  á  Sancho  de  Navarra,  que 
había  ido  á  Sevilla  á  entrar  en  pactos  con  el  moro,  á  tomar  las  an 
contra  los  infieles,  haciendo  causa  común  con  el  castellano,  al  cual, : 
embargo,  aboiTecia. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — ^LIB.  V.  CAP.  XVIH.      l8l 

gón  y  de  las  tropas  castellanas,  acudieron  huestes  más 
^  menos  numerosas,  capitaneadas  por  el  arzobispo  de 
Burdeos,  el  obispo  de  Nantes,  los  maestres  y  priores  de 
Calatrava  y  Santiago,  los  de  San  Juan  y  del  Temple 
y  el  señor  de  Vizcaya,  con  más  los  auxiliares  de  León, 
Galicia  y  Portugal,  y  luego  el  ejército  navarro.  De  todo 
este  gran  acopio  de  gentes .  deducen  algunos,  y  sacan 
por  conjetura,  que  el  ejército  cristiano,  por  más  que 
digan  lo  contrario  algunas  crónicas,  no  podía  ser  infe- 
rior al  de  los  almohades. 

Debía  ser  por  extremo  animado  el  aspecto  que  pre- 
sentase Toledo,  á  donde  habían  acudido  tantos  guerre- 
ros que  no  cabían  en  la  ciudad,  teniendo  que  acamparse 
millares  de  soldados  en  los  jardines  y  praderas  fuera  de 
los  muros,  bajo  tiendas  de  campaña,  presentando  allí 
una  mezcla  singular  de  armas  y  vestiduras  diferentes, 
y  no  menor  variedad  de  costumbres  y  de  lenguas.  El 
rey  de  Castilla^  atento  á  abastecer  tan  prodigioso  nú- 
^  mero  de  gente,  hizo  los  más  crecidos  y  abundantes  aco- 
pios, teniendo  prontos  60.000  carros  para  el  transporte 
de  los  víveres;  de  modo  que,  al  decir  unánime  de  los 
historiadores,  nada  faltó  con  asombro  de  cuantos  lo 
vieron. 

El  20  de  Junio  de  12 12,  se  pusieron  en  marcha  las 
tropas  para  ir  al  encuentro  del  enemigo.  Caminaba  el 
ejército  de  los  cruzados  en  tres  columnas,  á  fin  de  que 
el  número  no  le  causase  embarazos  en  las  jomadas.  La 
columna  de  vanguardia  la  componían  los  extranjeros  6 
ultramontanos,  como  se  les  llamaba,  al  mando  de  Die- 
go López  de  Haro,  señor  de  Vizcaya,  aunque  había 
cuerpos  particulares  que  iban  mandados  por  los  arzo- 
bispos de  Narbona  y  Burdeos,  el  obispo  de  Nantes  y 
varios  señores  del  poniente  y  mediodía  de  Francia.  El 
pey  D.  Pedro  de  Aragón  era  el  jefe  del  segundo  cuerpo 
le  qército,  compuesto  sólo  de  aragoneses,  catalanes,  al- 


282 


VfCTC»  EALAGUBR 


ganos  castellanos  y  los  caballeros  templarios.  £1  tercer 
cuerpo^  que  constaba  del  grueso  de  las  tropas  castellanaSi 
y  también  de  las  leonesas  y  portuguesas,  obedecía  al  rey 
de  Castilla,  con  el  cual  iban  los  maestres  de  las  órdenes 
militares,  el  infante  de  León  D.  Sancho,  el  infante  de 
Portugal  D.  Pedro,  el  arzobispo  de  Toledo  D.  Rodrigo 
y  otros  señores  y  prelados. 

A  poco  de  emprendida  sú  marcha  el  ejército  cristia- 
no, tomó  por  asalto  el  castillo  de  Magallón,  cuya  guar- 
nición fué  pasada  á  ci^chillo.  £n  seguida  prosiguieron 
los  cruzados  su  camino  y  se  pusieron  sobre  Calatrava, 
defendida  por  un  fuerte  presidio  de  almohades.  En  el 
sitio  de  esta  ciudad  y  en  su  asalto,  se  señaló  muy  par- 
ticularmente el  rey  de  Aragón.  Tomada  la  ciudad,  los 
infieles  se  refugiaron  en  el  castillo,  no  tardando  en  ca- 
pitular bajo  condición  de  que  saldrían,  perdonada  la 
vida  y  libres  de  cautiverio,  pero  desarmados.  Entonces 
los  ultramontanos  quisieron  pasar  á  cuchillo  la  guarni- 
ción cuando  salía  de  la  fortaleza;  pero  Alfonso  de  Cas-, 
tilla  y  Pedro  de  Aragón,  con  noble  entereza,  se  declara- 
ron contra  tal  perfidia;  libertaron  de  ultraje  á  los  infieles, 
y  cuidaron  de  ellos  hasta  ponerlos  en  salvo.  Alfonso  dio 
á  los  aragoneses  y  ultramontanos  todo  cuanto  había 
encerrado  en  los  almacenes  de  Calatrava. 

Descontentos  ya  en  esto  los  ultramontanos,  y  so  pre- 
texto de  que  no  podían  sufrir  más  el  caluroso  clima  de 
España ,  rehusaron  seguir  peleando  por  la  salvación  de 
la  cristiandad  en  la  Península.  El  arzobispo  de  Burdeos 
los  confirmó  en  su  resolución,  y,  desatendiéndolas 
súplicas  y  ofertas  de  los  monarcas  aragonés  y  castella- 
no, emprendieron  el  camino  de  vuelta  á  su  patria,  que- 
dándose sólo  el  arzobispo  de  Narbona  con  alguno  '^'^ 
los  suyos.  Afortunadamente  para  el  ejército  cruzad 
llególe  entonces ,  muy  oportunameinte,  el  refuerzo  c 
rey  de  Navarra,  que  mandaba  un  considerable  núme 


r 


\  ■ 

HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XVIH.      183 

de  tropas.  Di6  también  valor  y  confianza  á  los  cristia- 
'  nos  el  haberse  hecho  por  aquel  mismo  tiempo  dueños 
de  AlarcoSy  bajo  cuyos  muros  el  rey  de  Castilla  sufriera 
años  antes  una  cruel  derrota. 

Los  tres  reyes  aliados ,  acercándose  á  Salvatierra^  pa- 
saron allí  revista  á  sus  tropas,  y  viéndose  con  un  ejér- 
cito tal,  que  nunca  la  España  cristiana  le  había  tenido 
semejante,  decidieron  tomar  la  vuelta  de  Andalucía  y 
penetrar  en  ella.  El  12  de  Julio  llegaron  los  cruzados  á 
las  faldas  de  las. sierras  que  separan  á  Castilla  la  Nue- 
va de  las  provincias  andaluzas,  y  encontraron  todos  los 
puertos  y  hasta  las  cumbres  de  los  montes  ocupados  por 
los  almohades.  Acercáronse  al  puerto  de  Muradal,  y 
"  celebraron  los  tres  reyes  consejo  de  capitanes.  Convi- 
nieron en  que  era  difícil,  si  no  imposible,  penetrar  en 
Andalucía,  y  hasta  muchos  opinaban  por  retroceder, 
siendo  gravísimo  el  conflicto  y  apurada  la  situación, 
cuando  se  presentó  de  pronto  en  el  real  cristiano  un 
pastor  (un  ángel,  vestido  de  pastor,  dicen  las  piadosas 
crónicas) ,  y  propuso  á  los  reyes  llevar  el  ejército  cru- 
zado por  sendas  sólo  de  él  conocidas,  y  sin  ser  visto 
por  sus  contrarios ,  hasta  las  cumbres  mismas  de  la 
sierra,  de  donde  podría  bajar  con  poca  dificultad  á  los 
llanos  de  Úbeda.  Sospechóse  al  pronto  que  podia  ser 
aquello  un  ardid,  y  túvose  recelo  del  pastor.  Dos  hom- 
'bres  esforzados,  cuyos  nombres,  por  fortuna  de  su  glo- 
ría, nos  han  conservado  las  crónicas,  se  ofrecieron  á 
averiguar  la  realidad,  y,  confiándose  al  guía,  pasaron  á 
explorar  el  camino  y  cerciorarse  del  hecho.  Fueron  és- 
tos dos  valientes  ,  el  vizcaíno  Diego  López  de  Haro  y 
el  aragonés  García  Romeu.  Convenciéronse  los  explo- 
radores de  la  verdad  y  buena  fe  del  relato  del  guía,  y 
participaron  á  los  reyes  que  podían  trepar  sin  zozobra 
Di  demora  con  todo  el  ejército. 
Los  primeros  rayos  del  sol  del  14  de  Julio  sorpren- 


184  VÍCTOR  BALAGUER 

•dieron  ya  á  los  cruzados  en  la  cumbre  desde  donde  di- 
visaron la  hueste  de  los  moros,  cuyas  tiendas  de  campa- 
ña cubrían  un  dilatado  espacio,  siendo  al  mismo  tiem- 
po vistos  por  ellos  no  sin  gran  sorpresa  al  encontrarla 
dueños  de  las  alturas.  No  por  esto,  aunque  fuese  nota- 
ble la  ventaja  alcanzada  por  los  cristianos,  desmayó 
Mohamed,  de  quien  se  cuenta  que  escribió  á  Jaén  y  i 
Baeza  que  tenía  sitiados  ya  á  tres  reyes  con  sus  hues- 
tes y  que  iba  á  rendirles  antes  de  tres  día^. 

La  batalla  no  se  dio  hasta  el  16  de  Julio^  y  es  una  de 
las  páginas  más  legítimas  de  gloría  que  cuentan  los 
anales^  de  la  Península.  No  me  detendré  en  refiedr  mi- 
nuciosamente esta  jomada,  ya  porque  pertenece  más  á 
la  historia  general  que  á  la  particular  de  Aragón  y  de 
Cataluña,  ya  poxque  se  han  hecho  de  ella,  por  lo  x:éle- 
bre  y  famosa,  detalladas  descripciones. 

Mandaba  el  ala  derecha  D.  Sancho  de  Navarra,  i 
quien  seguían,  no  sólo  los  caballeros  y  tropas  de  su 
reino,  sino  también  las  banderas  de  Soria,  Ávila,  Se- 
govia  y  Medinaceli,  los  franceses  que  iban  con  el  rá- 
conde  de  Narbona  y  las  gentes  de  Galicia  y  Portugal. 
El  ala  izquierda,  que  estaba  dividida  en  cuatro  cuerpos, 
formados  de  tropas  aragonesas  y  catalanas,  iba  manda- 
da por  Pedro  de  Aragón;  y  el  centro  compuesto  de  cas- 
tellanos y  leoneses,  obedecía  al  rey  de  Castilla. 

Nuestros  cronistas  particulares  añrman  que  Dalmaa 
de  Creixell,  caballero  catalán  nacido  entre  los  ampur- 
daneses^  fué  el  verdadero  general,  cuyos  consejos  se  si- 
guieron al  ser  avistados  los  moros  en  los  llanos  de  Úbe- 
da  y  en  el  punto  desde  aquel  día  memorable  de  las  Na- 
vas de  Tolosa;  y  hasta  hay  quien  dice  que  este  bravo 
caudillo,  al  cual  se  debió  el  triunfo,  murió  gloriosa* 
mente  y  como  bueno  en  la  batalla,  y  que  para  honr»* 
su  memoria,  ya  que  no  pudieron  su  valor,  los  tres  rey 
cristianos,  el  de  Aragón,  el  de  Castilla  y  el  de  Navaír 


- _* 


HISTORIA  DB  CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XVin.      185 

llevaron  en  hombros  su  cuerpo  á  la  sepultura  i.  Justo 
j  debido  homenaje  á  la  gloría  militar. 

El  ejército  moro  quedó  derrotado  por  completo^  hu- 
yendo su  rey,  y  dejando  el  campo  sembrado  de  cadáve- 
res en  número  de  200.000,  según  unos,  de  100.000, 
según  otros.  Por  lo  que  toca  á  los  cristianos,  se  asegu- 
ra que  sólo  murieron  25.000  hombres,  y  esta  inferíorí* 
dad  de  número  comparada  con  la  de  los  enemigo^,  ha 
hecho  creer  á  los  historiadores  modernos  que  en  es- 
tos 25  sólo  se  contó  á  los  jefes.  Con  esta  sangrienta 
jomada^  tan  gloriosa  qomo  eternamente  memorable 
para  las  armas  de  la  cruz,  se  puede  decir  que  recibió 
un  golpe  de  muerte  la  dominación  de  los  africanos  en 
España.  Quedaron  tan  lastimados  y  débiles,  que  fué 
éste  el  augurio  de  su  decadencia  y  postración.  Los  his- 
toriadores árabes  llaman  á  esta  batalla  la  de  Alcalab  ó 
Alakab,  y  los  cristianos  la  conocen  indistintamente  por 
la  de  Úbeda,  del  Muradal,  ó,  más  principalmente,  de 
las  Navas  de  Tolosa.  La  Iglesia  española  ha  celebrado 
siempre  d  16  de  Julio  una  festividad  titulada  El  triunfo 
de  la  cruz,  en  conmemoración  de  tan  feliz  suceso,  en  que 
alcanzó  la  fe  de  Cristo  uno  de  sus  triunfos  más  insig- 
nes, y,  por  sus  consecuencias,  uno  de  los  más  impor- 
tantes. 

Cuentan  los  analistas,  que  el  ejército  catalán-arago- 
nés sobresalió  briosamente  en  el  combate,  cubriéndose 
de  gloría,  con  especialidad  el  rey  D.  Pedro,  que  ganó 
en  esta  jomada  fama  de  ser  uno  de  los  mejores  caballe- 
ros de  su  tiempo.  Del  rey  de  Navarra  se  dice  que  rom- 
pió á  hachazos  la  cadena  que  rodeaba  el  campamento 
moro,  y  desde  entonces  campean  trozos  de  cadena  por 
timbre  príncipal  en  el  escudo  navarro. 

1    Serra  y  Postius  es  el  autor  que  esto  escribe  en  su  Historia  dt 
MpHtstrrat,  pág.  129. 


1 86  VÍCTOR  BALAGUER 

El  analista  Zuñía,  refiere  que,  uno  de  los  despojos 
que  tocaron  á  D.  Pedro  de  Aragón,  fué  la  tienda  del 
rey  de  los  almohades,  que  era  riquísima,  de  seda  de  co- 
lor carmesí,  y  también  que  el  monarca  castellano  man- 
dó entregar  á  los  reyes  de  Aragón  y  de  Navarra,  para 
que  se  lo  partieran,  todo  lo  que  se  encontró  en  el  serra- 
llo de  Mohamed  i.  Otro  escritor  cuenta  que  los  despo- 
jos *que  al  rey  D.  Pedro  pertenecieron,  los  remitió  al 
Sumo  Pontífice  2;  añadiendo  que  la  laaza  y  estandarte 
del  rey  moro  que  él  ganó,  fué  por  él  ofrecida  al  prínci- 
pe de  los  apóstoles,  San  Pedro,  en  cuya  basílica  fueron 
colgados. 

Esta  batalla  abrió  á  los  cruzados  las  puertas  de  An- 
dalucía, tomaron  varios  castillos  y  plazas,  se  apodera- 
ron de  Baeza,  donde  es  fama  que  se  mostraron  por 
demás  crueles  y  sanguinarios  con  los  vecinos,  y  se  en- 
caminaron á  poner  sitio  á  Ubeda.  Asaltaron  valerosa- 
mente esta  ciudad,  siendo  un  escudero  aragonés  de  Lo- 
pe Perrench  de  Luna  eí  que  primero  subió  al  muro, 
pero  no  consiguieron  rendir  la  plaza,  precisando  las  es- 
caseces y  dolencias  á  la  hueste  cristiana  á  tratar  de  re- 
tirada. Regresó,  pues,  el  ejército  á  Calatrava,  donde  se 
hallaron  con  el  duque  de  Austria,  Leopoldo  que,  al 
frente  de  un  buen  número  de  tropas  alemanas,  venia 
para  ayudar  á  los  españoles.  Fué  inútil  su  auxilio,  pues 
que  la  campaña  se  daba  ya  por  terminada,  y  se  separa- 
ron los  reyes  aliados,  yéndose  á  Toledo  los  dé  Castilla 
y  Navarra,  y  regresando  á  Aragón  D.  Pedro  en  compa- 
ñía del  duque  de  Austria  que  era  su  pariente  3. 

1  Zurita,  Ub.  II,  cap.  LXI. 

2  Serra  y  Postius,  en  la  obra  y  página  citadas. 

3  Los  autores  que  se  han  consultado  para  escribir  este  capitulo,  s 
el  arzobispo  de  Toledo,  Romey,  Conde,  Viardot,  Alcalá  Galiano,  en : 
ampliación  de  lo  escrito  por  Dunham,  Lafuente,  Ortiz  de  la  Vega,  Co 
tada.  Zurita  y  Feliu.  En  este  último  autor,  y  al  final  del  cap.  V  de 


HISTOSIA  DB  CATALUf^A. — LIB.   V.   CAP.  XIX.      187 


CAPÍTULO  XIX. 

!>-  Pedro  renueva  sus  instancias  para  el  divorcio. — El  conde  de  Toiosa 
pide  protección  á  D.  Pedro. — ^El  rey  envía  embajadores  á  Roma. 
— Carta  del  Papa  á  los  legados  á  propósito  de  las  quejas  y  demandas 
del  rey  de  Aragón.>--Carta  á  Simón  de  Montfort  por  la  misma  causa. 
— El  rey  de  Aragón  en  Toiosa. — Concilio  de  Lavour,  al  cual  se  pre- 
senta D.  Pedro. — ^EI  rey  de  Aragón  se  declara  abiertamente  por  el 
conde  de  Toiosa. — Recibe  el  juramento  de  los  condes  y  habitantes 
de  Toiosa. — Acude  al  Papa  en  apelación  de  la  sentencia  dada  por  el 
concilio. 

'        {1213.) 

Con  el  lauro  inmarcesible  de  la  victoria,  con  la  satis- 
facción de  haber  contribuido  á  desbandar  aquella  hues- 
te poderosa  de  sarracenos  que  amenazaba  á  la  cristian- 
dad entera,  volvióse  D.  Pedro  á  su  reino,  y  se  cuenta 
que  lo  primero  en  que  se  ocupó,  fué  en  renovar  sus  ins- 
tancias al  Papa  para  la  disolución  de  su  matrimonio. 
Invencible  odio  le  había  cobrado  el  rey  á  su  esposa. 
Pronto  se  verá  como  todas  las  instancias  del  monarca 
aragonés  fueron  inútiles,  sin  embargo  de  que  estaba 
I)ersuadido  de  lo  contrario,  creyendo  que  los  servicios 
prestados  al  Papa,  le  daban  derecho  hasta  cierto  punto 
á  encontrarle  propicio  á  sus  deseos.  De  tal  manera  creía 
él  en  la  próxima  disolución  de  su  matrimonio,  que  es- 
taba ideando  ya  un  nuevo  enlace,  como  tendremos  oca- 
sión de  observar. 

Mientras  D.  Pedro  estuvo  ocupado  en  la  guerra  con- 
tra los  moros,  continuó  cada  vez  más  encarnizada  la 
lucha  del  conde  de  Toiosa  con  Simón  de  Montfort  á  la 

lib.  XI,  se  hállala  Hsta  de  Ips  caballeros  cataknes  que  acompañaron  á 
B.  Pedro  en  esta  jornada. 


l88  VÍCTOR  BALAGUBR 

otra  parte  de  los  Pirineos.  La  suerte  de  las  armas  no 
había  favorecido  por  cierto  al  de  Tolosa  ni  á  los  de 
Foixi  Comminjes  y  otros  caballeros  queconél  se  habían 
aliado.  Simón  de  Montfort  fíié  dominando  poco  á  poco 
el  país  y  apoderándose  de  plazas  y  puntos  importantes; 
á  últimos  de  Setiembre  de  I2ii2,  después  de  haber  en- 
trado en  Muret^  llegó  á  extender  sus  correrías  hasta  las 
puertas  mismas  de  Tolosa.  Entonces  el  conde  Raimun- 
do^  viendo  que  se  le  iba  así  despojando  poco  á  poco  de 
sus  dominios^  y  que  casi  no  le  quedaban  ya  más  pla^^as 
importantes  que  Tolosa  y  Montalbán,  decidió  pasar  á 
implorar  el  auxilio  de  su  cuñado  el  rey  D.  Pedro,  que 
le  prometió  protegerle,  y  que  tomó  en  efecto  calurosa* 
mente  su  defensa  y  la  de  su  hijo,  enviando  una  emba- 
jada solemne  á  Roma  para  moderar  el  enojo  del  Papa, 
á  quien  sus  legados  habían  irritado  en  extremo  contra 
el  de  Tolosa  i . 

Según  parece,  los  embajadores  del  aragonés  fueron.el 
obispo  de  Segorbe  y  un  llamado  Columbi,  se  ignora  si 
caballero  ó  eclesiástico  2,  Llegados  á  Roma,  se  queja- 
ron de  las  vejaciones  que  los  legados  y  Simón  de  Mont- 
fort ejercían,  y  defendieron  en  nombre  del  rey  D.  Pedro 
los  intereses  de  los  condes  de  Tolosa,  padre  é  hijo,  en 
la  audiencia  que  les  concedió  el  papa  Inocencio  III  á 
principios  de  Enero  de  I2i3.  Oyóles  el  Papa  benigna- 
mente, y  escribió  el  18  del  mismo  mes  la  siguiente  carta 
al  arzobispo  de  Narbona  y  demás  legados  suyos: 

«Nuestro  querido  hijo  Pedro  rey  de  Aragón,  nos  ha 
hecho  saber  que  había  rehusado  auxiliar  al  vizconde  de 
Beziers  su  vasallo,  el  cual  imploraba  su  protección,  des- 
pués de  publicada  la  cruzada  contra  los  herejes  proven- 
zales,  cuando  los  cruzados  hubieron  entrado  en  las  tie- 

1  Historia  del  Languedoc^  tomo  III,  pág.  23 1 . 

2  ídem,  pág.  234« 


j 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.    XIX.      189 

rras  del  dicbo  vizconde;  y  que  para  no  retardar  la  eje- 
cución de  los  designios  de  la  Iglesia»  antes  había  prefe- 
rido faltar  á  los  católicos ,  que  proteger  á  los  herejes^ 
mezclados  con  ellos;  de  manera,  que  el  vizconde,  ha- 
llándose sin  apoyo,  ha  perdido  todos  sus  dominios  y  hcu 
sido  m  fin  muerto  miserablemente.  Vosotros,  arzobispo  de 
Narbona  y  Simón  de  Montfort,  habiendo  conducido  en 
seguida  el  ejército  de  los  cruzados  á  los  dominios  del 
conde  de  Tolosa,  no  os  habéis  limitado  á  invadir  los  lu- 
gares donde  había  herejes ;  sino  que  hasta  os  habéis 
apoderado  de  aquéllos  en  los  cuales  no  existía  recelo 
alguno  de  herejía:  pues  que,  habiendo  exigido  el  jura- 
mento de  los  pueblos  del  país,  y  habiéndoles  permitido 
morar  en  ellos,  no  es  ciertamente  verosímil  que  sean 
herejes.  Los  mismos  embajadores  nos  han  dicho  que 
vosotros  habéis  usurpado  los  bienes  ajenos  con  tanta 
avidez  y  tan  poco  cuidado,  que  apenas  le  quedan  al 
conde  de  Tolosa  de  todos  sus  dominios  la  ciudad  del 
mismo  nombre,  con  el  castillo  de  Montalbán.  Entre  es- 
tos dominios  usurpados,  el  rey  de  Aragón  marca  el  país 
que  Ricardo  rey  de  Inglaterra  dio  á  su  hermana  al  ca- 
sarla con  dicho  conde,  las  tierras  de  los  condes  de  Foix 
y  de  Comminjes,  y  las  de  Gastón  de  Bearne.  También 
el  rey  de  Aragón  se  queja  de  que  vosotros,  arzobispo  de 
Narbona  y  Simón  de  Montfort,  habéis  obligado  á  los 
subditos  de  estos  tres  condes,  no  obstante  ser  sus  vasa- 
llos, á  prestar  homenaje  de  fidelidad  á  otro  en  los  do» 
minios  que  habéis  invadido.  Añade  que  á  su  regreso  de 
la  guerra  contra  los  sarracenos,  habiéndole  ido  á  encon- 
trar el  conde  de  Tolosa,  y  habiéndole  expuesto  lo  que 
ha  sufrido  de  parte  de  los  cruzados,  atribuyó  á  sus  pe- 
cados la  negativa  de  la  Iglesia  en  recibir  la  satisfacción 
que  ofrecía,  hallándose  dispuesto  á  ejecutar  todas  nues- 
tras órdenes  en  todo  lo  que  sea  posible;  que  este  conde 
le  dijo  en  seguida  que  le  entr^aba  todos  sus  dominios^ 


IQO  VÍCTOR  BALAGUBR 

SU  hijo  y  SU  mujer,  hermana  suya,  á  fin  de  que  tomase 
su  defensa,  6  le  abandonase  según  juzgara  más  á  pro- 
pósito. £1  rey  manifiesta  asimismo  que,  no  siendo  jus- 
to  que  la  pena  sea  mayor  que  el  delito,  nos  suplica  hu- 
mildemente que  conservemos  el  condado  de  Tolosapara 
el  hijo  de  este  conde,  que  jamás  ha  sido  imbuido  en 
error,  y  que  no  lo  será  jamás  tampoco  por  la  gracia  de 
Dios.  Promete  guardar  en  su  poder  tanto  al  hijo  del 
conde  de  Tolosa  como  al  conde  mismo,  todo  el  tiempo 
que  nos  plazca,  á  fin  de  hacer  instruir  al  primero  en  la 
fe  y  tener  cuidado  de  su  educación,  y  procurar  también 
por  todos  medios  estirpar  la  herejía  en  el  reino  de  Ara- 
gón, y  hacer  que  florezca  la  fe  católica;  con  oferta  de 
dar  para  todas  estas  cosas  la  garantía  que  le  pida  la 
santa  sede.  Por  fin,  ha  declarado  que  el  conde  de  To- 
losa está  pronto  á  cumplir  la  penitencia  que  queramos 
imponerle,  é  ir  á  servir  contra  los  infieles,  sea  en  los 
países  de  Ultramar,  sea  en  España  en  las  fronteras  de 
los  sarracenos.  Como  el  asunto  es  delicado,  debe  pro- 
cederse  con  mucha  atención  para  no  destruir  ligeramen- 
te lo  que  con  tanta  pena  se  ha  llevado  á  cabo.  Por  es- 
ta razón  os  ordenamos  reunir  un  concilio  y  convocar  á 
todos  los  arzobispos,  obispos,  abades,  condes,  barones, 
cónsules  y  rectores  que  tengáis  por  conveniente;  y  des- 
pués de  haberles  participado  las  demandas  y  deseos  del 
rey  de  Aragón,  que  deliberen  sin  ninguna  consideración 
humana,  enviándonos  su  parecer  y  dictamen  á  fin  de 
estatuir  en  seguida  lo  que  más  acertado  nos  parezca.» 
Al  mismo  tiempo  escribió  también  el  Papa  á  Simón 
de  Montfort  en  los  siguientes  términos:  «El  ilustre  rey 
de  Aragón  nos  ha  hecho  saber  por  sus  embajadores  que, 
no  contento  con  haber  triunfado  de  los  herejes,  habéis 
vuelto  las  armas  de  los  cruzados  contra  los  pueblos  ca- 
tólicos; que  habéis  derramado  la  sangre  de  los  inocentes 
é  invadido,  en  perjuicio  suyo,  las  tierras  de  los  condes 


HISTORU  DB   CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.   XPC.      IQI 

de  Foix,  de  Comminjes  y  de  Bearne,  sus  vasallos,  á 
pesar  de  que  los  pueblos  de  estas  tierras  no  eran  sos- 
pechosos de  herejía.  Dichos  embajadores  nos  han  ase- 
gurado que,  pues  vos  habéis  exigido  el  juramento  de  ñde- 
lidad  de  los  mismos  pueblos,  permitiendo  á  sus  habi- 
tantes morar  en  el  país,  deben  ser  católicos,  siendo  esta 
conducta  una  confesión  tácita  de  vuestra  parte,  á  menos 
de  querer  pasar  vos  mismo  por  valedor  de  herejes.  Se 
lamentan  los  •  embajadores  de  que,  mientras  el  rey  su 
señor  hacía  la  guerra  contra  los  sarracenos,  habéis  vos 
usurpado  los  bienes  de  sus  vasallos,  aprovechándoos  de 
estaocasión  en  que  les  habíais  á  él  imposibilitado  de  so- 
correrles, y  como  el  rey  está  resuelto  á  continuar  aque- 
lla guerra,  pide,  para  poder  consagrarse  á  ella  por  com- 
pleto, que  sus  vasallos  sean  restablecidos  en  sus  domi- 
nios. No  queriendo,  pues,  privarle  de  sus  derechos,  ni 
hacerle  retroceder  en  sus  loables  designios,  os  ordenamos 
que  restituyáis  á  él  y  á  sus  vasallos  todos  los  dominios 
que  les  habéis  invadido,  por  temor  de  que,  reteniéndo- 
los injustamente,  no  se  diga  que  habéis  trabajado  en 
provecho  propio  y  no  en  el  de  la  causa  de  la  fe  i.» 

También  se  quejó  D.  Pedro  al  Papa  que,  habiendo 
dado  en  feudo  á  Simón  de  Montfort  la  ciudad  de  Car- 
casona,  éste  no  cumplía  con  él  sus  deberes  de  feudata- 
rio; y  ante  esta  nueva  queja,  Inocencio  III  volvió  á 
escribir  á  Simón  mandándole  que  tributara  al  monarca 
los  honores  que  le  eran  debidos. 

Aún  hay  otra  carta  del  mismo  Papa,  escrita  por 
aquel  tiempo  al  arzobispo  de  Narbona.  Según  se  ve,  los 
embajadores  del  rey  de  Aragón  habían  influido  notable- 
mente en  el  ánimo  del  Pontífice,  haciéndole  apreciar  el 
estado  de  cosas  de  distinta  manera  que  sus  legados.  Es- 
cribió, pues,  al  arzobispo  y  le  dijo  que  estando  ya  en 

1    Cartas  2 1 2  y  21 3  de  las  de  Inocencio  III. 


1 92  VÍCTOR  BALAGUBR 

buen  camino  el  asunto  de  la  herejía  que  infestara  la. 
Provenza,  convenia  emplear  las  armas  de  los  cristianos 
contra  los  sarracenos  de  España^  los  cuales  estaban  ha- 
ciendo  grandes  esfuerzos  para  reparar  sus  pérdidas^  f  Al 
efecto,  continuaba,  os  ordenamos  que  conferenciéis  con* 
Pedro,  rey  de  Aragón,  y  con  los  condes^  barones  y  otras 
personas  prudentes  que  juzguéis  á  propósito  convocar, 
á  íin  de  establecer  la  paz  ó  la  tregua  en  la  provincia  sin 
fatigar  más  al  pue*blo  cristiano  K  • 

Por  desgracia,  todas  las  buenas  intenciones  del  Papa, 
todos  los  buenos  deseos  de  D.  Pedro  se  estrellaron  ante, 
la  resolución  invencible  de  los  legados.  La  pérdida  del 
conde  de  Tolosa  estaba  jurada,  y  el  de  Montfort  había 
ya  consentido  sin  duda  interiormente  en  ser  dueño  de 
aquel  condado,  como  lo  era  del  de  Carcasona  y  Beziecs. 

El  rey  D.  Pedro  pasó  los  Pirineos  y  se  dirigió  á  To- 
losa, por  cuyas  cercanías  se  había  de  efectuar  el  con- 
cilio ordenado  por  el  Papa,  y  hallándose  en  ella,  an 
inquietarse  por  estar  en  una  ciudad  excomulgada  ni  por 
tener  comunicaciones  con  hombres  anatematizados,, 
armó  caballeros  á  varios  señores,  conforme  dicen  los 
anales  de  aquella  ciudad. 

Obedeciendo  á  las  indicaciones  del  Papa,  reunióse  el 
concilio  que  debía  tratar  de  los  asuntos  del  conde  de 
Tolosa  y  escuchar  las  demandas  de  Pedro  de  Aragón. 
Fué  congregado  en  Lavaur,  y  asistieron  los  arzobispos 
de  Narbona  y  de  Burdeos  con  varios  obispos  y  abades. 
Reunido  el  concilio,  invitó  al  monarca  aragonesa  pasar 
á  Lavaur." Presentóse,  pues,  D.  Pedro,  y  suplicó  ala 
asamblea  que  se  restituyesen  á  los  condes  de  Tolosa, 
de  Foix  y  de  Comminjes  y  al  vizconde  de  Beame,  los 
dominios  que  se  les  habían  quitado.  El  arzobispo  de 
Narbona,  presidente,  le  contestó  que  consignara  su$9 

1     Inocencio  III,  lib.  XV,  ep.  215. 


>B  CATALUSa.— LIB.    V.  Cap.   XIX.       I93 

rito  y  las  envíase  al  concilio  en  pliego 
Pidió  entonces  el  rey  una  tregua  6 
ñas  por  ocho  dias,  á  la  que  accedió 
rt,  regresando  D.  Pedro  á  Tolosa  y 
i  después  al  concilio  la  memoria  que 

santa  madre  la  Iglesia  tiene  no  sólo 
L  castigar,  si  que  también  pechos  para 
Pedro  por  la  gracia  de  Dios  rey  de 
lilderñente  y  con  instancia  á  vuestra 
:a  el  conde  de  Tolosa,  que  desea  ar- 
:r  á  entrar  en  el  seno  de  la  Iglesia, 
ion  personal  que  juzguéis  á  propósito 
<s  excesos  que  ha  cometido  y  por  los 
causado,  sea  en  las  iglesias,  sea  á  los 
ole  con  clemencia  y  misericordia,  y 
dominios  que  ha  perdido.  Si  la  Iglesia 
ichar  la  súplica  que  le  hago  en  Favor 
ste  conde,  pido  que  al  menos  se  con- 
lijo,  mientras  que  el  padre  dará  satis- 
pas,  yendo  á  España  ó  á  las  comarcas 
ún  más  conveniente  se  juzgue,  para 
s  sarracenos.  Se  podrá  vigilar  atenta- 
,  del  hijo  para  que  se  porte  como  debe. 

Dios  como  en  el  de  la  Iglesia,  y  no 
ninistración  de  sus  estados  hasta  que 
>rtamiento  haya  dado  pruebas  mani- 

i  que  el  conde  de  Comminjes  no  ha 
ni  fautor  de  herejes,  y  que  sus  domi- 

.  AruUes  di  Teleta,  tomo  I.  pág.  II7-  En  esta 
U  Mstoria  del  Languidoe,  en  el  Arte  dt  íom- 
la  CeUcciffit  de  epíitalas  dt  htccattio   III,  estAn 

bebido  el  autor  para  la  reladón  de  lodos  estos 

13 


194  VÍCTOR  BALAGUER 

txios  no  se  le  han  quitado  más  que  por  haber  soaurido 
al  conde  de  Tolosa,  su  primo  y  señor,  el  rey  intercede 
por  él  como  por  su  vasallo^  y  pide  que  se  le  restituyan 
sus  dominios,  sin  que  por  esto  deje  de  dar  satisfacción 
á  la  Iglesia  de  la  manera  que  se  juzgue  más  á  propósito 
en  todo  lo  que  se  le  halle  haber  faltado. 

»No  siendo  tampoco  hereje  el  conde  de  Foix,  ni  ha- 
biéndolo sido  nunca,  el  rey  intercede  por  él  como  por 
su  querido  primo  y  vasallo,  al  cual  no  puede  abandonar 
sin  deshonra.  Pide  que,  por  consideración  á  él,  se  le  de- 
vuelvan los  dominios  que  se  le  han  tomado,  bajo  con- 
dición también  de  satisfacer  á  la  Iglesia  en  lo  que  hu- 
biese faltado. 

»E1  rey  suplica  asimismo  con  instancia,  que  sede- 
vuelvan  á  Crastón  de  Beam  su  vasallo,  y  á  los  vasallos 
de  este  vizconde,  los  dominios  que  se  les  han  quitado, 
hallándose  todos  dispuestos  á  obedecer  las  órdenes  de 
la  Iglesia,  y  á  conformarse  con  la  decisión  de  jueces  no 
sospechosos,  si  no  tenéis  tiempo  de  terminar  este  asunto. 

•Finalmente,  el  rey  en  todo  esto  implora  más  bien 
vuestra  misericordia  que  vuestra  justicia  por  conducto 
de  sus  obispos,  eclesiásticos  y  barones  que  os  envía;  pro- 
metiendo ratificar  todo  lo  que  arregléis  con  ellos,  y  su- 
plicándoos que  los  despachéis  prontamente,  á  fin  de  po- 
derse servir  del  socorro  de  estos  barones  y  del  del  conde 
de  Montfort  para  la  defensa  de  la  religión  en  España.  • 

Cuando  no  hubiese  otros  datos,  bastaría  éste  para 
juzgar  de  lo  fuerte,  inmenso  y  poderoso  que  había  de 
ser  el  poder  clerical  en  aquella  época.  Sumiso  y  humil- 
de vemos  presentarse  ante  el  concilio  de  Lavaur,  á  un 
rey  como  Pedro  de  Aragón.  Por  lo  demás,  las  embaja- 
das al  Papa  y  esta  última  demanda  al  concilio  prueban 
que  D.  Pedro  continuaba  acariciando  el  proyecto  de  mar 
char  contra  los  sarracenos,  y  que  ansiaba  ver  termina- 
dos los  conflictos  de  la  Provenza  y  en  paz  á  los  barones 


HISTORIA  DE   CATALUÑA, — LIB,  V,   CAP.  XIX.      I95 

de  aquella  comarca,  para  llevar  el  ejército  cruzado  á  las 
fronteras  moras.  Aquella  era,  en  efecto,  la  verdadera  mi- 
sión de  los  cruzados,  y  algo  más  cristianamente  que  sus 
caudillos  pensaba  D.  Pedro.  De  todos  modos,  éste,  en 
sus  embajadas  al  Papa,  puso  las  cosas  en  su  verdadero 
terreno:  le  hizo  ver  que  era  la  codicia  y  no  la  piedad 
la  que  armaba  á  los  cruzados;  que  lo  que  se  llevaba  á 
cabo  era  la  destrucción  del  país  más  bien  que  la  de  la 
herejía;  que  más  católicos  que  albigeñses  morían  á  ma- 
nos de  los  cruzados  en  aquella  lucha,  y  que  eran  ambi- 
ciones bastardas,  espíritu  de  venganza  y  deseos  de  im- 
pura codicia  los  que  impulsaban  á  Simón  de  Montfort  y 
á  los  legados  á  continuar  aquella  guerra,  torpemente  lia* 
mada  santa. 

No  tardó  en  recibir  D.  Pedro  la  contestación  del  con- 
cilio á  sus  demandas.  Le  fueron  negadas  todas,  envián- 
dole  un  largo  capítulo  de  cargos  contra  sus  protegidos. 
£1  monarca  aragonés,  por  conducto  de  sus  embajado- 
res, pidió  al  concilio  que  Simón  de  Montfort  concediese 
una  tregua  al  conde  de  Tolosa  hasta  Pentecostés  ó  hasta 
Pascua  al  menos.  Esperaba  recibir  en  este  intermedio 
una  respuesta  favorable  de  Roma,  y  confiaba,  sin  duda, 
en  que  la  noticia  de  la  tregua  impediría  á  los  pueblos 
de  Francia  cruzarse  para  ir  en  auxilio  de  Montfort;  pero 
los  obispos  rechazaron  la  demanda. 

Viendo  entonces  D.  Pedro  que  nada  podía  conseguir; 
que  se  le  negaba  cuanto  pedia  por  aquellos  hombres,  cuya 
misión  debía  ser  de  paz  y  fraternidad  y  no  de  guerra  y 
de  venganza;  conociendo  que  con  respecto  á  ellos  la  lu- 
cha no  era  de  fe  y  de  piedad,  sino  de  saqueo  y  de  codi- 
cia, tomó  una  resolución  definitiva,  y  fué  la  de  decla- 
rarse protector  del  conde  de  Tolosa  y  de  sus  aliados,  Al 
propio  tiempo,  escribió  al  Papa  apelando  á  él  de  la  ne- 
gativa del  concilio.  El  arzobispo  de  Narbona  envió  una 
carta  á  D.  Pedro  para  disuadirle  de  la  resolución  que 


ig6  VÍCTOR  BALAGUBR 

acababa  de  tomar:  le  dijo  que  si  se  adhería  al  partído 
de  los  excomulgados  lo  sería  él  á  su  vez,  y  le  amenazó 
con  lanzar  el  anatema  sobre  aquellos  de  sus  subditos 
que  tomasen  las  armas  en  favor  de  los  intereses  del  con- 
de de  Tolosa. 

Estas  amenajzas  no  hicieron  mella,  sin  embargo,  en 
D.  Pedro,  y  nunca  quizá  como  en  aquella  ocasión  me- 
reció con  más  justicia  el  renombre  de  noble  que  le  han 
dado  algunos  de  sus  biógrafos.  El  monarca  aragonés, 
apurados  todos  los  medios  de  conciliación,  no  vaciló  ya 
en  ponerse  de  parte  del  tolosano.  ¿Quién  puede  culpar- 
le? Desde  aquel  momento  formó  causa  común  con  los 
condes  de  Tolosa,  de  Foix,  de  Comminjes,  el  vizconde 
de  Beam,  los  caballeros  de  Tolosa,  los  de  Carcasona 
que  en  aquella  ciudad  se  habían  refugiado;  y,  finalmen* 
te^  con  los  tolosanos  en  general  que  le  prestaron  jura- 
mento de  obediencia  en  Febrero  de  1213.  El  conde  de 
Tolosa  y  su  hijo,  pusieron  sus  personas,  su  ciudad,  sus 
dominios,  y  sus  vasallos  y  subditos,  á  la  disposición  y 
en  la  posesión  real  y  actual  de  Pedro  de  Aragón  y  de  sus 
tenientes,  con  la  facultad  de  prometer  en  su  nombre  al 
Papa  que  harían  lo  que  éste  mandase,  y  la  de  obligar- 
les á  obedecer  si  se  negaban.  El  capítulo  ó  asamblea  de 
cónsules  y  magistrados  municipales  prometió,  por  su 
parte,  obedecer  fielmente  y  estar  á  lo  que  D.  Pedro  dis- 
pusiera  1. 

Aun  tenia  éste  esperanzas  en  el  Papa.  Asi  es  que, 
para  prevenirle  sobre  lo  acaecido  en  el  concilio  de  La- 
vaur  y  darle  á  conocer  la  notoria  é  insensata  injusticia 
de  los  obispos  y  legados,  le  envió  las  actas  por  las  cua- 
les, el  conde  de  Tolosa  y  su  hijo,  los  cónsules  y  habi- 
tantes de  esta  ciudad,  los  condes  de  Comminjes  y  de 
Foix  con  sus  hijos,  y  Gastón,  vizconde  de  Beam,  po- 

1     Iñstoria  del  Languedoc,  pág.  239  del  tomo  III. 


I  CATALUÑA. — LIB.  V.    CAP.    XIX.      I97 

y  bienes  en  sus  manos,  con  promesa 
ite  todo  lo  que  al  Papa  pluguiera  or- 
as de  estas  actas  fueron  certiñcadas 
E  Tarragona  y  los  obispos  y  abades 
e  le  habían  acompañado  á  Tolosa  y 
¡nviados  al  concilio  para  negociar  la 
estos  prelados  aquellos  autos  desde 
larzo  de  I2i3  i. 

todo,  á  pesar  de  la  poderosa  protec- 
aragonés  y  de  la  notoria  justicia  de 
no  hubo  piedad  ni  perdón  para  ellos. 
,  no  es  esta  la  única  vez  que  se  ve  á 
esia  rechazar,  por  mjras  ambiciosas, 
;  y  contritos  se  han  acercado  á  ellos 
ites  sus  culpas  ó  sus  errores.  En  cam- 
jmportamiento  del  clero  aragonés  y 
s  circunstancias.  No  abandonaron  á 
de  formar  causa  común  con  los  here- 
estuvieron  siempre,  el  arzobispo  de 
¡pos  de  Barcelona,  de  Segorbe  y  otros 


198  VÍCTOR  BALAGUER 


CAPÍTULO  XX. 


D.  Pedro  envia  embajadores  al  rey  de  Francia  para  pedirle  la  mano  de 
su  hija. — Reconoce  los  derechos  de  Gaillermo  al  señorío  de  Mont- 
peller. — El  Papa  declara  bueno  é  irdlsoluble  el  matrimonio  del  rey. 
— Reconoce  el  Papa  los  derechos  de  la  Reina  Dofia  Maria  al  sefiorío 
de  Montpeller. — Antes  habla  reconocido  los  de  Guillermo. — Queju 
de  la  reina  de  Aragón  al  Papa  contra  los  habitantes  de  Montpeller. 
-^Muerte  de  la  reina  en  Roma. 

Conviene  decir,  á  todo  esto,  que  D.  Pedro  continua- 
ba cada  vez  más  encariñado  con  sus  ideas  de  divorcio, 
y  que  era,  por  lo  visto,  un  aborrecimiento  profundo  el 
que  le  inspiraba  su  esposa,  y  madre  de  su  hijo  Jaime, 
María  de  Montpeller.  Hallándose  dispuesto  á  entrar  en 
campaña,  para  lo  cual  tenia  i.ooo  caballeros  aragone- 
ses y  catalanes  prontos  á  todo  1,  envió  una  embajada  al 
rey  Felipe  Augusto  de  Francia.  Esta  embajada,  com- 
puesta del  obispo  de  Barcelona,  Berenguer  de  Palou  y 
de  otros  caballeros  de  su  corte,  cuyos  nombres  no  se 
citan,  llevaba  doble  mensaje  y  objeto,  político  el  uno  y 
particular  el  otro.  Los  embajadores  del  rey-conde,  iban 
á  pedir  al  monarca  francés  la  mano  de  su  hija  para  su 
señor  2.  Este  paso  indica  que  D.  Pedro  estaba  ya  com- 
pintamente  resuelto  á  repudiar  á  Maria,  aun  cuando  no 
le  fuese  favorable  la  sentencia  del  Papa  en  su  demanda 
de  divorcio.  Precisamente  por  aquel  entonces  recayó 

1  Milu  cavaUers  des  plus  valens  é  ardits  que  agués  en  toutasa  ttrra^ 
dice  la  crónica  del  Anónimo. 

2  Hisioria  del  Lartguedcc,  tomo  IH,  pág.  242. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.   XX.        I99 

esta  sentencia,  y  al  llegar  á  la  corte  del  rey  de  Francia 
los  embajadores  del  de  Aragón,  no  se  atrevieron  á  pre- 
sentar á  Felipe  la  propuesta  del  matrimonio  de  su  hija 
con  el  rey  su  señor,  porque  vieron  que  en  la  corte  fran- 
cesa se  sabia  ya  el  juicio  del  Papa  respecto  al  enlace  de 
Doña  María,  que  lo  declaraba  indisoluble.  Los  enviados 
no  pudieron,  pues,  cumplir  más  que  con  la  parte  políti- 
ca de  su  embajada,  de  que  se  hablará  luego. 

D.  Pedro  se  consideraba  ya  como  separado  de  su  es- 
posa, y  parece  que,  tanto  los  intereses  de  ésta  como  los 
de  su  hgo,  le  importaban  muy  poco,  pues  que,  hallán- 
dose en  Tolosa  el  24  de  Enero  del  año  cuyos  sucesos 
vamos  narrando,  sin  consideración  á  los  derechos  que 
tenían  la  reina  y  su  hijo  Jaime  al  señorío  de  Montpe- 
11er,  reconoció  los  que  pretendía  tener  Guillermo  su  cu- 
nado,  hijo  de  Guillermo  VIII,  señor  de  Montpeller,  y 
de  Inés  susegunda  esposa  i.  Ya  recordará  el  lector  que 
en  otra  época,  sin  embargo,  cuando  le  interesaba  ca- 
sarse con  María,  había  D.  Pedro  desconocido  y  recha- 
¿ado  estos  derechos  de  Guillermo. 

Sin  duda  fué  esto,  al  propio  tiempo  que  el  asunto  de 
su  divorcio,  lo  que  obligó  á  Doña  María  á  pasar  preci- 
pitadamente á  Roma  y  á  presentarse  al  Sumo  Pontíñ- 
ce.  El  rey  envió  en  pos  de  ella  un  procurador  á  la  capi- 
tal del  reino  católico,  vióse  el  pleito  del  divorcio  en  ple- 
no consistorio,  y  el  Papa  declaró  el  matrimonio  legítimo 
é  indisoluble  el  19  de  Febrero  de  I2i3.  Inocencio  escri- 
bió al  mismo  tiempo  al  rey  de  Aragón,  exhortándole  á 
juntarse  de  nuevo  con  la  reina  su  esposa,  y  «  á  tratarla 
con  todo  el  afecto  de  un  marido,  sobre  todo,  añadía, 
porque  de  ella  tenéis  un  hijo,  y  porque  es  una  digna 
señora,  temerosa  de  Dios,  y  de  mucho  mérito. »  Al  final 
de  la  carta  le  decía  que ,  si  se  negaba  á  obedecer ,  los 

1     Historia  del  LanguedoCt  tomo  III,  pág.  242. 


200  •    VÍCTOR   BALAGÜER 

obispos  de  Carcasona^  Aviñón  y  Orange  le  oblígaiian  á 
ello  por  medio  de  censuras  eclesiásticas. 

Ya  hemos  visto  que  no  fué  sólo  el  del  divorcio,  sino 
otro  á  más  el  motivo  que  obligó  á  la  reina  Doña  Maiia 
á  emprender  su  viaje  á  Roma.  Oigamos  cómo  nos  lo 
refiere  el  mismo  D.  Jaime  en  sus  Memorias: 

«Guillermo  de  Montpeller,  mientras  vivía  aún  su  es- 
posa, contrajo  nuevo  matrimonio  con  una  dama  de  Cas- 
tilla, llamada  Doña  Inés,  de  cuyo  padre  no  recordamos 
el  nombre;  y  tuvo  de  este  segundo  enlace  cuatro  hijos: 
uno,  llamado  En  Guillermo,  como  su  padre,  que  fué  se- 
ñor de  PeyoUá  durante  su  vida;  otro.  En  Berguño;  otro. 
En  Bernardo  Guillermo,  á  quien  Nos  heredamos  y  ca- 
sartios  con  la  hija  de  En  Pons  Hugo,  hermano  de  otro 
Hugo  conde  de  Ampurías,  llamada  Juliana,  y  que  por 
parte  de  madre  era  del  linaje  de  los  Entenzas;  y  otro, 
finalmente,  que  tenia  por  nombre  Tortoseia,  y  fué  edu- 
cado en  la  corte  de  nuestro  padre  i.  Guillermo,  el  ma- 
yor, pretendió  luego  que  por  ser  él  varón  le  correspon- 
día el  señorío  de  Montpeller;  pero  elevada  la  causa  ante 
el  Papa,  y  habiéndose  presentado  nuestra  madreen  la 
corte  romana  para  sostener  su  derecho  y  lograr  que 
como  heredero  suyo  fuésemos  Nos  declarado  señor  de 
aquellos  dominios,  obtuvo  la  favorable  sentencia  que  se 
halla  inserta  en  una  de  las  decretales.  Por  ella  declaró 
el  Pontífice  que  los  hijos  de  En  Guillermo  de  Montpe- 
ller y  de  Doña  Inés,  debían  ser  tenidos  por  ilegítímos, 
como  engendrados  en  adulterio,  viviendo  todavía  la  pri- 
mera esposa  de  Guillermo,  y  adjudicó  á  nuestra  madre 

1  Este  Toriauta^  de  que  habla  D.  Jaime,  debe  ser  el  hijo  de  Gui- 
Icrmo,  llamado  Tomás,  á  quien  es  fama  que  se  dio  el  nombre  de  72t- 
t0sita  ó  Tortosay  por  haberle  dejado  su  padre  al  morir  los  derechos  que 
sobre  la  ciudad  de  Tortosa  tenia,  y  que  provenían  desde  su  conquista  y 
aun  de  antes.  Puede  verse  el  testamento  de  Guillermo  de  Mon^>eUef  ea 
la  Historia  del  Languedoc^  tomo  III,  pág.  1 18.  , 


r 


HISTORIA   DE   CATALUÑA, — LlB-   V.   CAP.   XX.        201 

la  reina  Doña  María  y  á  Nos  aquel  disputado  se- 
ñorío 1.» 

Es  positivíi  esta  sentencia  del  Sumo  Pontífice,  de 
que  nos  habla  D.  Jaime ,  pero  vemos  que  éste  guarda 
profundo  silencio  sobre  dos  hechos  muy  importantes;  el 
primero  es  la  donación  de  la  ciudad  de  Montpeller/ he- 
cha por  D.  Pedro  á  Guillermo  2;  y  el  segundo  es  el  que 
d  Papa,  en  Junio  de  iziz,  había  reconocido  también 
los  derechos  de  Guillermo,  pues  escribió  una  carta  á  la 
reina  de  Aragón  y  á  los  habitantes  de  Montpeller  di- 
ciéndoles  que  la  jurisdicción  sobre  aquel  país  pertene- 
cía á  Guillermo,  y  ordenándoles  que  le  restituyesen  la 
ciudad  3. 

Verdad  es  que  luego  pasó  como  lo  cuenta  D.  Jaime 
en  su  crónica,  y  el  Papa  revocó  por  otra  disposición  el 
reconocimiento  de  Guillermo  como  señor  de  Montpeller; 
pero  bueno  es  citar  lo  de  D.  Pedro  y  lo  del  Pontífice, 
como  otra  de  las  muchas  pruebas  que  pueden  alegarse 
en  favor  de  los  erróneos  juicios  de  los  hombres  y  de  las 
ligerezas  é  inconsecuencias  humanas. 

Encontrándose  en  Roma  la  reina  Doña  María,  halla- 
mos que  se  quejó  al  Papa  de  la  conducta  de  los  habitan- 
tes de  Montpeller,  los  cuales  le  retenían  injustamente  y 
se  negaban  á  darle  las  rentas  de  esta  ciudad  y  de  sus 
dependencias,  que  le  pertenecían  de  derecho,  y  que  el 
rey  su  esposo  les  había  empeñado.  Apoyaba  Doña  Ma- 
ría sus  quqas  en  que,  constituyendo  estas  rentas  parte 
de  su  dote,  no  era  dueño  de  empeñarlas  su  marido,  á 
más  de  que  los  habitantes  de  Montpeller  se  cobraban 
ya  mucho  tiempo  hacía,  y  que  por  consiguiente  po- 
dían sobradamente  haberse  reembolsado  la  suma  de  di- 

1  Crónica  de  yáime  el  Conquistador^  escrita  por  él  mismo  (traduc- 
ción de  Flótats  y  Borarull),  cap.  III. 

2  Historia  del  Languedoc,  tomo  III,  pág.  242. 

3  Es  la  epístola  104,  de  las  de  Inocendo  III. 


202 


VÍCTOR   BALAGUBR 


ñero  adelantada  á  su  esposo^  de  que  ya  hemos  hablado 
en  uno  de  los  capítulos  anteriores.  También  se  quejó  de 
que  le  hubieran  destruido  el  castillo  6  palacio  que  tenia 
ella  en  Montpeller,  de  que  se  habían  apropiado  los  ma- 
teriales, y  de  que,  erigiéndose  en  señores  de  la  ciudad, 
usurpaban  todas  las  autoridades,  creando  y  nombrando 
cónsules  y  magistrados  sin  su  participación  y  contra  su 
voluntad,  y  arreglando  y  ordenando  en  su  nombre  to- 
dos los  asuntos.  Finalmente,  se  quejaba  de  que  para 
alimentar  la  discordia  entre  ella  y  su  marido,  la  ha- 
bían arrojado  de  un  castillo  del  que  tenía  la  señoría, 
y  habían  hecho  jurar  á  D.  Pedro  que  no  entraría  en 
Montpeller  por  el  térojino  de  dos  años  i. 

Estas  quejas  de  Doña  María  indican  sobradamente 
que  la  especie  de  malestar  que  se  notaba  en  Montpeller, 
podía  tener  origen  en  el  partido  que  existía  favorable  á 
los  hijos  de  Guillermo,  ó  en  la  propensión  de  sus  habi- 
tantes á  la  independencia,  y  qui^  en  ambas  cosas  aun 
mismo  tiempo.  El  12  de  Abril  de  I2i3  el  Papa  dio  un 
decreto  condenando  á  los  habitantes  de  Montpeller,  en 
virtud  de  las  quejas  de  Doña  María,  á  pagarle  los  gas- 
tos que  ella  había  hecho  y  á  darle  la  mitad  de  las  rentas 
de  su  patrimonio. 

Pocos  días  después  de  dada  esta  disposición  por  el 
Papa,  falleció  en  Roma  la  reina  Doña  María,  que  fué, 
según  parece,  tan  virtuosa  como  desgraciada.  Sintién- 
dose peligrosamente  enferma  por  haberle  atacado  unas 
calenturas  malignas,  hizo  su  testamentó  en  20  de  Abril, 
instituyendo  por  su  heredero  á  su  hijo  Jaime,  y  susti- 
tuyéndole sus  hijas  Matilde  y  Petronila,  habidas  en  su 
matrimonio  con  Bernardo,  conde  de  Comminjes,  su 
anterior  marido  2.  Su  muerte  tuvo  lugar  á  últimos  de 

1  Marca  hispánica^  cap.  XXVI,  del  Gesta  c&rmtwn.-^Hisioria  dk 
LoMguedüc,  tomo  III,  pág.  243  y  44-— Inocencio  HI,  cap.  XVI,  ep.  2^ 

2  Historia  del  Languedoc^  tomo  III,  pág.  244. 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.   V.   CAP.   XXI.      203 

Abril  de  I2i3  i*  Todos  los  historiadores  elogian  áesta 
princesa^  y  he  aquí  lo  que  de  ella  dice  su  propio  hijo 
D.  Jaime,  capitulo  VI  de  su  crónica: 

i  En  cuanto  á  la  Reina  nuestra  madre^  baste  decir, 
que  si  mujer  buena  había  en  el  mundo,  era  ella;  te- 
merosa de  Dios,  amiga  de  honrarle,  y  dotada  de  tantas 
perfecciones  que,  ppr  decirlo  de  una  vez,  era  estimada 
de  todos  los  hombres.  Fué  tanto  lo  que  la  amó  el  Señor 
y  tanta  la  gracia  que  le  otorgó,  que  en  Roma  y  fuera 
de  Roma  ha  merecido  ser  llamada  la  reina  santa.  Sana 
á  muchos  enfermos  que  toman  en  vino  ó  agua  roeduras 
de  la  piedra  de  su  sepulcro,  y  está  sepultada  en  Roma 
en  la  basílica  de  San  Pedro,  junto  á  Santa  Pretonila, 
la  hija  del  apóstol. 


CAPITULO  XXL 

Embajada  al  rey  de  Francia. — Llega  D.  Pedro  á  Cataluña. — El  rey  de 
Aragón  desafía  á  Simón  de  Montfort,  y  éste  le  devuelve  el  reto. — 
El  Papa  escribe  al  rey  confirmando  la  excomunión  y  la  cruzada. — Don 
Pedro  se  une  al  conde  de  Tolosa. — Sitio  y  asalto  de  Muret. — Simón 
de  Montfort  acude  en  auxilio  de  Muret. — £1  rey  de  Aragón  se  niega 
á  la  entrevista  que  le  piden  los  obispos.— Rechaza  también  las  pro- 
posiciones de  Montfort. — Batalla  de  Muret. — Muerte  del  rey  de  Ara- 
gón.—Simón  de  Montfort  ante  el  cadáver  de  D.  Pedro. — D.  Pedro  se- 
pultado en  Sijena. 

(1213.) 

Al  hablar  de  la  embajada  que  mandó  D.  Pedro  al  rey 
de  Francia,  compuesta  del  obispo  de  Barcelona  y  de 
otros  señores,  se  ha  dicho  que  llevaba  una  misión  po* 
Htica.  No  ignoraba  por  cierto  el  rey  de  Aragón  que  el 

1  Tkalamus  menor  del  archivo  de  Montpeller,  Zurita  dice  equivo- 
cadamente que  murió  en  1219»  y  le  siguen  en  este  error  Ortiz  de  la 
Vega  y  otros  autores  de  nota.  ^ 


204 


VÍCTOR  BALAGUER 


de  Francia,  cuyas  relaciones  con  el  conde  de  Tolosa  se 
habían  enfriado  mucho  por  causas  que  no  son  de  este 
lugar,  apoyaba  la  cruzada  contra  los  albigenses,  aunque 
con  notoria  repugnancia.  D.  Pedro  trató  de  evitar  que 
este  monarca  la  protegiese  ostensiblemente  permitiendo 
que  su  hijo  Luis  se  cruzara,  y  al  efecto  envió  á  su  corte 
á  los  citados  embajadores,  dándoles  el  encargo  de  pu- 
blicar en  Francia  que  el  Papa,  por  su  carta  al  arzobispo 
de  Narbona,  había  revocado  la  cruzada  contra  los  albi- 
genses.  Quería  impedir  con  esto  que  Simón  de  Montfort 
recibiese  refuerzos;  y  por  el  mismo  motivo  envió  copias 
de  esta  carta,  selladas  con  los  sellos  de  los  obispos  ara- 
goneses y  catalanes,  al  rey  Felipe,  á  la  condesa  de 
Champagne  y  á  todos  los  glandes  del  reino. 

Los  embajadores  del  monarca  aragonés  obtuvieron 
un  éxito  feliz  en  su  misión.  Felipe  Augusto»  que  había 
consentido  3^  en  que  su  hijo  tomase  la  cruz,  y  que  has- 
ta había  fijado  el  día  de  su  partida  para  el  teatro  de  la 
guerra,  cambió  de  ideas  á  causa  de  lo  que  en  nombre 
de  D.  Pedro  le  manifestaron  sus  embajadores,  y  obligó 
al  joven  príncipe,  lo  propio  que  á  todos  los  caballeros 
que  habían  decidido  acompañarle,  á  demorar  su  parti- 
da. El  hecho  fué,  que  los  obispos  de  Tolosa  y  Carcaso- 
na,  que  pasaron  á  la  corte  de  Fi'ancia  para  predicar  la 
cruzada  contra  los  herejes  y  contrabalancear  con  su  in- 
fluencia la  de  los  embajadores  de  D.  Pedro,  no  obtuvie- 
ron apenas  ningún  resultado. 

En  el  ínterin,  D.  Pedro  se  fiíé  á  Perpiñán,  donde 
estaba  en  Marzo,  y  parece  que  envió  á  citar  al  de  Mont- 
fort para  Narbona,  á  fin  de  tener  una  conferencia.  Sí 
hemos  de  creer  al  analista  aragonés,  de  Perpiñán  se 
vino  á  Cataluña  y  llegó  hasta  Lérida,  ordenando  un  le- 
vantamiento de  tropas  para  acudir  en  auxilio  del  cond^ 
de  Tolosa,  á  quien  probablemente  había  dejado  los  i.oo 
caballeros  de  que  se  ha  hecho  mención,  entre  los  cuale 


fr^' 


HISTORU  DE  CATALUÑA. — LIB,   V.   CAP.  XXI.      205 

estaban  Ñuño  Sánchez  su  primo,  Jimeno  Comal,  Gar- 
cía Romeu  (su  alférez  de  las  Navas),  Guillen  de  Cer- 
vera,  Guillen  Ramón  de  Moneada,  Guillen  de  Cervelló, 
Guillen  de  Perejez  y  Berenguer  de  Peramola  i .  Es  de 
presumir  fundadamente  por  lo  que  luego  se  verá,  que, 
de  estos  caballeros,  Ñuño  Sánchez  y  el  de  Moneada  vi- 
nieron con  él  :á  ordenar  los  socorros  y  se  quedaron  aún 
disponiéndolos  cuando  él  se  volvió. 

Hallábase  Simón  de  Montfort  en  Lavaur  cuando  re- 
cibió el  mensaje  del  rey  citándole  para  Narbona,  y  fué 
.  á  esta  ciudad;  pero  no  encontró  á  D.  Pedro,  que  por 
aquel  tiempo  había  ya  marchado  á  Cataluña  sin  espe- 
rarle. Sin  embargo,  antes  de  partir  dejó  á  uno  de  sus 
capitanes,  cuyo  nombre  no  ha  llegado  hasta  nosotros, 
el  encargo  de  presentarse  al  de  Montfort  y  desafiarle 
formalmente  en  nombre  suyo.  Un  cuerpo  de  catalanes 
filé  también  enviado  en  pos  del  mensajero-retador  para 
talar  las  tierras  de  Simón.  Éste,  recibido  el  cartel,  co- 
misionó á  otro  caballero  para  que  partiese  en  busca  del 
rey  de  Aragón  y  se  informase  de  su  propia  boca  si  el 
reto  era  verdadero.  En  este  caso,  debía  declararle,^  en 
nombre  de  Simón  de  Montfort,  que  no  creía  haberle 
faltado  en  nada,  ¿segurarle  que  estaba  pronto  á  cumplir 
con  todos  sus  deberes  de  vasallo  respecto  á  él,  y  ofre- 
cerle, si  se  quejaba  de  que  él  se  hubiese  apoderado  de 
las  tierras  de  los  herejes  por  orden  del  Papa  y  con  el 
auxilio  de  los  cruzados,  que  se  adhiriesen  entrambos  al 
juicio  del  Papa  ó  al  de  su  legado  el  arzobispo  de  Narbo- 
na. Simón  encargó  al  propio  tiempo  á  su  mensajero  que 
entregase  una  carta  al  rey,  si  este  monarca  insistía  en 
su  reto,  en  cuya  carta  le  desafiaba  á  su  vez,  declarán- 
dole que  estaba  pronto  á  defenderse  contra  él  y  contra 


1     Zurita,  lib.  n,  cap.  LXIII.— De  esta  venida  de  D.  Pedro  á  Cata- 
lufta  no  hablan  los  historiadores  del  Languedoc. 


206  VÍCTOR  BALAGUER 

los  demás  enemigos  de  la  Iglesia.  El  embajador  se  pre- 
sentó al  monarca  aragonés,  en  busca  del  cual  vino  sin 
duda  á  estas  tierras,  siendo  recibido  por  D.  Pedro  ea 
plena  corte,  ante  la  cual  ejecutó  su  comisión.  Informó- 
se primero  de  si  el  reto  por  parte  del  rey  era  positivo, 
y  al  asegurarle  éste  que  era  real  y  cierto,  leyó  la  carta 
de  Simón  de  Montfort,  cuya  lectura  encendió  en  cólera 
al  aragonés  y  á  los  de  su  corte. 

A  todo  esto,  y  mientras  tales  sucesos  tenían  lugar, 
el  concilio  de  Lavaur  había  enviado  dos  prelados  al 
Papa,  los  cuales  le  presentaron  las  cosas  de  distinta 
manera  que  los  embajadores  del  rey  de  Aragón,  hacien- 
do que  se  obrase  una  revolución  en  su  ánimo.  Intere- 
sados en  que  siguiera  adelante  la  persecución,  clamaron 
abiertamente  por  la  ruina  de  Tolosa  y  el  exterminio  de 
sus  habitantes,  diciendo  que  la  salud  de  los  cristianos 
dependía  de  que  aquella  nueva  Sodoma  fuese  anonada- 
da. El  Papa  recibió  cartas  de  casi  todos  los  obispos  del 
país  en  este  sentido.  Inocencio  III  tuvo  que  ceder  á 
semejante  encarnizamiento;  la  política  ahogó  la  piedad; 
la  codicia  se  hizo  superior  á  la  fe.  Así,  pues,  retiró  lo 
que  había  escrito  al  rey  de  Aragón,  y  volvióle  á  escribir 
de  nuevo,  amenazándole  con  el  rayo  de  su  ira  y  la 
cólera  del  Vaticano  si  se  oponía  á  que  se  continuara 
una  obra  santa,  en  la  que  estaban  interesadas  la  causa 
de  Dios  y  la  de  la  Iglesia  i .  Apesar  de  esta  carta  y  de 
estas  amenazas,  Pedro  el  Noble  no  desistió,  y  se  dispuso 
á  pasar  los  Pirineos  para  juntarse  con  los  excomulga- 
dos y  con  sus  caballeros. 

Al  saber  Simón  de  Montfort  que  se  acercaba  D.  Pe- 
dro, envió  á  decir  á  su  hijo  Amauri,  que  estaba  sitiando 
Rochefort,  que  levantase  el  sitio  y  fuese  á  unírsele. 

1     Se  halla  esta  carta  en  la  colección  de  las  de  Inocencio  m.  I 
la  48  del  lib.  XVI. 


HISTORU  DE  CATALUÑA. — LIB.    V.    CAP.   XXI.      207 

Después  de  haber  juntado  padre  é  hijo  sus  huestes,  per* 
manecieron  á  la  defensiva  y  no  se  atrevieron  á  extender 
mucho  sus  correrías,  pues  que  los  preparativos  del  rey 
de  Aragón  y  las  instancias  de  los  caballeros  que  este 
monarca  había  dejado  en  Tolosa,  habían  obligado  á  la 
mayor  parte  de  los  castillos  situados  en  las  cercanías 
de  esta  ciudad  á  abandonar  el  partido  de  los  cruzados, 
para  volver  á  entrar  bajo  la  obediencia  de  su  antiguo 
señor  el  conde  Raimundo.  Al  frente  de  un  cuerpo  de 
catalanes,  D.  Pedro  cruzó  la  Gascuña,  apoderándose 
de  varías  plazas  que  el  de  Montfort  había  sometido,  y 
filé  en  seguida  á  juntarse  en  Tolosa  con  el  conde  Rai- 
mundo y  los  de  Foix  y  de  Comminjes  que  le  esperaban. 
Todas  sus  fuerzas  reunidas  formaban  una  hueste  de  tres 
mil  caballeros  y  40.000  infantes. 

Reunido  por  D.  Pedro  un  consejo  de  jefes  y  capita- 
nes para  abrir  la  campaña,  se  decidió  comenzar  las 
operaciones  por  el  sitio  y  asalto  del  castillo  de  Muret, 
cuya  guarnición  no  cesaba  de  hacer  correrías  hasta  lle- 
gar al  pie  de  los  mismos  muros  de  Tolosa.  Muret  era 
entonces,  y  es  aún,  una  pequeña  villa  situada  en  la 
orilla  occidental  del  Garona,  al  S.  y  á  tres  leguas  de 
Tolosa.  Hacia  allí  se  dirigió  el  monarca  aragonés  con 
su  gente,  llegando  y  acampando  ante  sus  murallas  el  10 
de  Septiembre  de  I2i3.  Inmediatamente  comenzó  el 
sitio  y  jugaron  las  máquinas  para  derribar  los  muros. 
Dióse  al  día  siguiente  el  asalto  de  ima  de  las  puertas  de 
la  población,  y  D.  Pedro  se  apoderó  del  primer  barrio,  á 
pesar  de  la  vigorosa  resistencia  de  los  sitiados,  que  se 
refugiaron  en  el  segundo  y  en  el  castillo.  Suponen  al- 
gunos autores  que,  si  los  sitiadores  hubiesen  seguido 
adelante,  les  hubiera  sido  facilísimo  apoderarse  aquel 
mismo  día  de  la  plaza;  pero  parece  que  en  lo  más  redo 
del  combate  recibieron  aviso  de  que  se  veían  aparecer 
á  lo  lejos  los  emblemas  militares  de  Simón  de  Mont* 


208 


VÍCTOR  BALAGUER 


forty  el  cual  acudía  en  auxilio  de  la  villa  sitiada,  y  á 
esta  noticia  D.  Pedro  mandó  tocar  retirada^  abando- 
nando el  barrio  que  se  había  ya  tomado,  y  volviéndose 
á  su  campo  en  donde  se  hizo  fuerte.  Esta  retirada,  y  el 
no  haberse  apoderado  de  la  plaza,  fueron  causa  de  la 
desgracia  que  le  sobrevino  i. 

Era  en  efecto  Simón  de  Montfort  el  que  llegaba,  al 
frente  de  un  escogido  cuerpo  de  tropas.  La  guarnición 
de  Muret,  al  verse  amenazada  de  un  sitio,  le  había  en- 
viado á  pedir  un  pronto  socorro,  informándole  que  la 
plaza  estaba  completamente  desprovista  de  víveres.  In- 
mediatamente fué  el  conde  en  su  auxilio,  y  se  cuenta 
que  al  pasar  por  la  abadía  de  Bolbonne,  dijo  á  Mau- 
rín,  más  tarde  abad  de  Pamiers,  que  iba  á  socorrer  á 
Muret,  y  que  si  los  sitiadores  le  esperaban  en  su  campo 
no  vacilaría  en  atacarles. — «No  sois  bastante  fuerte,  le 
replicó  Maurín,  al  decir  de  un  cronista  provenzal,  para 
mediros  con  el  rey  de  Aragón,  príncipe  muy  experto  en 
el  arte  militar,  que  tiene  bajo  su  mando  una  hueste  nu- 
merosa y  que  está  unido  á  varios  condes  muy  valien- 
tes. »  Simón  entonces  sacó  un  papel  de  su  escarcela,  y 
rogó  á  Maurín  que  lo  leyese.  Era  una  carta  que  el  rey 
de  Aragón  escribid  á  una  dama,  esposa  de  un  gran  se- 
ñor de  la  diócesis  de  Tolosa,  en  la  cual,  después  de  sa- 
ludarla, le  decía  que  por  amor  hacia  ella  había  venido 
á  arrojar  del  país  á  los  franceses.  Maurín,  después  de 
la  lectura  de  esta  carta,  que  un  criado  de  la  dama  inter- 
ceptara, para  enviarla  á  Simón,  le  dijo  á  este  general:— 


1  Et  adonc  es  vengut  lo  dit  rey  d  Aragó,  et  las  ditas  genis  á  /atetas 
recular  et  laissar  lo  dit  assault  et  tuaria  (matanza),  et  al  dit  sety  Us  á 
faict  retirar  y  so  que  per  lo  dit  rey  foue  gran  folia;  car  aprés  s"  en  re- 
pentit,  copia  será  dita  ainsi  aprés.  La  causa  perqué  fec  laissar  lo  ^ 
assault,  fouc  per  so  que  ccucun  ly  venguet  diré  que  lo  conté  MtmtJ 
venia  an  ung  grandsecours  secorre  los  del  dit  Muret  y  etc.  (Crónica 
Anónimo  provenzal,  col.  52). 


HISTORIA   DE  CATALUÑA. — LIB.    V,    CAP.    XXI.      20g 

•Y  bien,  ¿qué  pretendéis  decir  con  esto?» — «Pretendo 
decir,  contestó  Simón,  que  no  creo  posible  que  el  rey 
de  Aragón  derribe  la  obra  de  Dios  por  una  meretriz.» 
Varios  de  los  cronistas  franceses  y  provenzales  que  han 
hablado  de  este  hecho,  lo  han  referido  como  suponiendo 
que  el  rey  D.  Pedro  había  escrito  esta  carta  á  una  de 
sus  queridas;  pero  dos  importantes  obras  lo  interpretan 
quizá  más  juiciosamente  y  con  más  verdad  crítica.  La 
dama  en  cuestión  no  era  otra  que  Leonor  ó  Sancha,  her- 
manas ambas  del  rey  y  esposas,  la  primera  del  conde  de 
Tolosa,  padre,  y  la  segunda  del  hijo,  y  por  amor  hacia 
ellas  y  por  sus  intereses  fué  por  lo  que  el  rey  su  herma- 
no tomó  las  armas  contra  los  cruzados  i  • 

Simón  de  Montfort  fué  adelantándose  y  logró  entrar 
en  Muret  y  reunirse  con  los  sitiados,  sin  encontrar  opo- 
sición por  parte  de  los  sitiadores  ó  sin  que  éstos  tuvie- 
sen tiempo  de  oponérsele.  La  entrada  de  Montfort  en 
Muret  se  efectuó  el  ii  de  Setiembre.  El  obispo  de  To- 
losa, que  iba  con  los  cruzados  y  algunos  otros  prelados, 
quisieron  intentar  un  arreglo,  y  enviaron  al  campo  del 
rey  de  Aragón  dos  religiosos  con  encargo  de  pedirle  una 
conferencia.  La  respuesta  del  rey  fué  la  siguiente: — 
iPor  cuatro  bandidos  que  esos  obispos  traen  consigo, 
no  vale  la  pena  de  que  Nos  les  concedamos  una  entre- 
vista. » 

Hay  quien  dice  que  al  día  siguiente  Simón  de  Mont- 
fort ofreció  á  D.  Pedro  entregarle  ¿1  castillo  de  Muret 

1  Marca  Mspámca,  pág.  522. — IHstoridcUl  Languedoc,  pág.  249  del 
tomo  III. — En  un  libro  muy  interesante  titulado  La  batalla  de  Muret, 
porHenri  Delpech,  publicado  muchos  afios  después  de  la  prin^era  edi- 
ción de  esta  obra,  se  cuenta  también  esta  anécdota;  pero  el  autor  cree 
Que  la  carta  no  iba  dirigida  por  D.  Pedro  á  una  de  sus  hermanas,  'pues 

tonces,  dice,  Montfort  no  la  hubiera  llamado  nuretriF^  sino  á  una  de 
varias  damas  galantes  con  quienes  D.  Pedro  sostenía  relaciones,  y 

e  supieron  con  sus  galanteos  atraerle  al  partido  de  los  indigenas.» 

TOMO  XI  14 


2IO 


VÍCTOR  BALAGUER 


y  todas  sus  dependencias,  pero  que  el  aragonés  rechazó 
esta  propuesta,  á  menos  que  el  general  cruzado  no  se 
rindiera  á  discreción  con  toda  su  hueste.  Esta  proposi- 
ción de  convenio  está  confirmada  por  un  párrafo  de  la 
crónica  del  rey  D.  Jaime,  que  la  indica  sin  particulari- 
zarla. Rechazada  por  D.  Pedro  toda  avenencia  con  los 
obispos  y  con  el  caudillo  de  los  cruzados,  ya  no  halna 
más  recurso  que  la  batalla.' 

Ésta  tuvo  lugar  aquel  mismo  día  12,  según  unos;  se- 
gún otros,  el  i3.  Montfort  alineó  sus  tropas  en  una  ex- 
planada inmediata  á  Muret  y  las  repartió  en  tres  cuer- 
pos, dando  el  mando  de  la  vanguardia  al  caballero  Ver- 
les de  Encontré,  el  del  centro  á  Boucard  ó  Boudiard 
de  Marly,  y  quedándose  él,  Montfort,  al  frente  de  la  re- 
taguardia. Los  sitiadores  celebraron  consejo  al  ver  esta 
evolución.  Di  cese  que  el  conde  de  Tolosa  quería  espe- 
rar á  los  cruzados  á  pie  firme  detrás  de  las  trincheras 
de  su  campo,  impidiendo  con  los  ballesteros  que  se  acer- 
casen á  él;  suponía  que  los  dardos  y  ballestas  causarían 
en  sus  filas  grandes  estragos;  que  se  verían  obligados  á 
retirarse;  que  entonces  podrían  arrojarse  sobre  ellos  y 
desbaratarlos,  y  que  á  esto  se  seguiría  la  entrega  inme- 
diata de  Muret.  Afírmase  que  el  rey  de  Aragón  con  mu- 
cha soberbia  rechazó  este  parecer,  muy  cuerdo  derta- 
meiite,  y,  manifestando  que  el  obrar  asi  sería  dar  prue- 
bas de  miedo  y  de  cobardía,  hizo  que  los  demás  capi- 
tanes adoptasen  su  opinión,  que  era  la  de  salir  de  las 
trincheras  y  marchar  resueltamente  al  encuentro  de  los 
cruzados. 

Siguiendo  este  dictamen,  toda  la  caballería  de  los  si- 
tiadores se  puso  en  marcha  acto  continuo,  dejando  en 
el  campo  toda  la  infantería  ó  parte  de  ella.  Los  antiguos 
historiadores  no  nos  señalan  el  orden  de  batalla  del  eje 
cito  del  rey  D.  Pedro  y  sus  aliados.  Parece  que  el  coi 
de  de  Foix  mandaba  la  vanguardia,  y  que  el  monaii 


ATALUSA. — UB.   V.   CAP.  XXI.      211        _ 

le  su  valor,  dirigía  el  centro  ó  cuer- 
po  principal  de  batalla,  en  lugar  de  ponerse  á  retaguar- 
dia, según  costumbre  de  los  reyes.  En  la  crónica  de  Bal- 
duino,  conde  de  Avesnes,  se  dice  que  D.  Pedro  cambió 
sus  armas  con  las  de  uno  de  sus  caballeros  para  no  ser 
reconocido  durante  el  combate  i .  Por  lo  que  toca  al  con- 
de de  Tolosa,  permaneció  al  frente  de  la  retaguardia. 

Antes  de  principiarse  la  batalla,  el  d^Montfort  man- 
dó hacer  á  sus  tropas  una  falsa  marcha,  como  aparen- 
tando que  huían;  pero  en  seguida,  por  un  hábil  movi- 
miento, se  arrojó  contra  la  vanguardia  de  los  aliados 
con  tanto  empuje  y  fuerza,  que  la  obligó  á  replegarse 
sobre  sus  alas.  Esta  retirada  del  conde  de  Foix,  que  no 
se  efectuó  ciertamente  sin  algún  desorden,  dejó  en  des- 
cubierto el  cuerpo  del  centro,  en  el  cual  se  hallaba  el  rey 
de  Aragón.  Por  los  pendones  y  estandartes  conocieron 
los  cruzados  que  allí  estaba  D,  Pedro,  y  alentados  por 
el  primer  favor  que  acababan  de  deber  á  la  suerte  de  las 
annas,  se  arrojaron  como  un  alud  sobre  el  cuerpo  de 
tropas  aragonesas,  que  resistieron  valientemente  la  pri- 
mera embestida.  El  choque  fué  tan  violento  que,  para 
servimos  de  la  poética  frase  de  un  cronista  provenzal,  el 
estruendo  de  las  armas  se  parecía  al  que  hacep  una  cua- 
drilla de  leñadores  cuando  derriban  á  hachazos  los  ár- 
boles secutares  de  un  bosque. 

La  segunda  línea  del  ejército  de  los  cruzados  acudió 
para  sostener  á  la  primera  en  aquel  instante  decisivo, 
y  el  cuerpo  mandado  por  D.  Pedro  se  vio  envuelto  por 
todas  partes.  Dos  caballeros  franceses,  llamados  Alain 
de  Roucy  y  Florencio  de  Ville,  que  parece  se  habían 
desafiado  á  quién  de  ellos  daría  muerte  al  rey  de  Ara- 

I  ¿e  Rbís  it  Arragantu  changa  sít  armts,  ttfiít  la  tiemus  vetHr  á  *m 
•mfevre  chevalür.  Lástima  que  las  crónicas  no  ncu  hayan  conservado 
1  nombre  de  ese  bravo  cabattero  aragon^  ó  catalán,  que  tal  pnieba  diá 

le  amor  y  fidelidad  á 


212 


VÍCTOR  BALAGUER 


gón,  contando  con  su  muerte  asegurar  la  victoria,  se 
precipitaron  á  un  tiempo  hacia  el  caballero,  que  veían 
revestido  con  sus  armas,  y  consiguieron  llegar  hasta  él 
á  través  de  los  combatientes.  El  caballero  se  defendió 
lo  mejor  que  ¡pudo,  parando  los  golpes  que  le  asestaban 
y  dándolos  á  su  vez;  pero  Alain  no  tardó  en  conocer 
que  D.  Pedro  era  mejor  caballero,  y  abandonó  al  que 
atacaba,  diciendo  á  voces:  «Este  no  es  el  rey  de  Ara* 
gón.»  D.  Pedro,  que  se  hallaba  precisamente  no  lejos 
de  Alain  qn  aquel  momento,  dio  espuelas  á  su  caba- 
llo, y  sin  cuidar  de  guardar  por  más  tiempo  un  incóg- 
nito que  repugnaba  de  seguro  á  su  conocido  valor,  se 
mostró  abiertamente,  gritando  á  su  vez: — ¡CiertamefUe 
que  no  es  el  rey,  pero  aquí  está!  Y  enarbolando  al  decir 
esto  ima  maza  de  armas  turcas  derribó  de  un  golpe  al 
primer  jinete  francés  que  se  le  puso  por  delante,  y  se 
arrojó  á  lo  más  crudo  de  la  pelea,  haciendo  prodigios 
de  valor  y  dando  realmente  pruebas  de  ser  uno  de  los 
caballeros  más  valientes ,  más  cumplidos  y  de  más  co- 
razón de  su  época  i. 

Terrible  fué  la  embestida  de  D.  Pedro,  tanto,  que 
parece  desconcertó  por  un  momento  á  sus  contrarios; 
sin  embargo,  Alain  y  Florencio  reanimaron  el  valor  de 
los  suyos,  aturdidos  ante  las  proezas  que  ejecutaba  un 
hombre  solo,  y  le  rodearon  por  todas  partes,  haciendo 


1     Alains  de  Roucy  et  mess,  Flourens  de.VUles  viren  cehñ  qui  avsit 
vestir  les  armes  le  roy  d  Arragonne:  si  li  courent  scus  tout  ensemhle:  dh 
se  deffendi  au  mieux  qii  ilz  peui;  mais  mess,  Alains  se  per etut  bien  queU 
roys  esioit  meilleurs  chevaliers;  de  trop^  sis  escriá,  et  dist  diz  molx  envers 
le  roy  ct  Arragonne'.  ce  ti  est  ih  mié,  Quant  li  roys  de  Arragorme,  q» 
estoit  assez  prés  du^hevaJier^  oy  ees  paroles^  ilz  fery  des  esperons,  ttnese 
volt  plus  celer^  ains  haschá  á  haulte  voix:  voirement  ce  ti  est  il  mié;  vais 
vées  le  cy:  et  hausteche  utte  macque  itercoise,  eomme  alz  qui  estoit  botts  ( 
valierSt  et  vaillant^  et  de  gran  cuer,  et  enfiert  un  chevalier  deis  nosirt 
Ufist  volar  á  terre  tus  de  cheval,  et  puis  se  langa  en  la  presse  et  U) 
merveilles  cC  armes,  (Crónica  de  Balduino  de  Avesnes.) 


TALUSA.— LIB.   V.   CAP.    XXI.      2I3 

una  verdadera  carnicería  en  los  caballeros  que  junto  á 
él  se  habían  agrupado.  D.  Pedro  no  cesaba  de  herir  y 
matar  á  su  vez,  gritando  ¡Aragón!  ¡Aragón!  pero  casi 
todos  los  que  permanecieron  á  su  lado  estaban  muertos 
6  heridos  ',  y  él,  entonces,  viendo  ya  perdida  la  bata- 
lla, viendo  el  destrozo  hecho  en  los  suyos,  decidió  ha- 
cer lo  único  que  hacer  podía  en  tal  trance  un  rey  de 
Aragón:  morir  como  bueno  en  el  campo.  tNuestro  pa- 
dre el  rey  En  Pedro — dice  con  sublime  laconismo  en  su 
crónica  su  hijo  D.  Jaime, — murió  en  aquella  batalla  si- 
guiendo la  divisa  que  han  tenido  siempre  los  de  nuestro 
linaje  y  que  Nos  seguiremos  siempre:  Morir  6  vencer.» 
jBella  y  admirable  fra^e  en  boca  de  tan  gran  rey! 

La  muerte  de  D.  Pedro  no  fué  sólo  la  señal  del  des- 
aliento, sino  de  la  derrota.  Los  condes  de  Tolosa,  de 
Foix  y  de  Comminjes  apelaron  á  la  fuga,  arrastrando 
consigo  el  resto  de  la  caballeria,  que  se  desbandó  y  fué 
perseguida  por*los  cruzados,  los  cuales  hicieron  perecer 
gran  parte  de  ella.  Los  infantes,  bisónos  casi  todos, 
ciudadanos  que  habían  tomado  las  armas  sin  experien- 
cia militar,  al  verse  desamparados  de  sus  jefes,  se  arre- 
molinaron en  lamentable  confusión,  y  se  dejaron  acu- 
chillar por  los  caballeros  de  la  cruz,  que  continuaron 
aquel  día  su  obra  de  matanza  y  de  saqueo  en  el  santo 
nombre  de  Dios  y  en  el  de  la  fraternidad  cristiana. 

Simón  de  Montfort,  como  hábil  general,  se  puso  á  la 
cabeza  de  la  retaguardia,  y  fué  marchando  lentamente 
en  orden  de  batalla  para  sostener  sus  tropas,  que  se  ha- 
bían dispersado  en  persecución  de  los  fugitivos,  á  fin  de 
que,  si  los  enemigos  llegaban  á  recobrarse,  encontrasen 

1  Le  qual  rty  ¡t  Aragó  guana  á  villa  la  gran  ¡noria  et  dtscimfilttra 
fue  t  enfaaa  de  tas  gtttit,  el  i  es  mtlut  á  cridar  iant  gu  á  fimiguí, 
Aragé,  Aragó;  mais,  mmobstant  tol  san  cridar,  ti  imttyi  y  áemourtl,  ll 
fant  tuat  lur  la  eamp,  amay  totas  tas  genis,  ne  eteaflt  alctm,  gui  /attc 
grand dotaalge  de  la  nttrt  del  dit  r^.  (Crónica  del  An6aimo  provenial.) 


214 


VÍCTOR  BALÁGUER 


aquéllas  una  retirada  segura  cerca  de  él.  No  fué,  sin  em- 
bargo, necesario.  La  derrota  de  los  aliados  era  completa. 
Los  fugitivos  que  llegaron  á  Tolosa  sembraron  la  cons- 
ternación en  esta  ciudad,  que  no  debía  tardar  en  entre- 
garse á  las  armas  cruzadas,  y  hubo  tal  afán  por  huir, 
que  muchos  se  lanzaron  al  Garona  para  pasarlo  á  nado, 
pereciendo  entre  sus  aguas.  Fué  aquella  una  funestísi- 
ma jornada  para  los  condes  aliados,  que  se  desbandaron» 
yendo  el  conde  de  Tolosa  á  refugiarse  en  Inglaterra, 
después  de  haber  visto  pasar  á  cuchillo  la  flor  de  su 
milicia.  De  i5  á  20.000  hombres,  sólo  por  parte  de  los 
aliados,  sucumbieron  en  los  campos  de  Muret  ó  en  las 
olas  del  Garona. 

Entre  los  principales  señores  aragoneses  que  fueron 
muertos  al  lado  de  su  rey,  estaban  Aznar  Pardo,  su  hija 
Pedro,  Gómez  de  Luna  y  Miguel  de  Luesia.  No  se  sabe 
que  sucumbiese  ningún  catalán  de  cuenta.  D.  Jaime,  el' 
Conquistador,  en  su  crónica,  atribuye  principalmente  la 
pérdida  de  la  batalla  á  la  falta  de  plan  y  á  que  cada  ca- 
ballero peleó  por  sí  contra  ley  de  armas.  A  tenor  de  lo 
que  dice  este  monarca,  su  padre  llevaba  consigo  á  los 
nobles  de  Aragón  Miguel  de  Luesia,  Blasco  de  Alagón, 
Rodrigo  Lizana,  Ladrón  y  Gómez  de  Luna,  Miguel  de 
Rada,  Guillermo  del  Pueyo,  Aznar  Pardo  y  muchos 
otros,  y  á  los  catalanes  Dalmau  de  Creixell  (hijo  sin  du- 
da del  que  murió  en  las  Navas),  Hugo  de  Mataplana, 
Guillermo  de  Horta,  Bernardo  de  Castellbisbal  y  otros. 
Muchos  de  estos  caballeros,  dice,  abandonaron  al  rey  en 
la  refriega,  en  la  cual  no  estuvieron  Ñuño  Sánchez  y 
Guillermo  de  Moneada,  los  cuales  acudían  con  las  tro- 
pas de  refuerzo  que  sin  duda  habían  levantado  en  Ca- 
taluña. Estos  dos  nobles  caballeros  enviaron  un  mensa- 
je al  rey  antes  de  comenzarse  la  batalla  para  que  Ie5 
esperase,  pero  D.  Pedro  no  quiso  hacerlo,  fiando  dema 
siado  en  su  valor  y  en  el  de  los  suyos. 


;%•  - 


HISTORIA   DE   CATALUÑA, — LIB.   V,    CAP,    XXI.      215 

Simón  de  Monfort,  el  ambicioso  é  implacable  caudi- 
llo de  los  cruzados,  después  de  haberse  apoderado  de 
todo  el  botín  del  campo  enemigo,  en  el  que  halló  riquí- 
simos despojos,  ordenó  que  se  guardara  cuidadosamente 
á  los  prisioneros,  parte  de  los  cuales  murieron  en  los 
hierros,  rescatándose  los  otros  á  costa  de  g^esas  sumas» 
Terminado  todo,  el  campeón  de  la  cruzada  pasó  á  visi- 
tar el  campo  de  batalla,  y  allí  pidió  á  Manfredo  de  Bel- 
veze  y  á  otros  caballeros  que  estaban  presentes  cuando 
muriera  el  rey  de  Aragón,  que  le  enseñasen  el  sitio  don- 
de este  monarca  había  muerto  combatiendo.  Lleváronle 
allí,  y  bien  pronto  reconoció  el  cuerpo  de  D.  Pedro,  que 
halló  en  tierra  y  desnudo,  pues  la  guarnición  de  Muret 
había  salido  en  pos  de  la  victoria  de  los  cruzados,  y 
después  de  haber  acabado  de  matar  á  los  heridos  que 
habían  permanecido  en  el  campo,  despojó  completamen- 
te á  los  muertos.  Cuéntase  que,  Simón  de  Monfort,  al 
ver  á  su  enemigo  tendido  en  el  suelo,  ensangrentado  y 
desnudo,  no  pudo  contener  el  llanto,  y  los  sollozos  em- 
bargaron su  voz  al  dar  disposiciones  para  retirar  el  ca- 
dáver. También  lloró  César  sobre  la  cabeza  ensangren- 
tada de  Pompeyo  i. 


1  Las  autoridades  para  todo  lo  referente  á  la  batalla  de  Muret  y 
guerra  de  los  albigenses,  se  hallarán  en  la  crónica  en  verso  de  Guillermo 
de  Tüdela,  en  las  crónicas  latinas  de  Guillermo  de  Puilaurens  y  Pedro 
de  Vaux-semai;  en  la  francesa,  del  conde  de  Avesnes;  en  la  provenzal- 
catalana,  del  Anónimo;  en  los  Anales  di  Tohsa^  de  La  Faille,  la  msto- 
ría  del  Languedoc^  por  los  Maurinos;  Aríe  de  comprobar  las  fechas^  Mar- 
ca Hispánica^  Historia  de  D.  Jaime,  &<K:rita  por  él  mismo,  y  los  cronis- 
tas aragoneses  y  catalanes.  Téngase  presente,  sin  embargo,  que  estos 
últimos,  como  en  todo  lo  referente  á  las  cosas  de  la  otra  parte  de  los 
Pirineos,  entran  en  pocos  detalles,  son  bastante  confusos  y  dan  lugar  con 
íus  involuntarios  yerros  á  lastimosas  equivocaciones. — Recientemente, 
en  1878,  y  por  consiguiente,  muchas  afios  después  de  publicada  esta 
Historia,  se  ha  escrito  en  Tolosa  un  curioso  é  importante  libro  que  me- 
rece ser  leide  y  estudiado,  pues  da  nuevos  y  curiosos  pormenores.  Se 


-yn 


2X6  VÍCTOR   BALAGUER 

El  cadáver  de  D.  Pedro  fué  entregado  por  Montfort 
á  los  caballeros  del  Hospital,  quienes  le  llevaron  á  ente- 
rrar al  monasterio  de  Sijena,  junto  con  los  de  aquellos 
caballeros  que  como  buenos  y  leales,  y  en  su  defensa, 
perecieran  á  su  lado.  Registrando  las  memorias  de  dicho 
célebre  monasterio,  se  halla  en  efecto,  que  en  Octubre 
de  I2i3,  llegó  á  Sijena  una  fúnebre  comitiva,  compues- 
ta de  caballeros  comendadores  del  hospital  de  Jerusa- 
lén,  de  canónigos  y  regulares  del  hospital  de  Santa 
Cristina  en  los  Pirineos  y  de  muchos  otros  caballeros, 
escoltando  ocho  féretros,  en  los  cuales  estaban  los  ca- 
dáveres del  rey  D.  Pedro,  de  D.  Aznar  Pardo  y  su  hijo, 
de  D.  Gómez  de  Luna,  de  D.  Miguel  de  Rada,  de  Don 
Miguel  de  Luesia,  de  D.  Blasco  de  Alagón  y  de  D.  Ro- 
drigo de  Lizana,  victimas  todos  de  la  batalla  de  Muret. 
Los  siete  caballeros  fueron  sepultados  en  el  atrio  de  la 
iglesia,  y  D.  Pedro  en  el  interior  del  templo,  inscribién- 
dose en  su  lápida  sepulcral  un  epitafio  en  que  se  le  llama- 
ba flor  de  los  reyes  ^  honra  del  reino,  esplendor  de  la  tierra, 
adorno  del  mundo,  soberano  liberal  y  el  más  llorado  y  plañi- 
do de  todos  1. 


CAPITULO  XXIL 

Hijos  que  dejó  D.  Pedro. — D.  Jaime. — Dofia  Constanza. — D.  Pedro. 
— Juicio  que  de  este  rey  ha  formado  la  posteridad. 

El  rey  de  Aragón ,  D,  Pedro  el  Católico ,  no  tuvo  de 
legitimo  matrimonio  más  que  un  hijo,  que  fué  el  gran 
D.  Jaime  I,  que  le  sucedió^  y  del  que  luego  pasaremos 
á  tratar. 

titula  La  batalla  de  Muret  y  la  táctica  de  cctballeria  en  el  siglo  XIU;  c 
obra  de  Mr.  Enrique  Delpech  y  está  escrito  con  crítica. 
1     Cuadrado:  Aragón^  págs.  91  y  96. 


,USa. — LIB.    V,    CAP.   XXII.      2] 

tuvo  una  hija,  llamada  Ce 

:ió  públicamente,  hallándos 

TahustCj  el  7  de  Noviembre  de  1212,  por  medio  dt 

critura  ó  carta  dotal,  á  presencia  de  varios  magnate 

su  corte,  entre  ellos  Guillen  de  Cervelló,  (jombaldi 

ibelles.  García  Romeu,  Guillen  de  Claravalls,  etc. 

te  reconocimiento  con  motivo  de  otorgar  la  maní 

cha  hija  al  senescal  de  Cataluña,  Guillermo  Ramói 

oncada,  adjudicándole  en  dote  las  villas  y  castilloi 

;r6s,  Aytona  y  Soses  1. 

Por  un  epitafio  que  existe  en  la  iglesia-cátedra! 
írída,  se  ha  sabido  que  D.  Pedro  el  Católico  tuvo  t. 
én  otro  hijo  natural,  llamadro  Pedro  de  Rege,  se 
inscripción,  que  dice  así;  Anno  Dñi  MCCLIV,  pt 
US  septembris  obiit  Pelrus  de  Rege,  canonicu  et  saa 
'us  sedis,  quifuit  filius  íllustrissimi  domini  regis  I 
ragonum,  etc.  Hállase  esta  inscripción  en  una  láj 
;  mármol  negro,  que  está  en  el  pilar  del  crucero  d 
irte  de  la  Epístola,-  pero  el  cadáver  fué  trasladadc 
:mpos  posteriores  á  un  bello  sepulcro  gótico,  que, 
>staDte  su  deterioro,  se  ve  aún  en  el  presbiterio, 
udito  anticuario  D.  Jaime  Ripoll  insinuó,  en  une 
18  opúsculos,  la  idea  de  que  tal  vez  aquel  hijo  nati 
;I  Católico  tomó  el  apellido  latinizado  de  Rege,  del 
Jan  Rey  6  Reig,  propio  de  su  madre.  También,  deja 
un  lado  esta  opinión,  pudiera  ser  muy  verosímil 
;  le  llamase  Petras  de  Rege,  latinizando  su  nom 
italán  Pere  del  Rey,  6  sea  Pedro,  hijo  del  Rey.  C 
iso,  sin  embargo,  que  la  opinión  del  sabio  canór 
ipoll,  me  parece  más  probable  que  ésta  pobre  mía 
Por  lo  demás,  buen  rey  fué  D.  Pedro,  y  bien  mei 
s  elogios  que  le  ha  tributado  la  posteridad,  no  sie 

I  Zurita,  lib.  II,  cap.  LXI. — Bofanill  en  sus  Qnuiu  Vtndk, 
mo  U,  pág.  231. — Archivo  de  la  Corona  de  Aragón,  núm.  430  1 
lecdón  de  pergamÍDoa  de  D.  Pedro. 


2l8  VÍCTOR  BALAGUBR 

de  extrañar  que  su  desventurado  fin  como  caballero 
haya  realzado  su  figura  como  monarca. 

cFué  nuestro  padre ,  dice  en  su  crónica  D*  Jaime, 
el  rey  más  cortés  y  más  afable  que  hubiese  habido  en 
España;  tan  liberal  y  tan  dadivoso^  que  gastó  sus  ren- 
tas y  sus  bienes;  buen  caballero  como  ninguno  en  este 
mundo,  y  de  tan  señaladas  prendas,  que  la  brevedad  de 
este  escrito  no  nos  permite  contarlas.  • 

Aun  cuando  sea  en  boca  de  un  hijo,  no  tiene  este 
elogio  nada  de  exagerado.  Defectos  tuvo  D.  Pedro; 
errores  cometió,  y  algunos  muy  graves;  pero  tuvo  al- 
tas, nobilísimas  prendas,  que  hacen  efectivamente  de  él 
uno  de  los  más  cumplidos  caballeros  de  su  tiempo.  Tuvo 
mucho  de  poeta,  y  por  consiguiente  mucho  de  entusias- 
ta, y  asi  le  impelió  su  entusiasmo  místico  y  piadoso  á 
hacerse  feudatario  del  Papa,  declarándose  capitán  de  la 
Iglesia,  como  su  entusiasmo  caballeresco  le  impulsó  á 
ser  el  libertador  del  Mediodía,  haciéndose  campeón  de 
los  oprimidos,  contra  la  misma  Iglesia  convertida  en 
cruzada.  La  posteridad  ha  vacilado  entre  darle  el  titulo 
de  el  Católico  ó  el  de  el  Noble.  Ha  prevalecido  el  pri- 
mero, á  pesar  de  haber  muerto  peleando  en  cierto  modo 
contra  la  Iglesia.  Más  le  cuadrara  el  de  Caballero,  por 
ser  en  él  un  titulo  indisputable. 

Elevadas  prendas  de  carácter  debía  poseer,  cuando, 
á  pesar  de  ser  ingrato  con  su  madre,  infiel  con  su  espo- 
sa, disipador  de  las  rentas  de  sus  subditos  y  amigo  de 
galanteos  y  locuras,  se  hizo  amar  extraordinariamente 
en  su  casa  y  en  su  reino,  hasta  el  extremo  de  que  en  su 
epitafio  se  le  pusiera,  como  queda  dicho,  que  era  flor  de 
los  reyes,  honor  del  reino  y  el  más  llorado  de  iodos  los  mo^ 
narcos.  Y  cuenta  que  este  epitafio  se  escribía  sobre  la 
tumba  de  un  hombre  que  había  muerto  impenitente  y 
hereje,  al  decir  de  los  católicos  de  entonces,  lo  que  re- 
chaza toda  idea  de  lisonja  y  de  adulación.  Y  cuenta  que 


^m    ^  •\,' 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — UB.    V.    GAP.   XXII.      219 

mucho  debían  amar  sus  caballeros  y  sus  obispos  al  rey 
D.  Pedro,  cuando  no  vacilaron  en  auxiliarle  en  la  gue- 
rra contra  la  Iglesia,  á  pesar  de  que  debían  temer  que 
incurrirían  en  el  anatema  y  excomunión,  arma  terrible 
en  aquel  tiempo,  y  á  pesar  de  que  marchaban  con  han- 

« 

deras  desplegadas  contra  los  estandartes  levantados  por 
los  cruzados  en  el  santo  nombre  de  Dios  y  de  la  re- 
ligión. 

No  falta  quien  ha  querido  ajar  la  memoria  de  este 
monarca  por  haber  sido,  dice,  protector  de  herejes  y 
haber  incurrido  en  la  excomunión  de  la  Iglesia.  Ningu- 
na de  estas  dos  circunstancias  es  exacta.  «Tiénese  por 
cierto,  añade  el  P.  Duchesne  i,  que  el  rey  D.  Pedro  de 
tal  manera  protegía  á  los  albigenses,  que  nunca  adoptó 
sus  errores;  pero  siempre  dejó  bien  manchado,  con  aque- 
lla indecente  protección,  el  renombre  de  católico  que  al 
principio  le  concedió  la  razón,  y  en  cuya  posesión  le 
mantuvo  después  injustamente  la  lisonja.» 

Quien  haya  leído  con  algún  cuidado  las  páginas  an- 
teriores, habrá  podido  ver  á  cuántas  vías  de  conciliación 
apeló  D.  Pedro  antes  de  decidirse  á  tomar  parte  en  fa- 
vor del  conde  de  Tolosa  y  de  los  suyos.  Apurados  todos 
los  medios  y  todos  los  recursos,  el  rey  de  Aragón  se  de- 
cidió por  la  causa  única  porque  él  decidirse  podía.  JFué 
á  proteger  y  amparar  las  posesiones  de  sus  cuñados,  de 
sus  feudatarios,  de  sus  subditos.  La  amistad,  el  honor, 
el  deber,  la  justicia,  la  voz  de  la  sangre  le  llevaron  á 
aquellas  banderas;  fiíé  á  prestar  auxilio  á  quienes  no 
podía  negarlo  sin  faltar  á  su  nobleza  y  á  su  hidalguía. 
Y  á  más,  no  hay  por  qué  hablar  tan  alto  en  favor  de  los 
cruzados.  Ya  sabemos  cuál  era,  realmente  y  en  el  fon- 
do, la  causa  que  éstos  defendían:  la  del  interés  y  de  la 
codicia  de  sus  jefes  y  de  los  legados  pontificios. 

1     Conforme  á  la  traducción  del  P.  Isla. 


220 


VÍCTOR  BALAGUER 


Por  lo  que  respecta  á  la  excomunión,  ni  incurrió  en 
ella  D.  PedrOy  ni  contra  él  fué  lanzada  tampoco.  Cons- 
ta que  el  día  antes  de  la  batalla  de  Muret»  en  el  acto  de 
celebrarse  la  misa  para  los  legados,  obispos  y  capitanes 
de  la  cruzada,  se  declararon  excomulgados  durante  el 
santo  sacrificio  al  conde  de  Tolosa  y  á  su  hijo,  al  con- 
de de  Foix  y  á  su  hijo,  al  conde  de  Comminjes  y  á  sos 
aliados,  pero  no  se  quiso  comprender  al  monarca  aragonés 
en  la  excomunión  i . 

Mr.  Guizot,  en  su  Civilización  europea  ^,  juzga  los 
hechos  de  los  albígenses  bajo  un  punto  de  vista  políti- 
co. Para  este  profundo  autor,  con  motivo  de  la  herejía 
de  los  albigenses,  estalló  la  guerra  entre  la  Francia  feu- 
dal y  la  Francia  municipal:  fué,  dice,  una  tentativa  de 
organización  republicana  que  hubo  de  ser  vencida,  res- 
tableciendo aquella  cruzada  el  régimen  feudal  en  el  me- 
diodía de  la  Francia. 

Ni  tienen  tampoco  razón  los  que  culpan  á  D.  Pedro 
por  su  amor  á  las  aventuras  y  á  los  devaneos  amorosos. 
Su  padre,  el  mismo  D.  Alfonso  el  Casio,  fué  dado  á 
ellos.  Achaque  ha  sido  esto  de  la  humana  naturaleza 
en  todos  los  siglos,  y  más  aún  en  aquél  en  que  las  cos- 
tumbres y  los  usos  de  la  sociedad  se  prestaban  tanto  á 
ello*  Las  intrigas  galantes  eran  entonces  una  ley  de  la 
sociedad.  D.  Jaime  el  Conquistador  cuenta  sencillamen- 
te, y  como  cosa  muy  natural,  que  su  padre  pasó  en 
brazos  de  una  de  sus  queridas  la  noche  que  precedió  i 
la  batalla  de  Muret.  En  unos  manuscritos  de  aquel  tiem- 
po, escritos  en  lengua  provenzal  3,  se  cuenta  también 


1  Historia  del  Languedoc^  tomo  III,  pág.  249.  Y  aun  cuando  D.  Pe- 
dro hubiese  sido  excomulgado,  hay  que  decir  aquí  lo  que  D.  BrauHo 
Foz,  á  propósito  de  este  mismo  asunto:  *Las  iras  de  los  hombres  — 
son  juicios  de  Dios.^ 

2  Lección  XVI. 

3  Se  hallan  en  la  biblioteca  de  París,  núms.  7.225  y  7*699. 


'.   CATALUÑA. — LIB.  V,    CAP.   XXU.      221 

iralidad  varias  aventuras  galantes  de 
nuestro  D.  Pedro.  Parece  que  dieron  mucho  que  hablar 
sus  amores  con  la  bella  Adelaida  de  Boisesson,  querida 
á  la  vez  del  trovador  Raimundo  de  Miraval,  y  se  dice 
que  el  rey  de  Aragón  se  enamoró  de  ella  sin  haberla 
visto  jamás,  sólo  por  la  relación  que  de  su  belleza  le 
hizo  Miraval.  Deseando  conocerla,  emprendió  uri  viaje 
al  castillo  de  Lombers,  donde  vivía  Adelaida,  y  el  po- 
bre trovador,  que  contaba  mucho  con  la  ñdelidad  de  su 
dama  y  que  de  ello  se  había  vanagloriado,  hubo  de 
maldecir  desde  aquel  día  el  viaje  de  D.  Pedro,  cuya  cor- 
te abandonó  herido  en  lo  más  vivo  de  su  corazón. 
Seria  por  lo  demás  muy  curiosa,  si  pudiera  ponerse  en 
claro,  la  historia  galante  del  rey  aragonés,  que  no  se 
desdeñó  tampoco  de  pulsar  la  lira  en  obsequio  de  las 
damas  y  de  hacerse  trovador  por  amor  á  ellas. 

Efectivamente,  en  el  manuscrito  con  obras  de  los 
trovadores  provenzales  que  existe  en  la  biblioteca  de 
París,  se  le  coloca  en  el  número  de  los  más  célebres 
poetas  de  su  tiempo,  y  se  transcribe  una  poesia  que  se 
le  atribuye  i . 

Tal  fué  T>.  Pedro:  noble,  en  medio  de  sus  defectos; 
católico,  en  medio  de  sus  errores;  generoso,  leal,  ca- 
ballero siempre,  con  un  valor  que  llevó  hasta  la  te- 
meridad, con  una  hidalguía  que  llevó  hasta  la  exage- 
ración. 

En  i565,  y  más  tarde  en  lósS,  se  alzó  la  losa  que  cu- 
bría su  sepulcro  en  Sijena,  Un  testigo  dice  que  el  ca- 
dáver se  conservaba  incorrupto  y  entero,  con  la  boca 
abierta,  mostrando  aún  su  alta  estatura,  la  dureza  de  su 
semblante,  y  en  el  costado  izquierdo  la  ancha  herida 
Dor  la  cual  exhaló  su  vital  aliento. 

La  muerte  de  D.  Pedro  hizo  estremecer  a]  pais,  el 

1    Múm.  1.22b. 


222  VÍCTOR  BALAGUER 

cual,  como  vamos  á  ver,  estaba  condenado  á  una  mi- 
noria  que  amenazaba  ser  sangrienta  i . 


CAPÍTULO  XXIII. 


Montfort  se  niega  á  entregar  el  príncipe  Jaime. — El  Papa  le  obliga  á  en- 
tregarlo,— Muerte  de  Balduino  en  represalias  de  la  del  rey  de  Ara- 
gón.—Batalla  de  Narbona. — Cortes  catalanas-aragonesas  en  Lérida. 
— Disposiciones  tomadas  por  las  Cortes. — Concordia  con  Navarra. 
Parlamento  en  Huesca. — Bandos  en  Aragón. — El  conde  de  Provenía 
huye  de  Monzón  y  se  embarca  en  Salou. — Asamblea  de  prelados  y 
nobles  en  Monzón. — Sale  D.  Jaime  de  Monzón. — Su  entrada  en  Za- 
ragoza.. 

(De  1213  A   1217.) 

Aún  no  habla  cumplido  los  seis  años  de  su  edad  el 
niño  D.  Jaime,  cuando  murió  su  padre  en  los  campos 
de  Muret.  Ya  sabemos  que  se  hallaba  entonces  en  Car- 
casona  y  en  poder  de  Simón  de  Montfort,  con  guya 
hija  se  había  tratado  casamiento.  Según  lo  que  se  des- 
prende de  las  historias  del  Languedoc  y  Provenza,  los 
jefes  catalanes  y  aragoneses  debieron  reunirse  en  con- 
sejo después  de  la  batalla,  y  enviaron  una  embajada 
solemne  al  de  Montfort,  á  fin  de  que  les  entregase  el 
joven  principe  de  Aragón.  El  vencedor  de  Muret  se  negó 
á  ello:  era  demasiado  buen  partido  para  su  hija,  y  no 
podía  acomodarse  á  perderle  tan  fácilmente.  Entonces 
los  caudillos  de  la  hueste  catalana,  que  parece  eran 
principalmente  Ñuño  Sánchez,  Guillermo  de  Moneada 
y  el  vizconde  de  Cardona,  penetraron  en  la  comarca 
cuyo  señorío  se  diera  al  de  Montfort,  y  llegaron  basta 

1  En  mi  obra  Los  Trovadores  he  tenido  ocasión  de  hablar  con  más 
detenimiento  de  todo  lo  relativo  á  la  guerra  de  los  albigenses,  rectifi- 
cando errores  ajenos  y  propios. 


r 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXIII.      223 

muy  cerca  de  Beziers,  talando  y  asolando  cuanto  á  su 
paso  hallaron  i . 

La  negativa  del  conde  Simón  de  Montfort  hizo  sin 
duda  que  se  enviase  al  Papa  la  embajada  de  que  nos 
habla  Zurita  2,  compuesta  de  Jimeno  Comel,  de  Gui- 
llen de  Cervera,  de  Guillen  de  Monredón,  maestre  del 
Temple,  y  Pedro  Abones,  con  encargo  de  solicitar  de 
Inocencio  III  que  mandase  les  fuese  restituido  el  hijo 
de  su  rey  3.  Recibió  el  Papa  á  los  embajadores,  y  en  23 
de  Enero  de  1214  escribió  á  Simón  de  Montfort  reco- 
mendándole un  nuevo  legado  pontificio,  Pedro  de  Be- 
navente,  y  diciéndole  que  este  cardenal  llevaba  también 
el  encargo  de  obligarle  á  devolver  el  joven  príncipe  Jai- 
me á  sus  subditos  4.  Simón  de  Montfort  hubo  de  acce- 
der: el  Papa  se  lo  mandaba  terminantemente,  y  con  ex- 
presiones muy  duras  por  cierto.  En  consecuencia,  poco 
después  de  haber  llegado  Pedro  de  Benavente  á  Proven- 
ga, el  caudillo  de  los  cruzados,  mal  que  le  pesara,  le 
hizo  entrega  del  niño  Jaime,  que  en  Abril  de  1214  fué 
conducido  á  Narbona,  á  cuyo  punto  había  ido  á  recibir- 
le la  principal  nobleza  de  Aragón  y  de  Cataluña. 

Es  preciso  advertir,  á  todo  esto,  que  la  batalla  de  Mu- 
ret  y  la  muerte  de  Pedro  el  Católico,  no  habían  quedado 
del  todo  sin  venganza.  En  primer  lugar,  los  aliados 
consiguieron  apoderarse  por  traición  de  Balduino,  her- 
mano del  conde  de  Tolosa,  que,  á  pesar  de  su  estrecho 
lazo  de  parentesco  con  éste,  había  abrazado  el  partido 
de  Simón  de  Montfort,  haciendo  á  su  hermano  cuanto 
daño  pudo.  Llevado  Balduino  á  Montalván,  hubo  de 
comparecer  ante  un  tribunal  presidido  por  su  hermano 

1  Ms torta  del  Languedoc^  tomo  I^I,  pág.  256. 

2  Anales  de  la  corana  de  Aragón,  lib.  11,  cap.  LXVl. 

3  Según  la  propia  crónica  de  D.  Jaime,  compusieron  esta  embajada 
Nufto  Sánchez  y  el  vizconde  de  Cardona. 

4  Epístola  171  de  las  de  Inocencio  III. 


224 


VÍCTOR  BAUIGUER 


el  conde  de  Tolosa  y  formado  de  vanos  caballeros  prin- 
cipaleSy  entre  ellos  los  condes  de  Foix^  padre  é  hijo^  y 
Bernardo  de  Portella,  señor  aragonés.  Este  tribunal  le 
condenó  á  muerte,  tanto  por  crimen  de  felonía^  como  m 
represalias  de  la  muerte  del  rey  de  Aragón,  á  la  cual  ha» 
bía  contribuido  i.  La  sentencia  fué  inmediatamente  eje- 
cutada, y  se  dice  que  le  colgaron  de  un  árbol,  sin  cere- 
monia, y  por  sus  propias  manos,  los  mismos  condes  de 
Foix  y  Bernardo  de  Portella, 

También  por  aquel  entonces  Aymerich,  vizconde  de 
Narbona,  tomó  parte  en  favor  de  la  causa  patrocinada 
por  el  rey  de  Aragón,  y  uniendo  sus  tropas  á  las  cata- 
lanas y  aragonesas,  y  poniéndose  á  su  frente,  declaró  la 
guerra  á  Simón  de  Montfort.  Este  se  dirigió  precipita- 
damente á  Narbona,  con  intento  de  sorprender  al  viz- 
conde; pero  hallóle  acampado  bajo  los  muros  de  esta 
ciudad  con  su  hueste  de  aragoneses,  de  catalanes  y  de 
narboneses.  Dióse  batalla  entre  ambas  fuerzas,  y  Si- 
món hubo  de  batirse  en  retirada,  habiendo  estado  muy 
á  punto  de  quedar  prisionero  2. 

Posteriormente  á  estos  sucesos  llegó  el  legado  ponti- 
fício,  y  por  parte  de  Montfort  se  le  hizo  entrega  del  joven 
príncipe  D.  Jaime,  que  fiíé  recibido  en  Narbona  con 
grandes  muestras  de  entusiasmo.  De  allí  pasó  á  estos 
reinos  y  á  Monzón,  bajo  el  cuidado  y  guarda  de  Guiller- 
mo de  Monredón,  que  era  por  aquel  tiempo  maestre  de 
los  templarios  en  Aragón  y  Cataluña.  Con  él  se  vino 
también  al  castillo  de  Monzón  su  joven  primo  Ramón 
Berenguer,  conde  de  Provenza,  que,  á  la  muerte  de  su  pa- 
dre Alfonso  en  Sicilia,  había  quedado  bajo  la  tutoría  y 
protección  de  su  tío  Pedro  el  Católico. 

El  encargo  de  guardar  y  cuidar  al  joven  rey  le  fué 


1  Historia  del  Languedoc^  tomo  III,  pág.  258. 

2  Histana  del  Langtíedoc,  pág.  259. 


ALUNA. — UB.  V.  CAP.  XXIU.      235 

i  Temple  por  las  Cortes  de  Lé 
meras  Cortes  catalanas-aragon 
saa  de  que  se  hace  mención  auténtica  en  la  historí 
El  niño  D.  Jaime,  que  no  tenía  más  allá  de  seis  año 
llegó  á  Lérida  antes  de  la  festividad  de  Nuestra  Seño 
de  Agosto  de  1214,  acompañándole  el  legado  pontil 
cío,  8U  joven  primo  el  conde  de  Frovenza  y  vanos  si 
Sores  y  dignatarios  del  reino,  siendo  recibidos  con  gra 
de  regocijo  por  el  pueblo.  Inmediatamente  se  reunien 
las  Cortes,  á  las  cuales  asistieron  el  legado  del  Pap 
el  arzobispo  de  Tarragona,  los  obispos,  abades  y  rice 
hombres  de  cada  reino,  y  diez  síndicos  de  cada  una  1 
las  ciudades,  villas  y  lugares  principales,  con  poder 
bastantes  para  consentir  y  aprobar  lo  que  se  acordase 
Comparecieron  todos  los  convocados,  excepto  los  ii 
fantes  D.  Fernando  y  D.  Sancho,  tíos  del  rey,  de  qui 
nes  se  dice  que  miraban  entonces  á  éste  como  ilegitim< 
teniendo  cada  uno  esperanzas  de  reinar  con  motivo  t 
la  división  que  había  entre  los  ricos-hombres;  pero,  p 
lo  mismo  que  existían  profundas  alteraciones  y  has 
guerras  en  el  reino;  por  lo  mismo  que  era  de  muy  cor 
edad  el  principe,  y  fácil  podía  ser  que  el  cetro  se  esci 
pase  de  aquellas  manos,  débiles  aún  para  empuñarl 
por  lo  mismo  que  convenia  reunir  en  torno  de  aqu 
niño  todas  las  buenas  voluntades  y  todos  los  nobles  ci 
razones,  aceptándolo  como  símbolo  y  como  bandej 
para  que  no  se  quebrantase  la  unidad  política,  que  sí 
biamente  se  comenzara  á  imprimir  al  reino  federado  ( 
Aragón  y  Cataluña;  por  lo  mismo,  pues,  las  Cortes  ai 
duvieron  acertadísimas  y  cautas  en  sus  acuerdos,  qi 
pueden  y  deben  mirarse  como  un  modelo  de  prevísií 
y  de  cordura  y  un  ejemplo  muy  notable  de  alta  polític; 
Comenzaron  por  introducir  una  costumbre  nueva,  qi 

1     Oáiñea  át  D.  yaim,  cap.  X.— Zurita,  üb.  II,  op.  LXVI. 
TOUO  XI  15 


226  VÍCTOR   BALAGUBR 

hubo  de  ser  después  fielmente  observada  y  seguida  en 
todas  las  coronaciones»  y  fué  la  de  prestar  homenaje  y 
juramento  de  fidelidad  al  rey  en  el  acto  de  ser  corona- 
do. Así  se  introdujo,  con  motivo  de  la  proclamación  de 
D.  Jaime,  esta  costumbre,  que  prosiguió  guardándose 
con  los  reyes  que  le  sucedieron,  confirmando  ellos  pri- 
mero y  jurando  guardar  los  fueros,  libertades,  consti- 
tuciones,  usos  y  costumbres  del  reino.  D.  Jaime  fué, 
pues,  jurado  por  rey  en  solemne  y  pública  ceremonia, 
teniéndole  en  brazos  el  arzobispo  Aspargo,  según  cuen- 
ta él  mismo  en  su  crónica. 

Las  otras  disposiciones  de  las  Cortes  fueron  nombrar, 
durante  la  menor  edad  del  monarca,  gobernadores  ge* 
nerales  y  un  lugarteniente,  procurador  ó  regente  del  rei- 
no. Los  gobernadores  fueron  tres:  el  uno  para  Catalu- 
ña, siendo  elegido  en  este  cargo  D.  Pedro  Abones,  y 
los  otros  dos  para  Aragón,  mereciendo  la  confianza  Don 
Pedro  Fernández  de  Azagra  como  uno  de  ellos.  Con  el 
nombre  del  otro  no  he  sabido  ó  no  he  podido  dar  i .  Como 
procurador  general  del  reino  filé  nombrado  el  infante 
D.  Sancho,  conde  del  Rosellón.  Este  último  acuerdo  in- 
dica que,  ó  había  mucha  confianza  por  parte  de  las  Cor- 
tes en  la  caballerosidad  de  D.  Sancho,  cuando  revestían 
de  un  poder  casi  regio  á  uno  de  los  que  trataban  de  apo- 
derarse del  trono,  ó  que  D.  Sancho  ha  sido  un  poco  ca- 
lumniado por  la  historia  al  suponerle  intenciones  que 
acaso  no  abrigaba.  Bien  pudiera  ser  que  la  parcialidad 
levantada  por  D.  Sancho  fuese  sólo  por  celos  y  rivali- 
dades con  su  hermano  D.  Fernando.  De  todos  modos, 
este  último  infante  es  el  único  que  las  Cortes  no  eligie- 
ron para  ningún  cargo,  y  es  también  el  único  que  apare- 

1     Estudios  hechos  con  posterioridad  á  la  primera  edición  de  est> 
obra,  me  autorizan  para  creer  que  los  gobernadores  de  Aragón  fuero 
D.  Pedro  Abones  y  D.  Pedro  Fernández  de  Azagra,  y  el  de  Cataluü 
Guillen,  vizconde  de  Cardona. 


»  ' 


HISTORU  DE   CATALUÑA, — LIB.  V,  CAP,  XVIII.      227 

ce  con  cierto  carácter  de  pretendiente  al  trono.  Y  uso 
expresamente  la  palabra  cierto,  porque  yo  tengo,  para 
mi^  la  opinión  de  que  lo  pretendido  por  los  dos  infantes, 
tíos  del  rey 9  era  la  regencia  del  reino,  y  no  el  trono. 
¿Cómo  se  explica  si  no,  que  D.  Sancho,  ya  que  no  per- 
sonalmente, al  menos  por  la  mediación  de  su  hijo  Ñuño 
Sánchez,  tomase  las  armas  para  ir  á  libertar  de  manos 
de  Simón  de  Montfort  al  joven  principe?  ¿Cómo  se  expli- 
ca sino,  que  el  mismo  D.  Sancho  y  su  hijo  Ñuño  diesen 
varios  de  sus  castillos  en  rehenes  al  legado  del  Papa  para 
que  éste  pudiese  libertar  á  D.  Jaime?  i.  ¿Cómo  se  expli- 
carían sino,  las  mismas  palabras  de  D.  Jaime  al  final 
del  capitulo  XI  de  su  crónica,  cuando  dice  textualmente 
que,  hallándose  en  Monzón,  iban  á  verle  los  del  bando 
de  D.  Sancho  y  los  del  de  D.  Femando,  instándole  los 
de  uno  y  otro  partido  y  cada  uno  de  por  si,  para  que  sa- 
liese del  castillo  y  se  declarase  por  los  suyos,  ayudán- 
doles asi  con  su  nombre  y  autoridad  á  destruir  á  sus 
contrarios?  ¿Qué  bandos  de  pretendientes  eran  éstos 
que,  intentando  usurpar  un  trono,  solicitaban  para  su 
partido  el  apoyo  y  la  jefatura  del  rey  cuyo  reino  querían 
usurpar? 

Otra  de  las  prudentes  determinaciones  de  las  Cortes 
de  Lérida,  fué  la  de  ratificar  el  nombramiento  del  maes- 
tre del  Temple  para  custudio,  preceptor  y  guarda  del 
príncipe  que  acababa  de  ser  reconocido  por  dominus  y 
hares  del  reino,  con  encargo  de  llevarlo  á  Monzón,  en 
cuyo  castillo  podía  estar  seguro  y  libre  de  los  lazos  que 
le  tendieran  los  partidarios  de  uno  y  otro  de  los  dos 
bandos. 

Recibido  D.  Sancho  por  procurador  general  de  Ara- 
gón y  Cataluña,  autorizó  la  concordia  que  tuvo  lugar 

1  Se  halla- esta  circunstancia  en  la  Hishria  del  Rosdlón  de  Leonard, 
Pág.  42. 


228 


VÍCTOR  BALAGUER 


con  Navarra  para  que  pudiesen  entrar  libremente  los 
del  un  reino  en  el  otro,  y  para  que  no  se  hiciesen  guerra 
sin  que  interviniese  en  ella  el  rey  D.  Jaime;  y  celebró 
parlamento  general  de  aragoneses  en  Huesca,  en  el  que 
se  decidió  enviar  una  embajada  al  Sumo  Pontífice^  áfin 
de  que  mediase  en  la  pacificación  de  las  discordias  que 
traían  revuelto  el  reino.  Los  embajadores  fueron  D.  Pe- 
dro Abones  y  D.  Guillen  de  Cervera.  No  dicen  los  ana- 
les qué  efecto  produjo  esta  embajada,  pero  es  lo  cierto 
que  la  preferencia  dada  por  las  Cortes  de  Lérida  á  Don 
Sancho  para  la  regencia  ó  lugartenencia  del  reino,  debió 
herir  el  orgullo  de  D.  Fernando,  quien  hizo  tomar  las 
armas  á  sus  partidarios,  levantándose  entonces  más  y 
más  poderosos  los  bandos  de  ambos  infantes,  que  baja- 
ron al  campo  de  batalla  para  dirimir  sus  querellas. 

Familias  poderosísimas  de  Aragón  tomaron  parte  en 
la  contienda,  alistándose  unas  bajo  la  bandera  de  Don 
Sancho,  bajo  la  de  D.  Femando  otras,  y  entonces  fué 
cuando  el  joven  rey,  que  proseguía  en  Monzón,  bajo  el 
cuidado  de  los  templarios,  se  vio  asediado  por  unos  y 
por  otros  á  fin  de  que  aceptase  el  partido  de  uno  ú  otro 
bando.  Durante  estas  revueltas,  que  prosiguieron  vivas 
más  de  dos  años,  se  habla  de  un  solo  caballero  como 
el  único  que  permaneció  neutral  entre  los  hombres  de 
cuenta.  Fué  D.  Jimeno  Comel,  anciano  ya,  y  á  quien 
los  anales  llaman  el  más  sabio  y  el  de  mayor  consejo 
que  había  en  Aragón  en  su  tiempo.  Ese  no  quiso  to- 
mar parte  en  las  turbaciones  del  reino,  y  permaneció 
siempre  adicto  al  rey. 

Las  parcialidades  llegaron  por  ñn  á  tal  punto  que 
amenazaban  destruir  el  reino,  y  á  esto  se  unía  la  natu- 
ral impaciencia  del  joven  monarca  que,  á  pesar  de^o 
contar  más  que  nueve  años  de  edad,  sentíase  con  br 
y  deseos  de  romper  los  dorados  hierros  de  su  car 
para  lanzarse  á  figurar  en  el  mundo  político.  Su  am , 


I , 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB,  V,  CAP,  XXUI.      229 

y  primo  el  conde  de  Provenza  había  ya  abandonado  el 
castillo  de  Monzón.  Los  caballeros  provenzales,  que 
necesitaban  la  presencia  de  su  joven  señor  para  procu- 
rar también  el  sosiego  de  las  cosas  de  aquel  país,  le  ha- 
bían enviado  un  mensaje  diciéndole  que  en  determi- 
nado día  tendrían  dispuesta  una  galera  en  el  puerto  de 
Salou,  y  que  irían  á  sacarlo  ocultamente  del  castillo  de 
Monzón  para  llevárselo  á  Provenza.  Tuvo  esto  lugar 
tal  como  se  proyectara.  El  día  designado ,  después  de 
haberse  despedido  con  lágrimas  en  los  ojos  de  D.  Jai- 
me, el  conde  de  Provenza -salió  de  Monzón  en  compa- 
ñía de  Pedro  Auger,  su  ayo.  Llevando  por  solo  séquito 
dos  escuderos,  caminaron  toda  la  noche,  pasaron  dis- 
frazados por  Lérida,  y  llegaron  á  la  siguiente  noche  á 
Salou  en  donde  les  recibió  la  galera  preparada,  que  en 
seguida  dio  la  vuelta  á  Provenza. 

Con  la  partida  de  su  primo,  crecieron  en  D.  Jai- 
me los  deseos  de  verse  libre,  y  ya  el  maestre  de  los  tem- 
plarios no  podía  contener  la  brava  impetuosidad  de 
aquel  niño  que  ansiaba  comenzar  su  carrera  de  héroe. 
Consultado,  pues,  el  caso  con  D.  Jimeno  Comel,  éste 
halló  medio  de  entenderse  con  los  principales  caballeros 
del  partido  de  D.  Femando  y  algunos  délos  de  D.  San- 
cho, los  cuales  fueron  todos  juntos  á  Monzón  por  el  mes 
de  Setiembre  de  1216,  y  allí  se  vieron  y  confederaron. 
Asistieron  á  la  junta,  entre  otros,  el  arzobispo  de  Ta- 
rragona, el  obispo  de  Tarazona,  Pedro  Fernández  de 
Azagra  señor  de  Albarracín,  Guillen  de  Cervera,  el  viz- 
conde de  Cardona  y  Guillermo  de  Moneada.  Los  prela- 
dos y  nobles  que  asistieron  á  esta  asamblea  decidieron 
tomar  al  rey  bajo  su  protección,  y  acordaron  que  con- 
tinuase por  el  pronto  D.  Sancho  en  la  gobernación  del 
reino,  mientras  justa  y  debidamente  gobernase  1 . 

1     Zurita,  lib.  II,  cap.  LXVIH. 


230  VÍCTOR    BALAGUER      . 

Muy  pronto  fué  preciso  sacar  á  D.  Jaime  del  casti- 
llo. Éste  advirtió  un  día  á  los  ricos-hombres  que  «acQ- 
diesen  á  buscarle  á  Monzón ,  porque  estaba  resuelto  á 
salir  de  allí  de  cualquier  modo  1.»  Precoz  era  D.  Jaime 
en  todo:  destinábale  Dios  para  que,  niño  aún,  conquis- 
tase reinos.  Púsole  un  día  el  maestre  del  Temple  en 
manos  de  los  ricos-hombres  confederados,  ó  permitió 
que  le  sacasen  de  las  suyas,  que  en  esto  no  anda  clara 
la  crónica,  y  el  niño  rey  salió  del  castillo  para  ponerse 
al  frente  de  un  escuadrón  de  caballeros  que  le  esperaban 
junto  al  puente  de  Monzón,  reiterándole  al  verle  su  ho- 
menaje. 

Según  parece,  se  hizo  creer  al  joven  monarca  que  el 
conde  D.  Sancho  se  hallaba  en  Selgua  esperándole  al 
paso  para  apoderarse  de  su  persona,  y  es  fama  que  en- 
tonces, con  los  bríos  de  independencia  y  soberbia  que 
apuntaban  ya  en  el  mozo,  al  par  que  con  deseos  de  ha- 
cer pronto  sus  primeras  armas,  juró  combatir  á  todo 
trance  por  su  libertad,  y,  empuñando  una  espada,  se 
puso  una  cota  de  malla  que  le  prestó  uno  de  sus  caba- 
lleros. Fué  quizá  aquella  la  vez  primera  que  latió  uo 
corazón  de  nueve  años  bajo  la  férrea  coraza  de  un  gue- 
rrero. 

>  Ni  D.  Sancho  ni  sus  partidarios,  sin  embargo,  se  pre- 
sentaron á  impedir  el  paso  de  D.  Jaime ,  que  llegó  á 
Huesca  sin  contratiempo  alguno,  pasando  luego  de 
Huesca  á  Zaragoza,  donde  fué  recibido  con  grandes  so- 
lemnidades y  ñestas,  formándose  en  seguida  un  consejo 
compuesto  de  Sancho  obispo  de  Zaragoza,  Bernardo 
obispo  de  Barcelona,  á  quien  nombró  el  rey  su  canci- 
ller, Berenguer  obispo  de  Lérida  y  Roda,  Amaldo  viz- 
conde de  Castellbó,  Guerau  de  Cabrera,  Guillermo  de 
Moneada,  Dalmau  de  Castellbisbal ,  Pedro  Femánder 


1      Crónica  de  D,  Jaime,  cap.  XIII. 


:ataluna, — LIS.  V.  cap.  XXIV. 


de  Azagra  señor  de  Albarracin  y  mayordomo  del  reino 
de  Aragón,  Rodrigo  de  LÍ2ana,  Blasco  de  Alagón  y  el 
señor  de  Atorella. 


CAPÍTULO  XXIV. 


Cortes  en  Viflafrinca  y  en  Lérida. — Servicio  del  bovaje.— D.  Sancho 
dimite  su  cargo. — Confinnación  de  la  moneda  jaquesa.— Reconcilia- 
ción del  rey  con  MoDtpeDer. — Carta  del  Papa  al  rey  de  Aragún.— 
Los  catalanes  y  aragoneses  se  apoderan  de  Tolosa.— Cortes  en  Bar- 
celona.—Orden  de  Nuestra  Sefiora  de  la  Merced. — Primeros  caballe- 
ro* que  tomaron  el  hábito. — Calamidades  producidas  por  la  sequía. 
—Toma  D.  Jaime  los  castillos  de  Albero  y  de  Lizana. — Sitio  de  Al' 
barrada. — Cortesen Huesca. — Casamiento  deD.  Jaime  con  Dofia  Leo- 
nor de  Castilla. — Cortes  en  Huesca,— Cortes  en  Daroca. 

(De  iliS  Á  I22I.) 

Por  disposición  de  su  consejo,  que  ansiaba  terminar 
cuanto  antes  las  revueltas  y  turbaciones  que  había  ori- 
ginado en  el  reino  la  minoría  de  D.  Jaime,  éste  con- 
vocó á  Cortes  á  los  catalanes  en  Villafranca,  y  á  los 
aragoneses  en  Lérida  i.  Tuvieron  lugar  en  I2i7yi3i8. 
Siguiendo  al  analista  catalán,  en  aquellas  primeras  Cor- 
tes, y  no  antes,  filé  cuando  se  concedió  al  rey  el  servi- 
cio del  bovaje.  «Era  éste  cierto  servicio,  dice  Zurita, 
que  se  hizo  en  reconocimiento  de  los  reyes,  al  principio 
de  BU  reinado,  en  el  cual  contribuían  los  eclesiásticos  y 
las  ciudades  y  villas  del  Principado  de  Cataluña:  y 
comprendía  todos  los  lugares  desde  Segre  á  Salsas.  Pa- 

1  Fetia  de  la  Peda.  lib.  XI,  cap.  VI,— ZuriU  (Ub.  II,  cap.  LXXI), 
dice  que  las  Cortes  se  celebraron  en  Tarragona,  á  principios  de  Julio 
de  1218,  y  que  de  allí  se  partió  el  rey  para  Lérida,  en  donde  se  jun- 
taron también  á  Cortes  catalanes  y  aragoneses  por  el  mes  de  Setiembre. 


232  VÍCTOR  BALAGUBR 

gábase  este  servicio  por  las  yuntas  de  bueyes,  de  donde 
tomó  el  nombre,  y  por  las  cabezas  del  ganado  mayor  y 
menor,  y  por  los  bienes  muebles  cierta  suma,  la  cual 
se  fué  variando  conforme  á  los  tiempos.  Este  servicio 
se  concedió  primero,  fuera  de  lo  acostumbrado,  en  tiem- 
po del  rey  D.  Pedro,  padre  deste  rey  D.  Jaime,  en  el 
año  de  M.CCXI,  para  la  guerra  contra  los  moros,  y 
para  la  ida  á  la  batalla  de  Úbeda,  no  siendo  á  ello  obli- 
gados: y  también  se  concedió  ál  mismo  rey,  graciosa- 
mente, cuando  casó  sus  hermanas  con  Federico,  rey  de 
Sicilia,  y  con  los  condes  de  Tolosa.  > 

Ante  las  Cortes  de  Lérida  se  presentó  el  infante  Don 
Sancho,  lugarteniente  ó  procurador  general  del  reino,  y 
dimitió  su  cargo,  reconociendo  al  rey  y  prestándole  ju- 
ramento de  servirle  fiel  y  lealmente.  El  rey  recompensó 
sus  servicios — y  esto  prueba  la  lealtad  de  D.  Sancho — 
haciéndole  merced  del  castillo  y  villas  de  Alfamén,  Al- 
mudévar,  Almunient,  Pertusa  y  Lagunarrota,  hasta  en 
la  suma  de  iS.ooo  sueldos  de  renta,  los  cuales  le  dio  en 
honor,  según  fuero  de  Aragón,  asignándole  á  más  10.000 
sueldos  barceloneses  en  las  rentas  de  Barcelona  y  Villa- 
franca  1. 

Fueron  convocadas  también  estas  mismas  Cortes  de 
Lérida  para  reformar  abusos  y  hacer  observar  la  paz  y 
tregua,  y  en  ellas  el  rey  confirmó  la  moneda  jaquesa, 
que  últimamente  se  había  labrado  en  tiempo  del  rey 
D.  Pedro  su  padre ,  ofreciendo  y  jurando  que  no  daría 
lugar  á  que  de  nuevo  se  labrase  otra,  ni  bajase  ni  su- 
biese de  ley  ni  peso. 

Hallándose  D.  Jaime  en  Lérida,  con  motivo  de  las 
Cortes,  escribió  una  carta  á  los  doce  cónsules  habitan- 
tes de  Montpeller,  perdonándoles  los  agravios  que  tenía 
contra  ellos,  concediéndoles  su  amistad  y  confirmán^^ 

I     Zurita,  lib.  n,  cap.  LXXI. 


TALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXIV.      233 

Parece  que  medió  en  este  asunto 
Bernardo  obispo  de  Magalona,  el  cual  fué  á  Lérida  de 
embajador.  La  historia  no  aclara  los  motivos  de  descon- 
tento que  podían  haber  mediado  entre  el  rey  de  Aragón 
y  sus  súditos  de  Montpeller;  pero  sin  duda  éstos  habían 
tratado  de  sublevarse,  impelidos  por  los  partidarios  de 
los  hijos  del  segundo  matrimonio  de  Guillermo,  ó  qui- 
2á  también  por  el  espíritu  republicano  de  que  no  deja- 
ban de  hallarse  animados  los  habitantes  de  aquella 
ciudad. 

En  la  misma  Lérida  recibió  D.  Jaime  una  carta  del 
papa  Honorio  ú  Honorato  III,  que  acababa  de  suceder 
á  Inocencio,  prohibiéndole  que  ni  él  ni  sus  subditos  em- 
prendiesen la  menor  tentativa  contra  Simón  de  Mont- 
fort.  Honorio  recordaba  á  D.  Jaime  en  esta  carta  las 
obligaciones  que  debía  á  la  Santa  Sede,  tque  os  ha  sa- 
cado, decía,  de  manos  de  los  que  llamabais  vuestros 
enemigos,  para  devolveros  á  vuestros  subditos.  ■  Se 
quejaba  en  seguida  de  que  de  estas  tierras  se  hubiesen 
enviado  auxilios  á  los  tolosanos,  y  le  requería  para  que 
inmediatamente  retirase  sus  tropas,  guardándose  de 
atacar  directa  ni  indirectamente  loa  dominios  poseídos 
en  el  condado  de  Tolosa  en  nombre  de  la  Iglesia  roma- 
na. « De  otro  modo,  añadía,  perjudicaríais  tanto  á  la 
Iglesia  romana,  que  nos  veríamos  obligados  á  pedir  el 
apoyo  de  las  naciones  extranjeras  para  castigar  vuestro 
reino.  >  Insolente  amenaza  que  no  hubiera  dejado  de 
contestar  D.  Jaime  con  justísima  arrogancia,  á  tener 
lugar  algunos  años  más  tarde. 

Y,  bien  mirado,  D.  Jaime  no  tenía  culpa  de  lo  que 
pasaba.  Después  de  la  batalla  de  Muret,  el  conde  de 
Tolosa,  perdidos  sus  estados,  hubo  de  emigrar,  vinien- 
do por  fín  á  refugiarse  en  nuestro  país,  donde  trató  de 

I     Ui¡li>ritt  del  Languedse,  tomo  III,  pág.  302. 


334  VÍCTOR  BALAGUER 

levantar  un  cuerpo  de  tropas  que  le  ayudasen  á  tecoa* 
quistar  sus  dominios  i  •  No  le  fué  difícil  lograr  su  pro* 
pósito.  En  aragoneses  y  catalanes  había  un  vivo  deseo 
de  vengar  la  muerte  de  D.  Pedro  y  marchar  contnt 
Simón  de  Montfort;  ofrecíaseles  el  conde  de  Tolosa  co- 
mo vengador^  y  acudieron  presurosos  á  alistarse  bajo  sa 
bandera.  Los  catalanes  fueron  particularmente  los  más 
decididos  y  los  que  más  pronto  acudieron  al  llamamien- 
to del  conde  ^,  protegiendo  también  á  éste  muy  parti» 
cularmente  el  infante  D.  Sancho,  procurador  general 
del  reino  á  la  sazón  3.  £1  de  Tolosa  atravesó  los  Piri- 
neos con  una  aguerrida  bueste  catalana-aragonesa,  con* 
ducida  por  el  bizarro  conde  de  Pallars  4,  en  cuya  fami- 
lia parecía  deber  vincularse  la  defensa  de  las  buenas 
causas,  y  comenzó  una  rápida  y  brillante  campaña,  ca- 
yo primer  período  terminó  con  la  toma  de  Tolosa,  que 
cayó  en  sus  manos  por  sorpresa.  Dueño  nuevamente  de 
esta  ciudad  su  antiguo  señor,  reedificó  sus  muros  y  for- 
tificaciones, y,  con  ayuda  de  sus  catalanes  y  aragone- 
ses, al  propio  tiempo  que  de  la  parte  de  sus  tolosanos 
que  permanecieran  fieles  á  su  causa,  sostuvo  on  ella  un 
largo  sitio  contra  la  hueste  de  Simón  de  Montfort,  sitio 
fatal  á  este  caudillo,  pues  que  en  él  murió  de  una  pe- 
drada que  le  destrozó  la  cabeza.  Asi  quedó  vengada  la 
muerte  de  Pedro  de  Aragón.  El  sitio  de  Tolosa  fué  con- 
tinuado por  Amaury  de  Montfort,  hijo  de  Simón,  pero 
se  vio  obligado  luego  á  levantarlo,  sin  que  sepamos 
nosotros,  pues  lo  callan  las  historias,  la  parte  que  tomó 
en  la  defensa  de  la  ciudad  la  hueste  aragonesa-catala- 
na, mandada  por  el  conde  de  Pallars,  aunque  es  de  su- 
poner, fué  muy  principal,  pues  era  el  cuerpo  de  tropas 

1  IHsioria  del  Languedoc,  tomo  III,  pág.  288. 

2  Feliu  de  la  Peña,  lib.  XI,  cap.  VI. 

3  Historia  del  Languedoc,  tomo  III,  pág.  302. 

4  ídem,  id.,  pág.  299. 


CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXIV.      235 

'ilegiado  del  conde  de  Tolosa.  Es  lo 
dos,  que  las  amenazas  del  Papa  no 
Itase  á  los  tolosanos  el  auxilio  de  los 
JO  en  que  se  hallaban  las  cosas,  ní 
ra  podido  impedirlo, 
pasar  D.  Jaime  á  Barcelona,  duran- 
B  cierto  que  celebró  Cortes  en  esta 
:ntan  los  Anales  de  Cataluña,  «Con- 
tes,  dicen,  para  el  acertado  gobierno 
¡stencias  para  la  guerra  contra  inñe- 
ú  rey  el  bovaje.» 

lime  en  Barcelona,  con  motivo  sin 
ón  de  Cortes,  tuvo  lugar  1^  funda- 
Nuestra  Señora  de  la  Merced.  Pro- 
monarca  cuando  aún  era  de  corta 
asi  la  nobleza  de  sentimientos  que 
ndo  de  su  alma  impacientes  de  dar- 
LTse  con  todo  Ai  lujo  y  su  grandeza, 
de  la  milicia  mercenaria!  Caballé- 
azo  fraternal,  que  la  religión  ben- 
i  la  de  romper  las  cadenas  de  los 
anos  que  gemían  en  húmedas  y  ló- 
tenían  por  divisa  Vincula  me  ma- 
el  acudir  solícitos  á  ocupar  el  sitio 
^os  esclavos,  y  por  deber  el  dedi- 
snas  en  todas  partes  para  ir  luego 
s  de  oro  á  las  ciudades  árabes  y  re- 
as henchidas  de  rescatados  prisio- 

,  la  Virgen  se  apareció  en  sueños  en 
na  misma  hora  á  Pedro  Nolasco, 
cipe  aragonés  cuando  se  hallaba  en 
'  que  luego  te  siguió  á  nuestras  tie- 
:  Peñafort,  confesor  que  era  del  rey, 
le,  incitándoles  á  los  tres  á  fundar 


236  VÍCTOR  BALAGUBR 

una  religión  para  redimir  cautivos,  con  obligación  de 
que  cuantos  de  ella  formasen  parte  de1>ian  quedarse  en 
prisiones,  si  fuese  necesario,  para  dejar  libres  y  susti- 
tuir á  los  cautivos.  Milicia  que  tan  santo  objeto  se  pro- 
ponía, bien  podía  tener  ó  bien  podía  dársele  origen  di- 
vino. 

La  institución  de  la  orden  de  Nuestra  Señora  de  la 
Merced,  tuvo  solemnemente  lugar  el  10  de  Agosto 
de  1218,  en  la  catedral  de  Barcelona,  siendo  entonces 
obispo  de  esta  ciudad  el  noble  caballero  Berenguer  de 
Palou.  Celebró  éste  de  pontifical,  predicó  Raimundo  de 
Peñafort,  que  contó  la  visión  que  tuviera  el  rey,  Pedro 
Nolasco  y  él,  y  terminada  la  ceremonia  religiosa,  Don 
Jaime  bajó  de  su  trono  y  dio  el  hábito  á  Nolasco  y  á 
otros  varios  señores,  pues  quiso  fuese  orden  militar  para 
que  entraran  en  ella  muchos  caballeros  que  eran  de  la 
congregación  de  la  Misericordia,  y  habían  servido  con 
gran  valor  en  guerrafs  pasadas.  Concedióles  el  obispo 
por  insignia  la  cruz  blanca  del  cabildo,  á  fin  de  que  pu- 
dieran ostentarla  en  el  pecho,  por  haberse  fundado  la 
orden  en  la  santa  iglesia,  y  el  soberano  colocó  debajo  de 
ella  el  escudo  de  sus  armas.  A  los  tres  votos  solemnes 
y  sustanciales  de  todas  las  religiones,  añadió  Pedro  No- 
lasco  el  cuarto,  de  redimir  cautivos  y  quedar  por  ellos 
en  rehenes,  si  la  necesidad  espiritual  lo  pidiese;  y  por 
este  voto  que  dejó  á  la  orden,  obligábanse  sus  hijos  á 
perder  la  libertad  y  exponer  la  vida,  para  que  conser- 
vasen la  fe  los  cautivos  cristianos  que  corriesen  riesgo 
de  perderla. 

Catorce  fueron  los  caballeros,  todos  de  militar  estir- 
pe, que  aquel  día  vistieron  el  santo  hábito.  San  Pedro 
Nolasco,  el  primero;  Guillen  de  Bas,  descendiente  de 
los  antiguos  vizcondes  de  este  nombre;  Bernardo  ¿ 
Corbera;  Arnaldo  de  Carcasona;  Ramón  de  Montolii 
señor  del  castillo  de  Vespella;  Ramón  de  Moneada,  é 


3E  CATALUÑA.— LIB.  V.  CAP.  XXIV.      237 

de  los  Moneadas;  Pedro  Guillen  de 
go  de  Ossó;  Ramón  de  Villestret;  Gui- 
¡n;  Hugo  de  Mataplana;  Bernardo  de 
e  Solanes,  y  Ramón  de  Blanes  i.  ' 
ipués  de  esta  piadosa  ceremonia  y  fun- 
den, que  debía  reportar  grandes  bienes 
i  cristiandad,  D.  Jaime  regresó  á  Ara- 
e  sobrevino  en  estos  reinos  una  sequía 
ue,  según  cuentan  añejas  crónicas,  se 
npos,  se  perdieron  las  siembras,  pere- 
>s  y  hasta  murieron  de  hambre  muchas 

inces  se  halla  que  formaban  el  consejo 
arzobispo  de  Tarragona,  D.  Jimeno 
Uén  de  Cervera  y  D.  Pedro  Ahones. 

0  y  ante  el  rey  presentáronse  un  día 
;rín  y  Gil  de  Atrosillo,  en  demanda  de 
).  Rodrigo  de  Lizana,  que  había  dete- 
preso  á  su  castillo ,  en  vez  de  retarle, 
■  Lope  de  Albero,  pariente  de  aquéllos, 
e  dictamen  que  el  rey  mancebo  debía 
el  agresor  hasta  libertar  á  D.  Lope  y 
esen  resarcidos  todos  los  daños  que  po- 
asionado,  y,  aceptando  este  dictamen, 
de  doce  años  apenas,  vistió  la  arma- 
lanza  y,  al  Irente  de  escogida  hueste, 

1  vasallo  rebelde,  haciendo  sus  prime- 
asedio  del  castillo  de  Albero,  del  cual 
labía  apoderado  D.  Rodrigo  de  Lizana. 
lo  en  sucumbir,  y,  orgulloso  con  su  prí- 
é  el  joven  monarca  á  poner  sitio  á  Li- 
nto  se  hallaba  preso  D,  Lope.  Ya  este 
s  dificil  de  tomar;  que  valerosamente 

«ien. 


238  VÍCTOR  BALAGUER 

supo  defenderlo  D.  Pedro  Gómez,  jefe  de  la  guarnición. 
Llevaba  el  rey  un  fundibulo,  con  el  cual,  después  de  dis- 
parar i.5oo  piedras,  llegó  á  abrir  espaciosa  brecha  en 
el  muro,  disponiéndose  en  seguida  el  asalto.  A  favor 
de  éste,  que  fué  muy  reñido  y  sangriento,  logró  apode- 
rarse D.  Jaime  de  la  plaza,  rescatando  á  D.  Lope  de 
Albero  que  en  ella  se  hallaba  prisionero.  Tuvieron  lu- 
gar estos  sucesos  en  1220  i. 

No  hubo  de  terminar  con  esta  victoria  la  campaña  dd 
rey.  D.  Rodrigo  de  Lizana,  despechado  y  ansioso  de 
tomar  venganza,  fué  entonces  á  refugiarse  en  los  esta- 
dos del  señor  de  Albarracín,  quien,  como  ya  sabemos, 
era  un  caballero  que  se  titulaba  independiente ,  no  re- 
conociéndose vasallo  sino  de  Santa  María.  Pedro  Fer- 
nández de  Azagra,  señor  de  Albarracín,  que  antes  se- 
guía la  parcialidad  de  D.  Jaime  y  había  ayudado  á 
afirmarle  en  el  trono,  declaróse  entonces  contra  él,  pres- 
tando favor  y  apoyo  de  armas  á  D.  Rodrigo  de  Lizana. 
El  monarca  que,  bien  mozo  aún,  acababa  ya  de  hacer 
méritos  al  renombre  de  Conquistador  que  debían  darle 
un  día  la  posteridad  y  la  historia,  marchó  decidida- 
mente contra  el  de  Azagra,  y  puso  cerco  á  Santa  Marfa 
de  Albarracín.  Por  desgracia  fué  mal  servido  de  los  su- 
yos en  esta  nueva  empresa,  y  amargamente  se  lamenta 
de  ello  en  su  propia  crónica  2.  Los  sitiados  tenían  in- 
teligencias entre  los  sitiadores,  y  avisados  por  algunos 
de  éstos,  hicieron  cierta  noche  una  salida,  logrando  in- 
cendiar las  máquinas,  y  matando,  entre  otros,  á  don 
Guillen  de  Pueyo  y  á  D.  Pelegrín  Abones,  que  eran  de 
los  pocos  servidores  leales  con  quienes  el  rey  contaba. 
«Entonces,  dice  D.  Jaime  en  su  historia,  cuando  los  de 
nuestro  consejo  vieron  que  se  nos  había  engañado  y 

1  Crónica  de  D.  Jaime,  cap.  XIV. — Zurita,  lib.  II,  cap.  LXXIV. 

2  Cap.  XV. 


ÍTALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXIV.      239 

que  éramos  tan  mal  servidos  de  los  nuestros,  fueron  de 
parecer  que  levantásemos  el  sitio,  y  no  tuvimos  más 
recurso  que  hacerlo,  pues  había  dentro  de  la  plaza  tan- 
tos 6  más  caballeros  de  los  que  Nos  contábamos  para 
sitiarla,  y  no  teníamos  siquiera  quien  nos  acousejase  en 
nuestra  corta  edad.* 

Después  del  cerco  de  Albarracín ,  tuvo  el  rey  Cortes 
á  los  aragoneses  en  la  ciudad  de  Huesca,  proveyéndose 
en  ellas,  según  la  crónica,  algunas  cosas  que  convenían 
al  buen  gobierno  de  la  tierra.  Debieron  tener  lugar  estas 
Cortes  en  Setiembre  de  1220,  aunque  hay  quien  asegura 
que  fué  en  Setiembre  de  izzi,  y  hubo  sin  duda  de  tra- 
tarse en  ellas  de  las  disensiones  en  que  andaba  encen- 
dido el  reino,  disensiones  que  no  eran  sin  embargo  más 
que  el  prólogo  de  las  que  iban  á  sucederse  ocasionadas 
por  los  nobles,  dispuestos  siempre  á  ostentar  su  orgullo 
haciendo  desprecio  de  la  autoridad  del  monarca  y  de 
las  leyes. 

Preveyendo  esto  seguramente,  los  más  decididos  de- 
fensores de  la  paz  y  tranquilidad  del  reino,  habían  con- 
seguido en  X219  que  el  Papa  tomase  bajo  su  protección 
la  persona  del  rey  con  el  reino  de  Aragón,  el  Principa- 
do de  Cataluña  y  el  señorío  de  Montpeller,  siendo  el 
consejo  real  de  nombramiento  del  Sumo  PontíBce,  y 
teniendo  este  consejo  una  autoridad  suprema  en  nom- 
bre del  monarca;  pero  todo  esto  era  dique  insuñciente 
para  contener  el  oi^llo  desmedido  ylas  imprudentes 
contiendas  de  los  magnates.  También  con  la  intención 
probable  de  robustecer  el  poder  de  un  rey  mozo  en  de- 
masía, se  trató  de  enlazarlo  con  Castilla,  y  se  aconsejó 
á  D.  Jaime  que  tomase  por  esposa  á  Leonor,  hija  del 
Alfonso  VIII  de  León  y  III  de  Castilla,  y  hermana  de 
la  reina  Berenguela,  madre  que  fué  de  Femando  el  San- 
to. D.  Jaime,  aun  cuando  sólo  acababa  de  cumplir  trece 
años,  cedió  sin  embargo  á  las  insinuaciones  de  sus  con- 


240 


VÍCTOR  BALAGUER 


sejeros,  que  acaso  intentaban  con  este  enlace  alejarlos 
riesgos  que  de  otro  modo  podían  amenazar  á  su  persona 
y  al  país. 

Los  esponsales  se  verificaron  en  6  de  Febrero  de  1221 
en  la  villa  de  Agreda^  á  donde  fué  D.  Jaime  y  á  donde 
acudieron  asimismo  los  reyes  de  Castilla,  al  par  que  los 
principales  magnates  de  este  último  reino  y  de  los  de  Ara- 
gón y  Cataluña.  Según  costumbre,  el  rey  señaló  en  arras 
á  la  reina  las  villas  de  Daroca,  Pina,  Epila,  Uncastillo, 
con  la  ciudad  de  Barbastro ,  Tamarít  de  San  Esteban, 
Montalván ,  Cervera ,  y  las  montañas  de  Prades  y  Ciu- 
rana.  De  Agreda  pasaron  los  recién  casados  á  velarse 
en  Tarazona,  donde  el  rey  fué  armado  caballero,  ciñén- 
dose  por  si  mismo  la  espada  que  estaba  sobre  el  altar. 
Para  la  celebración  de  este  enlace  no  se  tuvo  en  cuenta 
el  parentesco  que  mediaba  entre  ambos  consortes,  como 
biznietos  que  eran  del  emperador  D»  Alfonso,  y  así  fué 
que  al  cabo  de  pocos  años  lo  anuló  el  Sumo  Pontífice, 
de  manera  que  la  reina  repudiada  hubo  de  retirarse  al 
monasterio  de  las  Huelgas  de  Burgos,  acabando  aUi 
sus  días. 

Celebrado  su  matrimonio,  D.  Jaime  y  Doña  Leonor 
se  dirigieron  á  Huesca,  á  donde  nuevamente  se  había 
llamado  á  Cortes  á  los  aragoneses,  y  en  ellas  confirmó 
el  monarca  por  siete  años,  como  hiciera  en  las  de  Lé- 
rida, la  moneda  jaquesa  que  el  rey  su  padre  mandara 
labrar.  Fué  esto  por  él  mes  de  Abril  1. 

Los  dos  esposos  anduvieron  visitando  las  ciudades 
de  Aragón  y  Cataluña,  permaneciendo  algún  tiempo  en 
Zaragoza,  y  pasando  por  fin  á  Daroca^  para  donde  se 
habían  convocado  Cortes  por  Marzo  de  1222  ^» 


1  Zurita,  Ub.  n,  cap.  LXXVI. 

2  ídem,  id. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXV.       24I 


CAPÍTULO  XXV. 

D.  Guerau  de  Cabrera  se  presenta  al  rey  para  prestarle  homenaje  por  el 
condado  de  Urgel. — Condiciones  con  que  se  le  dio  el  condado. ^Rom- 
pimiento entre  Guillermo  de  Moneada  y  el  conde  del  Rosellón. — El 
de  Moneada  entra  en  Rosellón. — El  rey  marcha  contra  el  de  Monea- 
da.— Liga  entre  los  nobles. — Los  coaligados  se  apoderan  de  la  per- 
sona del  rey. — Opresión  del  rey. — D.  Jaime  en  Monzón  y  en  Tortosa. 
—Fuga  del  rey  y  llamamiento  á  los  barones  del  reino. — El  rey  moro 
de  Valencia  tributario  de  D.  Jaime. — Encuentro  del  rey  con,  Pedro 
Ahones,  y  muerte  de  éste. 

(De  1222  A  1225.) 

Ya  había  cumplido  el  rey  los  catorce  años  cuandase 
reunieron  las  Cortes  en  Daroca,  y  finalizado  había  tam- 
bién el  año  que  hubo  de  pasar  sin  tener  trato  íntimo  con 
su  esposa,  á  causa  de  su  menor  edad.  El  joven  monarca 
daba  ciertamente  muestras  de  gran  entereza,  superior 
á  sus  pocos  años,  pero  llevábanle  á  mal  traer  sus  ricos- 
hombres,  bulliciosos  por  demás  y  por  demás  soberbios. 

Hallándose  en  Daroca  en  1222,  se  le  presentó,  para 
hacerle  reverencia,  dicen  las  crónicas,  D.  Guerau  de 
Cabrera,  que  se  titulaba  conde  de  Urgel.  Explicadas 
quedan  ya  la  contienda^  que  éste  tuviera  con  el  rey  Don 
Pedro.  Muerto  éste  en  la  batalla  de  Muret,  el  de  Ca- 
brera aprovechó  la  menor  edad  de  D.  Jaime  para  vol- 
ver á  tomar  las  armas,  apoderándose  de  todo  lo  que 
pudo  haber  en  el  condado  de  Urgel,  y  se  presentó  en 
Daroca  al  rey  para  que,  recibiéndole  homenaje,  le  con- 
firmase con  aceptarlo  en  la  posesión  de  este  condado. 
Sin  embargo,  no  quedó  el  de  Cabrera  en  gracia  del  rey 
tan  cumplidamente  como  pensaba,  ni  sus  negocios  tan 
acertados  como  él  quería,* pues  D.  Jaime  no  quiso  por 

TOMO  XI  16 


242  VÍCTOR  BALAGUBR 

el  pronto  entender  en  ellos,  prometiéndole  que  luego 
iría  á  Cataluña  para  poner  mano  en  todo. 

Y  efectivamente  fué,  pues  por  las  crónicas  se  halla 
que  estaba  en  Tarros,  villa  pequeña  del  condado  de 
Urgel,  situada  entre  Balaguer  y  Lérida,  el  día  21  de 
Diciembre  de  aquel  mismo  año  de  1222.  Allí  se  le  pre- 
sentó de  nuevo  el  Guerau  de  Cabrera  como  conde  de 
ürgel,  y  oyó  el  rey  sus  pretensiones  asistido  por  un 
consejo,  que  lo  formaban  su  esposa  Doña  Leonor,  sus 
tíos  el  conde  D.  Sancho  y  D.  Fernando,  el  mayordomo 
del  reino  D.  Artal  de  Luna ,  su  primo  D.  Ñuño  Sán- 
chez, su  consejero  D.  Pedro  Abones,  y  otros  ricos-hom- 
bres de  cuyo  nombre  no  se  hace  mérito.  En  esta  so- 
lemne audiencia  perdonó  D.  Jaime  al  de  Cabrera  los 
hurtos,  incendios  y  males  por  él  y  sus  valedores  oca- 
sionados en  la  pasada  guerra  contra  el  rey  D.  Pedro,  y 
le  prometió  guardar  todo  lo  que  los  nobles,  barones  y 
síndicos  de  universidades  le  habían  prometido  después 
de  la  muerte  del  rey  su  padre ,  que  era  dejarle  el  con- 
dado de  Urgel  con  título  de  conde,  pero  con  reserva  de 
feudo  al  monarca,  con  reconocimiento  de  fidelidad  á  los 
reyes  y  condes  de  Barcelona,  y  con  obligación  de  estar 
á  derecho  con  Doña  Aurembiaix  ante  el  rey,  en  caso 
de  pedir  ella  por  justicia  el  condado  i. 

Grandes  acontecimientos  se  iban  preparando  entre 
tanto  en  el  reino,  comenzados  por  las  turbaciones  que 
movieron  dos  magnates  principales,  quienes  levantaron 
tropas  y  guerrearon  uno  contra  otro,  como  pudieran 
haberlo  hecho  dos  potentados  mayores  é  independientes. 
D.  Ñuño  Sánchez^  hijo  del  conde  D-  Sancho,  tío  del 
rey,  y  D.  Guillermo  de  Moneada,  vizconde  de  Beam  2, 

1  Monfar,  Historia  de  los  condes  de  Urgel,  cap.  LV.— Zurita,  lib.^í 
cap.  LXXVII. 

2  Este  Guillermo  de  Moneada;  vizconde  de  Bearn,  de  que  habí 
nuestras  crónicas,  era  hijo  del  Guillermo  Ramón  de  Moneada,  mata<! 


;  cataluíSa.— UB.  V.  cap.  xxv.  243 
i6n  sobre  un  azor  torzuelo,  y,  como 
muchas  veces  sucede,  de  tan  insigniñcante  origen  par- 
tieron gravísimos  sucesos.  Trabáronse  de  palabra  los 
dos  caballeros,  y  el  de  Moneada  juró  vengarse  con  las 
armas  en  la  mano,  convirtiéndose  en  odio  profundo  la 
amistad  que  hasta  entonces  habia  reinado  entre  ambos 
señores.  Cada  uno  de  ellos  buscó  en  seguida  auxiliares 
entre  sus  deudos  y  amigos,  y  la  mayor  parte  de  la  no- 
bleza se  dividió  en  dos  bandos,  consiguiendo  D.  Ñuño 
que  el  rey  se  pusiese  de  su  parte. 

Primo  era  de  D.  Ñuño  el  monarca,  y  al  saber  que  el 
de  Moneada  se  disponía  á  correr  las  tierras  de  su  rival 
y  á  entrar  en  el  Rosellón,  le  escribió  prohibiéndole  todo 
acto  hostil;  pero  la  autoridad  real  obraba  poco  en  el 
ánimo  de  aquellos  turbulentos^r  soberbios  vasallos,  y 
menos  aún  que  en  ninguno  influía  la  palabra  del  rey  en 
Guillermo  de  Moneada,  que,  al  orgullo  desmedido  que 
caracterizaba  á  su  familia,  unía  la  firme  é  invencible 
voluntad  de  un  señor  independiente.  El  mensaje  del 
monarca  no  consiguió  otra  cosa  de  él  que  hacerle  ade- 
lantar sus  preparativos.  Partió  con  su  hueste,  atravesó 
los  Pirineos,  se  arrojó  sobre  las  tierras  del  conde  Don 
Sancho  y  de  su  hijo  D.  Ñuño,  y,  después  de  haberse 
apoderado  por  asalto  del  castillo  de  Avalri,  poco  lejano 
de  Perpiñán,  marchó  contra  esta  propia  ciudad  (1223). 
Los  perpiñaneses  tomaron  las  armas  en  bvor  del  hijo 
de  su  conde,  y  bajo  el  mando  de  Gisberto  de  Barbera, 
se  avanzaron  al  encuentro  del  de  Moneada,  que  derrotó 

M  arzobispo  de  Tarragoni.  que  entri'i  &  suceder  en  el  vizcondado  de 
Bcaní  'por  muerte  sin  hijo  de  su  hermano  gemelo  Gastún.  En  la  ge- 
nealogía lie  la  casa  de  Beam  se  llama  Guillermo  de  Montrate  y  um- 
;n  de  Uont-Calhaa  ú  de  Monle-Calano  al  que  nosotros  llamamos  de 
Meada,  y  que,  á  pesar  de  ser  aefior  de  Bcatne,  (iguia  en  nuestros  ana- 
leomo  uno  de  los  barones  dcD.  Jaime  á  quien  luego,  según  veremos, 
ompafió  á  la  conquista  de  Mallorca. 


244  VÍCTOR  BALAGUER 

á  Barbera  haciéndole  prisionero.  La  nueva  de  la  atre- 
vida empresa  del  vizconde  de  Bearn ,  puso  en  conmo* 
ción  á  toda  Cataluña,  y  Ramón  Folch ,  vizconde  de  Car- 
dona, enemigo  particular  del  de  Moneada,  se  dirigió  con 
numerosa  hueste  al  Rosellón,  en  apoyo  y  auxilio  de  Don 
Ñuño.  Por  su  parte,  D.  Jaime,  viendo  el  desprecio  que 
de  su  mensaje  hiciera  Guillermo,  se  apresuró  á  reunir 
hasta  400  caballeros  de  su  mesnada,  y,  penetrando  en 
Cataluña,  se  arrojó  de  improviso  sobre  las  tierras  del 
de  Moneada  y  de  sus  valedores,  tomándoles  i3o  forta- 
lezas entre  torres  y  castillos,    entre  otros  Cervelló, 
del  cual  se  apoderó  en  trece  días.  Seguidamente  se  pre- 
sentó ante  el  castillo  de  Moneada,  situado  en  una  emi- 
nencia cerca  de  Barcelona,  donde  estaba  Guillemio 
con  i3o  caballeros  d^  los  suyos,  y  le  intimó  que  le 
abriese  las  puertas.  El  vizconde  de  Bearn  respondió 
soberbiamente  que  no  haría  tal  mientras  el  rey  se  lo 
pidiese  al  frente  de  una  hueste,  y  D.  Jaime,  entonces, 
asentó  su  campamento  y  puso  cerco  á  la  plaza.  Suce- 
dió, empero,  lo  mismo  que  en  Albarracín.  El  secreto 
apoyo  que  hallaba  Guillermo  de  Moneada  en  los  nobles 
que  acompañaban  á  D.  Jaime  y  las  inteligencias  que 
tenía  entre  ellos,  le  proporcionaban  los  medios  de  apa- 
recer arrogante  impunemente.  Los  mismos  sitiadores 
le  facilitaban  víveres,  le  daban  noticia  de  los  movimien- 
tos,  le  informaban  de  todo;  y  el  rey,  después  de  tres 
meses,  se  vio  obligado  á  levantar  el  cerco,  con  harto 
menoscabo  de  su  autoridad  y  harto  ensoberbecimiento 
de  su  enemigo,  que  tornó  á  emprender  sus  hostilidades, 
apoderándose  de  Tarrasa,  de  Serbos,  y  marchó  sobre 
Piera,  si  bien  no  logró  penetrar  en  esta  villa. 

Ya  entonces  la  oposición  del  de  Moneada  comenzó  á 
tomar  un  carácter  más  marcado  de  rebeldía,  y  abandon 
su  colorido  de  guerra  particular  para  tomar  el  de  guer 
política.  Apoyada  por  este  poderoso  magnate,  se  fom 


\ 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXV.       245 

una  liga  entre  todos  los  caballeros  que  querían  dominar 
al  rey  para  repartirse  los  honores  y  gobernar  en  nombre 
del  monarca;  yi  como  por  encanto,  desaparecieron  en- 
tonces los  motivos  de  odio  que  se  tenían  D.  Ñuño  Sán- 
chez y  el  de  Moneada,  quienes  trataron  y  convinieron 
entre  sí  secretamente.  Fueron  arrastradas  también  á 
esta  liga  las  ciudades  de  Zaragoza,  Huesca  y  Jaca.  Los 
jefes  eran  el  infante  D.  Fernando,  tío  del  rey,  que,  á 
pesar  de  ser  abad  de  Montearagón,  gustaba  de  andar  en 
cabalgadas,  tomar  parte  en  rebatos  y  promover  distur- 
bios; D.  Guillermo  de  Moneada  y  D.  Pedro  Abones. 
Hallábase  D.  Jaime  en  Alagón,  rodeado  de  caballe- 
ros que  creía  adictos  á  su  persona,  cuando  recibió  un 
mensaje  de  parte  de  su  tío  D.  Fernando,  del  de  Mon- 
eada y  del  de  Abones,  participándole  que  iban  donde  él 
estaba  para  ponerse  á  su  servicio  y  conformarse  con  su 
voluntad.  Acogió  el  rey  benévolamente  el  mensaje,  pero 
encargó  á  Ñuño  Sánchez  y  á  Pedro  Fernández  que  no 
dejasen  penetrar  en  la  plaza  más  que  á  cinco  caballeros 
de  la  compañía  de  aquellos  barones,  aposentando  su 
gente  en  los  lugares  inmediatos;  pero  el  ingrato  Don 
Ñuño  se  había  entendido  ya  y  convenido  con  los  de  la 
liga,  formaba  parte  de  ella  también,  y  dejó  entrar  en 
Alagón  á  más  de  200  caballeros.  El  objeto  era  apode- 
rarse de  la  persona  del  rey,  para  que  fuese  un  maniquí 
en  sus  manos  y  pudiesen  ellos  gobernar  el  reino  á  su 
antojo,  bajo  la  ilusoria  regencia  del  infante  D.  Fer- 
nando. Los  jefes  de  la  liga  hablaron  al  rey  un  lenguaje 
muy  reverente  en  apariencia  y  le  indujeron  á  pasar  á 
Zaragoza,  donde  le  dijeron  que  podía  ordenar  más  có- 
modamente sus  negocios,  estando  ellos  por  su  parte  dis- 
Duestos  á  cumplir  todo  lo  que  les  mandase.   Lo  que 
uerían  era  llevarle  á  Zaragoza,  á  donde  fué,  efectiva- 
nente,  engañado,  y  en  donde  se  encontró  prisionero  de 
'US  barones.  De  tal  modo  le  tenían  preso,  que  pusieron 


246  VÍCTOR  BALAGUBR 

guardia  á  su  persona,  y- hasta  los  encargados  de  vigi* 
larle  dormían  en  su  propia  estancia  y  en  la  de  la  reina. 

£1  rey  se  quejó  amargamente  á  varios  de  sus  nobles, 
entre  ellos  á  D.  Pedro  Abones,  de  la  conducta  que  con 
él  se  seguia,  pero  nada  pudo  conseguir.  Un  día  se  le 
presentó  Guillermo  de  Moneada,  y  le  hizo  prometer  que 
enmendaría  los  daños  hechos  en  sus  tierras  dándole 
20.000  morabatines,  á  lo  cual  se  vio  precisado  á  acce- 
der, lo  propio  que  á  otras  muchas  exigencias.  Durante 
algún  tiempo,  D.  Fernando  ejerció  el  mando  supremo 
en  nombre  del  rey,  pero  no  bastó  á  satisfacer  á  los  no- 
bles, algunos  de  los  cuales  comenzaron  á  hacerle  opo- 
sición. «D.  Fernando,  D.  Guillermo  de  Moneada  y  Don 
Ñuño,  dice  el  rey  en  la  historia  de  su  vida,  se  repartían 
entonces  los  honores  de  Aragón,  y  escudándose  en  que 
eran  consejeros  nuestros,  hacíanlo  según  su  antojo.t 
Como  D.  Jaime  no  dejaba  de  tener  algunos  amigos  lea- 
les, intentó  persuadir  á  la  reina  á  que  se  fugasen  de  no- 
che por  una  ventana;  pero  no  pudo  reducirla  á  tomar 
semejante  resolución,  y  fué  necesario  esperar  que  lucie- 
sen para  ellos  más  serenos  días. 

En  1224  parece  que  el  rey  estuvo  en  Monzón,  siem- 
pre acompañado  de  sus  barones  carceleros,  y  es  fama 
que  allí  tuvo  lugar  una  nueva  ccmfederación  de  mag- 
nates, so  pretexto  de  acabar  con  la  opresión  del  rey  y 
atender  al  bien  del  país,  pero  en  realidad  para  entrar  á 
repartirse  los  empleos,  las  rentas  y  los  honores  aquéllos 
que  no  habían  podido  conseguirlo.  £1  resultado  fué,  que 
aumentaron  más  aún  las  turbaciones  del  reino.  De 
Monzón  volvió  D.  Jaime  á  Zaragoza,  donde  á  14  de 
Marzo  de  i225  confirmó  los  privilegios  y  franquicias  de 
dicha  ciudad,  y  luego,  sin  saberse  la  razón,  se  trasla- 
dó á  Tortosa,  acompañándole  en  clase  de  consejeros  1( 
obispos  de  Zaragoza,  de  Huesca,  de  Lérida  y  de  Tara 
zona;  el  infante  D.  Fernando  y  D.  Ñuño  Sánchez,  De 


«.TALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXV.       247 

ia,  vizconde  de  Bearne;  D.  Guí- 
>ncada,  senescal  de  Cataluña;  otro 
da,  D.  Pedro  Fernández  de  Alba- 
ya  reconciliado  con  él;  D.  Pedro 
>s, 

tosa,  encontró  el  rey  medio  de  es- 
sus  ricos-hombres.  Fugóse  de  la 
vigilancia  de  sus  guardas,  y  refu- 
cercano  llamado  Horta,  que  per- 
ios,  despachó  desde  alli  cartas  de 
roñes,  que  tenían  las  villas  y  lu- 
lonor,  citándoles  para  Teruel,  des- 
Lcer  entrada  en  tierras  de  moros, 
lo  que  en  realidad  quería  era  ba- 
ñas huestes  para  infundir  respeto 
íD  que  para  ofender  á  los  extraños, 
lamamiento  real:  al  llegar  el  día 
•arecieron  D.  Blasco  de  Alagón, 
D.  Ato  de  Foces,  debiendo  el  rey 
:ios  en  aquella  ocasión  á  un  amigo 
ciudadano  de  Teruel,  que  se  11a- 
)s  ó  Muñoz. 

,as  estuvo  esperando  D.  Jaime  la 
lombres,  hasta  que  por  fin,  despe- 
ndonar  á  Teruel  y  dirigirse  á  Za- 
'  á  la  jomada  que  contra  moros 
argo,  consiguió  alguna  ventaja  á 
)to  las  hostilidades.  Cid  Abu  Zeyd, 
encia,  sabedor  de  la  expedición  á 
lerse  D.  Jaime,  le  envió  un  men- 
la  tregua  y  ofreciéndose  á  pagarle 
ta  parte  de  la  renta  que  le  produ- 
Valencia  y  Murcia,  sacando  los 
aragonés  se  apresuró  á  admitir  es- 
ero  DO  fué  sin  disgusto,  pues  hu- 


248  VÍCTOR  BALAGUER 

biera  querido  ganarlas  espada  en  mano,  más  bien  que 
deberlas  al  terror  producido  por  una  empresa  que  no 
había  de  realizarse  1  • 

1     Nuestros  analistas  y,  siguiéndoles  a  ellos,  los  historiadores  mo- 
dernos, cuentan  esto  de  diverso  modo.  Dicen  que  el  rey  D.  Jaime  llegó 
á  entrar  en  tierra  de  moros,  y  que  puso  sitio  á  Pefiíscola,  cuya  plaza 
resistió  á  todos  los  asaltos  de  los  agresores,  viéndose  por  fin  el  joven 
ley  obligado  á  levantar  el  cerco,  ya  por  la  heroica  defensa  de  los  ene- 
migos, ya  también  por  no  haberle  llegado  los  socorros  que  esperaba  de 
sus  magnates;  pero  añaden  que,  antes  de  alzar  el  campo,  estipuló  con 
los  moros  la  tregua  de  que  se  hace  mención  en  el  texto.  Yo  me  atrevo 
á  creer  que   nuestros  analistas  han  sido  inducidos  á  error  en  este  punto, 
y  voy  á  dar  la  razón  en  que  me  apoyo.  £1  cerco  de  Peñiscola  pudo  muy 
bien  tener  lugar  por  aquella  época,  pero  es  á  todas  luces  evidente  que 
no  lo  puso  D.  Jaime  ni  estuvo  en  él.  No  habla  de  ello  en  la  historia 
que  escribió  de  su  propia  vida,  y  es  de  suponer  que  no  hubiera  descui- 
dado el  hacer  mención  de  un  hecho  tan  importante.  Al  contrario,  dice 
en  términos  categóricos  que  no  estuvo  por  entonces  en  tieira  de  moros, 
como  puede  juzgarse  por  los  párrafos  de  su  crónica  que  traslado  á  con- 
tinuación. Hablando  de  la  empresa  que  contra  los  moros  valencianos 
proyectó  así  que  pudo  escaparse  de  Tortosa,  escribe  con  referencia  á 
Pascual  Muñoz:  "Aprontónos  cuanto  necesitábamos  para  tres  semanas; 
„mas  cuando  llegó  el  día  en  que  debían  venir  á  Nos  los  ricos-hombres 
»de  Aragón,  no  hicieron  tal,  y  sí  solamente  comparecieron  D.  Blasco 
„de  Alagón,  D.  Artal  de  Luna  y  D.  Ato  de  Foces;  y  viendo  que  no 
„  llegaban  el  día  señalado,  por  su  tardanza  tuvimos  que  comemos  los  vi- 
„  veres  qiu  Juibiamos  preparado  para  entrar  en  tierra  de  mor  os. ^  Y  dice 
en  el  mismo  cap.   XXIV,  algunas  líneas  más  abajo  de  éstas:  "Pasa- 
^das  las  tres  semanas  antedichas,  como  habíamos  consumido  antes  de 
„  tiempo  los  víveres  que  habían  de  servirnos  en  la  cabalgada,  nos  sali- 
„mos  de  Teruel  y  entramos  en  Aragón. .  Esto  es  terminante,  pero  aún 
hay  más.   En  el  siguiente  cap.  XXV,  explica  D.  Jaime  cómo  se  en- 
contró con  D.  Pedro  Abones  camino  de  Zaragoza,  y  entre  las  reconven- 
ciones que  le  dirige,  le  dice  estas  palabras:  ''Os  hemos  esperado  en  Te- 
„niel  más  de  tres  semanas,  pues  ya  sabéis  que  con  vos  y  los  rícos-hom- 
„bres  de  Aragón  teníamos  pensado  hacer  una  buena  cabalgada.  Y  la  lia- 
^mamos  así  buena  cabalgada,  porque  aún  no  habernos  visto  moros  de  gut 
»rray  ¡que  ojalá  los  hubiésemos  podido  ver  y  aquí  estuvieran!  Y  como  vo 
«faltasteis— prosigue  hablando  D.  Jaime,— aconsejónos  todo  el  mund 
«que,  con  tan  pocos  caballeros  como  teníamos  en  Teruel,  no  entrcuem 


ALUNA. — LIB.  V.  CAP.  XXV.       249 

abandono  en  que  le  dejaran  sus 
luspender  una  jomada  que  ansia- 
ba, por  lo  muy  ganoso  de  gloría  que  se  sentía,  iba  Don 
Jaime  camino  de  Teruel  á  Zaragoza,  cuando  al  llegar 
á  la  segunda  aldea  que  se  halla  debajo  de  Calamocha; 
tropezó  con  una  compañía  de  5o  á  6o  caballeros,  man- 
dada por  D.  Pedro  Abones,  uno  de  los  jefes  principa- 
les de  la  liga.  Iban  en  cabalgada  á  correr  por  cuenta 
propia  las  tierras  de  moros.  D.  Jaime  invitó  al  de  Abo- 
nes á  volverse  con  él,  pero  el  caballero  dióle  por  con- 
testación que  tuviese  á  bien  no  retardarle  en  manera  al- 
guna el  viaje. 

— D.  Pedro  Abones,   respondióle  entonces  el  real 
'  mancebo  i ,  por  ir  una  legua  conmigo  no  perderéis  gran 
tiempo. 

Accedió  D.  Pedro,  y  juntos  tomaron  la  vuelta  de  Bur- 
báguena,.donde  entraron  en  una  casa  que  era  de  los 
templarios.  Al  llegar  allí,  D.  Jaime  reconvino  agria- 
mente al  de  Abones,  diciéndole  que  por  él  y  por  los  su- 
yos se  habla  visto  precisado  á  abandonar  la  empresa  que 
contra  los  moros  de  Valencia  proyectara,  habiendo  te- 
nido que  aceptar  por  ñn  la  tregua  con  que  el  monarca 
valenciano  le  acababa  de  brindar.  Su  razonamiento  ter- 
minó con  la  intimación  al  caballero  de  que  por  ningún 
motivo  tratase  de  entrar  en  tierra  de  moros,  pues  sería 

.ot  litrra  di  in^elu..  Creo,  pues,  bastante  categórica  esta  dec1iiraci6n 
de  D.  Jaime  pira  poder  asegurar  que  es  un  error  lo  del  Sllio  de  Peliís- 

«uc). 

1  Palabras  mismas  del  rey.  En  la  relación  de  los  sucesosque  se  cuen- 
Ui  en  este  capitulo,  he  tomado  por  guía  la  propia  crunica  de  D.  Jai- 
me, sin  perder  por  esto  de  vista  los  anales  de  Zurita,  quien  da  A  veces 
ponnenores  que  en  aquélla  no  se  hallan. 

<*)  Pbk  al*  Dotí  en  U  primen  edicitm,  y,  bien  medilidí,  U  lOslengoeD  eiu 
MiUBd(,iiiiicuiuidDv«feCh.deTaariou]6DykotroaÍD8l>IireD  que  D.  Jiime  puo 
■Mo  i  PeMKain,  apoTiuidMo  en  dosumeaiot  jntditoi.  Vilgi  por  lo  que  vilgí,  ah\ 


250  VÍCTOR   BALAGUER 

esto  quebrantar  la  promesa  y  pacto  del  monarca  en  me- 
noscabo de  la  autoridad  real;  pero  D.  Pedro,  con  falta 
de  cortesía  y  sobra  de  desenfado,  replicó  que  él  y  su  her- 
mano, el  obispo  de  Zaragoza  D.  Sancho  Abones,  ha- 
bían hecho  grandes  gastos  para  tal  expedición,  y  que  por 
lo  n^ismo  no  volverían  un  paso  atrás  hasta  haber  logra- 
do alguna  ventaja  sobre  los  moros. 

Encolerizóse  el  rey,  y  al  ver  el  empeño  con  que  sos- 
tenía el  de  Abones  su  tenacidad,  le. dijo  violentamente: 

— Pues  no  me  queréis  obedecer,  yo  quiero  que  seáis 
preso. 

Al  oir  esto,  D.  Pedro,  faltando  á  la  dignidad  de  caba- 
llero y  á  la  misión  de  buen  vasallo,  requirió  su  espada; 
pero  el  rey  se  arrojó  sobre  él  con  tal  ligereza  y  le  detu- 
vo con  tanta  fuerza,  que  no  le  permitió  acabarla  de 
sacar.  Y  esto  que  era  D.  Jaime  entonces  un  joven  de 
sólo  diez  y  siete  años,  y  D.  Pedro  uno  de  los  más  robus- 
tos y  más  esforzados  caballeros  de  su  época. 

Acudieron  al  ruido  las  gentes  del  séquito  de  D.  Pc- 
dro/  y  viendo  el  lance  apurado  en  que  se  hallaba  su  se- 
ñor, ayudáronle  á  desasirse  de  entre  las  manos  del  rey, 
de  las  que  él  no  había  conseguido  soltarse  á  pesar  de 
su  robustez.  En  seguida,  saliendo  todos  con  precipita- 
ción de  la  casa  donde  había  tenido  lugar  esta  escena, 
montaron  á  caballo  y  dieron  á  huir  hacia  el  castillo  de 
Cutanda,  que  era  del  obispo  de  Zaragoza.  D.  Jaime, 
que  á  todo  esto  se  había  hallado  solo  y  sin  armas,  lla- 
mó á  los  suyos,  vistióse  un  perpunte  y  ciñóse  las  ar- 
mas, y  montando  en  un  caballo  que  le  prestó  un  caba- 
llero, echó  á^correr  seguido  de  unos  pocos  tras  de  los 
fugitivos. 

Largo  trecho  corrieron  unos  y  otros,  hasta  que  vien- 
do D.  Pedro  Abones  fatigado  su  caballo  por  tan  la 
carrera  y  por  el  peso  de  sus  armas,  decidióse  á  espe 
á  sus  perseguidores  y  á  hacerse  fuerte  en  un  cerro 


CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXV.       «5! 

cuai  snoio  con  20  o  3o  de  los  suyos.  D.  Jaime  no  tenia 
á  la  sazón  á  su  lado  más  que  dos  caballeros,  el  de  Gu- 
dar  y  el  de  Pomar;  pero  mirando  sólo  á  su  valor  y  no 
pensando  más  que  en  satisfacer  su  enojo,  quiso  acometer 
la  empresa  subiendo  al  cerro  por  un  atajo,  ínterin  lle- 
gaban sus  gentes  que  por  el  camino  se  habían  retardado. 
Cuando  D.  Jaime  estuvo  ya  cerca  del  sitio  donde  se 
hallaban  sus  contrarios,  desenvainó  su  espada  agitán- 
dola en  el  aire,  y  gritando  ¡Aragón!  ¡Aragón!  desem- 
bocó en  el  cerro  y  se  arrojó  hacia  ellos.  A  la  vista  del 
rey,  y  al  nombre  mágico  de  la  patria  invocado  por  el 
jefe  de  ella  en  tan  solemne  momento,  todos  los  caballe- 
ros que  con  D.  Pedro  se  hallaban  le  abandonaron,  que- 
dando sólo  con  él  su  leal  escudero  Martín  Pérez  de  Mez- 
quita, decidido  como  leal  á  seguir  la  suerte  que  cupie- 
ra á  su  señor. 

D.  Pedro  se  dispuso  á  hacer  frente  á  todo  y  á  no  ren- 
dirse, temiendo,  como  en  efecto  debia  temerlo,  todo  en 
aquel  acto  de  la  cólera  del  monarca;  defendióse,  pues, 
como  un  león  sañudo  y  acosado,  pero  cedió  al  impulso 
de  la  lanza  de  Sancho  Martínez  de  Luna,  sobrevenido 
en  aquel  entonces,  que  entrándole  por  la  escotadura  de 
la  loriga,  le  penetró  en  el  lado  derecho,  de  cuya  herida 
le  faltaron  luego  las  fuerzas,  de  modo  que  por  no  dar 
en  tierra  se  abrazó  al  cuello  del  caballo.  A  vista  de  esto, 
el  rey  descabalgó  del  suyo  con  presteza,  y  abalanzán- 
dose hacia  él,  le  recibió  en  sus  brazos,  diciéndole  con 
semblante  compasivo  y  triste: 

— En  mal  punto  vinisteis  á  parar,  D.  Pedro  Ahones; 
valla  más  que  hubieseis  creído  lo  que  aconsejado  os  ha- 
bíamos. 
Acababa  apenas  el  rey  de  pronunciar  estas  palabras, 
liando  llegó  D .  Blasco  de  Alagón  á  todo  escape,  al  fren- 
:  de  algunos  caballeros  que  blandían  sus  lanzas. 
— Señor,  dijo  D.  Blasco  al  rey,  dejadme  alancear  á 


'  'J1 


252  •       VÍCTOR  BALAGUER 

este  león$  en  venganza  de  las  demasías  que  os  ha  hecho. 

Pero  entonces  el  clemente  y  generoso  joven,  que  abri- 
gaba por  el  momento  en  su  corazón  tanta  piedad  como 
cólera  había  guardado  antes,  cubriendo  con  su  cuerpo 
al  herido  caballero,  contestó  á  D.  Blasco: 

— Dios  os  confunda  por  las  palabras  que  habláis, 
D.  Blasco;  y  os  digo  ahora  que  antes  que  á  D.  Pedro 
Abones  hiráis,  tendréis  que  herirme  á  mí. 

Detuvo  su  intención  D.  Blasco  al  oir  las  nobles  pa- 
labras del  real  mancebo,  y,  dejando  su  lanza,  ayudó  á 
poner  al  herido  sobre  un  caballo;  pero  antes  de  llegará 
Burbáguena  exhaló  el  último  suspiro,  y  ya  sólo  cadáver 
lo  llevaron  al  pueblo. 

Era  el  muerto  caballero,  uno  de  los  más  poderosos 
del  reino:  poseía  la  fortísima  villa  de  Bolea,  era  suyo 
todo  el  Sobrarbe,  mucha  parte  de  Ribagorza,  y  su  se- 
ñera feudal  flotaba  orgullosa  y  altiva  en  muchos  casti- 
llos de  la  montaña.  Su  muerte  produjo  nuevos  alterca- 
dos en  el  reino,  sirviéndose  de  este  pretexto  los  mal  con- 
tentos para  sus  fines  contra  el  rey,  y  siendo  jefe  de  los 
nuevos  disturbios  que  se  ocasionaron  el  infante  D.  Fer- 
nando. A  consecuencia  de  esto,  dividiéronse  todavía 
más  profundamente  los  nobles  en  facciones,  y  una  nue- 
va tempestad,  creciendo  terrible  en  el  horizonte  de  la 
política,  amagó  descargar  sobre  el  trono  del  joven  mo- 
narca. 


HISTORIA  DB   CATALUSa. — LIB.  V.  CAP.  XXVI.      253 


CAPÍTULO  XXVI. 


Loj  catalanes  acuden  en  auxilio  dtl  rey.— Saqueo  de  Alcovera  y  bal 
del  Castellar,— Cortes  en  Tortosa. — Toma  de  Ponciano  y  de  Cell 
-.-Lo  que  sucedió  al  rey  en  Huesca.  —Terminan  los  bandos. — ] 
trato  de  D.  Jaime. — Aurenibiaix  de  Urgel  se  presenta  al  rey  y  reí 
ma  el  condado. — Donación  de  Lérida  á  D.  Jaime.— El  rey  declar 
guerra  á  Guerau  de  Cabrera. — Se  apodera  de  varios  pueblos. — Ei 
en  Balaguer. — Se  le  entrega  Agraoiunt. — La  condesa  de  Urgcl  qu 
restablecida  en  sus  eslados. 

(Db  1225  A  1228.) 

Otra  vez  tuvo  entonces  D.  Jaime  que  hacerse  fue 
oponiendo  astucias  contra  astucias  y  armas  contra  : 
mas.  Su  solio  llegó  á  bambolear  en  medio  de  toe 
aquellos  choques;  pero  su  fuerza  de  voluntad,  su  vai 
nil  entusiasmo,  su  extraordinario  ardor  le  sostuvien 
y  si  en  medio  de  aquella  deshecha  tempestad,  promo 
da  en  el  país  por  tan  opuestos  bandos,  otro  rey  hubii 
naufragado,  nuestro  joven  monarca— si  es  que  algí; 
vez  D.  Jaime  llegó  áser  joven, — pareció  crecerse  en 
peligros  arrostrándolos  con  frente  enhiesta  y  pecho 
león,  cual  si  tuviera  el  privilegio  de  disipar  con  su  i 
pecto  las  tormentas. 

Muerto  D.  Pedro  Abones,  dirigióse  el  rey  con 
gente  al  castillo  de  Bolea;  pero  ya  estaba  dentro  de 
muros  el  infante  D.  Fernando  con  su  hueste,  y  ti 
que  retroceder  encaminándose  á  Almud évar,  donde  p 
maneció  tres  semanas,  para  luego  pasar  á  Pertusa, 
cuyo  ponto  se  le  unió  Ramón  Folch  de  Cardona,  con 
ermano  Guillermo,  al  frente  de  6o  caballeros  catalán 

Ya  en  esto  todas  las  ciudades  de  Aragón,  excepto  ( 
itayud,  se  habían  alzado  contra  el  rey,  y  comenzó 


254  VÍCTOR  BALAGUBR 

tonces  una  verdadera  guerra  civil  de  sangre  y  extermi- 
nio. El  obispo  de  Zaragoza  D.  Sancho  Abones,  bata- 
llador como  todos  los  prelados  de  su  tiempo,  había 
juntado  mucha  gente  de  su  parcialidad,  y,  en  venganza 
de  la  muerte  de  su  hermano ,  se  arrojó  sobre  Alcovera 
tomándola  y  pasándola  á  saco  y  á  degüello.  En  cambio, 
D.  Blasco  de  Alagón  y  D.  Artal  de  Lima,  partidarios 
del  rey,  atravesaron  el  Ebro,  y  cayendo  sobre  una  hues- 
te de  zaragozanos  que  acampaba  junto  á  la  sierra  del 
Castellar,  la  derrotaron  por  completo  haciéndola' perder 
más  de  300  hombres  entre  muertos  y  prisioneros. 

Si  hemos  de  dar  crédito  á  Feliu  de  la  Peña  1,  el  rey 
nombró  por  general  en  jefe  de  sus  tropas  al  vizconde 
Ramón  Folch  de  Cardona,  y  debió  aprovechar  un  claro 
que  le  dejaron  libre  las  contiendas,  para  venirse  á  Tor- 
tosa,' donde  convocó  á  Cortesa  los  catalanes,  recibiendo 
de  éstos  los  auxilios  de  armas  y  dinero  que  necesitaba 
para  continuar  la  guerra  civil  de  Aragón. 

La  verdadera  campaña  comenzó  con  la  toma  de  Pon- 
zano,  de  que  se  apoderó  D.  Jaime  con  auxilio  del  viz- 
conde de  Cardona  y  de  su  gente,  pasando  luego  á  sitiar 
el  castillo  de  Celias,  que  tomó  también.  Formaban  en- 
tonces su  consejo  Ramón  Folch  de  Cardona,  Rodrigo 
de  Lizana,  Ato  de  Foces,  Ladrón  y  Pedro  de  Pomar. 
Aconsejaron  éstos  al  rey  que  se  suspendiesen  por  unos 
días  las  hostilidades,  ínterin  Aspargo,  arzobispo  de  Ta- 
rragona, que  se  ofreciera  á  ello,  mediaba  entre  ambos 
partidos  para  llevarlos  á  un  acomodamiento;  pero  todos 
los  buenos  deseos  del  noble  arzobispo  se  estrellaron  ante 
las  exigencias  de  los  del  bando  enemigo  de  D.  Jaime. 

Iba,  pues,  á  reanudarse  la  campaña,  cuando  el  rey  fué 
víctima  de  una  negra  traición.  Se  le  había  enviado  un 
mensaje  en  nombre  de  Huesca*,  rogándole  que  entra: 

1     Lib.  XI,  cap.  Vn  de  sus  Anales. 


LUNA. — LIB.  V.  CM».  XXVt.      255 

Dta  á  prestarle  obediencia.  Cre 
yoio  L>.  Jaime,  y  se  encaminó  á  la  ciudad,  con  la  pre 
visión  de  no  llevar  caballeros  armados,  siendo  reci 
bido  con  júbilo  al  parecer;  pero  á  las  aclamaciones  d 
su  recibimiento,  sucedió  por  la  noche  la  gritería  de  lo 
amotinados  que  cercaron  la  casa  en  que  moraba,  te 
niéndole  en  ella  como  prisionero.  Salió  el  rey  de  si 
posada  en  cuanto  amaneció,  y  á  caballo,  y  en  la  mism: 
plaza,  peroró  ante  la  turbulenta  y  amenazadora  mu 
chedumbre  que  podía  apenas  contener  el  Concejo  de  1. 
ciudad.  Enérgicamente  les  habló  el  monarca:  tYo  so; 
vuestro  señor  natural,  les  dijo  entre  otros  razonamien 
tos,  y  en  verdad  que  me  asombra  el  que  deba  guardar 
me  de  vosotros  é  ir  tan  prevenido  para  entrar  en  la 
dudades  que  Dios  me  ha  dado  y  que  mi  padre  me  dejó 
asi  como  me  pesa  que  haya  de  tener  guerra  con  ellas. 
El  discurso  del  rey  promovió  una  reunión  del  Concejo 
pero  el  resultado  fué,  que  se  cerraron  las  puertas  de  1; 
ciudad,  se  tendieron  cadenas  para  impedir  el  tránsit 
por  las  calles,  y  se  avisó  á  D.  Femando  y  á  los  suyo 
que  fuesen  apresuradamente  á  Huesca  donde  guardaba! 
prisionero  á  D.  Jaime. 

Éste,  empero,  fugóse  de  Huesca,  como  lo  hiciera  an 
tes  de  Tortosa.  Mientras  por  su  orden  se  comprabaí 
cameros  y  se  abastecía  el  palacio  de  víveres,  como  si  s 
tratase  de  una  larga  permanencia  en  él,  se  armaba  d 
punta  en  blanco,  y,  al  asomar  las  primeras  sombras  d 
la  noche,  se  hacía  abrir  la  puerta  que  daba  al  Isuela 
amenazando  al  llavero,  y  volaba  á  reunirse  con  el  viz 
conde  de  Cardona  y  demás  caballeros  de  su  mesnada 
á  quienes  halló  aterrados  y  fuera  de  sí  por  creerle  cau- 
tivo en  la  ciudad. 
La  presencia  de  ánimo  de  D.  Jaime,  su  ñrmeza,  su 
ironiles  bríos,  su  aplomo  y  serenidad  hasta  en  los  ma 
>res  peligros,  consiguieron  por  fin  hacer  cesar  los  dis 


256  vfCTOR  BALAGÜER 

turbios  y  disensiones ,  y  ante  el  rey  que  empuñaba  ya 
con  mano  ñrme  el  cetro,  desapareció  todo  aquel  nublado 
que  se  formaba  sobre  el  trono.  La  sierra  de  Alcalá  pre- 
senció un  día  la  entrevista  solemne  que  tuvieron  Don 
Jaime  y  los  principales  de  su  partido  con  D.  Feman- 
do y  los  magnates  del  suyo.  Nombráronse  mediado- 
res que  intervinieran  y  arreglaran  las  diferencias,  y  en  3i 
de  Marzo  de  1227  fué  dada  sentencia  arbitral  por  Aspa^ 
go,  arzobispo  de  Tarragona,  Berenguer,  obispo  de  Lé* 
rida  y  el  maestre  del  Temple  Francisco  de  Montpesat, 
decidiendo  las  cuestiones  que  el  rey  tenía  con  su  tío 
D.  Femando,  con  el  obispo  de  Zaragoza,  con  el  vizcon- 
de de  Beam,  y  con  los  varios  nobles  que  se  habían  con- 
federado contra  el  monarca,  turbando  la  paz  de  la  tiemí 
con  sus  facciones.  Por  esta  sentencia  quedó  deshecha  la 
liga  de  los  rebeldes,  obligáronse  éstos  á  portarse  con  el 
rey  como  buenos  vasallos,  se  comprometió  D.  Jaime  á 
tratarles  como  tales,  y  se  impuso  á  todos  la  obligación 
de  restituir  los  castillos,  lugares  y  haciendas  de  que  mu- 
tuamente se  habían  apoderado.  Con  tan  feliz  concordia 
tuvieron  fín  aquellos  bandos  que  habían  ensangrentado 
el  reino  y  hecho  bambolear  el  trono,  vio  D.  Jaime  res- 
tablecida la  tranquilidad  en  sus  estados,  y,  libre  de  estos 
sinsabores,  pudo  pensar  seriamente  en  acometer  las 
grandiosas  empresas  á  que  le  inclinaba  su  ánimo  levan- 
tado 1. 

Ya  en  esto  se  hallaba  el  rey  próximo  á  cumplir  los 
veinte  años  de  su  edad,  y  cuentan  de  él  que  era  el  me- 
jor mozo  y  más  gallardo  mancebo  del  orbe;  cosa,  en 
efecto,  innegable,  si  se  ha  de  dar  crédito  al  retrato  que 
de  él  nos  hacen.  «Era,  -dicen,  un  palmo  más  alto  que 
los  demás  hombres;  fornido  y  proporcionado  en  todos 

1     Crónica  del  rey  D.  Jaime. — Általes  de  Aragón, — Anales  de  C 
luna.  — Efemérides  de  Flotats. 


"■T- 


HISTORIA   DE  CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXVI.      257 

SUS  miembros;  el  rostro  lleno  y  colorado;  la  nariz  larga 
y  recta;  la  boca  bien  contorneada»  escondiendo  una  den*- 
tadura  tan  blanca,  que  parecía  una  doble  hilera  de  per- 
las; los  ojos  rasgados  y  negros;  los  cabellos  rubios  como 
el  oro;  las  manos  hermosas,  y  los  pies  mejores.»  Así 
nos  lo  pintan  los  cronistas  contemporáneos  i . 

Descansando  se  hallaba  en  Lérida  de  las  fatigas  y 
cuidados  en  que  tanto  le  dieran  que  hacer  los  nobles  con 
sus  revueltas,  cuando  se  presentó  á  él,  en  demanda  de 
justicia,  por  Julio  de  1228,  la  condesa  de  Urgel,  Doña 
Aurembiaix,  hija  del  conde  Armengol  y  de  la  condesa 
de  Subirats.  Acompañábala  su  padrastro  Guillen  de 
Cervera,  señor  de  Juneda,  uno  de  los  caballeros  más 
principales  de  Cataluña,  que  á  la  muerte  del  conde  Ar- 
mengol se  había  casado  con  su  viuda  Elvira  de  Subi- 
rats 2.  Doña  Aurembiaix  reclamó  al  rey  la  restitución 
de  los  bienes  de  su  padre,  diciéndole  que,  á  pesar  de  ser 
público  que  ella  era  hija  única  del  conde  Armengol  de 
Urgel,  y  que  como  tal  debía  ser  suyo  el  señorío,  el  viz- 
conde Guerau  de  Cabrera  se  lo  había  usurpado,  por  lo 
cual  pedía  amparo  y  protección  para  hacer  valer  su 
derecho. 

1  Áquest  rey  en  Jaciñe  fo  lo  pus  leyal  hom  del  mon,  que  ell  era 
major  que  altre  hom  un  palm,  e  era  molt  ben  format  e  complit  de  tols 
sos  menbres;  que  ell  havia  molt  gran  cara  e  vermella  e  flamenca,  el  ñas 
lonch  e  ben  dret,  e  gran  boca  e  ben  feyta,  grans  dents  bellas  e  blancas 
que  semblavan  perlas,  e  els  ulls  neyres,  e  bells  cabells  rossos  semblant 
de  fil  d'aur,  e  grans  spatllas ,  e  lonch  cors  e  delgat,  e'ls  brassos  grossos 
e  ben  feyts,  e  bellas  mans  e  lonchs  dits,  e  las  cuxas  grossas  per  lur  me- 
sura, e  los  peus  lonchs  e  ben  feyts  e  gint  calsants.  £  fo  molt  ardit  e 
prous  de  sas  armas,  valent,  e  larch  de  donar,  e  agradable  á  tota  gent,  e 
molt  misericordiós,  e  hach  tot  son  cor  e  sa  voluntat  de  guerretjar  ab 
sarrahins.  (Crónica  de  Bemat  Dtsclot^  eavaler.) 

2  Para  todo  lo  que  sigue  referente  al  condado  de  Urgel,  las  fuentes 
'  tan  en  la  crónica  de  D.  Jaime,  caps.  XXXIV  y  siguientes. — Zurita, 

►.  Ü,  cap.  LXXXVI. — Monfar,  cap.  LV,  y  Arte  de  comprobar  las  fe- 
I»,  tratado  de  los  condes  de  Urgel. 

TOMO  XI  17 


258 


VÍCTOR  BALAGUER 


D.  Jaime  que,  al  ceder  el  condado  de  Urgel  á  Gue- 
rau  de  Cabrera,  se  había  ya  reservado  para  el  caso  en 
que  reclamara  su  derecho  Doña  Aurembiaix,  llamó  á 
sus  consejeros,  y  de  acuerdo  con  éstos  comenzó  por 
nombrar  un  abogado  defensor  á  la  condesa,  recayendo 
la  elección  en  Guillermo  de  Cásala,  que  era  uno  de  los 
más  famosos  letrados  de  aquellos  tiempos.  La  condesa, 
antes  que  el  rey  entendiera  en  el  pleito,  le  hizo  do- 
nación de  los  derechos  que  como  condesa  de  Urgel  te- 
nía á  la  ciudad  de  Lérida  i;  se  comprometió  á  recibir 
el  condado  de  Urgel  en  feudo;  se  obligó  á  dar  acogida 
á  los  reyes  de  Aragón  y  sus  gentes,  así  en  tiempo  de 
paz  como  de  guerra,  en  nueve  castillos  del  condado, 
que  eran:  Agramunt,  Linyola,  Menargues,  Balaguer, 
Albesa,  Pons,  Oliana,  Calasans  y  Abelda,  y  prometió 
no  casarse  sino  con  la  expresa  voluntad  del  rey  2. 

Nombrado  ya  el  defensor  de  la  condesa  de  Urgel,  se 
emplazó  á  Guerau  ó  G^raldo  de  Cabrera  con  las  tres 
citaciones  de  costumbre,  no  compareciendo  á  la  prime- 
ra, pero  haciéndolo  por  él  á  la  segunda  Guillermo  de 
Cardona,  hermano  del  vizconde  Ramón  Folch.  Gui- 
llermo sostuvo,  en  nombre  del  de  Cabrera ,  que  no  es- 
taba obligado  á  comparecer  para  defender  unos  dere- 
chos que  poseía  ajusto  título  hacía  más  de  veinte  años; 
y  como  Guillermo  de  Cásala,  el  defensor  de  la  condesa, 
apoyase  su  demanda  en  razones  de  derecho,  Guillermo 
de  Cardona  replicó  que  tales  razones  no  eran  propias 
para  despojar  á  Guerau  de  su  condado,  dando  así  á  en- 
tender que  se  defendería  con  las  armas  en  la  mano. 


1  La  donación  de  la  ciudad  de  Lérida  al  rey  D.  Jaime,  hecha  por 
la  condesa  Aurembiaíx,  se  halla  en  la  crónica  de  los  condes  de  Ürgd 
por  Monfar,  tomo  I,  pág.  463. 

2  En  1203,  y  siendo  nifia,  habían  desposado  á  Dofia  Aurembi 
con  Alvar  Pérez,  hijo  de  D.  Pedro  Fernández  de  Castro;  pero  este  < 
lace  no  llegó  á  efectuarse. 


ATALUtiA. — LIB.  V.  CAP.  XXVI.      «59 

la  obstinación  del  de  Cabrera,  á 
ablandar  no  con  [tápeles  y  con  pa- 
labras, sino  poT  las  armas,  y  atendido  que  su  consejo  ha- 
bía decretado  que  los  estados  de  Urge!,  que  habian  sido 
de  Armengol,  pertenecían  de  derecho  y  sin  ningún  gé- 
nero de  duda  á  la  condesa  su  hija  y  heredera,  decidió 
poner  á  Doña  Aurembiaix  en  posesión  de  su  condado, 
declarando  la  guerra  al  de  Cabrera. 

Comenzó  D.  Jaime  la  campaña  apoderándose  de  Al- 
besa,  á  cuyo  hecho  de  armas  se  siguió  el  de  la  toma  de 
Menargues.  En  este  punto  se  unieron  á  su  escasa  hueste 
algunas  fuerzas  de  Aragón  y  Cataluña,  y  entonces,  con 
200  caballos  y  i.ooo  infantes,  marchó  sobre  Linyola, 
pueblo  grande  del  condado  de  Urgel ,  que  Guerau  de 
Cabrera  tenia  bien  abastecido  y  muy  fortificado.  Pronto 
cayó  Linyola  en  su  poder,  y  es  fama  que  en  el  asalto  de 
este  pueblo,  D.  Jaime  combatió  valerosamente  á  pie, 
confundido  entre  sus  soldados. 

Sin  detenerse  en  el  camino  de  sus  triunfos,  fué  á  po- 
ner cerco  á  la  ciudad  de  Balaguer,  acompañado  de  Gui- 
llermo  de  Moneada,  de  Guillermo  de  Cervera,  y  de  mu- 
thos  ricos-hombres  de  Aragón  que  se  le  acababan  de 
unir  en  número  de  400  caballeros.  La  ciudad  fué  recia- 
mente combatida,  pero  esforzadamente  se  sostuvo  al 
principio,  que  en  ella  estaban  Guerau  de  Cabrera  y  Gui- 
llermo de  Cardona  con  la  flor  de  sus  huestes.  Sin  em- 
bargo, los  habitantes  entablaron  inteligencias  con  los 
sitiadores,  y  Balaguer  se  rindió  á  D.  Jaime,  que  entró 
en  la  ciudad  con  la  condesa  de  Urge!,  restituyéndola 
asi  en  su  casa  y  estado  de  sus  padres,  después  de  vein- 
te años  que  el  vizconde  Guerau  de  Cabrera  la  había 
echado  de  ella,  siendo  en  el|acto  admitida  y  jurada  por 
ieñora,  mudando  los  oficios  y  dando  nuevo  gobierno  & 
a  población. 

Por  lo  que  toca  al  vizconde,  se  dirigió  á  Monmagas- 


26o  VÍCTOR  BALAGUER 

tre,  mientras  que  su  amigo  y  valedor  Guillermo  de  Car- 
dona corría  á  hacerse  fuerte  en  Agramunt.  No  pudo, 
empero,  lograr  su  propósito.  El  pueblo  estaba  deseoso 
de  seguir  el  ejemplo  de  Balaguer,  y  en  cuanto  vio  las 
señeras  de  D.  Jaime  y  el  campamento  real  en  la  sierra 
del  Almenar,  comenzó  á  demostrar  claramente  sus  de- 
seos, amotinándose  contra  la  fuerza  que  mandaba  el  de 
Cardona,  y  precisando  á  éste  á  escapar  de  la  villa  á  me- 
dia noche  con  algunos  amigos. 

Asi  fué  como  por  avenencia  ó  á  fuerza  de  armas  se 
dominaron  poco  á  poco  los  estados  de  Urgel,  y  como 
Guerau  de  Cabrera,  echado  y  despojado  de  ellos  á  pun- 
ta de  lanza,  sin  vasallos  ni  amigos,  y  en  desgracia  del 
rey,  adoptó  la  resolución  de  entrar  en  la  milicia  del 
Temple  i .  En  cuanto  á  la  condesa  Aurembiaix,  quedó 
desde  entonces  restablecida  en  los  estados  que  fueran 
de  su  padre,  y,  como  veremos,  recibió  luego  de  mano 
del  rey  un  esposo  digno  de  su  cuna  y  sus  riquezas. 

Esta  campaña  de  Urgel  acabó  de  dar  fama  á  D.  Jai- 
me, aumentó  su  reputación  de  buen  caballero  y  coronó 
su  renombre  de  valiente.  Sus  pueblos  debieron  comen- 
zar á  prometerse  y  á  esperar  mucho  del  que,  caballero 
al  par  que  monarca,  abandonaba  su  cetro  para  empu- 
ñar la  espada  y  se  constituía  generosamente  en  campeón 
del  derecho  y  de  la  justicia^  Las  esperanzas  que  conce- 
bir pudieran  no  tardaron  en  realizarse.  Había  llegado  ya 
para  D.  Jaime  la  hora  de  acometer  empresas  de  valia, 
empresas  que  no  hallasen  sólo  débiles  ecos  en  el  circui- 
to del  reino,  sino  que  resonasen  hasta  en  los  confines 
más  lejanos  de  la  cristiandad  absorta.  Dios  quiso  con- 
ceder á  D.  Jaime  lo  que  había  ya  concedido  á  los  Beren- 

1     £1  anal  de  Ripoll  da  indicios  de  que  el  rey  prendió  al  vizconde,  " 
que  éste  se  fugó  de  la  prisión  para  hacerse  templario.  Qui  Geraldus  c 
mesy  dice,  á  capiwne  ereptus  tácito  intravit  ordinsm  milita   lempli 
snortuus  fmt  ibi. 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — UB.  V.  CAP.  XXVII.      261 

guers  con  respecto  á  Cataluña:  la  facultad  de  hacer  el 
nombre  de  Aragón  europeo.  Tuvo  quizá  el  noble  y  real 
mancebo  la  secreta  convicción  de  que  no  era  sólo  en  la 
tierra  el  representante  de  un  gran  pueblo^  sino  también 
el  enviado  de  la  Providencia,  y  decidióse  á  llevar  acabo 
la  misión  que  le  había  impuesto  en  sus  secretos  desig- 
nios la  mano  omnipotente  que  le  ciñera  la  corona. 


CAPÍTULO  XXVII. 

Los  almohades  en  Mallorca. — Lo  que  sucedió  con  dos  saetías  de  Tarra- 
gODa. — Noble  comportamiento  del  embajador  catalán. — Reunión  de 
nobles  catalanes  en  Tarragona. — El  banquete  de  Pedro  Martell.— 
Discurso  de  Pedro  Martell. — Los  nobles  proponen  al  rey  la  conquis- 
ta de  Mallorca. — Palabras  del  rey. 

(1228.) 

Era  llegada  la  hora  de  que  el  estandarte  aragonés,  el 
pendón  de  las  barras,  tremolase  por  fin  y  para  siempre 
en  las  torres  de  Mallorca,  realizándose  la  esperanza  y  el 
deseo  predilecto  de  la  casa  de  Barcelona  y  de  Aragón. 

Al  apoderarse  los  almohades  de  las  islas  Baleares  por 
los  años  de  izo3,  no  parece  que  se  diesen  mucha  prisa 
en  seguir  las  tradiciones  de  tolerancia  de  sus  anteceso- 
res los  almorávides.  Estos,  conocedores  del  brioso  ca- 
rácter aragonés  y  del  espíritu  guerrero  de  esta  nación, 
habían  varias  veces  pactado  treguas  con  los  condes-re- 
yes, abriéndoles  así  el  tráfico  con  las  costas  de  África 
y  con  las  mismas  islas;  pero  los  almohades,  lejos  de  con- 
tinuar este  provechoso  ejemplo,  comenzaron  á  irritar  el 
Comercio  catalán  persiguiendo  sus  naves,  y  fueron  cau- 
sa con  sus  ultrajes  y  desmanes  de  que,  á  comienzos  del 
reinado  de  D.  Jaime,  descargase  sobre  la  isla  la  tem- 


262  VÍCTOR  BALAGUBR 

pestad  que  labró  su  ruina  y  destruyó  su  poderlo  en  ella. 
Cuenta  el  caballero  Desclot,  en  su  preciosa  crónica  i, 
que  habían  salido  dos  saetias  de  Tarragona  á  corso,  y 
que,  aportando  á  la  isla  de  Ibiza,  se  encontraron  con 
una  tarida  y  una  galera  del  emir  de  Mallorca  que  esta- 
ban allí  cargando  maderas  de  construcción  para  naves. 
La  tripulación  sarracena  insultó,  según  parece,  á  la  ca- 
talana; vinieron  á  las  manos,  y  el  resultado  fué  que  las 
dos  saetías  se  llevaron  presa  la  tarida,  pudiendo  escapar 
á  duras  penas  la  galera.  Voló  ésta  á  dar  aviso  de  lo  acae- 
cido al  emir  de  Mallorca  Abu  Yahíe  el  Raschid,  á  quien 
nuestros  cronistas  llaman  el  rey  Retabohibe,  y  éste,  en- 
colerizado, dio  orden  para  que  no  se  tuviese  la  menor 
consideración  con  los  buques  catalanes;  sucediendo  que 
á  los  pocos  días  se  apresó  una  nave  barcelonesa  que  con 
rico  cargamento  regresaba  de  Bujía,  y  luego  otra,  de 
Barcelona  también,  que  con  muchas  riquezas  se  dirigía 
á  Ceuta.  Alborotóse  el  comercio  catalán  á  la  nueva  de 
estos  sucesos,  y  acudió  al  rey,  que  por  aquel  tiempo  de- 
bía hallarse  en  los  estados  de  Urgel  haciendo  guerra  al 
vizconde  de  Cabrera.  D.  Jaime  mandó  en  seguida  ar- 
mar una  fusta  de  40  remos,  y  envió  en  ella  á  Mallorca 
un  caballero  para  que  obtuviese  reparación  del  hecho 
ó  amenazase  al  emir  con  las  armas.  E^te  embajador  se 
llamaba  Jaime  Sans  ^,  y  cuéntase  de  él  que  cumplió 
heroicamente  con  su  cometido. 

1  Las  fuentes  principales  para  todo  lo  concerniente  á  la  conquista 
de  Mallorca,  están  en  la  crónica  del  rey  D.  Jaime;  en  la  del  monje  Pe- 
dro Marsilio,  ampliación  de  aquella,  y  en  la  del  caballero  Bernardo  Des- 
clot.  A  ellas  be  acudido  indistintamente  parp  formar  esta  relaciún,  es- 
crita en  presencia  de  las  tres,  y  también  del  Zurita,  del  Hiedes,  Daioe- 
to  y  demás  cronistas. 

2  No  hay  que  buscar  ni  este  nombre,  ni  la  orguHosa  respuesta  q'*" 
Sans  dio  al  emir,  en  la  crónica  de  Desclot.  Consta  sólo  en  la  relad 
que  Marsilio  pone  en  boca  de  Nufio  Sánchez  en  el  cap.  XXIX  de  su  cr 
nica. 


DE  CATALUÑA. — LIS.  V.  CAP.  XXVII.      263 

J  emir  y  pidió  que  le  fuesen  entregadas 

las  naves  catalanas  con  los  hombres  y  efectos  en  ellas 
contenidos;  pero  el  moro  le  preguntó  desdeñosamente 
que  quién  era  aquel  rey  de  Aragón  en  nombre  del  cual 
le  hablaba,  á  lo  que  contestó  Sans  con  lacónica  sober- 
bia:— iHijo  es  de  aquel  D.  Pedro  que  ganó  la  batalla 
de  Úbeda.i  De  tal  modo  llegó  esta  respuesta  al  alma 
del  emir,  que  hubo  de  hacerse  violencia  para  no  poner 
las  manos  en  el  enviado,  y  hasta  debió  amenazarle  con 
la  muerte,  pues  es  fama  que  Sans  le  dijo: — iBajo  vues- 
tra salvaguardia  he  venido,  y  en  poder  vuestro  estoy; 
asi  es  que  podéis  hacer  lo  que  se  os  antoje;  pero  no 
debiáis  ciertamente  hacer  mofa  ni  fingir  ignorancia  acer- 
ca del  nombre  y  soberanía  de  mi  señqr.  Si  con  dureza 
os  be  hablado,  vos  me  habéis  dado  motivo  para  ello.» 
Valiéronle  al  caballero  estas  palabras  y  el  derecho  de 
gentes  para  que  el  moro  no  le  matara  en  el  acto.  Des- 
pidióle manifestándole  que  le  daría  oportuna  contesta- 
ción, y,  según  Desclot,  llamó  en  seguida  el  emir  á  los 
mercaderes  genoveses  y  písanos  que  acertaban  á  estar 
en  la  ciudad,  dándoles  cuenta  del  mensaje  que  de  recibir 
acababa  y  pidiéndoles  consejo.  Los  mercaderes,  por  el 
interés  de  excluir  á  los  catalanes  del  comercio  de  la  isla, 
le  exhortaron  á  que  les  negase  la  satisfacción,  diciéndo- 
le  que  era  rey  de  poco  poder  el  monarca  aragonés.  Si- 
guió el  moro  su  consejo,  y  despidió  al  embajador  con 
una  terminante  negativa  á  sus  pretensiones. 

Volvióse  Sans  á  estas  tierras;  dio  cima  D.  Jaime  á 
los  negocios  del  condado  de  Urgel,  y  habiéndose  reti- 
rado á  descansar  de  la  fatiga  de  las  armas  en  Tarrago* 
na,  fué  voluntad  de  Dios,  dice  textualmente  en  su  cró- 
nica, que  á  pesar  de  no  haber  convocado  Cortes,  con- 
curriesen á  dicha  ciudad  la  mayor  parte  de  los  nobles 
de  Cataluña,  entre  otros  Ñuño  Sánchez,  Guillermo  de 
Moneada,  el  conde  de  Ampurías,  Ramón  de  Moneada, 


264  VÍCTOR   BALAGUBR 

Gerardo  de  Cervellón,  Ramón  Alemany,  Guillermo  de 
Claramunt  y  Bernardo  de  Santa  Eugenia,  señor  de 
Torroella. 

Sucedió  en  esto  que  un  rico  marino,  ciudadano  de 
Tarragona,  llamado  Pedro  Martell  1,  convidó  á  comer 
un  día  a>  rey  y  á  todos  los  principales  magnates  de  su 
corte,  ofreciéndoles  un  suntuoso  banquete  2,  y  al  llegar 
á  los  postres,  como  desde  la  pieza  en  donde  se  celebra- 
ba el  convite  se  extendía  la  vista  por  el  mar,  ocurrióse- 
le  á  varios  señores  preguntar  á  Pedro  Martell  qué  clase 
de  tierra  era  Mallorca  y  qué  extensión  podía  tener  aquel 
reino,  con  otras  preguntas  dirigidas  todas  á  adquirir  un 
conocimiento  exacto  de  las  islas  Baleares.  He  aquí  lo 
que  Pedro  Martell  les  contestó  3: 

«Tres  son  las  islas,  la  mayor  de  las  cuales  es  Ma- 
llorca, que  tiene  3oo  millas  de  circunferencia,  y  por 
esto  cabalmente  Mallorca  es  llamada,  pues  que  en  todas 


1  Dice  D.  José  María  Quadrado,  en  sus  notas  al  Marsilio,  que  era 
Marte]  ó  Martell  hombre  rico  y  poderoso,  nombrado  varias  veces  en  la 
crónica  real  como  duefio  y  capitán  de  galeras,  y  que  sin  duda  prestó 
con  ellas  grandes  servicios  para  la  expedición  de  Mallorca,  pues  en  el 
repartimiento  le  cupieron  41  caballerías  (tierras  sujetas  á  la  prestadón 
de  caballo);  tres  alquerías  en  el  término  de  Inca,  en  unión  con  Berenguer 
de  Montreal;  otra  en  Sineu,  y  14  casas  en  la  ciudad.  La  crónica  real 
dice  que  Martel  era  cóntUre  de  galeras^  de  lo  cual,  escandalizados  alga- 
nos  cronistas,  quisieron  ó  creyeron  leer  con  alguna  variante,  á  que  se 
presta  algún  tanto  el  lenguaje  y  el  carácter  de  la  letra,  conde  de  Salsas, 
sin  reparar  en  la  novedad  é  inverosimilitud  del  titulo,  desmentido  por 
el  mismo  contexto.  (Quadrado:  traducción  castellana  del  Marsilio.  pá- 
gina 148.) 

2  De  este  banquete  y  de  lo  que  en  él  sucedió  no  habla  Desclot  en 
su  crónica,  pero  si  D.  Jaime  y  Marsilio  en  las  suyas. 

3  Los  lectores  me  permitirán  que  dé  alguna  extensión  á  todo  lo 
concerniente  á  la  conquista  de  Mallorca,  por  ser  la  primera  de  las  im- 
portantes conquistas  llevadas  luego  á  cabo  por  la  CORONA  DE  ABACd 
Tanto  este  discurso  de  Martell  como  los  demás  que  le  siguen,  son  de 
crónica  de  Marsilio,  traducción  castellana  de  Quadrado. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXVH.    .  265 

SOS  circunstancias  es  mucho  más  noble  y  excelente  que 
las  demás.  En  dirección  á  Cerdeña,  hacia  el  viento  que 
llaman  griego  los  marineros^  hay  otra  isla  sometida  á 
la  primera,  que  llaman  Menorca,  y  dista  de  Mallorca 
casi  3o  millas.  Tiene  ésta,  junto  al  puerto  que  mira 
hacia  la  isla  principal,  una  villa  risueña  y  llana  nom- 
brada Cindadela,  y  cuenta  además  otros  grupos  ó  reu- 
niones de  casas,  y  villas,  y  moles  muy  bellas  con  su- 
perfina ostentación  edificadas.  La  tierra  empero  no  es 
de  sí  muy  abundante  en  trigo,  sino  sobremanera  apro- 
piada y  nutritiva  para  ganados  así  menores  como  ma- 
yores; tiene  montañas  en  su  interior,  no  muy  altas, 
como  las  tiene  Mallorca,  y  en  una  de  ellas  hay  un  cas- 
tillo muy  bello  y  fuerte  que  llaman  Santa  Agiuda  los 
sarracenos,  el  cual  no  está  asentado  á  un  lado  de  la 
isla,  sino  casi  en  el  centro.  Cuenta  cuatro  puertos,  y  son 
Cindadela,  Sereyna,  Fomells  y  Mahón,  el  cual,  entre 
todos  y  sobre  todos  los  puertos  del  mundo,  es  celebrado, 
pues  tiene  de  largo,  según  pretenden  algunos,  casi  cinco 
millas,  y  á  cada  lado  encierra  muchas  y  seguras  calas 
que  en  otro  sitio  serian  puertos;  dos  islas  tiene  en  medio 
no  muy  distantes,  aptas  y  útiles  para  conejos,  y  aguas 
no  estériles,  sino  agradables  por  sus  ostras  y  por  la  va- 
riedad de  otros  peces  de  aquel  género,  y  favorables  á  la 
formación  de  la  lana  de  nácar  y  de  preciosas  margari- 
tas. Los  habitantes  de  esta  isla  abundan  en  carne,  le- 
che y  queso;  de  pan  y  vino  tienen  lo  suficiente,  pero 
poco  comparado  con  otras  tierras. 

i  Está  la  segunda  isla  balear  á  la  parte  del  SO.,  6o 
millas  lejos,  y  es  llamada  Iviza,  en  voz  casi  arábiga  de- 
rivada de  Ebiza,  que  significa  seca:  tiene  puertos  casi 
parecidos  á  calas,  que  se  llaman  Tagomago,  Portmañ, 
Conieras  y  Vedra,  pero  este  último  viene  á  ser  isla  y 
hacia  la  tierra  mayor  forma  ensenada  á  manera  de 
puerto.  Es  Iviza  muy  á  propósito  para  ganados,  es  se- 


^ 


266  VÍCTOR   BALAGUER 

ñora  de  la  sal,  de  miel  tiene  lo  bastante,  oculta  minas 
de  plata,  cría  pinares  en  vez  de  bosques,  de  trigo  y  vino 
produce  alguna  cosa,  pez  y  alquitrán  suministra  á  los 
marineros  y  es  la  única  que  en  nuestros  países  se  ame* 
niza  con  flores  de  alcaparras:  ciérranla  en  el  mar  for 
el  lado  de  Occidente  algunas  rocas,  que  el  pueblo  ape- 
llida las  Puertas^  por  entre  las  cuales  se  navega  hada 
la  villa  y  castillo.  Elévase  sobre  el  mar  su  castillo  muy 
hermoso,  é  incluye  y  cierra  la  villa  dentro  de  sus  mu- 
ros; tiene  arrabal  junto  á  si,  y  hacia  la  llanura  aquella 
hay  viñas  y  huertos  muy  agradables;  cerca  del  castillo 
hay  un  puertecito  que  cierra  el  islote  de  las  Conieras,y 
donde  encuentran  abrigo  las  naves  y  las  barcas.  Fuera 
de  los  muros  del  castillo  no  tiene  esta  isla  poUa- 
ciones  ni  villas,  sino  únicamente  masadas  ó  alquerías 
de  campesinos  dispersas  y  apartadas  entre  sí;  no  está 
abastada  de  aguas  dulces  y  corrientes  sino  en  muy  corta 
cantidad,  ni  la  cierra  grande  altura  de  montañas,  aun- 
que toda  sea  montuosa,  pues  no  contiene  más  llanura 
que  la  de  junto  al  castillo ,  deleitosa  á  quien  la  mira,  y 
algunas  pequeñas  porciones  de  tierra  concedidas  á  los  ha- 
bitantes para  la  labranza.  Tiene  además  esta  isla  otra 
junto  á  sí,  dividida  por  un  estrecho  brazo  de  mar  y  lla- 
mada Formentera,  la  cual  es  bastante  llana  y  á  propó- 
sito para  trigo. 

»La  isla  mayor  cuenta  á  su  lado  otras  dos  islas:  una 
que  sale  al  encuentro  á  los  que  vienen  de  Cataluña,  que 
tiene  por  nombre  Dragonera,  llamada  así  por  la  forma 
de  dragón,  que  en  cuanto  á  la  cabeza,  dorso  y  cola  leda 
la  disposición  de  la  tierra  y  de  sus  montes.  Ofrece  puerto 
á  los  que  entran  en  ella;  pero  en  su  carrera  sólo  un  pozo 
les  presenta  tan  profundo  y  peligroso,  que  los  sedientos 
mueren  de  sed  á  su  orilla:  los  servicios  que  presta 
sus  ensenadas  á  los  pescadores  son  engañosos;  p 
mientras  en  ella  reposan  y  pescan  en  bonancible  cali 


-UB.  V.  CAP.  XXVII.      267 

temporal,  fáltales  el  pan, 
;en  de  hambre.  Sin  em- 
I  plantó  en  el  mar  esta 
montaña  sin  provecho  de  los  hombres,  pues  ofrece 
puerto  como  acabamos  de  decir,  custodia  y  atalaya  en 
tiempo  de  corsarios  y  de  gente  mala,  y  sirve  de  segura 
guarda  para  cabras  y  cerdos.  No  produce  fruto  alguno 
ni  cosa  alguna  brota  de  la  tierra,  sino  raices  de  palma 
silvestre,  que  en  catalán  llamamos  bargwyones,  y  éstos 
los  cría  en  abundancia  muy  lindos,  gruesos  y  sabrosos, 
tanto  que  no  se  hallan  otros  parecidos  en  las  islas  Ba- 
leares, y  á  veces  suben  á  cogerlos  los  marineros  en  tiem- , 
po  de  viento  contrario,  y  antes  de  poder  volver  á  su  em- 
barcación hubieron  ya  algunos  recibido  el  daño.  Hay 
además  otra  isla,  á  la  cual  sólo  las  cabras  han  hecho 
dar  el  nombre  de  Cabrera,  sita  hacia  la  parte  austral, 
inhabitable,  elevada  en  sus  montañas;  suministra  agua 
á  pescadores  y  á  corsarios,  dista  casi  lomillos  del  punto 
más  cercano  de  la  isla  mayor,  no  tiene  ni  forma  puerto, 
y  á  veces  fué  ruina  de  los  marineros  procedentes  del  me> 
diodia  y  no  muy  prácticos  en  aquellas  aguas. 

■Pero  la  isla  mayor  es  la  que  llaman  Mallorca,  pues 
mayor  es  en  cantidad  y  mayor  en  señorío,  la  cual  hizo 
levantar  la  divina  sabiduría  de  las  profundidades  de  las 
olas,  para  que  por  todos  lados  sirviese  á  los  navegantes 
de  refugio  y  defensa;  y  por  esto  los  hombres  del  arte  la 
apellidan  cabo  de  cruces,  pues  desde  ella  se  puede  nave- 
gar más  cómodamente  á  cualquier  punto;  y  los  que 
vuelven  de  lejanos  países ,  quebrantados  de  fatigas  se- 
mejantes, empapados  en  lluvia,  atormentados  por  bo- 
rrascas, consumidos  de  calor  y  de  bochorno,  y  extenua- 
dos con  la  escasa  comida ,  quiso  Dios  que  en  esta  isla 
1  esen  saciados  y  recreados  y  acudiesen  á  ella  de  buena 
I  uia  para  consolarse  de  sus  trabajos.  Y  la  proveyó  de 
]  lertos  el  soberano  maestro  del  universo  para  tutela  y 


1 


268 


VÍCTOR  BALAGÜER 


defensa  de  los  que  peligraran  ó  navegaran,  y  le  di6  hada 
Levante  el  puerto  de  Alcudia;  al  Poniente,  el  de  la  Palo- 
mera y  de  Andraig;  al  Septentrión,  el  de  SoUer,  y  hacia 
el  Sur,  el  de  Manacor,  el  de  Porto  Colom  y  el  de  Porto 
Petro.  Por  todas  partes  ofrece  además  muchos  puertos 
pequeños,  que  llaman  esparagols  los  marineros,  para 
salvar  buques  menores.  Cercan  á  esta  isla  montañas  al- 
tísimas por  el  lado  opuesto  á  Cataluña,  y  tanto  se  en- 
cumbran, que  son  muerte  de  los  náufragos  y  horror  de 
los' navegantes.  Mas  por  el  lado  austral  que  mira  al 
África,  no  son  tan  elevados  sus  montes,  aunque  esté 
toda  cubierta  de  rocas;  y  son  pedregosas  aquellas  alto- 
ras,  inútiles  para  toda  semilla,  áridas,  desnudas, sin 
utilidad,  si  ya  no  fueron  dadas  á  los  isleños  para  custo- 
dia y  defensa  de  su  país. 

»Y  entre  las  muchas  partes  que  comprende  laú 
pueden  contarse  diez  y  seis;  las  tres  montuosas,  y  ala 
TBÍz  de  los  montes  que  se  llama  Rayguer,  contienen  pue- 
blos y  villas  deliciosas:  allí  los  fructíferos  olivos,  allí  ia 
abundancia  de  viñas  y  la  abundancia  y  variedad  de  fro- 
tas, vergeles  amenísimos,  fuentes  que  por  do  quiera  bro* 
tan;  y  allá,  donde  uno  cree  que  encajan  entre  sí  eleva- 
dísimos  montes  y  que  no  abrigan  sino  espantosa  soleM 
allí  se  esconden  muy  risueños  valles,  en  arbolado  fe- 
cundos, bien  situados,  llenos  de  manantiales  y  de  fuen- 
tes, con  todo  deleite  y  pureza  de  aire  regalados.  Las 
otras  trece  partes  son  muy  pobladas,  llanas  y  apartadas 
de  los  montes,  y  muy  aptas  para  granos ;  abundan  de 
trigo  y  cebada,  escasean  mucho  de  frutas,  carecen  de 
olivos,  sustentan  pocas  viñas,  son  ricas  en  ovejas  y  otros 
ganados;  beben  sus  moradores  de  agua  de  pozos,yDiU' 
chas  veces  de  la  que  recogen  durante  las  lluvias  en  ho- 
yos y  cisternas,  para  que  en  muchas  cosas  se  asem' 
perfectamente  á  los  comarcanos  de  Urgel. 

»La  ciudad  empero  está  sentada  y  situada  jun* 


iM«ttn 


ILUNA.— LIB.  V.  CAP.  XXVII.      269 

lo  una  llanura  de  ra  millas,  de 
rodeada,  amparada  y  guarnecida 
ia  de  torres,  de  bello  antemural 
ño  arrabal,  pues  todos  los  barrios 
>  con  tres  portales  y  puertas  de 
hierro,  fortalecida  con  hermosísimo  castillo  ediñcado  en 
su  interior,  en  llano  y  á  orilla  del  mar,  enriquecida  con 
largas  y  lindas  calles  de  agradable  rectitud,  despejada 
por  la  anchura  de  sus  plazas,  deliciosa  por  una  fuente 
que  corre  por  medio  de  ella,  acompañada  de  amenidad 
de  huertos,  así  dentro  como  fuera.  Tiene  una  muy  ri- 
sueña perspectiva  de  mar  que  se  extiende  i5  millas, 
y  la  terminan  dos  grandes  labios  de  roca  ó  cabos  que 
distan  uno  del  otro  casi  20  millas.  Estos  dos  cabos, 
contrapuestos  en  frente  de  la  ciudad,  forman  una  gran 
ensenada  abundante  y  llena  de  peces,  y  muy  provecho- 
sa para  navios  y  para  cualesquiera  otras  embarcaciones, 
pues  en  todo  su  fondo  muerden  las  áncoras;  asi  que, 
durante  la  primavera  y  el  verano,  todos  los  barcos  y 
naves  se  detienen  y  anclan  delante  de  Ja  ciudad,  á  una 
milla  de  la  costa;  pero  al  acercarse  la  estación  de  otoño, 
acógense  al  puerto,  que  dista  de  la  ciudad  dos  millas  y 
media  y  se  llama  Portopí,  esto  es,  puerto  del  pino,  pues 
habia  en  él  un  pino  muy  hermoso  del  cual  tomó  nom- 
bre el  puerto.  Fuera  de  dicha  ciudad,  hay  además  tres 
castillos  muy  fuertes,  plantados  y  situados  en  altisimas 
montañas:  el  uno  en  frente  de  Cataluña,  llamado  de  Po- 
Uensa;  el  otro,  opuesto  á  la  región  del  África,  que  se 
denomina  de  Santueri;  otro  en  el  interior  del  pais,  que 
es  inexpugnable  y  se  llama  Alaró,  El  aire  en  la  ciudad 
es  muy  templado,  pues  en  invierno  apenas  ó  casi  nun- 
ca cae  nieve,  y  si  alguna  vez  acontece,  las  gentes  lo  to- 
man por  diversión;  rarísima  vez  aparece  hielo,  y  en  ve- 
rano, de  hora  de  tercia  en  adelante,  refréscala  el  viento 
que  llaman  embate.» 


270  VÍCTOR  BALAGUER 

Satisfizo  la  plática  y  alarmó  el  espíritu  guerrero  de 
cuantos  nobles  la  escucharon,  los  cuales  en  seguida, 
yéndose  todos  para  el  rey,  que  se  había  levantado  y 
apartado,  así  le  hablaron  por  boca  de  uno  de  ellos: 

— «Señor,  hemos  preguntado  á  Pedro  Martel  acerca 
de  la  condición  de  Mallorca,  y  nos  ha  referido  por  me- 
nor qué  especie  de  isla  es,  y  cómo  tiene  bajo  su  impe- 
rio otras  dos  islas,  y  que  en  la  primera  está  el  rey  sa- 
rraceno: y  hemos,  señor,  recapacitado  estas  cosas,  y 
creemos  que  nuestro  pensamiento  de  Dios  procede,  lo 
cual,  si  así  fuera,  nadie  podrá  impedir  la  voluntad  de 
Dios.  Os  diremos,  pues,  palabras  halagüeñas  y  á  Dios 
agradables,  las  que  ya  no  podemos  por  más  tiempo 
ocultaros  en  nuestros  pechos;  os  aconsejamos,  señor,  y 
os  suplicamos  con  todas  nuestras  fuerzas  que  os  levan- 
téis con  todo  brío  de  valor  y  de  fortaleza,  y  toméis  al 
rey  sarraceno  con  su  isla.  Ciertamente  que  á  ello  mo- 
vernos debe,  en  primer  lugar,  la  honra  de  nuestro  Señor 
Jesucristo,  la  cual  en  dicho  lugar  es  menospreciada; 
además,  debe  movemos  el  incremento  y  exaltación  de 
la  fe  cristiana;  luego  la  adquisición  ó  lucro  de  bienes 
temporales,  así  para  vos  como  para  nosotros,  y  de  se- 
guro la  dilatación  de  vuestra  fama  por  todo  el  universo. 
¡Qué  noticia  será  aquella  y  qué  rumor  tan  nuevo  y  pla- 
centero el  que  llegará  á  oídos  de  toda  gente  y  suspenderá 
los  ánimos  de  los  fieles,  que  el  rey  de  Aragón  en  tan 
tierna  flor  de  su  juventud  para  Dios  y  para  sí  haya  con- 
quistado  un  reino,  y  con  poderosa  mano  y  armada  haya 
penetrado  en  tal  y  tan  grande  isla  establecida  y  planta- 
da por  Dios  en  medio  de  las  olas,  y  la  haya  combatido, 
y  finalmente  subyugado  á  su  señorío,  y  la  haya  plantado 
con  renuevos  de  cristiana  católica  fe!  ¡Pensad,  señor, 
acerca  de  estas  cosas  que  Dios  os  dice  por  boca  nues- 
tra; pensadlo  vos,  el  rey,  y  obrad! » 

Es  fama  que  el  joven  monarca  acogió  con  placer 


E  CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  JCXVin.      27I 

usiasmándose  con  lo  glorioso  y  ames- 
g^o  de  la  empresa,  y  que,  con  el  semblante  iodo  alegría, 
respondió: 

— Gústanos  sobremanera  vuestro  proyecto,  y  no  será 
colpa  nuestra  si  deja  de  cumplirse. 

Y  allí  mismo  resolvió  el  rey  congregar  CorteB  para 
Barcelona  y  para  las  próximas  Pascuas  de  Navidad,  dis- 
poniendo que  se  convocase  al  arzobispo  de  Tarragona, 
á  los  obispos,  prelados  y  abades;  á  los  nobles  y  á  los 
procuradores  de  las  ciudades  de  Cataluña,  pero  sin  ma- 
nifestarles  el  objeto  de  su  reunión. 

De  estas  Cortes  catalanas^  importantísimas  bajo  mu- 
chos conceptos,  voy  á  dar  minuciosa  cuenta. 


CAPÍTULO  XXVIII. 


Cortes  celebradas  en  Barcelona  para  resolver  la  empresa  contra  Mallor- 
ca.— Discurro  del  rey. — Respuesta  del  arzobispo  de  Tarragona. — 
Respuesta  de  Guillermo  de  Moneada.— Respuesta  de  BerenguerGirart, 
— Conferencia  de  los  nobles  con  el  rey.— Discurso  de  Guillerlno  de 
Moneada. — Discurro  de  Nuflo  Sánchez. — Discurso  del  conde  de  Am- 
purias.  ^Discurso  del  arzobispo  de  Tarragona.— Discurso  del  obispo 
de  Barcelona.— Ofertas  del  clero. — Ofertas  de  los  eaballeíos. — Discur- 
so del  diputado  por  Barcelona. — Oferta  del  rey. —Punto  de  reunión  ps- 
ra  emprender  la  conquista. — Se  levanta  acta  para  la  repartición  de 

(Diciembre  db  1228.) 

Las  Cortes  se  reunieron  en  Barcelona,  y  en  el  palacio 
de  los  condes-reyes,  pocos  días  antes  de  las  fiestas  de 
Navidad  de  aquel  mismo  año  de  1228.  Colocados  todos 
or  orden,  según  la  jerarquía  de  las  dignidades  y  esta- 
lentos,  apareció  el  rey,  sentándose  en  su  trono,  y 
lieaitras  todos,  ansiosos  de  oir  las  palabras  que  iban  á 


272 


VÍCTOR  BALAGUER 


salir  de  sus  labios,  ñjaban  en  su  rostro  ávidas  miradas, 
él  les  habló  de  esta  manera: 

•Puesto  que  de  nuestro  Señor  Dios  proceden  los  Me- 
nes  todos,  y  que  sin  El  ni  tienen  provecho  las  palabras 
ni  virtud  las  obras,  rogamos  humildemente  á  nuestro 
Señor  Dios  Jesucristo  y  á  su  madre  la  gloriosa  Virgen, 
que  iluminados  con  su  sabiduría  y  ennoblecidos  con  su 
virtud  podamos  proponeros  lo  que  hemos  pensado  y 
encaminar  con  vosotros  las  palabras  á  los  hechos,  de 
manera  tal,  que  cedan  en  alabanza,  honor  y  gloría  dd 
Hijo  y  de  la  Madre,  en  exaltación  de  nuestro  reino  y 
corona,  y  en  alegría  de  vuestros  corazones.  Grandes  y 
nobles  cosas  son  las  que  en  el  nuestro  agitamos,  leves 
para  Dios  omnipotente,  pero  graves  y  difíciles  al  poder 
nuestro:  por  lo  cual  invocamos  principalmente  á  Dios 
como  á  promotor  y  favorecedor  más  eñcaz,  y  reclama- 
mos vuestra  providencia  y  consejo.  Oid,  pues,  todos  so- 
licita y  diligentemente  para  que  podáis  contestar  mejor. 

«Cierto  que  nuestra  llegada  al  mundo  y  corporal  na- 
cimiento, según  se  ha  visto  y  conocido,  fueron  objeto 
de  un  don  de  Dios  especialisimo,  pues  teniendo  conce- 
bido el  rey  nuestro  padre  odio  y  rencor  contra  la  reina 
su  consorte,  por  gran  maestría  humana,  aunque  de 
Dios  inspirada,  fuimos  engendrados,  y  además,  señales 
y  manifestaciones  muchas  han  sobrevenido  como  del 
cielo,  dándonos  auxilio  en  nuestros  apuros  y  necesida- 
des, que  parecen  confirmar  lo  que  del  don  de  Dios  ha- 
bemos  dicho.  Nos  somos  vuestro  señor  natural,  y  solos 
hemos  quedado  entre  vosotros  sin  hermanos  ni  herma- 
nas legitimas,  y  sobre  vosotros  entramos  á  reinar  niño 
de  seis  años  y  medio,  y  hallamos  en  pésima  disposición 
á  Aragón  y  Cataluña,  y  sembrada  de  mucha  cizaña  la 
tierra,  vacia  enteramente  de  paz  y  de  unidad  y  de  mr- 
chos  delitos  fautora,  y  de  aquí  resultaba  que  por  est 
cosas  y  las  ya  de  antes  cometidas,  corría  y  se  derran 


TALUÑA.-rLIB.  V.  CAP.  XXVIll,      275 

mala  fama  de  nosotros.  Asi,  pues, 
n  nuestra  reputación  no  pueden  ni 
podrán  curarse  plenamente,  si  no  empezáis  grandes 
obras  á  Dios  y  al  mundo  ^radables,  y  si  no  está  con 
vosotros  la  clemencia  y  piedad  del  Señor  para  consu- 
marlas; entonces  será  esclarecida  vuestra  &ma,  asi 
como  cede  la  oscuridad  y  el  aire  se  ilumina  cuando  sube 
el  sol  sobre  la  tierra.  Porñad,  pues,  en  obrar  con  forta- 
leza, y  esforzaos  en  dilatare!  nombre  de  Dios  y  el  vues- 
tro. Deponed  la  vestidura  abominable  de  la  antigua  in- 
famia, y  levantaos  todos  juntos  con  un  ánimo  mismo 
para  nuevas  y  maravillosas  empresas;  la  cairera  del 
bien  os  la  mostramos,  y  grande  ocasión  os  suministra- 
mos  para  que  resplandezca  la  verdad  y  la  virtud. 

■Ved  aqui,  pues,  que,  inspirándonos  Dios,  propone- 
mos ir  á  Mallorca,  y  regocijar  nuestro  señorío,  y  con- 
quistar para  Dios  todo  aquel  reino,  y  dilatar  por  todo 
el  mundo  nuestro  nombre,  y  al  rey  de  Mallorca,  tan 
infiel,  tan  malvado,  tan  ominoso  vecino,  en  virtud  del 
Altísimo  superar  y  vencer.  Os  pedimos,  pues,  en  pri- 
mer lugar,  por  consideración  á  Dios,  cuyo  es  el  nego- 
cio, y  en  segundo,  por  efecto  del  amor  natural  que  pro- 
fesáis á  nuestra  persona,  que  en  tres  cosas  nos  ayudéis 
con  vuestro  consejo  y  socorro.  La  primera  con  que  os 
pedimos  ser  auxiliados  es  que,  terminadas  y  apagadas 
todas  las  discordias  y  luchas,  sean  cuales  fueren  y  entre 
cualesquiera  personas,  podamos  dejar  en  sana  paz  nues- 
tra tierra  mientras  nos  esforzamos  en  conquistar  tierras 
extrañas;  la  otra  cosa  que  os  pedimos,  es  ser  dirigidos 
y  ayudados  con  vuestro  consejo  y  cooperación;  y  la  til- 
tima  demanda,  es  el  subsidio  necesario  para  que,  con  el 
favor  de  Dios,  con  vosotros  juntamente  gocemos  de  la 
victoria  sobre  aquellos  bárbaros  tan  deseada.  Y  para 
anunciaros  y  pediros  estas  cosas  os  hemos  llamado,  y 
habéis  acudido  á  nuestras  Cortes.* 


274  VÍCTOR  BALAGUBR 

Al  concluir  el  rey,  tomó  la  palabra  Aspargo,  arzo- 
bispo de  Tarragona  i,  que  era  pariente  suyo,  y  se  ex- 
presó en  estos  términos,  siempre  según  la  crónica  de  la 
cual  copiamos  estos  discursos,  para  dejarles  su  sabor  y 
característica  sencillez: 

«Verdad  es,  señor,  que  sois  joven  entre  nosotros,  y 
que  necesitáis  de  grande  y  sano  consejo  de  los  vuestros; 
y  como  además  proponéis  y  declaráis  que  vuestra  mira 
va  dirigida  contra  el  reino  de  Mallorca,  tan  arduo  es  y 
nos  parece  este  negocio,  que  conviene  tener  sobre  él 
grande  y  completa  deliberación ,  y  no  decirlo  con  pre- 
suntuosa temeridad.  Queremos,  pues,  deliberar,  y  res- 
ponder luego  más  discretamente,  según  esperamos,  para 
honra  de  Dios  y  vuestra  y  de  los  vuestros.! 

Después  del  arzobispo,  contestó  por  los  nobles  Gui- 
llermo de  Moneada,  y  dijo:  cSeñor,  muy  obligados  es- 
tamos á  dar  gracias  á  Dios,  que  tal  propuesta  quiso 
inspiraros;  pero  siendo  de  gran  nobleza  la  cosa  de  que 
se  trata,  es  menester  grande  y  maduro  consejo,  y  no 
conviene  precipitar  decisiones,  en  materia  en  que  se 
muestra  el  provecho,  pero  también  muy  grave  dificul- 
tad. Sin  embargo,  en  presencia  de  todos  decimos  que 
nuestro  consejo  será  tal,  cual  compete  á  nosotros  el 
darlo  y  á  vos  el  recibirlo.! 

levantóse  en  seguida  Berenguer  Girart,  ciudadano 
de  Barcelona,  y  de  parte  de  todos  los  procuradores  y 
ciudadanos  dijo:  «£1  Señor  de  todas  las  cosas  ha  puesto 
en  vuestro  corazón  y  en  vuestros  labios' esa  palabra 
que  nos  habéis  dicho,  y  que  gratisimamente  hemos 
oído.  ¡Oh,  el  reyl  ¡Plegué  á  Dios,  aquel  de  quien  pa- 
rece derivar  su  principio  esta  empresa,  que  podamos 
responderos  en  honra  suya  y  dirección  del  propuesto 

1  £n  todas  las  crónicas  se  le  llama  el  arzobispo  Aspargo,  y  asi  le 
llamé  también,  como  se  ve,  en  la  primera  edición.  Su  .verdadero  nom- 
bre era  Spargo  de  la  Barca. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXVni.      275 

n^ocio!  Tendremos 9  pues,  deliberación,  juntamente 
con  ellos,  y  os  contestaremos  según  mejor  entenda- 
mos.» — ff  Hágase  así,  respondió  el  arzobispo;  deliberen 
aparte  los  prelados,  aparte  los  nobles  y  aparte  los  ciu- 
dadanos.! A  todos  gustó  el  consejo  del  arzobispo,  y  de 
esta  suerte  aquel  día  se  disolvió  ó  separó  la  asamblea. 

De  estas  deliberaciones  por  Brazos  ó  estamentos,  y 
del  plazo  de  tres  días  que  éstos  tomaron  para  contestar, 
no  hablan  los  historiadores  ni  Desclot,  suponiendo  otor- 
gada la  propuesta  desde  la  primera  sesión;  pero  Qua- 
drado  observa,  en  sus  notas  al  Marsilio,  que  los  trámi- 
tes establecidos  en  las  Cortes  aragonesas,  y  la  madurez 
que  requería  la  importancia  del  asunto ,  hacen  más  ve- 
rosímil que  la  cosa  pasara  conforme  Marsilio  la  refiere. 

Reuniéronse,  pues,  los  tres  brazos  por  separado,  con 
el  ñn  de  tener  sus  deliberaciones,  y  es  fama  que  los  no- 
bles, de  quienes  partiera  la  primera  proposición  de  ir  á 
Mallorca,  temiendo  que  los  ciudadanos  ó  los  eclesiásti- 
cos no  los  secundaran  con  fervor,  decidieron  tomar  otra 
vez  la  iniciativa,  presentándose  en  secreto  al  rey,  y  lle- 
vando por  ellos  la  palabra  el  conde  de  Ampurías,  que 
así  se  expresó : 

€  Yo  traigo  el  primero  la  convenida  respuesta  que  tra- 
tan de  daros  vuestros  nobles  en  día  oportuno,  y  aquí, 
delante  de  todos,  aunque  secretamente,  quiero  decir  mi 
^opinión  sobre  el  hecho  indicado.  Si  hombres  había  de 
buena  fama  en  el  universo,  éramos  ciertamente  nos- 
otros, que  por  nuestros  pecados  hemos  decaído  de  aque- 
lla fama,  haciéndonos  de  nombre  oscuro  y  el  oprobio 
de  las  gentes,  cuyas  cosas  disimulando  arrastramos 
una  vida  llena  de  miserias.  Nos  es,  por  tanto,  sobre- 
manera indispensable,  que  vos,  señor  rey,  á  quien  Dios 
verdaderamente  nos  ha  dado  por  señor  natural ,  em- 
prendáis, con  ayuda  de  Dios  y  nuestra,  tan  grandes  y 
tan  nobles  hechos,  y  que  acometiéndolos  rápidamente 


276  VÍCTOR  BALAGUBR 

los  llevéis  á  cabo^  para  que  podamos  recobrar  el  valor 
y  nombradia  de  nobleza  y  probidad  que  ya  perdimos. 
Ved  aquí  que  ahora  tenemos  oportunidad  de  hacerlo,  si 
vos,  señor,  juntamente  con  nosotros,  conquistáis  dicho 
reino  de  Mallorca,  según  vuestra  esperanza,  pues  que 
maravillosa  será  la  conquista  de  aquel  reino,  que  rodea 
el  mar  por  todos  lados;  con  lo  cual,  así  en  el  príncipe 
vencedor,  como  en  sus  gentes,  se  reconocerá  mejor  opi- 
nión, y  ardimiento  mayor,  y  más  fuerte  virtud,  y  más 
constante  firmeza;  y  entonces  se  nos  devolverá  la  glo- 
ria, con  creces,  de  tan  grandes  hazañas,  y  se  olvidará  la 
pasada  mengua  con  el  acometimiento  de  tan  gloriosa 
empresa,  que  en  la  memoria  de  cien  años  acá  no  tiene 
semejante.  Y  para  hablaros  más  íntimamente,  por 
cierto  que  si  principiamos  la  grande  obra,  no  debemos 
apartarnos  de  la  consideración  de  ella;  que  mejor,  en 
verdad,  nos  es  el  morir,  y  muriendo  recobrar  la  buena 
fama  que  tuvimos  un  tiempo,  y  renovar  en  nuestras 
acciones  la  bondad  y  proezas  de  nuestros  padres,  que 
vivir  en  la  deshonra  en  que  estamos.  Esto,  pues,  os  di- 
go; esto  ansio,  esto  aconsejo:  que  nos  adelantemos á 
toda  prisa  á  terminar  el  negocio;  á  conquistar  aquel 


remo. » 


Cuentan  las  crónicas  que  estas  palabras  conmovieron 
á  todos  los  circunstantes,  y  que  hablaron  en  seguida 
otros  nobles  en  el  mismo  sentido,  alegrándose  el  mo- 
narca de  ver  en  ellos  aquel  bélico  entusiasmo. 

Con  natural  impaciencia  esperaba  Barcelona  la  reso- 
lución de  las  Cortes,  que  mucho  ciertamente  le  iba  en 
ella  para  esplendor  y  progreso  de  su  comercio  y  mari- 
na; y  esta  impaciencia  crecía  de  punto  al  ver  que  los 
brazos  tenían  en  aquellos  tres  días  largas  y  secretas  s^- 
sienes,  de  las  cuales  algo,  sin  embargo,  se  traslucía,  ai 
cuando  se  las  rodease  de  misterio. 

Llegó  por  fin  el  día  de  volverse  á  reunir  las  Cortes 


iTALUÑA.— LIB.  V.  CAP.  XXVIII,      277 

e  en  pie  Guillermo  de  Moneada,  el 
]ue  tan  cruda  guerra  hiciera  al  rey 
pero  que  era  entonces  un  entusiasta 
:a  manera: 

imo  Dios,  que  todas  las  cosas  gran- 
)ne  por  grados,  os  di6  á  nosotros 
vos  por  vasallos  para  servicio  vues- 
gitimo  y  fíel  nuestro  servicio  si  no 
tro  señorío,  y  si  no  exaltáramos 
como  pudiéremos,  porque  nuestra 
tiasta  nosotros  deriva  y  baja  vues- 
ues,  congruamente  nos  dicta  la  ra- 
se ocasión  de  ello,  no  debemos  di- 
^  desdeñarla:  por  lo  cual  nuestro 
Lcción  de  conquistar  el  reino  de  Ma- 
cual  nos  pedís  consejo,  recayendo 
tara  en  muy  mayor  honra  vuestra, 
!  conquistarais  tres  reinos;  y  nos- 
abemos  mirar  por  vuestro  honor  so- 
Y  as!  tocante  á  aquellos  tres  puñ- 
ales queréis  contestación  nuestra, 
irden  de  esta  suerte.  Primeramente, 
vuestro  reino  para  que  no  encuen- 
:áculo  ni  dilación:  estableced,  pues, 
a  Cataluña,  y  escríbase  el  nombre 
ncluya;  y  Ñuño  Sánchez  aquí  pre- 
nde de  Barcelona,  entrará  en  esta 
r  causa  del  gran  parentesco  que  con 
)ara  que  nuestras  buenas  acciones 
ladas.  Pero  si  algún  otro  de  Catalu- 
6  la  tregua,  haremos  de  grado  ó  por 
las  paces  ó  que  estén  á  la  tregua 
ya  habéis  cobrado  una  vez  el  bo- 
bran  los  reyes  por  derecho  real,  esta 
os  concedemos  bovaje  sobre  núes- 


^ 


278  VÍCTOR  BALAGUBR 

tros  hombres  en  ayuda  de  vuestros  gastos.  Pero  yó  por 
mí  en  particular  os  prometo  y  ofrezco  seguiros,  y  ser- 
viros bien  y  fielmente  yo  y  mi  linaje  con  400  cabaUo& 
armados,  y  conservarlos  en  vuestro  servicio  hasta  que 
Dios  os  conceda  la  isla  de  Mallorca  y  el  señorío  de  las 
demás  islas,  ni  de  vos  nos  apartaremos  mientras  no  esté 
terminada  su  conquista.  Ñuño  Sánchez  y  los  demás  no- 
bles hablarán  por  sí  propios  y  prometerán  lo  que  Dios 
les  inspire.  Os  rogamos^  empero,  que  puesto  que  todos 
hacemos  tanto  por  vos  en  este  negocio,  nos  deis  parte 
de  la  conquista  que  con  nosotros  ganéis,  así  en  muebles 
como  en  inmuebles,  para  que  se  perpetué  en  la  tierra 
nuestra  memoria  y  no  se  olvide  en  ningún  tiempo  nues- 
tro servicio  1.» 

En  pos  de  él  se  levantó  Ñuño  Sánchez  y  dijo:  «Bue> 
ñas  son,  oh  señor,  las  palabras  de  Guillermo  de  Mon- 
eada, y  bien  y  gallardamente  habla  por  sí  y  por  su  lina- 
je; ahora  yo  responderé  por  mí.  Dios,  que  nos  crió,  ha 
querido  que  fueseis  rey  y  señor  nuestro:  y  puesto  que  á 
Él  place,  debe  placernos  á  nosotros,  y  á  mí  más  y  más, 
que  estoy  tan  inmediato  á  vos  en  parentesco  y  que  ten- 
go en  vos  un  buen  señor  y  amigo.  Así  que,  si  aumenta 
vuestro  honor  y  señorío,  no  puedo  ni  debo  creerme  ex- 
traño, sino  compañero  de  tal  prosperidad,  pues  que  Dios 
me  ha  concedido  ser  vuestro  deudo.  La  obra  que  pro- 
yectáis emprender  es  muy  buena:  obra  es  de  Dios;  y  á 
quien' con  Dios  obra,  Dios  le  instruye,  dirige  y  escuda. 

1  Algo  diferente  es  el  discurso  que  pone  Desclot  en  boca  del  viz- 
conde de  Bearn,  á  quien  coloca  en  tercer  lugar  después  del  conde  Ña- 
fio y  del  de  Ampurias.  En  ¿1  se  felicita  de  hallar  ocasión  de  volverá  la 
gracia  y  amor  del  rey,  de  que  se  le  había  privado  con  gran  /eloma\  le 
insta  á  que  no  exponga  su  persona  á  los  peligios  de  la  jornada,  y  en  to- 
do caso  promete  seguirle  con  loo  caballeix}s  y  sus  correspondientes  peo 
nes,  cuyo  número  conviene  con  el  consignado  en  la  escritura  de  concoi 
dia  que  firmaron  el  rey  y  los  magnates  en  Tarragona. 


B  CATALUÑA. — LtB.  V.  CAP.  XXVIH.      279 

:  y  treguas  por  mí,  por  los  míos  y  por 
onde  mi  padre  me  dio  ó  dejó  de  por 
>sell6n,  CoDÜent  y  Cerdaña,  y  en  espe- 
hIo  recoger  en  ella  el  bovaje;  y  segui- 
¡a  costa  cOn  ido  caballeros  armados  i, 
lente  hasta  que  Dios  os  haya  entréga- 
me daréis  porción  en  la  tierra  y  en  los 
ara  los  caballeros  y  peones  que  me  si- 
:aleras  y  embarcaciones  que  aprestaré 
lervicio  vuestro.* 

lida  la  palabra  el  conde  de  Ampurías, 
ntusiastas  por  la  guerra,  y  habló  asi: 
.ede  ser  bastantemente  loado  el  viaje 
icer,  siendo  tan  grande  la  utilidad  de  su 
:  si  Dios,  como  firmemente  creemos, 
i  y  conquistamos  ó  ganamos  el  reino 
iéo  de  nosotros  ó  de  qué  manera  todos 
apreciar  cuánta  gloría  á  Dios  se  le  tri- 
qué triunfo  resultará  para  la  fe,  y  cuan- 
1  para  las  naciones  que  sobrevengan,  y 
>bras  se  seguirán  para  los  fieles  en  las 
das?  Así  que  no  podemos  comprender 
elogiar  dignamente  la  tal  empresa.  Yo 
I  con  60  caballos  armados  y  otros  tan- 
aunque  yo  por  la  gracia  de  Dios  soy 
¡as,  mayor  y  más  noble  cabeza  de  nues- 
krmo  de  Moneada,  señor  de  Bearne  y 
ene  de  vos,  y  de  Castelveyl  que  es  de 
'O.  Por  lo  que  yo  apruebo  y  confirmo 
ha  dicho,  y  en  la  cuenta  y  número  de 
s  que  ha  prometido,  entiende  que  va- 
60  caballeros  míos,  como  prometidos 

;ro  de  gentes  promete  Nuío  en  la  concordia;  pero, 
i  hasta  ZOO,  sin  contar  los  donceles  é  hijos  de  ca- 
Elevar  á  este  grado  en  el  campo  de  batalla. 


28o  VÍCTOR  BALAGUfeR 

de  parte  del  linaje  nuestro.  Y  así  como  á  él  y  á  los  de- 
má$  se  ha  prometido  porción^  vos  me  daréis  la  que  me 
pertenezca  por  mis  caballos  y  hombres  á  pie  que  me 
siguieren,  pues  que  todos  los  caballeros  que  ofrecemos 
nosotros  y  los  demás,  s&  entiende  que  se  presentarán  y 
servirán  con  caballos  armados.» 

Después  de  éstos  hizo  su  propuesta  Aspargo,  arzobis- 
po de  Tarragona,  que  era  primo  del  rey,  y  dijo:  «Pode- 
mos repetir  las  palabras  que  pronunció  aquel  Santo  Si- 
meón, deseador  de  Nuestro  Señor  Jesucristo,  cuando 
tuvo  en  sus  manos  á  dicho  Jesucristo,  hijo  de  Dios,  álos 
cuarenta  días  de  su  nacimiento ,  de  quien  habían  pro- 
metido la  ley  y  los  profetas  que  debía  aparecer  tomando 
carne  por  nosotros.  Viderunt  oculi  mei  salutare  iuum:  han 
visto  mis  ojos  tu  salud.  Y  léese  que  dijo  haber  visto  la 
salud  de  Dios,  cuando  tuvo  en  sus  brazos  á  aquel  Señor 
que  había  venido  á  salvar  al  mundo  y  á  obrar  la  salud 
en  medio  del  mundo.  Nos  complacemos  en  aplicar  esta 
palabra  á  la  presente  materia,  como  que  maravillados 
nos  alegramos  en  nuestro  Señor,  y  gracias  y  alabanzas 
le  rendimos  en  el  fondo  del  corazón  por  haber  visto 
nuestros  ojos  la  salud  vuestra;  y  por  las  cosas,  señor, 
que  os  proponéis  y  que  tratáis  de  hacer,  ya  se  os  puede 
llamar  salud  de  Dios,  pues  que  para  salud  de  los  fieles 
y  exaltación  de  la  fe  y  de  la  Iglesia  pensáis  peregrinar, 
y  exponeros  á  vos  y  á  los  vuestros;  viendo  lo  cual  nues- 
tros ojos  y  escuchándolo  nuestros  oídos,  no  sin  razón 
nos  alegramos.  Por  lo  demás,  supuesto  que  nos  habéis 
prevenido  contestar  á  las  cosas  por  vos  propuestas,  visto 
lo  que  pensáis  hacer  y  lo  que  pedís,  decimos  que  todo 
ello  es  digno  al  par  de  alabanza  divina  y  humana;  por- 
que en  ello  ven  nuestros  ojos  gran  provecho  vuestro,  ^^ 
nuestro  estado  y  gobierno  y  nuestro  también,  pues  l 
aquí  os  resultará  grande  honra,  estima  y  satisfacciói 
de  las  cuales  nos  hará  partícipes  nuestra  sujeción  nati 


LLUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXVIII.      SSl 

e  negocio,  que  os  disponéis  á  em- 
I  nobles,  tiene  profundas  raíces  y 
s  difundirá  por  este  mundo  suave 
3n  la  manifestación  de  valientes 
siglo  para  cuya  posesión  nacemos 
dardón.  Rogamos,  pues,  á  Aquel 
bienes  todos,  que  se  digne  ílumi- 
blea  para  saludable  consejo  vues- 
lensa. 

L  respuesta  de  los  nobles  y  su  ge- 
le  ya  obligar  á  inclinar  mucho  al 
y  bien  han  ofrecido;  cosa,  señor, 
ja  en  vuestro  corazón  y  encomen- 
te  memoria,  para  que  cuando  con 
B  Vencedor  y  nuevo  dueño  y  po- 
is,  os  dignéis  acordaros  piadosa 
ros  vasallos,  y  repartir  con  amor 
LS  y  las  cosas  que  en  ellas  se  en- 
rsonas  que  consigo  habrán  tr^do 
ario  servicio.  Nos  empero,  señor, 
li  ejercicio  de  las  armas,  somos 
>8  dias,  y  no  hay  en  Nos  aptitud 
¡ante  expedición  y  fatiga:  mas  de 
te  de  la  iglesia  de  Tarragona,  os 
indar  disponer  de  nuestros  bienes 
e  ellos  servicios,  así  como  de  los 
Y  ayuda  de  tan  piadoso  objeto. 
Lción  divina  se  mueven  los  obis- 
Etn  y  acuerdan  seguiros  personal- 
eno  y  agradable  su  propósito,  y 
nos  licencia  de  ir  allende  el  mar. 
hijo  de  Dios  engendrado ,  que 
laje  humano  quiso  venir  á  este 
e  nuestra,  recibida  de  una  madre 
9  y  hombre  verdadero,  os  dirija  y 


282 


VÍCTOR  BALAGUER 


según  nuestros  votos  os  saque  glorioso  vencedor,  con- 
servado en  cualesquiera  peligros  con  su  divina  pro- 
tección 1.» 

Al  terminar  su  discurso  el  arzobispo,  estaba  ya  en  pie 
el  obispo  de  Barcelona,  Berenguer  de  Palou,  aquel  mis- 
mo prelado  que  había  tomado  parte  en  la  batalla  de  las 
Navas  al  frente  de  40  ginetes  y  i  .000  infantes,  y  en  estos 
términos,  habló: 

«Cuando  Nuestro  Señor  Jesucristo  quiso  transfigu- 
rarse en  el  monte  Tabor,  en  presencia  de  tres  apóstoles, 
y  manifestarles  su  gloría,  apareciéndose  allí  Moisés  y 
Elias;  y  San  Pedro,  no  sabiendo  lo  que  decia,  deseó  que 
se  levantaran  en  el  mismo  sitio  tres  tabernáculos,  oyó- 
se la  voz  del  Padre  sobre  el  Hijo,  diciendo:  Hic  est  fiUus 
metis  dilectus  in  qtio  mihi  ben^  complacui;  que  significa: 
este  es  mi  Hijo  amado  en  el  cual  he  tenido  complacen- 
cia. Esta  expresión,  señor  rey,  os  conviene  muy  bien 
á  vos,  y  merecéis  que  Nuestro  Señor  Jesucristo,  para  el 
acrecentamiento  de  cuya  honra  tan  solicito  os  mostráis, 
os  llame  su  hijo  á  quien  crió,  á  quien  hizo  rey,  á  quien 
durante  su  pasión  redimió  á  tanta  costa.  Pero  última- 
mente de  vos,  como  de  hijo,  manifiesta  haber  recibido 
nuevo  placer  por  el  viaje  de  que  tratáis,  que  será  des- 
trucción de  los  enemigos  de  la  cruz,  conquista  de  te- 
rrestre reino,  y  adquisición  de  reino  perpetuo  y  celestial. 
Así,  pues.  Yo,  por  mí  y  por  la  iglesia  de  Barcelona,  os 
ofrezco  y  prometo  100  caballeros  armados  ó  más,  á  mis 
propias  expensas,  que  continuarán  hasta  que  seáis  due- 
ño de  las  islas,  y  os  pido  porción  de  lo  que  ganéis  para 
aquellos  que  conmigo  irán,  y  así  para  caballeros  como 
para  marineros.! 

El  ofrecimiento  de  Berenguer  de  Palou  fué  como  la 

1  Desclot  especifica  más  los  ofrecimientos  del  anciano  arzobísp 
que,  según  dicho  cronista,  prometió  ayudar  á  la  empresa  con  1.000  mai 
eos  de  plata,  500  cargas  de  trigo,  100  caballeros  y  1 .000  peones. 


,ÜNA. — LIB.  V.  CAP.  XXVm.      283 

Jesiásticos,  que  á  porfía  prome- 
íbispo  de  Gerona  ofreció  capita- 

,  —  abad  de  San  Feliu  de  Guixols, 

cinco;  el  paborde  de  Tarragona,  cuatro  y  una  galera;  el 
arcediano  de  Barcelona,  lo  y  200  infantes;  el  sacrista 
de  Gerona,  10  y  los  peones  que  pudiese,  y  así  otros 
miembros  de  la  clerecía,  que  además  ofrecieron  asistir 
al  rey  con  sus  personas. 

Los  magnates  que  estaban  presentes  anduvieron  tam- 
bién hidalgos  en  las  ofertas.  Ramón  de  Moneada  juró 
gastar  en  la  demanda  cuanto  tenía  y  esperaba,  y  llevar 
consigo  25  caballeros;  Francisco  de  Sanmarti  y  Guiller- 
mo de  Cervellón,  digeron  que  se  presentarían  el  día  de 
la  partida  con  100  caballeros;  Ramón  Berenguer  de 
Ager,  ofreció  unir  otros  25  á  los  de  Ramón  de  Monea- 
da; Berenguer  de  Santa  Eugenia  y  Gilaberto  de  Crui- 
lles,  se  obligaron  á  mandar  3o  caballeros;  Hugo  de  Ma- 
taplana  y  Galcerán  de  Pinos,  5o;  3o,  Raimundo  de  Ale- 
many  y  Guillermo  de  Claramunt,  y  por  el  mismo  orden 
otros  muchos. 

Llególes  por  fin  su  vez  á  las  ciudades,  de  las  cuales, 
por  lo  que  parece  desprenderse,  sólo  Barcelona,  Tarra- 
gona y  Tortosa  tenían  diputados  en  aquellas  Cortes. 
Levantóse  de  su  asiento  el  ciudadano  Pedro  Groyn,  y 
en  nombre  de  la  capital  del  Principado,  pronunció  el 
notable  y  patriótico  discurso  siguiente  i: 

«Largo  tiempo  hace  ya  que,  por  culpas  y  pecados  de 
las  gentes,  no  han  tenido  nuestras  ciudades  ninguna 
materia  de  gozo  ni  ocasión  alguna  de  alegría,  sino  que, 
convertidas  casi  en  tristeza,  por  muchos  años  han  en- 
mudecido. Este  nuestro  suelo  de  Barcelona,  que  es  y  se 
llama  ciudad  por  excelencia  sobre  las  restantes,  de  mu- 

1  Este  bello  discurso  del  dipuLido  barcelonés,  sólo  ñgura  por  exten- 
so en  la  crónica  de  Uarsilio;  la  de  D.  Jaime  no  lo  pone  más  que  en 
exlrírto. 


284  VÍCTOR  BALAGUER 

chos  años  acá,  sólo  un  placer  recuerda  haber  recibido,  y 
fué  cuando  por  primera  vez  se  halló  enriquecida  con 
vuestra  presencia;  pero  este  placer  no  enfrenó  las  lágri- 
mas, antes  bien  les  dio  rienda,  al  ver  el  condado  y  el 
reino  venido  á  manos  de  un  rey  niño  de  seis  años,  por 
lo  cual  jamás  nuestra  ciudad  apartó  de  si  el  temor  mien- 
tras tanto  que  vos  os  encontrasteis  en  mtoor  edad,  y 
nos  era  más  preciosa  vuestra  vida  que  la  nuestra  pro- 
pia, como  que  la  vida  y  felicidad  de  todos  de  vos  pendía. 
Mas  hoy  cumplidamente  aparecemos  rebosando  en  ale- 
gría, y  verdadero  gozo  inunda  la  ciudad  toda,  y  no  en- 
cuentra en  ella  ángulo  alguno  la  tristeza,  cuando  el  co- 
razón y  las  entrañas  de  todo  ciudadano  se  ceban  en  la 
sustancia  de  tan  gran  noticia.  Hoy  conoce  la  ciudad  la 
fortaleza  de  su  señor,  hoy  se  atrae  el  principe  nuevo 
amor  del  corazón  de  los  ciudadanos,  viendo  que  tales 
cosas  anhela,  que  tales  cosas  dispone  que  han  de  fijar 
el  mundo  y  el  cielo  en  el  espectáculo  de  tan  grandiosa  ha- 
zaña. Hierve  ya  la  ciudad  en  amor  y  devoción,  y  muche- 
dumbre perpetua  de  entrañables  y  afectuosos  clamores 
subirá  á  los  oídos  del  Altísimo,  para  que  en  la  empresa 
principiada  obtengáis  el  apetecido  logro.  Yo,  de  parte 
de  la  ciudad,  os  ofrezco  los  buques,  asi  navios  como 
barcas,  que  se  hallan  en  Barcelona  para  prestaros  agra- 
dable servicio,  conforme  requiere  la  piedad  del  objeto, 
y  en  esta  jornada  nos  portaremos  de  tal  manera,  que 
siempre  en  adelante  estéis  de  nosotros  más  compla- 
cido. B 

Según  la  crónica  real,  el  diputado  por  Barcelona  ter- 
minó su  discurso  con  esta  notable  frase: 

«Al  hacer  la  ciudad  este  ofrecimiento,  no  quiere  más 
recompensa  que  vuestra 'gratitud.» 

Otro  tanto  dijeron  de  por  sí  los  diputados  por  Tai 
gona  y  Tortosa.  Y  muchas  otras  ciudades  y  villas 
Principado  imitaron  más  tarde  el  ejemplo  de  estas  t 


;  CATALURA. — LIB.  V.  CAP.  XXVIII.      285 

:  Lérida,  Gerona,  Mantesa,  Cervera, 
mea,   Caldes,   Montblanch,  Prades, 

tsando  en  júbilo  su  corazón,  agradeció 
el  grande  amor  que  á  él  y  á  la  patria 
3  que  él,  por  su  parte,  contribuiría  á 
ivar  200  caballeros  de  Aragón,  muy 
Sí  y  gentilmente  arreados  de  buenos 
irmas;  5oo  donceles,  tan  excelentes 
mirables  infentes;  cuantos  sirvientes 
os  fuesen  menester  ',  y  muchos  inge^ 
con  adiestrados  ingenieros  para  dispo- 
los. fComo  Dios  me  dé  vida,  terminó 
de  uD  año  seremos  dueños  de  Ma- 

Jaime  su  discurso,  se  trató  de  fijar  el 
os  debían  reunirse  para  hacerse  á  la 
i,  dice  la  crónica,  en  el  puerto  de  Ta- 
'  Salou ,  á  mediados  del  mes  de  Mayo 
(en  lo  port  de  Tarragona  apeylat  Salou, 
maig  esdevenidor  sens  mitjd). 
i  de  darse  por  disueltas  las  Cortes,  se 
3or  la  que  el  rey  se  comprometía,  en 
r  suyo,  y  cuando  el  Señor  se  dignara 


1  decir  de  los  Sres.  Flotats  y  Bofarult,  c 
1],  eran  como  una  especie  de  plebe  de  lo^  ejírd- 
I  llamados  asi  todos  aquellos  vasallos  que,  sin  (e- 
¿n  á  otros  feudatarios,  debían,  en  virtud  déla 
le  tes  había  hecho  su  seílor,  acompaCar  á  ésle  y 
y  cabalgadas. 

bras  que  Desclot  pone  en  boca  de  D.  Jaime:  "^ 
'  Aragé  irmit  iont  e  valtnlt ,  gittl  armait.  1  de  bina 
\s,  í  D  áotatllt  qtá  serán  iims  á  íavall  e  á  peus,  e 
ttmi  eam  tatster  n  iauri,  e  apar  tari  mott¡  ginys, 
yathri;  (jo  prorait  á  Deu  que  sois  q«t  vitia  m" 
seré  patsett  d  Mallorcai. . 


286 


VÍCTOR  BAULGUER 


hacerle  dueño  y  dominador  de  las  islas  de  Mallorca,  á 
asegurar  á  todos  y  á  cada  uno  las  correspondientes  por- 
ciones de  la  conquista,  según  los  servicios  y  méritos 
por  todos  y  cada  uno  contraidos;  nombrándose  para  en- 
tender en  el  reparto  de  muebles  y  tierras  al  obispo  de 
Barcelona,  al  conde  Ñuño  Sánchez,  al  de  Ampurias,  á 
los  vizcondes  de  Bearn  y  de  Cardona,  y  á  Guillermo 
de  Cervera. 

A  continuación  de  esto ,  avanzan  los  nobles  por  su 
orden,  y  juran  uno  á  uno  sobre  los  Santos^  Evangelios, 
hallarse  con  sus  compañeros  en  el  puerto  de  Salou  el 
primer  día  de  Mayo  para  acompañar  al  rey  en  su  viaje 
y  servirle  fielmente;  acércanse  en  pos  de  ellos  los  pre- 
lados, y,  quitándose  los  bonetes,  puestos  delante  de  los 
Evangelios  y  mentalmente  tocados,  confirman  á  la  vez 
el  servicio  y  el  embarque;  llega,  por  fin,  á  los  ciudada- 
nos el  turno  de  su  juramento,  que  prestan  entusiastas; 
y  se  estremece  el  palacio  á  las  voces  de  alegría  que 
brotan  de  todos  los  labios,  y  todo  es  fiesta  y  algazara 
y  regocijo,  y,  en  medio  del  general  contentamiento,  di- 
suélvense  aquellas  tan  solemnes  como  memorables  Cor- 
tes, después  de  haber  dado  el  primer  paso  para  la  fu- 
tura inmarcesible  gloría  de  la  Corona  db  Aragón. 


JLO   XXIX. 


— Preparativos  para  la  jomada  de  Ma- 
— Los  nobles  aragoneses  intentan  vana- 
lición  al  rey. — El  rey  y  los  suyos  toman 
estronado  de  Valencia. — Sentenda  de 
Dofia  Leonor. —RectificaciÓD  del  cón- 
:diciún  sale  de  los  puertos  de  Satou,  Ta- 


>ETIEMBItE  DE    1229,) 

saba  el  palacio  se  comunicó 
,,  que  pw  las  calles  y  plazas  es- 
ultado  de  las  Cortes.  Aquella 
[listas,  Barcelona  bullia  en  en- 
trojo de  Marsilio,  que  copio  á 
simo,  y  cuadro  realmente  ini- 
lelicado: 

posada,  dice,  lleno  de  noticias 
entera  bulle  en  nuevos  rumo- 
asistido,  preguntaban  por  las 
ado  la  asamblea  y  lo  ordenado 
ian  de  allá  no  pueden  detenida- 
e  por  remate  á  todos  gritan: 
lOra  seat  ¡A  Mallorca!  Y  en  se- 
rece  asentir  al  viaje;  y  las  ca- 
alesquiera  avíos  necesarios,  y 
como  ofensivas,  y  de  mujeres 
eras,  velas  y  diferentes  arreos, 
:aballos.  Pierde  el  sosiego  toda 
gazara  se  ocupan  y  maniobran 
ibaja  lo  nuevo,  allí  se  remienda 


^ 


288  VÍCTOR  BA LAGUER 


lo  gastado,  acá  se  elige  á  los  más  fuertes,  allá  se  distri- 
buyen por  oficios  los  elegidos.  Y  no  queda  la  infancia 
sin  participación  de  este  contento;  pues  júntanse  los  ni- 
ños, y  toman  vestiduras  por  adargas  y  cañas  por  picas, 
y  buscan  sitio  para  pelear,  y  unos  trabajan  fingidamente 
en  defender  á  Mallorca,  otros  se  esfuerzan  en  comba- 
tirla, y  se  da  á  los  cristianos  el  triunfo,  vencidos  varo- 
nilmente sus  contrarios;  asi  que  los  juegos  de  la  infantil 
edad  son  mensaje  y  pronóstico  de  la  verdadera  alegría; 
y  en  tanto  que  obra  así  puerilmente,  arranca  multipK- 
cados  suspiros  á  los  previsores  que  temen  las  varias  7 
acostumbradas  vicisitudes  de  los  combates  y  sus  riesgos 
imprevistos,  y  ruegan  que  asi  suceda  como  lo  represen- 
tan á  su  talante  los  muchachos  en  el  seno  de  la  paz  i.> 

La  decisión  de  las  Cortes  fué  solemnizada  en  Barce- 
lona con  notables  fiestas  religiosas,  cívicas  y  militares, 
de  que  nos  habla  Desclot,  ya  que  no  Marsilio  ni  la  cró- 
nica real.  Siendo  al  día  siguiente  Noche  buena  ó  víspera 
de  Navidad,  acudieron  á  palacio  nobles,  prelados  y  ciu- 
dadanos y,  acompañando  al  rey,  marcharon  á  la  iglesia 
catedral,  que  estaba  brillantemente  iluminada  y  no  po- 
día contener  el  gentío  que  la  inundaba.  Allí  pasaron  en 
vela  la  noche  el  rey,  la  corte  y  el  pueblo,  pidiendo  á 
Dios  protección  y  ayuda  para  la  jornada  de  Mallorca, 
y  oídos  maitines  y  la  misa  matinal,  fuéronse  á  descan- 
sar un  poco  para  luego  asistirá  un  espléndido  banquete 
con  que  los  obsequió  D.  Jaime.  Hubo  aquellos  días  jue- 
gos y  regocijos  caballerescos  y  populares,  y  justas  y 
torneos,  irradiando  á  los  semblantes  de  todos  el  entu- 
siasmo que  hervía  en  el  corazón;  que  era  la  expedición 
á  Mallorca  altamente  popular  en  Barcelona. 

Con  una  actividad  de  que  realmente  no  había  ejem- 
plo en  sus  anales,  comenzaron  en  Barcelona  los  apr^^' 

1     Traducción  de  Quadrado. 


-ALUNA. — LIB.  V.  CAP.  XJUX.       289 

ntes  de  partir  el  rey  para  Lérida, 
legamans,  ciudadano  barcelonés 

de  mar,  y  dióle  órdenes  para  la 
is  y  otros  buques  de  batalla,  al 

tandas,  leños  y  otras  naves  de 

ido  ya  el  1229,  partió  D.  Jaime 
lió  á  Juan,  cardenal  titulado  de 
¡nviado  á  España  por  el  Papa,  á 
^ón,  Ribagorzay  Pallars,  y  tam- 
í,  á  Cid  Abu  ¿cyd  Almanzor  que, 
1  revueltas  civiles  en  que  andaban 

ser  arrojado  del  trono  de  Valen- 
ira  Abu  Djomail  Ebn  Mordanich. 
labía  procurado  ya  anteriormente 
e,  venía  á  pedirle  que  le  ayudase 
uro  metiendo  en  cambio  hacerse 
tragones,  al  decir  de  las  crónicas, 
u^lenal  de  Santa  Sabina,  había 
¡nviado  por  el  Papa  para  enten- 
ey  y  de  su  esposa  Doña  Leonor 
to  á  los  barones  de  Aragón,  ha- 
i  invitados  por  D.  Jaime  para 
intra  Mallorca.  Ni  los  ricos-hom- 

ciudadanos  de  Lérida  eran  en- 
»cpedición,  y  es  lama  que  habían 
iplicándole  influyese  en  el  ánimo 
mbiar  de  propósito.  Todo  lo  que 
en  Barcelona  y  en  la  costa,  era 

r  con  toda  su  corte  á  los  maitines  de  la  ca- 
Ramún  de  Ptegamans,  de  la  ida  de  D.  Jai- 
<n  el  cardenal  de  Sania  Sabina  y  la  asam- 
invocados  tos  de  la  ciudad  y  los  licos-hom- 
la  menor  palabra  la  crúnica  real,  dí  la  de 
lesclot,  A  Zurita  7  á  los  demás  cronistas. 
19 


^ 


290  VÍCTOR  BALAGUER 

impopular  en  Aragón,  á  cuyos  pueblos  más  les  conve- 
nía ciertamente  acometer  á  Valencia;  que  de  los  moros 
de  Valencia  recibían  daños  continuos,  mientras  que 
ninguno  recibían  de  los  baleares.  Las  tentativas  de  los 
aragoneses  y  del  cardenal  hallaron  inflexible  á  Don 
Jaime.  Se  cuenta  que  éste  habló  de  su  empresa  con 
tanto  brío,  con  tanto  entusiasmo  y  con  tanta  convic- 
ción de  buen  éxito^  que  el  cardenal  de  Santa  Sabina, 
convencido  á  su  vez  y  ganado  por  el  entusiasmo  del 
monarca,  no  pudo  menos  de  exclamar: — « ¡Hijo!  la  idea 
de  semejante  empresa,  no  de  vos,  que  tan  joven  sois, 
sino  de  Dios  procede,  el  cual  os  la  inspiró  y  os  ha  envia- 
do su  gracia;  y  ya  que  es  así,  ¡plazca  á  Dios  que  podáis 
llevarla  tan  á  feliz  término  como  vuestro  corazón  desea!  • 
Convocó  D.  Jaime  á  parlamento  á  eclesiásticos,  ba- 
rones y  ciudadanos,  y  les  expuso  su  idea,  diciéndoles 
como  para  vengar  los  muchos  agravios  recibidos,  y  pa- 
ra gloria  de  sus  armas  y  de*  la  cristiandad,  había  ded- 
dido  acometer  la  empresa  contra  Mallorca.  Los  arago- 
neses y  los  leridanos  le  hicieron  entonces  presente  que, 
antes  que  á  Mallorca,  convenía  tomar  á  Valencia,  y  que 
si  esta  jornada  emprendía  en  lugar  de  aquélla,  podía 
contar  con  que  ellos  harían  cuanto  les  mandase,  sirvién- 
dole gustosos  con  sus  personas,  vasallos,  caballos  y  ar- 
mas; mas  de  ninguna  manera  en  lo  de  Mallorca,  de  lo 
cual  ni  se  curaban  ni  deseaban. — «No  por  cierto,  con- 
testó entonces  el  monarca;  no  seré  yo  quien  abandone 
la  empresa  de  conquistar  Mallorca,  que  jurado  lo  he, 
y  no  romperé  jamás  mi  juramento.  Quien  seguirme  quie- 
ra, cumplirá  con  su  deber  y  me  tendrá  á  mí  por  su  ami- 
go; quien  no,  recibirá  su  condigno  premio  1.» 

1     Sin  embargo,  los  de  L¿rida  debieron  contribuir  más  tarde  á  1» 
expedición,  imitando  el  ejemplo  de  otras  ciudades,  pues  en  el  rep. 
miento  se  hallan  continuados  por  198  caballerías  y  obtuvieron  l( 
querías  en  varios  términos  de  la  isla. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.  V,  CAP.  XÍIX.      29 1 

Estas  fueron  las  palabras  del  rey,  según  Desclot,  y 
en  seguida,  cogiendo  un  pedazo  de  cordón,  doblólo  á 
manera  de  cruz  y  pidió  al  cardenal  que  se  la  cosiese  al 
hombro.  Hízolo  el  cardenal,  dióle  su  bendición,  y  con- 
cedió grandes  indulgencias  á  cuantos  le  acompañasen  y 
ayudasen.  Por  aquel  acto  la  empresa  tomó  el  carácter 
de  cruzada,  apresurándose  á  recibir  la  cruz  de  manos 
del  legado  pontificio,  el  obispo  de  Barcelona  y  cuantos 
habían  ido  á  Lérida  en  la  comitiva  real. 

Firme  D.  Jaime  en  su  propósito,  disolvió  la  asam- 
blea de  Lérida  y  pasó  á  Aragón  para  apercibir  su  gentQ 
y  llevarse  á  cuantos  quisieran  seguirle  cumpliendo  cmi  su 
deber  y  como  él  mismo  había  dicho.  Mientras  tanto,  los 
caballeros  y  eclesiásticos  catalanes  se  volvieron  para 
sus  estados,  y  se  cuenta  que,  al  llegar  el  obispo  de  Bar- 
celona á  un  pueblo  llamado  Querol,  se  encontró  con 
Guillermo  de  Moneada  y  muchos  caballeros,  todos  los 
cuales,  al  verle  con  la  cruz,  quisieron  cruzarse  igual- 
mente, recibiéndola  de  manos  del  obispo  y  regresando 
juntos  á  Barcelona,  donde  aplicaron  nuevo  fuego  al  del 
entusiasmo  general,  con  sólo  presentarse  luciendo  en  el 
hombro  el  signo  de  la  redención. 

A  principios  de  Abril,  estaba  D.  Jaime  en  Calatayud 
con  el  legado  del  Papa  y  con  Abu  Zeyd,  el  destronado 
monarca  de  Valencia  i,  y  allí  fué  donde  cerró  con  este 
príncipe  moro  una  alianza  ofensiva,  para  cuya  seguri- 
dad se  dieron  mutuamente  varias  fortalezas  y  rehenes. 
Hábilmente  político  se  mostró  en  esta  ocasión  el  mo- 
narca aragonés.  Esta  alianza  debió  hacerle  conseguir 
tres  importantes  resultados;  i.°  Que  Abu  Zeyd,  con  el 
favor  de  D.  Jaime,  comenzaselaguerra  contra  el  rey  mo- 
ro de  Valencia,  empezando  á  abrirle  camino  para  cuan- 
do él  se  decidiese  á  emprenderla  por  sí.  2.^  Que  losara- 

1     Zurita,  lib.  III,  cap.  II. 


292 


VÍCTOR   BALAGUER 


goneses,  descontentos  por  la  empresa  de  las  Baleares, 
se  tranquilizasen  algo  al  ver  que  también,  aunque  de  un 
modo  indirecto,  se  empezaba  la  guerra  contra  Valen- 
cia. Y  3.**  Que  Djomail,  el  usurpador  del  trono  valencia- 
no, no  pudiese  prestar  auxilio  de  armas  al  emir  de  Ma- 
llorca, ocupado  como  se  hallaría  en  apagar  en  su  pro* 
pia  casa  el  fuego  que  en  ella  encendiesen  Abu  Zeyá  y 
los  suyos.  Y  realmente  fué  asi.  Desde  aquel  mismo 
instante,  á  juzgar  por  lo  que  dice  Zurita,  mientras  Dod 
Jaime  emprendía  su  expedición  contra  Mallorca ,  Ato 
Zeyd,  con  el  favor  del  rey,  de  D.  Pedro  Fernández  de 
Azagra  señor  de  Albarracín,  de  D.  Blasco  de  Alagón 
y  de  otros  caballeros  naturales  y  vasallos  de  D.  Jaime, 
comenzó  la  guerra  de  Valencia,  entrando  en  sus  tie- 
rras y  apoderándose  de  varios  castillos. 

De  Calatayud,  en  donde,  á  más  de  la  alianza  citada, 
puso  sin  duda  término  á  sus  aprestos  militares,  pasód 
rey  á  Tarazona.  Para  este  punto  había  citado  y  man- 
dado congregar  el  cardenal  de  Santa  Sabina  á  varios  de 
los  prelados  más  insignes  en  santidad  y  en  letras,  ai  ob- 
jeto de  entender  en  el  asunto  del  divorcio  del  rey.  Asis- 
tieron á  este  concilio,  según  Zurita,  Rodrigo  arzobispo 
de  Toledo,  Aspargo  arzobispo  de  Tarragona,  y  los 
obispos  de  Burgos,  Calahorra,  Segovia,  Sigüenza,  Os- 
ma,  Lérida,  Huesca,  Tarazona  y  Bayona.  La  senten- 
cia que  se  leyó  al  rey  y  á  la  reina  fué  de  que  quedaba 
nulo  el  matrimonio,  en  razón  del  parentesco  que  me- 
diaba entre  los  consortes,  por  ser  ambos  biznietos  dd 
emperador  D.  Alfonso  VIII  de  Castilla  y  de  León,  y 
de  haber  casado  sin  la  correspondiente  licencia  de  la 
Iglesia;  declarándose,  sin  embargo,  legítimo,  y  pudien- 
do  por  lo  mismo  suceder  en  el  trono,  al  hijo  llamado  Al- 
fonso, que  había  nacido  de  este  enlace  U 


1     Zurita,  lib.  III,  cap.  HI.  Este  hijo  de  D.  Jaime  y  Dofia  .' 


CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXIX.       293 

livorcio  tuvo  lugar  á  ñnes  de  Abril,  y 
ó  D.  Jaime  para  Cataluña,  llegando 
'  de  Mayo,  que  era  el  día  señalado; 
aliaban  aún  reunidas  las  fuerzas  ni 
£  naves,  fué  preciso  aguardar  hasta 
>re.  Durante  los  cuatro  meses  que 
en  Tarragona,  ratiñcóse  en  esta  ciu- 
lebrado  en  Barcelona,  y  aun  se  mo- 
us  cláusulas,  pues  que  habiéndose 
-  de  la  jornada  los  caballeros  templa- 
ríos,  con  quienes  al  principio  no  se  había  contado,  se 
nombró,  como  otro  de  los  que  debían  cuidar  del  re- 
partimiento de  la  isla,  al  fraile  Bernardo  de  Champaos, 
comendador  de  Mirabete  i. 

En  un  manuscrito  que  existia  en  Poblet,  constaba 
que  también,  durante  estos  cuatro  meses,  por  el  de 
Agosto,  había  hecho  D,  Jaime  un  viaje  al  citado  mo- 
nasterio, á  ñn  de  rogar  á  la  Virgen  que  patrocinase  la 
empresa,  añadiéndose  que  allí  se  bendijeron  las  bande- 
ras y  estandartes. 

Llegó,  por  ñn,  el  día  de  la  partida.  Los  albores 
matinales  del  miércoles  5  de  Setiembre,  sorprendieron 
á  multitud  de  naves  balanceándose  en  las  aguas  del 

ñor,  cuyo  nombre  era,  erectivameote,  Alfonso,  habk  üdo  ya  jurado  en 
Lérida  como  sucesor  al  trono,  probablemente  en  unas  Cortes  de  que 
DO  hablan  tos  anales.  D.  Jaime  le  declarfi  legitimo  y  sucesor  suyo 
ante  el  concilio  de  Tarragona,  y  antes  de  que  éste  diera  su  sentencia; 
pero,  según  Zurita,  hizo  la  declaración  de  que  Alfonso  le  sucedería  en 
«1  trono  de  Aragón,  mientras  que  los  demás  hijos  que  pudiese  tener  de 
otra  esposa  reinarían  en  CataluSa;  "  lo  que  equivalía,  aflade  Ortiz  de  la 
Vega  al  llegar  á  este  punto,  á  destruir  en  una  hora  de  ceguedad  la  obra 
mis  bella  de  sus  antepasados..  Más  adelante  tendremos  ocasión  de  ha- 
blar acerca  de  esta  declaración  y  propósito  de  D.  Jaime,  que  no  llegó, 
sin  embargo .  á  efectuarse ,  por  haber  muerto  Alfonso  anles  que  su 

1     Piferrer:  Mallorca,  pí^.  4 1 .  . 


294  VÍCTOR  BALAGUBR 

gran  puerto  y  de  las  playas  i;  las  flámulas  y  gallardetes 
ondeaban  azotados  por  el  viento  en  lo  alto  de  los  más- 
tiles;  las  trompetas  tocaban  á  partir;  la  hermosa  é  in- 
mensa playa  de  Ssdou,  teatro  un  día  del  desembarque 
de  los  Scipiones^  se  estremecía  al  choque  de  las  armas 
y  al  paso  de  las  huestes;  la  alegría  brillaba  en  todos  los 
rostros  y  moraba  la  esperanza  en  todos  los  corazones; 
la  multitud  acudía  á  presenciar  la  imponente  escena 
que  iba  á  tener  lugar  en  aquella  playa,  tan  hermosa 
por  la  historia  como  bella  por  la  naturaleza. 

Las  naves,  formando  tres  divisiones,  anclaban  ante 
Tarragona  y  ante  Cambrils,  pero  la  mayor  parte  en  Sa- 
lón. Había  aS  buques  mayores,  i8  taridas,  12  galeras, 
100  entre  galeotas  y  trabuces  y  muchos  leños  inferio- 
res. El  rey  llegó  con  su  hueste  aragonesa  capitaneada 
por  D.  Pedro  de  Maza,  el  conde  de  Carroz,  D*  Jimeno 
de  Urrea,  D.  Pedro  Cornel,  D.  Lope  Jiménez  de  Lue- 
sia  y  D.  Pedro  Pomar.  El  obispo  de  Barcelona,  Beren- 
guer  de  Palou,  marchaba  al  frente  de  sus  tercios,  délos 
cuales  nombrara  caudillos  á  su  primo  Guillermo  de  Mon- 
eada y  á  los  caballeros  Ramón  de  Solsona,  Ramón  de 
Montanyá  y  Arnaldo  Desvilar;  el  conde  del  Rosellón, 
Ñuño  Sánchez,  compareció  mandando  lucidas  compa- 
ñías, cuyos  jefes  eran  Vifredo  de  Rocaberti,  Olivier  de 
Termens,  Ramón  de  Canet,  Gisperto  de  Barbera,  Ra- 
món de  Vemet,  P.  A.  de  Barbera,  Bernardo  Spanyol, 
Bernardo  Olives,  Bernardo  de  Montesquiu,  Castellán 
Royz  y  dos  nobles  barones  de  Castilla  (dos  honráis  ba- 
rom  de  Castella,  dice  Desclot);  Guillermo  de  Moneada, 
vizconde  de  Beam,  llevaba  por  capitanes  y  compañe- 
ros á  Guillen  de  Santmartí,  Guillen  de  Cervelló,  Ramón 
Alamany,  Guillen  de  Claramunt,  Hugo  de  Mataplanai 


1     Marsilio  llama  gran  puerto  á  Salou,  y  playas  á  los  de  Tarrag 
y  Cambyils. 


CATALUÑA.— LIB.  V.  CAP.  XXIX.      295 

ms,  Ramón  de  Belloch,  Bernardo  de 
de  Pallafols  y  Berenguer  de  Santa 
;  éstos,  ibao  los  demás  nobles  y  ecle- 
ntes;  el  conde  Hugo  de  Ampurías, 
i  Berenguer  de  Cabanellas,  el  arce- 
Bernardo  de  Villagrana,  el  sacrista 
Pedro  de  Centellas,  el  sacrista  ge- 
I  de  Montgrí,  el  paborde  de  Tarra- 
itmartí,  las  ciudades  con  sus  contin- 
caballeros  voluntarios  aragoneses, 
es,  italianos,  genoveses,  marselle- 
irboneses  y  guíaneses,  componiendo 
15.000  infantes  y  2.000  caballos  i. 
la  gente;  hubo  consejo  con  los  prín- 
embarcaciones,  y  dispuso  el  rey  el 
a  de  navegar  la  armada.  La  nave  del 
let,  en  la  cual  iba  Guillermo  de  Mon- 
r  la  marcha,  cerrándola  la  en  que  iba 
el  conde  Carroz;  estas  dos  galeras  debían  por  la  noche 
enarbolar  un  farol  cada  una  como  guia;  en  el  centro  iría 
todo  el  convoy  de  las  naves  como  tandas,  brises,  leños 
y  demás  transportes;  y  por  fin,  las  galeras  se  reparti- 
rían por  entrambos  lados  de  manera  que  con  ellas  hu- 
biese de  tropezar  cualquiera  embarcación  enemiga.  Por 
lo  que  toca  á  D.  Jaime,  se  quedó  el  postrero  de  todos, 
subiendo  á  la  galera  de  Montpeller,  teniendo  así  ocasión 
de  recoger  en  barcas  más  de  i.ooo  hombres  quedesea- 

I  Quince  mil  infantes  y  1.5O0  caballos,  dicen  Miedcs,  Zurita,  Ma- 
riana y  todos  los  autores  siguiendo  á  éstos;  pero  la  hueste  debia  ser 
mucho  mayor,  pues  en  el  cómputo  de  aquéllos  no  entran  las  milicias 
de  ¡as  ciudades  y  villas.  Sólo  la  ciudad  de  Marsella  debió  enviar  muchos 
■uiilioa,  pues  Kgura  en  segundo  lugar  en  el  repartioüetilo  de  la  isla  con 
el  título  de  Hmibreí  dt  Manella.  Tocaroik  á  Barcelona  en  el  reparto  i 
razÓD  de  H77  caballerías  y  media,  á  los  hombres  de  Marsella  636.  i  los 
de  Tarragona  363.  y  asi  sucesivamente  en  descenso  k  los  demás.  (Véase 
el  libro  del  repartimieato  publicado  por  Quadrado.) 


296  VÍCTOR  BALAGUBR 

ban  formar  parte  de  los  expedicionarios  y  que  de  otro 
modo  hubieran  tenido  que  ver  frustradas  sus  esperaD2as. 

Apenas  los  de  Tarragona  y  Cambriis  vieron  que  la 
división  de  Salou  se  hacía  á  la  vela,  cuando  imitaron 
su  ejemplo.  «No  era  el  viento  muy  favorable,  nos  dice 
D.  Jaime  en  su  crónica  6  en  sus  memorias;  pero  está- 
bamos tan  impacientes  por  dejar  la  tierra,  que  cualquier 
viento  nos  parecía  entonces  bueno  como  nos  apartase 
de  ella.»  Y  á  continuación  de  esta  bella  frase,  añade 
este  otro  hermoso  rasgo:  «Cuando  se  dio  vela  á  los  bu- 
ques, miraban  con  placer  tan  bello  cuadro  los  que  que- 
daban en  tierra,  y  Nos  mismo  gozábamos  en  contem- 
plarlo, viendo  que  la  mar  llegaba  á  parecer  blanca  por 
la  multitud  de  velas  que  do  quiera  se  descubrían  i.t 

Habría  adelantado  la  armada  unas  20  millas  mar 
adentro,  cuando  saltó  de  improviso  el  viento  leveche  6 
sudoeste.  Los  cómitres  y  pilotos  de  la  galera  real  se 
presentaron  á  D.  Jaime  y  le  dijeron  que  con  aquel  vien- 
to no  sólo  no  irían  á  Mallorca,  sino  que  era  fácil  se  des- 
encadenase una  tempestad,  y  que  por  lo  mismo  le  acon- 
sejaban volver  á  tierra  á  esperar  para  su  empresa  más 
bonanzoso  tiempo. — «Volver  atrás  no  lo  haré  por  nada 
del  mundo,  contestó  valientemente  el  monarca.  Em- 
prendo este  viaje  confiado  en  Dios,  y  voy  en  busca  de 
aquéllos  que  en  Él  no  creen;  y  pues  voy  en  el  nombre 
del  Señor,  en  Él  confío  que  sabrá  guiamos.» 

1     Formaban  parte  de  la  armada  varios  buques  forasteros,  un  navio 
de  tres  puentes  de  Narbona,  una  galera  de  Montpeller  y  algunas  naves 
genovesas  que  debieron  ser  fletadas  por  algún  magnate.  Estas  últimas 
debieron  ser  en  número  muy  corto,  según  lo  escaso  de  la  recompensa  y 
el  silencio  de  las  historias,  pues  en  el  repartimiento  fíguran  sólo  por  28 
caballerías.  Los  hombres  de  Narbona  figuran  por  18  y  media.  Entre  las 
ciudades  extranjeras  Marsella  fué  la  que,  como  llevamos  dicho,  está  e 
segundo  lugar,  inmediatamente  después  de  Barcelona,  en  el  repartimiei 
to,  mientras  que  Zaragoza  en  cambio  sólo  está  en  el  último  y  figura  sól 
en  2  y  media  caballerías,  prueba  de  lo  insignificante  de  sus  servidos. 


TALUNA. — LIB.  V.  CAP.  XXDt.      297 

(redicho  los  pilotos,  la  nota  tuvo 
bien  pronto  á  la  tempestad  por  compañera  de  viaje.  Fué 
preciso  pasar  á  través  de  ella,  que  era  inmutable  la  vo- 
luntad del  rey,  y,  como  él  mismo  dijera,  nada  habla 
que  pudiese  hacerle  retroceder.  La  borrasca  se  desplegó 
con  furia,  esparramó  con  furor  las  naves  y  les  hizo  te- 
mer á  todos  el  malogro  de  la  empresa.  I^s  olas,  agita- 
d^  por  el  látigo  de  la  tempestad,  se  levantaban  impo- 
nentes y  amenazadoras,  rugiendo  con  cólera  y  abríendo 
con  estrépito  sus  flancos,  cual  monstruos  marinos  su 
desmesurada  boca  para  tragarse  las  galeras,  como  si 
los  infieles  de  las  Baleares,  temiendo  el  poder  de  aque- 
lla flota  que  se  les  acercaba,  hubiesen  tenido  el  medio 
de  evocar  á  los  espíritus  del  mal  para  que  la  destruye- 
sen antes  que  arribar  pudiera  á  sus  costas.  D.  Jaime, 
aquel  monarca  de  veinte  años  que  iba  á  conquistar  un 
reino  para  la  cristiandad,  permanecía  sereno  y  tranquilo 
en  medio  de  la  consternación  de  los  suyos  y  de  la  furia 
de  los  elementos.  La  sonrisa  no  se  apartó  de  sus  labios, 
la  fe  no  abandonó  su  corazón,  y  sus  ojos  no  dejaron  de 
mirar  al  cielo,  á  través  de  cuyas  densas  nubes  buscaba 
acaso  la  fulgente  estrella  que  le  guiaba  en  su  camino. 
La  tempestad  cesó,  disipándose  impotente  al  nacer 
el  siguiente  día.  La  armada  dio  gracias  á  Dios,  cayendo 
el  ejército  todo  de  hinojos  sobre  la  cubierta  de  los  bu- 
ques, y  al  levantarse  la  hueste,  fortificada  con  el  con- 
suelo de  la  oración,  los  vigilantes  dieron  la  señal  de  tie- 
rra, y  á  los  ojos  de  todos,  como  una  faja  azul  que  ceñía 
el  horizonte,  apareció  Mallorca  >. 

l  PeregrincB  incidentes  marcaion  la  IravesSa  de  Ib  armada,  que  con 
encantadora  sencillez  reRere  D,  Jaime  y  con  notable  taknto  ampUrica 
Uaridlio;  pero  ya  comprenderán  mis  lectores  que  en  una  obra  de  la  clase 
de  ísta.  no  es  posible  entrar  en  dertos  detalles,  y  sea  dicho  esta  vez  por 
todas.  Para  escrihir  la  completa  historia  de  Catalufia,  que  do  está  escri- 
ta (ni  U  escnbo  yo)  con  el  detenimieoto,  madurez  y  copia  de  datos 


2g8 


VÍCTOR    BALAGUBR 


CAPITULO  XXX. 

La  nota  llega  al  puerto  de  la  Palomera. — Nufio  Sánchez  y  Ramón  de 
Moneada  son  enviados  de  exploradores. — La  flota  pasa  á  Santa  Pod- 
za. — Desembarco  de  las  tropas. — Primer  encuentro  con  los  sarracenos 
y  primera  victoria  de  los  catalanes. — Primeras  armas  del  rey  en  Ma- 
llorca.— Preparativos  de  batalla. — £1  mando  de  la  vanguardia  se  con- 
fía á  los  dos  Moneadas. — Victoria  y  muerte  de  los  Moneadas.— Lo 
que  le  sucedió  al  rey  con  Guillermo  de  Mendiona. — Impadencia  del 
rey  por  tomar  parte  en  el  combate. — Batalla  general.— Acampa  el 
ejército  en  Portopí.— Entierro  de  los  Moneadas  y  discurso  del  rey  in- 
te sus  cadáveres. 

(Del  6  al  15  de  Setiembre  de  1229.) 

El  mismo  viento  contrarío  que  estorbaba  á  la  flota 
acercarse  á  PoUenza,  para  donde  había  encaminado  el 
rumbo,  impelió  los  bajeles  al  puerto  de  la  Palomera  ó 
del  Pantaleu,  en  el  que  entró  la  galera  real  el  viernes  7 
de  Setiembre,  arribando  luego  y  reuniéndose  toda  la 


que  ella  requiere,  se  necesitan  muchos  años,  y  es  más  obra  de  una  aca- 
demia que  de  un  particular.  Yo  trato  única  y  sencillamente  de  populari- 
zarla, de  hacer  que  el  pueblo  vaya  tomando  gusto  á  los  estudios  histó- 
ricos y  serios,  y  vaya  también  aficionándose  á  querer  saber  las  glorías  y 
hechos  virtuosos  de  sus  antepasados:  cada  pafs,  como  cada  familia  de 
nobles,  debe  tener  y  amar  la  tradición  escrita  de  sus  padres  y  abuelos; 
lo  que  es  árbol,  genealógico  en  una  casa  señorial,  es  crónica  é  historia 
en  el  pueblo,  que  también  éste  es  aristócrata  y  también  tiene  admirables 
títulos  de  nobleza.  Escribiendo  yo  esta  historia,  hago  lo  que  sé,  lo  que 
puedo,  lo  que  me  permiten  mis  escasos  talentos  y  mis  todavía  más  es- 
casos bienes  de  fortuna.  Hagan  más  los  que  más  puedan.  A  falta  de  uo 
trabajo  completo  en  esta  obra,  á  falta  de  las  circunstancias  que  debieno 
caracterizarla,  aprecíese  en  ella  mi  buena  voluntad  y  mi  amor  al  pí*' 
amor  que  en  mí  nó  se  ha  desmentido  jamás,  pues  en  los  diez  y  ^ 
afios  que  llevo  de  vida  literaria  y  en  los  nueve  de  vida  política,  he  s 
siempre  consecuente  en  consignar — y  he  tenido  siempre  el  valor  de  p. 


r 


HISTORIA   DE  CATALUÑA. — UB.  V.  CAP.  XXX.       299 

escuadra  sin  pérdida  de  ninguna  nave.  Su  llegada^  em- 
pero, no  cogió  de  sorpresa  á  los  sarracenos  que  ya  guar- 
necían aquella  costa,  esperando  ver  aparecer  de  un  mo- 
mento á  otro  las  naves  cristianas.  Eran,  por  lo  que  pa- 

cUunar,  hayan  sido  cualesquiera  las  circunstancias  porque  hemos  atra- 
vesado— mis  principios  inmutables  de  amor  á  Catalufia  y  amor  á  la  li- 
bertad. Y  cuenta,  que  mi  amor  á  entrambas  cosas  debe  ser  firme  y  debe 
ser  probado  cuando  ha  resistido  hasta  al  ridiculo  y  á  la  calumnia  que 
plomas  mercenarias  y  hombres  que  viven  de  la  difamación  y  lucran  con 
ella,  han  pretendido  hacer  caer  sobre  mi. 

Por  lo  demás,  si  hasta  ahora  no  ha  existido  aún  una  historia  de  Ca- 
talufia formando  cuerpo  de  historia,  aparte  los  Anales  de  Ftliu  de  la  B^ 
Ha  que  sólo  llegan  hasta  principios  del  siglo  pasado  y  que  por  su  redac- 
ción no  convidan  ciertamente  á  la  lectura,  en  cambio  hay  admirables  y 
notabilísimos  trabajos  que  nada  dejan  que  desear  sobre  hechos  dados,  ó 
sobre  grandes  épocas  determinadas  de  la  hjstoria;  y  esto,  dejando  á  un 
lado  á  Pujades.  que  es  especialidad  en  todo  lo  de  Catalufia  hasta  Ramón 
Berenguer  IV,  y  á  Zurita,  que  es  maestro  en  cosas  de  Aragón.  Ya  se 
habrá  podido  observar  que  tengo  yo  buena  cuenta  de  citar  estos  traba- 
jos especiales  y  referirme  á  ellos,  para  que  puedan  acudir  á  estas  fuen- 
tes todos  cuantos  deseen  más  detalles  sobre  un  hecho  y  más  pormeno- 
res sobre  una  época.  Asi,  por  ejemplo,  la  conquista  de  Mallorca,  que  es 
de  lo  que  ahora  se  trata,  ha  inspirado  páginas,  notables  que  han  logrado 
dar  reputación  por  si  solas  á  sus  autores.  A  ellas  hay  que  ir  á  buscar  los 
pormenores,  incidentes  y  detalles  que  no  caben  en  el  pálido  bosquejo 
mío.  Las  obras  que  se  han  escrito  sobre  este  episodio  épico  de  nuestra 
historia,  ó  á  lo  menos  las  que  yo  creo  más  dignas  entre  las  que  he  te- 
nido ocasión  de  hojear,  son,  aparte  siempre  los  documentos  diplomáti- 
cos: 1.^  Las  memorias  ó  crónica  escrita  por  el  propio  D.  Jaime.  2.^  La 
crónica  de  Fr.  Pedro  Marsilio,  amplificación  y  comentario  de  aquélla, 
escrita  en  latín,  traducida  después  al  catalán  y  últimamente  al  castella- 
no, por  D.  José  María  Quadrado.  3.®  La  crónica  del  caballero  Desclot, 
en  la  parte  que  trata  de  la  jornada  de  Mallorca.  4.^  Las  interesantes  y 
sabias  notas  con  que  Quadrado  ha  enriquecido  la  versión  castellana  del 
Marsilio.  5.^  La  brillante  y  poética  narración  de  Pablo  Piferrer  en  la 
piimera  parte  de  su  tomo  de  Mallorca,  6.^  Las  relaciones  de  Zurita, 
Dameto,  Muntaner,  Miedes,  Mariana  y  otros  antiguos,  hasta  los  moder- 
nos Romey,  Lafuente,  etc.  (*).    • 

O    Cuando  leo  esta  y  otras  notas  de  mi  primera  edición,  me  admira  que  hajran 
podido  ciertos  críticos  tratarme  con  tanta  injusticia  como  lo  han  hecho. 


300  VÍCTOR  BALAGUER 

rece,  los  moros  en  número  de  S.ooo  infantes  y  200 
caballos;  tenían  armadas  sus  tiendas^  y  estaban  dis- 
puestos á  impedir  el  desembarco. 

Conociendo  el  rey  cuánto  peligro  había  en  intentarlo 
por  el  momento,  llamó  á  consejo  á  sus  nobles  y  á  los 
cómitres  de  mayor  experiencia  y  madurez,  y  se  convino 
en  que  el  conde  Ñuño  Sánchez,  en  una  galera  suya  pro- 
pia, y  Ramón  de  Moneada,  en  la  de  los  de  Tortosa,  fue- 
sen navegando  hacia  la  ciudad  á  guisa  de  exploradores, 
reconociesen  la  costa  y  eligiesen  el  sitio  más  á  propósito 
para  intentar  el  desembarco.  Era  esto  el  sábado  por  la 
mañana,  y  al  anochecer  volvieron  los  exploradores  di- 
ciendo haber  encontrado  un  punto  llamado  Santa  Pon- 
za,  el  más  propio  y  excelente  para  el  objeto,  pues  junto 
á  él  había  una  altura  en  la  que,  apostados  5oo  hom- 
bres, podrían  con  toda  seguridad  proteger  el  arribo  de 
la  flota  y  el  paso  de  la  gente  á  tierra. 

El  domingo  quiso  el  rey  descansar,  y  con  algunos  de 
sus  barones  pasó  al  islote  de  Pantaleu,  á  donde  se  llegó 
nadando  un  sarraceno,  que  la  crónica  apellida  Alí,  y  el 
cual  dio  á  D.  Jaime  cuantas  noticias  éste  le  pidió  acerca 
de  la  isla,  la  ciudad,  el  emir  y  el  ejército  moro.  Re- 
suelto el  monarca  aragonés  á  marchar  al  nuevo  puerto 
de  Santa  Ponza,  señalado  por  sus  exploradores  capita- 
nes, intentó  ver  si  podría  burlar  la  vigilancia  de  los  sa- 
rracenos que  desde  la  costa  le  acechaban,  y  dio  orden 
para  que  á  media  noche,  y  con  el  mayor  silencio,  leva- 
sen anclas  las  galeras,  y,  remolcando  una  tarida  cada 
una,  se  dirigiesen  al  punto  donde  debía  operarse  el 
desembarco.  Empero  no  fué  tanto  el  silencio  ni  tanto 
el  cuidado,  que  dejasen  de  sentirlo  los  escuchas  moros. 
Dieron  la  señal  de  alarma  á  los  del  campo,  que  se  al- 
borotaron, salieron  de  las  tiendas  y  comenzaron  á  co 
rrer  por  la  playa  lo  más  cerca  del  agua  que  pudieron 
mientras  que,  lo  más  próximas  también  á  la  orilla^  ibaí 


E   CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXX.        3OI 

lleras  á  fuerza  de  vela  y  remo.  Lo 
reno  obligó,  sin  embargo,  á  los  mo- 
)s  rodeos,  mientras  que  las  galeras  y 

cada  vez  con  más  brio,  no  hallaron 
ron  llegar  antes  que  aquéllos  á  Santa 
lenzó  á  toda  prisa  el  desembarco, 
que  saltaron  en  tierra  fueron  Ñuño 

de  Moneada,  los  templarios  Bernar- 
nia  y  Gilaberto  de  Cruilles,  quienes, 
ino  á  los  sarracenos,  tomaron  aquella 
mar,  de  que  se  ha  hablado,  estable- 
i  división  de  700  infantes  y  i5o  jine- 
ido  á  todos ,  subiendo  el  primero  al 
>  en  él  una  lanza  con  una  banderola 
t  tomar  posesión  de  él,  un  soldado,  á 
temardo  de  Ruidemeya,  y  luego  lla- 
ona,  al  cual  el  rey  hizo  merced  del 

Fonza,  para  él  y  sus  descendientes, 
Jmente  el  primero  que  puso  el  pie  en 

1. 

as  los  nuestros  de  llegar  á  la  cumbre 
ido  los,  sarracenos  se  presentaron  en 
reconocer  su  número  el  bravo  Ramón 
y  sin  permitir  que  nadie  le  siguiera, 

hacer  seña  á  los  suyos  para  que  se 
istiendo  él  el  primero.  Eran  las  del 
erzas,  por  lo  menos,  que  las  manda- 

sta  cuenta  ea  su  tib,  III.  cap.  IV,  Ni  In  crónica 
lablut  de  este  hecho.  Sólo  Desclot  {párrafo  36) 
ircar  los  de  la  hueste  de  Nuflo  y  de  Moneada, 
rit,  ai  K»  semtnt  m  camita,  ab  avareas  ais  fon, 
'  de  ¡a  hosl  1  munláien  al  puig,  e  pttys  ligná  ai  la 
tatíar  al puig  avaiu  quelí  sarrahau  M  futen., 
1,  con  abarcas  y  ticmolando  un  pendón,  sería  el 
le  que  D09  habla  Zurita. 


302  VÍCTOR  BALAGUER 

das  por  el  de  Moneada,  y  sin  embargo,  los  moros  huye- 
ron ante  los  nuestros,  después  de  un  combate  que  no 
fué  muy  largo,  dejando  tendidos  i.Soo  en  el  campo. 
Ufanos  los  catalanes  con  su  victoria,  volviéronse  á  su 
primera  posición. 

En  aquel,  momento  desembarcaba  el  rey  y  le  presen- 
taban su  caballo  ya  ensillado,  y  al  decirle  que  ya  los 
suyos  habían  vencido  á  un  crecido  número  de  infieles 
que  acudían  para  oponerse  al  desembarco ,  nublóse  sa 
frente  en  medio  del  gozo  que  por  la  victoria  experimen- 
taba, y  exclamó: — «¡Malhaya  mi  suerte!  Dado  se  háen 
Mallorca  el  primer  combate  y  logrado  la  primera  victo- 
ria sin  haber  yo  participado  de  ellos.  Pero,  añadió,  no 
será  si  hay  entre  vosotros,  caballeros,  quien  seguirme 
quiera. »  Veinticinco  jinetes  había  sólo  á  su  lado  que  es- 
tuviesen en  disposición  de  seguirle,  y  al  frente  de  aquel 
reducido  escuadrón,  partió  el  rey  á  galope  hacia  el  sitio 
en  donde  tuviera  lugar  pocos  momentos  antes  el  com- 
bate. Buen  rey  era  aquél  que  se  dolía  de  no  haber  partici- 
pado de  los  primeros  peligros  de  sus  subditos  y  que  co- 
rría desalado  á  buscarlos,  sólo  para  que  pudiesen  serle 
gratas  en  conciencia  las  primeras  sonrisas  con  que  la 
victoria  favorecía  sus  armas.  Tres  6  cuatrocientos  in- 
fantes sarracenos  habían  tomado  posesión  en  lo  alto  de 
una  colina,  pero  al  ver  llegar  aquel  grupo  de  caballeros 
cristianos,  echaron  á  correr  para  subir  á  un  collado  don- 
de podían  estar  más  al  abrigo  de  la  caballería.  El  rey  y 
sus  compañeros  dieron  espuelas  á  sus  corceles,  y  no 
tardaron  en  alcanzarles.  Derribados  por  las  espadas  y 
pisoteados  por  los  caballos,  los  moros  sembraron  el  sue- 
lo de  cadáveres.  Hasta  8o  quedaron  allí  tendidos,  y 
satisfecho  D.  Jaime,  regresó  á  donde  estaba  su  hueste. 

Arreglóse,  no  muy  distante  de  la  playa,  un  camp 
mentó  provisional ,  y  allí  pasaron  la  noche  D.  Jain 
sus  barones  y  parte  de  la  hueste,  rendidos  todos  por 


I  Ponza  ni 
iridas;  las 
ista  el  lum 
ra,  ignon 
dónde  hablan  arribado  aquéllas,  y  m 
causa  de  las  sinuosidades  de  la  costa,  si 
su  rumbo,  y  doblando  el  cabo  de  la  1 
anclaron  en  la  ensenada  de  Porrasa.  E 
la  flota,  resultó  un  bien  para  la  huei 
desde  Porrasa  pudieron  ver  asomar  el  ( 
mandado  por  el  emir  sarraceno  iba  lie; 
txiras,  y  pudieron  por  consiguiente  m: 
que  á  toda  prisa  doblase  el  cabo  para  < 
Hasta  media  noche  no  llegó  el  mens 
qué  reunió  en  consejo  á  sus  barones  pai 
prudente.  Sin  el  aviso  de  los  de  Porrai 
llegaron  luego  muy  oportunamente  pi 
en  la  batalla,  la  formidable  hueste  sa 
quizá  sorprendido  el  campamento  crisi 
distaba  mucho  de  existir  la  vigilancia  i 
tuación.  Rasgueaba  apenas  el  alba,  cu£ 
nates  todos  se  hallaban  reunidos  en  e 
donde  se  celebraron  los  divinos  oBcios,  1 
po  de  Barcelona  una  fervorosa  plática, 
medio  del  más  solemne  silencio,  llegó! 
llenno  de  Moneada,  que  no  habia  com 
demás  al  partir  de  Cataluña,  y  lo  hizo, 
con  lágrimas  en  los  ojos,  bien  como  si 
le  advirtiese  de  su  destino  y  le  moviese 
tisimo  Sacramento  y  á  prepararse  á  la 
triste  alegría. 

Concluido  todo,  se  tuvo  consejo  y  se 
llevaría  la  vanguardia  en  la  jomada  qu 
leddiéndose  que  fuesen  los  dos  Moncac 
rizconde  de  Beam  reunió  á  los  suyos. 


•m^^ 


304 


VÍCTOR   BALAGUER 


de  SU  casa  y  de  su  linaje^  y  les  dirigió  una  breve  pero 
elocuente  y  enérgica  alocución,  que  copia  Desclot,  de 
modo  que  cuando  En  G.  de  Moneada  kach  parlai,  iots 
forcn  molt  alegres  é  scalfats  en  la  anwr  de  Dcu  é  coraíjuts 
de  morir  per  ell  si  menester  fós. 

Así  que  hubo  marchado  la  vanguardia,  recibió  aviso 
de  que  el  jefe  sarraceno  había  sacado  el  ejército  de  sus 
tiendas,  y  dejando  en  ellas  una  buena  escolta,  se  ade- 
lantaba por  otro  camino  con  lo  principal  de  su  hueste. 
Entonces  los  Moneadas  dividieron  en  dos  su  fuerza:  una 
mitad,  al  mando  de  Hugo  de  Ampurias  y  del  maestre 
del  Temple,  se  dirigió  á  las  tiendas,  mientras  que  la  otra 
mitad,  á  las  órdenes  de  Guillen  y  de  Ramón  de  Mon- 
eada, se  encaminaba  por  el  otro  lado  contra  el  grueso 
de  la  hueste  mora. 

El  de  Ampurias  y  el  maestre  entraron  á  viva  fuerm 
en  las  tiendas  y  se  apoderaron  de  ellas,  pero  no  fué  tan 
propicia  la  suerte  á  las  armas  de  los  Moneadas.  Tres 
veces  desalojaron  á  la  morisma  de  un  cerro  que  había 
ocupado,  y  tres  veces  los  sarracenos  volvieron  á  apode- 
rarse de  él.  Corto  era  el  número  de  los  cristianos  y  no 
les  llegaba  de  Santa  Ponza  socorro,  sin  embargo  deque 
el  rey,  que  oía  el  rumor  del  combate  á  lo  lejos,  daba 
prisa  á  sus  caballeros  para  que  acudieran  pronto  en  auxi- 
lio de  los  Moneadas,  pues  demasiado  imaginaba  que  les 
era  necesario.  La  impaciencia  del  rey  está  perfectamen- 
te descrita  en  la  crónica,  que  deja  entrever  un  retardo 
muy  reprensible  y  muy  sospechoso"  por  parte  de  Ñuño 
Sánchez. 

En  el  ínterin,  los  Moneadas  intentaron  el  cuarto  y 
último  esfuerzo  para  apoderarse  de  aquel  collado  que 
con  tanta  tenacidad  se  disputaban.  Los  dos  caudillos 
catalanes  reunieron  á  los  suyos  en  torno  de  su  señera^  v 
adelante  fueron,  y  tan  adelante  pasaron,  que  rompien 
aquella  vez  los  batallones  enemigos.  Pero  la  muerte  e 


PRE- 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXX.       305 

petaba  inexorable  y  sañuda  á  los  más  valientes  en  el 
seno  mismo  de  la  victoria.  Acorralados  los  Moneadas 
como  leones  por  gran  muchedumbre  de  moros,  como 
leones  pelearon,  pero  peleando  murieron,  cayendo  jun- 
to á  ellos  Hugo  de  Mataplana,  Hugo  Dezfar  y  otros 
ocho  de  los  más  ilustres  caballeros  de  su  linaje. 

Ya  en  esto,  es  decir,  cuando  el  combate  se  hallaba 
en  lo  más  recio,  habían  acudido  el  rey.  Ñuño  Sán- 
chez, Beltrán  de  Naya,  Lope  Jiménez  de  Luesia  y  Pe- 
dro de  Pomar,  todos  con  su  gente.  D.  Jaime,  lleno  de 
brío  y  de  impaciencia,  no  había  curado  de  armarse,  y 
aceptó  la  coraza  que  Beltrán  de  Naya  le  dio  en  aquel 
momento  despojándose  de  ella.  En  seguida  marchó  á 
galope,  sin  dejar  de  reprender  á  los  suyos  por  la  tar- 
danza. Al  llegar  al  sitio  donde  había  tenido  lugar  la 
primera  refriega,  pues  la  batalla  al  parecer  había  ido 
cambiando  de  teatro  y  avanzando  en  dirección  á  la  ciu- 
dad, lo  cual  prueba  que  iban  en  retirada  los  sarracenos, 
encontró  el  rey  á  Guillermo  de  Mendiona,  de  quien  de- 
cían que  no  había  en  todo  Cataluña  otro  que  mejor  jus- 
tara, siendo  además  buen  caballero,  el  cual  se  ri^tiraba 
de  la  pelea  llevando  ensangrentado  todo  el  labio  infe- 
rior.— f  Guillermo  de  Mendiona,  díjole  el  rey,  ¿cómo  os 
partís  del  combate?» — «Porque  estoy  herido,  señor,»  le 
contestó  el  caballero.  Acercóse  D.  Jaime  y  vio  que  su 
herida  era  sólo  en  la  boca  de  una  pedrada  que  le  habían 
arrojado.  Al  ver  esto,  el  mismo  rey  cogió  el  caballo  de 
las  riendas  y  díjole  al  jinete: — «Volveos,  Guillermo  de 
Mendiona,  á  la  batalla,  que  un  buen  caballero  por  se- 
mejante golpe  no  debe  acobardarse  ni  menos  abandonar 
la  lucha.»  Corrido  el  de  Mendiona  al  oir  estas  palabras, 
volvió  riendas  al  corcel,  y  entrándose  á  galope  en  lo 
I  ás  recio  de  la  pelea,  supo  hacerlo  tan  bien  y  cumplir 
t  nto  con  lo  que  se  le  había  mandado,  que  nunca  más 
^  )lvi6  á  parecer. 

TOMO  XI  20 


3o6 


VÍCTOR  BALAGUER 


Devorado  el  rey  por  su  febril  impaciencia,  se  apresa* 
raba  de  tal  modo,  que  apenas  podían  seguirle  sus  caba- 
lleros, y  sólo  12  permanecían  junto  á  él  cuando  llegó  i 
lo  alto  de  un  collado,  desde  donde  se  veía  el  campo  de 
batalla.  No  tardaron,  sin  embargo,  en  incorporársele 
70  jinetes  con  el  pendón  de  Ñuño  Sánchez,  llevado  por 
Roldan  La}ai,  con  el  cual  iba  Sire  Guillermo,  hijo  bas- 
tardo del  rey  de  Navarra.  En  la  sierra  veíase  á  muchos 
sarracenos,  en  medio  de  los  cuales  ondeaba  una  bande- 
ra  blanca  y  colorada  con  una  cabeza  humana  en  el  hie- 
rro  del  asta.  Quiso  D.  Jaime  picar  su  caballo  y  arreme- 
ter, pero  Ñuño  Sánchez,  Lope  Jiménez  y  Pedro  Pomar 
se  apoderaron  de  las  riendas,  diciéndole: — «Hoy  nos 
mataréis  á  todos,  y  vuestra  impaciencia  nos  llevará  á 
mal  fin.i  A  esto  contestó  el  rey: — «No  hay  para  qué 
tirar  así  de  las  riendas,  que  no  soy  león  ni  leopardo,  y 
ya  que  tanto  os  empeñáis,  iré  despacio.  Pero  recordad 
lo  que  os  digo:  quiera  Dios  que  tamañas  dilaciones  no 
resulten  en  grave  daño  nuestro.»  Y  así  fué  como  el 
rey  dijo,  pues  eran  precisamente  aquellos  momentos 
los  en  que  caían  los  Moneadas  víctimas  de  su  arrojo. 

cYa  en  el  ínterin,  había  llegado  refuerzo  á  las  dos 
vanguardias,  y  entraron  en  acción  todas  las  fuerzas. 
Rehechos  los  restos  de  la  división  que  mandaron  los 
Moneadas,  avanzaron  á  vengar  la  muerte  de  sus  valieo- 
tes  capitanes;  y  el  de  Ampurias  y  los  intrépidos  templa- 
rios, seguían  desalojando  al  enemigo  y  empujándolo 
hacia  la  sierra  de  Bendinat.  Fué  el  ataque  general:  car- 
gó el  rey  á  la  cabeza  de  su  hueste  y  de  la  gente  de  Doa 
Ñuño,  que  ya  se  le  habían  reunido;  y  en  aquel  colla- 
do, que  aun  hoy  día  conserva  el  nombre  de  CoU  del  Rq*, 
se  trabó  una  refriega  encarnizada,  mientras  con  no  me- 
nos furia  se  combatía  en  todas  aquellas  sierras.  Los  ^^ 
defendían  el  cerro  del  Rey,  cejaron  los  primeros;  y  o 
casi  sin  lidiar  se  apartasen  de  la  acción  2.000  pe 


ILUNA. — UB.  V.  CAP.  XXX.       307 

:y  con  alguna  caballería  en  su 
.rseles  empero,  porque  los  fúgi- 
dos, y  los  caballos  estaban  ren- 
dan peso  de  las  bardas.  Hizose 
is  moros,  que  la  emprendieron 
.do  en  el  cerro  del  Rey  el  guión 
s  ondearon  los  pendones  de  los 

Terminada  la  batalla,  supo  el  rey  por  el  obispo  de 
Barcelona,  Berengucr  de  Palou,  la  muerte  de  los  dos 
Moneadas,  y  es  fama  que,  al  recibir  esta  noticia,  abun- 
dantes lágrimas  corrieron  de  sus  ojos.  Inmediatamente 
dio  orden  de  que  sus  cuerpos  fuesen  retirados  del  campo, 
para  enterrarles  luego  con  el  homenaje  y  respeto  debi- 
do á  tan  ilustres  varones.  Era  aquel  dia  miércoles  12 
de  Setiembre,  y  acampó  el  ején:ito  al  pie  de  la  sierra 
de  Portopí,  de  lo  alto  de  cuya  sierra  vio  el  rey  por  pri- 
mera vez  la  bella  ciudad  que  entonces  se  llamaba  Ma- 
llorca y  hoy  Palma,  ciudad  que  gustó  á  sus  ojos  y  á  los 
de  la  comitiva,  dice  la  crónica,  más  que  cualesquiera 
otras  ciudades  hubiese  visto. 

El  jueves  i3  fortalecióse  con  trincheras  el  campa- 
mento, y  tratóse  de  dar  sepultura  á  los  difuntos,  comen- 
zando desde  la  puesta  del  sol  los  preparativos  a.  La  ar- 
mada, unida  ya  con  las  galeras  que  arribaron  á  Santa 
Ponza,  salió  de  la  Porrasa,  fué  siguiendo  la  costa  y  pe- 
netró en  Portopí,  donde  apresó  algunas  naves  sarrace- 
nas, andando  parte  de  ella  en  dicho  puerto  y  parte  en 
tente  de  la  dudad. 

El  viernes  14,  al  amanecer,  tuvo  lugar  el  entierro  de 

1  PiTerrer:  Afalürca,  pág.  52.— Quadrado,  en  sua  notas  al  Mirdlio, 
«<  icliua  &  creer  que  este  üiU  del  Rey  era  el  cerro  (in  encaraiíadamen- 
ti    ispuUdo  y  que  costó  la  vida  á  los  Moneadas. 

Sigo  en  la»  fechas  á  Quadrado,  que  sigue  á  su  vei  i  Harsilio.  Fi- 
fi   er  lo  adelanta  todo  de  un  dfa  siguiendo  á  Dcactot 


308  VÍCTOR  BALAGÜER 

los  Moneadas.  Los  cadáveres  de  aquellos  ínclitos  can* 
dillos  fueron  conducidos  en  una  camilla  al  lugar  donde 
debían  ser  enterrados  provisionalmente  i,  y  con  gjan 
amargura  lloraban  los  que  habían  sido  de  su  hueste  y 
de  sus  tercios.  Conmovido  hallábase  también  el  rey,  j 
tuvo  que  hacerse  no  poca  violencia  para  dominarse  y 
dirigir  en  estos  términos  la  palabra  á  los  que  le  ro- 
deaban: 

«A  Dios  ponemos  por  testigo;  á  Dios,  que  aquí  nos 
ha  traído  y  en  cuyo  servicio  estamos,  que  si  la  muerte 
de  estos  nobles  con  material  precio  redimir  pudiéramos, 
tanto  daríamos  de  lo  nuestro  que  el  decirlo  sería  lisonja 
y  el  hacerlo  les  parecería  á  muchos  locura.  Llorar  em- 
pero á  los  que  en  servicio  de  Dios  su  vida  tan  bizarra- 
mente han  fenecido,  si  la  fragilidad  de  nuestra  carne  y 
la  tierna  amistad  no  lo  excusaran,  pareciera  derogar  en 
algo  á  la  fe;  porque  ¿qué  católico  duda  de  que  hombres 
confesados  y  comulgados  no  sean  acogidos  por  la  mist' 
ricordia  divina?  ¿Y  quién  no  cree  que  reine  con  Dios  un 
hombre  católico  arrepentido,  privado  de  la  vida  tempo- 
ral por  los  tormentos  en  defensa  de  la  fe?  ¿Y  nosotros 
expuestos  al  peligro  lloraremos  á  los  ya  salvados?  El 
llanto  es  muy  perjudicial  al  ejército;  pues  si  la  ciudad 
con  nuestros  alaridos  llegara  á  entender  la  pérdida  y 
golpe  que  hemos  sufrido,  mostraríase  más  hostil  y  obs- 
tinada sabiendo  nuestro  daño.  Por  tanto,  os  mandamos 
dar  fin  al  llanto,  y  adormecer  los  clamores,  y  ahogar 
los  suspiros.  Nos,  en  lugar  de  ellos,  seremos  vuestro  se- 
ñor, y  á  vosotros  y  á  los  nuestros  haremos  bien  por  res- 
peto á  vosotros  y  á  tan  queridos  difuntos;  y  si  perdie- 
reis el  caballo,  os  lo  indemnizaremos,  y  os  daremos  to- 
das las  cosas  que  os  sean  necesarias;  y  de  vosotros  con 


1     Es  fama  que,  tomada  la  ciudad,  se  depositaron  en  una  pe< 
iglesia,  antes  mezquita,  y  de  allí  se  trasladaron  á  Cataluña. 


CATALUSa. — LIB.  V.  CAP.  XXXI.       3O9 

mos  tal  cuidado,  que  quitada  la  pre- 
ieñores,  la  cual  es  siempre  muy  tier- 
tallos  y  muy  para  echar  de  menos, 
nite  reparación,  en  todo  lo  demás  no 
talléis  huérfanos  de  señor.  Sólo  os 
los  que  me  oís  en  nombre  de  vues- 
ecimiento  de  tos  difuntos,  os  lo  im- 
o  su  muerte  en  la  memoria  la  ven- 
ados daños  y  muertes  de  los  enemi- 
)s  fielmente  para  que  en  este  lugar 
.0  su  santo  y  maravilloso  nombre.» 
:  este  discurso  sepultura  á  los  cuer- 
pos, y  parece  que  en  seguida  se  levantó  el  campo  para 
ir  á  fijarlo  ante  la  ciudad,  la  cual,  rodeada  desús  huer- 
tas y  sus  galas,  mostraba  toda  su  belleza  al  rey  cristia- 
no como  para  más  incitar  su  apetito  de  conquistador. 


CAPÍTULO  XXXI. 

Silio  y  toma  de  Mallorca,— Máquinas  í  ingenios  de  batir,— Predicación 
de  Fr.  Higüd. — Combate  con  los  moros  que  hablan  cortado  el  agua 
á  los  sitiadores.— Sumisión  de  varias  comarcas  sarracenas.- Continúa 
el  sitÍQ. -Propuesta  de  un  renegado  y  noble  contestación  del  rey. — 
El  emir  mallorquín  pide  capitulación,- Se  reúne  el  conseja  del  rey. 
— Se  decide  proseguir  el  sitio. — Heroico  juramento  de  los  sitiadores. 
— Asalto  de  la  ciudad. 

(Del  15  DE  Setiembre  al  31  de  Diciembre  de  1229.) 

No  es  posible  entrar  en  los  detalles  del  sitio  y  referir 
sus  episodios,  pues  que  sólo  para  ello  se  necesitaría  es- 
cribir un  volumen.  Basta  saber  que  el  real  de  los  sitia- 
dores se  circundó  de  valladar  y  foso,  guardando  la  mis- 
ma usanza  de  campamento  que  tenían  los  romanos,  y 
que  se  comenzó  á  combatir  fuerte  y  reciamente  la  ciudad. 


3IO  VÍCTOR  BALAGUER 

que  estaba  bien  murada  y  torreada  ^  y  cuya  pobladán 
se  elevaba  entonces^  por  lo  que  alguno  dice,  á  So,ooo 
almas.  El  rey  tenía,  como  ingenios  de  batir,  dos  trabu- 
cos, un  fonevol  ó  fundibulo  que  lanzaba  enormes  piedras 
contra  los  muros,  y  un  tnangano,  manganel  ó  turquesco, 
que  con  estos  nombres  lo  citan  indistintamente  las  cró- 
nicas. Por  lo  que  toca  á  los  sitiados,  montaron  dos  for- 
midables trabucos  y  14  algarradas,  entre  ellas  una, 
dice  Marsilio,  como  no  se  había  visto  jamás  otra  me- 
jor, pues  alcanzaba  con  la*s  piedras  al  ejército,  y  atra- 
vesaba cinco  ó  seis  tiendas.  Fué  necesario  entonces  que 
en  el  campo  sitiador  se  construyese  un  mantelete  ó  gaia^ 
bajo  la' dirección  de  Gisperto  de  Barbera,  con  el  cual  se 
podía  acercarse  hasta  el  foso,  á  cubierto  de  las  piedras 
y  dardos  que  arrojaban  los  de  dentro.  También  el  con- 
de de  Ampurías  mandó  hacer  otro  mantelete,  que  fué 
acercando  al  foso,  y  puso  dentro  de  él  una  buena  com- 
pañía y  zapadores  para  cavar  y  llegar  por  bajo  de  tierra 
hasta  lo  más  hondo  del  foso.  Otro  mantelete,  porfió, 
construyó  el  rey,  también  con  zapadores  dentro;  y  así, 
á  un  mismo  tiempo,  se  dio  principio  á  abrir  cavas  ó 
caminos  subterráneos;  de  manera  que,  mientras  el  man- 
telete de  Gisperto  de  Barbera  avanzaba  á  flor  de  tierra^ 
los  otros  dos  iban  minando  subterráneamente. 

En  el  ínterin,  para  dar  aliento  á  la  hueste,  apel6 
D.  Jaime  al  expediente  de  hacer  que  arengase  con  fre- 
cuencia á  los  soldados  un  fraile  dominico,  llamado 
Fr.  Miguel,  que  gozaba  gran  reputación  de  santo,  y  al 
cual  acompañaba  y  ayudaba  otro  fraile,  cuyo  nombre 
era  Fr.  Berenguer  de  Castellbisbal  1.  Las  predicaciones 
del  dominico  Miguel  contribuyeron  no  poco  á  dar  áni- 
mo y  esperanza  al  soldado,  cuya  moral  pudo  mantener 

1     Fué  éste,  más  adelante,  aquel  célebre  obispo  de  Gerona,  á  ^'"'" 
D.  Jaime  hizo  un  día  arrancar  la  lengua,  seguo  podremos  enteran 
uno  de  los  próximos  capítulos. 


>LUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXXI.       311 

:do  indulgencias  y  mercedes  e 

rey,  por  su  parte,  o&ecia  don 

la  ciudad  fuese  entrada. 

Iban  los  trabajos  del  sitio  adelantando,  aunque  c 

grandes  penalidades  y  tropiezos,  cuando  vino  un  acó 

tecimiento  á  poner  en  apretado  trance  á  los  sitiadon 

Sucedió,  pues,    que  un  hijo  del  diablo,  como  le  llai 

MarsUio,  un  moro  que,  según  la  crónica  real  se  llama 

Ifantilla,  según  Desclot  Fatula,  y  según  sospechas 

Romey  Fatih-Ellah,   halló  trazas  de  salirse  de  la  ci 

dad,  ó  vino  del  interior  de  la  isla,   que  esto  no  que 

probado,  al  frente  de  5.ooo  infantes  y  ico  jinetes,  ci 

los  cuales  se  colocó  en  un  cerro  vecino  que  domina 

el  campamento,  y  cortó  el  agua  de  un  arroyo,  que, 

bien  escasa,  bajaba  á  los  reales  y  era  suñciente  pa 

abastecer  á  personas  y  caballerías.  El  moro,  después 

haber  llevado  á  cabo  esta  hazaña,  acampó  en  el  sii 

mismo  de  la  cortadura  para  guardarla.  El  peligro  q 

iba  á  correr  el  ejército  por  la  falta  de  agua  era  m 

grave,  y  el  rey  comprendió  la  necesidad  imperiosa 

destruir  y  desalojar  del  cerro  á  la  hueste  sarracena. 

efecto,  envió  contra  ella  un  cuerpo  de  tropas,  mandac 

según  parece,  por  Ñuño  Sánchez,  aun  cuando  Desci 

dice  que  lo  fué  por  Gerardo  de  Cervelló  y  Ferrer 

Santmarti.  La  lucha  fué  obstinada;  defendiéronse  bi 

los  sarracenos,  pero  los  nuestros  subieron  al  cerrc 

mataron   5oo  moros,   incluso  su  caudillo   Ifantilla 

Fatih-Ellah,  cuya  cabeza  fué  llevada  en  testimonio 

victoria  á  D.  Jaime,  y  éste  con  su  fundibulo  la  man 

arrojar  por  encima  de  los  muros  de  la  ciudad,  para  t 

rror  y  espanto  de  los  sitiados  i .  De  esta  suerte  recot 

el  agua  nuestro  ejército. 

I  Este  hecho  ha  dado  lugar  i  que,  dramaüzAndolo  más  ó  menos 
cataran  las  crónicas  con  variedad  de  detalles.  Unos  dicen  que  el 
nojó  con  sus  trabucos  hasta  412  cabezas  de  moros  dentro  de  la  t 


n 


312  VÍCTOR  B ALAGÜER 

A  esta  victoria  unióse  luego  un  notable   aconteci- 
miento, para  hacer  más  llevadera  y  esperanzada  la  si- 
tuación de  los  cristianos.  Cierto  poderoso  moro,  llama- 
do Ben-Abety  que  poseía^  ó  á  lo  menos  tenía  autoridad 
sobre  un  distrito  poblado  por  800  casas  ó  familias  mon- 
tañesas, envió  á  decir  á  D.  Jaime  que  estaba  dispuesto 
á  sometérsele  con  todos  los  suyos,  si  los    admitía 
bajo  su  protección  y  real  seguro.  Accedió    D.  Jai- 
me; sometióse  Ben-Abet  1,  siguiendo  luego  su  ejemplo 
otros  tres  distritos  ó  comarcas  de  la  isla,  y  desde  aquel 
punto  comenzó  la  abundancia  para  el  campamento 
cristiano,  pues  los  moros  sometidos  acudían  á  proveerle 
de  toda  clase  de  comestibles.  Las  relaciones  entre  los 
nuestros  y  los  sarracenos  montañeses  debieron  hacerse 
muy  íntimas,  pues  no  sin  extrañeza  vemos  que  los  in- 
fieles pidieron  al  rey  dos  gobernadores  cristianos  para 
regentar  los  cuatro  distritos  sometidos,    nombrando 
D.  Jaime  bayles  de  aquellas  comarcas  á  Berenguer 
Durfort,  de  Barcelona,  y  á  Jaime  Sans,  de  Montpeller, 
siendo  este  último,   quizá,  el  embajador  del  mismo 
nombre,  enviado  al  emir  de  Mallorca  antes  de  la  expe- 
dición. 

dad,  y  que  en  represalias  fueron  lanzadas  desde  los  muros  al  caoifu- 
mento  varias  de  cautivos  cristianos.  Muntaner,  que  solo  por  incidente 
y  en  dos  capítulos  refiere  á  grandes  rasgos  la  conquista  de  Mallorca, 
dice  que  D.  Jaime  hizo  juramento  de  no  salir  de  la  isla  hasta  haber  co- 
gido por  la  barba  al  emir  ó  rey  sarraceno,  en  desagravio  y  venganza  de 
haber  éste  lanzado  á  su  campo  unas  cabezas  de  cautivos  cristianos. 
Otros  refieren  que  este  juramento  lo  hizo  D.  Jaime  antes  de  salir  de 
Cataluña,  cuando  tuvo  noticia  de  lo  mal  recibido  que  fué  su  embajador 
Sans;  pero  todo  esto,  particularmente  lo  del  voto,  tiene  marcados)* 
evidentes  visos  de  fábula. 

1     Muy  apurada  debía  ser  la  situación  del  ejército  cristiano  cuando 
se  presentó  Ben-Abet  para  someterse,  pues  que  al  referir  D.  Jaimí 
su  crónica  el  regalo  de  cabritos,  gallinas  y  uvas-  que  le  llevó  el  roorc 
llama  ingenuamente  ángel  de  Dios,  por  el  servicio  que  le  hizo  facüií 
dolé  aquellos  alimentos. 


DB  CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXXI.       313 

viiii  ucai^aiiaLi  y  con  la  rapidez  posible,  atendida  la 
ciencia  militar  de  aquellos  tiempos,  iban  avanzando 
mientras  tanto  los  trabajos  del  siti»,  que  consistían 
principalmente  en  las  dos  minas  subterráneas  del  rey  y 
del  conde  de  Ampurías.  Las  penalidades  eran  grandes; 
los  quebrantos  extraordinarios;  los  combatea  continuos; 
las  diñcultades  insuperables  para  otros  hombres  que  no 
hubiesen  sido  mandados  y  dirigidos  por  aquella  volun- 
tad de  hierro  y  por  aquella  fe  cristiana  que  tenían  por 
nombre  D.  Jaime.  Una  vez  los  sitiados  expusieron  so- 
bre el  muro  á  los  cristianos  cautivos,  y  los  levantaron 
en  cruz  desnudos,  ofreciéndoles  como  blanco  á  Jos  tiros 
de  los  sitiadores,  pero  las  víctimas  exhortaban  á  los  su  - 
yes  que  no  cesaran  de  disparar  por  causa  de  ellos,  pues 
que  así  alcanzarían  la  corona  del  martirio;  otra  vez  Jos 
moros  hicieron  una  contramina  para  estorbar  los  tra- 
bajos de  los  cristianos,  y  encontrándose  con  éstos  en 
las  entrañas  de  la  tierra,  tuvo  lugar  una  sombría  y  san- 
grienta refriega,  de  la  que  por  cierto  no  salieron  los 
nuestros  vencedores.  A  pesar  de  todo,  vencidos  hoy, 
triunfando  mañana,  con  luchas  continuas,  con  peligros 
á  cada  instante,  con  el  trabajo  por  reposo  y  el  combate 
por  descanso,  iban  los  nuestros  prosiguiendo  el  adelan- 
tado sitio,  fiados  en  su  joven  caudillo  de  veintiún  años, 
cuya  ñrmeza  y  cuya  fe  no  bastaba  nada  i  quebrantar. 
Por  fin  las  torres  de  la  ciudad  comenzaron  á  desmo- 
ronarse, gracias  á  los  esfuerzos  de  los  zapadores;  los 
muros  á  Haquear,  cediendo  á  las  enormes  piedras  que 
sin  descanso  lanzaban  los  ingenios,  y  los  fosos  á  cegar- 
se para  que  á  pie  llano  pudieran  entrar  al  asalto  Jos  ca- 
balleros, por  haberse  seguido  cierto  sistema  propuesto 
por  dos  hombres  de  Lérida.  La  plaza  no  podía  resistir 
por  mucho  tiempo  y  empezó  á  pensarse  en  capitulación. 
La  primera  entrevista  que  el  conde  de  Rosellón  Ñuño 
Sánchez,  plenipotenciario  del  rey,  tuvo  con  el  emir  de 


3H 


VÍCTOR  BALAGUBR 


Mallorca,  no  surtió  ningún  efecto,  pues  el  emir,  arre- 
pentido acaso  de  haberse  mostrado  débil,  despidió  al 
conde  sin  darle  explicación  ninguna.  Había  entonces  en 
la  plaza  un  personaje  de  quien  las  crónicas  hablan  poco 
y  con  misterio.  Nombrábanle  Mahomet,   pero  aunque 
este  nombre  tenia,  y  ñgura  como  caudillo  moro,  y  pri- 
vaba, según  parece,  con  el  emir  de  Mallorca,    no  era 
otro,  sin  embargo,  que  un  caballero  aragonés,  de  cris- 
tiana y  esclarecida  estirpe,  llamado  Gil  de  Alagón,  el 
cual,  por  circunstancias  que  han  permanecido  ignora- 
das, habia  renegado  de  la  fe  pasando  á  las  Baleares, 
donde  servia  bajo  los  estandartes  del  profeta.  Este  Ma- 
homet, ó  mejor  Gil  de  Alagón,  tuvo  una  entrevista  se- 
creta con  Pedro  Cornel,  caballero  cristiano,  y  le  pro- 
puso, para  que  éste  transmitiese  el  mensaje  á  D.  Jaime, 
que  por  parte  del  emir  se  abonarían  al  rey  de  Aragón 
todos  los  gastos  que  él  y  sus  nobles  hubiesen  hecho  en 
aquella  expedición  si  consentía  en  retirarse.  Transmi- 
tida la  propuesta  al  rey»   encolerizóse  sobremanera  y, 
roja  la  frente  por  el  fuego  de  la  indignación,  contestó, 
señalando  un  monte  que  se  veía  á  lo  lejos: 

— «Aun  cuando  me  dieran  tanta  plata  como  la  que 
puede  caber  desde  aquella  montaña  hasta  aqueste  sitio 
en  donde  estamos,  no  abandonaría  mi  idea  de  ganar  á 
Mallorca.  No  volváis  á  proponerme  nunca  tratos  seme- 
jantes, Pedro  Cornel,  y  sabed  que  jamás  volveremos  á 
Cataluña  si  no  nos  abrimos  paso  por  la  ciudad. » 

Una  entrevista  más  formal  tuvo  lugar  bien  pronto 
entre  el  emir  sariraceno  y  el  conde  del  Rosellón,  que  le 
fué  nuevamente  enviado  como  embajador;  pero  aquí 
permítaseme  ceder  la  palabra  á  Marsilio,  cuya  autoriza- 
da crónica  refiere  este  episodio  y  sus  consecuencias  coa 
encantadora  sencillez. 

«Otra  vez  despachó  el  rey  de  Mallorca  un  mensaje' 
rey  para  que  le  enviase  á  Ñuño,  de  quien  había  oi( 


ATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXXI.        3I5 

I  del  rey  y  de  una  misma  sangre  6 
parentesco.  Fué  allá  Ñuño,  y  á  la  salida  de  la  puerta 
Portopí  alzóse  una  suntuosa  y  magníñca  tienda,  dentro 
de  la  cual  había  muy  bellas  y  blandísimas  almohadas. 
Toda  la  hueste  suspendió  los  trabajos,  y  ningún  daño 
se  intentaba  por  ninguna  de  las  partes  mientras  que  se 
trataban  estas  conferencias.  Tomó  asiento  el  rey  de 
Mallorca  con  dos  ancianos  únicamente,  y  tomólo  Ñuño 
y  algo  más  lejos  el  judío  enviado  en  calidad  de  intér- 
prete, y  quedaron  añiera  los  caballeros  de  Ñuño  y  algu- 
nos sarracenos.  Empezó  Ñuño  diciendo:  ■¿Porqué  razón 
habéis  pedido  al  rey  que  me  enviase  á  mi  á  hablar  con 
vos?»  Respondió  el  rey  de  Mallorca:  «No  habiendo  yo 
en  ningún  tiempo  de  palabra  ni  de  obra  hecho  injuria  á 
vuestro  soberano,  maravillóme  mucho  de  que  tan  cruel- 
mente esté  dispuesto  contra  mí,  que  se  esfuerce  por 
todos  medios  en  arrebatarme  el  reino  que  me  ha  dado 
la  divina  Providencia;  por  tanto  á  vos  y  á  los  demás 
nobles  ruégoos  le  aconsejéis  que  abandone  la  empresa 
injustamente  principiada,  y  Nos  le  resarciremos  todos 
los  gastos,  y  vosotros,  todos  salvos  y  seguros,  os  reti- 
raréis en  paz,  y  todo  lo  que  prometemos  pagar  se  des- 
pachará dentro  de  cinco  días.  Y  en  esto  no  hay  que 
sospechar  ni  creer  que  temamos  el  último  trance  de  ex- 
terminio, pues  que  por  gracia  de  Dios  tenemos  acopio 
de  armas  y  de  víveres  y  de  todas  las  cosas  que  para 
defensa  de  una  ciudad  se  juzgan  necesarias,  sino  que 
procuramos  únicamente  redimir  y  terminar  molestias. 
Y  para  que  tengáis  estas  palabras  por  verdaderas,  man- 
dad bajo  nuestra  salvaguardia  dos  hombres  dignos  de 
fe  queden  testimonio  de  verdad  acerca  de  nuestra  abun- 
dancia de  armas  y  de  comestibles.  Ni  nos  asusta  el  que 
las  torres  hayan  sido  derrocadas,  pues  juzgamos  impo- 
sible, ni  tememos  ó  creemos  que  pueda  suceder,  el  pe- 
netral- vosotros  por  aquel  punto.  * 


3i6 


VÍCTOR  BALAGUER 


» Acabada  la  plática  del  rey  de  los  sarracenos,  respon- 
dió Ñuño  y  dijo:  tQue  no  habéis  ofendido,  decís,  al  rey 
nuestro  señor,  y  que  por  lo  mismo  no  tiene  razón  algu- 
na para  venir  á  hostilizaros;  y  por  cierto  que  dos  ofen- 
sas ocurren  de  pronto  bien  maniñestas.  La  primera  es 
en  asunto  de  fe,  pues,  según  nuestra  creencia,  Jesucris- 
to, Dios  y  hombre,  redimió  con  su  sangre  todo  el  lina- 
je humano,  y  el  mundo  entero  le  está  perpetuamente 
obligado;  y  como  vos  no  profesáis  esta  fe,  sino  que  Ja 
perseguís  y  molestáis,  es  menester  que  á  la  llegada  del 
rey  católico,  ó  abracéis  la  fe  católica,  ó  á  él  y  á  sus  cre- 
yentes, de  grado  ó  por  fuerza,  abandonéis  el  reino.  La 
segunda  razón,  es  temporal  injuria;  pues  habiendo  vos 
apresado  una  tarida  de  vasallos  suyos,  llena  de  consi- 
derables riquezas  en  que  mercaderes  de  paz  navegaban, 
el  rey  os  despachó  un  enviado  de  su  casa  llamado  Jai- 
me Sans,  para  rogaros  de  su  parte  que  os  dignaseis  en- 
tregarle aquella  nave  con  los  hombres  y  efectos  en  ella 
contenidos;  y  vos,  movido  de  un  vehemente  espíritu  de 
arrogancia,  le  preguntasteis  ¿quién  era  aquel  rey  que 
tal  cosa  solicitaba?  y  él  os  repitió  que  era  el  rey  de  Ara- 
gón. Ciertamente  que  no  estabais  tan  fuera  de  nuestros 
confines  ni  de  las  regiones  habitables,  que  distando  ape- 
nas el  rey  de  Aragón  200  millas  de  esta  isla,  así  pudie- 
rais ignorarle  ó  desconocerle;  y  como  vos  tan  altiva  y 
desdeñosamente  replicaseis  quién  era,  viendo  y  escu- 
chando el  mensajero  un  desprecio  de  su  señor  tan  ma- 
nifiesto, movido  de  su  adhesión,  respondió:  hijo  es  de 
aquel  monarca  que  ganó  la  batalla  de  Úbeda.  Y  vos 
lleno  de  enojos  quisisteis  matarle,  pero  os  contuvo  su 
calidad  de  embajador,  y  no  el  ser  enviado  del  rey  de 
Aragón,  sino  el  no  irrogar  perjuicio  á  la  común  indem- 
nidad de  los  mensajeros  que  gozan  de  seguridad  en  to- 
das partes.  Y  el  enviado  os  respondió:  bajo  vuestra  sal 
vaguardia  he  venido,  y  en  poder  vuestro  estoy;  hace 


ORIA  DE  CATALUÑA LIE.  V.  CAP.  XXVI.       317 

le  se  os  antoje;  pero  no  debíais  ciertamen- 
fa  ni  fingir  ignorancia  acerca  del  nombre  y 
í  mi  señor;  así  que,  si  con  alguna  dureza  os 
vos  me  habéis  dado  motivo  para  ello, 
continuó  Ñuño,  el  monarca  cuyo  nombre 
I,  por  cuyos  estados  preguntabais,  cuyo  po- 
ásteis,  cuya  demanda  vacia  y  sin  efecto  de- 
Ll  otro  punto  os  contestamos  que  nuestro 
de  veintiún  años,  que  este  es  su  estreno  en 
le  las  armas,  que  es  de  gran  fortaleza  y  de  ele- 
n,  y  que  ha  concebido  el  ñrme  propósito  de 
jamás  de  aquí  antes  de  haber  obtenido  todo 
fún  desea.  .Y  si  le  persuadiera  lo  contrario  el 
US  nobles,  rechazaría  tal  consejo  absoluta- 
ir  tanto,  no  hay  que  alargarse  en  palabras 
nto,  porque  ni  podréis  inclinar  á  ello  el  áni- 
ni  torcer  á  los  que  lealmente  le  aconsejan.! 
rey  sarraceno:  «Puesto  que  no  os  place  lo 
js  propuesto,  todavia  ofrecemos  más.  Daré- 
>  besantes  por  persona,  comprendiendo  á 
lujeres  y  niños;  y  cederémosle  la  villa,  y 
embarcaciones  en  que  podamos  seguramen- 
¿frica,  y  permítase  quedar  á  los  que  quie- 
estos  ofrecimientos,  dijo  Ñuño  que  carecía 
por  lo  cual  le  parecía  ser  indispensable 
I  directa  del  rey. 

:  Ñuño  al  rey,  satisfecho  como  portador  de 
condiciones,  y  el  rey,  no  queriendo  tener 
e  en  el  consejo  debía  revelarse,  reñríó  á  pre- 
s  prelados  y  barones  cuanto  habta  oído.  Pe- 
de Amponas  no  quiso  asistir  á  este  consejo 
alquiera  en  que  se  tratase  de  transacción  al- 
s  sarracenos;  sino  que  continuamente  estaba 
que  mandaba  abrir,  diciendo,  cuando  era 
isejo,  que  no  saldría  jamás  de  alli  hasta  que 


3l8  VÍCTOR  BALAGUBR 

la  ciudad  fuese  tomada;  pues  de  tantos  primos  de  Gui- 
llermo de  Moneada^  tan  sólo  ¡cosa  de  gran  lástima!  ha- 
bían quedado  vivos  el  conde  de  Ampurias,  Raimundo 
Alamany,  Gerardo  de  Cervellón,  hijo  de  Guillermo  de 
Cervellón  y  sobrino  de  Raimundo  Alamany;  Guillermo 
de  Claramunt,  el  obispo  de  Barcelona,  el  obispo  de  Ge- 
rona,  el  paborde  de  Tarragona  y  el  abad  de  San  Fello. 
Todos  éstos  encargaron  al  obispo  de  Barcelona  hablar 
primero,  y  dijo:  «Grave  é  inestimable  es  la  pérdida  á 
nosotros  irrogada  con  la  muerte  de  tan  insignes  nobles, 
y  paréceme  que  es  honra  y  provecho  de  los  que  sobre- 
viven sirviendo  á  Dios  aspirar  y  animarse  á  la  vengan- 
za de  tan  ilustre  sangre;  pero  conozco  que  la  propuesta 
es  aceptable.  Sin  embargo^  los  barones  y  caballeros 
más  experimentados  en  armas  y  más  duchos  en  seme- 
jantes cosas,  elegirán  con  vos  lo  que  más  sea.  de  elegir.* 

»En  seguida  respondió  Ñuño,  inducido  por  los  que 
en  tomo  de  él  estaban:  tEl  rey,  dijo,  y  todos  los  qae 
aquí  nos  hallamos,  hemos  venido  para  servir  á  Dios  y 
conquistar  la  isla;  con  que  si  el  rey  consiente  en  este 
pacto  6  convenio  que  propone  el  rey  de  Mallorca,  ma- 
nifiestamente habrá  logrado  el  objeto  que  á  todos  noso- 
tros nos  trajo  aquí.  No  añado  á  lo  dicho  una  palabra 
por  ser  yo  el  agente  y  medianero,  y  así  dejo  al  rey  y  á 
vosotros  el  cuidado  de  decidirlo  mejor.  • 

»Tras  éste  habló  Raimundo  Alamany:  «Señor  rey, 
vos  aquí  venísteis  y  nosotros  con  vos  para  servir  al  Al- 
tísimo, y  en  el  comienzo  de  este  servicio  os  arrebató  la 
muerte  tan  nobles  vasallos  que  ningún  otro  rey  podía 
jactarse  de  tenerlos  mejores;  y  Dios,  que  tiene  la  ven- 
ganza en  su  poder,  os  ha  dado  ocasión  oportuna  de  ven- 
garos, y  vengándoos  conquistaréis  y  poseeréis  este  país. 
Y  no  es  saludable  este  pacto,  según  á  primera  visf" 
aparece;  por  lo  cual,  no  sólo  á  causa  del  presente  ríes 
go,  si  que  también  del  que  pudiera  sobrevenir,  debe  mi 


3E  CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXXI.       3ig 

prudentemente  considerarse.  El  rey  de  Mallorca  es 
hombre  maduro  y  entrado  en  años;  es  discreto  en 
obras,  según  dicen,  y  elocuente  arengador  en  su  idio- 
ma: si  en  paz  se  le  deja,  ¿cuántos  corazones  de  reyes  y 
pueblos  correligionarios  suyos  os  parece  que  se  atraerá 
con  su  maestría?  ¿Cuántos  quebrantará  con  su  destie- 
rro?  ¿A  cuántos  conmoverá  con  su  pobreza?  ¿A  cuántos 
aguijoneará  con  la  pérdida  de  su  reino?  Y  volverá  algún 
^a  con  porción  de  los  suyos  que  conocen  á  ciegas  toda 
la  isla,  y  sorprenderá  el  país  en  ausencia  vuestra  con 
pocos  y  dispersos  pobladores,  y  podrá  recobrar  fácil- 
mente con  su  espada  lo  que  con  tanta  diScuIlad  y  dolor 
de  su  corazón  tiene  ahora  que  abandonar.  Pero  obte- 
nida con  el  hierro  plena  venganza  de  su  malicia  y  de 
la  ciudad  perversa,  con  sangre  indemnizáis  la  sangre, 
y  coronáis  con  perdurable  paz  vuestras  fatigas.* 

■En  pos  de  él,  levantándose  Gerardo  de  Cervelló  y 
Guillermo  de  Claramunt,  dijeron  á  una  voz:  «Por  Dios, 
señor,  os  pedimos  y  humildemente  suplicamos  que  en 
esta  ocasión  os  acordéis  de  Guillermo  de  Moneada,  cuya 
sangre  bebe  esta  malvada  y  descreída  tierra.  No  que- 
ráis, señor,  olvidar  la  adhesión  tan  estrecha  que  os  pro- 
fesaba, y  no  sea  vendida  su  muerte  á  los  matadores  á 
precio  de  pactos  y  conferencias.  Con  muertes  vengada 
sea  la  muerte,  y  reparen  espadas  centelleantes  la  extin^ 
ción  de  aquella  tan  noble  espada.  Acordaros  debéis  asi- 
mismo de  Raimundo  de  Moneada  y  de  los  demás  nobles 
que  con  ellos  fenecieron  en  el  campo,  cuya  muerte  pa- 
recierais olvidar  si  Jos  que  la  causaron  escapasen  vivos 
de  vuestras  manos.  ■ 

>0ida8  por  el  rey  estas  tiernas  palabras,  respondió: 
■La  muerte  de  aquellos  nobles  á  Nos  tan  dolorosa,  á 
Jiingún  precio  podemos  redimirla  ni  por  medio  alguno 
■evocarla;  pero  á  ellos  les  aconteció  lo  que  la  Divina 
Providencia  ha  dispuesto  por  mejor:  en  breve  tiempo 


320 


VÍCTOR   BALAGUER 


hiciéronse  más  ricos  que  nosotros,  que  sudamos  por  esta 
tierra  mortal;  ellos  son  los  que  pueden  entrar  en  la  re- 
gión de  los  vivientes  que  reinan  con  Dios.  Pero  si  con- 
sideramos sencillamente  el  negocio  de  que  ahora  trata- 
moSy  parécenos  que  con  este  pacto  que  se  nos  propone 
logramos  el  primer  designio  por  el  cual  aquí  venimos, 
pues  conquistamos  el  país  para  Dios  y  para  nosotros,  y 
obtenemos  buena  porción  del  tesoro  de  los  habitantes: 
cuyas  dos  condiciones,  á  nosotros  ofrecidas,  no  se  deben 
asi  despreciar.  Y  cuando  así  con  buena  intención  os 
manifestamos  nuestro  parecer,  no  despreciamos  el  con- 
sejo que  podréis  darnos  ni  nos  apartaremos  de  vuestra 
voluntad.» 

»Y  en  continente,  todos  los  que  eran  de  la  familia  de 
Moneada  y  los  prelados  dijeron  á  una  voz  y  con  clamor 
unánime  que  fuera  tomada  la  ciudad  á  viva  fuerzai  y  que 
en  adelante  no  se  atendiera  ni  se  diese  oídos  á  pacto  al- 
guno. Plugo  al  rey  lo  que  más  había  sido  del  agrado  del 
consejo,  y  envió  al  rey  de  Mallorca  la  respuesta  de  que 
no  se  admitía  convenio,  anunciándole  que  por  más  que 
se  resistiera  cuanto  pudiese,  la  ciudad  se  tomaría  á  viva 
fuerza. 

» Recibido  el  anuncio  de  la  cruel  noticia,  los  ánimos 
de  los  sarracenos,  hasta  entonces  acostumbrados  á  mos- 
trarse fuertes,  comenzaron  á  desmayar,  aborreciendo 
con  desesperación  suma  sus  personas  é  intereses,  como 
si  ya  fueran  víctimas  de  enemiga  pujanza;  pues  el  temor 
de  la  cercana  muerte  y  la  consideración  de  tanta  mu- 
chedumbre que  fenecer  debía,  postraban  y  enflaquecían 
á  todo  esforzado,  y  trocaban  el  juvenil  vigor  en  abati- 
miento de  vejez.  Lo  cual,  observado  y  visto  con  tristes 
ojos  por  el  rey  sarraceno,  convocó  el  pueblo  entero  á 
general  asamblea,  queriéndolos  distraer  del  previs 
riesgo  y  alentar  su  fortaleza;  y  como  era  hombre  ( 
agudo  ingenio,  de  atractiva  elocuencia,  de  discretos  p 


E   CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXXI.      32 1 

X  en  medio  de  ellos  vestido  de  blanco, 
ado  en  lo  más  mínimo;  y  espiaron  to- 
,  y  los  que  ya  sabían  lo  que  iba  á  de- 
clarar, de  puro  dolor  guardaban  silencio,  y  los  que  lo 
ignoraban  creían  ser  llamados  para  oir  alegres  nuevas; 
é  impacientes  de  ver  revelado  el  objeto  de  aquella  con- 
vocatoria, no  tomaban  en  boca  ni  sospechaban  siquiera 
su  inminente  destino,  ni  podían  responder  á  las  pregun- 
tas que  se  les  hacían.  Era,  pues,  general  y  profundo  el 
aiJencio,  así  por  la  grave  angustia  y  cuidado,  como  por 
respeto  á  la  presencia  de  su  rey.  Mirólos  éste,  y  con  la 
madurez  de  su  edad,  comprimiendo  en  su  mente  et  que- 
branto, abrió  los  labios,  y  para  encaminar  ,su  discurso¡ 
nombró  é  invocó  á  Dios,  y  con  voz  más  apacible  mez- 
ció  en  la  invocación  á  Mahoma;  y  en  seguida  toda  aque- 
lla muchedumbre,  cual  si  fuera  un  hombre  solo,  se  arro- 
dilló según  su  rito  acostumbrado,  y  hundidas  sus  caras 
en  el  suelo  y  extendidas  ambas  manos,  grave  y  asom- 
brosamente con  fuerte  clamor  á  nuestro  Señor  invoca- 
ron, y  todos  á  la  vez  pronunciaron  con  más  intensa  de- 
voción el  nombre  aquel  de  su  profeta  como  si  por  sus 
méritos  hubiesen  de  ser  libertados. 

■Cumplida  la  ceremonia  de  su  inicua  secta,  volvió  á 
sentarse  todo  el  pueblo,  y  el  rey,  reclamando  el  objeto 
que  allí  le  traía,  dijo  de  esta  suerte:  « ¡Bendito  sea  Dios, 
único  en  quien  creemos  y  de  quien  damos  testimonio, 
que  ha  ensanchado  los  conñnes  de  nuestra  nación  desde 
Oriente  hasta  Occidente,  y  nos  ha  dado  el  Mediodía  en 
honorifica  prenda  de  protección  y  otorgamiento  de  nues- 
tras sú)]Iicas;  el  que  del  seno  de  su  pueblo  ha  escogido 
los  príncipes  y  los  soberanos,  el  que  nos  ha  sometido  la 
gloria  de  las  demás  gentes  y  tendídola  bajo  nuestras 
antas!  ¡Bendito  sea  un  solo  Dios,  en  virtud  de  cuya 
estra  nuestro  emperador  el  Miramolín  ha  poseído  y 
iminado  por  cien  años  esta  isla,  alegre  espectáculo  y 
TOMO  XI  21 


322 


VÍCTOR  BALAGUER 


joya  en  el  seno  de  las  aguas,  y  admirable  refugio  de  na- 
vegantes, tierra  por  solo  Dios  amurallada,  de  infinitas 
bendiciones  llena,  para  mayor  tormento  de  nuestros  en- 
vidiosos enemigos!  ¡Bendito  sea  Dios,  que  me  hizo  rey 
y  á  vosotros  pobladores  de  este  país,  comiendo  y  be- 
biendo de  sus  producciones,  proveyendo  y  atendiendo  á 
vuestras  casas,  engendrando  de  vuestras  mujeres  hijos, 
acumulando  riquezas  para  los  que  han  de  sucederos,  y 
sustentando  con  vuestros  beneficios  á  los  ancianos! 

» ¡Oh  hijos  del  Profeta!  ¡qué  dulce  vida  hasta  aquí  pa- 
sásteis!  No  apareció  extranjero  entre  vosotros,  no  tras- 
pasó vuestros  límites  invasor  extraño,  no  conocisteis 
}aigo  ni  dominación  de  ajeno  señorío;  inicua  mano  no 
escudriñó  vuestras  casas,  vuestras  mujeres  no  han  co- 
nocido raptores,  vuestras  consortes  ignoran  lo  que  es 
fuerza  ó  violación.  No  registró  exactor  alguno  los  rin- 
cones de  vuestros  secretos,  vuestras  se  conservaron  las 
cosas  que  día  por  día  fuisteis  guardando;  no  hubo  ene- 
migo que  espantara  á  vuestros  pequeñuelos,  ni  adver- 
sario que  os  disminuyera  el  número  de  vuestros  hijos; 
no  hubo  madre  que  á  impulsos  del  terror  ocultara  y  re- 
tirara los  pechos  al  niño  que  criaba.  Hasta  el  presente 
los  envidiosos  cristianos  no  se  habían  atrevido  á  inva- 
dir este  suelo.  ¡Ob  barones,  ved  ahí  el  fiíego  en  el  rega- 
zo, ved  al  asesino  en  la  alcoba,  ved  el  veneno  en  la  taza, 
ved  la  muerte  en  casa  en  días  de  paz!  Pueblo  extraño 
ha  caído  sobre  nosotros,  que  nos  llama  á  cautiva  ser- 
vidumbre, exige  todos  nuestros  bienes,  ftiérzanos  á  sa- 
lir y  abandonar  la  ciudad,  reclamíi  vuestras  mujeres 
para  que  le  sirvan,  y  quiere  la  femenil  belleza  privar  de 
libertad;  esperan  y  pretenden,  de  toda  humanidad  des- 
nudos, exterminar  á  vuestros  tiernos  infantes;  pretenden 
exponer  en  venta  por  el  mundo  vuestros  mancebos  < 
gados  de  cadenas,  y  entregar  este  país,  así  los  vivos 
mo  los  difuntos,  á  oprobio  perdurable.  Y  yo,  que  he 


r 


HISTORU    DE   CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXXI.      323 

vejecido  para  ser  testigo  de  tamaños  males,  prefiero 
morir  que  sufrir  tal  cosa  contra  mi  ley,  y  esta  mi  cabe- 
za, de  tantas  canas  salpicada,  consagro  á  la  muerte  en 
defensa  de  esta  mi  ciudad  muy  amada.  Hombre  soy  se- 
mejante á  cada  uno  de  vosotros,  ni  en  fuerzas  igual  ni 
en  bríos  superior;  decidme,  pues,  vosotros  el  partido  á 
que  os  atenéis.»  Y  todo  el  pueblo,  bramando  de  furor, 
rabioso  en  su  desesperación,  clamó  que  mucho  mejor  era 
morir  que  aguardar  tantos  males  como  á  ellos  y  á  sus 
familias  amenazaban.  Y  respondió  el  rey:  fVoz  de  vic- 
toria es  semejante  voz,  y  casi  nunca  fué  vencida  en  com- 
bate muchedumbre  que  llevara  á  cabo  lo  que  acabáis 
de  dedr.  Hacedlo,  pues,  así;  defendámonos  bizarramen- 
te, y  teniendo  á  la  vista  los  males  ya  probados,  doble- 
mos nuestro  esfuerzo;  labrémonos  perdurable  fama, 
venciendo  cuando  los  enemigos  piensan  ya  blasonar  de 
incruenta  victoria.» 

Hasta  aquí  la  crónica,  cuyo  fragmento  he  copiado, 
pues  que  no  cabe  nada  más  bello  ni  interesante.  Es  un 
verdadero  epispdio  épico. 

Habiendo  prevalecido  en  el  consejo  de  D.  Jaime  el 
voto  de  los  que  opinaban  por  desechar  todo  partido,  no 
hubo  otro  recurso  que  ganar  por  la  fuerza  lo  que  no  se 
queria  obtener  por  avenimiento.  Comenzaron  de  nuevo, 
pero  con  más  furor  que  nunca  las  hostilidades  contra 
la  plaza,  y  la  defensa  verdaderamente  heroica  de  ésta. 
Tales  creces  tomó  entonces  el  valor  de  los  sitiados,  á 
quienes  la  desesperación  hacía  invencibles;  de  tal  modo 
fueron  crueles  y  encarnizados  los  combates  que  se  si- 
guieron, y  tanta  fué  la  mortandad  en  el  campo  sitia- 
dor, que  los  consejeros  del  rey  se  arrepintieron  de  haber 
rechazado  las  proposiciones  del  emir,  y  aun  hablaron 
D.  Jaime  para  renovar  los  tratos  con  la  ciudad;  pero 
itonces  el  monarca  aragonés  contestó  que  no  era  de 
^  carácter  entablar  lo  que  una  vez  rechazado  había. 


324  VÍCTOR  BALAGUER 

Y  en  efecto,  ya  no  volvieron  á  entablarse  más  n^ocia- 
cienes  con  la  plaza. 

Llegó  en  esto  el  momento  que  se  creyó  oportuno  para 
dar  el  asalto,  y  convínose  en  que  éste  tendría  lugar  d 
último  día  del  año.  Cuatro  días  antes  de  embestir  la 
ciudad,  D.  Jaime  reunió  en  consejo  á  sus  barones,  y  les 
hizo  jurar  sobre  los  Santos  Evangelios  y  la  cruz  de  Je- 
sucristo^ que  al  entrar  en  la  ciudad,  en  el  momento  del 
asalto,  ningún  noble,  caballero  ni  peón,  cualquiera  que 
fuese,  volvería  atrás  ni  se  pararía,  á  menos  de  estar 
herido  mortalmente.  En  este  caso,  el  pariente  ó  cual- 
quier otro  de  la  hueste  debía  arrimarle  á  un  lado,  y  no 
sucediendo  tal  cosa,  debían  proseguir  siempre  adelante, 
entrando  á  viva  fuerza  y  sin  volver  atrás  nunca  ni  la 
cabeza  ni  el  cuerpo,  pues  quien  lo  contrarío  hiciese  se- 
ría tratado  como  desleal,  lo  propio  que  el  homicida  de 
su  señor.  Dice  un  cronista,  que  comenzó  esta  ceremonia 
jurando  primero  los  soldados,  luego  los  ricos-hombres 
y  prelados,  y  quiso  hacerlo  también  el  rey,  pero  no  se 
lo  permitieron  sus  subditos,  bien  que  D.  Jaime  les  dijo 
que  aun  cuando  no  jurase,  cumpliría  por  su  parte  como 
si  el  juramento  hubiese  prestado. 

Amaneció  por  fín  el  día  señalado  y  brilló  el  primer 
rayo  del  sol,  que  no  debía  bajar  á  su  ocaso  sin  ver  antes 
tríunfante  el  pendón  invicto  de  la'  cruz  y  de  las  Barras 
en  las  torres  de  la  árabe  ciudad. 

Al  amanecer  oyó  misa  y  comulgó  todo  el  ejército,  y 
luego  D.  Jaime  lo  formó  en  orden  de  batalla,  colocando 
delante  á  los  infantes  y  la  caballería  á  retaguardia; 
pero  hubo  de  repetir  por  dos  veces  la  voz  de  ¡adelante! 
porque  toda  la  hueste,  como  absorta,  rehusaba  poneise 
en  movimiento.  Al  cabo  se  comunicó  á  todos  el  ardo- 
roso entusiasmo  que  animaba  al  joven  soberano, 
grito  de  ¡Santa  María!  emprendieron  la  acometida, 
primero  en  escalar  el  muro  fué  un  simple  soldado 


ALUNA. — LIB.  V.  CAP.  XXXI.      325 

QO  nos  ha  conservado  la  historia, 
nos  compañeros,  desalojó  í  los 
defensores  de  una  torre,  y  tremolando  en  lo  alto  de  las 
almenas  un  pendón  que  llevaba  en  la  mano,  enseñó  á 
los  demás  el  camino  para  penetrar  en  la  ciudad.  Pre- 
cipitáronse luego  por  allí  hasta  5oo  infantes,  al  mis- 
mo tiempo  qne  iban  entrando  por  la  brecha  unos  3o 
caballeros,  entre  ellos  el  primero  D.  Juan  Martínez  de 
Bslava;  pero  así  que  unos  y  otros  hubieron  traspuesto 
el  muro,  se  hallaron  cara  á  cara  con  una  multitud  de 
sarracenos  que,  teniendo  á  su  rey  al  frente,  no  sólo  les 
impuso  una  impenetrable  barrera  para  que  pudiesen 
pasar  adelante,  sino  que  les  obligó  á  retroceder  por  de 
pronto,  hasta  que,  reforzados  por  otros  de  los  que  iban 
entrando,  pudieron  volver  á  la  carga  y  vencer  aquel 
obstáculo. 

Entre  tanto  había  penetrado  ya  en  la  ciudad  casi  todo 
el  ejército  cristiano,  y  entonces  en  las  calles  y  plazas  se 
hizo  general  la  batalla.  Soldados  y  vecinos  todos  se  de- 
fendían á  porña,  los  unos  con  sus  armas,  los  otros  arro- 
jando desde  sus  casas  piedras,  vigas  ardiendo  y  cuantos 
objetos  podían  causar  daño  ó  estorbo  al  enemigo;  pero 
como  á  la  tenacidad  de  la  defensa  era  también  propor- 
cionado el  ardor  del  ataque,  ninguno  de  estos  obstácu- 
los bastó  á  contener  el  avance  de  los  sitiadores.  No  se 
dio  cuartel  á  nadie:  D.  Jaime  acudía  á  todos  los  puntos 
donde  se  necesitaba  mayor  esfuerzo,  y  de  calle  en  calle 
llegó  hasta  la  Almudaina,  que  era  como  el  alcázar  de 
la  ciudad  donde  se  encerraron  los  últimos  restos  de  los 
moros  que  en  la  general  dispe.rsión  de  los  suyos  do  tu- 
vieron tiempo  ó  lugar  de  salvarse  con  la  fuga.  A  los 
demás,  la  codicia  de  la  soldadesca,  que  con  el  cebo  del 
laqueo  descuidó  perseguir  á  los  fugitivos,  les  permitió 
ibandonar  la  ciudad,  saliendo  por  las  puertas  del  Bar- 
ulet  y  Fortopf  en  número  de  3o.ooo  soldados,  ni- 


326  VfCTOR  BALAGUBR 

ños,  mujeres  y  ancianos,  y  dirigiéndose  á  la  montaña. 

£1  rey  de  Mallorca,  después  de  haber  peleado  biza- 
rramente al  frente  de  los  suyos,  había  desaparecido  tam- 
bién en  el  general  tumulto;  pero  dos  hombres  de  Tor- 
tosa  fueron  á  encontrar  al  de  Aragón  y  le  ofrecieron  en- 
tregárselo si  les  daba  i.ooo  libras,  enseñándole  la  casa 
donde  se  había  recogido.  D.  Jaime  aceptó  la  proposi- 
ción, dirigiéndose  allá  en  seguida;  y  al  descubrirle,  le 
aseguró  desde  luego  que  no  tenía  que  temer  por  su  vida, 
procuró  tranquilizarle  sobre  su  suerte  y  le  confió  á  la 
guarda  de  su  pariente  Ñuño  Sánchez,  para  que  le  libra- 
se de  cualquier  insulto. 

Muntaner  cuenta,  conforme  se  ha  dicho,  que  le  asió 
por  las  barbas  en  cumplimiento  de  cierto  juramento; 
pero  callan  esta  circunstancia  los  demás  cronistas,  la 
calla  el  mismo  D.  Jaime  en  su  historia,  y  atendido  el  ca- 
rácter noble  y  pundonoroso  del  joven  monarca  arago- 
nés, no  es  creíble  que  se  complaciese  en  injuriar  á  un 
vencido. 

Faltaba  ya  solamente  apoderarse  de  la  Almudaina; 
pero  los  que  en  ella  se  habían  refugiado,  diéronse  luego 
á  partido  así  que  se  presentó  D.  Jaime,  sin  tratar  de 
defenderse,  y  la  entregaron  junto  con  el  joven  hijo  del 
emir,  que  se  hallaba  allí  entre  ellos,  y  que,  habiendo 
sido  después  bautizado  con  el  nombre  de  Jaime,  recibió 
del  Conquistador  señaladas  mercedes  1.  Con  la  toma 
del  alcázar  quedó  toda  la  ciudad  en  poder  del  ejército 
cristiano.  El  botín  que  en  ella  se  recogió  fué  inmenso  y 
bastó  para  enriquecer  á  todos  los  de  la  hueste;  resca- 
táronse también  180  cautivos,  y  la  pérdida  que  tu- 
vieron los  moros,  contando  solamente  los  muertos,  hé 
de  20.000  hombres;  de  manera  que  los  prelados  que 

1  Según  Zurita,  lib.  III,  cap.  VIII,  el  rey  lo  casó  con  una  done 
principal  que  se  llamaba  Doña  Eva,  y  fueron  señores  de  Gotor,  coi 
mandóles  el  rey  la  baronia  de  Huesca  y  de  Gotor. 


E   CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXXII.      327 

O  hubieron  de  conceder  indulgencias 
i  al  campo  los  cadáveres  que  y&cian 

las  calles  y  plazas,  y  amenazaban  in- 

con  sus  fétidos  miasmas. 


^.PÍTULO  XXXII. 

a,  — Almoneda  de  los  despojos. — Tumulto  popu- 
leste, — Frústrase  una  empresa  de  Nufto  Sáncheí, 
icar  más  gente.— Salida  del  rey  contra  los  moros, 
en  Mallorca.— Rcndiciún  de  los  moros  refugiados 
:a. — Llegada  délos  caballeros  aragoneses. — Car- 
:a, — bernardo  de  Santa  Eugenia  uombrado  gobei- 
liscurao  de  despedida  pronunciado  por  el  rey. 

ÑERO  A  Octubre  de  1330.) 

leí  sol  se  presentó  á  alumbrar  al  día  si- 
Iste  esc^a,  estaban  todavia  los  vence- 
á  la  orgia  del  saqueo,  y  corrían  por  las 
las  casas,  tomando  y  ocultando  des- 
desorden, que,  según  se  cuenta,  los 
>  comparecieron  ante  él  en  ocho  días, 
la  noche  del  asalto  hubo  D.  Jaime  de 
[ue  le  ofreció  uno  de  sus  caballeros, 
dores  le  habían  dejado  completamente 

dad  y  totalmente  saqueada,  propusie- 
.dos  y  nobles,  principalmente  el  obispo 
paborde  de  Tarragona,  Ñuño  Sánchez 
anta  Eugenia,  que  se  hiciese  pública 
sonas  y  cosas.  Opúsose  D.  Jaime  di- 
i  pública  venta  requeriría  harto  tiem* 
importante  era  la  destrucción  de  los 
en  las  montañas,  y  á  los  cuales  no 


^ 


328  VÍCTOR   BALAGUER 

debía  darse  tiempo  para  rehacerse  y  fortificarse,  y  qne 
se  hiciese  en  buen  hora  el  reparto  de  cautivos  y  ropas 
por  suerte,  pero  sólo  esto,  y  aun  en  ocho  días  cuanto 
más,  para  que,  al  momento,  alegres  ya  y  satisfechas  las 
tropas  con  esta -primera  repartición,  marchasen  á  des- 
alojar de  las  sierras  al  enemigo.  No  accedieron  los  ba- 
rones á  este  deseo  del  rey,  pues  querían  que  se  efec- 
ticase  la  almoneda  para  su  provecho  particular,  y  hubo 
de  consentir  D.' Jaime,  pero  no  sin  indicarles  que  tras- 
lucía su  engaño  y  mala  fe  y  que  auguraba  mal  de  aque- 
lla determinación. 

Sucedió  algo  de  lo  que  el  rey  temía.  Hízose  la  venta 
ó  almoneda  de  los  despojos,  que  duró  desde  Carnesto- 
lendas á  Pascua,  y  como  los  caballeros  y  plebeyos 
creían  tener  p^rte  en  las  cosas  puestas  así  en  venta, 
compraban  por  valor  dfe  lo  que  les  parecía  deber  tocar- 
les por  su  porción  de  botín;  pero  hecha  la  venta,  se  re- 
sistían á  pagar  los  efectos  ya  comprados.  El  resultado 
fué  que  los  caballeros  se  juntaron  con  el  pueblo,  dieron 
unidos  creces  á  su  indignación  y  promovieron  un  tu- 
multo que  tuvo  terribles  consecuencias,  pues  se  saquea- 
ron algunas  casas,  entre  otras  la  de  Gil  de  Alagón  1  y 
la  del  paborde  de  Tarragona.  A  duras  penas  consiguió 
el  rey  tranquilizar  los  ánimos  y  calm^ir  el  motín,  y  sólo 
pudo  restablecer  el  orden  prometiendo  á  los  sublevados 
que  cesaría  el  monopolio  de  los  barones,  dando  á  todos 
indistintamente  su  parte  en  tierras  y  en  muebles. 

Sobrevino  en  esto  una  mortandad  que  diezmó  las  filas 
de  los  conquistadores,  encendiéndose  tan  cruelmente  la 
peste  con  el  mucho  agolpamiento  de;  la  gente  de  guerra 


1     Probablemente  este  Gil  de  Alagón  era  el  Mahomet  de  que  hen»* 
hablado,  el  cual,  después  de  haber  renegado  de  la  fe,  se  reconcüi"  *"> 
duda  con  el  rey  y  con  la  Iglesia,  siendo,  por  otra  de  esas  muchas  c 
que  la  historia  no  explica,  uno  de  los  barones  más  favorecidos  eo  1 
tribución  del  botfn. 


CATALUÑA.— LIB.  V.  CAP.  XXXII.      339 

ü  de  la  población,  que  iban  siendo 
3tro  todos  aquellos  que  salieran  ile- 
.  Murió  el  primero  Guillermo  de  Cía- 
ramunt,  siguiéndole  al  sepulcro  Raimundo  de  Alemany, 
García  Pérez  de  Meytat,  aragonés,  Gerardo  de  Cerve- 
lló,  y,  más  tarde,  aquel  valiente  Hugo,  conde  de  Am- 
puiias,  que  como  ñgura  militar  tanto  había  brillado  en 
el  cerco  de  la  plaza. 

Esta  circunstancia  frustró  el  plan  que  se  había  conce- 
bido de  enviar  una  hueste,  al  mando  de  Ñuño  Sánchez, 
á  vigilar  con  dos  ó  tres  galeras  las  costas  de  Berbería, 
é  intentar  quizá  un  desembarco  ó  sorpresa  para  distraer 
la  atención  de  los  jeques  africanos  que  proyectaran  acu- 
dir en  auxilio  de  los  vencidos  mallorquines.  También  el 
rey  se  vi6  obligado  á  comisionar  á  Pedro  Comel  para 
que,  marchando  á  Aragón,  le- trajese  150  caballeros  é 
invitase  en  su  nombre  á  D.  Ato  de  Poces  y  á  D.  Ro- 
drigo de  Lizana  á  pasar  á  la  isla.  ü.  Jaime  comenzaba 
á  verse  sin  gente,  que  terriblemente  se  la  habían  diez- 
mado la  muerte  en  el  campo,  la  peste  en  la  ciudad  y  la 
partida  de  no  pocos  que,  contentos  con  el  botín  que  ha- 
bían recogido,  regresaron  á  Cataluña  sin  curar  del  rey 
ni  de  cuantos  quedaban  en  la  isla. 

Mientras  tanto,  y  sin  aguardar  los  refuerzos  de  Ara- 
gón, D.  Jaime  buscó  entretenimiento  á  sus  tropas  á  fín 
de  que  los  estragos  de  la  peste  no  las  acobardaran,  y 
saliendo  de  la  ciudad  que  más  tarde  debía  llamarse 
Palma,  hizo  una  correría  por  los  montes  de  Soller,  de 
Bañalbufar  y  de  Almalutx,  en  donde  se  habían  refugia- 
do y  hecho  fuertes  los  sarracenos.  Si  en  esta  salida  y 
cabalgada  no  consiguió  apenas  ningún  resultado,  obtú- 
volo completo  en  otra  que  no  tardó  á  efectuar,  siendo 
m  motivo  de  esta  expedición  la  vez  primera  que  las 
'inicas  de  la  conquista  nos  hablan  de  los  almogávares 
e  iban  con  la  hueste  del  rey. 


33^  VÍCTOR   BALAGUBR 

Citó  éste  un  dia  á  los  llamados  adalills  6  adalides,  que 
eran  entonces  los  guías  de  los  almogávares,  y  cuyo  nom- 
bre sólo  más  tarde  se  hizo  sinónimo  de  jefe,  y  acordó 
con  ellos  el  modo  de  dar  caza  á  los  sarracenos  monta- 
ñeses que,  según  aquéllos  le  dijeran,  habían  buscado  un 
asilo  en  las  hoy  famosas  cuevas  de  Arta.  La  expedición 
se  llevó  á  cabo  felizmente,  tomando  mucha  parte  los 
almogávares,  cuyo  retrato  hace  Desclot  con  mano  maes- 
tra en  estas  palabras,  que  no  puedo  ni  debo  resistir  á 
la  tentación  de  copiar,  pues  ellas  contribuirán  á  damos 
un  conocimiento  exacto  de  esa  belicosa  gente,  ya  que 
bien  pronto  nos  corresponde  hablar  de  ella  con  mucha 
.detención: 

*  Aquestas  genis  qm  han  nom  almugavars  son  unas  genis 
que  no  viuen  sino  d"* armas,  e  nostan  en  ciuiats  ne  en  vilas, 
sino  en  muntanyas  e  en  bQschs,  e  guerretjan  tots  jorns  ab 
sarrahins,  e  entran  dins  la  ierra  deis  sarrahins  una  jomada 
ó  duas  al  jorn,  e  amenan  tnolts  sarrahins  presos  e  ftwU  S 
alire  haver,  e  á'  aquel  guany  viuen;  e  sofferen  de  grans 
malanamas  que  alire  hom  no  ho  porta  sofferir,  que  be  stan 
dos  jorns  sens  menjar  si  mester  los  es,  e  menjarán  de  te 
herbas  deis  camps,  qtx  sois  no  s'  ho  presan  res.  E  los  ada- 
lills son  cels  quV  Is  guian  qui  saben  las  ierras  e*  Is  catnins; 
e  no  aportan  mes  una  gonella  e  una  camisa,  sia  yoern  ó 
stiu,  moli  curia  en  las  camas,  e  unas  calsa^  ben  siretas  de 
cuyr  e  ais  peus  bonas  avarcas  de  cuyr,  e  aportan  boncolteU 
e  bonas  correijas  e  un  fogur  a  la  cintura^  e  aporta  cascí 
una  bona  lansa  e  dos  darts  e  un  serró  de  cuyr  i  la  squena 
en  que  aportan  sonpad  dos  ó  a  tres  jorns;  e  son  moliforis 
guerrers  e  leugers  per  fugir  6  per  encalsar,  e  son  caialans 
e  aragoneses. » 

Sitiados  los  moros  que  había  en  las  cuevas  de  Arta 
por  el  rey  D.  Jaime,  hubieron  al  fin  de  entregarse, 
monarca  aragonés  pudo  pues  regresar  victoriosamei 
á  la  ciudad,  llevando  hasta  2.000  prisioneros  «que  pu( 


\TALUNA.— LIB.  V,  CAP.  XXXII.      33I 

en  su  historia,  cogian  el  espacio  de 
Con  ellos  y  con  un  botín  de  lo.ooo 
000  ovejas  que  se  hablan  recogido 
durante  aquella  afortunada  expedición,  tomó  la  vuelta 
de  Mallorca,  á  donde  llegó  contento  y  satisfecho  á  tiem- 
po de  recibir  parte  del  socorro  que  había  enviado  á  bus- 
car  á  Aragón. 

En  efecto,  acababa  de  llegar  á  la  isla  el  noble  Don 
Rodrigo  de  LÍ2ana  con  sus  caballeros,  no  habiéndolo 
podido  efectuar  D.  Ato  de  Foces  con  los  suyos,  porque 
el  barco  en  que  iban  fué  arrojado  por  un  temporal  á  la 
costa  de  Tarragona  en  donde  se  vieron  obligados  á 
abandonarle. 

Creyó,  por  fin,  el-rey  que  era  llegada  la  hora  de'regre- 
sar  á  sus  estados,  pues  más  de  un  año  habla  transcu- 
rrido desde  que  abandonara  á  Cataluña;  pero  antes  de 
partir,  si  como  soldado  acababa  de  conquistar  un  reino, 
como  cristiano  abrió  los  cimientos  de  la  grandiosa  ca- 
tedral, que  hoy  es  joya  y  orgullo  de  los  palmesanos,  y 
como  legislador  dictó  aquellas  famosas  franquicias  que, 
al  decir  de  Piferrer,  debían  ser  un  incentivo  para  que 
del  continente  viniesen  pobladores,  siendo  al  mismo 
tiempo  el  código  que  había  de  regir  su  nueva  conquista 
como  naciente  población  militar. 

Llegado  el  momento  de  elegir  al  que  debía  hacer  sus 
veces  en  la  isla,  nombró  el  rey  como  lugarteniente  y 
gobernador  de  Mallorca  á  Bernardo  de  Santa  Eugenia, 
señor  de  Torruella,  por  ser  el  caballero  en  quien  creyó 
bailar  circunstancias  más  aptas  y  dotes  de  prudencia  y 
valor  conforme  las  requería  el  puesto  de  honor  y  de  pe- 
ligro que  le  conñaba.  Al  dar  este  mando  al  de  Santa 
Eugenia,  le  hizo  merced  del  castillo  de  País  que  estaba 
junto  á  Tomiella  y  6,  Palafrugell  y  le  firmó  obligación 
de  indemnizarle  todos  los  gastos  que  en  Mallorca  hicie- 
Be  en  el  desempeño  de  dicho  cargo. 


332 


VÍCTOR  BALAGUBR 


Hecho  este  nombramiento,  convocó  D.  Jaime  á  con- 
sejo general  á  los  barones,  caballeros  y  demás  poblado- 
res, y  es  fama  que  les  habló  en  estos  términos: 

«Oh  barones,  por  disposición  de  Dios  y  con  su  bendi- 
to auxilio,  hemos  obtenido  con  mano  fuerte  esta  ciudad 
y  la  isla;  y  mientras  que  han  vuelto  á  sus  casas  muchos 
nobles  y  prelados,  Nos  permanecemos  aquí  con  voso- 
tros catorce  meses  hace,  porque  temíamos  que  corsa- 
rios sarracenos  6  los  fugitivos  de  las  montañas  os  cau- 
saran daños  que  luego  fuese  difícil  vengar  y  reparar. 
Ahora  estamos  ya  en  el  principio  del  invierno,  ycon  el 
favor  de  Dios  no  tendréis  que  temer.  Así,  pues,  os  de- 
cimos, que  hemos  decidido  marchamos,  y  no  os  sea  sen- 
sible esta  determinación,  porque,  bajo  muchos  concep- 
tos, os  seremos  más  útiles  en  Cataluña  juntando  y  en- 
viándoos  gente  y  comestibles,  de  lo  que  podríamos  seros 
permaneciendo  aquí  con  vosotros;  y  si  ocurriera  nove- 
dad alguna,  volveríamos  en  persona.  Además,  os  pro- 
metemos bajo  nuestra  palabra,  que  después  de  separa- 
dos de  vosotros  no  habrá  hora  del  día  ni  de  la  noche  en 
que  no  tengamos  de  vosotros  la  mayor  solicitud  y  cui- 
dado. Y  puesto  que  Dios  nos  hizo  gracia  tan  singular 
de  concedernos  el  dominio  de  estas  islas  que  nunca  pu- 
do lograr  ningún  rey  de  España,  y  que  hemos  edificado 
aquí  una  iglesia  dedicada  á  nombre  y  honor  de  Nuestra 
Señora  la  Virgen  Santa  María,  y  otras  muchas  que  por 
tiempo  aquí  serán,  creed  firmemente  que  no  os  olvida- 
remos, antes  me  veréis  aquí  muchas  veces  y^á  menudo, 
y  á  medida  de  vuestra  necesidad  experimentaréis  nues- 
tro beneficio. » 

Cuéntase  que,  al  llegar  á  este  punto  de  su  discurso, 
los  sollozos  le  embargaron  la  voz,  conmoviéndose  al  par 
todos  los  que  estaban  presentes,  quienes  dieron  tamb 
suelta  á  las  lágrimas.  Reinó  silencio  por  largo  rato 
rompiéndole  por  fin  el  rey,  despidióse  afectuosamente 


;ATALUtJA. — LIB.  V.  CAP.  XXXII.      333 

mas,  dióles  á  reconocer  por  lugar- 
Santa  Eugenia,  repartió  sus  armas 
ís  iiiiis  necesitados,  y  reiteró  á  todos  la 
promesa  de  volar  á  su  socorro  al  menor  recelo  de  ame- 
naza contra  la  isla. 

En  seguida  marchó  á  la  Palomera  en  donde  le  aguar- 
daban dos  galeras,  una  de  las  cuales  era  de  Raimundo 
Canet  y  la  otra  de  los  hombres  de  Tarragona,  y  embar- 
cándose en  la  primera  el  dia  de  los  santos  apóstoles 
Simón  y  Judas,  dióse  á  la  vela  para  Cataluña,  á  donde 
llegó  al  tercer  día  de  navegación. 

Asi  llevó  á  cabo  D.  Jaime  y  terminó  brillantemente 
la  conquista  de  aquella  ciudad,  nido  de  los  piratas  ba- 
leares que  amedrentado  tenían  el  Mediterráneo;  as!  - 
completó  la  obra  iniciada  por  Ramón  Berenguer,  el 
Grande,  y  cumplió  con  aquella  especie  de  tradicional 
legado  de  familia,  cuyo  cumplimiento  no  dejara  de  em- 
bargar la  atención  de  Ramón  Berenguer  el  Santo,  de 
Pedro  el  Católico  y  de  Alfonso  el  Casto.  Al  regresar  Don 
Jaime  de  Mallorca,  pudo  tender  triunfante  y  con  orgu- 
llo su  mirada  de  águila  por  aquella  movediza  llanura 
del  Mediterráneo,  que  él  acababa  de  convertir  en  una 
vía  militar  que  unia  ya  dos  reinos  de  entonces  más  her- 
manos,  y  acaso  acertó  á  ver,  perdida  allá,  entre  la  bruma 
de  los  mares,  á  Valencia,  que  tremolaba  aún  la  mo- 
risca enseña  en  lo  alto  de  sus  torres,  y  acaso  se  hÍ20  á 
si  mismo  el  juramento  de  apoderarse  de  ella  para  en- 
gastarla como  un  nuevo  ñorón  en  su  corona. 

Por  lo  demás,  no  se  culpe  al  autor  de  esta  obra,  sino 
á  las  circunstancias  especiales  de  ella,  el  no  haber  re- 
ferido con  mayores  detalles  esta  magnífica  conquista  de 
Mallorca,  brillante  epopeya  que  está  todavía  aguardan- 
te su  Homero.  Con  lo  que  de  D.  Jaime  llevamos  con- 
tado hasta  ahora ,  se  podría,  sin  amplifícarlo  mucho, 
llenar  un  volumen,  y  este  volumen  no  sería,  sin  em- 


334  VÍCTOR  BALAGÜER 

bargOy  más  que  la  historia  del  rey  hasta  sus  veinte  años. 
Juzgúese,  pues,  lo  que  debía  ser  aquel  hombre  que  tuvo 
una  niñez  de  gigante. 


CAPITULO  XXXIII. 


Proyecto  del  rey. — Llega  á  Tan-agona.— Obispado  de  Mallorca.— Cis*- 
miento  de  la  condesa  de  Ürgel  con  el  infante  de  Portugal. — ^El  rey  re- 
cibe del  infante  el  condado  de  Urgel,  y  le  da  en  cambio  el  sefiorío  vi- 
talicio de  Mallorca. — Cuándo  volvió  el  rey  á  recobrar  Mallorca. — ^Va 
D.  Jaime  á  Tudela. — ^D.  Jaime  de  Aragón  y  D.  Sancho  de  Navarra  se 
adoptan  recíprocamente  por  hijos  y  sucesores  de  sus  reinos. — No  se 
efectúa  el  convenio. — ^Viene  D.  Jaime  á  Barcelona  y  reúne  consejo  de 
nobles  y  de  ciudadanos.— -El  rey  en  Vich. — Vuelve  á  Barcelona  y  de- 
cide pasar  á  Mallorca. — Se  intenta  en  vano  disuadirle  de  su  viaje.— 
Fruto  que  sacó  de  su  viaje  á  la  isla. — Vuelve  á  Cataluña. 

(1230  Y   1231.) 

Era  D.  Jaime  de  ánimo  levantado,  según  hemos  di- 
cho, y  no  daba  vagar  á  su  espíritu.  Mientras  venía 
de  conquistar  un  reino  en  medio  de  la  mar;  mientras 
regresaba  á  Cataluña  con  la  gloria  de  haber  sido  el  pri- 
mer monarca  ibero  que,  después  de  la  restauración  de 
nuestra  Península,  lograra  sujetar  á  su  dominio  ultra- 
marinos países ;  mientras  soñaba  ya  en  ir  á  Valencia 
para  hacerla  pedestal  de  su  victoriosa  enseña  de  las  Ba- 
rras, su  mente  acariciaba  la  lisonjera  idea  de  hacerse 
el  más  poderoso  monarca  peninsular,  uniendo  el  reino 
de  León  á  los  que  bajo  su  cetro  ya  tenía.  Para  esto, 
mientras  que  con  esa  prodigiosa  actividad,  que  pocos 
monarcas  han  tenido  en  tan  alto  grado,  proseguía  sin 
descanso  la  conquista  de  Mallorca,  sus  agentes  trata 
su  matrimonio  con  la  hija  del  rey  de  León. 

Lo  era  entonces  de  este  último  país  Alfonso  IX,  q' 


CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXXnl.      335 

disgustado  con  su  esposa  Berenguala  y  con  su  hijo  Fer- 
nando, rey  de  Castilla,  llamado  después  el  Sanio,  quería 
que  le  sucediesen  en  el  reino  sus  hijas  Doña  Sancha  y 
Doña  Dulce,  habidas  en  un  primer  matrimonio.  Esta- 
ba, pues,  en  tratos  con  D.  Jaime,  desde  que  el  concilio 
de  Tarazona  anuló  su  matrimonio  con  Doña  Leonor  de 
Castilla,  para  casarle  con  su  hija  Sancha,  dándole  el 
reino  de  León  en  dote;  pero  el  fallecimiento  de  D.  Al- 
fonso, ocurrido  durante  la  conquista  de  la  isla,  hizo  fra- 
casar este  proyecto. 

La  noticia  de  esta  muerte  la  recibió  D.  Jaime  al  lle- 
gar á  Cataluña  y  al  desembarcar  en  la  playa  llamada 
de  Porrasa,  entre  Tarragona  y  Tamarit.  Allí  encontró 
á  Raimundo  de  Pl^amans,  que,  después  de  saludarle, 
besarle  las  manos  y  llorar  de  puro  contento,  le  dijo  como 
unos  castellanos  llegados  á  Barcelona  le  habían  traído 
la  nueva  del  fallecimiento  de  D.  Alfonso.  Pesáronle  al 
rey  estas  noticias  por  la  pérdida  del  citado  reino;  pero 
juzgó,  dice  la  crónica,  que  de  mayor  gusto  para  Dios, 
de  mayor  honra  ante  el  mundo  y  de  más  alto  mérito 
había  sido  ganar  el  reino  de  Mallorca,  que,  sin  éste,  ha- 
ber obtenido  únicamente  el  de  León. 

Pasó  D.  Jaime  á  Tarragona,  donde  fué  recibido  en 
triunfo.  Todo  el  clero  y  el  pueblo  le  salieron  al  encuen- 
tro con  cruces  y  pendones,  y  recibieron  con  grande  al- 
borozo al  rey  vencedor,  dando  gracias  y  bendiciendo  á 
Dios  que  le  restituyera  á  su  pueblo  con  tan  insigne  vic- 
toria. Consta  por  las  memorias  de  Poblet,  que  fué  tam- 
bién á  este  monasterio  á  dar  gracias  á  la  Virgen,  y  per- 
maneció en  él  hasta  el  9  de  Noviembre ,  siendo  en  este 
punto  donde  en  conferencias  con  varios  prelados  comen- 
zaron á  suscitarse  dificultades  sobre  la  creación  del  obis- 
ado  de  Mallorca.  Púsolas  principalmente  la  iglesia  de 
Barcelona,  que  pretendía  tener  jurisdicción  sobre  las  de 
a  isla  por  donación  que  le  otorgara  Al!,  señor  de  Denia 


336 


VÍCTOR  BALAGUER 


y  de  Mallorca,  confqfme  ya  de  ello  he  dado  debida  cuen- 
ta en  otro  lugar;  pei;o,  interviniendo  como  arbitros  los 
abades  de  Poblet  y  de  Santas  Creus,  acordóse  la  erección 
ó  más  bien  restauración  de  la  silla  episcopal  de  Mallor- 
ca, dejando  la  elección  del  primer  prelado  al  arbitrio 
del  monarca,  y  la  de  los  sucesivos  al  obispo  y  cabildo 
de  Barcelona,  con  obligación  de  nombrarle  del  seno  de 
aquella  iglesia  mientras  fuese  posible ,  condición  que 
no  llegó  á  cumplirse  por  sobrado  exorbitante.  £1  desi£^- 
nado  por  el  rey  para  la  nueva  mitra  en  I232,  fué  Ber- 
nardo, abad  de  San  Feliu  de  Guixols,  y  en  1235^  por 
muerte  ó  renuncia  de  éste,  lo  fué  el  paborde  de  Tarra- 
gona, Ferrer  de  Santmartí,  más  tarde  obispo  de  Valem 
cia;  pero  el  primero  que  en  propiedad  la  obtuvo  en  1238, 
fué  Raimundo  de  Toruella,  de  quien  se  asegura  sin  bas> 
tante  fundamento  que  fué  religioso  dominico  y  hermano 
de  Bernardo  de  Santa  Eugenia  ^ 

Al  partir  el  rey  de  Poblet,  pasó  por  Montblanch  y 
fuese  á  Lérida,  desde  cuyo  punto  se  dirigió  á  Aragón,  s^- 
liéndole  á  recibir  en  todas  partes  el  clero  y  d  pueblo  coo 
procesiones,  regocijos  y  estandartes.  Todo  aquel  invier- 
no lo  pasó  en  Aragón,  en  donde  arregló  sin  duda  el  ma- 
trimonio de  Doña  Aurembiaix,  condesa  de  Urgel,  con 
el  infante  D.  Pedro  de  Portugal.  Este  infante  vivió  casi 
toda  su  vida  desterrado  del  reino  de  Portugal,  siendo 
muy  perseguido  del  rey  D.  Alfonso  su  hermano.  Pri- 
meramente pasó  al  África,  de  donde  se  vino  después  á 
Aragón  y  donde  D.  Jaime  le  dio  grata  hospitalidad, 
heredándole  de  algunos  lugares  y  rentas  en  el  campo 
de  Tarragona,  y  dándole  mujer  de  la  casa  real,  que  fué 
Doña  Aurembiaix,  condeáa  de  Urgel  2. 

■ 

1  Quadrado,  nota  166  de  Marsilio« — Zurita,  lib.  III,  cap.  X 

2  Monfar,  cap.  LXVI.  Según  este  cronista,  aun  cuando  no  se  vi 
case  el  casamiento,  se  había  concertado  un  enlace  enü  eelreyD'J' 
y  Dofia  Aurembiaix  siendo  nifios. 


ALUSA. — LIB.  V.  CAP.  XXXIII.      337 

smbargOj  en  morir,  y  dictó  testa- 
mento legando,  á  falta  de  hijos,  sus  bienes  y  condado 
en  propiedad  á  su  esposo,  y  cuentan  las  historias  que 
entonces  el  rey  D.  Jaime,  ya  porque  no  le  conviniese  el 
excesivo  acrecentamiento  del  infante  en  Cataluña,  ya 
porque  echase  de  ver  el  carácter  descontentadizo  y  bu- 
llicioso de  que  con  el  tiempo  hÍ2Ó  muestra  el  portugués, 
ó,  en  fin,  porque  temiese  no  se  concertara  con  el  de 
Cabrera,  que  no  renunció  á  sus  pretensiones  ai  condado 
ni  amaba  al  rey,  trató  de  hacer  con  D.  Pedro  un  cam- 
bio dándole  Mallorca  por  Urgel,  y  logrólo  con  tanta 
mayor  facilidad,  cuanto  que,  por  la  infeudaciÓR  hecha 
por  la  difunta  condesa  á  la  corona,  ya  era  señor  directo 
de  aquel  estado.  Cerróse  el  ajuste  en  Lérida  á  ñnes  de 
Setiembre  de  i23i  i;  el  infante  recibió  el  señorío  vita- 
licio de  la  isla  de  Mallorca  y  de  las  otras  adyacentes 
que  todavía  estaban  por  conquistar,  y  prestó  homenaje 
al  rey,  que  se  reservó  la  Almudaina  y  las  principales 
fortalezas. 

Ha  dicho  un  sesudo  historiador,  que  el  trueque  era 
ventajoso  al  rey  bajo  todos  aspectos,  bien  que  sensible 
por  la  predilección  que  le  inspiraba  su  reciente  conquis- 
ta. Sin  embargo,  Jimeno  de  Urrea  y  Blasco  de  Alagón, 
departiendo  un  día  con  el  monarca  en  1234,  le  dijeron 
que  tan  bellas  islas  se  perderían  por  el  descuido  y  flo- 
jedad del  infajite,  que  era  el  hombre  más  negligente  del 
mundo,  á  lo  cual  contestó  el  rey  que  pronto  enmenda- 
rla su  yerro.  Y  realmente,  asi  que  hubo  conquistado  el 
runo  de  Valencia^  cedió  en  ét  al  infante  muchos  esta- 
dos y  las  villas  de  Segorbe,  Morella,  Murviedro,  Caste- 
llón y  Almenara  para  recobrar  á  Mallorca.  En  la  histo- 

I  Puede  leerse  ejU  escritura  en  el  «píndice  5.°  de  la  crónica  de  Mar- 
io comentada  por  Qnadrado,  y  en  el  Monfar.  tomo  I,  pig-  509-  Efte 
imo  traslada  también  el  testamento  de  Dofla  Aurembiaix. — (Viase  la 
"a  que  hay  al  final  de  aU  capUtdo.) 

TOUO  XI  22 


338  VÍCTOR  BALAGUER 

ría  de  esta  isla,  por  Dameto,  consta  un  auto  de  3  de  Ju- 
nio de  1244,  por  el  que  notifica  el  infante  á  los  isleños 
haber  dado  por  concambio  aquellas  islas  al  rey  de  Ara- 
gón, absolviéndoles  del  juramento  de  fidelidad  que  le 
habían  prestado,  y  mandándoles  que  recibieran  y  tuvie- 
ran á  D.  Jaime  por  su  señor. 

Volviendo  ahora  á  reanudar  la  ilación  de  los  sucesos, 
hay  que  referir  como  á  principios  de  Enero  de  i23i  filé 
D.  Jaime  á  Tudela,  donde,  para  que  todo  fuese  extraor- 
dinario en  él,  se  verificó  aquella  recíproca  y  singular 
adopción  de  los  dos  monarcas,  el  ijno  joven  y  el  otro 
anciano  y  enfermo,  por  la  cual  se  ínstitu}^ron  reciproca- 
mente herederos. 

Rey  era  entonces  de  Navarra  D.  Sancho  el  Fuerte  6 
el  Encerrado,  que  aquejado  de  una  extraordinaria  gor- 
dura en  su  avanzada  edad  de  setenta  y  ocho  años,  vi^ 
con  harto  trabajo  y  apenas  se  dejaba  ver  de  nadie.  Envió 
un  mensaje  á  D.  Jaime  para  proponerle  celebrar  con  él 
una  alianza  mutua,  ofreciéndole  que  le  otorgaría  tantas 
mercedes  como  rey  ninguno  las  hubiese  otorgado  á  otro 
rey  mayor,  y  D.  Jaime  se  resolvió  á  pasar  á  Tudela  para 
conferenciar  con  él.  £n  ésta  entrevista  fué  cuando  le 
hizo  la  singular  proposición  de  adoptarle  por  hijo  y  ha- 
cerle heredero  de  su  reino,  desheredando  á  Teobaldosu 
sobrino,  conde  de  Champaña,  con  tal  que  hiciese  la  gue- 
rra á  Castilla,  uniendo  sus  fuerzas  con  las  de  Navarra: 
solamente  le  pidió  que  al  propio  tiempo  que  le  prohija- 
ba, le  prohijase  también  D.  Jaime,  pues  no  podía  per- 
der en  ello,  le  dijo,  toda  vez  que  con  sus  setenta  y  ocho 
años  era  natural  que  muriese  el  primero.  A  esto  contes- 
tó el  monarca  aragonés  que  él  tenía  ya  á  su  hijo  Alfonso, 
al  cual  habían  jurado  ya  por  heredero  los  nobles  y  ca- 
balleros de  Aragón,  y  las  ciudades,  entre  ellas  la  de  1 
rida,  y  que  por  su  parte  no  podía  permitir  que  perdi 
su  hijo  el  derecho  que  tenía  adquirido;  pero  el  nava*^ 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXXIII.      339 

repuso  entonces  que  no  tenia  inconveniente  en  no  podei 
sucederle  sino  después  de  su  hijo,  con  tal  que  le  auxi' 
liase  en  la  guerra  que  tenia  con  el  rey  de  Castilla,  e 
cual  quería  destronarle;  por  manera  que  si  él  moría  é 
primero,  debiese  D.  Jaime  sucederle  en  sus  reinos,  y  s: 
al  contrario  sobrevivía  él  á  D.  Jaime  y  á  D.  Alfonso  st 
hijo,  debiese  heredar  de  todos  sus  estados  i.  Este  sin- 
gular convenio  se  extendió  el  2  de  Febrero  de  i23i  er 
el  castillo  de  Tudela,  pero  sin  embargo  no  tuvo  efecto, 
pues  á  la  muerte  de  D.  Sancho  de  Navarra  fué  procla' 
mado  rey  de  este  punto  su  sobrino  Teobaldo  llamadc 
el  Trovador,  á  pesar  de  la  oposición  de  D.  Jaime  quien, 
en  vida  de  aquél,  habia  vuelto  por  segunda  vez  á  Tu- 
dela acompañado  de  los  ricos-hombres  y  síndicos  de  sue 
ciudades,  y  habia  recibido  de  los  navarros  el  juramen- 
to  y  homenaje  de  reconocerle  por  rey,  después  de  muer- 
to D.  Sancho. 

Es  preciso  advertir  también  que,  no  obstante  el  con- 
venio y  no  obstante  el  mucho  amor  que  el  de  Navarra 
decía  profesar  á  D.  Jaime,  surgieron  bien  pronto  mo- 
tivos de  disgusto  entre  ambos  monarcas.  Comenzaron 
por  DO  entenderse  cuando  se  trató  de  llevar  adelante  la 
jomada  contra  Castilla,  sin  embargo  de  que  estuvo  muy 
cuerdo  y  prudente  D.  Jaime  y  trazó  un  admirable  plan 
de  campáis,  y  acabaron  por  ponerse  completamente  en 
desacuerdo  cuando,  no  habiendo  podido  acudir,  á  una 
cita  el  monarca  aragonés,  á  causa  de  haber  tenido  que 

I  Víase  la  propia  historia  de  D.  Jaime,  desde  el  cap.  CXU  hasta 
d  OCXU,  7  tambiín  los  muchos  autores  que  de  esto  tratan,  entre  ellos 
Zurita,  cap.  XI  del  lib.  III  de  sus  Anaiei,  y  Sas  en  su  libro  sobre  D.  Jai- 
me I.  Es  preciso  advertir  que  ea  et  tratado  de  alianza  y  mutua  adopción 
otorgado  entre  el  rey  de  Aragón  y  el  de  Navarra,  no  se  hace  mérito  del 
hijo  D.  Alfonso,  según  se  eupresa  en  el  texto,  pero  lo  dice  D.  Jaime, 
y  los  traductores  de  su  crónica  creen  que  c!  convenio  a  favor  de  dicho 
(lijo  fué  estipulado  separadamente  en  algún  tratado  secreto.  6  tan.súlo 
ie  ptlabra  entre  ambos  soberanos. 


^ 


340  VÍCTOR  BALAGUER 

pasar  precipitadamente  á  Mallorca,  se  enfrió  de  una  ma- 
nera muy  notable  el  voluntarioso  rey  de  Navarra.  De 
todos  modos,  es  tan  singular  y  digno  de  perpetua  me* 
moría  todo  lo  que  pasó  entre  ambos  reyes,  y  está  tan 
agradablemente  contado  por  el  propio  D.  Jaime  en  su 
historia,  que  creo  oportuno  recomendar  todo  lo  á  este 
pimto  referente  para  solaz  y  estudio  de  los  lectores. 

Después  de  su  primera  entrevista  en  Tudela  con  Don 
Sancho  el  Fuerte,  encuentro  que  D.  Jaime  se  vino  á  Ca- 
taluña donde,  estando  en  Barcelona,  tuvo  vagamente 
noticias  de  que  el  rey  de  Túnez  hacia  aprestos  para 
pasar  á  Mallorca,  con  cuyo  objeto  se  apoderaba  de  to- 
das las  naves  de  písanos,  genoveses  y  otros  cristianos. 
El  rey  entonces  llamó  á  consejo  á  los  nobles  que  le 
acompañaban  y  á  los  prohombres  de  Barcelona,  siendo 
este  titulo  de  prohombres  (de  probi  homines)  el  que  se 
daba  á  los  que  componían  los  municipios,  particular- 
mente el  de  Barcelona,  antes  de  la  reforma  de  esta  cor- 
poración llevada  á  cabo  en  1249.  ^^  consejo,  compues- 
to sólo  de  nobles  y  ciudadanos,  según  las  memorias  es- 
critas que  nos  quedan,  fué  de  parecer  que  no  se  debía 
acordar  nada  hasta  que  se  tuviesen  noticias  más  segu- 
ras y  exactas,  pues  no  siempre  salía  cierto  todo  lo  que  de 
luengas  tierras  se  contaba. 

Conformóse  el  rey  con  este  dictamen,  y  se  filé  entre 
tanto  á  Vich  para  resolver  ciertas  cuestiones  que  se  ha- 
bían suscitado  entre  Guillermo  de  Moneada  y  algunos 
habitantes  de  aquella  población  i;  pero  al  día  siguiente 
de  estar  allí  se  le  presentó  un  mensajero  que  venía  de 

1     Guillermo  dice  la  crónica  de  Marsilio,  y  GuUlermo  también  b 
crónica  real,  traducida  por  Flotats  y  Bofarull;  pero  debía  ser  Pedros  y 
no  Guillermo  de  Moneada,  ú  se  atiende  á  que  no  podia  ser  otro  qi 
hijo  de  Guillen  Ramón  de  Moneada,  que  heredó  la  senescalía  de  C 
lufta,  y  que  se  llamaba  Pedro,  según  yo  encuentro.  Ya  sabemos  qu< 
Moneadas  tenían  el  sefiorío  de  la  parte  superior  de  la  dudad  de  ^ 


t  CATALUÑA.— LIB.  V.  CAP.  XXxm.      34I 

áo  de  Plegamans,  sin  duda  el  gober- 
)na  entonces,  el  cual  le  dijo  haberse 
liona  noticias  de  que  el  rey  de  Túnez 
á  aquellas  horas  en  Mallorca, 
lensaje  á  D.  Jaime,  y  con  aquella  ac- 
tividad de  que  ya  había  dado  muestra  y  de  que  aún  ha- 
bla de  dar  tantas  durante  su  vida,  partió  en  el  acto  pa- 
ra Barcelona,  á  donde  llegó  aquella  misma  noche,  y 
donde  ante  su  consejo,  apresuradamente  reunido,  es 
fama  que  pronunció  estas  nobilísimas  palabras:  —  *No 
fué  bueno  el  consejo  que  aquí  se  nos  dio,  ni  se  miró  en 
él  por  nuestro  honor  ni  por  el  bien  de  la  tierra,  pues  la 
más  grande  empresa  que  se  haya  llevado  á  buen  tér- 
mino desde  cien  años  acá,  quiso  el  Señor  Dios  que  se 
cumpliese  con  la  conquista  de  Mallorca;  y  ya  que  Dios 
DOS  la  dio,  no  hemos  de  perderla  ahora  por  pereza  ni 
por  cobardía.  Resuelto  estoy  á  ir  á  socorrerla  en  perso- 
na, y  para  ello  señálese  día  á  todos  los  que  en  aquella 
conquista  nos  ayudaron,  y  envíense  órdenes  á  Aragón 
para  que  todos  los  que  tengan  por  mi  algún  feudo  ó 
sean  de  mi  mesnada,  comparezcan  en  Salou  dentro  tres 
semanas.  Allí  les  esperaré,  pues  preñero  morir  en  Ma- 
llorca, á  perderla  por  culpa  mía.  > 

A  tenor  de  las  apremiantes  órdenes  del  rey,  dispúso- 
se todo  para  que  del  puerto  de  Salou  pudiese  salir  la  ex- 
pedición el  día  señalado.  Fletadas  naves  y  tandas  y 
una  galera  paia  tomar  noticias;  dispuestos  á  hacerse 
á  la  vela  25o  caballeros,  entre  ellos  Ñuño  Sánchez; 
pronto  el  rey,  y  cuando  ya  no  se  esperaba  sino  la  señal 
de  la  partida,  presentáronse  á  D.  Jaime  el  anciano  ar- 
zobispo de  Tarragona  y  Guillermo  de  Cervera,  su  an- 
tiguo consejero,  que  se  había  hecho  monje  de  Poblet, 

ito  serían  laj  disensiones  di;  que  habla  D.  Jaime 


342  VÍCTOR  BALAGUER 

quienes  con  lágrimas  le  instaron  á  que  no  expusiese 
su  persona  en  aquella  empresa,  sino  que  la  confíase  á 
uno  de  sus  capitanes.  Todo,  empero,  fué  inútil.  El 
rey  había  decidido  partir ,  y  partió ,  acompañándole  d 
infante  de  Portugal  que,  á  última  hora,  cuando  iban 
ya  las  naves  á  hacerse  á  la  vela,  se  presentó  sólo  con 
cuatro  caballeros^  provocando  el  enojo  del  monarca, 
el  cual  no  pudo  menos  de  manifestarle  lo  que  se  pas- 
maba de  verle  tan  retrasado  y  con  tan  poca  com- 
pañía 1. 

Afortunadamente,  la  alarma  producida  por  el  des- 
embarco del  rey  de  Túnez  en  Mallorca,  no  tenía  fun- 
damento alguno.  Cuando  D.  Jaime  llegó  á  SoUer,  que 
es  donde  arribó  aquella  vez  la  flota ,  supo  que  no  se 
había  avistado  ninguna  embarcación  enemiga,  y  á  los 
quince  días  de  estar  allí,  tuvo  la  certeza  de  que  los 
tunecinos  no  proyectaban  nada  contra  la  isla,  pues  an- 
daban en  guerra  con  aquellos  mismos  almohades  á 
quienes  D.  Jaime  había  vencido  en  Mallorca. 

Pero  su  viaje  á  la  isla  no  fué  inútil.  Seguro  ya  de  que 
nada  que  temer  había  por  parte  del  rey  de  Túnez,  mo- 
vió el  monarca  aragonés  su  hueste  contra  los  moros 
montañeses ,  que  eran  en  número  de  más  de  3.ooo,  y 
después  de  haberles  tomado  sus  tres  fuertes  castillos  de 
Alaró,  Pollensa  y  Santueri,  obligó  á  venir  á  tratos  al 
caudillo  Xuayp  ó  Joaib,  que  se  sometió  bajo  ciertos 
pactos  y  condiciones,  lo  propio  que  muchos  de  los  su- 


1     Es  preciso  advertir  que,  cuando  el  rey  volvió  esta  vez  á  Mallor- 
ca, DO  se  había  aún  efectuado  el  convenio  de  permuta  con  el  infante  de 
Portugal,  ni  había  mueito  aún  la  condesa  de  Urgel.  Ésta  murió  el  M^ 
Agosto  de  123I;  el  infante  cedió  el  Urgel  á  D.  Jaime,  á  cambio  del  sfr 
fiorío  de  Mallorca,  á  fínes  de  Setiembre  de  1231,  y  D.  Jaime  efectuó 
segunda  expedición  á  la  isla  en  Marzo  del  mismo  afio,  regresando  á 
talufia  á  últimos  de  Mayo.  £1  infante  de  Portugal  no  era,  pues,  aún 
flor  de  Mallorca,  como  sientan  principales  autores. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB,  V,  CAP.  XXXIV.      343 

yos,  sin  embargo  de  que  todavía  quedaron  unos  2.000 
hombres  en  las  montañas ,  los  cuales  quisieron  conti- 
nuar permaneciendo  fíeles  á  su  ley  y  á  su  bandera  en 
aquellos  enriscados  reductos. 

Tranquilo  el  rey  por  el  momento,  y  seguro  ya  de  que 
nada  amenazaba  turbar  la  paz  de  Mallorca,  volvió  á  de- 
jar el  mando  en  manos  de  Bernardo  de  Santa  Eugenia, 
y  aumentando  sus  fuerzas  con  algunos  caballeros  de  los 
que  había  traído,  regresó  á  Cataluña,  donde  su  primer 
objeto  fué  ir  á  Tudela  para  verse  otra  vez  con  el  nava- 
rro, á  ñn  de  proseguir  los  preparativos  contra  Castilla; 
pero  hallándole  ya  cambiado,  vínose  de  nuevo  á  Cata- 
luña, paradirigir  sus  miras  á  nuevas  conquistas  de  terri- 
torios sarracenos. 


CAPITULO  XXXIV. 


Los  sarracenos  de  las  montañas  de  Mallorca . — Tercera  expedición  del 
rey  á  la  isla. — Hace  testamento  antes  de  partir. — Llega  á  Mallorca. 
— Conquista  de  Menorca. — ^Embajada  que  pasó  á  la  isla. — Estratage- 
ma del  rey.— Sumisión  de  Menorca. — Se  proyecta  la  empresa  contra 
Ibiza. — Guillermo  de  Montgrí  se  ofrece  á  tomar  la  isla. — El  infante  de 
Portugal  y  Nufio  Sánchez  toman  parte  en  la  empresa. — Sitio  y  toma 
de  Ibiza. 

(1232  Y   1235.)  ^ 

Los  2.000  sarracenos  que  no  hablan  querido  some- 
terse en  Mallorca  al  mismo  tiempo  que  Xuayp,  hicieron" 
una  resistencia  desesperada  á  los  caballeros  aragoneses 
y  catalanes  que,  ausente  ya  el  rey,  y  al  mando  de  Ber- 
nardo de  Santa  Eugenia,  fueron  á  combatirles.  Parape- 
tados en  sus  agrestes  riscos,  defendiendo  heroicamente 
aquel  último  rincón  que  les  quedaba  en  la  que  fué  su 


344  VÍCTOR  BALAGÜER 

patria  y  aquel  último  miserable  albergue  de  sus  familias, 
rechazaron  todos  los  ataques,  desbarataron  todos  los 
planes  de  los  cristianos,  sufrieron  los  rigores  delinvier- 
no  y  del  hambre,  y,  por  fín,  cuando  ya  no  les  quedaba 
recurso  humano,  aún  contestaron  á  la  invitación  que 
de  rendirse  les  envió  el  de  Santa  Eugenia,  diciendo  que 
no  lo  harían  mientras  no  se  presentase  aquel  rey  á  quien 
Dios  había  dado  la  isla. 

Bernardo  de  Santa  Eugenia  y  Pedro  Maza,  los  dos 
caudillos  que  mandaban  la  hueste  catalana-aragonesa 
de  la  isla,  decidieron  entonces  ir  en  busca  de  D.  Jaime, 
ya  que  sólo  á  él  querían  entregarse  los  últimos  restos 
de  los  montañeses  sarracenos.  Vinieron,  pues,  á  Cata- 
luña y  presentándose  al  rey,  que  estaba  á  la  sazón  en 
Barcelona ,  le  persuadieron  á  que  de  nuevo  se  embar- 
case  para  la  isla,  diciéndole  que  de  su  presencia  en  ella 
dependía  el  que  se  acabaran  de  rendir  todos  los  sarra- 
cenos, á  tenor  de  lo  que  con  ellos  habían  pactado.  En 
el  acto  dispuso  el  rey  que  sé  aparejasen  tres  galeras  y 
estuviesen  en  el  puerto  de  Salou  dentro  de  quince  días, 
decidiendo  ir  solo  y  sin  más  comitiva  que  su  gente  de 
servicio. 

Fué  la  venida  de  los  barones  de  Santa  Eugenia  y 
Maza,  á  últimos  de  Abril  de  I232,  y  el  6  de  Mayo  esta- 
ba ya  D.  Jaime  en  Tarragona,  dispuesto  á  embarcarse. 
En  aquel  rey  el  pensamiento  era  la  acción.  Consta  que, 
hallándose  ei^  dicha  ciudad  de  Tarragona,  y  antes  de 
partir  para  Salou,  hizo  testamento  por  el  que  volvía  á 
legitimar  de  nuevo  al  príncipe  D.  Alfonso  su  hijo,  aJ 
cual  criaba  en  Castilla  su  madre  la  repudiada  Doña  Leo- 
nor. Instituyóle  entonces  por  su  heredero  en  los  reinos 
de  Aragón  y  de  Mallorca,  y  en  los  condados  de  Barce- 
lona y  de  Urgel  y  señorío  de  Montpeller  que  antes 
había  reservado  para  los  hijos  que  pudiera  tener  de  ot 
esposa.  Sustituía  en  lugar  del  príncipe  por  su  hereder 


Q^ 


LLUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXXIV.       345 

lejar  hijos,  á  su  primo  D.  Ramón 
Provenza.  Dejaba  por  tutores  de 
so  bijo  al  arzobispo  de  Tam^ona,  á  los  maestres  del 
Hospital  y  del  Temple  y  á  Guillermo  de  Cervera,  mon- 
je de  Poblet;  y  ordenaba  terminantemente  que  los  tu- 
tores reclamasen  el  joven  príncipe  á  su  madre  y  al  rey 
de  Castilla  para  criarle  ellos  á  su  voluntad;  y  que  si  por 
acaso  su  hijo  presumiese  entrar  poderosamente  con  gen- 
te extranjera  para  apoderarse  del  reino,  no  estuviesen 
obligados  los  ricos-hombres  de  Aragón  y  de  Cataluña 
á  obedecerle,  sino  fuese  viniendo  como  debía  venir  el 
rey  á  sus  vasallos  i . 

Hecho  este  testamento,  partió  D.  Jaime,  debiendo 
efectuar  su  salida  del  puerto  de  Salou  á  mediados  de 
Mayo.  Cuéntase  que  la  noche  era  oscura  y  aturbona- 
da, y  que  los  marineros  rehusaban  salir  del  puerto,  pero 
que  el  rey  les  obligó,  cediendo  la  borrasca  después  de 
haber  andado  diez  millas,  serenándose  el  cielo  y  abo- 
nanzando el  tiempo.  Entonces  le  dijo  uno  de  los  que 
iban  con  él: — *Con  galochas  pudierais  pasar  el  mar;  no 
parece  sino  que  sois  el  predilecto  del  cíelo,  pues  está  de 
Dios  cuanto  vos  hacéis. » 

Al  tercer  día  de  haberse  dado  á  la  vela,  las  tres  ga- 
leras de  D.  Jaime  entraban  en  Portopi,  y  empavesadas 
y  al  son  de  trompetas  fueron  vogando  hacia  la  playa  de 
la  ciudad,  en  donde  esperaba  ya  toda  la  población.  A 
los  pocos  días,  atendiendo  el  rey  á  los  sarracenos,  por 
cuya  causa  había  ido,  logró  cumplidamente  su  intento. 
Bastó  que  se  presentara  para  que  se  le  sometiera  toda 
aquella  turba  de  indomables  montañeses. 

Era  realmente  aquel  hombre,  como  le  había  dicho 
uno  de  sus  barones,  el  predilecto  del  cielo:  se  presenta- 

1     Este  testamenta  se  halla  en  los  archivos  de  la  Corona  de  Aragún, 
de  Jaime  I,  núm.  453.— (Nota  de  la  segunda  ediciÚD.) 


34^  VÍCTOR  BALAGUER 

ba,  y  sumisos  caían  á  sus  plantas  ejércitos  poco  antes 
indómitos;  se  pronunciaba  su  nombre,  y  se  le  sometían 
islas.  Precisamente  fué  esto  último  lo  que  le  sucedió 
con  la  isla  de  Menorca,  cuya  conquista  llevó  á  cabo  sin 
pérdida  de  un  solo  caballero  y  con  el  único  poder  de  su 
nombre. 

He  aquí  cómo  sucedió  esto:  por  consejo  de  uno  de 
sus  más  allegados  envió  á  Menorca  las  tres  galeras  en 
que  había  venido,  con  embajadores  encargados  de  inti- 
mar la  rendición  á  aquellos  isleños.  Los  mensajeros  fue- 
ron Bernardo  de  Santa  Eugenia,  Raimundo  de  Serra, 
comendador  de  la  orden  del  Temple  en  Mallorca,  y 
Asalit  ó  Ánsaldo  de  Gudar,  que  era  de  la  mesnada  real. 
Se  combinó  que  mientras  los  embajadores  cumplían  su 
misión,  el  monarca  fuese  en  persona  al  extremo  de  la 
isla,  y  al  punto  llamado  cabo  de  Piedra,  á  fin  de  espe- 
rar el  resultado  del  mensaje  y  coadyuvar  á  él,  mandan- 
do encender  en  el  cabo  grandes  hogueras,  para  hacer 
creer  á  los  de  Menorca  que  era  el  ejército  que  contra 
ellos  iba. 

La  embajada  y  también  la  estratagema  obtuvieron 
un  éxito  satisfactorio.  D.  Jaime  se  fué  al  cabo  de  Pie- 
dra llevando  sólo  en  su  compañía  seis  caballeros  y  cua- 
tro caballos,  cinco  escuderos  de  servicio,  diez  criados 
de  su  palacio  y  algunos  correosa  ¡bela  host  de  rey!  como 
dice  él  mismo  en  su  historia.  Mandó  por  la  noche  pren- 
der fuego  á  algunos  matorrales  para  aparentar  grandes 
hogueras,  y  semejante  novedad  llamó  en  efecto  la  aten- 
ción de  los  sarracenos  de  Menorca,  quienes  enviaron  i 
preguntar  qué  era  aquello  á  los  embajadores  cristianos. 
Estos,  que  habían  dado  ya  cuenta  de  su  misión  y  espe- 
raban la  respuesta,  dijeron  que  semejantes  fuegos  indi- 
caban que  era  el  rey  D.  Jaime,  el  cual  había  lleg¡ ' 
hasta  allí  con  sus  huestes,  pronto  á  caer  sobre  Meno 
sí  no  se  sometía  á  su  dominio.  Atemorizáronse  los 


lE  CATALUÑA. — LIB.  V.  CAP.  XXXIV.      347 

inieron  á  reconocer  por  señor  de  la  isla 

_, ragón,  cediéndole  las  fortalezas  y  pres- 

tindole  cada  año  un  tributo  de  3 .  ooo  cuarteras  de  trigo, 
loo  vacas  y  5oo  entre  cabras  y  ovejas. 

Desde  que  fué  celebrado  el  convenio,  dice  el  rey  en 
sus  comentarios,  se  sacaron  de  aquella  isla  dobles  ó 
quizá  mayores  réditos  de  los  que  al  principio  se  le  pro- 
metieran por  tributo,  y  «desde  entonces,  por  la  gracia 
de  Dios — son  palabras  del  rey, — muy  lejos  de  haber  la 
isla  de  MaJlorca  necesitado  más  nuestra  ayuda,  la  ha 
mejorado  tanto  el  Señor,  que  vale  doblemente  de  lo  que 
valía  en  tiempo  de  los  sarracenos.  • 

Y  ahora,  para  finalizar  este  libro  con  la  conquista  de 
tas  Baleares,  es  preciso  que  mis  lectores  me  permitan, 
aunque  sea  dejando  un  vacio  de  dos  años,  que  se  llena- 
rán al  comienzo  del  siguiente  libro,  contar  la  empresa 
que  se  llevó  á  cabo  contra  la  isla  de  Ibiza  y  la  toma  de 
su  castillo  y  villa. 

La  conquista  de  Ibiza  no  tuvo  lugar,  como  observó 
ya  Zurita,  hasta  iz35,  entrada  ya  la  primavera;  pero  la 
propuesta  de  ganarla  que  presentaron  al  rey  el  sacrista 
de  Gerona  y  sus  compañeros,  pudo  ser  el  año  preceden- 
te, 6  antes  tal  vez.  Se  cuenta  que  hallándose  un  día 
D.  Jaime  en  Alcañiz,  comparecieron  ante  él  el  sacrista 
de  Gerona  Guillermo  de  Montgrí,  que  era  arzobispo 
electo  de  Tarragona,  si  bien  no  parece  que  fuese  con- 
firmada por  Roma  su  elección;  Bernardo  de  Santa  Eu- 
genia y  su  hermano.  Dirigió  la  palabra  al  rey  Guillermo 
de  Montgrí,  y  le  dijo  que  si  le  quería  ceder  la  isla  de 
Xbiza,  él  y  los  de  su  linaje  emprenderían  aquella  con- 
quista, guardándola  en  feudo  por  el  monarca. 

Vino  en  ello  D.  Jaime;  hizose  el  convenio  conforme 
a]  Cual  el  feudo  de  Ibiza  juntamente  con  el  señorío  es- 
piritual quedaba  por  la  silla  arzobispal  de  Tarragona, 
salvo  el  dominio  supremo  del  rey,  y  todo  se  dispuso 


34^  VÍCTOR   BALAGUBR 

para  la  empresa,  mandando  construir  Guillermo  de 
Montgri  un  trabuquete  y  un  fundibulo.  Luego  que  el 
infante  de  Portugal  D.  Pedro  y  Ñuño  Sánchez  del  Ro« 
sellón  tuvieron  noticia  de  la  proyectada  empresa^  ofre- 
ciéronse á  acompañar  al  de  Montgrí,  con  tal  que  éste 
les  diese  parte  en  la  conquista,  á  proporción  del  número 
de  caballos  con  que  le  auxiliasen;  fuéles  otorgada  su  de* 
manda  y  emprendieron  juntos  aquella  campaña,  divi- 
diéndose las  tierras,  cuando  vino  el  caso,  por  terceras 
partes  entre  el  infante,  el  conde  D.  Ñuño  y  los  promo- 
vedores de  la  conquista. 

Acaudillada  la  armada  y  congregada  la  hueste,  dié- 
ronse  á  la  vela  los  capitanes  y  su  gente,  saliendo  del 
puerto  de  Barcelona  i;  y  llegando  á  Ibiza  con  próspera 
navegación,  saltaron  en  tierra  y  en  seguida  pusieron 
sitio  á  la  villa  abriendo  trincheras,  sentando  el  campa- 
mento y  combatiendo  reciamente  la  plaza  con  los  inge- 
nios de  batir  que  consigo  llevaban.  Siguiendo  la  relación 
histórica  que  se  halla  al  frente  de  las  ordinaciones  de 
Ibiza,  recopiladas  por  aquel  municipio  en  tiempo  de 
Fernando  VI,  los  hombres  de  Lérida,  que  parece  ser 
iban  muchos  en  la  hueste,  construyeron  una  máquina 
ó  ingenio  con  el  cual  ofendieron  poderosamente  la 
plaza. 

Resistíase  ésta  con  heroismo,  pero  los  cristianos  tu- 
vieron medio  de  hallar  secretas  inteligencias  entre  los 
sitiados.  Según  cuenta  la  citada  Resumpta  histórica,  un 
moro  muy  principal  de  la  villa,  ofendido  de  que  el  jeque 
de  Ibiza  le  hubiese  tomado  una  mujer  á  quien  amaba, 
llevándosela  á  su  serrallo,  aprovechó  aquella  ocasión 
que  para  vengarse  se  le  presentaba,  y  entendiéndose  con 
el  caudillo  de  los  sitiadores,  le  ofreció  introducir  sus  tro- 

1     Rtsttnipta  histórica  de  la  isla  de  3isa,  continuada  al  frente  de 
ordinaciones  de  esta  isla,  pág.  94. 


K, — LIB.  V.  CAP.  XXXIV.       349 

Así,  pues,  una  noche  que  estaba  guar- 
:o  que  se  abría  en  el  muro,  avisó  á  los 
íes  se  adelantaron  hasta  el  campo  que 
de  aquella  puerta,  y  que  aun  hoy  se  lla- 
ma campo  de  la  traición,  comenzando  á  introducirse  en 
la  plaza  por  el  postigo  que  les  abrió  el  moro.  No  pudo 
serj  sin  embargo,  con  tanto  secreto  que  no  lo  advirtiesen 
los  sitiados,  los  cuales,  abalanzándose  á  impedir  la  en- 
trada de  la  hueste  aragonesa,  trabaron  con  ella  una  em- 
peñada y  sangrienta  refriega  en  la  calle  de  que  ya  los 
nuestros  se  habían  apoderado. 

En  el  Ínterin,  los  de  Lérida  asaltaban  el  muro  por  la 
parte  en  que  en  él  abrieran  brecha  con  su  ingenio,  sien- 
do an  soldado  leridano,  llamado  Juan  Chico,  el  primero 
que  subió  á  la  muralla,  enarbolando  en  ella  el  estan- 
darte de  la  cruz  y  de  las  Barras.  Este  ataque  de  los 
hombres  de  Lérida  fué  favorable  á  los  catalanes,  que  en 
el  otro  extremo  de  la  villa  habían  penetrado  por  el  pos- 
tigo mencionado.  La  plaza  fué  tomada  y  la  victoria  com- 
pleta, rindiéndose  la  cindadela  y  ocupando  los  conquis- 
tadores sin  ninguna  resistencia  lo  demás  de  la  isla,  co- 
mo también  su  vecina  la  Formentera. 

Asi  se  llevó  á  cabo  la  conquista  de  aquellas  islas,  pri- 
mera empresa  ultramarina  de  las  armas  de  la  Corona 
DB  Aragón,  con  la  cual  se  abrió  una  vía  de  esplendor 
y  gloria  á  la  bandera  de  las  gules  Barras,  que  ya  desde 
entonces,  de  triunfo  en  triunfo,  había  de  llegar  hasta 
remotos  países  haciéndose  temer  y  respetar  en  todas 
partes. 


ACLARACIONES  Y  APÉNDICES 

.      AL  LIBRO  QLFINTO. 


I  (Cap.  IV). 

SIGUE  LA  CRONOLOGÍA  DE  LOS  CONDES  CATALANES. 

(siglos  XII  Y  XIII.) 
(Véase  el  apéndice  núm.  (t)  del  libro  coarto.) 

CONDES   DE   CERDAÑA. 


Por  testamento  de  Ramón  Berenguer  el  Grande  se  \tgb 
este  condado  á  su  segundo  hijo  D.  Pedro,  que  cambió  luego 
su  nombre  en  el  de  Ramón  Berenguer  al  pasar  á  ser  conde 
de  Provenza  (Véase  el  cap.  II  de  este  libro).  Es  de  presu- 
mir que  le  sucedió  su  hermano  Sancho,  tercer  hijo  de  Ra- 
món Berenguer  IV.  Tendríamos,  pues,  siendo  aa,  á 

Pedro,  desde 1162 á...    1168. 

Sancho,  desde ii68*,.,.     á...    1181. 

En  este  año  murió  Pedro  6  sea  Ramón  Berenguer,  y 
Sancho  entró  á  sucederle  en  el  condado  de  Provenza.  Turó- 
lo hasta  1 185,  en  que  el  rey  Alfonso  se  lo  quitó  para  dár- 
selo á  un  hijo  suyo,  cediéndole  en  cambio  el  condado  de 
Rosellón  y  de  Cerdaña.  Se  presume  que,  á  pesar  de  ser 
conde  de  Provenza,  Sancho  no  dejó  de  serlo  de  Cerdaña, 
y  en  este  caso  tendríamos: 

Al  mismo  Sancho,  desde 1 181 á. . .    118 


ALUNA.  —  ACLARACIONES  AL  LIB.   V.      351 

.,  según  acabamos  de  decir,  el  condado  de 

unido  al  del  Rosellón,  pero  ya  de  entonces 

en  adelante  los  condes  de  estas  dos  comarcas  no  tuvieron 

sino  una  especie  de  título  de  honor,  pues  los  verdaderos 

condes  fueron  los  reyes  de  Aragón. 

condes  de  urgbl. 

Arubhgol  VIII 1184 1208. 

A  la  muerte  de  este  conde  ocurrieron  grandes  distur- 
tños  en  el  condado  de  Urgel  por  la  sucesión.  Armengol 
dejó  heredera  del  condado  á  su  única  hija  Aurembiaix,  que 
había  tenido  en  su  esposa  Elvira.  Un  sobrino  de  Armen- 
gol,  Guerau  do  Cabrera,  hijo  de  una  hermana  suya  casada 
con  el  vizconde  de  Cabrera,  pretendió  como  pariente  varón 
más  inmediato  apoderarse  del  condado.  La  condesa  Elvira 
puso  á  su  hija  Aurembiaix  bajo  la  protección  del  rey  don 
Pedro  el  Católico,  á  quien  cedió  el  condado,  salvo  los  dere- 
cbosdesuhija.  Tuvieron  lugar  sangrientos  encuentros  en- 
tre el  rey  D.  Pedro  y  el  vizconde  de  Cabrera,  que  se  titula- 
ron ambos  condes  de  Urgel.  Este  último  está,  sin  embargo, 
con^derado  y  continuado  en  la  lista  de  los  condes  desde 
j2o8  hasta  1228.  En  este  año  ya  sabemos  que  D.  Jaime  el 
CoH^istador  lo  recobró  para 

Doña  Aurbmbiaix 1228 1231 . 

Muerta  ésta,  lo  tuvo  por  su  testamento  su  esposo  el  in- 
fante de  Portugal,  que  lo  cedió  á  D.  Jaime  de  Aragón  en 
cambio  del  señorío  de  Mallorca. 


CONDES   DE  AMPURIAS. 

A  Hugo  ni,  que  murió  en  1230  poco  después  de  ganada 
Mallorca,  y  al  cual  le  hemos  visto  tomar  en  esta  conquista 
una  tan  activa  parte,  sucedió  suhijo  PonsHugoII,  de  quien 
tendremos  ocasión  de  hablar  en  el  próximo  libro. 


352  VÍCTOR  BALAGUBR 

CONDES  DEL  ROSELLÓN. 

Alfonso  el  Casto,  rey  de  Aragón,  I  de 
Cataluña  y  II  de  Aragón 1172. . .    1196. 

Conde  titular  del  Rosellón:  D.  Sancho 
desde  1185  á  1224  próximamente.  ;s 

Pedro  el  Católico^  I  de  Cataluña  y  11 
de  Aragón 1296. . .    1213. 

Jaime  el  Conquistador^  I  en  Aragón  y 
en  Cataluña 1213.  • .    1276. 

Conde  titular:  D.  NuÑo  Sánchez,  hijo 
de  D.  Sancho,  desde  1224  á  1241. 

CONDES  DE  BARCELONA. 

Alfonso  el  Casto  (II  como  rey  de  Ara- 
gón, I  en  Cataluña),  hijo 1 162. . .     1196. 

Pedro  el  Católico  (I  de  Cataluña,  II 
de  Aragón),  hijo 1196. .  •     1213. 

Jaime  el  Conquistador  (I  en  Aragón  y 
en  Cataluña 1213. 


II  (Cap.  IV). 


CONSTITUCIONES   DE    PAZ   Y   TREGUA   DE    ALFONSO 

EL  CASTO. 

(CopiadM  de  un  tnftnnacrito  del  dglo  xm,  procedente  de  Sen  Martin  de  CaB]f6,  qtt 

pertenece  fc  M.  Hemy,  de  Perpifiluí,) 


Divinarum  et  humanarum  rerum  tuitio  ad  neminem  nui- 
gis  quam  ad  príncipem  pertinet;  nihilque  tam  proprir 
esse  debet  boni  ac  recti  príncipis,  quam  injurias  prop 
sare,  bella  sedare,  pacem  stabilire  et  informare,  et  info 


HIST.   DE   CATALUÑA. — ACLARACIONES  AL  LIB.   V.      353 

matam  subditts  conservandam  tradere,  ut  de  eo  non  inco 
gnie  dice  et  praedicari  possit  quod  a  principe  regum  dictu 
est:  per  n»  reges  regnant  et  poUtttes  scribunt  jusliciam.  ] 
propter. 

Nos  Ildefonsus,  Dei  grada  rex  Aragonum,  comes  Ba 
chinóme  et  Rossílionls,  et  marcliio  Provincia,  publícse  ul 
litad  totius  terrs  nostrse  consulere  et  providero  satagei 
et  intuitio  divini  numinis ,  tam  ecclesias  quam  relígios 
personas  cum  ómnibus  suis  rebus  nostne  protectionis  pr 
sidio  vallare  ac  perpetuo  muñiré  cupiens,  anno  ab  Incarn 
tione  Domini  MCLXXIII.  Habito,  apud  Perpinianum,  £ 
per  hoc  tractatu  et  delibes  ratione  cum  venerabilis  vii 
Guillelmo,  Tarragonensi  archiepiscopo,  apoatolicíe  sedil 
gato  et  tí.  Barchinonensi  episcopo;  ct  Guillelmo  Jordaí 
Elnonsi  episcopo ,  ómnibus  baronibus  comitatus  Rossilion 
nec  non  et  aliis  pluríbus  magnatibus  si  ve  baronibus  cur 
mese,  quibus  unanimiter  ómnibus  j  ustum  et  squum  visi 
estet  communi  utilitati  expediré,  ut  in  comitatu  Rossili 
nensi,  quem  per  Dei  graciam  nuper  adeptus  sum,  vel  ali 
in  toto  Elnensi  epíscopatu,  pax  et  trega  instituatur,  et  n 
fanda  raptorum  et  prasdonum  audacia  exterminetur;  pn 
dictoruní  omníum  assensu  et  volúntate,  ómnibus  tam  \i 
cis  quam  clericis  qui  in  prsedicto  epíscopatu  degere  nc 
cuntur,  trevam  et  pacem,  secundum  formam  infra  posits 
et  prsescríptam,  tenenda  et  inviolabiliter  conservanda  i 
íungo;  meque  ad  observandam  et  in  eOs  qui  eam  violav 
rint  vindicandum  altigo  et  astringo. 

I.  In  prímis  igitur,  cum  piEedictonim  episcoporum 
alionim  paronum  consilio,  celestas  omnes  et  earum  cin 
teria,  quae  speciali  hominum  censura  ín  bonis  Dei  inteL 
gentur,  sub  perpetua  pace  et  securitate  instituo,  ita  qu 
nullus  eas  vel  earum  ctmitería  vel  sacraria  in  circuitu  c 
juscuique  eclesiae  constituía ,  invadere  vel  infríngere  pr 
sumat,  nichilque  inde  abstrahere  atemptet,  feriendis  huj 
statutí  temeratohbus,  pcena  sacrilegii,  ejusdem  loci  epi 
copo  inferenda,  et  satisfaccione  duplici  dampni  quod  i 
cerit,  ei  qui  passus  est  prestanda. 

II.  Ecclesias  quoque  incastellatas  sub  eadem  pacis 
TOMO  XI  33 


354  VÍCTOR   BALAGUER 

trevae  defonsione  constituo;  ita  tamen  quod  si  raptores  vd 
f  ures  in  ecclesiis  prsedam  vel  alia  maleficia  congregave- 
rint,  buserimonia  ad  episcopum  et  ad  me  sive  ad  bajulam 
meum,  deferant,  et  ex  tune,  nostro  judicio,  vel  quodcom- 
missum  fuerit,  emendetur,  vel  apacepraedictaecclesiase- 
questretur. 

III .  Dominicat  uras  quoque  canoniconim  sub  eadem  pa- 
cis  securitate  constituo,  simili  poena  imminente  eos  quieas 
invadere  presumpserint. 

IV.  Sed  et  elencos,  monachos,  viduas  et  sanctimonia- 
les  eorumque  res  sub  eadem  pacis  defensione  nostra  auto- 
ritate  constitatos,  nemo  aprehendat ,  et  nichil  eis  injuris 
inferat,  nisi  in  maleficiis  inventi  fuerínt.  Si  quis  in  aliquem 
istorum  manus  injecerit,  vel  aliquod  abstulerít,  ablatain 
duplum  restituat,  et  de  injuria  nichilominus,  judicio  epis- 
copi,  satisfaciat,  et  sacrilegii  poenam  episcopo  dependat. 

V.  Enmnitates  quoque  templi  et  hospitalis  Jherosoli- 
mitani,  nec  non  et  aliorum  locorum  venerabilium ,  com 
ómnibus  rebus  suis,  sub  eadem  pacis  defensione  et  peox 
interminacione ,  pariter  cum  clericis  et  ecclesiis  cons- 
tituo. 

VI.  Villanos  et  villanas ,  et  omnes  res  eorum  tam  mo- 
biles  quam  se  moventes,  videlicet  boves,  oves,  asinos  vel 
asinas,  equos  vel  equas  ceteraque  animalia,  sive  sint  apta 
ad  arandum,  sive  non,  sub  pacis  et  trevae  seciuitate  insti- 
tuo,  ut  nullus  eos  capiat,  vel  alias,  in  corpore  proprio  in 
rebus  mobilibus  vel  immobilibus  dampnum  inferat,  nisiin 
maleficio  inventi  fuerint,  vel  in  cavalcadis  cum  dominis 
aut  alus  ierint. 

VIL  Praeterea,  sub  eadem  poena  interminacione  prohi- 
beo  ut  nullus,  in  praedicto  episcopatu,  praedam  faceré  pre- 
sumat  de  equabus,  mulis,  mulabus,  vaccis,  bobus,  asínis, 
asinabus,  ovibus,  arietibus,  capris,  porcis  sive  eorum 
foetibus ;  ñeque  mansiones  villanorum  aliquas  diruant  vel 
incendant,  vel  alus,  ad  nocendum,  ignem  subponant. 

VIII.     Térras  in  contentione  positas,  nullus  villanus  1*- 
boret,  postquam  inde  commonitus  fuerit  ab  eo  in  quo  ji 
ticia  placití  non  remanserit.  Si  vero,  ter  commonitus,  p( 


HIST.   DE  CATALUÑA. — ACLARACIONES   AL  LIB.    V.      355 

tea  laboraverít  et  propterea  damnum  inde  susceperít,  ñon 
requiratur  pro  pace  fracta ;  salva  pace  bestiarum  in  usum 
laborationis  deditarum,  et  eorum  qui  eas  gubernaverint 
<mm  ómnibus  quae  secum  portaverint:  nolo  enim  quod 
propter  rusticorum  contumaciam,  aratoria  animalia  deper- 
dantur,  invadantur  vel  dispendantur. 

IX.  Vomeres  et  alia  aratoria  instrumenta  sínt  in  eadem 
pace,  ut  ille  vel  illa  qui  cum  supradictis  animalibus  ara- 
verit  vel  eas  gubernaverit  vel  ad  ea  confugerit,  cum  ómni- 
bus quae  secum  portaverit  vel  habuerit ,  eadem  pace  mu- 
niatur.  £t  niillus  homo  ea  animalia ,  pro  plivio  vel  aliqua 
occasione,  capere  velrapere  presumat.  Si  quis contra  hujus 
modi  constitutionem  commiserit  damnum ,  componat  illi 
cui  malum  fecerit,  infra  xv  dies  simplum,  post  xv  dies  du- 
plum,  praestandis  insuper  lx  solidis  episcopo  et  mihi,  ad 
-quos  quaerimonia  infracta  pacis  et  trevae  dinoscitur  per- 
tinere. 

X.  Si  quis  autem  fidejussor  extiterit,  si  fidem  non  por- 
taverit de  suo  proprio,  pigneretur,  servata  pace  bestiarum 
in  usum  laborationis  deditarum,  nec  pro  pace  fracta  ha- 
beatur:  Si  vero  infra  primos  xv  dies,  temerator  constitutae 
pacis  et  trevae  simplum  non  emendaverit,  postea,  ut  dic- 
tum  est,  duplum  praestet,  ita  quod  medietatem  istius  dupli 
habeat  querelator,  et  alteram  medietatem  episcopus  et  ego, 
qui  ad  hanc  justiciam  faciendam  praedicto  episcopo  adju- 
tor  extitero.  In  super,  si  praetaxatos  xv  dies  per  me  vel  per 
episcopum  vel  per  nuncium  vel  per  nuncios  nostros  idem 
temerator  commonitus  dampnum  non  emendaverit,  exinde 
ipse  malefactor  et  cómplices  sui,  coadjutores  et  consiliato- 
res  ejus  a  praedicta  pace  et  treva  separati  intelligantur,  ita 
quod  malum  quod  propter  hoQ  illatum  fuerit,  non  requira- 
tur pro  pace  et  treva  fracta,  servata  tamen  pace  animalium 
et  instrumentorum  aratorium;  sed  si  malefactor  et  adj  uto- 
res  ejus  jamdicto  querellanti  uUum  malum  fecerint  emen- 
deturetiam  pro  pace  fracta. 

XI.  Vias  publicas  sive  caminos  vel  stratas  in  tali  secú- 
tate et  protectione  pono  et  constituo,  ut  nuUus  inde  iter 
¿entes  invadat,  vel  incorpore  sive  in  rebus  suis  aliquid 


35^ 


VÍCTOR   BALAGUER 


molestiae  inferat,  poena  lezae  majestatis  inminente  ei  qui 
hoc  fecerit,  post  satisfactionem  dupli  de  malefactis  et  in- 
juria dampnum  passi  prsBstitatn.  lUud  autera  generafiter 
ómnibus  interdico  atque  prohibeo,  quod  animalia  aratona 
nulla  ratione  nec  et  pro  delicto  domini  depredare  aliquis 
vel  pignorare  audeat. 

XII.  Praeterea  illud  constituendum  est  atque  finniter 
observandum  censuimus  sub  eadem  treva  et  pace,  dies  Do- 
minicas esse  festivitates  omnium  apostolorum,  adventum 
Domini  usque  ad  octavam  Epiphaniae  et  Quadragesimam 
usque  ad  Octavam  Paschae,  diem  queque  Ascensionis  nec 
non  Pentecoste  cum  Octavis  suis  et  tres  festivitates  Sanc- 
tae  Mariae  et  festivitatem  Sancti  Johannis  Baptistaae  et 
Sancti  Michaelis  et  omnium  sanctorum. 

XIII.  Salvitates  queque  totius  episcopatus  Ebensis, 
tam  novas  quam  antiquitus  constitutas,  sub  praedicta  pacis 
et  securitate  ponimus  et  constituimus. 

£go,  Ildefonsus,  Dei  gratia  rex  Aragonum ,  comes  Bar- 
chinonae  et  marquio  Provincias,  pro  Dei  amore  et  subdic- 
torum  meorum  utilitate,  juro  per  Deum  et  haec  sancta  qua- 
tuorevangelia,  quod  praescriptam  trevam  etpacem  finniter 
tenebo  et  observabo  et  teneri  et  observari  ab  ómnibus  meis 
voló  atque  precipio.  Quod  si  quis  infrangerit,  non  habcbit 
meum  amorem,  sed  sub  aquindamento  meo  erít  quosqne 
supradicto  modo  restituat  quod  rapuerit  vel  infregerit. 

Ermengardus  de  Verneto.  Berengarius  de  Orle.  Bercn- 
garius  de  Caneto.  Guillelmus  de  Apiano.  Raymundus  de 
Tacidone.  Raymundus  Ermengandi  de  Villarasa.  Gausber- 
tus  de  Castro  novo.  Guillelmus  de  Sancto  Laurentio.  Ber- 
nardus  de  Alione.  Guillelmus  Bernardi  de  Paracols.  Gui- 
llelmus de  Sancta  Columba.  Bernardus  Bertrandi  deDo- 
znonova.  Raymundus  de  Castello-Rossilione. 


ITALUNA.— ACLARACIONES  AL  LIB.    V.      357 


ni  (Cap.  XI). 

'O  DE  LAS   COSTUMBRBS  DE  PERPIÑÁN. 
)c  U  Hiitarit  iil  RtulUn  de  Mr.  Heory.) 

nsuetudines  Perpiniani  qiias  ad  pnesens  in- 
memoríam  reducímus  qutbus  homínes  Per- 
>m.  Nunone  Sancio  ei  cum  antecessoribus 
m.  Guirardo  et  cum  antecessoribus  suis  et 
fratre  suo  usi  sunt  pro  bona  consuetudine. 
1  Perpiniani  debent  placitare  et  judicare  per 
villse  et  per  jura  ubi  consuetudines  dcfi- 
sr  usa  ticos  Barchinons  ñeque  per  legem  go- 
1  habent  locum  in  villa  Perpiniani,  ñeque 
e  exorquia,  nec  aliquod  desuet  nisi  in  sale 
ncipit  in  ultima  die  Jovis  Aprilis  usque  in 
ovis  Junii. 

Dominus  conqueratur  dealiquo  bomine  Per- 
;um  certificare  faceré  quo  et  de  quo  conque- 
tea  postet  petere  ab  eo  firmanciam  et  si  reus 
US  debet  illum  expectare  de  ñrmancia  usque 
em,  nisi  esset  querimonia  facta  de  enormi 
dilatio  esset  perículosa.  ídem  et  in  bajulo 
I  dictum  est,  et  ouini  alio  ut  prius  certiñ- 
iquerítur. 

rconquerensnandebetdarefirmanciam  nec 
srimonia  quam  fecit  de  aliquo  habitante  in 
extra  neo, 

yr  non  tenetur  daré  libellum  in  scríptis  de 
m  fecit,  sed  eam  bajulus  potest  redigere  in 

ia  debet  daré  partibus  super  causis  prímam 
erum,  postea  alias  de  septem  diebus. 
ulus  nec  post  firmancias  acceptas  nec  ante 
reo  pignora,   nec  vicarius,  nec  dominus, 
aliquas  a  reo  vel  actore  pro  se  vel  pro  ju- 


358  vfCTOR  BALAGUER 

dice  vel  pro  executoribus  nec  pro  aliquibus  aliis  ad  causan» 
necessariis,  ñeque  per  interlocutoriis  etiam  simplices  al> 
illis  apellentur  nisi  solum  in  justiciam  consuetam  ab  illa 
qui  victus  fuit;  quam  justiciam  non  potest  petere  a  victo. 
Si  miles  vel  generosa  persona  vel  clericus  vel  religiosa 
persona  fuerit  conquestus  vel  conquesta  de  homine  Perpi- 
niani,  vel  homo  Perpiniani  de  ipsis,  sed  nec  ñrmitas  nec 
pignora  potest  ñeque  sumptus  etiam  petere  ab  homine  Per- 
piniani si  talis  persona  de  eo  conqueratur  vel  ipse  de 
illa,  etc. 

13.  ítem,  si  aliquis  fuerit  captus  pro  causa  pecuniaria, 
non  debet  in  compedibus  liguéis  aut  ferréis  poni. 

17.  ítem,  si  aliquis  conqueratur  de  aliqua  injuria  vel 
crimine,  dominus,  facta  illa  querimonia,  non  potest  con- 
queri  de  illo  super  eodem,  doñee  causa  terminetur  inter 
iUos. 

18.  ítem,  adulterium  non  punitur  secundum  leges,  nec 
potest  accusarí  aliquis  de  Perpiniano  nec  in  aliquo  punirí 
adulterium  jam  comissum;  sed  si  in  ipso  adulterio  a  caria 
deprehendatur,  potest  curia  iUos  faceré  currere  per  villam, 
ita  quod  de  suo  nichil  amictant.  Verum,  si  voluerint  com- 
poneré  cum  curia  super  cursu  et  curia  voluerit,  habeat  cu- 
ria illam  compositionem  et  postea  non  currant  nec  penam 
aliquam  patiantur. 

19.  ítem,  si  aliquis  alicui  críminalem  injuriamdixerit, 
potest,  antequam  testes  jm'ent  contra  eum,  jurare  quod  per 
iram  et  non  per  verítatem  illud  dixit,  et  sic  a  nuUa  parte 
debet  habere  justiciam  dominus. 

20.  ítem,  si  vilis  persona  vel  bacallator  injuriamfece- 
rit  vel  dixerit  alicui  probo  homini  de  Perpiniano,  aliuscir- 
ciunstans  potest  eum  corripere  in  ipsa  rixa,  sine  deteriora- 
tione  illius  personas,  et  quod  dominus  nichil  possit  petere 
ab  eo  qui  eum  corripuit. 

26.    ítem,  quilibet  de  Perpiniano  potest  mutare  statio- 
nem  suam  et  domicilium  ubicumque  voluerit  infra  pro- 
vinciam  vel  extra  sine  impedimento  domini  et  alterius  peí 
sonae  et  ubicumque  ipse  vel  sui  fuerint,  possunt  retinei 
possessiones  suas  in  villa  Perpiniani,  etc. 


CATALURA. — ACLARACIONB5   AL  UB.   V.      359 

homines  Perpínianí  quando  milites  guerre- 
int  se  mittere  alii  in  castro  alterius  müitis  et 
is  castro,  et  inteñm  Ule  miles  contra  quem  se 
itro  alterius  militis  non  potest  faceré  aliquod 
ibus  bonis  suis,  nec  aliquod  dampnum  daré, 
do  personis  illonim,  dum  fuerint  in  defensio- 
lon  in  alio  tempore.  Si  vero  voluarínt  esse 
djutores  se  alii  alterius  militis  et  alii  alterius 
ierras,  possunt  haec  faceré  et  equitare  contra 
Ulius  quem  adjuvant,  Quo  caau  etiam  si  re- 
Perpinianum  tales  valitorcs  et  adjutores  ex- 
i,  ille  milis  contra  quem  sunt  non  potest  face- 
Uum,  vel  dampnum  daré  bonis  suis,  sed  tan- 
suis  et  illorum  qui  cum  eis  erunt  et  bonis 
ucunt  et  portant,  nisi  forte  illi  dixerint  militi 
sunt  quod  de  cetero  non  erunt  contra  eum. 
liles  cui  hoc  dixerint  nullum  malum  veldamp- 
facere  vel  daré  personis  suis  vel  illis  qui  cum 
uerra  fuerint  vel  bonis  quae  secum  duxerint 
nt  in  illa  guerra;  et  quodcumque  malum  vel 
Krint  vel  dederint  in  dicta  guerra  est  per  coi}- 
ifñnitum  eis. 

quicumque  bajulus  vel  vicarius  vel  scriptor 
et  jurare  coram  populo  se  facturum  bene  et 
1  ofñcium  et  cum  justicia,  secundum  quod  el 
isum  fuerit  et  secundum  consuetudines  et 

domtiius  non  potest  mutare  macellum  nec 

et  si  aliquse  tabulas  in  macello  ponerentur 

^s,  debet  eas  inde  bajulus  expeliere;  qui 

ere  noluerít,  licet  impune  illud  faceré  probis 

xpini&ni. 

statuimus  ut  nemo  agensteneaturin  tota  causa 

jsam  suaD  petitionis  dum  tamen  ea  de  pecu- 

nda  fadat  cum  instrumento  publico  facto  in 

piniani,  etc. 

íctas  co^isuetudines ,  dominus  Jacobus,  Dei 

agonum,  Majorícanim  et  Valencise,  comes 


360 


vfCTOR  BALAGUER 


Barchinonae  et  Rossilionis  et  dom.  Montispessulani  lauda- 
vit,  et  approbavit  probis  hominibus  et  univenitaU  viila  Per» 
pintan, 

CARTA   COMUNAL  DE  PBRPIÑÁN  Y  PRIVILBGÍO   DE  LA  MANO 

ARMADA. 


Notum  sit  cunctis  videntibus  et  audientibus  hanc  scríp- 
turam,  quod  nos  omnes  insimul,  populi  totius  villx  Peipi- 
niani  habitantes  et  stantes  in  eadem  villa  Perpiniani,  con- 
silio  et  volúntate  ac  mandato  incliti  domini  Petrí,  Dei  gra- 
cia regis  Aragonum,  comitis  Barchinonae,  constituimus  inUr 
nos  V  cónsules  in  dicta  villa  Perpiniani,  nomine  sdlioet* 
Ermengandum  Grossi,  et  Stephanum  de  Villarasa,  et  Ber- 
nardum  de  Solatico,  et  Vitalem  de  Narbona,  et  Jacobmn 
Andream  qui  bona  ñde  custodiant  et  defendant  ac  mann- 
teneant  et  regant  cunctum  populum  villse  Perpiniani,  üun 
parvum  quam  magnum,  et  omnes  res  eorum  mobiles  et  im- 
mobiles,  et  omnia  jura  domini  regis  ad  ñdelitatem  domini 
regis  praedicti  in  ómnibus  et  ad  utilitatem  et  fidelitatem 
totius  populi  praefati  villae  Perpiniani.  Qui  cónsules  prae^ 
nominati  sint  ibi  in  consularia  de  istis  proximis  kalendis 
marciiusqueadunum  annum.  Quoterminocompleto,sitanc 
praedicti  cónsules  inpraef  ata  consularia  remanere  noluerint, 
si  ve  quod  non  essent  ibi  útiles,  sivecausaneces  sitatisquam 
haberent ,  si  ve  quod  dictus  populus  villas  Perpiniani  pro 
consulibus  eoshabere  noluerínt  mittantur,  etstatuanturibit 
in  dicta  villa,  arbitrio  et  cognicione  totius  populi  praedicti, 
alios  V  cónsules  ad  unum  annum,  et  ita  prosequatur  semper 
de  anno  in  annum  omni  tempere^  de  praedictis  consulibus  si 
ibi  non  fuerint  útiles  et  ñdelis  in  dicta  consularia,  siveqne 
populus  nollet  eos  habere  et  retiñere  ibi  de  uno  anno  et  an- 
tea. Adhuc,  nos  omnes  habitantes  et  stadantes  in  dicta  villa 
Perpiniani ,  bona  fide  et  sine  omni  enganno  cum  hac  pra- 
senti  carta  in  perpetuum  valitura,  unusquisque  ex  nobis 
propría  nostra  manu  dextra  juramus  corporaliter,  tactr 
sacrosanctis  iiij  evangeliis ,  vitam  et  membra  et  fídelit^ 
tem  domino  regi  praedicto  et  suis,  et  de  ómnibus  suis  joii 


HIST.  DE  CATALUÑA. — ACLARACIONES  AL  UB.  V.   36 1 

bus  et  in  ómnibus  bona  ñde.  Adhuc,  nos  homnes  habitato* 
res  praefatae  vülae  Perpiniani,  tam  parvi  quam  magni,  con- 
vcmmus  ínter  nos  omnes,  bona  ñde  et  sine  omni  enganno; 
quod  erimus  insimul  nobismetipsis  et  ex  viribus  domini 
regis  et  suorum  boni  valitores  et  veri  adjulores  et  defen- 
sores scilicet  ex  nobismetipsis  et  ex  ómnibus  rebus  nostris, 
et  ex  ómnibus  juribus  domini  regis  contra  omnes  homines 
qiri  non  sint  villae  Perpiniani,  salva  semper  fidelitate  domi- 
ni regis  et  suorum  in  ómnibus,  et  hoc  totum  dicimusnos  ob- 
servaturos,  et  juramus  sub  eodem  sacramento  praescripto. 
£t  ego,  Petrus,  Dei  gracia,  rex  Aragonum,  comes  Bar- 
chinonae,  per  me  et  per  omnes  meos  successores,  cum  hac 
pnesenti  carta  in  perpetuum  valitura,  laudo  et  concedo, 
firmiterque  confirmo  cunctis  hominibus  meis  villae  Perpi- 
niani ibi  habitantibus  et  stadantibus,  praesentibus  et  futu- 
rir,  cum  hac  eadem  carta  in  perpetuum  valitura,  quod  si 
aliqua  persona  quse  non  sin  villae  nostrae  Perpiniani  ali- 
quod  forisfactum  sive  dampnum  sive  malum  sive  detri- 
mentum  sive  injuriam  fecerit  de  konore  sive  de  avere 
sive  de  lesione  sive  de  verberatione  sive  uUo  alio  modo  ali- 
cui  homini  villae  nostrae  Perpiniani  sive  feminae ,  ille  vel 
illa  qui  injuriam  vel  dampnum  acceperít  vadat  ad  cónsu- 
les et  ad  meum  bajulum  et  ad  vicarium  qui  in  dicta  nostra 
villa  Perpiniani  fuerint  constituti,  et  ostendat  eis  injuriam 
et  dampnum  quod  acceperit;  et  tune,  cónsules  cum  meo 
bajulo  et  cum  vicario,  ylico  absque  mora  vadant  vel  mit- 
tant  suum  nuntium  illi  qui  injuriam  et  tortum  et  damp- 
num facit  et  infert  homini  nostro  Perpiniani  sive  feminae; 
et  si  in  presentía  eorum  venire  noluerit,  et  cognitione  red- 
dirigere  ac  restituere  et  emendare  noluerit  et  directum  fa- 
ceré noluerit  sicuti  jus  et  ratio  dicta verit,  sive  mores  et 
consuetudines  jure  dictaverint,  volumus,  et  ex  regia  auc- 
toritate  nostra  precipimus  ut  dicti  cónsules,  cum  meo  ba- 
julo et  cum  vicario  et  cum  omni  populo  Perpiniani  vadant 
et  equitent  insimul,  potenti  manu,  super  malefactorem  qui 
tortum  et  injuriam  fecit  et  ipsam  villam  ubi  reverteretur 
ti  erit  et  ube  res  ejus  erunt;  et  de  aliqua  malefacta  quam 
ibi  fecerint  ñeque  de  morte  hominis  ñeque  hominum  num- 


3^2 


VÍCTOR    BALAGUBR 


quam  nobis  ñeque  nostrís  ñeque  alicui  personas  teneantor; 
nunquam  ego  nec  mei  aliquem  ex  vobis  possimus  apellare 
ñeque  aliquid  requirere  sive  petere.  Postquam  autexn  dictí 
cónsules  cum  meo  bajulo  et  vicario  et  cum  populo  Porpi- 
niani  super  aliquem  malefactorem  vel  super  villam  eqnita- 
verint,  si  aliquis  ex  ipsa  villa  nostra  Perpiniani  remanse- 
rít,  ni  si  aperta  causa  neccessitatis,  habeat  inde  dampoum  x 
solidos  Barchinon,  qui  mittantur  et  dentur  in  opere  muro- 
rum  villse  Perpiniani.  Mandamus  adhuc  quod  nulhis  sit 
ausus  equitare  ñeque  aliqua  maleficia  faceré  aliciñ  homini 
sive  feminae  qui  non  sit  villas  Perpiniani ,  absque  consilio 
dictorum  consulum  et  mei  bajuli  et  vicarii.  Quod  si  qois 
ausus  fuerit  temptare,  dirigat  malefacta  cognitione  pnt- 
dictorum  consulum  et  mei  bajuli  et  vicarii,  et  ultra  habeat 
inde  dampnum  x  solidos,  qui  dentur  et  mittantur  in  opere 
praedictorum  murorum.  Cónsules  vero  recuperent  semper 
missionem  quam  fecerint  pro  conducto  sive  pro  logueño  de 
bestiis  si  equitaverint,  pro  illo  cui  debitum  sivetortum  res- 
titutum  fuit  bona  fíde.  Similiter  qualecumque  cónsules  in 
supradicta  consularia  mittentur  ac  statuentur  de  anno  in 
annum,  jurent  similiter  fidelitatem  nostram  et  omnia  jora 
nostra,  et  fidelitatem  totius  populi  prasdictae  villas  nostras 
Perpiniani  et  ex  ómnibus  rebus  eorum,  eodem  modo  ut  jam 
juraverunt  prasdicti  cónsules.  £t  ego,  Ermei^andus  Gro- 
ssi;  et  ego,  Stephanus  de  Villarasa;  et  ego,  Bemardus  de 
Solatico;  et  ego,  Vitalis  de  Narbona;  et  ego,  Jacobus  An- 
dreas, nos  quinqué  supradicti  cónsules,  juramus  quisque 
ex  nobis  fidelitatem  domini  regis  et  suorum  et  omnium  ja- 
rium  suorum  in  ómnibus,  et  vitam  et  membra  omni  tem- 
pere, et  fidelitatem  totius  populi  Perpiniani  et  ex  ómnibus 
rebus  eorum,  tactis  sacrosanctis  iiij  evangelüs,  quod  sacra- 
mentum  corporaliter  facimus,  et  est  manifestum.  Actum 
est  hoc  séptimo  kalendas  marcii,  anno  incarnationis  domi- 
ni MCLXXXXVI,  signum  Petri,  regis  Aragonum  etcomi- 
tis  Barchinonas,  qui  predicta  omnia  laudo  et  confirmo  pro- 
prio  signo  meo  f  Petrus  Ausone  sacrista.  Signum  Guillel 
Durfortis.  Signum  Johannis  Beraxensis  domini  r^s  n 
tarii  qui  litteras  signi  domini  regis  scripsit. 


HIST.   DE  CATALUÑA. — ACLARACIONES   AL  LIB.   V.      363 
CONFIRMACIÓN  DE  LAS  COSTUMBRES  POR  PEDRO  EL  CATÓLICO» 

Manifestum  sit  ómnibus  praesentibus  et  futuris  quod  ego, 
Petnis,  Dei gracia rex  Aragonum  et  comes  Barchinonae,  lau- 
do et  concedo  et  confirmo,  et  cum  hac  praesenti  carta  perpe- 
tuo valitura  liberaliter  autorizo  vobis  ómnibus  hominibus 
tam  majoribus  quam  minoribus  habitantibus  et  habitatu- 
lis  in  Perpiniano,  omnes  illas  bonas  consuetudines  quae 
pater  meus,  bonae  memoriae,  dominus  Ildefonsus,  ilustris 
rex,  vobis  condam  dedid,  laudavit,  concessit  et  confirma- 
vit»  sicut  melius  et  sincerius  continetur  in  instrumento  ab 
eo  ipso  nobis  inde  facto.  Praeterea  voló  et  mando,  et  pagi- 
nae  presentís  auctoritate  firmissime  constituo  quod  omnis 
persona  sive  sit  miles,  sive  clerícus,  sive  sit  religiosa,  vel 
alius  cujuslibet  condicionis  et  professionis  qui  aliquid 
habeat  et  possideat  in  villa  Perpiniani  vel  in  terminis  suis, 
det  et  mittat  in  expensis  et  missionibiis  operas  murí  villae 
Perpiniani  vicinaliter  secundum  quod  habuerít.  Mando 
etiam  et  firmiter  precipio  bajulo  quicumque  sit  Perpiniani 
presentí  vel  in  posterum,  substituendoque  hoc  mandamen- 
tum  meum  firmiter  compleat  et  conservet,  et  quotiescum- 
que  et  ubicumque  necesse  fuerít  potentialiter  distrín- 
gat,  etc. 

Datum  Perpiniani  xiij  kalendas  octobris  anno  Domi- 
ni  MCCVII.  Per  manum  Petri  de  Blandís,  notarii  domini 
regís. 


^ 


LIBRO  SEXTO 


CAPITULO  PRIMERO. 

SE   ABRE   LA  CAMPAÑA   CONTRA   VALENCIA. 

PRIMERAS   CONQUISTAS. 

Correría  de  moros  hasta  Tortosa. — Rompimiento  con  el  rey  de  Valencia. 
—  Se  decide  la  conquista  de  Valencia.-— Cortes  en  MonzAn. — Toma  de 
Ares  y  Morella. — D.  Jaime  sale  de  Teruel  y  entra  en  tierra  de  mo- 
ros.— Pone  sitio  á  Burriana. — Quiénes  asistieron  al  sitio  — Los  mo- 
ros  destruyen  un  castillo  de  los  sitiadores. — Caso  particular  que  pa- 
só al  rey  con  motivo  de  unas  galeras. — Varios  nobles  aragoneses  pro- 
ponen al  rey  abandonar  el  sitio. — Respuesta  del  rey. —  Noble  com- 
portamiento de  los  catalanes  — Bernardo  Guillen  de  Entenza. — Ren- 
dición de  Burriana. — Pefiíscola  se  entrega  al  rey. — Rendición  de  otras 
plazas. — Cabalgada  por  las  riberas  del  Júcar. — Toma  de  Almazora. 

(1232  Y  1233.) 

La  tercera  expedición  del  rey  D.  Jaime  á  Mallorca 
había  sido  á  mediados  de  Mayo  de  I232.  En  aquella  isla 
permaneció  todo  el  verano,  llevando  á  cabo  la  sumisión 
de  Menorca  y  dedicándose  al  repartimiento  definitivo 
de  las  tierras  y  propiedades,  el  cual  tiene  la  fecha 
de  1.®  de  Julio.  Regresó  poco  después  á  Cataluña,  y  se 
encontró  con  la  novedad  de  que  el  rey  de  Valencia  Abu 
Giomail  Ben  Zeyán  (á  quien  llaman  Zaén  nuestras  cró- 
nicas), había  enviado  un  cuerpo  de  tropas  que  corrió  la 
tierra  de  Aragón  talando  los  campos,  quemando  y  des- 
truyendo aldeas  y  lugares,  hasta  llegar  á  Amposta  y 


366  VÍCTOR  BALAGUBR 

Tortosa,  y  volviéndose  á  Valencia  con  muchas  riquezas 
y  cautivos  1 . 

Parece  que  D.  Jaime  envió  mensajeros  á  Giomaíi 
Zeyan  para  quejarse  de  esto  y  pedirle  que  se  le  conti- 
nuasen pagando  las  quintas  de  Valencia  y  Murcia,  se- 
gún hiciera  su  antecesor,  satisfaciéndosele  100.000  be- 
santes por  lo  que  se  le  estaba  debiendo;  pero  el  rey 
moro  no  se  avino  á  pagar  más  que  So.ooo,  y  no  con- 
formándose el  Conquistador,  desde  aquel  momento  que- 
dó declarada  la  guerra  2. 

Hallándose  el  monarca  aragonés  en  Alcañiz,  que  pa- 
rece era  el  lugar  escogido  por  él  para  solaz  y  recreo — 
loch  de  mon  deport,  según  él  le  llama  en  sus  Memorias, — 
tuvo  una  conversación  con  Hugo  de  Forcalquier,  maes- 
tre del  Hospital,  y  Blasco  de  Alagón,  quienes  le  instaron 
á  conquistar  el  reino  de  Valencia ,  dándole  particulares 
detalles  é  instrucciones  el  de  Alagón,  que  había  vivido 
más  de  dos  años  desterrado  en  aquel  reino  3.  Ya  antes, 
hallándose  en  Mallorca,  había  tenido  también  una  con- 
versación con  varios  nobles  aragoneses,  los  cuales  le 
habían  instado  asimismo  á  que  se  hiciera  dueño  de  Va- 
lencia. La  conquista  quedó  decidida  en  el  ánimo  del  rey. 

Convocóse  á  Cortes  á  catalanes  y  aragoneses  en  Mon- 
zón ,  y  con  gran  contentamiento  de  todos  quedó  acor- 
dada la  empresa  contra  Valencia  para  llevarse  á  cabo 
al  año  siguiente;  se  otorgó  al  rey  el  servicio  del  bovaje, 
y  se  consiguió  del  Santo  Padre  que  concediese  cruzada, 
la  cual  se  publicó  en  Monzón  tomando  el  rey  la  insig- 
nia, y  con  él  sus  magnates  y  caballeros ,  gran  número 
de  sus  señoríos,  y  muchas  partidas  de  aventureros  qae 
no  tardaron  en  llegar  de  las  tierras  de  Provenza. 

Su  rompimiento  con  D.  Sancho  de  Navarra  dejó  en- 

1  Conde,  parte  4.*,  cap.  II. 

2  Zurita,  lib.  III.  cap.  XV. 

3  Crónica  de  D.  Jaime,  caps,  CVI  y  CVII. 


r 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.    VI.   CAP.    I.        367 

tonces  á  D.  Jaime  en  entera  libertad  para  obrar  contra 
el  moro^  y  si  bien  antes  de  llevar  adelante  esta  campaña 
deseaba  tomar  segunda  esposa^  y  quería  esperar  que 
viniese  á  sus  reinos  Doña  Violante ,  hija  del  rey  de 
Hungría  Andrés  II  el  JcrosolinUtano,  abandonó  momen- 
táneamente su  propósito^  por  haberse  ido  retardando  la 
boda  más  de  lo  que  él  creía. 

La  jornada  no  tardó,  pues,  en  comenzar,  y  por  cierto 
que  la  otasión  no  podía  ser  más  oportuna,  ya  que  an- 
daban en  discordia  las  armas  de  los  muslimes  en  Espa- 
ña, y  por  otra  parte  los  moros  del  reino  de  Valencia 
estaban  divididos  en  parcialidades,  una  de  las  cuales 
estaba  por  Abou  Zeyd,  el  rey  destronado,  del  bando  de 
losi,  almohades,  que,  refugiándose  en  la  corte  de  D.  Jai- 
me, acompañaba  á  éste  por  todas  partes,  siendo  uno  de 
sus  más  asiduos  cortesanos  é  instándole  para  que  le  ven- 
gase de  Abou-Djomail-Ben-Zeyan  que  le  había  usur- 

m 

pado  el  cetro. 

Abrióse  la  campaña  con  la  toma  del  castillo  de  Ares, 
llevada  á  cabo  por  los  peones  de  Teruel,  al  propio 
tiempo  que  Morella  caía  en  poder  de  D.  Blasco  de  Ala- 
gón,  el  cual  intentaba  guardársela  para  sí  en  pleno  do- 
minio y  señorío,  invocando  los  tratos  hechos  para  em- 
prender la  campaña  contra  el  reino  de  Valencia;  pero 
D.  Jaime  le  manifestó  que  Morella  era  una  plaza  espe- 
cial, y  que  sólo  podía  concederla  en  feudo.  Hubo,  pues, 
de  avenirse  á  ello  D.  Blasco;  prestó  al  rey  homenaje 
de  manos  y  de  boca  por  la  plaza  y  castillo  de  Morella, 
y  más  tarde,  en  recompensa,  le  hizo  D.  Jaime  merced 
por  juro  de  heredad  de  la  villa  de  Sástago  para  él  y  sus 
sucesores  i. 

1  Debo  repetir  acerca  la  conquista  del  reino  de  Valencia  lo  que  ya 
tengo  dicho  sobre  otros  puntos,  y  valga  para  siempre  esta  nueva  adver- 
tencia, á  saber:  que  esta  obra  tiene  sus  limites  y  no  puedo  extenderme 
como  fuera  de  desear  y  como  yo  más  que  nadie  quisiera,  so  pena  de  es- 


368 


VÍCTOR   BALAGUER 


Hecho  llamamiento  general  á  los  magnates  de  Ara- 
gón y  de  Cataluña,  y  á  los  pjaestres  del  Temple  y  del 
Hospital  y  de  las  órdenes  de  Uclés  y  Calatrava  que  te- 
nían tierra  en  el  reino,  como  también  á  las  milicias  ciu- 
dadanas para  que  todos  se  hallasen  reunidos  en  Teruel 
á  principios  de  Mayo  de  I233,  á  fin  de  hacer  entrada 
en  tierra  de  moros,  acudió  D.  Jaime  á  dicha  ciudad  el 
día  designado.  No  todos  comparecieron;  pero  habiendo 
reunido  el  rey  120  caballeros  y  las  milicias  de  Teñid, 
creyó  tener  número  suficiente  para  emprender  el  movi- 
miento, dirigiéndose  á  Ejerica,  cuya  vega  y  alrededores 
taló  sin  que  fuesen  bastante  á  impedírselo  800  moros 
que  andaban  á  la  vista.  Allí  recibió  noticia  de  que  los 
maestres  del  Temple  y  del  Hospital  y  los  comendadores 
de  Alcañi2  y  Montalván  habían  penetrado  hasta  el  va- 
lle de  Segó,  en  donde  le  esperaban,  y  después  de  haber 
pasado  por  Torres-Torres,  cuyos  contomos  taló  tam- 
bien,  se  reunió  con  aquéllos  y  su  hueste  para  ir  juntos 
á  poner  sitio  á  Burríana. 

La  historia  del  asedio  de  esta  plaza  es  admirable  y 
se  lee  en  la  crónica  real  con  el  interés  y  ansiedad  que 
puede  inspirar  launas  dramática  novela.  Quizá  en  nin- 
guna  otra  circunstancia  de  la  vida  de  D.  Jaime  brillan 
como  en  ésta  sus  nobilísimas  cualidades,  pues  las  amar- 
guras y  contrariedades  que  tuvo  durante  el  sitio,  hacea 

cribir  la  Historia  de  Cataluña  en  veinte  tomos «  en  lugar  de  los  que  b^ 
marccido  el  editor,  cuyos  intereses  deben  ser  sagrados  para  mi.  Las  prin- 
cipales fuentes  para  la  historia  de  la  conquista  de  Valencia  están  en  h 
Crónica  real,  desde  el  cap.  CVI  al  CXCIII;  en  la  Crónica  de  España,  por 
Beuter,  en  la  Década  primera  de  la  historia  de  Valencia,  por  Escolaso; 
en  la  obra  de  Gómez  Miedes  De  vitu  et  rebus  gestis  Jacobi  I;  en  las  Tro- 
vas de  Mossén  Febrer;  en  los  Anales  de  Aragón,  por  Zurita;  en  la  Bt' 
taria  de  Aragón,  por  Sas;  en  la  Mstoria  de  Valencia,  por  D.  Vicente 
Boix;  en  los  Artículos  sobre  antigüedades  de  Valencia,  por  Zacares,  ] 
los  demás  autores,  que,  aunque  con  menor  extensión,  tratan  de  < 
punto,  según  iré  haciendo  notar  al  paso. 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.   VI.    CAP.    I.        369 

resaltar  de  un  modo  notable  las  elevadas  prendas  de  su 
carácter. 

Duró  el  cerco  dos  meses^  desde  mediados  de  Mayo  á 
mediados  de  Julio^  y  asistieron  á  él^  entre  otros,  los  tíos 
del  rey  D.  Femando  y  D.  Bernardo  Guillen,  el  obispo 
de  Lérida,  D.  Berenguer  de  Erill,  el  de  Tortosa,  los 
maestres  del  Temple  y  del  Hospital,  í).  Blasco  de  Ala- 
gan, D.  Guillermo  de  Cardona,  D.  Rodrigo  Li^ana, 
D.  Pedro  Fernández  de  Azagra,  D.  Jimeno  de  Urrea, 
D.  Blasco  Maza,  D.  Pedro  Cornel,  el  prior  de  Santa 
Cristina,  los  comendadores  de  Alcañiz  y  de  Montalván, 
y  además  de  estos  y  sus  gentes  las  milicias  y  consejos 
de  Daroca  y  de  Teruel,  compareciendo  durante  el  cer- 
co los  de  Calatayud,  Lérida  y  Tortosa,  y,  concluido,  el 
de  Zaragoza. 

La  plaza  fué  combatida  con  valor  y  decisión,  pero  la 
villa  era  fuerte  y  habia  en  ella  más  de  7.000  habitantes 
dispuestos  á  defenderse  hasta  el  último  momento.  Don 
Jaime  hiza  construir  un  fundibulo  y  un  manganel,  y 
también  una  torre  ó  castillo  de  dos  pisos  para  dominar 
las  murallas;  pero  no  fué  posible  acercarlo  al  muro,  pues 
los  sitiados  lo  destruyeron  con  sus  algaradas. 

Faltaban  ya'víveres  al  campamento,  cuando  acerta- 
ron á  pasar  por  aquellas  aguas  y  á  detenerse  dos  gale- 
ras, una  de  Bernardo  de  Santa  Eugenia  y  otra  de  Pedro 
Martell.  Quiso  el  rey  quedarse  con  ellas  y  envió  á  decir 
á  los  armadores  que  les  satisfaría  su  coste  y  aún  más, 
pero  ellos  no  consintieron  si  no  se  les  daba  70.000  suel- 
dos en  el  acto.  D.  Jaime  estaba  falto  de  recursos  y  les 
prometió  darles  aquella  suma  más  adelante.  Sin  embar- 
go, los  armadores  contestaron  que  debían  prestar  ñanza 
los  maestres  del  Temple  y  del  Hospital.  El  del  Temple, 
que  se  llamaba  Raimundo  Patot,  contestó,  requerido 
por  el  monarca^  que  los  templarios  no  salían  ñadores  ni 
por  el  rey  ni  por  nadie,  pero,  finalmente^  concertándose 

TOMO  XI  24 


370  VÍCTOR  BALAGUER 

con  el  maestre  del  Hospital ,  éste  propuso  á  D.  Jaime 
que  le  harían  ñanza  si  confirmaba  los  privilegios  que  á 
entrambas  órdenes  habían  otorgado  sus  antecesores.— 
No  haré  tal,  dijo  el  rey,  pues  esta  escritura  tendría  so- 
brado valor. — ¡Qué  diablo!  replicó  entonces  el  maestre. 
Sois  original.  Prometedlo  ahora  y  luego  no  lo  cum- 
pláis.— Soy  rey,  y  no  es  lo  mismo  rey  que  maestre  dd 
Hospital  como  sois  vos,  contestó  D.  Jaime  i.  Por  fin 
hicieron  fianza  los  maestres,  y  las  galeras  quedaron  en 
poder  del  rey. 

Una  de  las  mayores  amarguras  del  monarca  en  este 
sitio,  diéronsela  sus  principales  barones  de  Aragón.  Pre- 
sentáronsele  un  día  su  tío  D.  Femando,  D.  Jimenode 
Urrea,  D.  Blasco  de  Alagón,  D.  Rodrigo  Lizana,  Don 
Blasco  Maza  y  otros,  recatándose  de  los  obispos  y  no- 
bles de  Cataluña,  y  le  dijeron  que  no  les  era  posible 
permanecer  por  más  tiempo  sitiando  á  Burríana,  pues 
las  milicias  clamaban  por  ir  á  la  siega  y  los  caballeros 
estaban  sin  recursos;  que  lo  mejor  seria  levantar  el  cer- 
co dejando  la  toma  de  la  villa  para  otra  ocasión,  y  que 
haciéndolo  de  este  modo,  el  rey  Zeyan  les  daría  tanto 
á  él  y  á  ellos,  que  podrían  recobrarse  de  cuantos  gastos 
hubiesen  hecho  uno  y  otros.— «Después  que  en  nuestra 
menor  edad  hemos  ganado  un  reino  que  está  sobre  la 
mar,  y  que  hemos  entrado  en  el  de  Valencia  para  con- 
quistarle, ¿queréis  que  abandonemos  sin  más  ni  más  un 
lugar  que  no  es  mayor  que  un  corral?  Mal  podría  yo  vol- 
ver á  Cataluña  ni  á  Aragón,  y  vergüenza  me  sería,  si  an- 
tes Burríana  no  cayera  en  mis  manos. »  Despedidos  los 
nobles  con  esta  respuesta,  envió  el  rey  á  buscar  á  su  otro 
pariente  D.  Bernardo  Guillen  de  Entenza,  al  justicia 
de  Aragón,  á  Jimeno  Pérez  hermano  de  este  y  á  los  pre- 
lados y  magnates  de  Cataluña,  á  quienes  expuso  lo  q^ 

1     Así  lo  cuenta  en  su  propia  historia,  cap.  CXXVIII. 


HISTORIA  DE   CATALUÑA, — LIB.    VI.   CAP.    I.         371 

le  había  sucedido^  manifestándoles  su  sospecha  de  que 
aquéllos  estuviesen  ganados  por  las  ofertas  del  rey  Ze- 
yan.  Los  caballeros  catalanes  le  contestaron  á  una  que 
no  habían  obrado  bien  los  que  le  aconsejaran  levantar 
el  sitio^  que  era  preciso  continuarlo  á  toda  costa^  y  que 
todos  ellos  le  ayudarían  con  buen  ánimo  hasta  llevar  á 
cabo  la  empresa.  Del  mismo  dictamen  fueron  los  va- 
rios aragoneses  que  no  formaban  parte  del  complot  y 
las  milicias  de  las  ciudades. 

Bernardo  Guillen  de  Entenza  di6  particularmente  en- 
tonces pruebas  de  señaladísimo  valor.  Gracias  á  él,  las 
obras  del  sitio  continuaron  con  más  actividad  que  nun- 
ca,  tomó  el  mando  de  la  vanguardia,  puso  una  trinche- 
ra  ó  estacada  junto  al  foso,  y  de  allí  no  se  movía  ni  de 
día  ni  de  noche,  resistiendo  los  ataques  y  las  salidas  de 
los  sitiados,  los  cuales  una  vez  consiguieron  herirle  pero 
sólo  filé  para  que  el  rey  en  persona  se  trasladase  á  aquel 
puesto  de  peligro  i. 

Abierta  brecha,  diéronse  varios  asaltos  á  la  plaza, 
que,  si  bien  no  consiguieron  un  resultado  inmediato, 
fueron  suficientes  para  que  los  moros  desmayasen,  en- 
viando un  parlamentario  á  D.  Jaime  para  pedirle  un  mes 
de  plazo,  y  prometiendo  que  se  entregarían  si  en  el 
transcurso  de  aquel  mes  no  eran  socorridos  por  el  rey 
de  Valencia. — «Ni  tres  días,  contestó  D.  Jaim«,  cuanto 
menos  un  mes. »  Volvieron  luego  á  mandar  otro  parla- 

1  Se  cuenta  que  al  ser  herido  Bernardo  Guillen  de  Entenza  ó  Ber- 
nardo Guillen  solo,  como  le  llama  la  (fónica  real,  acudió  el  rey  á  cu- 
rarle y  lo  hizo  por  sus  propias  manos,  pues  no  hubo  ningún  rico-hom- 
bre que  se  prestase  á  socorrerle,  dejando  que  D.  Jaime  lo  hiciera.  Gran- 
des servicios  prestó  efectivamente  en  la  toma  de  Burríana  D.  Bernardo 
Ouillén,  á  quien  el  rey  llama  tío  por  ser  hermanastro  de  su  madre  Ma- 
Ha  de  Montpeller.  Según  dice  D.  Jaime  en  el  cap.  III  de  sus  memorias» 
Bernardo  Guillermo  era  del  linaje  de  los  Entenzas  por  parte  de  madre, 
y  casado  con  la  hija  de  Pons  Hugo,  hermano  de  Hugo  conde  de  Am- 
purias. 


372 


VÍCTOR  BALAGUER 


mentario  pidiendo  ya  sólo  quince  días* — cNi  quince,  ni 
ocho,  ni  cinco,  respondió  D.  Jaime,  y  si  no  les  acornó- 
da,  dispónganse  para  resistir  el  asalto.  >  En  vista  de  esta 
respuesta,  se  rindió  Burriana,  pactando  que  se  daría  pa- 
so libre  á  todos  cuantos  lo  quisiesen,  con  la  ropa  que 
pudiesen  llevarse  consigo,  concediéndoles  cinco  días 
para  arreglar  sus  cosas  y  salvo-conducto  hasta  Nules. 

Así  fué  ganada  Burriana  por  la  energía  y  voluntad 
de  hierro  de  D.  Jaime,  y  la  cooperación  de  las  milicias 
y  de  los  catalanes,  á  pesar  de  los  principales  magnate 
aragoneses.  Después  de  tomada,  hubo  también  quien 
le  aconsejó  que  la  desamparase,  pero  el  rey  mostró  que 
tenía  para  defenderla  el  mismo  ánimo  que  tuviera  para 
ganarla,  y  la  confió  á  la  guarda  de  D.  Blasco  de  Ala- 
gón  y  D.  Jimeno  de  Urrea,  ínterin  se  esperábala  época 
en  que  de  ella  se  hiciese  cargo  D.  Pedro  Comel.  Ense- 
guida se  partió  para  Tortosa,  y  de  este  punto  pasó  á 
Teruel. 

Hallábase  en  esta  última  ciudad  cuando  le  llegó  la 
nueva,  por  conducto  de  D.  Jimeno  de  Urrea,  de  que  los 
moros  de  Peñiscola  estaban  dispuestos  á  hacerle  entre- 
ga de  la  plaza.  Inmediatamente  se  puso  en  marcha,  no 
llevando  en  su  compañía  más  que  siete  caballeros  y  al- 
gunos servidores,  sin  guía,  dice  él  mismo  en  sus  me- 
morias, pues  que  acostumbrado  á  la  caza  del  javali  en 
que  se  entretenía  algunas  veces  por  aquellas  montañas, 
esperaba  no  errar  el  camino.  No  lo  erró,  y  llegó  ante 
las  puertas  de  Peñiscola,  cuyos  moradores  salieron  á 
agasajarle  y  á  decirle  que  estaban  dispuestos  á  entre- 
garle aquella  fortaleza  si  les  concedía  el  ejercicio  de  su 
ley  y  las  franquicias  á  que  estaban  acostumbrados.  Res- 
pondióles D.  Jaime  que  estaba  conforme  en  ello,  y  avi- 
sado de  que  le  iban  á  hacer  entrega  del  castillo  y  v  t 
advirtióles  que  no  tenía  allí  sus  notarios  para  reda  r 
la  escritura  de  costumbre  por  haber  ido  á  la  ligera, ;    > 


DK  CATALUÑA. — LIB.  VI.   CAP.    !.        373 

que  pronto  llegarían,  si  bien,  aun  cuando  no  llegasen, 
aquello  que  les  prometiera  aquello  les  cumpliría.  lEn 
tí  y  en  tu  fe  ñamos,  le  contestaron  los  moros,  y  te  da- 
mos la  plaza  bajo  tu  sola  palabra.*  Y  villa  y  castillo 
quedaron  entregados,  y  cumplidos  fueron  lealmente  los 
pactos. 

Bsta  entr^a  filé  como  la  señal  para  que  siguiesen 
su  ejemplo  otras  plazas.  Rindióse  Chivert  á  los  tem- 
plarios, Cervera  á  los  hospitalarios,  Alcalatén  á  Jime- 
no  de  Urrea,  y  Polpis,  Castellón  de  Burríana,  Burríol, 
las  Cuevas  de  Avinromá  y  Villafamés  al  mismo  rey. 

Tornó  después  de  esta  campaña  á  Burriana,  pero  fué 
para  salir  á  correr  en  seguida  la  ribera  del  Júcar,  al 
frente  de  t3o  caballeros  de  paradje,  según  él  les  llama 
en  su  crónica,  de  l5o  almogávares  y  de  unos  1.200 
peones.  En  esta  correría  D.  Jaime  llegó  hasta  divisar 
á  Valencia,  cuyas  torres  pudo  ver  iluminadas  por  las 
fogatas  de  alarma,  y  regresó  á  Burriana  con  bastante 
botín  y  algunos  prisioneros. 

Aquel  año  de  i233  terminó  afortunadamente  para  las 
armas  cristianas  con  la  toma  de  Almazora,  que  lleva- 
ron á  cabo  las  gentes  de  D.  Pedro  Cornel,  quien  fué  di- 
choso en  sus  correrías  y  cabalgadas  por  las  tierras  de 
Onda,  Nules,  Uxo  y  Almenara. 

De  todas  estas  ventajas  habla  sido  origen  y  nuncio 
feliz  la  toma  de  Burriana,  y  su  rendición  había  en  efecto 
producido  la  de  muchos  de  aquellos  pueblos,  que,  ais- 
lados completamente,  no  pudieron  ya  recibir  auxilios  de 
la  capital.  Dos  grandes  resultados  consiguió  D.  Jaime 
con  la  conquista  de  Burríana,  los  cuales  supo  apreciar 
su  genio  militar  muy  antes  que  sus  barones:  la  de  tener 
un  punto  seguro  para  recibir  por  mar  los  recursos  que 
de  Cataluña  se  le  enviasen  en  sus  futuras  jornadas  con- 
tra Valencia,  y  la  de  cortar  enteramente  con  aquella 
plaza  bien  fortificada  la  comunicación  de  las  otras  di- 


374  VÍCTOR  BALAGUER 

versas  plazas  de  la  provincia  con  su  metrópoli  i.  Don 
Jaime  comprendió  perfectamente  que  la  rendición  de 
Burriana  era  la  llave  de  la  conquista  de  Valencia.  El 
dueño  de  Burriana  había  de  acabar  por  serlo,  más  taide 
ó  más  temprano,  de  Valencia. 


CAPÍTULO  11. 


Llegada  de  los  embajadores  húngaros  á  ^^rc^lona  para  tratar  el  casa- 
miento del  rey. — ^Entrevista  de  D.  Jaime  con  su  esposa  Doña  Leonor 
y  el  rey  de  Castilla^  y  lo  que  quedó  acordado. — Dudas  sobre  un  viaje 
que  se  supone  emprendido  por  el  rey. — Campafia  del  1235  en  Vakn- 
cia. — El  rey  delante  de  Cullera. — El  rey  y  sus  barones  ante  la  torrt 
de  Moneada, — Ríndese  Moneada. — Conquista  de  la  torre  de  Museros. 
— El  rey  da  los  cautivos  para  rescate  de  un  caballero. — Matrimonio 
del  rey  en  Barcelona  con  Doña  Violante.— Bandos  entre  el  conde  de 
Ampurias  y  el  de  Rocaberti. — Cortes  en  Tarragona. — Concordia  y 
avenencia  entre  el  rey  y  Nufío  Sánchez. — Pretensiones  de  Poos  de 
Cabrera  al  condado  de  Urgel. — Invade  las  tierras  de  Urgel  con  armas. 
— Apela  también  el  rey  á  las  armas,  y  cerca  el  castillo  de  Pons.— Con- 
venio entre  el  rey  y  el  vizconde  de  Cabrera. 

(1234  Y   1235.) 

Dio  el  rey  por  este  tiempo  alguna  tregua  á  sus  em- 
presas guerreras  9  trasladándose  á  Barcelona,  donde  es- 
taban aguardándole  los  enviados  húngaros  que  habían 
venido  para  los  tratos  de  su  matrimonio  con  Doña  Vio- 
lante. Ya  sabemos  que  era  ésta  hija  del  rey  de  Hun- 
gría, Andrés  II ,  y  eran  aquéllos  un  señor  muy  princi- 
pal, llamado  el  conde  Bemaldo ,  y  el  obispo  de  Cinco- 
iglesias.  El  enlace  había  sido  propuesto  por  el  papa 
Gregorio  IX,  que  deseaba  casar  á  D.  Jaime' con  la  h 

1     Vicente  Boix:  Historia  de  Valencia^  tomo  I,  pág.  122. 


F 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.   VI.    CAP.    II.       375 

del  rey  de  Hungría  6  la  del  duque  de  Austria.  Los  em- 
bajadores húngaros  se  avistaron  con  nuestro  monarca 
en  Barcelona,  y  ajustaron  con  él  los  tratos  de  la  boda 
á  20  de  Febrero  de  1234,  pactando  lo  que  debía  darse 
en  dote  á  Doña  Violante,  que  era,  á  más  de  dinero,  los 
derechos  que  le  pertenecían,  y  que  vienen  detallados  en 
la  escritura  que  se  ñrmó  1.  El  matrimonio  no  se  efec- 
tuó hasta  el  año  siguiente,  según  veremos  á  su  tiempo. 
Parece  que  de  Barcelona  se  volvió  D.  Jaime  á  Bu- 
rriana,  en  donde  estuvo  dos  meses  para  animar  á  los 
que  estaban  en  guarda  de  la  frontera;  de  allí  pasó  á 
Montalván,  y  de  este  punto  á  Escatrón,  por  el  mes  de 
Junio,  donde  celebró  una  entrevista  con  el  rey  de  Cas- 
tilla para  dirimir  algunas  diferencias  y  cuestiones  que 
tenía  con  la  reina  Doña  Leonor,  su  primera  y  repudiada 
esposa.  Iban  entonces  acompañando  al  rey,  el  vizcon- 
de de  Beziers,  el  conde  del  Rosellón,  Ñuño  Sánchez, 
D.  Guillermo  de  Moneada,  el  justicia  mayor  de  Aragón 
y  otros  magnates  aragoneses.  D.  Jaime  y  el  rey  de  Cas- 
tilla se  vieron  en  el  monasterio  de  Huerta,  junto  á  la 
raya  de  Aragón.  A  esta  conferencia  se  halló  presente 
también  la  misma  repudiada  Doña  Leonor,  y  se  acor- 
dó: i.°  Que  D.  Jaime  le  daría  la  villa  y  castillo  de  Ariza 
con  todos  sus  términos,  durante  su  vida,  mientras  no 
contrajese  nuevo  matrimonio.  2.°  Que  no  se  pondría  em- 
barazo en  las  otras  villas  y  lugares  que  disfrutaba  ni  en 
las  rentas  que  para  su  mantenimiento  se  le  habían  da- 

1  Otros  autores,  en  vez  de  Violante,  la  llaman  Yolanda  de  Hungria. 
Los  embajadores  que  llegaron  á  Barcelona  para  ajustar  el  casamiento, 
eran  el  obispo  de  Cincoiglesias  (Rmfkirchm)  y  el  conde  Bemaldo,  gran 
sefior  húngaro.  Se  convino  en  dar  por  dote  á  Violante  ó  Yolanda, 
10.000  marcos  de  plata ,  200  marcos  de  oro,  su  parte  del  condado  de 
Namur  en  Flandes,  los  dominios  de  sus  antepasados  en  Francia,  las  jo- 
yas que  ella  tenia  en  Hungria  y  las  que  su  madre  le  dejó  en  Borgofia, 
Consta  el  acta  en  el  archivo  de  la  Corona  de  Aragón,  pergaminos 
de  D.  Jaime  I,  núm.  513. 


37^  VÍCTOR  BALAGUER 

do.  3.°  Que  D.  Jaime  no  le  quitaría  al  príncipe  D.  Al- 
fonso su  hijoy  que  ella  tenia  consigo^  ni  permitiría  que 
se  sacase  de  su  poder  contra  su  voluntad  hasta  que  fue- 
se de  edad  legitima.  4.°  Que  la  persona  de  la  reina  no 
sería  presa  ni  detenida,  antes  la  recibiría  debajo  su  fe  y 
amparo.  £1  rey  de  Castilla,  D.  Femando,  por  su  par- 
te, juró  que  con  todo  su  poder  haría  que  Ariza  fuese 
restituida  al  rey  de  Aragón,  por  muerte  de  Doña  Leo- 
nor ó  porque  ésta  se  casase  ó  entrase  en  religión,  sien- 
do esto  último  lo  que  tuvo  lugar,  pues  se  recogió  enei 
monasterio  de  las  Huelgas  de  Burgos. 

Dice  Zurita  en  el  libro  y  capítulo  últimamente  cita- 
dos que,  concluidas  las  vistas  con  D.  Fernando  de  Cas- 
tilla y  Doña  Leonor,  fuese  el  rey  de  Aragón  á  Montpe- 
11er  para  asistir  al  matrimonio  del  rey  de  Francia  con 
la  hija  mayor  del  conde  de  Provenza,  primo  de  nuestro 
D.  Jaime;  pero  contradicen  este  viaje  y  lo  ponen  en 
duda  los  historiadores  del  Languedoc,  quienes  con  bue- 
na crítica  prueban  que  Luis  de  Francia  se  casó  en  Sens, 
y  no  en  Montpeller,  con  Margarita  de  Provenza;  que  es- 
te enlace  se  había  efectuado  ya  en  Mayo  de  1234,  y  por 
consiguiente,  antes  de  Noviembre  en  que  Zurita  supone 
que  pasó  D.  Jaime  á  Montpeller;  y,  por  fin,  que  Don 
Jaime  estaba  entonces  enemistaao  con  el  monarca  fran- 
cés, á  quien  hasta  pretendía  declarar  la  guerra  para  re- 
cobrar el  condado  de  Carcasona  del  que  se  había  aquel 
apoderado  1. 

1     Historia  del  Langtudoc^  tomo  III,  pág.  398.  Los  benedictinos 
hablan  de  una  carta  escrita  por  el  papa  Gregorio  IX  <5pn  fecha  30  de 
Agosto  de  1234  á  Ramón  Berenguer,  conde  de  Provcnza.  para  que  éste 
se  encargara  de  negociar  la  paz  entre  los  reyes  de  Aragón  y  Francia. 
Es  de  advertir  que,  de  este  viaje  á  Montpeller,  D.  Jaime  no  habla  en  su 
crónica.  Algunos  historiadores  modernos,  siguiendo  á  Zurita  sin  c 
dan  por  realizado  este  viaje  de  D.  Jaime.  De  todos  modos,  ¡a  verdi 
que,  en  esta  época,  comienzan  á  verse  en  D.  Jaime  ideas  claras  7 
de  no  descuidar  los  asuntos  del  otro  lado  de  los  Pirineos.  Se  le  ve 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.    VI.    CAP.   II.       377 

De  todos  modoSi  fuese  ó  no  á  Montpeller,  aunque 
nunca  para  el  casamiento  de  Luis  de  Francia,  el  rey 
estaba  de  vuelta  por  Diciembre  de  aquel  año,  pues  á 
mediados  de  este  mes  le  hallo  en  Lérida,  de  donde  de- 
bía pasar  á  Burríana  para  emprender  en  tierras  de  Va- 
lencia su  nueva  campaña  del  I235.  En  efecto,  impa- 
ciente estaba  ya  el  joven  monarca  por  volver  á  blandir 
aquella  su  famosa  espada.  Tizona,  que  tan  buen  servi- 
do le  había  prestado  en  el  sitio  de  Burriana  i  y  á  la 
cual  había  condenado  á  una  tregua  de  un  año,  y  por 
alcanzar  algún  nuevo  laurel  para  aquella  frente  que 
pronto  debía  ir  á  descansar  en  el  regazo  de  su  nueva 
desposada  Doña  Violante. 

Burríana  era  la  verdadera  plaza  de  armas  de  D.  Jai- 
me para  su  proyectada  conquista  de  Valencia.  Allí  vol- 
vió á  reunir  á  sus  principales  barones  á  la  entrada  del 

ver  sus  ojos  á  los  países  provenzales,  como  si  quisiese  continuar  las  tra- 
diciones de  su  familia;  como  si  comprendiese  todo  el  porvenir  de  la 
causa  por  la  cual  habfa  muerto  su  padre  en  los  campos  de  Muret,  como 
ñ,  en  fin,  perdida  la  esperanza  de  contrabalancear  el  poderío  castellano 
en  España,  creyese  en  la  posibilidad  de  crear  un  gran  reino  meridional 
con  Aragón,  Catalufia,  Rosellón  y  Provenza. 

1      De  esta  espada  habla  el  propio  D.  Jaime  en  sus  Memorias,  capí- 
tulo CXXXII,  al  referir  que  una  noche  fué  despertado  por  las  voces  de 
¡á  las  armas!  que  daban  sus  escuderos,  á  consecuencia  de  una  sorpresa 
intentada  por  los  moros  de  Burriana.  "Oyéndolo  Nos,  dice,  nos  levan- 
tamos al  punto  cubriéndonos  con  nuestro  casco  de  hierro,  y  tomando 
una  espada  que  habíamos  traído  de  Monzón,  la  cual  tenía  por  nombre 
Thá,  y  era  de  rara  virtud  para  los  que  la  llevaban,  por  cuya  razón  la 
preferimos  á  la  lanza.  „  Los  Sres.  Flotats  y  Bofarull,  traductores  y  co- 
mentadores de  la  crónica  real,  dicen  que  tító,  tizón  ó  tizona  son,  á  su 
entender,  un  mismo  nombre,  bajo  el  cual  se  hicieron  célebres  algunas 
espadas  como  la  de  D.  Jaime  y  la  del  Cid.  Beuter,  en  el  cap.  XXVIII 
de  la  2.*  parte    de  su  crónica,  dice  que  la  espada  de  D.  Jaime  se 
llamaba  Tizona^  "por  ser  hecha  de  maravilloso  tempramiento,  que  no 
había  que  temer  que  se  quebrase  por  cortar  hierro  ni  acero;,  y  afiade 
que  había  pertenecido  á  un  caballero  templario,  enterrado  en  Monzón, 
y  que  estaba  colgada  encima  de  su  sepultura,  de  donde  la  tomó  el  rey. 


1 


378  VÍCTOR  BALAGÜER 

"^^Z^f  y  1^  propuso  una  cabalgada  hasta  el  castillo  de 
CuIIera.  Aceptóse  la  idea  y  se  llevó  á  cabo^  haciendo 
embarcar  el  rey  secretamente  en  un  leño  dos  fundíbu- 
los, porque,  como  previsor,  calculó  que  podría  haber 
necesidad  de  ellos.  Cuando  la  hueste  se  halló  ante  Ca- 
llera, donde  se  habían  refugiado  todos  los  moros  de  las 
cercanías  con  sus  mujeres  y  tesoros,  dijeron  los  baro- 
nes:— «Si  tuviésemos  un  fundíbulo,  antes  de  tres  días 
éramos  dueños  del  castillo.» — «¿Un  fundíbulo  pedís? 
les  dijo  D.  Jaime.  Pues  yo  os  daré  dos.t  Y  mandó  des- 
embarcar los  dos  ingenios  que  el  leño  había  llevado 
ocultamente  hasta  allí.  Cuando  los  barones  tuvieron  los 
dos  fundíbulos,  dijeron  que  no  tenían  piedras  para  arro- 
jar  con  ellos. — «Yo  os  daré  tres  medios  para  tener  pie- 
dras, contestó  el  rey,  que  á  todo  atendía  y  lo  proveía 
todo:  el  uno,  es  enviar  una  buena  fuerza  para  ver  si 
encuentra  algún  torrente  de  donde  sacarlas;  el  otro,  es 
enviar  también  y  con  el  mismo  objeto  una  hueste  hasta 
las  orillas  del  río,  y  el  tercero,  es  prevenir  picapedreros 
que  labren  las  piedras  de  la  montaña,  según  se  hace 
para  dispararlas  con  los  ingenios.»  Los  barones  enton- 
ces hallaron  expuestos  los  dos  primeros  medios  é  insu- 
ficiente el  tercero,  y  comenzaron  á  poner  obstáculos  y 
á  presentar  dificultades,  tanto  que  el  rey  no  tuvo  otro 
recurso  que  acceder  á  su  voluntad  y  retirarse  de  aquel 
sitio  1. 

Pero  mucho  le  dolía  á  D.  Jaime  tener  que  volverse 
sin  haber  llevado  á  cabo  alguna  acción  de  prez  y  gloría. 
Mal  se  avenían  los  bríos  del  real  mancebo  con  la  pru- 
dencia excesiva  de  sus  barones.  Asi,  pues,  hallándose  á 
una  legua  de  Valencia,  y  á  vista  de  la  torre  y  lugar  de 
Moneada,  el  batallador  monarca  se  prometió  á  si  pro- 
pio no  apartarse  de  aquel  lugar  sin  haberlo  ganado.  A 

1     Crónica  real,  cap.  CXLII. 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.    VI.   CAP.    II.       379 

efecto,  apeló  á  la  astucia  para  vencer  la  voluntad  de  sus 
barones,  y  llamando  al  maestre  del  Hospital,  á  Pedro 
Comel  y  á  Jimeno  de  Urrea,  que  era  en  los  que  parece 
tenia  más  confianza,  les  hizo  entrar  en  su  plan  y  pro- 
meter que  le  ayudarían  en  el  consejo.  Convenido  con 
ellos,  reunióles  á  todos  y  les  propuso  atacar  y  tomar  á 
Moneada:  en  seguida  su  tío  D.  Fernando,  que  era  quien 
acostumbraba  llevar  la  palabra  por  los  demás,  contestó 
que  el  pensamiento  era  bueno,  pero  que  no  podía  ejecu- 
tarse por  carecer  la  hueste  de  todo;  y  ya  le  iban  apo- 
yando los  que  eran  siempre  de  su  dictamen,  cuando 
aquéllos  con  quienes  se  conviniera  D.  Jaime  hicieron 
aceptar  la  proposición  real.  Faltaban,  en  efecto,  provi- 
siones y  un  ingenio  para  combatir  la  fortaleza,  y  en- 
tonces vióse  á  D.  Jaime  dar  un  admirable  ejemplo.— 
«Yo  mismo  iré  á  Burríana,  dijo,  á  buscar  provisiones 
para  ocho  días,  y  un  fundíbulo.  Para  ello  sólo  necesito 
doce  caballeros  y  todas  las  acémilas  que  me  podáis  pro- 
porcionar. Emplearé  tres  días:  uno  para  ir,  otro  para 
recoger  las  provisiones  y  otro  para  volver.  A  mi  re- 
greso, y  cuando  hayamos  tomado  la  torre,  como  es  pro- 
bable que  en  ella  hagamos  más  de  i.ooo  cautivos,  de- 
jadme escoger  lOO  y  me  doy  por  satisfecho  i.»  Y  los 
barones  accedieron,  y  el  rey  fué  y  volvió  en  menos  de 
tres  días,  y  sólo  le  acompañaron  doce  caballeros,  y  tra- 
jo de  Burriana  víveres,  un  fundíbulo  y  pertrechos.  Tal 
era  aquel  rey  y  tales  aquellos  barones,  tales  aquellas 
costumbres  y  tales  aquellos  tiempos.  La  crónica  real, 
á  la  que  se  observará  que  me  voy  ciñendo  todo  lo  po- 
sible, en  medio  de  lo  que  por  malaventura  tengo  que  ir 
abreviándola,  es  la  que  me  proporciona  ocasión  de  dar 
todos  estos  interesantes  detalles  y  curiosos  episodios, 
que  ella  relata  con  encantadora  sencillez  y  notable  su* 

1     Crónica  real,  caps.  CXLIII  y  siguientes. 


380  VÍCTOR  BALAGUER 

blimidad  de  concisión,  siendo  un  verdadero  guia  para 
conocer  las  costumbres  de  aquel  tiempo  y  poder  apre- 
ciar la  clase  de  relaciones  que  mediaban  entre  el  mo- 
narca y  sus  magnates.  Admírame  por  lo  mismo,  y  mu- 
cho ciertamente,  que  haya  habido  un  autor  el  cual,  ha- 
blando de  esta  crónica,  y  después  de  dudar  que  fuese 
obra  del  rey,  haya  añadido  que  poco  perdería  aun  cuando 
se  la  quitasen* 

La  torre  de  Moneada  fué  combatida  tan  reciamentei 
que  á  los  cuatro  días  hubo  de  entregarse.  En  poder  de 
los  vencedores  quedaron  1.147  cautivos  y  un  gran  bo- 
tín compuesto  de  perlas,  collares,  brazaletes  de  oro  y 
plata,  sederías  y  otras  muchas  telas  preciosas.  El  rey, 
según  convenio,  escogió  los  100  cautivos  que  le  toca- 
ban, y  es  curioso  leer  en  su  propia  historia  que  se  los 
hubo  de  vender  luego  por  16.000  besantes,  en  vez  déla 
suma  mayor  que  á  guardarlos  se  le  hubiera  dado,  para 
librarse  de  sus  acreedores;  pagando  así  las  deudas  que 
con  unos  mercaderes  había  contraído  á  ñn  de  atender  á 
los  gastos  de  la  hueste  en  aquella  cabalgada.  No  creyó 
prudente  D.  Jaime  dejar  presidio  en  la  torre  por  hallar- 
se situada  en  país  enemigo,  y  al  efecto  la  mandó  demo- 
ler, dirigiéndose  á  poner  sitio  á  la  de  Museros. 

Sólo  había  en  esta  fortaleza  60  moros,  pero  dispues- 
tos todos  á  defenderla  hasta  el  último  trance.  Comenzó 
á  maniobrar  el  fundíbulo  del  rey,  y  no  tardó  en  derruir 
las  almenas.  Entonces  los  sitiados  las  levantaron  de 
nuevo  formándolas  con  serones  llenos  de  tierra,  pero 
D.  Jaime  combatió  este  ardid  con  otro.  Mandó  fabricar 
unas  ñechas  incendiarías,  saetas  que  formaban  á  ma- 
nera de  ruecas,  rellenas  de  estopa,  las  cuales  arrojaban 
los  ballesteros  encendidas,  pegando  así  fuego  á  todos 
aquellos  serones.  A  los  dos  días  de  haber  apelado  á  en 
medio,  los  sarracenos  propusieron  rendirse  si  les  sal\ 
ba  la  vida,  «á  lo  cual  accedimos  de  buen  grado,  dice 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.   VI.    CAP.    ü.       38 1 

rey,  porque,  ciertamente,  niejor  los  queríamos  vivos 
que  muertos.» 

Los  sesenta  cautivos  que  se  hicieron  con  la  toma  de 
Museros  no  le  sirvieron  al  rey,  como  los  loo  de  Monea- 
da, para  pagar  sus  deudas,  pero  si  para  otra  cosa  tan  no* 
ble  como  ésta:  para  rescate  de  uno  de  sus  capitanes. 
I>ióselos  todos  á  Guillermo  Zaguardia,  tío  de  Guiller- 
mo de  Aguiló,  que  los  moros  retenían  prisionero  en  Va- 
lencia, para  que  los  canjease  por  su  sobrino.  ¡Noble  rey 
el  rey  D.  Jaime! 

Después  de  haber  asi  ganado  á  Moneada  y  á  Muse- 
ros,  después  de  haber  así  pagado  sus  deudas  y  logra- 
do el  rescate  del  caballero  Aguiló,  satisfecho  y  conten- 
to de  la  jomada,  regresó  el  monarca  á  Burriana,  para 
de  allí  dirigirse  á  Zaragoza ,  viniéndose  luego  á  Bar- 
celona, para  recibir  á  la  que  iba  á  ser  su  esposa.  Doña 
Violante  de  Hungría,  que  era  molt  bela  dona,  según 
Desclot. 

Su  casamiento  se  efectuó  en  la  capital  del  Principa- 
do, á  8  de  Setiembre  de  aquel  año  de  1235  i,  celebrán- 
dose solemnes  y  suntuosas  fiestas  con  este  motivo.  La 
alegría  de  las  fiestas  y  los  placeres  de  la  boda,  no  pu- 
dieron distraer  al  rey  de  las  serias  preocupaciones  que 
en  aquel  momento  le  aquejaban ,  turbando  su  ánimo. 
Se  hallaba  en  vísperas  de  emprender  resueltamente  la 
conquista  de  Valencia,  y,  sin  embargo,  malhadadas 
rencillas  y  cuestiones  de  sus  barones  catalanes,  amena- 
zaban un  conflicto  en  sus  reinos,  precisamente  en  aque- 
llos momentos  en  que  más  necesaria  le  era  la  paz  inte- 
rior para  poder  acudir  á  sus  proyectos  exteriores. 

Diéronle  mucho  en  qué  entender,  primeramente  las 
contiendas  que  se  habían  levantado  entre  el  conde  Hugo 
de  Ampurias  por  una  parte,  y  el  vizconde  de  Rocaberti 

1     Bofarull:  Condes  vindicados,  tomo  II,  pág.  235* 


382  VÍCTOR   BALAGUBR 

y  Oliver  de  Termens  por  otra  1.  Gracias  á  la  interven- 
ción del  rey,  vinieron  estos  señores  á  un  acomodamien- 
to, que  era  tanto  más  preciso  cuando  se  habían  ya  roto 
las  hostilidades,  y  amenazaban  dar  tristísimas  jomadas 
de  sangre  al  país. 

Acaso  contribuyeron  también  á  la  terminación  de 
estos  bandos,  las  Cortes  que  por  entonces  se  celebraron 
en  Tarragona  2,  aun  cuando  las  reunió  el  rey  para  las 
asistencias  de  la  guerra  contra  Valencia.  En  estas  Cor- 
tes, para  cuando  llegase  el  caso,  las  ciudades  ofrecieron 
á  D.  Jaime  sus  tercios,  y  los  feudatarios  su  asistencia 
con  la  de  sus  vasallos;  concediósele  de  nuevo  el  servicio 
del  bovaje,  y  los  comunes  y  particulares  ofrecieron  sus 
galeras,  leños  y  barcas  para  la  armada,  y  transporte  de 
municiones.  Barcelona  prometió  tener  dispuesto,  para 
cuando  se  le  pidiese,  un  numeroso  tercio;  Lérida  otro; 
Tarragona,  Gerona,  Tortosa  y  demás  lugares,  ofrecie- 
ron compañías  de  milicias;  el  obispo  de  Barcelona  se 
comprometió  á  llevar  60  caballos  y  800  infantes;  el  de 
Lérida  un  número  menor;  el  conde  de  Ampurias,  5o 
caballos;  é  hicieron  asimismo  ofertas  el  vizconde  de 
Cardona  y  otros  nobles. 

También  ofreció  contribuir  Ñuño  Sánchez,  el  cual 
acababa  entonces  de  avenirse  con  el  rey,  arreglando 
amigablemente  los  disgustos  que  habían  sobrevenido 
entre  ellos.  Ñuño  pretendía  señorío  sóbrela  ciudad  y  el 
condado  de  Carcasona,  sobre  el  honor  de  Trencaveüo 
y  vizcondado  de  Narbona,  tanto  en  virtud  de  la.  susti- 

1  Feliu  de  la  Peña:  Anales  de  Cataluña,  lib.  XI,  cap.  IX. 

2  Tuvieron  lugar  en  1 234,  según  el  modo  como  cuenta  los  afios  Fe- 
liu de  la  Peña.  A  este  analista,  por  algunos  autores  tan  despreciado,  es. 
sin  embargo,  k  quien  se  deben  curiosísimas  noticias  sobre  Cataluña.  De 
estas  Cortes  en  Tarragona ,  por  ejemplo ,  y  de  los  bandos  del  conde  de 
Ampurias  y  vizconde  de  Rocabertí ,  no  he  visto  que  hable  otro  sí- 
no  él. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB,    VI.    CAP.   II.       383 

tución  testamentaría,  dispuesta  por  Ramón  Beren- 
guer  IV,  conde  de  Barcelona,  su  abuelo  paterno,  como 
en  virtud  de  una  donación  hecha  á  su  padre  el  conde 
Sancho,  por  el  rey  Alfonso  11  de  Aragón,  tío  de  este 
último  y  abuelo  del  rey  D.  Jaime.  Además,  Ñuño  tenía 
pretensiones  sobre  el  condado  de  Provenza  y  el  vizcon- 
dado  de  Milhaud.  El  rey  D.  Jaime,  por  su  parte,  le  pe- 
dia la  restitución  del  Vallespir,  del  Capsir  y  de  algunas 
otras  tierras;  pero  viendo  que  Ñuño  no  tenía  hijos  le- 
gítimos y  era  su  heredero  presuntivo ,  consintió  en  un 
convenio,  que  redactaron  Lope  Diez  de  Haro,  señor  de 
Vizcaya,  por  parte  de  D.  Ñuño;  Guillermo  de  Cervera, 
señor  de  Juneda  y  monje  de  Poblet,  por  parte  de  Don 
Jaime,  y  el  maestre  del  Temple,  Hugo  de  Montlaur, 
como  tercero.  Según  este  convenio,  el  rey  satisfizo  á 
D.  Ñuño  cierta  suma,  dejándole  el  disfrute  de  todos  los 
dominios  que  poseía,  los  cuales  á  su  muerte  debían  vol- 
ver á  la  corona  real.  Sólo  á  datar  de  este  momento,  se- 
gún parece,  tomó  D.  Ñuño  el  título  de  conde  de  Rose* 
Uón  y  de  Cerdaña,  que  antes  se  le  daba,  pero  que  no  se 
halla  en  ninguno  de  los  actos  emanados  de  él  anterio- 
res á  esta  época,  titulándose  sólo  dominus  Rossilionis, 
Confluentis  et  Ceritanie  i. 

Fuertes  trastornos  habían  ocurrido  en  Urgel  con  mo- 
tivo de  la  sucesión  de  este  condado,  y  apenas  efectuado 
su  matrimonio,  tuvo  que  acudir  el  rey  «á  apagar  el  fue- 
go que  en  aquella  parte  de  su  casa  se  había  encendido 
amenazando  devorarla. »  Sabido  es  que  Doña  Aurem- 
biaix  había  muerto  en  I23i;  sabido  es  que  al  morir  legó 
el  condado  á  su  esposo  D.  Pedro,  infante  de  Portugal; 
sabido  es  también  que  éste  se  lo  dio  al  rey  D.  Jaime  á 
cambio  del  señorío  de  Mallorca.  Todo  esto  hubo  de  Ue- 

1  Arte  de  comprobar  las  fechas :  Tratado  de  los  condes  del  Resellan 
y  Cerdaüa  (Fossa).— Zurita ,  lib.  XXIII.— Heniy:  Historia  del  Rose- 
Uón,  tomo  I,  pág.  log. 


384  VÍCTOR   BALAGUER 

vario  muy  á  mal  Pons  6  Ponce  de  Cabrera,  hijo  de 
aquel  Guerau  de  Cabrera,  cuyo  orgullo  domeñara  Don 
Jaime  en  Balaguer,  arrojándole  de  los  estados  de  Ur- 
gel  para  devolvérselos  á  Doña  Aurembiaix,  su  legítima 
heredera.  Turbulento  Pons  de  Cabrera,  como  su  padre, 
quiso  también  hacer  gala  de  sus  pretensiones  al  con- 
dado  de  Urgel^  y  le  pareció  que  era  propicia  la  ocasión 
al  tener  lugar  el  fallecimiento  sin  hijos  de  la  condesa 
Aurembiaix.  Pretendía  Pons  que  era  nula  la  donación 
hecha  por  Aurembiaix  al  infante  portugués  y  nulo  tam- 
bién el  acto  por  el  cual  éste  transfirió  el  condado  al  rey, 
siendo  prohibidas  de  derecho  las  transportaciones  de 
cosa  litigiosa  en  mano  poderosa. 

Persuadióse  al  principio  el  vizconde  de  Cabrera  que 
el  rey  se  lo  volvería  graciosamente,  así  como  ya  hemos 
visto  que  lo  había  hecho  con  su  padre;  pero  al  conven- 
cerse de  que  no  sería  así,  tomó  las  armas,  convocó  gen- 
tes de  guerra  y  se  entró  por  las  tierras  de  Urgel,  pro- 
clamándose su  señor  y  apoderándose  de  campos  y  lu- 
gares. Eran  valedores  del  de  Cabrera,  y  le  apoyaban 
abierta  y  decididamente,  Amaldo  de  Castellbó,  el  conde 
de  Foix,  el  de  Pallars  y  muchos  otros  señores  de  Aragón 
y  Cataluña,  quienes  se  juntaron  cierto  día  en  Solsona 
confederándose  contra  el  rey  y  conviniendo  en  que  an 
agravio  hecho  por  éste  á  uno,  era  hecho  á  todos,  y  to- 
dos debían  vengarle.  Todo  esto  sucedía  mientras  Don 
Jaime  andaba  ocupado  en  las  empresas  contra  Menorca 
y  contra  Valencia.  Tal  era  el  patriotismo  de  los  nobles 
en  aquel  tiempo. 

Irritado  el  rey,  acudió  también  á  las  armas,  salió  de 
Barcelona  al  frente  de  una  escogida  hueste,  y  fué  apo- 
ner sitio  al  castillo  de  Pons,  en  el  que  se  habían  reco- 
gido algunos  de  aquellos  señores.  Calla  la  crónica  si  '^ 
castillo  fué  tomado,  pero  dice  que  lo  combatió  fuertí 
mente  con  los  ingenios  y  que  taló  la  campiña  de  aqu 


■r-V'-^^ 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.    VI.    CAP.    II.       385 

y  otros  pueblos  que,  por  fuerza  6  por  grado,  se  habían 
declarado  por  el  vizconde.  Por  lo  que  se  desprende  de 
la  cr6nica,  las  hostilidades  hubieron  de  suspenderse  á 
causa  de  haber  intervenido  los  obispos  de  Lérida  y  de 
Urgel  Berenguer  de  Erill  y  Pons  de  Vilamur,  quienes 
se  presentaron  al  rey  y  trataron  de  avenirle  y  concor- 
darle con  el  de  Cabrera. 

La  escritura  de  concordia  se  firmó  en  Tárrega  á  21 
de  Enero  de  I235.  De  ella  resulta  que  el  vizconde  de 
Cabrera  se  puso  á  merced  del  rey  con  ánimo  de  hacer 
todo  lo  que  éste  le  mandase;  que  las  ciudades  de  Lérida 
y  Balaguer  quedaron  en  propiedad  y  franco  alodio  del 
rey  y  sus  Sucesores;  que  el  rey  dio  en  feudo  á  Pons  de 
Cabrera  los  castillos  y  villas  de  Linerola,  Menargues, 
Albesa  y  otros,  y  francos  algunos  lugares  como  Cala- 
saus,  Tartareu  etc.;  y  que  de  entonces  más  quedaron 
dos  títulos  de  conde  de  Urgel,  uno  en  persona  del  rey, 
y  otro  en  persona  del  vizconde,  lo  mismo  que  había  su- 
cedido en  tiempo  del  rey  D.  Pedro  con  Guerau  de  Ca- 
brera 1. 

Libre  ya  de  cuidados  D.  Jaime,  pacificada  Cataluña, 
muertos  los  bandos,  y  seguro  del  apoyo  del  país  repre- 
sentado en  las  Cortes  de  Tarragona,  tomó  á  fijar  sus 
miradas  en  el  reino  de  Valencia,  cuya  conquista,  á  la 
que  se  diera  tan  favorable  comienzo,  cada  vez  era  por 
él  más  ardientemente  deseada. 

1  Monfar:  Historia  de  los  condes  de  Urgel,  cap.  LVII.  Monfar  con- 
tinua también  en  su  interesante  obra  el  convenio  firmado  en  Tárrega, 
por  D.  Jaime  y  Pons  de  Cabrera.  Baluzio  y  el  Arte  de  comprobar  las 
fechas  caen,  hablando  de  estos  sucesos  entre  Pons  y  D.  Jaime,  en  algu- 
nos errores  que  se  rectifícan  con  sólo  leer  la  claiisima  reseña  de  Monfar. 


/      y 


TOMO  XI  25 


386  VÍCTOR   BALAGUER 


CAPÍTULO  líl. 


Consejo  de  capitanes  en  Sarifiena. — Abu  Zeyd  se  hace  cristíano.— Sale 
el  rey  de  Teruel. — Levanta  en  el  cenx)  de  Enesa  el  castillo  doruido 
por  los  moros. — Encomienda  el  castillo  á  Entenza  y  á  Aguiló.— Apu- 
ros del  rey  para  enviar  provisiones  á  la  hueste. — Cortes  en  Monióa. 
— Combate  de  Enesa  6  del  Puig  de  Santa  María.— El  rey  lleva  en  per- 
sona los  refuerzos  al  Puig  de  Santa  María. — Nobles  palabras  del  rey. 
—Llamamiento  á  los  barones  y  ciudades. — Muerte  de  Bernardo  Gui- 
llen de  Entenza. — Vuelve  el  rey  al  Puig  de  Santa  María.— Juramento 
del  rey. 

(1236  Y  1237.) 

Activo  siempre  el  rey,  siguiendo  constantemente  el 
hilo  del  pensamiento  que  por  el  pronto  le  embargaba,  y 
no  teniendo  residencia  ñja  en  ninguna  ciudad  ni  villa,  le 
hallamos  en  Huesca  á  principios  del  i236,  punto  desde 
el  cual  pasó  á  Saríñena  para  celebrar  con  sus  barones  y 
prelados  una  especie  de  consejo  de  guerra,  á  fin  de  adop- 
tar el  plan  mejor  que  debía  seguirse  en  la  inmediata 
campaña.  La  resolución  fué,  adelantar  sus  huestes  por 
el  reino  de  Valencia  hasta  apoderarse  del  cerro  y  cas- 
tillo que  los  moros  llamaban  de  Enesa,  los  cristianos 
puig  de  la  Cebolla,  y  que  después  cambió  su  nombre  por 
el  de  puig  de  Santa  María,  situado  á  dos  leguas  de  la 
ciudad  de  Valencia.  Acordado  esto,  se  expidieron  las 
oportunas  órdenes  para  que  toda  la  gente  de  guerra  es- 
tuviese en  Teruel  al  comenzar  la  primavera  1 . 

ínterin  se  disponía  todo,  visitó  el  rey  varías  pobla- 
ciones, entre  ellas  Calatayud,  hallándose  ya  por  el  mes 
de  Mayo  en  Teruel,  donde  consta  que  confirmó  á  A^■' 

1     Zurita,  lib.  III,  cap.  XXV. 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.   VI.    CAP.    IH.      387 

jSeyd,  el  monarca  destronado  de  Valencia,  la  donación 
que  le  había  hecho  para  durante  su  vida,  de  las  villas  de 
Riela  y  Magallón,  con  homenaje  que  prestó  de  obedien- 
ciay  fidelidad  á  D.  Jaime  i.  Ya  por  entonces,  según 
cuentan  los  anales,  Abu  Zeyd  se  había  hecho  cristiano, 
aunque  secretamente  porque  los  moros  de  su  parcialidad 
no  se  ofendiesen,  habiendo  recibido  el  nombre  de  Vi- 
cente con  el  agua  del  bautishio.  El  nuevo  cristiano  casó 
luego  con  una  señora  llamada  Domenga  López,  en  quien 
tuvo  una  hija  á  la  que  se  dio  por  nombre  Alda  Fernán- 
dez, la  cual  enlazó  á  su  tiempo  con  Blasco  Jiménez, 
«eñor  de  Árenos. 

Sabedor  sin  duda  Zeyán  de  la  idea  que  llevaba  Don 
Jaime  de  apoderarse  del  Enesa,  envió  una  fuerza  para 
que  lo  arrasara,  como  así  se  hizo.  Situado  aquel  casti- 
llo, según  se  ha  dicho,  á  dos  leguas  escasas  de  la  ciu- 
dad, era  muy  á  propósito  para  que,  haciéndose  fuertes 
en  él  los  cristianos,  emprendiesen  sus  correrías  apode- 
rándose de  todo  cuanto  hallasen  y  llevando  sus  rebatos 
hasta  los  mismos  muros  de  Valencia,  teniendo  las  es- 
paldas seguras  y  pudiendo  con  facilidad  ser  socorridos 
de  Burriana  y  de  Cataluña  por  mar.  Lo. llevado  á  cabo 
por  Zeyán,  era  para  desconcertar  á  otro  monarca  que 
no  hubiese  sido  nuestro  Conquistador.  Éste  mandó  cons- 
truir en  Teruel  secretamente  hasta  20  hormas  para  ta- 
pias, con  el  propósito  de  llegar  á  Enesa  y  allí  levan- 
tar de  nuevo  el  castillo  demolido  por  los  moros,  car- 
gó con  ellas  algunas  acémilas,  y  se  puso  en  camino  con 
algunos  de  sus  barones  y  las  milicias  de  Daroca  y  de 

Teruel. 

Cerca  de  Murviedro  se  le  juntaron  2.000  peones  y  i3o 

caballeros,  conducidos  por  los  maestres  del  Hospital  y 

del  Temple,  y  con  ellos  prosiguió  su  marcha  sin  encon- 

1     Zurita,  lib.  III,  cap.  XXV.— Sas  en  el  reinado  de  D.  Jaime. 


388  VÍCTOR  BALAGUER 

trar  estorbo^  llegando  á  Enesa,  donde  inmediatamente 
dispuso  levantar  un  castillo  sobre  las  ruinas  del  otro. 
Al  poco  tiempo  fueron  llegando  al  campamento  deEne- 
sa  los  ricos-hombres  y  las  milicias  que  faltaban,  entre 
ellas  las  de  Zaragoza  y  Tortosa;  y  provisto  el  rey  de 
víveres  y  de  brazos  para  el  trabajo,  repartió  éntrela 
gente  de  las  ciudades  los  lienzos  de  muros  á  fin  de  que 
cada  grupo  fuese  edificando  su  parte.  Gracias  á  la  mu- 
cha gente,  la  fábrica  pudo  levantarse  en  el  espacio  de 
dos  meses. — «De  aquí  en  adelante  este  cerro  de  Enesa 
se  llamará  el  puig  de  Santa  María, »  dijo  el  rey  maravi- 
llándose de  su  obra  y  viendo  ya  construido  aquel  her- 
moso castillo  como  por  arte  de  encantamiento  levan- 
tado. 

El  objeto  del  monarca  estaba  cumplido,  pero  falta- 
ba dejar  en  el  nuevo  castillo  de  Santa  María  una  fuerte 
guarnición,  con  valientes  capitanes  y  un  jefe  superior 
de  toda  confianza.  D.  Jaime,  que  entendía  en  hombres, 
escogió  para  este  tan  honroso  como  peligroso  cargo  á 
su  tío  D.  Bernardo  Guillen  de  Entenza,  aquél  que  tan 
notables  cualidades  militares  había  revelado  en  el  cerco 
de  Burríana.  A  su  lado  puso  á  Guillermo  de  Aguiló, 
aquel  mismo  caballero  sin  duda  por  cuyo  rescate  haUa 
dado  los  60  cautivos  de  Museros,  y,  según  Desclot,  les 
dejó  una  fuerza  de  80  caballeros  del  Temple,  3o  hospi- 
talarios y  2.000  infantes,  encargándose  de  mandarles 
provisiones  desde  Burriana  y  desde  Tortosa, 

Cuenta  el  rey  en  su  historia,  y  conviene  notar  esta 
circunstancia  por  lo  notable  y  porque  ella  revela  otra 
buena  cualidad  de  D.  Jaime,  que  cuando  trató  de  mar- 
char á  Burriana,  según  con  Bernardo  Guillen  de  En- 
tenza había  convenido,  y  al  ir  á  levantar  el  campo,  v¡6 
que  una  golondrina  había  construido  su  nido  encimad 
su  tienda,  por  cuyo  motivo  dio  orden  para  que  ésta  r 
se  quitase  hasta  que  la  avecilla  hubiese  desanidado  ce 


\  *i' 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.   VI.    CAP.    III.      389 

SUS  hijuelos,  ya  que  fiada  en  el  rey  había  ido  á  estable* 
cerse  allí  i  • 

Levantado  por  fin  el  campo,  y  dejando  en  el  puig  de 
Santa  María  á  los  que  habían  de  ser  sus  heroicos  de* 
fensores,  partió  á  Burriana,  y  de  allí  á  Tortosa,  y  desde 
este  punto  á  Tarragona,  no  descansando  un  solo  ins- 
tante hasta  que  hubo  mandado  provisión  sobrante  de  ví- 
veres á  la  hueste  de  Bernardo  Guillen  de  Entenza. 
Asombra  ver  patente  en  su  historia  la  actividad  del  rey 
y  los  trabajos  que  se  tomó  para  que  nada  faltase  á  aquel 
puñado  de  héroes  que  había  dejado  de  avanzada.  Desde 
Burríana  les  mandó  unas  acémilas  cargadas  de  pan, 
vino  y  avena,  con  más  algunos  carneros  y  vacas  que  ^ 
habían  sido  apresados  en  una  cabalgada;  desde  Tortosa 
les  despachó  cuatro  barcos  llenos  de  víveres,  y  por  fin 
en  Salou  hizo  embargar  unas  naves  que  iban  á  salir  con 
comestibles  para  Mallorca,  tomó  inventario  de  todo  y 
firmó  un  debitorio  á  los  mercaderes,  á  quienes  luego  sa- 
tisfizo la  deuda  pidiendo  prestados  60.000  sueldos  á  los 
prohombres  de  Lérida. 

Desde  Lérida,  á  donde  en  su  incansable  diligencia 
había  ido  al  salir  de  Tarragona,  pasó  á  Huesca,  y  de 
Huesca  fué  á  Monzón.  Se  había  convocado  á  Cortes  en 
este  punto  á  catalanes  y  aragoneses  para  el  mes  de  Oc- 
tubre de  aquel  año.  Zurita,  que  nos  habla  de  estas  Cor- 
tes, nos  dice  que  á  ellas  asistió  San  Ramón  de  Peña- 
fort;  que  se  autorizó  al  rey  para  poner  cerco  á  la  ciudad 
de  Valencia;  que  se  asentaron  treguas  entre  los  arago- 
neses divididos  en  bandos;  que  se  confirmó  el  valor  de 
la  moneda  jaquesa  que  entonces  corría,  para  que  siem- 
pre fuese  del  mismo  valor  y  peso  y  tuviese  la  misma 
ley,  y  que  se  instituyó  el  derecho  llamado  del  mara- 
vedí. 

1     Crónica  real,  cap.  CLII. 


•*1 


390  VÍCTOR   BALAGUBR 

Recorriendo  las  ciudades  de  su  reino  y  preparándolo 
todo  para  la  campaña  próxima,  pasó  el  rey  aquel  invier- 
np  1 .  En  cuanto  á  los  mantenedores  del  Puig  de  Santa 
María,  entrada  ya  la  primavera  del  1237  tuvieron  que 
sufrir  un  rudo  ataque  de  los  moros,  y  hubo  entonces  lu* 
gar  aquella  famosa -batalla,  en  que  cuentan  se  apareció 
San  Jorge,  y  que  fué  una  de  las  más  memorables  jor- 
nadas de  la  conquista  de  Valencia. 

Brevemente  voy  á  referirla,  siguiendo  á  Desclot,  que 
la  cuenta  con  aquel  lujo  de  detalles  y  aquella  galanura 
de  episodios  que  á  este  cronista  caracterizan. 

1     Hay  que  colocar  aquí  un  viaje  que  D.  Jaime  hizo  á  Montpcller 
por  Enero  de  1 237,  y  del  cual  no  he  hallado  que  haga  mencicSn  ninguna 
de  nuestras  crónicas.  Sin  embargo,  si  los  documentos  valen,  en  U  iSf- 
torta  del  Languedoc^  prueba  CCXX,  pág.  378,  hay  uno  por  el  que  consta 
que  D.  Jaime  se  hallaba  en  dicha  ciudad  de  MontpeUer  en  Diciembre 
de  1236  y  Enero  de  1237,  donde  hizo  homenaje  de  la  sefioria  de  Mont- 
peUer á  Juan  de  Montlaur,  obispo  de  Magalona,  por  orden  del  papa  Gre> 
gorio  IX.  y  donde  recibió,  á  su  vez,  el  homenaje  de  Hugo,  conde  de  Ró- 
dez,  por  el  vizcondado  de  Carlandois.  Repito  que  de  esto  no  encuentro 
que  hable  ninguno  de  nuestros  analistas,  pero  no  es  menos  cierto,  sin 
embargo,  si  el  documento  es  auténtico.  Y  á  propósito  de  este  documen- 
to. En  las  firmas  continuadas  al  pie  se  lee  la  del  ilustre  Vidal  de  Cafie- 
Ilas  (  Vitalií  de  Canellis^  canonicorum  barchinoneHshmi)y  que  acompafló 
sin  disputa  á  D.  Jaime  en  aquel  viaje  como  consejero  particular.  Valgan 
estos  datos  para  los  que  con  más  tiempo,  más  detenimiento  y  más  es- 
tudio, aunque  no  con  mejor  voluntad,  escriban  un  dia  la  historia  de  Ca- 
taluña con  el  cuidado  que  se  merece  (*). 

(*)    A  esta  nota,  publicada  en  la  primera  edicito  de  mi  otot,  puedo  añadirla  ■i' 
guientea  noticias  recogidas  posteriormentCi  lo  cual  prueba  que  estuve  eo  lo  cierto: 

El  viaje  de  D.  Jaime  &  MontpeUer  es  exacto.  Hablan  de  él  Germain  en  su  /f ¿/«n' 
de  MontpeUer,  y  Tourtoul6n  en  su  D,  Jaime  el  Conquistador.  El  monarca  azapwés 
habia  sido  llamado  á  su  señorío  de  MontpeUer  por  el  deseo  de  vigilar  los  aiootoKic 
Francia,  pero  sobre  todo  por  sus  querellas  con  el  obispo  de  Magalona.  Se  había  eo« 
tablado  una  lucha  entre  el  poder  l&ico,  sefiorial  6  comunal  y  el  poder  ccleBÍftstiGO. 
£1  rey  de  Aragón,  de  acuerdo  con  los  ciudadanos  de  su  pais  natal,  no  descaidii 
ninguna  ocssión  para  aminorar  la  autoridad  del  prelado,  que  reclamaba  el  hofflen> 
feudal.  El  monarca  se  negaba  obstinadamente  li  reconocer  la  supremacía  del  otaísp 
pero  hubo  de  ceder  ante  un  mandato  del  Papa,  y  en  26  de  Diciembre  de  isfi  f^ 
juramento  de  fe  y  homenaje  al  obispo  de  Magalona,  Juan  de  MontUuir. 


I  • 

r 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.   VI.   CAP.   III.       39I 

No  podía  en  verdad  el  rey  moro  de  Valencia  perma- 
necer tranquilo  al  ver  que  á  las  puertas  mismas  de  su 
capital  habían  osado  levantar  un  castillo  los  cristianos, 
asegurándolo  con  fuerte  presidio.  Comprendió  que  era 
necesario  á  toda  costa  echarles  de  allí  y  tomarles  aquel 
su  avanzado  puesto,  y  comenzó  á  allegar  gente  para  ir 
á  cercar  y  á  combatir  Enesa  con  formidable  aparato. 
La  ¡dea  de  Zeyán  era  sorprender  el  castillo,  pero  En- 
tenza  y  Aguiló  tuvieron  aviso  de  lo  que  contra  ellos  se 
proyectaba  por  un  cautivo  fugitivo  de  Valencia,  y  al 
instante  convocaron  á  consejo  á  los  principales  de  su 
hueste.  Algunos  manifestaron  sus  temores  y  propusie- 
ron abandonar  la  fortaleza,  pero  Guillermo  de  Aguiló 
prorrumpió  entonces  en  un  caballeresco  discurso,  que  el 
cronista  copia  por  extenso. 

— Aquí  hemos  venido  en  honor  de  Dios  y  de  Nuestra 
Señora  Santa  María,  dijo,  á  ñn  de  que  la  morisma  sea 
destruida  y  salvemos  nosotros  nuestras  almas.  Si  ellos 
son  muchos,  más  seremos  nosotros,  pues  que  Dios  está 
de  nuestra  parte.  Permanezcamos  aquí,  firme  el  ánimo 
y  el  corazón  fuerte;  que  la  señera  de  Aragón  nunca  vol- 
vió atrás,  ni  volverá  ahora,  pues  vale  más  morir  con 
honra  que  vivir  deshonrado. 

Bernardo  Guillen  de  Entenza  tomó  la  palabra  tras  la 
patriótica  arenga  de  Aguiló,  que  parece  una  proclama 
de  nuestros  días.  Para  que  se  vea  como  los  hombres  de 
patriotismo  verdadero  y  de  verdadero  corazón  han  te- 
nido siempre  un  mismo  lenguaje,  y  como  siempre,  en 
todos  tiempos,  eternamente,  el  mismo  entusiasmo  ha 
contestado  al  mismo  sentimiento. 

Las  palabras  del  de  Entenza  acabaron  de  exaltar  al 
consejo,  terminando  la  obra  comenzada  por  su  compa- 
ñero, y  todos  se  fueron  á  preparar  para  el  combate.  Éste 
fué  saíigriento.  Provocóle  D.  Bernardo  Guillen  saliendo 
con  la  mitad  de  la  guarnición  contra  los  sarracenos,  que 


392  VÍCTOR  BALAGÜER 

acudían  en  tan  gran  número,  que  daba  espanto  verlos 
(que  gran  feretat  era  de  veiire).  En  los  primeros  mo- 
mentos de  la  lucha,  quedaron  vencidos  los  cristianos  y 
hubieron  de  retroceder  hacia  el  castillo;  pero  entonces 
sonó  una  voz,  sobrenatural  según  algunos  cronistas, 
pero  que  en  realidad  debió  salir  de  los  caballeros  que 
guarnecían  las  murallas,  gritando:  «{Huyen,  huyen  y 
se  dejan  vencer!»  No  bien  la  oyeron  los  combatientes, 
cuando  clamaron:  « ¡Vergüenza,  caballeros,  vergüenza! • 
Y  á  este  grito,  levantóse  la  voz  general  de  ¡Santa 
María!  ¡Santa  María!  que  dieron  todos,  arrojándose  de 
nuevo  y  con  mayores  bríos  sobre  los  moros,  á  quienes 
llegó  entonces  la  vez  de  retroceder  y  desbandarse,  hu- 
yendo despavoridos  y  no  parando  muchos  hasta  Va- 
lencia, cu3'as  puertas  hicieron  cerrar  atropelladamente, 
creyendo  que  los  cristianos  les  iban  al  alcance  para  pe- 
netrar tras  ellos  en  la  ciudad. 

Valiente  y  caballerescamente  se  portaron  en  la  jor- 
nada Bernardo  Guillen  de  Entenza  y  Guillermo  de 
Aguiló;  y  mientras  que  fueron  en  gran  número  los  mo- 
ros que  murieron  en  el  combate,  cuentan  nuestros  cro- 
nistas que  sólo  quedaron  en  el  campo  tres  caballeros 
cristianos,  Jiménez  de  Luesia,  Guillermo  Pérez  de 
Tierga  y  otro  caballero  que  llevaba  el  pendón  del  de 
Entenza.  Quieren  algunos  atribuir  esto  á  milagro  por 
no  haber  sido  más  que  tres  los  muertos  en  nuestro  cam- 
po ;  pero  no  han  reparado  que  los  antiguos  sólo  hablan 
de  los  hombres  de  cuenta,  y  si  citan  el  número  de  los 
caballeros  que  murieron,  calíanse  el  de  los  peones.  De 
todos  modos  se  ve  claramente  que  la  pérdida  de  los  roo- 
ros  fué  infinitamente  mayor,  como  se  desprende  de  los 
propios  escritores  árabes,  que  dan  cuenta  de  esta  batalla 
en  los  siguientes  términos: 

iAbu  Giomail  Ben  Zeyán  allegó  muy  numerosa  hue 
te,  y  animado  de  la  esperanza  de  que  Aben  Hud  iba  e 


HISTORIA  DE   CAT/ILUÑA. — LIB.    VI.    CAP.    UI.      393 

auxilio^  fué  sobre  Hisn-Santa  María,  y  cercó  la  fortale- 
za, y  puso  en  grande  apuro  á  los  cristianos  que  la  de- 
fendían; éstos  eran  muchos  y  esforzados,  y  la  defendían 
bien,  y  daban  rebatos  en  el  campo  de  Zeyán  en  que  se 
peleaba  con  mucho  valor  de  ambas  partes,  hasta  que, 
desesperados  de  humano  socorro ,  hambrientos  y  como 
lobos  salieron  cierto  día  á  la  pelea,  y  fué  tan  sangrien- 
ta, que  fué  forzoso  al  rey  Zeyán  levantar  el  campo  y 
retirarse  á  Valencia,  quedando  la  fortaleza  en  poder  de 
los  cristianos  i.» 

La  relación  de  los  cronistas  árabes  es  igual  en  el 
fondo  á  la  de  los  analistas  aragoneses,  aparte  lo  de  la 
aparición  de  San  Jorge.  Ni  Desclotni  D.  Jaime,  empe- 
ro, hablan  de  este  milagro,  crédula  y  piadosamente  in- 
ventado por  cronistas  á  ellos  posteriores.  Hubo,  sí,  mi- 
lagro; pero  fué  éste,  que  un  puñado  de  héroes  se  hicie- 
sen dueños  del  campo  de  batalla,  teniendo  que  luchar 
con  fuerzas  diez  veces  superiores  á  las  suyas.  Fué  un 
milagro  de  heroicidad. 

Inmediatamente  se  despachó  un  mensajero  al  rey  con 
la  fausta  nueva  de  la  victoria.  Recibió  D.  Jaime  la  no- 
ticia hallándose  en  Huesca,  y  al  saberla,  después  de 
haber  cumplido  con  su  deber  de  cristiano,  que  fué  hacer 
entonar  un  Te-Deum  para  dar  gracias  á  Dios,  cumplió 
con  su  deber  de  caballero,  volando  sin  detenerse  á  Da- 
roca  á  dictar  órdenes  para  enviar  refuerzos  de  gente, 
víveres  y  caballos  á  los  valerosos  defensores  del  Puig 
de  Santa  María.  Aún  hizo  más.  Quiso  ir  en  persona  á 
llevarlos,  y  á  los  cinco  días  salió  de  Teruel  con  2.000 
acémilas  y  100  caballeros,  llegando  al  Puig,  donde  fué 
recibido  con  grandes  muestras  de  alegría  por  Bernardo 
Guillen  y  Berenguer  de  Entenza ,  Guillermo  de  Aguiló 
y  los  demás  barones,  «si  bien  en  la  acogida  que  nos  hi- 


1     Conde,  cap.  IV  de  la  parte  4.* 


394  VÍCTOR  BALAGUER 

cieron,  dice  en  sus  memorias,  no  les  fué  posible  osten- 
tar la  debida  pompa  por  haber  perdido  en  la  batalla 
como  unos  86  caballos. » 

Después  de  haber  repartido  D.  Jaime  gracias  y  mer- 
cedes entre  sus  barones,  haber  provisto  de  caballos  á 
los  que  los  habían  perdido  en  el  combate  y  haber  perma- 
necido en  el  Puig  esperando  á  los  moros  que  no  se  pre- 
sentaron, regresaba  ya  para  Aragón,  acompañado  de 
muy  pocos,  cuando  tropezó  en  el  camino  con  una  par- 
tida de  sarracenos  muy  superior  en  número  á  la  suya. 
D.  Ferrando  Pérez,  que  iba  con  él,  le  aconsejó  entonces 
que  echasen  á  huir  hasta  recogerse  en  el  Puig, — cEso 
no,  contestó  el  rey:  ni  he  huido  nunca,  ni  sé  cómo  se 
huye  1.»  Los  moros  no  se  atrevieron,  sin  embargo,  ¿ 
acometer,  y  D.  Jaime  y  los  suyos  pudieron  llegar  á  Bu- 
rriana. 

Prosiguió  el  rey  su  viaje  hasta  Oropesa,  de  donde 
pasó  á  Ulldecona  y  de  allí  á  Tortosa,  en  cuyo  punto 
dictó  órdenes  para  que  las  villas  de  Aragón  y  Cataluña» 
y  todos  los  que  tenían  feudo  por  él,  barones,  caballeros 
y  plebeyos,  acudiesen  por  la  primavera  á  la  jomada  con- 
tra la  ciudad  de  Valencia. 

En  seguida  se  fué  á  Zaragoza  donde  amante  le  aguar- 
daba Doña  Violante,  que  era  ya  madre  de  una  niña, 
llamada  Violante  como  ella,  la  que  después  fué  reina  de 
Castilla;  y  no  habían  pasado  ocho  días  de  su  estancia 
en  la  capital,  cuando  tuvo  la  tristísima  nueva  de  la 
muerte  de  D.  Bernardo  Guillen  de  Entenza.  Profunda 
aflicción  sintió  al  recibir  esta  noticia,  que  con  hipócri- 
ta dolor  le  comunicó  su  siempre  poco  leal  tío  D.  Fer- 
nando. En  vista  de  esto,  sus  ricos-hombres  le  aconse- 
jaron que  abandonase  el  Puig  de  Santa  María,  dejando 
para  otra  ocasión  la  conquista  del  reino  de  Valencia 

1     Crónica  real,  cap.  CLIX. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA.— LIB.   VI.    CAP.    III.      395 

También  fué  D.  Femando  quien  esta  vez  llevó  la  pala- 
bra en  nombre  de  los  magnates.  £1  consejo  fué  recha- 
zado por  el  rey. — «Yo  os  haré  ver  quién  soy  y  lo  que 
valgo,  les  dijo,  y  os  hago  saber  que  el  Puig  no  será 
desamparado;  antes  con  él  quiero  ganar  el  reino  de  Va- 
lencia.» 

La  resolución  que  el  monarca  tomó  por  el  pronto,  fué 
la  de  marchar  al  Puig  de  Santa  María,  y  allá  partió  in- 
mediatamente con  5o  caballeros  de  su  mesnada  y  Don 
Jimeno  de  Urrea.  Berenguer  de  Entenza,  Guillermo  de 
Aguiló  y  los  caballeros  del  Hospital,  del  Temple,  de 
Calatrava  y  de  Uclés,  advertidos  de  la  llegada  de  Don 
Jaime,  le  aguardaban,  teniendo  en  custodia  el  féretro 
de  D.  Bernardo  Guillen,  al  que  hizo  dar  sepultura  el 
rey,  procurando  calmar  el  dolor  de  todos  los  que  allí  se 
hallaban. 

En  seguida  armó  caballero  á  Guillermo  de  Entenza, 
hijo  del  difunto;  hizo  mercedes  y  ofertas,  nombró  jefe 
de  la  fortaleza  y  de  la  hueste  á  Berenguer  de  Entenza, 
y  se  disponía  á  partir  para  ir  en  busca  de  las  huestes 
que  mandara  juntar  al  objeto  de  caer  sobre  Valencia  al 
rayar  la  primavera,  cuando  supo  por  conducto  de  dos 
frailes  predicadores,  que  los  del  Puig,  en  cuanto  él  se 
ausentase,  trataban  de  abandonar  aquel  punto,  descora- 
zonados y  faltos  de  ánimo  por  la  muerte  de  su  capitán. 
Entonces  D.  Jaime,  tomó  una  de  aquellas  resoluciones 
que  le  caracterizan  como  figura  histórica.  Reunió  á  to- 
dos los  principales  de  la  hueste  en  la  iglesia  que  había 
mandado  levantar  Gr\  el  Puig,  y  allí,  ante  todos,  en  pie, 
solemnemente  y  tendiendo  su  diestra  sobre  el  ara  san- 
ta, les  dijo  estas  palabras : 

— «Puesto  que  á  todos  os  pesa  que  marche,  y  teméis 
que  os  abandone,  hago  voto  á  Dios  y  al  altar  donde  está 
su  Madre,  de  que  no  pasaré  Teruel  ni  el  río  de  Tortosa 
hasta  que  Valencia  haya  caído  en  nuestro  poder.  Y  para 


396 


VÍCTOR  BALAGUER 


que  mejor  entendáis  que  es  mi  voluntad  quedarme  aquí 
y  conquistar  este  reino  para  el  servicio  de  Dios,  sabed 
que,  en  este  momento  voy  á  dar  orden  para  que  aquí 
vengan  la  reina  mi  esposa  y  mi  hija. » 

£1  efecto  producido  por  estas  palabras  del  rey  fué  má- 
gico. Todos  cuantos  estaban  en  la  iglesia  se  pusieron  á, 
llorar,  ay  yo  con  ellos»,  dice  D.  Jaime  con  la  sublimidad 
del  laconismo  i. 


CAPITULO  IV. 


Se  pide  al  rey  que  abandone  la  conquista  y  se  niega.— Ríndesele  Alme- 
nara.— Se  entregan  varias  plazas. — El  rey  pone  cerco  á  Valencia. — - 
Los  almogávares  se  apoderan  de  Ruzafa.-^Salida  sin  resultado  de  los 
moros. —  Llegan  refuerzos  al  real  y  de  dónde. — Se  va  estrechando  el 
sitio.— Primer  asalto  de  la  ciudad  y  gloria  de  los  de  Lérida. — Toma 
de  Cilla. — Se  presenta  la  flota  tunecina,  pero  desaparece  al  acudir  la 
catalana. — Intentan  los  moros  sorprender  á  Pefiíscola  y  son  rechazados. 
— El  real  abundante  de  víveres.  — Ataques  y  torneos. — Combate  de 
los  sitiados  con  la  gente  <iel  arzobispo  de  Narbona. — Herida  del  rey. 
— Algunos  caballeros 'asaltan  la  torre  de  BoateUa. — Nuevo  asalto  c 
incendio  de  la  torre. — Proposiciones  de  capitulación. — Torneo  entre 
caballeros  cristianos  y  moros. — Convenio  de  capitulación  entre  Zeyán 
y  D.  Jaime. — La  capitulación  no  es  consultada  por  D.  Jaime  á  los 
barones. 

(1238.) 

Y  la  reina  fué^  en  efecto ,  á  reunirse  con  su  esposo, 
habiéndola  salido  á  recibir  D.  Jaime  sólo  hasta  Penis- 
cola,  para  guardar  su  voto  de  no  pasar  el  Ebro.  Iba 
acompañando  á  Doña  Violante  el  tío  del  rey  D.  Fer- 
nando, y  una  y  otro  al  llegar  á  Burriana  comenzaron  á 
pedir  al  monarca  que  abandonase  la  idea  de  tomar  á 
Valencia.  Fué  vana  su  porfía.  Cuantos  más  obstáculos 
se  oponían  á  la  realización  de  su  proyecto,  más  crecía 

1     Crónica  real,  cap.  CLXV. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.    VI.    CAP.    IV.       397 

en  D.  Jaime  la  firme  voluntad  de  vencerlos.  En  vac 
ñié  que  le  aconsejaran  sus  barones  poniendo  en  evidei 
cia  los  grandes  peligros  que  ia  empresa  llevaba  consigt 
en  vano  que  le  suplicara  D.  Femando;  en  vano  que  po 
fiara  la  reina;  en  vano  también  que  el  mismo  Zeyái 
alarmado  ya  á  la  vista  de  aquella  firme  resolución,  '. 
enviara  á  decir  por  conducto  de  un  moro,  llamado  A 
Albatá,  que  si  abandonaba  su  empresa  le  daría  tod< 
cuantos  castillos  y  fuerzas  se  encontraban  desde  Guai 
damar  á  Tortosa  y  desde  Tortosa  á  Teruel,  haciendo! 
fabricar  un  alcázar  suntuoso  en  el  punto  llamado  1 
Zaydia,  y  prometiéndole  pagar  todos  los  años,  y  pt 
siempre,  lO.ooo  besantes  de  renta  en  la  ciudad  de  Vi 
lencia.  Todo  en  vano.  D.  Jaime  hizo  contestar  á  Zeyá 
que  lo  que  quería  era  Valencia  '. 

Poco  tiempo  después,  hallándose  él  en  el  Puig  y  1 
reina  en  Burriana,  recibió  una  embajada  de  parte  de  1< 
moros  que  tenían  la  plaza  y  castillo  de  Almenara,  pr< 
poniéndole  la  entrega  mediante  algunas  mercedes,  er 
tre  las  cuales  había  la  singular  de  tener  que  dar  cuarenl 
trajes  de  grana  para  otros  tantos  deudos  de  los  embajj 
dores.  Accedió  el  rey  á  todo,  y  Almenara  se  le  entregí 
trasladándose  en  seguida  allí  la  reina  como  punto  mi 
fortificado  y  más  seguro  que  Burriana  2. 

El  ejemplo  de  Almenara  fué  seguido  por  las  poblí 
ciones  y  castillos  de  üxó.  Castro,  Nules  y  Alfandecl 
y  tanto  se  iba  adelantando,  y  era  ya  lugar  tan  seguí 
el  Puig  de  Santa  María,  que  no  se  tuvo  reparo  en  qi 
la  reina  pasase  á  habitarle.  Allá  se  trasladó,  en  efecti 

1  Crónica  real,  cap.  CLXVU.  El  moro  Ali  AibaU  ó  el  BaChá,  e 
literato  y  poeta  de  reputaciün  entre  los  sarracenos . 

2  Crónica  teal,  caps.  CLXVllI.  CLXIX  y  CLXX.  Los  vesüdos 
grana,  prometidos  i  loa  de  Almenara,  se  los  entregó  el  rey  valiéndc 

_  de  un  negociaiite  de  Tortosa,  llamado  Pedro  Ramón,  que  liabla  idc 
poner  fábrica  de  paGos  en  Burriana. 


39^  VÍCTOR   BALAGUBR 

y  de  allí,  en  compañía  de  D.  Jaime  y  de  ico  caballeros, 
fué  luego  á  tomar  posesión  de  la  villa  y  fortaleza  de  Pa- 
terna, que  también  se  rindieron,  haciendo  en  seguida 
otro  tanto  las  plazas  de  Betera  y  Bulla  ^ . 

Llegada  era  ya  la  hora  de  poner  sitio  á  Valencia; 
aquella  Valencia,  «  vergel  de  las  amenidades  de  Espa- 
ña, »  según  las  historias  árabes  2;  aquella  Valencia,  que, 
en  una  elegía  de  un  poeta  de  la  misma  raza,  es  llamada 
«alegría  y  solaz  en  que  todos  los  mozos  folgaban  y  ha- 
bían  sabor  y  placer  3.»  Cuando  el  rey  dispuso  comen- 
zar el  cerco,  no  le  había  llegado  aún  toda  la  gente  que 
esperaba;  pero  sobrábale  á  D.  Jaime  en  corazón  lo  que 
faltaba  en  número  á  sus  legiones.  Sólo  tenía  entonces 
con  él  á  Hugo  de  Forcalquier,  maestre  del  Hospital;  á 
un  comendador  del  Temple,  con  20  caballeros;  al  co- 
mendador de  Alcañiz;  á  D.  Rodrigo  de  Lizana,  con 
otros  30;  al  comendador  de  Calatrava;  á  Guillermo  de 
Aguiló,  con  unos  i5;  á  Jimeno  Pérez  de  Tarazona;  á 
los  de  su  mesnada  real,  que  eran  140  caballeros,  y 
finalmente,  i5o  almogávares  y  más  de  i.ooo  peones. 
Con  no  mayor  número  de  gente  ni  con  más  pujante 
ejército  que  éste,  tuvo  la  caballeresca  osadía  de  poner 
sitio  á  una  plaza  que  podía  habilitar  para  campaña  un 
número  de  soldados  diez  veces  mayor. 

Un  día  al  amanecer  movió  su  ejército  en  nombre  de 
Nuestro  Señor,  y  siguiendo  la  playa  hasta  el  Grao,  y  pa- 
sando el  río,  levantó  sus  tiendas,  enarboló  sus  señeras 
y  fijó  su  campo  en  unas  casas  que  estaban  entre  el  Grao 
y  Valencia,  á  un  cuarto  de  legua  de  la  ciudad,  con  in- 
tención de  esperar  las  compañías  de  gente  que  de  Ara- 
gón y  Cataluña  debían  llegarle.  Se  habían  dictado  6r- 

1  Crónica  real,  caps.  CLXXI  y  siguiente. 

2  Conde,  parte  4.',  cap.  IV. 

3  Traslada  esta  elegía  la  crónica  real  de  E^pafia,  y  también  Vicei 
Boix  en  los  apéndices  al  piimer  tomo  de  su  Historia  de  Valmcia. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.    VI.   CAP.   IV.      399 

denes  terminantes  para  que  ninguna  partida  saliese  á 
escaramucear  ni  á  merodear,  hasta  tener  todos  más  co- 
nocido el  terreno;  pero  los  almogávares,  en  quienes  era 
una  necesidad  el  combate  y  que  estaban  siempre  mal 
avenidos  con  la  paz  y  el  sosiego,  juzgaron  que  estas 
órdenes  no  rezaban  con  ellos,  y  sólo  esperaron  los  pri- 
meros albores  del  día  para  arrojarse  de  improviso  sobre 
Ruzafa,  en  donde. había  al  parecer  una  fuerte  guarni- 
ción de  sarracenos.  La  refriega  hubo  de  ser  sangrienta, 
porfiado  el  ataque  si  heroica  la  defensa,  y  acaso  les 
hubiera  sido  imposible  á  los  almogávares  mantenerse 
en  la  posición  que  habían  tomado,  á  no  acudir  precipi- 
tadamente el  rey  en  persona  al  frente  de  su  mesnada. 
De  todos  modos,  Ruzafa  se  tomó  y  allí  estableció  Don 
Jaime  su  campo  desde  aquel  momento. 

Hablan  las  crónicas  de  una  salida  sin  resultado  que 
efectuó  Zeyán,  el  rey  moro  de  Valencia,  al  frente  de  400 
caballos  y  10.000  infantes;  pero,  á  pesar  de  ser  tantos 
en  número,  no  se  atrevieron  á  atacar  á  aquel  puñado  de 
cristianos  héroes,  y  volviéronse  á  la  ciudad  sin  haber 
tratado  de  probar  fortuna  y  sin  que  tampoco  fuesen  aco- 
metidos por  el  monarca  aragonés,  el  cual  se  contentó 
con  tener  su  gente  sobre  las  armas  mientras  estuvieron 
los  moros  á  la  vista. 

Fueron  en  esto  llegando  sucesivamente  al  campo  de 
los  sitiadores  los  ricos-hombres  y  milicias  de  Aragón  y 
Cataluña,  como  también  muchos  caballeros  aventure- 
ros de  los  mismos  reinos  de  Francia,  Inglaterra  é  Ita- 
lia, que,  movidos  de  la  fama  del  rey  y  de  su  católica  em- 
presa, acudiieron  voluntariamente  á  ofrecerse.  De  los 
primeros  que  llegaron  fué  Pedro  Amiell,  arzobispo  de 
Narbona,  con  11  caballeros  y  i.ioo  infantes  1,  presen - 

1  Crónica  real.  cap.  CLXX  VI.— Zurita  dice  (lib.  III,  cap.  XXX)  que 
sólo  vino  con  600  infantes  y  40  caballos. 


400 


VÍCTOR  BALAGUER 


tándose  en  seguida  un  socorro  de  ingleses  que  mandó 
su  rey  Enrique  III,  el  gran  maestre  del  Temple  de  Pro- 
venza,  con  buen  número  de  sus  templarios,  y  otros  per- 
sonajes principales  de  las  citadas  naciones  i.  Acudie- 
ron también  los  más  principales  barones  aragoneses  y 
catalanes;  el  obispo  de  Barcelona,  Berenguer  de  Palou, 
llegó  con  6o  caballeros  de  su  linaje  y  de  sus  estados  y 
800  infantes  para  compartir  la  gloría  de  la  campaña  de 
Valencia,  como  había  compartido  la  de  Mallorca  y  la  de 
las  Navas;  el  obispo  de  Lérida,  Berenguer  de  Eríll, 
trajo  consigo  á  muchos  combatientes;  el  de  Zaragoza, 
Bernardo  de  Montagut,  á  todos  los  de  su  familia  y  al- 
curnia; el  arzobispo  de  Tarragona  y  los  obispos  de  Ta- 
razona,  Huesca,  Gerona  y  Tortosa,  se  presentaron  en 
el  real  acompañados  de  buenas  lanzas;  vinieron  el  prior 
de  Santa  Cristina  y  los  comendadores  de  Alcañiz,  de 
Montalván,  de  Oropesa,  de  Uclés  y  de  Calatrava  con 
lucida  caballería;  y  compuestos  de  gente  brava  y  esfor- 
zada se  presentaron  los  tercios  de  Zaragoza,  Barcelo- 
na, Daroca,  Tarazona,  Borja,  Huesca,  Lérida,  Calata- 
yud,  Tortosa  y  Teruel,  ganosos  de  gloria  para  las  se- 
ñeras que  á  su  valor  confiaran  sus  ciudades  2. 

A  medida  que  le  iban  llegando  refuerzos,  estrechaba 
D.  Jaime  el  cerco  y  formaba  sus  líneas  de  circunvala- 
ción. Cuantas  compañías  de  barones  y  milicias  ciuda- 
danas iban  acudiendo,  tomaban  posición  alrededor  de 
Valencia  y  plantaban  sus  tiendas  acercándose  por  gra- 
dos á  la  ciudad,  siendo  los  que  más  cerca  se  pusieron 
los  de  Barcelona,  «que  fueron  por  mar  con  muchas  com- 
pañías, de  gente  de  guerra  muy  en  orden  3«»  Ocupaba 


1  Sas. — Zurita. — Beuter. — D.  Jaime  no  habla  de  más  extranjeros 
que  los  del  arzobispo  de  Narbona. 

2  Escolano. — Sas. — Beuter. 

3  Crónica  real.— ^Zurita. — Dice  un  cronista  que,  al  abarcar  Val« 
cia  dentro  sus  muros  el  sitio  donde  tuvieron  su  campo  los  barceloneses 


HISTORIA  Dfi   CATALUÑA. — LIB.    VI,    CAP.    IV.      4OI 

también  un  puesto  avanzado  el  ex-rey  de  Valencia 
Zeyt  Abu  Zeyt,  que  sabemos  era  ya  cristiano  con  el 
nombre  de  D.  Vicente,  teniendo  á  sus  órdenes  un  cuer- 
po de  jinetes  árabes  de  su  bando.  D.  Jaime  llegó  á 
reunir  al  pie  de  los  muros  de  Valencia,  un  ejército  de 
70.000  infantes  y  2.000  caballos  1. 

Construidos  algunos  manteletes,  dispuesto  un  trabu- 
co y  llegados  á  Tortosa  los  fundíbulos,  se  dio  comienzo 
al  ataque,  y  á  los  rudos  é  incesantes  tiros  de  los  inge- 
nios ^empezaron  á  desmoronarse  las  murallas.  Creyó  el 
rey  oportuno  tentar  un  asalto,  más  con  la  idea  de  pro- 
bar el  ánimo  de  los  sitiados,  que  con  la  creencia  de  con- 
seguir un  feliz  éxito;  y  la  gente  de  Lérida,  que  estaba 
destinada  á  adquirir  en  este  sitio  una  merecida  celebri- 
dad, fué  la  primera  en  trepar  á  la  muralla  con  escalas 
y  en  tratar  de  franquearse  paso  por  la  brecha.  La  resis- 
tencia fué  mayor  de  lo  que  se  esperaba.  Obstinadamente 
se  defendieron  los  moros,  como  hombres  que  luchaban 
y  se  batían  para  no  perder  la  libertad  y  la  patria,  y  una 
y  otra  vez  fueron  rechazados  los  sitiadores ,  que  acaba- 
ron por  retirarse,  no  sin  haber  alcanzado  un  lauro  que 
la  historia  en  general,  y  la  ciudad  de  Lérida  en  particu- 
lar, recordarán  siempre  con  orgullo.  El  monarca  ara- 
gonés, satisfecho  con  el  resultado  de  aquel  asalto,  pues 
le  dio  á  conocer  el  temple  de  los  sitiados,  tomó  enton- 
ces sus  disposiciones  para  prolongar  el  cerco  de  la  pla- 
za, estableciendo  su  cuartel  general  en  Ruzafa,  desde 
donde  podía  más  fácilmente  atender  y  acudir  á  cualquier 
punto  de  la  línea  que  se  viera  amenazado. 

ínterin  proseguían  las  operaciones  del  sitio  é  iba  éste 
adelantándose,  dio  orden  el  rey  á  los  ricos-hombres  Don 
Pedro  Fernández  de  Azagra  y  D.  Jimeno  de  Urrea, 

la  calle  que  alli  se  abrió  fué  llamada  de  Barcelona,  nombre  que  conser- 
va aún. 

1     Boix. — Otros  dicen  que  era  de  60.000  peones  y  l.ooo  caballos. 

TOMO  XI  26 


402  VÍCTOR  BALAGUER 

para  que»  tomando  un  fundibulo  y  las  compañías  de 
gente  que  hubiesen  menester,  marchasen  sobre  Cilla  y 
la  atacasen.  Marcharon,  cercaron  la  plaza  y  rindiéronla 
á  los  ocho  días. 

Hacía  ya  algún  tiempo  que  las  operaciones  del  rey 
se  limitaban  sólo  á  estrechar  el  sitio  é  ir  adelantando 
los  trabajos  de  mina,   comenzando  á  poner  en  grave 
apuro  á  los  defensores  de  Valencia,  cuando  se  presen- 
taron en  las  aguas  del  Grao  doce  galeras  y  seis  zabras, 
que  el  v^alí  de  Túnez  enviaba  al  socorro  de  sus  herma- 
nos valencianos.  Recelando  alguna  emboscada,  que  en 
efecto  les  había  dispuesto  D.  Jaime,  no  desembarcaron, 
y  por  la  noche  encendieron  fuegos  en  sus  galeras  y  to- 
caron sus  atabales  para  ser  vistos  y  sentidos  de  los  de 
la  ciudad,  á  cuya  demostración  correspondieron  éstos 
con  otro  toque  de  tambores  y  con  encender  grandes 
hogueras  en  las  murallas.  Lejos  el  Conquistador  de  mos- 
trar el  menor  recelo  á  la  vista  de  la  flota,  mandó,  por 
el  contrario,  prender  fuego  á  muchas  hogueras  estable- 
cidas de  trecho  en  trecho  por  toda  la  línea  de  circunva- 
lación, y  arrojar  á  la  ciudad  y  á  sus  fosos  haces  de  leña 
encendidos,  á  guisa  de  proyectiles  incendiarios.  Al  pro- 
pio tiempo  comunicó  aviso  por  toda  la  costa  hasta  Tor- 
tosa  y  Tarragona,  para  que  acudiese  la  flota  catalana. 

Al  presentarse  ésta,  la  tunecina,  que  había  permane- 
cido dos  días  á  la  vista  de  los  reales,  se  hizo  otra  vez  á 
la  mar,  dirigiendo  el  rumbo  hacia  Peñíscola,  cuyo  cas- 
tillo quisieron  sorprender  los  moros;  pero  no  lo  consi- 
guieron, por  la  actividad  y  vigilancia  de  los  dos  caballe- 
ros encargados  de  su  defensa,  Fernando  Pérez  de  Pina 
y  Fernando  Abones.  Efectuaron  éstos  una  salida  contra 
los  tunecinos  que  habían  desembarcado  y  les  vencieron, 
dando  muerte  á  17,  haciendo  algunos  cautivos  y  obli- 
gando á  los  demás  á  reembarcarse  precipitadamente. 

Con  la  flota  catalana,  que  salió  de  Tortosa,  com- 


f-l': 


HISTORIA   DE  CATALUÑA. — LIB.   VI.    CAP.    IV.       4O3 

puesta  de  21  velas^  llegaron  al  campamento  abundantes 
provisiones  de  toda  clase  de  comestibles;  habilitáronse 
tiendas  para  la  venta,  y  como  habían  acudido  especie- 
ros de  Lérida  y  de  Montpeller,  se  compraba  y  se  vendía 
de  todo. 

La  pronta  desaparición  de  los  tunecinos  dio  un  golpe 
de  muerte  á  la  confianza  de  lo^  valencianos,  los  cuales, 
privados  ya  de  todo  socorro,  acosados  por  el  hambre, 
devorados  por  la  peste,  que  llenaba  de  lágrimas  y  de 
luto  á  todas  las  familias,  y  reducidos  á  comer  los  más 
asquerosos  animales,  por  la  aglomeración  excesiva  de 
gentes  que  se  habían  encerrado  en  la  ciudad,  no  perdían 
por  esto  el  valor,  y  resistían  obstinadamente  los  asaltos 
continuos  y  multiplicados  de  los  cristianos  i .  Las  má- 
quinas de  éstos  disparaban  sin  cesar;  no  pasaba  día  sin 
que  mediase  ataque  por  parte  de  los  sitiadores  ó  de  los 
sitiados^  y  á  veces  torneaban  y  lidiaban  los  caballeros 
como  en  un  palenque.  Un  día,  en  una  de  estas  frecuen- 
tes embestidas,  perdieron  los  moros  la  puerta  de  Xerea, 
por  la  cual  lograron  penetrar  en  la  plaza  hasta  ico  ca- 
balleros de  los  nuestros,  dando  muerte  á  i5  moros  que 
valerosamente  trataban  de  defender  el  paso. 

Pocos  días  después  de  este  suceso,  verificaron  los  si- 
tiados una  impetuosa  salida,  y  atacaron  audazmente  á 
las  compañías  francesas  que  mandaba  el  arzobispo  de 
Narbona.  Estos  cruzados,  que  habían  tremolado  el  es- 
tandarte de  la  fe  sobre  la  cumbre  de  Sión,  al  decir  del 
moderno  cronista  de  Valencia,  sostuvieron  con  valor  el 
choque  de  la  caballería  valenciana,  la  cual  aparentó  que 
cedía,  fingiendo  una  retirada  para  ser  perseguida  por 
los  franceses,  al  objeto  luego  de  cargar  sobre  ellos  cuan- 
do estuvieran  cerca  de  los  muros.  Era  la  táctica  parti- 
cular de  los  sarracenos,  pero  no  estabanjprácticos  en  ella 

1     Vicente  Boix,  en  su  Historia  de  Valencia. 


404 


VÍCTOR  BALAGUER 


los  franceses,  y  se  dejaron  engañar.  D.  Jaime  conocift 
la  celada  que  se  les  tendía,  y  envióles  orden  para  que 
desistiesen  de  la  persecución,  é  hiqiesen  alto;  pero  des- 
preciaron ellos  el  aviso,  y  el  rey  entonces  acudió  en  per- 
sona para  hacerles  retroceder. 

Habíalo  ya  conseguido  y  regresaba  al  real  con  ellos, 
cuando,  volviendo  la  cabeza  para  mirar  á  la  ciudad  y  i 
las  numerosas  fuerzas  que  de  ella  salían,  un  ballestero 
moro  que  andaba  por  los  adarves  le  arrojó  una  saeta 
que,  hendiendo  rápidamente  los  aires,  fué  á  atravesar  el 
casco  de  suela  que  llevaba  el  monarca,  hiriéndole  en  la 
cabeza  cerca  de  la  frente.  «No  fué  la  voluntad  de  Dios 
que  nos  pasase  de  parte  á  parte,  dice  él  mismo,  pero  se 
nos  clavó  más  de  la  mitad  de  la  saeta,  de  modo  que  en 
el  arrebato  de  cólera  que  nos  causó  la  herida,  con  nues- 
tra propia  mano  dimos  al  arma  tal  tirón,  que  la  que- 
bramos. Chorreábanos  entonces  por  el  rostro  la  sangre 
de  la  herida;  teníamos  que  enjugárnosla  con  un  pedazo 
de  cendal  que  traíamos,  y  con  todo  íbamos  riendo  paira 
que  no  desmayase  el  ejército,  y  así  nos  entramos  en 
nuestra  tienda.  Se  nos  entumeció  desde  luego  la  cara  y 
se  nos  hincharon  los  ojos  de  tal  manera^  que  hubimos 
de  estar  cuatro  ó  cinco  días  teniendo  enteramente  pri- 
vado de  la  vista  el  del  costado  en  que  habíamos  recibida 
•  la  herida;  mas  tan  presto  como  hubo  calmado  la  hin- 
chazón, montamos  otra  vez  á  caballo  y  recorrimos  el 
campo  para  que  todos  cobrasen  buen  ánimo  i.» 

Iba  apretando  el  cerco,  y  á  medida  que  en  la  defensa 
aumentaba  la  rabia  de  la  desesperación,  acrecentábase 
la  fe  de  la  victoria  en  los  sitiadores.  Esto  hacia  que  los 
combates  se  sucediesen  y  que  se  trabasen  luchas  obsti- 
nadas  en  que  ni  por  una  ni  por  otra  parte  había  cuartel 
ni  misericordia.  Cierto  día  reuniéronse  varios  nobles 


1     Crónica  real,  cap.  CLXXXI. 


r'"-; 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.   VI.    CAP.    IV.      4O5 

aragoneses:  Pedro  Cormel,  que  era  gobernador  de  Bu- 
rriana;  Jimeno  de  Urrea,  maestresala  del  rey;  Pardo,  su 
copero;  Pertusa,  su  caballerizo  mayor,  y  Femando  Pérez 
de  Pina,  el  defensor  de  Peñiscola,  y,  sin  participárselo  á 
D.  Jaime,  convinieron  en  atacar  y  apoderarse  de  una 
torre  contigua  á  la  puerta  de  la  Boatella,  poniendo  á 
este  fin  sus  gentes  en  movimiento  i .  Llegó  la  hora  se- 
ñalada, y  á  la  voz  de  Cornel  se  dio  principio  al  asalto. 
Si  brioso  fué  el  ataque,  fué  calurosa  la  defensa.  Los  nues- 
tros se  vieron  obligados  á  retirarse  después  de  haber  de- 
jado un  montón  de  cadáveres  al  pie  de  aquella  torre  que 
en  vano  habían  proyectado  tomar. 

Pesóle  al  rey  de  que,  sin  consultarle,  se  hubiese  prin- 
cipiado aquella  empresa,  pero  trató  de  continuarla,  y 
<üsponiéndolo  todo  para  un  nuevo  asalto,  hizo  avanzar 
su  hueste  al  lucir  el  sol  del  siguiente  día  con  la  orden 
de  no  retirarse  hasta  haber  tomado  la  torre.  También 
fué  obstinada  la  defensa.  «Los  moros  combatieron  tan 
valerosamente  como  nadie  hubiera  podido  hacerlo,»  dice 
el  rey  prestando  un  tributo  de  justicia  á  sus  enemigos. 
A  pesar  del  acierto  de  nuestros  ballesteros  y  de  los  es- 
tragos que  hacían  los  ingenios,  los  defensores  del  fuerte 
no  quisieron  entregarse.  Hubo  necesidad  de  prender 
fuego  á  la  torre,  y  cuando  los  moros,  aterrados  por  las 
llamas  que  se  alzaban  devoradoras,  pidieron  capitula- 
ción, ya  no  fué  posible  otorgársela.  Perecieron  allí  abra- 
sados, sirviéndoles  de  honrosa  sepultura  las  humeantes 
ruinas  de  aquella  torre  tan  valientemente  atacada  como 
heroicamente  defendida. 

Pasado  era  un  mes  desde  el  acontecimiento  que  se 
acaba  de  referir,  sin  que  ocurriera  suceso  alguno  de 
importancia,  cuando  á  mediados  de  Setiembre  se  pre- 


1     Boix. — D.  Jaime  en  su  crónica  no  cita  más  caballeros  que  los  de 
Cornel  y  de  Urrea. 


406  VÍCTOR   BALAGUER 

sentó  al  rey  un  mercader  sarraceno,  el  cual  le  d¡6  no- 
ticias de  la  triste  situación  en  que  se  hallaban  los  si- 
tiados, manifestándole  que  les  había  descorazonado  la 
partida  de  las  galeras  tunecinas,  el  incendio  de  la  to- 
rre de  Boatella  y  el  ver  que  cada  día  se  presentaba  más 
gente  á  reforzar  el  campo  cristiano.  En  vista  de  esto, 
el  mercader  opinaba  que  Valencia  no  tardaría  en  ren- 
dirse. 

No  tardó  efectivamente  en  cumplirse  el  aviso  del  mer- 
cader. Un  día,  1 5  antes  de  la  vigilia  de  San  Miguel,  se- 
gún la  crónica  real,  se  presentó  á  D.  Jaime  aquel  mis- 
mo Alí  Albatá,  literato,  de  quien  ya  se  ha  hecho  men- 
ción, y  le  propuso  recibir  á  un  embajador  de  Zeyán  á 
fin  de  tratar  las  bases  de  la  capitulación.  Plúgole  al  rey, 
y  después  de  haberlo  consultado  con  la  reina  Doña  Vio- 
lante, que  estaba  en  el  campamento,  despachó  favorable- 
mente al  mensajero  moro,  sin  decir  nada  á  ninguno  de 
sus  barones,  persuadido  de  que  muchos  de  ellos,  según 
él  mismo  cuenta  en  su  crónica,  antes  preferían  ver  á 
Valencia  en  poder  de  los  moros  que  en  manos  de  los 
cristianos,  por  la  utilidad  que  les  daban  las  parias  y 
tributos  que  cada  uno  de  por  sí  procuraba  sacar  de  los 
jeques  y  gobernadores.  D.  Jaime  en  esta  ocasión  no  pi- 
dió más  parecer  que  el  de  la  reina,  señora  de  gran  es- 
píritu y  de  levantados  pensamientos,  buena  esposa  y 
buena  consejera  para  el  rey. 

Refieren  las  crónicas,  que  ínterin  tenía  lugar  la  tre- 
gua y  esperaba  el  rey  terminar  las  negociaciones  prin- 
cipiadas, salieron  de  la  plaza  dos  caballeros  sarracenos 
y  pidieron  tornear  con  otros  dos  del  ejército  cristiano. 
D.  Jimeno  Pérez  de  Tarazona  y  D.  Pedro  Clariana  acu- 
dieron al  palenque  para  correr  lanzas  con  ellos,  y  hubo 
de  cada  parte  un  vencedor  y  un  vencido,  si  bien  el  rey 
dice  en  su  historia,  con  aquella  su  admirable  caracte- 
rística sencillez,  que  si  Pérez  de  Tarazona  fué  vencido, 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.   VI.    CAP.   IV.       407 

debía  atribuirse  á  castigo  de  Dios  por  ser  hombre  de 
mala  vida  y  de  costumbres  desarregladas. 

Llegó  en  esto  al  campo  el  embajador  Abulhamalec 
(Abu  El  Malek  acaso)  en  compañía  de  aquel  sarraceno 
que  saliera  vencedor  en  la  justa  de  la  víspera  y  de  otros 
diez  caballeros,  todos  lujosamente  engalanados,  jinetes 
en  soberbios  caballos.  Tuvo  D.  Jaime  con  él  una  con- 
ferencia secreta,  á  la  que  no  asistió  otra  persona  que  la 
reina,  y  después  de  haberse  expuesto  en  esta  entrevista 
los  motivos  de  queja  que  tenían  los  dos  jefes  de  ambos 
pueblos,  convinieron  en  las  bases  de  la  capitulación, 
bases  que,  después  de  algunas  modificaciones  hechas  y 
aceptadas  en  una  segunda  conferencia,  dieron  por  resul- 
tado el  siguiente  convenio  que  así  dice  traducido  del 
latín  1: 

«Nos  Jaime,  por  la  gracia  de  Dios  rey  de  Aragón  y 
»de  Mallorca,  conde  de  Barcelona  y  de  Urgel,  y  señor 
•de  Montpeller,  os  prometemos  á  vos  Zeyán,  nieto  del 
•rey  Lupo  é  hijo  de  Modef,  que  tanto  vos  como  los  de- 
»más  moros,  así  varones  como  hembras,  que  quieran 

•  salir  de  Valencia,  puedan  efectuarlo  salvos  y  seguros 
»con  sus  armas  y  ropas  y  todos  los  bienes  muebles  que 

•  quieran  llevar  consigo,  bajo  nuestra  fe  y  guiaje,  desde 

•  que  salgan  de  la  ciudad  hasta  pasado  el  vigésimo  día 
•de  su  salida.  También  queremos  y  concedemos  que 
•todos  los  moros  que  quieran  permanecer  dentro  los 
•confínes  de  Valencia,  permanezcan  bajo  nuestra  fe  sal- 
•vos  y  seguros,  entendiéndose  con  los  dueños  de  las 
•heredades.  Aseguramos  asimismo  y  damos  firmes  tre- 
»guas,  en  nuestro  nombre  y  en  el  de  nuestros  vasallos, 
•que  de  este  día  á  siete  años  no  haremos  por  mar,  ni 
•permitiremos  que  se  haga,  ningún  mal,  daño  ni  gue- 

1  £1  original  de  esta  traducción  existe  en  el  archivo  de  la  Corona 
de  Aragón. 


408  VfCTOR   BALAGÜER 

»rra  en  Denia,  ni  en  Cullera,  ni  en  sus  tierras;  y  si  asi  por 
«atentado  y  fuerza  alguno  de  nuestros  vasallos  y  hom- 
»bres  lo  hiciese  ^  le  haremos  dar  enmienda  integra,  se- 
»gún  el  mal  que  hubiese  hecho.  Y  para  que  estas  cosas 
»sean  atendidas ,  cumplidas  y  observadas ,  lo  juramos 
•Nos  personalmente,  y  lo  hacemos  jurar  á  D.  Feman- 
»do,  infante  de  Aragón,  tío  nuestro;  y  á  D.  Ñuño  San- 
»chez,  deudo  nuestro  consanguíneo;  y  á  D.  Pedro  Cor- 
onel, mayordomo  del  reino  de  Aragón;  y  á  D.  Pedio 

•  Fernández  de  Azagra,  D.  García  Romeu,  D.  Rodrigo 
•de  Lizana,  D.  Artal  de  Luna,  D.  Berenguer  de  En- 
•tenza,  D.  Guillermo  de  Entenza-,  D.  Atorella,  D*  An- 
•saldo  de  Gudar,  D.  Fortuny  Aznárez  y  D.  Blasco 
•Maza,  y  á  Roger,  conde  de  Pallas,  y  á  Guillermo  de 

•  Montecatano  (Moneada),  y  á  R.  Berenguer  de  Ager, 
•y  G.  de  Cervilione  (Cervellón),  y  Berenguer  de  Erill, 
•y  R.  G.  de  Odena,  y  Pedro  de  Queralt,  y  Guillermo 
•de  Sant  Vicens  i.  También  Nos  P.  por  la  gracia  de 

•  Dios  arzobispo  de  Narbona,  y  P.  arzobispo  de  Tarra- 
•gona;  y  Nos  Berenguer,  obispo  de  Barcelona,  P.  obis- 
•po  de  Zaragoza,  V.  de  Huesca,  G.  deTarazona,  Ex.de 
•Segorbe,  P.  de  Tortosa,  y  V.  de  Vich,  prometemos 
•que  lo  antedicho  haremos  cumplir  y  atender  de  buena 
•fe,  en  cuanto  sea  de  nuestro  poder. 

•Y  yo  Zeyán,  rey  nombrado,  os  prometo  á  vos  Jal- 
óme, por  la  gracia  de  Dios  rey  de  Aragón,  que  os  en- 
•tregaré  y  devolveré  todos  los  castillos  y  villas  situados 
•en  esta  parte  del  Júcar,  dentro  los  referidos  veinte  días, 
•excepto  las  dos  plazas  de  Denia  y  Cullera. — Dado  en 
•Ruzafa  in  obsidione  Valentie  á  iv  de  las  kalendas  de 

1  Por  esta  escritura  se  puede  venir  en  conocimiento  de  los  priDci- 
pales  barones  asi  aragoneses  como  catalanes  que  asistieron  al  sitio  de 
Valencia.  Obsérvese  en  ella  que  los  nombres  aragoneses  van  precedido; 
del  Don,  lo  cual  no  sucede  en  los  nombres  catalanes.  Sabido  es  que  és- 
tos usaban  el  £n  equivalente  al  Do»  castellano. 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.   VI.    CAP.    IV.       4O9 

•Octubre,  era  MCCLXXVI  (28  de  Setiembre  de  I238). 
•Sellado  por  Guillermo,  escribano,  quien,  por  mandato 
•real,  y  por  veces  de  D.  Berenguer,  obispo  de  Barcelo- 
•na,  canciller  del  rey,  extendió  esta  escritura  en  el  lu- 
•gar,  día  y  era  citados.» 

Antes  de  que  se  formalizara  esta  escritura,  pero  cuan- 
do ya  estaban  cerrados  los  tratos  y  habían  tenido  lugar 
las  entrevistas  de  D.  Jaime  y  de  su  esposa  con  el  em- 
bajador del  moro,  el  monarca  aragonés,  que  hasta  en- 
tonces se  mantuviera  reservado ,  envió  á  buscar  á  los 
prelados  y  ricos-hombres  y  también  al  arzobispo  de  Nar- 
bona.  Llegados  todos  á  su  presencia,  les  refirió  cómo 
ya  estaban  acordadas  las  bases  de  la  capitulación  y  cómo 
Valencia  era  ya  suya;  ty  no  bien  pronunciamos  tales 
palabras,  dice  él  mismo  en  su  historia,  D.  Ñuño,  Don 
Jimeno  de  Urrea,  D.  Pedro  Fernández  de  Azagra  y 
D.  Pedro  Comel  perdieron  la  color,  lo  propio  qué  si  se 
les  hubiese  herido  en  el  corazón  i . »  En  efecto,  no  fal- 
taban muchos  caballeros,  y  entre  ellos  los  citados  sin 
duda,  que  se  hallaban  en  connivencia  con  varios  perso- 
najes notables  de  Valencia  para  prolongar  el  sitio  y  ale- 
jar al  rey  de  Aragón  de  tan  gloriosa  empresa  2.  A  ex- 
cepción de  los  dos  arzobispos  de  Tarragona  y  Narbona 
y  de  algunos  prelados,  quienes  manifestaron  agradecer 
á  Dios  aquel  insigne  servicio,  los  demás  caballeros  se 
mantuvieron  mudos,  pidieron  explicaciones  al  rey,  y  sólo 
demostraron  alegrarse  cuando  vieron  que  todo  estaba 
hecho  y  resuelto  3. 

1  Crónica  real,  cap.  CXC. 

2  Boix  en  su  Historia  de  Valencia^  pág.  145  del  tomo  I. 

3  Sas,  en  su  Historia  de  Aragón  (reinado  de  D.  Jaime),  cuenta  el 
hecho  de  distinta  manera.  Después  de  haber  manifestado  que  los  nobles 
00  se  dieron  aquel  día  por  satisfechos  y  que  se  alejaron  de  la  sala  del 
consejo  enojados  con  el  rey,  dice  que  éste  los  reunió  otro  dia,  y  pone  en 
boca  de  D.  Jaime  un  discurso  en  que  les  da  cumplida  satisfacción  y  les 


4IO  VÍCTOR  BALAGÜER 

A  los  tres  días,  los  mismos  sarracenos,  en  cumpli- 
miento del  tratado,  enarbolaron  el  estandarte  real  de 
Aragón  en  la  torre  de  Alibufat,  que  actualmente  se  lia-  \ 
ma  del  Temple  6  del  Cid,  para  hacer  ver  que  ya  la  ciu- 
dad había  cambiado  de  señores;  y  se  cuenta  que^  ape- 
nas se  fijaron  los  ojos  de  D.  Jaime  en  aquella  su  victo- 
riosa bandera  flotante  sobre  las  torres  de  la  ciudad  ven- 
cida, se  apeó  del  caballo  que  á  la  sazón  montaba,  se 
postró  de  rodillas  y  besó  el  suelo  con  la  más  profunda 
humildad  por  la  merced  que  Dios  le  hacía,  poniendo  en 
sus  manos  aquel  territorio  que  llamaban  los  árabes  ur- 
gel  y  delicia  de  la  tierra. 


CAPITULO  V. 

Se  presentan  al  rey  embajadores  de  Italia  solicitando  su  apoyo  para  de» 
fender  la  causa  de  la  Iglesia. — Emigración  de  los  moros  valendanos. 
— Repartimiento  de  casas  y  tierras. — Algunos  de  los  caballeros  here- 
dados en  Valencia. — Trescientas  doncellas  de  Lérida  son  enviadas  á 
poblar  la  tierra  de  Valencia. — Conquista  de  varios  pueblos. — Jornada 
del  vizconde  de  Cardona  en  tierra  de  Murcia. — Intentan  vanamente 
apoderarse  de  Villena  y  Sax. — Constitución  de  Valencia.— Quiénes 
contribuyeron  á  la  redacción. — Obispado  de  Valencia. — Parte  el  rey 
á  Montpeller. 

(1238  Y   1239.) 

Preciso  es  dar  cuenta,  antes  de  pasar  más  adelante, 
de  una  embajada  que  el  rey  D.  Jaime  recibió  hallándo- 
se en  lo  más  recio  del  sitio.  Vinieron  á  él,  por  encargo 
del  papa  Gregorio  IX,  embajadores  de  varias  ciudades 
de  Italia  suplicándole  que  pasase  á  dicha  nación  para 

hace  muchas  ofertas.  Se  me  figura,  sin  embargo,  que  es  un  disc  o 

apócrifof  y  que  está  visiblemente  exagerado  todo  lo  que  sobre  este  p  o 

refíere  Sas,  pues  no  guarda  armonía  ni  con  la  crónica  real  ni  con  ie 
Marsilio,  ni  siquiera  con  Zurita. 


r" 


mSTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.    VI.    CAP.    V.        4II 

proteger  y  apoyar  la  causa  de  la  Iglesia  contra  el  em- 
perador Federico  que  la  combatía.  Se  llegó  á  firmar  un 
convenio  entre  el  rey  y  los  embajadores,  según  el  cual 
aquél  se  obligaba  á  pasar  á  Italia  en  persona,  acompa- 
ñado de  2.000  caballeros,  para  guerrear  contra  el  empe- 
rador; y  los  embajadores  se  comprometían  á  dar  á  Don 
Jaime  para  su  pasaje  i5o.ooo  libras  en  moneda  del 
imperio,  y  cada  año,  durante  todo  el  tiempo  de  su  vida, 
los  derechos  y  rentas  que  solían  tener  los  emperadores 
en  Lombardía,  eligiéndole  por  su  señor,  defensor  y  go- 
bernador, con  juramento  de  fidelidad,  mientras  viviese. 
Como  testigos  de  este  convenio,  al  cual  concurrió  tam- 
bién con  sus  consejos  la  reina  Doña  Violante,  aparecen 
Vidal  de  Cañellas,  obispo  de  Huesca;  Bernardo  de  Mon- 
tagut,  obispo  de  Zaragoza;  Bernardo,  obispo  de  Vich; 
Jimeno,  obispo  de  Segorbe;  el  maestre  del  Hospital,  y 
los  caballeros  D.  Jimeno  de  Urrea  y  D.  Rodrigo  de 
Lizana.  La  expedición  del  rey  á  Italia  no  se  efectuó, 
sin  embargo,  ó  porque  le  importaba  más  atender  á  sus 
negocios  del  interior  que  á  los  del  exterior,  6  porque  no 
convino  á  su  política,  ó  por  haber  cambiado  de  aspecto 
las  cosas  de  aquella  nación.  Quizá  influyó  un  poco  cada 
causa  de  éstas. 

Volvamos  ahora  á  reanudar  nuestra  reseña.  Hermoso 
día  fué  para  la  Corona  de  Aragón  aquél  en  que  sus 
armas  victoriosas  penetraron  en  Valencia.  Los  moros 
se  dieron  tal  prisa  á  salir,  deseosos  sin  duda  de  abando- 
nar aquella  tierra  que  ya  no  era  suya,  que  en  vez  de 
verificarlo  al  quinto  día,  según  el  convenio,  estuvieron 
ya  dispuestos  del  todo  al  tercero.  Pundonoroso  y  caba- 
llero, fué  D.  Jaime  con  varios  nobles  y  gente  armada  á 
buscar  á  los  que  emigraban  para  servirles  de  escolta ,  y 
como  algunos  de  la  soldadesca  del  campamento  inten- 
taran quitar  el  equipaje  á  los  sarracenos  y  robarles  al- 
guna mujer,  el  monarca  aragonés  vióse  precisado  á  he- 


412 


VÍCTOR  BALAGUSR 


rir  á  varios  haciéndoles  soltar  su  presa,  tomando  tan 
acertadas  y  ñrmes  disposiciones,  que,  no  obstante  serl 
tanto  el  gentío  que  salía  de  Valencia,  pues  que  entie 
hombres  y  mujeres  pasaban  de  So.boo,  no  perdieron 
los  que  marchaban  ni  por  el  valor  ^e  i.ooo  sueldos,  yj 
llegaron  seguros  á  Cullera,  para  donde  les  dieiti  el 
salvo-conducto. 

Asi  fué  á  buscar  aquella  multitud  otra  patria,  notaaj 
bella  quizá  como  la  de  Valencia,  derramándose  por 
Almería  y  Granada,  recogiéndose  unos  en  Denia^  otros 
en  Cullera,  y  pasando  algunos  al  África,  quedándose] 
bastantes  en  las  cercanías  de  la  capital ,  dedicados  á  la! 
agricultura,  que  desde  entonces  ha  hecho  célebre  lij 
Huerta  de  Valencia^  y  permaneciendo  paciñcamenteeai 
este  país  hasta  su  completa  expulsión  en  tiempo  de  Fe-j 
Upe  III  1 . 

Después  de  haber  acompañado  el  rey  á  Zeyányij 
su  gente,  hasta  dejarles  camino  de  Cullera,  entr6en 
Valencia  á  tomar  posesión  de  la  ciudad,  y  entregó,  se- 
gún costumbre  y  fuero,  su  escudo,  sus  espuelas  y  d 
freno  de  su  caballo  á  Juan  Pertusa,  rosellonés,  que  era 
entonces  su  caballerizo  mayor,  y  que  asistió  á  la  con- 
quista con  un  tercio  ó  bandera  de  gente  escogida  2. 


1  Vicente  Boix,  tomo  I,  pág.  146. 

2  Parece  que  estos  objetos  Tueron  pronto  depositados  en  la  que  fae 
luego  capilla  de  San  Dionisio,  que  perteneció  á  la  familia  de  los  Per* 
tusa,  obligándose  el  cabildo,  en  1 1  de  Julio  de  1316,  á  colocar,  por  con* 
sentimiento  de  Mossén  Francesch  de  Pertusa ,  el  escudo  de  esta  casa  y 
demás  insignias  recibidas  del  rey  P.  Jaime ,  en  una  columna  del  akar 
mayor  de  la  catedral,  al  lado  del  Evangelio,  donde  subsisten  aún. 
(Véase  á  Boix  en  su  Historia  de  Valencia.)  En  las  trovas  de  Fcbrerse 
lee  lo  siguiente,  á  propósito  de  este  hecho: 

Lo  escut  cuartejat  ab  trinchet  y  pera 
en  los  campa  daurats  es  de  Joan  Pertusa, 
que  de  RoseI16  vingué  k  la  frontera 
contra  els  sarrahins,  ab  una  bandera 
de  soldats  experts,  ab  que  no  se  escusa 


HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.    VI.   CAP.   V.       413 

Inmediatamente  se  pasó  á  repartir  las  casas  entre  el 
arzobispo  de  Narbona,  'los  obispos,  los  nobles,  los  caba- 
lleros que  tenían  patrimonio  señalado  en  tal  término,  y 
luego  los  comunes  de  las  ciudades ,  á  cada  cual  según 
era  su  compañía  y  los  hombres  de  armas  que  allí  tenían. 
A  este  reparto  siguió  el  de  las  tierras,  nombrando  el  rey 
en  clase  de  repartidores  á  D.  Ansaldo  de  Gudar  y  Don 
Jimeno  Pérez  de  Tarazona;  nombramiento  que  disgustó 
á  los  barones  en  general,  eligiendo  entonces  D.  Jaime 
á  los  obispos  de  Barcelona  y  Huesca,  Berenguer  de  Pa- 
lou  y  Vidal  de  Cañellas ,  y  á  los  nobles  Pedro  Fernán- 
dez de  Azagra  y  Jimeno  de  Gurrea.  Éstos,  sin  em- 
bargo, al  ver  las  dificultades  que  se  ofrecían,  hicieron 
renuncia  de  su  cargo,  y  volvió  entonces  á  confiarlo  el 
rey  á  los  dos  primeros  nombrados,  dándoles  instruc- 
ciones con  que  poder  llevarlo  á  cabo.  El  repartimiento 
pudo  por  fin  hacerse  á  satisfacción  de  todos,  habiéndo- 
se reducido  las  yugadas  de  tierra  á  seis  cahizadas  cada 
una,  y  verificándose  el  repartimiento  entre  38o  caba- 
lleros de  Aragón  y  Cataluña,  á  los  cuales  y  á  sus  des- 
cendientes se  llamó  de  allí  en  adelante  Caballeros  de 
conquista. 

Entre  éstos  figuraban,  y  es  nota  curiosa  que  traslado 
por  deberla  á  un  laborioso  escritor  i ,  Berenguer  de 
Entenza,  que  obtuvo  la  baronía  de  Chiva;  Diego  Cres- 
pí,  el  lugar  de  Sumacárcel;  Juan  Caro,  el  de  Mogente; 
Pedro  Artes,  el  de  Ortells;  Jaime  Zapata,  de  Calata- 
yud,  el  de  Sella;  Lope  de  Esparza,  el  de  Benafer;  Hugo 
de  FenoUet,  el  de  Genovés;  Alfonso  Garcés,  el  de  Mas- 

lo  rey  vostre  pare  per  moltas  rabona 

donarli  lo  offici  de  cavalleríx. 

Cnant  eatr&  en  Valencia,  lo  eacut  y  espolons 

lo  fre  del  cavall,  que  son  provisions 

del  que  té  lo  offici,  li  don&  itliz 

Detxantho  en  la  Seu,  cuben  de  un  terliz. 

1    D.  José  Maria  Zacarés. 


414  VÍCTOR   BALAGUER 

carell;  Jaime  Montagut,  el  de  Tous  y  Carlet;  Sancho  de 
Pina,  el  de  Benidoleig;  Bernardo  Vilarig,  los  de  Cirat, 
el  Tormo  y  Villafranqueza;  Juan  Valseca,  el  de  Parcent; 
Pedro  Valeriola,  el  de  Beniferri,  y  así  otros  muchos  que 
no  es  de  este  momento  enumerar. 

Afirman  reputados  cronistas,  y  hay  que  darles  crédito 
aun  cuando  no  citen  documento  alguno  que  lo  refiera, 
pues  su  relato  está  conforme  con  la  tradición,  que  para 
cumplir  el  rey  á  los  de  Lérida  la  promesa  que  les  hizo 
de  aventajado  premio  por  haber  sido  los  que  primero 
aportillaron  el  muro  y  subieron  al  asalto,  les  concedió 
que  de  Lérida  y  de  su  distrito  llevasen  á  Valencia  3oo 
doncellas,  á  las  cuales,  allí  llegadas,  dotó  y  casó  el 
rey  con  los  principales  soldados  del  ejército  para  poblar 
la  tierra  y  la  capital  que  la  casi  completa  expatriación 
de  los  moros  dejó  desierta  1.  Lo  cierto  es  que  comenzó 

1  La  tradición  es  efectivamente  terminante  en  este  punto  y  está 
apoyada  por  un  monumento  de  piedra.  En  la  catedral  de  Valencia,  cuya 
primera  piedra  se  puso  en  1 262,  hay  una  puerta  que  se  llama  del  Múh 
y  vulgarmente  del  Arzobispo,  notable,  á  más  de  su  antigüedad  y  belleza 
arquitectónica,  por  I4  bustos  en  relieves,  siete  de  hombre  y  siete  de  mu- 
jer, que  adornan  su  cornisa,  y  que  allí  están  todavía  subsistentes,  como 
de  ello  se  ha  podido  enterar  el  autor  de  esta  obra.  Se  dice  que  represen- 
tan los  siete  matrimonios  que  fueron  á  Valencia,  inmediatamente  después 
de  la  conquista,  acompañando  á  las  300  doncellas  recogidas  en  Lérida  y 
sus  cercanías.  Entre  cabeza  y  cabeza,  una  de  hombre  y  otra  de  mujer, 
se  hallan  sus  nombres  grabados  en  la  forma  siguiente,  que  traslado  con 
la  traducción  que  me  ha  sido  dada  por  Boix: 

1  .*    En  P.  am  na  M.  sa  muller.  (En  Pedro,  con  Na  María  su  mujer.) 

2."     En  G.  am  na  B.  sa  muller,  (En  Guillen,  con  Na  Berengueh 
su  mujer.) 

S.**    B.  am  na  Dolza  sa  muller,  (Bernardo,  con  Na  Dulce  su  mujer.) 

4.*     Bertrán  am  na  Ber enguera  sa  muller.  (Beltrán,  con  Na  Beren- 
guela  su  mujer.) 

5.'     D.  am  na  Ramona  sa  muller,  (Domingo,  con  Na  Ramona  su 
mujer.) 

6.'     F.  am  na  Ramona  sa  muller.  (Francisco,  con  Na  Ramona 
mujer.) 


r^' 


u 
HISTORIA   DE   CATALUÑA. — LIB.    VI.    CAP.    V.       415 

entonces  á  repoblarse  Valencia,  su  huerta  y  pueblos  li- 
mítrofes por  la  afluencia  de  gentes  de  Aragón  y  Cata- 
luña, habiendo  quedado  en  realidad  memoria  de  muchas 
&inilias  leridanas  que  allí  pasaron  por  aquel  tiempo,  y 
permaneciendo  también  la  huerta  habitada  en  gran  parte 
por  lo^  moros,  cuya  habilidad  y  práctica  en  la  agricul- 
tura se  dice  que  era  muy  admirada  entre  los  vencedo- 
res, avezados  únicamente  al  ejercicio  de  las  armas. 

A  la  rendición  de  Valencia ,  dice  el  cronista  Boix  en 
su  historia,  siguieron  las  conquistas  sucesivas  que  hi- 
cieron los  caudillos  cristianos,  empleando  unas  veces  la 
fuerza,  otras  la  persuasión;  de  modo  que  6.000  hombres 
divididos  en  tres  cuerpos  sujetaron  en  poco  tiempo  á 
Murviedro,  Onda,  Naquera,  Begis,  Artana  y  demás  pue- 
blos que  aún  permanecían  armados  en  la  ribera  del  Mi- 
jares. La  segunda  división  se  apoderó  de  Liria,  Alpuen- 
te,  Andilla,  Chelva  y  Chulilla,  mientras  el  tercer  cuerpo 
consiguió,  sin  efusión  de  sangre,  la  rendición  de  Riba- 
rroja,  Villamarchante,  Pedralva,  Gestalgar  y  Bena- 
guacil. 

Próximo  estaba  á  terminar  el  año  I238,  cuando  llegó 
á  Valencia  el  vizconde  de  Cardona,  Ramón  Folch,  lle- 
vando en  su  compañía  unos  5o  caballeros  entre  hidalgos 
de  su  linaje  y  vasallos,  y  presentándose  al  rey,  pidióle 
permiso  para  verificar  una  expedición  á  la  provincia  de 
Murcia,  que  gobernaba  Alí,  hijo  de  Aben  Hud.  Plúgole 
al  rey  conceder  el  permiso,  y  entonces  el  vizconde  de 
Cardona  y  los  suyos  partieron  para  aquella  jornada 
acompañados  de  Artal  de  Alagón,  hijo  de  D.  Blasco, 
quien  tenía  muy  conocida  aquella  tierra  «por  haber  es- 
tado allí  en  otro  tiempo,»  dice  D.  Jaime  en  su  historia, 
lo  cual  me  hace  sospechar  que  sería  este  caballero  aquel 

7."    Berna,  am  na  Floret  sa  muüer.  (Bernardo,  con  Na  Florencia  su 
mujer.) 
Ya  se  sabe  que  En  equivale  á  Don  y  Na  k  Doña, 


41 6  VÍCTOiUBALAGUER 

Artal  de  Alagón  que  formaba  parte  del  cuerpo  de  sarra- 
cenos con  el  cual  tropezó  el  monarca  aragonés  cierto 
día  que  iba  del  Puig  de  Santa  María  á  Burriana,  s^ún 
queda  dicho. 

El  de  Cardona  y  los  suyos  se  dirigieron  á  Villena,  de 
cuyo  arrabal  pudieron  apoderarse  por  sorpresa,  pero  re- 
haciéndose los  moroSi  les  obligaron  á  abandonar  aquel 
punto^  y  tuvieron  que  retirarse  precipitadamente,  aun- 
que llevándose  consigo  un  grande  botín.  De  Villena 
pasaron  áSax.  También  emprendieron  el  ataque  de  este 
punto,  apoderándose  asimismo  de  parte  de  la  plaza,  pero 
les  sucedió  lo  que  en  Villena.  Atacáronles  los  moros, 
los  rechazaron,  y  murió  D.  Artal  de  Alagón  de  una  pe- 
drada en  la  cabeza.  Esto  obligó  á  los  catalanes  á  retro- 
ceder y  á  volverse  á  Valencia,  sin  haber  aprovechado 
á  ninguno  la  cabalgada,  excepto  por  el  mucho  ganado 
que  trajeron  y  que  sirvió  para  dar  de  comer  á  la  hueste. 

Ya  en  esto  disponíase  el  rey  á  partir  de  Valencia  para 
ir  á  Montpeller,  á  donde  le  seguiremos;  pero  antes  quiso 
tomar  todas  las  disposiciones  necesarias  á  la  paz  y  buen 
régimen  del  reino  que  acababa  de  conquistar,  y  hubo 
de  ser  una  de  ellas  la  de  darle  leyes  orgánicas,  pero  es- 
peciales. Después  de  la  tarea  del  guerrero,  la  obra  dd 
legislador.  Así,  pues,  con  voluntad  y  consejo  de  los 
obispos  de  Aragón  y  Cataluña,  con  asistencia  de  líri- 
cos-hombres, que  intitula  barones,  de  19  prohombres 
de  la  ciudad  y  de  otros,  formó  un  código  legal  para  go- 
bierno de  Valencia,  que  sancionó  y  publicó  en  I23g,  y 
que  fué  la  base  que  luego  sirvió  para  aquella  admirable 
Constitución  valenciana  hecha  en  Cortes  de  caballeros, 
eclesiásticos  y  hombres  buenos  de  la  ciudad  y  de  todo 
el  reino. 

En  el  preámbulo  que  precede  á  este  código  ó  prímei 
constitución  del  reino,  constan  los  nombres  de  los  <j' 
á  su  redacción  ayudaron,  de  acuerdo  con  el  monan 


HISTORU   DE   CATALUÑA. — LIB,   VI.    CAP.    V.       417 

y  fueron:  el  arzobispo  de  Tarragona,  Pedro  Albalat;  los 
obispos  de  Aragón  y  Cataluña,  Berenguer  Palou  de 
Barcelona,  Vidal  de  Cañellas  de  Huesca,  Bernardo  de 
Montagut  de  Zaragoza,  Pons  de  Torrellas  de  Torto- 
sa.  García  Frontín  de  Tarazona,  y  Bernardo  Calvo  de 
Vich:  los  nobles  barones  Ramón  Folch,  vizconde  de 
Cardona,  Pedro  y  Guillermo  de  Moneada,  Ramón  Be- 
renguer, Ramón  de  Peralta,  Pedro  Fernández  de  Alba- 
rracín,  Pedro  Cornel,  García  Romeu,  Jimeno  de  Urrea, 
Artal  de  Luna  y  Jimeno  Périz,  y  los  prohombres  de  la 
ciudad  de  Valencia  Ramón  Pérez  de  Lérida,  Ramón 
Ramón,  Pedro  Sanz,  Guillermo  de  Belloch,  Bernardo 
Gisbert,  Tomás  Garidell,  Guillermo  Moragues,  Pedro 
Balaguer,    Marimón  de  Plegamans»    Ramón  Dufort 
Guillermo  de  Lazera,  Bernardo  Zaplana,  Pedro  Martell 
Guillermo  Bou,  Esteban  de  la  Gcfería,  Hugo  Martí,  Ra 
món  Muñoz,  Ferrán  Périz,  Andrés  de  Liña  y  otros  mu 
chos.  Estos  son  los  que  hicieron  y  ordenaron  las  costum 
bres  ó  fueros  para  la  real  citcdad  de  Valencia,  y  para  todo 
el  reino ,  y  para  todas  las  villas  y  castillos,  y  alquerías,  y 
torres,  y  para  todos  los  demás  lugares  edificados  en  este  rei- 
no  6  que  se  edificaren  en  adelante  i. 

Trató  también  de  nombrar  el  rey  obispo  de  Valencia, 
y  eligió  para  este  cargo  al  paborde  de  Tarragona,  Fe- 
rrer  de  Sant  Martí,  que  también  fué  obispo  de  Mallorca, 
cuyo  nombramiento  confirmó  el  papa  Gregorio  IX  en 
Febrero  de  1240  2.  Dícese  que  este  Ferrer  de  Sant  Mar- 
ti era  confesor  del  rey.  Quedó  la  diócesis  de  Valencia 
sujeta  á  la  metrópoli  de  Tarragona,  y  prosiguieron  los 
obispos  hasta  1458,  en  que  Valencia  fué  erigida  en  ar- 
zobispado. 

Habiendo  dado  ya  oportunas  disposiciones  para  todo 

1  Intrs  del  regfu  de  Valencia^  Ilibre  /,  IVoemi, 

2  Zurita,  lib.  III,  cap.  XXXIV. 

TOMO  XI  27 


4l8  VÍCTOR  BALAGUBR 

y  teniendo  próximo  el  momento  de  partir,  reunió  Don 
Jaime  á  los  38o  caballeros  á  quienes  había  heredado  y 
dado  patrimonio  en  Valencia;  y  después  de  haber  con- 
venido con  ellos  en  que  se  quedarían  lOO  caballeros  para 
guardar  el  psds  y  mantener  la  integridad  de  la  conquis- 
ta, los  cuales  caballeros  se  irían  renovando  de  cuatro  eü 
cuatro  meses  por  otros  lOO,  nombró  como  jefes  y  repre- 
sentantes suyos  á  Astruch  de  Belmonte,  maestre  dd 
Temple,  á  Hugo  de  Forcalquier,  maestre  del  Hospital,! 
Berenguer  de  Entenza,  á  Guillermo  de  Aguiló  y  á  Jime- 
no  Pérez  de  Tarazona.  En  seguida  hizo  armar  una  ga- 
lera, y,  acompañado  de  pocos,  partió  para  Montpelleral 
objeto  de  pedir  á  los  de  este  país  que  le  ajoidaran  en  algo, 
por  los  muchos  gastos  que  le  había  ocasionado  la  con- 
quista de  Valencia,  según  dice  él  propio  en  su  historia; 
no  estando  probado  que  viniese  entonces  á  Cataluña, 
como  en  sus  anales  añrma  Feliu  de  la  Peña. 


HISTORIA  DB  CATALUÑA. — LIB.   VI.    CAP.   VI.      4I9 


CAPÍTULO  VI. 


Llegada  del  rey  á  Montpeller.— Pacifica  la  ciudad.— Parte  de  Montpellc 
— Cortes  en  Gerona. — Va  el  rey  á  Valencia  y  se  quejan  los  moros  < 
violación  de  pactos. — Entrevista  de  D.  Jaime  conZeyán. — Rinden 
Bairén  y  Villena.— Virrey  de  Valencia  D.  Rodrigo  de  Liíana. — Bere 
guer  de  Entenia  se  pasa  al  campo  moro. — Vuelve  el  rey  á  Valenc 
y  celebra  consejos  de  generales  en  Altura, — Marcha  sobre  Játiva.- 
Embajada  al  rey. — Sitio  de  Játiva.— Los  almogavarea  corren  las  tí 
Tías  de  Jütiva, — Suceso  en  el  campamento  y  desavenencia  eDtr«  D( 
Jaime  y  García  Romeu. — El  rey  se  conñerta  con  el  alcaide  de  Játi' 
y  levanta  el  sitio. — El  conde  deAmpurias  recobra  la  amistad  del  re 
— Virrey  de  Valencia  Jimeno  Péreí  de  Tarazona. 

(1239  Y   1240.) 

Hacia  fínes  de  Mayo  de  1239  fué  cuando  se  embarc 
el  rey  en  Valencia  para  Montpeller  >,  al  objeto  de  pt 
dir  á  los  de  esta  ciudad  que  le  ayudasen  á  soportar  1( 
gastos  que  le  ocasionara  la  conquista  de  Valencia,  at 
gún  él  mismo  dice,  y  al  objeto  también  de  poner  paz 
concordia  entre  aquellos  habitantes,  los  cuales,  conse 
vando  siempre  su  espíritu  de  independencia,  andaban  t 
disensiones  por  lo  tocante  al  gobierno  de  la  ciudad  ce 
el  bayk  Atbrand  puesto  por  D.  Jaime  :.  El  monari 
desembarcó  en  el  puerto  de  Lattes,  á  donde  fueron 
buscarle  los  cónsules  y  prohombres  con  lucida  comit 
va,  acompañándole  hasta  la  ciudad  y  hasta  dejarle  ( 

1  .^Mtie  D.  MCXXXXIX.  D.  Stx  venit  m  Sürntipamiano.  (Crót 
ca-anuaiio  qne  se  halla  en  la  casa  de  la  iHudad  de  HontpeUer.) 

2  ¡Bitariadü  LaHguláoc,  tomo  ni,  pig.  4I6,  A  este  ja/í;  de  H01 
peHer.  D.  Jaime  en  su  crónica  le  llama  Arbrán  (cap.  CXCIX),  y  Zv 
Narbráa.  sin  duda  de  En  Arbrán  (lib.  UI,  cap.  XXXVI). 


4IO  VÍCTOR  BALAGUBR 

A  los  tres  días,  los  mismos  sarracenos,  en  cumpli- 
miento del  tratado,  enarbolaron  el  estandarte  real  de 
Aragón  en  la  torre  de  Alibufat,  que  actualmente  se  lla- 
ma del  Temple  6  del  Cid,  para  hacer  ver  que  ya  la  du- 
dad había  cambiado  de  señores;  y  se  cuenta  que,  ape- 
nas se  fijaron  los  ojos  de  D.  Jaime  en  aquella  su  victo- 
riosa bandera  flotante  sobre  las  torres  de  la  ciudad  ven- 
cida, se  apeó  del  caballo  que  á  la  sazón  montaba,  se 
postró  de  rodillas  y  besó  el  suelo  con  la  más  profunda 
humildad  por  la  merced  que  Dios  le  hacía,  poniendo  en 
sus  manos  aquel  territorio  que  llamaban  los  árabes  t^- 
gel  y  delicia  de  la  tierra. 


CAPITULO  V. 

Se  presentan  al  rey  embajadores  de  Italia  solicitando  su  apoyo  para  de- 
fender la  causa  de  la  Iglesia. — Emigración  de  los  moros  valendanos. 
— Repartimiento  de  casas  y  tierras. — Algunos  de  los  caballeros  here- 
dados en  Valencia. — Trescientas  doncellas  de  Lérida  son  enviadas  i 
poblar  la  tierra  de  Valencia. — Conquista  de  varios  pueblos. — Jomada 
del  vizconde  de  Cardona  en  tierra  de  Murcia. — Intentan  vanamente 
apoderarse  de  Villena  y  Sax- — Constitución  de  Valencia.— Quiénes 
contribuyeron  á  la  redacción. — Obispado  de  Valencia. — Parte  el  rey 
á  Montpeller. 

(1238  Y   1239.) 

Preciso  es  dar  cuenta,  antes  de  pasar  más  adelante, 
de  una  embajada  que  el  rey  D.  Jaime  recibió  hallándo- 
se en  lo  más  recio  del  sitio.  Vinieron  á  él,  por  encargo 
del  papa  Gregorio  IX,  embajadores  de  varías  ciudades 
de  Italia  suplicándole  que  pasase  á  dicha  nación  para 

hace  muchas  ofertas.  Se  me  figura,  sin  embargo,  que  es  un  discu 
apócrifo^  y  que  está  visiblemente  exagerado  todo  lo  que  sobre  este  pu 
refiere  Sas,  pues  no  guarda  armonía  ni  con  la  crónica  real  ni  con  la 
Marsilio,  ni  siquiera  con  Zurita. 


r 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.    VI.    CAP.    V.       4II 

proteger  y  apoyar  la  causa  de  la  Iglesia  contra  el  em- 
perador Federico  que  la  combatía.  Se  llegó  á  firmar  un 
convenio  entre  el  rey  y  los  embajadores,  según  el  cual 
aquél  se  obligaba  á  pasar  á  Italia  en  persona,  acompa- 
ñado de  2.000  caballeros,  para  guerrear  contra  el  empe- 
rador; y  los  embajadores  se  comprometían  á  dar  á  Don 
Jaime  para  su  pasaje  iSo.ooo  libras  en  moneda  del 
imperio,  y  cada  año,  durante  todo  el  tiempo  de  su  vida, 
los  derechos  y  rentas  que  solían  tener  los  emperadores 
en  Lombardía,  eligiéndole  por  su  señor,  defensor  y  go- 
bernador, con  juramento  de  fidelidad,  mientras  viviese. 
Como  testigos  de  este  convenio,  al  cual  concurrió  tam- 
bién con  sus  consejos  la  reina  Doña  Violante,  aparecen 
Vidal  de  Cañellas,  obispo  de  Huesca;  Bernardo  de  Mon- 
tagut,  obispo  de  Zaragoza;  Bernardo,  obispo  de  Vich; 
Jimeno,  obispo  de  Segorbe;  el  maestre  del  Hospital,  y 
los  caballeros  D.  Jimeno  de  Urrea  y  D.  Rodrigo  de 
Lizana.  La  expedición  del  rey  á  Italia  no  se  efectuó, 
sin  embargo,  ó  porque  le  importaba  más  atender  á  sus 
negocios  del  interior  que  á  los  del  exterior,  ó  porque  no 
convino  á  su  política,  ó  por  haber  cambiado  de  aspecto 
las  cosas  de  aquella  nación.  Quizá  influyó  un  poco  cada 
causa  de  éstas. 

Volvamos  ahora  á  reanudar  nuestra  reseña.  Hermoso 
día  fué  para  la  Corona  de  Aragón  aquél  en  que  sus 
armas  victoriosas  penetraron  en  Valencia.  Los  moros 
se  dieron  tal  prisa  á  salir,  deseosos  sin  duda  de  abando- 
nar aquella  tierra  que  ya  no  era  suya,  que  en  vez  de 
verificarlo  al  quinto  día,  según  el  convenio,  estuvieron 
ya  dispuestos  del  todo  al  tercero.  Pundonoroso  y  caba- 
llero, fué  D.  Jaime  con  varios  nobles  y  gente  armada  á 
buscar  á  los  que  emigraban  para  servirles  de  escolta,  y 
como  algunos  de  la  soldadesca  del  campamento  inten- 
taran quitar  el  equipaje  á  los  sarracenos  y  robarles  al- 
guna mujer,  el  monarca  aragonés  vióse  precisado  á  he- 


422  VÍCTOR  BAIAGUER 

nía,  pidiéndole  una  entrevista.  Tuvo  ésta  lugar  en  la 
misma  Rápita  de  Bairén.  El  moro  hizo  al  aragonés  la 
propuesta  de  cederle  el  castillo  de  Alicante,  si  recibía 
en  cambio  S.ooo  besantes  y  se  le  daba  la  isla  de  Menor* 
ca  para  retirarse  á  ella;  pero  D.  Jaime  no  pudo  acceder 
porque,  le  dijo,  no  quería  quebrantar  los  tratados  anti- 
guos con  el  rey  de  Castilla,  según  los  cuales  Alicante 
debía  pertenecer  al  castellano  i. 

Los  anales  valencianos  nos  hablan  en  seguida  de  có- 
mo se  entregó  al  rey  el  castillo  de  Bairén  por  avenencia» 
de  cómo  fué  confiado  dicho  fuerte  á  D.  Pel^rín  de 
Atrocillo  en  clase  de  gobernador,  y  de  cómo  la  plaza  de 
Villena,  después  de  haber  resistido  valerosamente  al  tío 
del  rey  D.  Femando,  que  fué  á  ponerla  cerco,  se  entre- 
gó al  comendador  de  Alcañlz  que,  con  sus  fineiles  y  una 
compañía  de  almogávares,  se  había  fortificado  jimto  á 
ella  2. 

Después  de  estos  sucesos,  vínose  D.  Jaime  á  Catalu- 
ña y  de  aquí  pasó  á  Aragón,  dejando  como  virrey  ó  lu- 
garteniente suyo  en  Valencia  á  D.  Rodrigo  de  Lizana, 
durante  cuyo  mandadebieron  de  suceder  grandes  alterca- 
dos entre  los  caballeros  de  la  conquista,  y  serías  desave- 
nencias que  las  crónicas  y  memorias  de  aquel  tiempo 
no  especifican,  aunque  las  dejan  claramente  entrever. 

Se  habla  en  primer  lugar  de  un  noble  caballero  cris- 
tiano, D.  Berenguer  de  Entenza,  el  cual,  por  causas 
que  todavía  permanecen  desconocidas,  se  pasó  á  los 
moros  refugiándose  en  Játiva.  Sí  fueron  agravios  reci- 
bidos del  rey  ó  contiendas  con  los  ríeos-hombres,  los  que 
á  dar  este  paso  le  impelieron,  cosa  es  ignorada;  pero  se 
sabe  que  llevó  su  resentimiento  hasta  efectuar  una  co- 
rrería armada,  yendo  á  talar  los  campos  de  Teruel,  pa- 


1  Crónica  real,  cap.  CCIX. 

2  ídem.  caps.  CCX  y  siguientes. 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.   VI.   CAP.   VI.      423 

sando  por  entre  Ribarroja  y  Munizes  y  llegando  hasta 
Riusech^  sin  que  ni  D.  Rodrigo  de  Lizana,  ni  el  maes- 
tre del  Hospital,  ni  ningún  otro  se  atreviesen  á  oponer- 
se y  á  perseguir  al  que  asi  volvía  sus  armas  contra  los 
suyos,  combatiendo  á  su  país  y  á  los  que  fueran  sus 
antiguos  compañeros  de  victoria.  Apresurémonos,  sin 
embargo,  á  decir  que  no  tardó  en  avistarse  con  Don 
Jaime,  y  que  el  resultado  de  esta  entrevista  fué  volver 
á  las  banderas  cristianas  para  continuar  peleando  como 
bueno  y  como  noble  bajo  la  señera  de  las  Barras  y 
la  enseña  de  la  cruz  U 

Al  propio  tiempo  que  esto  sucedía,  se  inquietaban  los 
moros  del  país,  amenazaban  serias  turbulencias,  y  los 
sarracenos  de  Játiva  cautivaban  á  D.  Pedro  de  Alcalá, 
primo  del  de  Lizana,  y  á  otros  cinco  caballeros  con  él. 
Todo  esto  hizo  que  volviese  á  ser  necesaria  la  presencia 
del  rey,  el  cual  abandonó  efectivamente  Aragón  para 
regresar  á  Valencia,  dirigiéndose  á  Altura,  cuyo  lugar 
acababa  de  rendírsele,  y  en  donde  celebró  consejo  con 
D.  Rodrigo  de  Lizana,  D.  Pedro  Albalat  arzobispo  de 
Tarragona,  el  gran  maestre  de  la  orden  de  San  Juan  y 
otros  caballeros.  Se  acordó  en  este  consejo  libertar  á 
toda  costa  á  Pedro  de  Alcalá  y  á  los  otros  que  con  él 
habían  caído  prisioneros,  marchando  el  rey  en  persona 
sobre  Játiva. 

Ardientemente  debía  de  desear  el  monarca  aragonés 
esta  hermosa  porción  del  reino  de  Valencia,  y  hasta  él 
mismo  confiesa  en  sus'  memorias  que,  al  ver  desde  un 
cerro  la  rica  llanura  de  Játiva,  quedó  tan  prendado  que 
ambicionó  poseerla  cuanto  antes;  pero  desearlo  debía 
también  por  importantes  razones  políticas,  pues  las  in- 
trigas del  infante  de  Castilla,  D.  Alfonso,  hijo  de  San 
Femando,  habían  ido  formando  y  engrosando  en  Játiva 

1     Zurita,  lib.  ni,  cap.  XXXVII • 


424  VÍCTOR   BALAGÜER 

un  partido  numeroso  que  ofreciala  conquista  de  esta  ciu- 
dad al  monarca  castellano  1.  Adelantóse  D.  Jaime  has* 
ta  el  valle  de  Boraga^  en  donde  esperó  á  que  se  le  reu- 
niesen las  demás  fuerzas  para  emprender  la  campaña, 
mas  sabiendo  el  wasír  ó  alcaide  de  Játiva  que  los  ara* 
goneses  iban  contra  él,  se  apresuró  á  enviar  un  mensa- 
jero que  esplorase  las  intenciones  del  Conquistador. 

Fué  el  encargado  de  esta  misión  el  moro  Beniferrí, 
alcaide  que  había  sido  de  Liria.  £1  representante  de 
Játiva  llenó  su  cometido  exponiendo  al  rey  que  los  ca- 
balleros cristianos  habían  violado  la  fe  pactada,  inva- 
diendo un  territorio  en  que  no  podían  penetrar  á  tenor 
de  los  tratos.  Aceptó  D.  Jaime  las  escusas,  dijo  que  se 
enmendarían  los  tuertos  que  á  los  moros  pudiesen  ha- 
ber hecho,  pero  como  condición  indispensable  para  ce- 
lebrar el  nuevo  convenio,  exigió  que  le  fuesen  devuel- 
tos los  prisionero^.  Beniferrí  contestó  á  esto  que  el  que 
los  había  comprado  y  tenía  cautivos  se  negaba  á  sol- 
tarlos, mientras  no  se  le  diese  por  ellos  un  precio,  tan 
excesivo,  que  no  tenía  medios  el  alcaide  para  satisfacér- 
selo. D.  Jaime  replicó  á  esta  objeción  que  como  no  se 


1  Vicente  Boix,  en  su  Xátíva  y  en  su  Histaria  de  Valencia.  Para 
todo  lo  concerniente  á  los  puntos  de  que  aquí  se  trata,  el  autor  ha  con* 
sultado,  á  más  de  las  dos  obras  citadas,  la  crónica  real,  el  Beuter,  el  Zu- 
rita, el  Escolano  y  los  demás  principales  historiadores  modernos.  Viar- 
dot,  en  su  IHstoria  de  los  árabes  y  de  los  moros  de  España^  y  Dunham  en 
su  obra,  se  quejan  enérgicamente  de  D.  Jaime  y  le  condenan  por  esta 
empresa  contra  Játiva,  diciendo  que  fué  "una  injusta  violación  de  la  fe 
jurada,,  y  que  llevó  á  cabo  la  expedición  "sin  alegar  pretexto  alguno.. 
Me  parece  que  los  injustos  son  aquí  Viardot  y  Dunham.  Es  preciso 
estudiar  muy  á  fondo  la  historia  de  aquellos  sucesos  para  juzgar.  Yo 
diré,  por  de  pronto,  que  aparte  del  legítimo  pretexto  que  podía  tener 
D.  Jaime  para  reclamar  sus  caballeros,  debía  obrar  poderosamente  en 
él  la  razón  política  de  que  no  se  apoderase  Castilla  de  aquella  tierra. 
Contentóse,  pues,  por  el  momento  con  que  el  alcaide  de  Játiva  se  decla- 
rase su  vasallo. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — UB.    VI.   CAP.    VI.       425 

le  diesen  los  prisioneros^  iría  á  rescatarlos  tomando  la 
plaza. 

Partióse  el  embajador  moro  desesperanzado,  y  la 
hueste  aragonesa  fué  en  seguida  á  poner  sus  tiendas 
delante  de  Játiva.  Las  primeras  operaciones  del  cerco 
hablan  ya  comenzado,  cuando  de  nuevo  enviaron  los 
moros  otro  mensaje  á  D.  Jaime,  diciéndole  que  estaban 
por  fin  dispuestos  á  entregarle  sus  prisioneros;  pero  el 
monarca  entonces  despreció  esta  oferta,  contestando  que 
pues  á  su  tiempo  no  se  los  habían  dado,  ya  no  se  con- 
tentaba sólo  con  ello.  La  verdad  es  que  había  ya  visto 
á  Játiva,  había  juzgado  por  sus  propios  ojos  de  la  her- 
mosura de  su  vega  y  de  la  fortaleza  de  su  castillo,  y 
quería  apoderarse  en  el  acto  de  aquel  territorio  ó  ase- 
gurarse de  su  posesión  para  más  adelante. 

Estableció,  pues,  su  campamento  en  Sallent,  y  ape- 
nas estuvo  fortificado,  comenzaron  á  salir  los  almogá- 
vares á  correr  la  tierra,  llevando  de  compañeros  según 
costumbre  el  incendio,  el  saqueo  y  la  victoria.  Raras 
veces  aquella  milicia  semisalvaje,  lanzándose  como  to- 
rrente desbordado,  encontraba  dique  suficiente  á  opo- 
nerse á  su  paso  ó  á  detenerla  un  momento  solo  en  su 
desbocada  carrera.  Talaron  la  vega,  destruyeron  los 
molinos,  cortaron  las  acequias,  demolieron  los  acue- 
ductos, y  aun  cuando  en  algunos  puntos  se  les  opuso 
briosa  resistencia,  pasáronlo  todo  á  sangre  y  á  fuego, 
reduciendo  el  campo  de  Játiva  á  un  abrasado  erial,  y 
obligando  á  los  sitiados  á  sentir  la  falta  de  aguas  i. 

Sucedió  por  aquel  entonces  en  el  campamento,  que 
un  adalid  almogávar  llamado  Bartolomé  Esquerdo,  por 
unas  disputas  que  tuvo  con  otro,  le  hirió  á  presencia 
del  rey  y  echó  á  correr  en  seguida  refugiándose  en  una 
tienda  que  D.  Jaime  había  prestado  á  García  Romeu, 

1     Boix,  Xáiiva  árabe ^  pág.  47. 


426 


VÍCTOR   BALAGUER 


tienda  que  el  monarca  aragonés  llama  ultramarina  en 
sus  memorias,  por  ser  un  regalo  que  poco  antes  le  hi- 
ciera el  sultán  de  Egipto,  cuando  por  la  fama  de  las 
hazañas  del  Conquistador  temió  que  éste  tratara  quizás 
de  pasar  con  los  demás  piincipes  cristianos  á  la  con- 
quista de  la  Tierra  Santa  u  Encolerizado  el  rey  por  el 
desmán  del  adalid,  echó  á  correr  tras  él,  penetró  en  la 
tienda  de  García  Romeu,  sacó  á  aquél  fuera  arrastrán- 
dole por  los  cabellos  y  lo  entregó  á  los  guardias  para  que 
sufriese  el  castigo  á  que  se  hubiese  hecho  merecedor. 
El  orgulloso  García  Romeu  se  irritó  al  tener  noticia  de 
aquella  violación  de  su  tienda,  mas  que  hubiese  sido  el 
rey  el  causador,  y  reclamó  contra  el  agravio,  median- 
do con  este  motivo  desagradables  mensajes  entre  el  mo- 
narca y  el  rico-hombre. 

Pareqe  que  los  moros  sitiados  quisieron  aprovecharse 
de  estas  desavenencias  y  hasta  se  hicieron  proposicio- 
nes á  García  Romeu,  que  no  consta  que  éste  aceptase, 
sino  muy  al  contrario;  pero  es  muy  posible  que  este  su- 
ceso fuese  el  que  contribuyó  á  terminar  los  tratos  de 
D.  Jaime  con  la  ciudad.  Volvió  al  campo  el  moro  Be- 
Hiferri,  acompañado  de  otro  llamado  Sexti,  y  se  esti- 
puló con  el  monarca  que  se  le  entregaría  el  fuerte  de 
Castelló,  que  se  devolverían  los  prisioneros  y  que  el  al- 
caide de  Játiva  se  comprometería  á  no  entregar  á  otro 
que  al  rey  de  Aragón  el  castillo  y  la  ciudad,  caso  de 
verse  amenazado  por  cualquier  otro  rey  ó  señor.  Hecho 
el  tratado,  puestos  en  libertad  los  prisioneros,  entrega- 
do Castelló,  y  habiendo  salido  al  campo  el  alcaide  de 
Játiva  y  principales  personajes  de  la  ciudad  para  pres- 
tar al  rey  el  juramento  que,  en  cierto  modo,  los  consti- 
tuía vasallos  del  Conquistador^  éste  levantó  el  sitio  y  se 


1     FloUts  y  BofaruU,  en  sus  notas  á  la  crónica  real,  pág.  290. — 
Boix:  Xátha  árabe,  pág.  48. 


HISTORU  DB  CATALUÑA. — LIB.   VI.   CAP.   VI.       427 

marchó  otra  vez  á  Aragón^  para  de  este  punto  pasar 
nuevamente  á  Montpeller  á  donde  vamos  á  seguirle  al 
objeto  de  verle  y  juzgarle  bajo  otra  faz  distinta  de  aque* 
lia  con  que  se  nos  ha  presentado  hasta  ahora. 

Diré,  empero,  antes  de  terminar  este  capítulo,  que 
por  la  relación  de  un  cronista  i  se  sabe  que  durante  el 
sitio  de  Játiva  volvió  á  recobrar  la  amistad  del  rey  el 
conde  de  Ampurias  Pons  Hugo,  hijo  del  que  había 
muerto  en  Mallorca,  el  cual  contribuyó  á  la  campaña 
de  aquel  año,  y  al  cerco  con  una  compañía  de  5o  lan- 
gas. Por  qué  razones  ó  motivos  estaba  el  conde  en  des- 
avenencia con  el  rey,  cosa  es  no  averiguada;  á  bien  que 
entonces  á  cada  paso  se  ve  á  los  orgullosos  barones  rom- 
per,  no  sólo  con  el  monarca,  sino  hasta  hacerle  la  gue- 
rra por  fútiles  pretextos. 

Para  hacer  las  veces  del  monarca,  durante  su  viaje, 
y  como  virrey  y  lugarteniente  suyo,  quedó  entonces  en 
Valencia  D.  Jimeno  Pérez  de  Tarazona,  á  quien  dio 
por  aquel  tiempo  D.  Jaime  la  baronía  de  Árenos,  to- 
mando de  allí  en  adelante  sus  descendientes  este  ape- 
llido 2. 


1  Vicente  Boix. 

2  ZuríU,  lib.  m,  cap.  XXXIX. 


i. 


428  VÍCTOR  BALAGUER 


CAPÍTULO  VIL 

Infancia  del  conde  de  Provenza  Ramón  Berenguer. — Llega  á  Provenía 
y  se  casa  con  Beatriz  de  Saboya. — Sus  guerras  con  el  conde  de  Tolosa. 
Casamiento  de  dos  hijas  del  conde  de  Provenza  con  los  reyes  de  Fraii' 
cía  y  de  Inglaterra. — Fundación  de  la  ciudad  de  Barceloneta  en  los 
Alpes. — Romeo  de  Vilanova. — Vuelve  el  conde  de  Tolosa  á  su  gue- 
rra con  el  de  Provenza. — Hacen  la  paz.— Llega  D.Jaime  á  Montpeller. 
— Entrevista  en  Lunel  con  el  conde  de  Tolosa  — Convenio  entre  el  rey 
de  Aragón  y  los  condes  de  Provenza  y  de  Tolosa. — Trata  el  cOnde 
de  Tolosa  de  repudiar  á  Sancha  de  Aragón  para  casarse  con  Sancha 
de  Provenza. — El  rey  D.  Jaime  se  casa  con  Sancha  de  Provenza  co- 
mo procurador  del  conde  de  Tolosa. — Rompimiento  del  enlace.-» 
Muerte  del  conde  de  Provenza. — Muerte  del  conde  del  Rosellón.— 
Disposiciones  tomadas  por  D.  Jaime  al  adquirir  los  dominios  de  Ro- 
sellón. 

(1241.) 

Creo  ya  llegado  el  momento  de  hablar  de  un  perso- 
naje que,  aunque  poco  ligado  con  nuestra  historia,  lo 
está  bastante  para  no  prescindir  absolutamente  de  él,  y 
para  imponer  á  un  cronista  catalán  la  obligación  de  re- 
señar, siquier  sea  á  grandes  rasgos,  los  hechos  más 
notables  de  su  vida.  Hablo  del  conde  de  Provenga,  Ra- 
món Berenguer,  III  de  este  nombre  según  unos,  IV 
según  otros,  V  según  algunos,  y  paisano  nuestro  por 
ser  príncipe  de  la  casa  de  Barcelona,  descendiente  por 
su  madre  de  la  casa  de  Urgel,  hijo  de  padre  catalán  y 
educado  en  nuestras  tierras,  junto  con  el  rey  D.  Jaime, 
en  el  castillo  de  Monzón. 

Ramón  Berenguer  tenía  muy  pocos  años  cuando  mu- 
rió su  padre  Alfonso  II ,  en  Italia,  á  donde  había  ido 
para  acompañar  á  su  hermana  Constanza,  y  quedó  por 
lo  mismo  bajo  la  tutela  de  su  tío  Pedro  el  Católico.  A 
la  muerte  de  D.  Pedro,  acaecida  en  la  famosa  batalla 


HISTORIA  DE   CATALUÑA. — LIB.    VI,    CAP.    VII.      429 

de  Mureti  Garsenda^  madre  del  joven  conde,  se  encargó 
del  gobierno  de  sus  estados^  mientras  que  él  era  llevado 
al  castillo  de  Monzón,  según  hemos  visto,  para  recibir 
la  misma  educación  que  su  primo  el  rey  D.  Jaime.  La 
ausencia  de  Ramón  Berenguer  ocasionó  serios  trastor- 
nos en  Provenza.  Mientras  que  por  un  lado  Félix  de 
Forcalquier  y  su  hijo  Guillermo  de  Sabrán  sacaban  á  pla- 
za sus  pretensiones  sobre  el  condado  de  Forcalquier  y  se 
titulaban  condes  de  este  país,  por  otro  Guillermo  de 
Baucio,  principe  de  Orange,  hacía  que  le  adjudicase  el 
título  de  rey  de  Arles  el  emperador  Federico,  y  se  ponía 
en  estado  de  sostenerse  á  todo  trance  por  medio  de  las 
armas.  Para  colmo  de  males,  varías  de  las  más  impor- 
tantes ciudades  del  condado  se  sublevaban  erigiéndose 
en  repúblicas,  siendo  de  este  número  Arles,  Aix,  Mar- 
sella, Niza  y  Aviñóh  i. 

Entonces  fué  cuando  algunos  leales  señores  de  Pro- 
venza  decidieron  venir  en  busca  de  su  conde,  que  ya 
sabemos  cómo  se  fugó  de  Monzón  para  embarcarse  en 
una  galera  que  en  el  puerto  de  Salou  le  tenían  prepa- 
rada. Bastó  que  se  presentara  en  Provenza  para  conte- 
ner la  sublevación  de  varios  puntos  próximos  á  insu- 
rreccionarse, y  para  impedir  que  progresaran  en  sus  es- 
fuerzos los  que  le  disputaban  sus  estados.  En  Diciembre 
de  1220  se  casó  con  Beatriz,  hija  de  Tomás,  conde  de 
Saboya,  y  fuerte  con  esta  alianza,  que  le  aseguraba  un 
poderoso  auxilio,  se  ocupó  en  ir  sometiendo  las  ciuda- 
des que  se  le  habían  sublevado. 

En  1226,  y  hallándose  en  el  campamento  de  Luis  VIII 
de  Francia,  que  había  ido  á  sitiar  Aviñón  defendido  por 
los  albigenses,  hizo  alianza  con  dicho  rey  contra  el  con- 
de de  Tolosa  2,  y  desde  entonces  comenzaron  ambos 

1  Arte  de  comprobar  las  fechas:  condes  de  Provenza. 

2  Historia  del  Languedoc,  tomo  III,  pág.  357. 


430  VÍCTOR    BALAGUBR 

condes  á  hacerse  cruda  guerra.  El  de  Tolosa  se  titulaba 
en  1 23o  marqués  de  Provenza^  redhiendo  del  empera— 
dor  Federico  el  condado  de  Forcalquier  y  el  señorío  de 
Sisterón,  quitados  á  Ramón  Berenguer  ^;  y  si  bien  des- 
pués de  muchas  alternativas  y  de  diversos  encuentros, 
entrambos  condes  se  comprometieron  en  manos  del  rey 
de  Francia  á  transigir  sus  diferencias  por  los  años  de 
1234  2,  lo  cierto  es  que  el  tolosano  volvió  á  abrir  con 
más  ímpetu  que  nunca  su  campaña  en  1257  contra  el 
provenzal  3. 

Este  último,  que  había  casado  á  su  primera  hija  Mar- 
garita con  San  Luis,  rey  de  Francia,  en  1234,  y  á  su  se- 
gunda Leonor  con  Enrique,  rey  de  Inglaterra,  se  enor- 
gulleció al  verse  suegro  de  dos  reyes  poderosos,  y  trató 
de  sujetar  la  ciudad  de  Marsella  que  siempre  se  le  había 
resistido;  pero  los  marselleses  acudieron  á  reclamar  la 
protección  del  conde  de  Tolosa,  y  éste  emprendió  de 
nuevo  la  guerra.  Ramón  Berenguer  pidió  entonces  au- 
xilio á  su  primo  D.  Jaime  de  Aragón;  pero  como  éste, 
ocupado  en  su  campaña  contra  Valencia,  no  pudo  pres- 
társelo, acudió  entonces  al  Papa  y  á  su  yerno  San  Luis, 
á  cuya  mediación  se  debió  que  el  tolosano  cediese  por 
el  pronto  de  su  empeño . 

Dícese  que  el  conde  de  Provenza  sabía  aprovechar 
para  sí  y  sus  pueblos  los  intervalos  de  paz,  y  que  reco- 
rría los  diferentes  puntos  de  sus  estados  concediendo 
franquicias  y  privilegios ,  que  han  sido  para  la  mayor 
parte  de  las  ciudades  el  origen  de  los  que  han  disfrutado 
mucho  tiempo  4.  Todos  los  historiadores  están  contex- 
tes  efectivamente  en  decir  que  tenía  buenas  y  excelen- 
tes dotes  de  gobierno,  y  los  catalanes  debemos  á  su  me- 

1  Msíüria  del  Languedoc,  tomo  III,  pág.  389. 

2  ídem  id.,  pág.  398. 

3  ídem  id.,  pág.  412. 

4  Arte  de  comprobar  leu  fechas:  condes  de  Provenza. 


v: 


HISTORIA  DE    CATALUÑA. — LIB.   VI.   CAP.   VH.      43I 

moría  un  justísimo  tributo  de  gratitud  por  haber  sido 
él  quien  fundó  en  los  Alpes,  por  los  años  de  i23o,  la 
ciudad  de  Barceloneta,  poniéndola  este  nombre  en  me- 
moria de  Barcelona,  que  tan  grata  hospitalidad  diera  á 
los  provenzales  que  vinieron  con  Doña  Dulce  á  nues- 
tro país. 

Se  cuenta  de  este  conde,  que  tuvo  un  ministro  sabio, 
actívo  y  leal  en  Romeo  de  Vilanova,  el  cual  gobernó 
su  hacienda  con  mucha  economía  y  le  puso  en  estado 
de  sostener  una  corte  brillante  con  rentas  bastante  re- 
ducidas. La  fama  de  este  ministro  fué  grande:  el  Dante 
le  coloca  en  su  parsdso,  y  las  tradiciones  provenzales 
recuerdan  su  memoria  haciéndole  el  héroe  de  una  pe- 
regrina leyenda  i . 

Volviendo  ahora  al  conde  de  Tolosa ,  éste  no  había 
hecho  sino  suspender  la  guerra  contra  el  de  Provenza. 
Halló  pretexto  para  volverla  á  emprender  en  1289  2, 
sin  consideración  á  D.  Jaime  el  Conquistador  que,  según 
hemos  visto ,  tuvo  este  año  con  él  una  entrevista  en 
Montpeller  mediando  sin  duda  para  conciliar  á  entram- 
bos condes.  El  de  Tolosa  marchó  contra  Ramón  Be- 
renguer,  batió  á  los  franceses  que  esta  vez  le  auxilia- 
ron, y  le  tomó  Trinquetaille  y  otras  plazas,  regresando 
á  sus  estados  sólo  cuando  Luis  de  Francia  envió  un  cre- 
cido refuerzo  en  favor  de  su  suegro. 

Llegó  por  fin  el  momento  en  que  cesara  aquella  gue- 
rra cruel  para  la  Provenza.  Reconciliáronse  entrambos 
condes  por  mediación  de  San  Luis  de  Francia,  é  hicie- 
ron la  paz  por  Marzo  de  1241,  no  siendo  quizá  extraño 
á  ella  nuestro  D.  Jaime,  que  después  de  levantar  el 
sitio  de  Játiva,  se  puso  en  viaje  para  Montpeller,  á  don- 
de llegó  el  12  de  Marzo  de  aquel  mismo  año. 

1  Véase  la  crónica  de  Nostradamus. 

2  /fisiona  del  Languedoc,  tomo  III«  pág.  418. 


432  VÍCTOR   BALAGUER 

Lo  cierto  es  que,  si  no  'entonces,  i 
después  medió  D.  Jaime  para  la  complet 
de  ambos  condes,  pues  consta  que  en  i 
una  entrevista  con  el  de  Tolosa  en  Lunt 
convinieron  en  aliarse  para  defensa  de  la 
la  Iglesia  romana  contra  los  enemigos 
metiendo  al  rey  de  Aragón  interponei 
para  con  el  Papa,  á  fin  de  levantar  la  s 
comunión  y  de  entredicho  que  pesaba  si 
Tolosa,  y  obtener  del  mismo  Pontífice  Ií 
saria  para  que  aquél  pudiese  casarse 
Provenga,  hija  tercera  de  Ramón  Bereí 

A  este  tratado  siguióse  otro,  que  se  es 
peller  el  5  de  Junio  entre  el  rey  D.  J 
Ramón  Berenguer  de  Provenza  y  el  c< 
de  Tolosa;  asistiendo  como  testigos  el  o 
y  el  conde  de  Ampurías  Pons  Hugo,  ent 
este  nuevo  convenio,  el  rey  D .  Jaime,  í 
celín,  señor  de  Lunel,  y  un  caballero  1 
se  comprometieron  á  hacer  que  Ramór 
Provenza  obligase  á  Sancha  de  Aragón,  i 
de  Raimundo  de  Tolosa,  á  pedir  ella  mil 
con  este  conde  ante  los  jueces  delegad 
y  en  el  supuesto  de  que  ella  rehusase, 
de  Provenza  la  hiciese  salir  de  sus  estac 
bia  retirado,  quitándole  todo  lo  que  le  d 
rriéndola  ya  más  en  adelante.  Por  otra 
mundo  de  Tolosa  se  obligaba  por  su  ] 
divorcio  y  á  dar  á  la  Sancha  i.ooo  rt 
y  100  marcos  de  pensión  anual  durante 
princesa. 

1  Las  obras  cODSulladas  por  el  autor  para  lod 
este  punto,  son  el  ^rU  dt  etmiprebar  lai  ftchm .  t 
condes  de  Provenza  \  la  Historia  del  LangueJoc,  ton 
gina  424  en  adelante,  y  el  Zurita,  lib.  III,  cap.  XX]_ 


HISTORU  DE  CATALUÑA. — LIB.   VI.   CAP.    Vil.      433 

Asombra  ver  cómo  el  rey  D.  Jaime  y  el  conde  de 
Provenza  abandonaban  asi  los  intereses  de  su  tía  San- 
cha^ hermana  de  Pedro  el  Católico,  padre  del  uno  y  tío 
del  otro;  y  asombra  particularmente  en  el  caballeresco 
rey  de  Aragón,  á  quien  no  importó  entonces  sacrificar 
una  pobre  mujer  á  su  política  i.  Por  lo  que  toca  al  con- 
de de  Tolosa,  que  estaba  ya  separado  tiempo  hacia  de 
Sancha  de  Aragón ,  quiso  repudiarla  para  casarse  con 
Sancha  de  Provenza,  halagado  por  la  esperanza  de  te- 
ner en  ésta  hijos  varones,  que  Dios  no  le  había  dado 
en  su  matrimonio  con  la  primera. 

Los  prelados  elegidos  por  la  Santa  Sede  para  &llar 
sobre  este  divorcio  se  reunieron  en  la  isla  de  Vergue, 
situada  en  el  Ródano,  entre  Beaucaire  y  Tarascón. 
Presentóse  ante  ellos  el  conde  Raimundo  de  Tolosa,  y 
por  medio  de  testigos  probó  que  su  padre  Raimundo  VI 
había  sido  el  padrino  de  Sancha  de  Aragón,  y  que  por 
consiguiente  no  debía  él  haberse  casado  con  ella.  En 
cuanto  á  la  condesa,  á  quien  se  hizo  comparecer  tam- 
bién ante  la  asamblea,  se  presentó  acompañada  del  rey 
de  Aragón  y  del  conde  de  Provenza  sus  sobrinos,  y  di- 
cese que  sólo  opuso  un  profundo  silencio  al  testimonio 
de  los  que  depusieron  contra  sus  intereses.  La  asamblea 
profirió  en  seguida  una  sentencia  de  divorcio,  rompien- 
do el  matrimonio  de  Raimundo  y  de  Sancha,  la  cual 
fué  á  establecer  su  residencia  en  el  castillo  de  Pademes, 
donde  murió  sola  y  abandonada,  á  fines  de  1249. 

Parece  que  de  la  isla  de  Vergue  el  rey  D.  Jaime  pasó 
con  el  conde  de  Provenza  á  Aix,  á  cuya  ciudad  fué  bien 
pronto  á  reunirse  con  ellos  el  de  Tolosa,  acordando  en- 
tre los  tres  los  medios  de  terminar  el  enlace  del  último 
con  Sancha  de  Provenza.  Al  efecto,  convinieron  en 

1  La  intervención  de  D.  Jaiote  en  las  cosas  de  Provenza  durante 
aquel  periodo,  parece  indicar  sus  intenciones  de  seguir  la  política  tra- 
dicional de  su  casa  en  aquellas  provincias. 

TOMO  XI  28 


434  VÍCTOR  BALAGUBR 

mandar  una  solemne  embajada  al  papa  Grregorío  IX 
para  pedirle  la  dispensa  del  parentesco ,  bajo  pretexto 
de  que  esta  alianza  era  necesaria  á  ñn  de  establecer  una 
paz  completa  y  duradera  entre  ambos  condes.  Conve- 
nidos en  esto,  el  tolosano  regresó  á  sus  estados,  los  em- 
bajadores partieron  para  Italia,  y,  sin  aguardar  el  éxito 
de  su  misión,  del  cual  no  se  dudaba,  nuestro  rey  Don 
Jaime,  en  calidad  de  procurador  del  conde  Raimun- 
do VII  de  Tolosa,  y  en  su  nombre,  se  casó  en  Aix, 
el  II  de  Agosto  de  1241,  con  Sancha  de  Provenza,  con- 
dicionalmente,  sin  embargo,  y  bajo  el  supuesto  de  que 
el  Papa  concediese  la  dispensa  demandada.  Sancha,  por 
su  parte,  con  el  consentimiento  del  conde  Ramón  Beren- 
guer  su  padre  y  la  condesa  Beatriz  su  madre,  casó  bajo 
las  mismas  condiciones  con  el  conde  de  Tolosa  en  la  per- 
sona de  su  procurador  el  rey  de  Aragón,  á  presencia  de 
los  arzobispos  de  Arles  y  de  Aix  y  de  varios  obispos. 

Sin  embaído,  toda  la  prisa  que  se  dieron  en  llevar 
á  cabo  este  enlace,  fué  completamente  inútil.  Los  em- 
bajadores que  enviaron  á  Gregorio  IX ,  supieron  al  lle- 
gar á  Pisa  la  muerte  de  este  Papa,  acaecida  en  20  de 
Agosto.  Este  acontecimiento  desbarató  el  proyecto,  pues 
que  la  sede  pontificia  estuvo  vacante  cerca  de  dos  años. 
En  este  intervalo  el  conde  de  Tolosa  proyectó  otra  alian- 
za, y  Sancha  de  Provenza  casó  con  Ricardo  hermano 
del  rey  de  Inglaterra. 

Ignoro  en  qué  época  regresó  D.  Jaime  á  sus  estados 
de  Aragón  y  de  Cataluña,  y  sólo  hallo  que  habiendo 
llegado  el  12  de  Marzo  á  Montpeller,  á  principios  de  Se- 
tiembre se  hallaba  aun  por  aquellas  tierras,  pues  le  en- 
cuentro en  Beaucaire  en  donde  él  y  el  conde  de  Pro- 
venza  salieron  garantes  á  los  vecinos  de  Bucet  de  las 
franquicias  que  Raimundo  de  Tolosa  les  otorgó  ^ . 


1     Guillermo  de  Pod.,  cap.  XLV. 


HISTERIA  DE  CATALUÑA. — LIB.  VI.  CAP.   vn.     435 

Por  lo  que  toca  á  Ramón  Berenguer  de  Provenza, 
roto  el  casamiento  de  su  hija  Sancha  con  el  de  Tolosa, 
volvió  á  sus  antiguas  querellas  con  éste,  pero  firmaron 
una  tregua  en  1243,  y  hasta  se  proyectó  un  nuevo  en- 
lace del  tolosano  con  Beatriz,  la  cuarta  hija  del  proven- 
zal,  pero  la  muerte  de  Ramón  Berenguer,  acaecida  en 
Aíx  el  19  de  Agosto  de  1245,  desbarató  todos  sus  plag- 
ues. El  conde  de  Provenza  dejó  por  heredera  á  su  hija 
Beatriz  en  los  estados  de  Provenza  y  Forcalquier,  y 
Romeo  de  Vilanova  y  Alberto  de  Tarascón,  á  quienes 
aquel  dio  por  testamento  el  cargo  de  tutores  de  su  hija 
y  regentes  de  sus  t:stados,  casaron  á  Beatriz  con  Carlos 
hermano  del  rey  de  Francia,  por  ser  más  conveniente  á 
^us  intereses  1. 

Ramón  Berenguer  de  Provenza  figura  entre  los  poe- 
tas provenzales  y  se  le  atribuyen  varias  composiciones. 

En  este  mismo  año  de  1241  tuvo  lugar  la  muerte  del 
conde  del  Rosellón  Ñuño  Sánchez,  cuyos  dominios  vi- 
nieron entonces  por  completo  á  poder  del  rey  de  Ara- 
gón, asi  que  sus  ejecutores  testamentarios  hubieron 
cumplido  sus  postreras  disposiciones.  Habíase  casa- 
do Ñuño  de  primeras  nupcias  en  I2i5  con  Petronila, 
hija  de  Bernardo  V  conde  de  Comminjes,  pero  esta  prin- 
cesa, que  antes  había  ya  estado  unida  con  Gastón  el 
Bueno,  vizconde  de  Beam,  le  fué  robada  á  Ñuño  al  año 
siguiente  de  su  matrimonio  por  el  conde  de  Montfort, 
que  la  casó  á  la  fuerza  con  su  hijo  para  hacer  entrar  por 
este  medio  el  condado  de  Bigorra  en  su  familia.  Lo 
odioso  de  esta  conducta  no  es  sino  muy  natural  en  las 
costumbres  de  la  época.  Por  lo  que  toca  á  Ñuño,  casó 
después  con  una  dama  llamada  Teresa  López,  de  quien 
no  tuvo  hijos  ^. 

1  Véase  el  capítulo  sigiüente. 

2  Según  noticias  que  he  podido  adquirir  posteriores  á  la  primem 


43^  VÍCTOR  BALAGUER 

D.  Jaime  el  Conquistador  tomó  con  respecto  al  Rose- 
Uón,  asi  que  fué  poseedor  de  este  dominio,  las  mismas 
medidas  que  había  tomado  Alfonso  el  Casto.  Hizo  pro- 
mulgar la  constitución  de  pajs  y  tregua  que  habia  dado 
al  reino  de  Aragón  en  1228»  y  por  su  expresa  orden  ua 
canónigo  de  Barcelona  llamado  GuUlermo  de  Sanromá 
pasó  al  Rosellón,  donde  á  5  de  los  idus  de  Marzo  de  124X 
hizo  jurar  y  firmar  esta  paz  y  tregua  por  los  principa- 
les señores  de  la  provincia  reunidos.  D.  Jaime  mand6 
en  seguida  redactar  por  escrito  las  constituciones  de 
Perpiñán,  que  no  se  conservaban  más  que  por  memoria 
tradicional,  y  confirmó  su  redacción  1 . 

edición  de  esta  obra,  la  fecha  verdadera  de  la  muerte  de  Nufio  Sánchez 
es  el  19  de  Enero  de  1242.  Algún  tiempo  antes  de  morir  abrazó  la  vi- 
da eclesiástica,  entró  en  las  órdenes  y  fué  canónigo  de  Elna  en  el  Ro- 
sellón.  La  muerte  de  Nuflo  Sánchez  inspiró  á  Aymeric  de  Belenoy, 
trovador  provenzal  establecido  en  Catalufia,  un  canto  lleno  de  sentimien- 
to y  tristeza. 

1  Estudios  posteriores  me  han  dado  á  conocer  que  D.  Jaime  se  ha- 
llaba en  Malloles  de  Rosellón  el  1 1  de  Marzo  de  1 242  (es  decir,  á  5  de 
los  idus  de  Marzo  de  1241),  y  que  en  este  día,  á  presencia  suya  y  en 
manos  de  Guillen  de  Sanromá,  juraron  la  paz  y  tregua  los  sefiores  de- 
sús nuevos  dominios. 


r 


HISTORIA  DB  CATALUÑA. — LIB.   VI.   CAP.   VHI.     437 


CAPITULO  VIII. 


Nacimiento  del  infante  Jaime  en  Montpeller.— Entrevista  de  los  reyes  de 
Aragón  y  de  Francia. — Cortes  en  Daroca. — ^Descontento  de  los  cata- 
lanes.—Cortes  en  Barcelona. — Descontento  de  los  aragoneses  y  suble- 
vación del  príncipe  D.  Alfonso .^^astilla  apoya  al  príncipe.— Vuelve 
el  rey  á  Valencia  y  se  apodera  de  Alcira,  Gandía  y  Denia.— «Viaje  de 
D.  Jaime  á  Pro  venza. — Pretensiones  del  rey  al  dominio  de  Provenza 
y  pérdida  de  este  condado  para  la  casa  de  Aragón. — £1  rey  manda  cor- 
tar la  lengua  al  obispo  de  Gerona.— Carta  del  Papa  á  D.  Jaime  con 
referencia  á  este  hecho. — Absolución  del  rey. — Casamiento  de  la  hija 
de  D.  Jaime  con  el  heredero  de  la  corona  de  Castilla. — Cortes  en 
Huesca  para  formar  un  código. — Disposiciones  testamentarias  de  Don 
Jaime  repartiendo  sus  reinos  entre  sus  hijos. — Deja  el  reino  de  Ara- 
gón á  su  hijo  Alfonso. — Catalufia  á  D.  Pedro. — Valencia  á  D.  Jaime. 
— Rosellón  á  D.  Femando. — Ordena  á  D.  Sancho  el  estado  eclesiás- 
tico.— Disposiciones  para,  el  caso  de  faltar  descendencia  varonil. — 
Prosiguen  las  alteraciones  en  Aragón. 


(De  1242  A    1247.) 

Oran  parte  del  año  de  1242,  si  no  todo,  permaneció 
el  rey  D.  Jaime  entre  Aragón  y  Cataluña  cuidando  de 
sus  estados  y  atendiendo  á  las  turbulencias  de  algunos 
señores,  y  á  últimos  del  año  ó  principios  del  siguien- 
te volvió  á  Montpeller  con  su  esposa  Doña  Violante, 
cuya  princesa,  hallándose  en  esta  ciudad,  dio  á  luz  al 
infante  Jaime,  según  se  puede  ver  por  la  crónica-anua- 
rio que  se  conserva  en  las  casas  consistoriales  de  Mont- 
peller, donde  consta  también  que,  á  fines  de  Junio,  el 
Conquistador  recibió  un  nuevo  juramento  de  fidelidad  de 
aquellos  habitantes,  que  prometieron  estar  sometidos  á 
él  durante  su  vida,  y  después  de  su  muerte  á  la  reina 


438  VÍCTOR  BALAGUBR 

Violante^  su  mujer^  si  vivía  en  viudez  y  no  se  hacia  re- 
ligiosa» y  en  seguida  á  su  hijo  Pedro  6  á  cualquiera  otro 
de  sus  hijos  que  quisiera  darles  por  señor  1 . 

Hallándose  D.  Jaime  en  Montpeller,  fué  al  Puy  por 
el  mes  de  Mayo,  donde  tuvo  una  entrevista  con  el  rey 
de  Francia  2,  en  que  se  trató  sin  duda  de  lo  concernien- 
te á  los  condes  de  Provenza  y  de  Tolosa,  que  estaban 
otra  vez  á  punto  de  romper  las  hostilidades  ó  las  habían 
roto  ya.  Su  estancia  en  aquella  comarca  debió  ser  enton- 
ces muy  corta,  pues  pronto  le  vemos  de  regreso  en  Ara- 
gón, á  donde  pasó  para  celebrar  Cortes. 

Tuvieron  lugar  éstas  en  Daroca,  á  fines  del  1243,  y 
dice  Zurita  que  fueron  á  ellas  síndicos  de  la  ciudad  de 
Lérida,  como  lo  acostumbraron  en  todas  las  que  en  Ara- 
gón antes  se  habían  celebrado.  Las  Cortes  de  Daroca 

1  Anuo  D.  y,  MCCXLIII fuerunt  cmsules  P,  de  Murles  etc.,  pta 
etíam  anno  D,  Rex  Jacobus  et  regina  ejus  uxorfuenent  in  Mmiepesmla" 
nOf  itfmt  f$afus  Jaeobus  films  eorumdem  in  vigilia  JhUeeosH,  (30  de 
Mayo.) — ídem  eodem  atmo  infesto  beatorum  JRtiri  et  fítulh  dicticonsuUf 
it  populus  hujus  villce^  mandato  dicti  D,  regis,  Juraverunt  Fetro  filio  i^ 
sius  D,  regis  etD,  regina  Yoles  (Violante),  secundum  pwd  inferius  con- 
tínentnr. — ^0  homo ^  juro  vobis  D,  Jacobo  Deigratia  regi  Aragonmm  et 
regnorttm  Majoricarum  et  Valentice,  comiti  Barehinonee  et  ürgeUi^  et 
Z>.  Montepusstdi^  qu»d  ego  salvaba^  et  ctístodiam  vitam  vestram^  et  man^ 
bra  vestra^  et  dommatíonfim  vestram,  et  semper  erofidelis  vobis  in  tota  vita 
vestra^  et  post  vos  D,  reginoe  Yodes,  uxori  vestroe,  gt4andiuvixerit,etvi' 
d$eitatem  legitime  observaznt,  et  non  ingredietur  domum  religiosam;  etposf 
aitendem  ad  ñtrumfilium  vestrum  semper,  etposi  obitum  vestrum  hahebo 
ipsum  in  domsmmí  meum  et  Aíontispessttlani,  vel  alium  filium  vestrum  et 
dicta  D,  regina,  de  pto  vos  hoc  migi  mandaveritis,  verbo  vel  testamento; 
me  admittam  vel  recipiam  alium  in  D,  Montispessulani,  nisi  hoc  faciasn 
de  volúntate  vestra,  vel  filü  vestri,  et  dicta  D,  regina  Yoles,  qui  est 
D.  Montipessulam,  et  cm  tenerer  obendire  de  volúntate  vestra,  ut  dictum 
estf  salvis  consuetudinibus  et  libertatibus  Montípessulani  á  vobis  laudaOs^ 
(Crónica  del  municipio  de  Montpeller.) 

2  Zurita  pone  esta  entrevista  en  el  afio  1 244  (lib.  III,  cap.  XLII); 
pero  puede  verse  para  la  fecha  verdadera  el  Marca  Hispánica,  pág.  539. 
1^0  está  del  todo  probado  que  esta  entrevista  se  efectuase. 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LJB.   VI.   CAP.   VHl.     439 

juraron  al  príncipe  D.  Alfonso  por  primogénito,  here- 
dero y  sucesor,  después  de  muerto  el  rey,  en  el  reino  de 
Aragón;  entendiendo  que  este  territorio  llegaba  hasta 
las  orillas  del  Segre.  D.  Jaime  volvia  á  su  primitiva 
idea,  pues  quería  hacer  rey  de  Aragón  al  hijo  de  su  re- 
pudiada primera  esposa,  y  de  Cataluña  áD.  Pedro,  hi- 
jo de  su  segunda  mujer  Doña  Violante. 

Jurado  el  príncipe  D.  Alfonso  por  heredero  en  Ara- 
gón, partióse  el  rey  á  Barcelona  con  ánimo  de  hacer 
jurar  al  príncipe  D.  Pedro  por  heredero  en  Cataluña, 
pero  se  encontró  con  que  los  catalanes,  agraviados  por 
la  desmembración  de  su  territorio  hecha  en  las  Cortes 
de  Daroca,  se  negaron  á  secundar  su  proyecto  si  el  rey 
no  devolvía  á  Cataluña  la  región  y  territorio  de  Lérida, 
fijando  el  Cinca  y  no  el  Segre  por  límites  del  Aragón, 
según  siempre  había  sido. 

Por  esta  causa,  convocando  á  Cortes  á  los  catalanes 
en  Barcelona  i,  D.  Jaime  hizo  ante  ellas,  á  21  de  Ene- 
ro de  1244,  una  solemne  declaración  en  que  se  conte- 
nia que,  flsi  bien  sin  causa  se  podría  dudar  por  algunos 
que  no  tenían  sano  entendimiento,  sobre  cuáles  fuesen 
los  limites  de  Cataluña  y  de  Aragón,  deseando  evitar 
toda  contienda  y  disceptación,  para  que  perpetuamente 
se  quitase  todo  escrúpulo  que  sobre  esto  pudiese  haber, 
limitaba  de  cierta  ciencia  y  acordadamente  el  condado 
de  Barcelona  con  toda  Cataluña,  desde  Salses  hasta  el 
Cinca,  afirmando  que  esta  limitación  del  condado  y  de 
Cataluña  se  podía  buenamente  comprender  y  colegir 
por  los  estatutos  de  paz  y  tregua  hechos  en  la  ciudad 
de  Barcelona  y  la  de  Tarragona  y  en  otras  partes,  t  En 
la  mencionada  declaración  se  contenía,  además,  que 


1  Zurita,  lib.  m,  cap.  XL,  y  Flotats,  en  sus  Efemérides,  ponen  estas 
Cortes  en  Barcelona;  pero  Feliu,  lib.  XI,  cap.  X,  las  da  como  celebradas 
en  Gerona  y  en  Lérida. 


440  VÍCTOR  BAJLAGUBR 

«señalaba  el  reino  de  Aragón  desde  el  Cínca  hasta  Adri- 
za, disponiendo  que  esta  limitación,  hecha  para  obviar 
toda  contienda  en  lo  sucesivo ,  fuese  perpetua  para  el 
citado  monarca  y  sus  sucesores. »  Mas  este  acuerdo  des- 
contentó en  gran  manera  á  los  aragoneses,  que  juzgaron 
ser  en  perjuicio  de  la  conquista  de  Aragón,  que  en  lo  an- 
tiguo, decían,  llegaba  hasta  las  riberas  del  Segre;  al 
paso  que  reprobaron  la  innovación  de  demarcar  el  Prin- 
cipado de  Cataluña  desviándose  de  lo  ordenado  en  tiem- 
po de  los  condes  de  Barcelona,  para  quienes  se  extendía 
desde  el  dicho  río  hasta  Salses. 

A  este  disgusto  de  los  aragoneses,  contribuyó  no  poco 
el  príncipe  D.  Alfonso,  quien,  quejoso  por  quitársele 
parte  de  la  que  creía  su  herencia,  no  vaciló  en  hacer 
armas  contra  su  mismo  padre,  sublevándose  en  Calata- 
joíd,  y  llamando  bajo  su  bandera  á  todos  los  desconten- 
tos. Acudió  el  primero  á  ayudarle  aquel  mismo  tío  del 
rey,  D.  Femando,  pronto  siempre  á  inclinarse  á  la  par- 
cialidad que  se  declarase  contra  el  monarca  aragonés, 
presentándose  en  pos  de  D.  Fernando,  para  ofrecer  sus 
servicios  al  príncipe,  D.  Pedro  Fernández  de  Azagra, 
señor  de  Albarracín;  D.  Gonzalo  Ruiz,  comendador  de 
Almazán;  D.  Pedro  de  Alcalá,  comendador  del  Hospi- 
tal de  Calatayud;  D.  Juan  González  de  Heredia;  el  in- 
fante de  Portugal,  y  muchos  otros  de  los  mismos  que 
acababan  de  combatir  en  Valencia  contra  el  moro  á  las 
órdenes  del  rey. 

La  sublevación  amenazaba  ser  seria  y  tomaba  ya  un 
carácter  gravísimo,  mayormente  cuando  apoyaba  al 
príncipe  aragonés  el  rey  de  Castilla,  cuyo  hijo  se  halla- 
ba por  aquel  entonces  en  Murcia,  consiguiendo  que  esta 
provincia  se  le  entregase  por  los  moros,  y  cuyos  mane- 
jos se  dirigían  naturalmente  á  poner  obstáculos  al  en- 
grandecimiento de  D.  Jaime  el  Conquistador.  Habilidad, 
y  no  poca,  tuvo  entonces  que  demostrar  nuestro  mo- 


HISTORIA  DE  CATALUÑA. — LIB.   VI.   CAP.   VUI.     44 1 

narca,  el  cual  consiguió  con  su  política  desbaratar  los 
planes  de  sus  contrarios  y  desvanecer  la  tempestad  que 
amenazaba  estallar  sobre  su  cabeza. 

Por  de  pronto  se  dirigió  á  Valencia,  con  el  doble  ob- 
jeto, sin  duda,  de  oponerse  á  los  planes  que  pudiera  te- 
ner el  castellano ,  que  estaba  armado  en  la  frontera  de 
aquel  reino,  y  de  avivar  el  espíritu  patriótico  de  sus  ba- 
rones y  de  sus  pueblos  con  la  guerra  nacional  contra  los 
moros.  Al  mismo  tiempo  buscó  medios  de  apaciguar  el 
descontento  de  los  aragoneses,  dejando  entender  que 
todo  podría  conciliarse.  Las  prudentes  medidas  del  rey 
debieron  c